Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 28, 2006

Cuaderno de viaje 27: sábado 08 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

El Simposio guatemalteco el día viernes había terminado –con cena y baile– pero mis actividades continuaban, a pesar del inmenso agotamiento que cargaba en mi cabeza y en el resto de mi metro ochenta y pico de humanidad. Era curioso: supuestamente yo debía disfrutar de la enorme "aventura" que estaba viviendo. Pero, en realidad, no hacía más que desear tomar el avión que me llevara de vuelta a casa, a mis calles conocidas, a mi ropero, a mi cocina, a mi escritorio y a mi cama. Vivir como un gitano –con la casa a cuestas– me apasionaba de joven. Pero, si bien aun amo viajar, debo reconocer que los años me han ido cansando un poco. Ya disto mucho de ser un ciudadano del mundo. En ese sentido, me apego a una definición que dio Alejandro Dolina en uno de sus libros:

"Todo viajero es la mitad de sí mismo. No hay lugar en los aviones para llevar las cosas que lo completan. Esquinas, gestos, personas, vientos, olores, tapiales, saludos, colores y miradas no caben en las valijas.
Se me dice que algunos hombres no conocen la querencia. Son personas incomprensibles, que se reputan ciudadanos del mundo. Yo prefiero ser criollo".

El sábado por la mañana, y merced a la invitación de dos profesoras de la carrera de bibliotecología de la Universidad de San Carlos (Rosidalia García y Valentina Santa Cruz), la colega Nora Rendón y yo nos hicimos una escapadita hasta la USaC, un amplio campus en el que destacaban los distintos edificios de la universidad pública guatemalteca. Como paso previo, visitamos la Biblioteca Central, una construcción de varios pisos en las que apreciamos los sencillos OPACs –que por primera vez me hicieron sentir cómodo en la búsqueda de una referencia bibliográfica–, las pobladas salas de lectura y los gabinetes de estudio, las secciones de referencia –de acceso abierto–, la bien provista hemeroteca, el área de procesos técnicos y adquisiciones... Fue una visita rápida en la cual obtuvimos un vistazo general de las colecciones y las estructuras de la institución, y que, personalmente, me dejó una sensación muy agradable.

Cada facultad posee, además, una colección propia. En el caso de la de Filosofía y Humanidades, debo reconocer que era más pequeña de lo que esperaba. Sin embargo, esta sensación me quedó al comparar la organización bibliotecaria con la de mi Universidad de Córdoba, en la cual las colecciones no se concentran en una estructura central, sino en los edificios de cada Facultad. Aquí parecía ser al revés.

La charla con los alumnos de la carrera –cuarenta o cincuenta personas– y con la directora de la misma, Eloísa Yoc Smith, me dejó un sabor de boca extraño. No por las preguntas y respuestas de los estudiantes, que fueron muy acertadas y simpáticas, ni por el ambiente, que realmente fue muy cordial, sino por las respuestas que tuve que expresar, en especial al comparar la profesión en mi país con los lineamientos que mi colega colombiana proporcionaba del suyo. En pocos minutos me di cuenta de todo lo que quedaba por hacer en mi profesión, en mi tierra, y, sobre todo, en mi provincia. Al comparar Guatemala, Colombia y Argentina, realizamos un ejercicio de comparación de tres elementos completamente diferentes, en el cual se notó a las claras el desarrollo inteligente –a nivel académico y político– de las estructuras bibliotecológicas colombianas y el enorme camino a recorrer por los profesionales argentinos y guatemaltecos. Al verme forzado a analizar y a exponer el trabajo de mis colegas en Córdoba, me encontré con un pilón de deficiencias y pocas novedades. Si ustedes, que me leen ahora, han leído en otras ocasiones este weblog, sabrán que no soy el fan número uno de la Universidad en la que estudié y me formé como profesional. En aquel momento, en Guatemala, entendí el por qué de mi actitud: mentes cerradas a los cambios, estructuras internas rígidas, investigación inexistente, cambio de planes de estudios aplazados por años, contenidos que apenas si se revisan... Ciertamente estoy generalizando: existen en mi provincia (por no hablar de mi país) profesionales que están haciendo mucho por el crecimiento de la bibliotecología. Pero lo triste es saber que hay aún muchas "anclas" que los/nos mantienen en el mismo sitio, clavados a un lugar cómodo. La estrategia es clara: aquellas personas que no están dispuestas a superar sus estrecheces personales mantienen los niveles académicos bastante bajos, y convierten a la profesión en algo estático, pobre, sin mejoras posibles. Cuando Nora Rendón comentaba que en la Escuela Interamericana de Bibliotecología los profesores estaban obligados a desarrollar programas de investigación y extensión a la vez que excelentes programas de docencia, la envidia probablemente se me notó en la cara. A pesar de que idénticos puntos están contemplados en los reglamentos de nuestras Universidades, puedo –ahora mismo, sin hacer grandes esfuerzos de memoria– realizar una lista de medio centenar de profesoras/es de las Escuelas de Bibliotecología que conozco que no sabrían enunciar un solo problema de investigación para su cátedra, por no hablar de un tema para extensión. ¿Qué formación pueden tener los egresados que han sido modelados por tales manos? ¿Qué expectativas de mejora tiene la profesión si el motor de la misma –los docentes– sigue funcionando con estructuras atrasadas?

Creo que el gran problema es que es muy cómodo –para muchos docentes– ganarse el sueldo y ostentar el título de "docente universitario" empleando la ley del mínimo esfuerzo. Muchísimos estudiantes y profesionales han descubierto conceptos clave de nuestra profesión –como el acceso abierto, por ejemplo– a través de las páginas de este weblog. Con esto no quiero anotarme un gol a mi favor, sino demostrar mi asombro al saber que tales conceptos jamás fueron tratados en clase. Perdón, pero... ¿qué es lo que está fallando? Si no enseñan conceptos modernos y actualizados, como el empleo de wikis y blogs en bibliotecas, o el acceso abierto, o los roles de las bibliotecas públicas, o las estrategias para desarrollar bibliotecas comunitarias... ¿qué es lo que se enseña? ¿La historia de Dewey, el fonógrafo...? Si no se enseña a escribir un texto con sentido, o a plantear un problema de investigación, o a planear una biblioteca desde cero... ¿qué se enseña? Si no se enseña la responsabilidad que tiene el bibliotecario para con su comunidad, o a alfabetizar, o a promover la lectura... ¿con qué se está equipando a los futuros profesionales?

Muchos me han dicho, ante estas opiniones tan "radicales", que debería dejar de lado mis críticas y ponerme manos a la obra para cambiar el panorama. Pero cuando las puertas de las instituciones de educación se cierran a los cambios y a las nuevas ideas, también se cierran a las personas que quieren impulsarlas. Es como si, al plantear novedades, muchas/os docentes se sintieran incapaces de adaptarse, de mejorarse, de superarse. Por ende, prefieren cerrar los oídos a tales cambios y continuar con el statu quo que los mantiene en una posición favorable, aunque sea paupérrima.

¿Cuándo cambiará toda esta situación? Nunca. La estructura se auto-reproduce. Las voces que se alzan contra ella son silenciadas y se las excluye de los espacios en los cuales se toman las decisiones importantes. Y no, no crean que todas esas voces tienen la virulencia de la mía: la mayoría son respetuosas e intentan aportar cambios en forma progresiva. Pero aún así, tales cambios no se ven. La bibliotecología –al menos en Argentina– continúa siendo, a grandes rasgos, una mera técnica auxiliar, cuando podría ser una verdadera herramienta de desarrollo social y cultural. Mucho se hace, pero al compararlo con la gran masa de acontecimientos cotidianos, ese "mucho" se convierte en "nada".

Para ampliarles un poco el panorama sobre la Escuela de Bibliotecología de la UsaC –la única en Guatemala– les comento que el currículo de la carrera se compone de diez ciclos o semestres. El primero incluye estudios gramaticales, historia nacional (época prehispánica y colonial), el cosmos, matemática fundamental e introducción a las técnicas de estudio e investigación. El segundo incluye derechos humanos, comunicación, historia nacional (época independiente y contemporánea), sociología general y biología general. El tercero incluye introducción a la bibliotecología y ciencias afines, administración I, estadística, problemas socioeconómicos de Guatemala y psicología general. El cuarto incluye introducción a las técnicas bibliotecarias, administración II, bibliografía general, metodología de la investigación bibliotecológica e historia, conservación y preservación del libro. El quinto incluye clasificación I, catalogación I, bibliografía nacional, lingüística y bibliotecas infantiles, escolares y públicas. El sexto incluye clasificación II, catalogación II, servicio de consulta y referencia, relaciones humanas, psicopedagogía y un seminario a elección. El séptimo incluye servicios y usuarios de información, bibliotecas nacionales, universitarias y especializadas, informática aplicada a la bibliotecología, ética, taller de redacción y una práctica supervisada. El octavo incluye documentación I, servicios audiovisuales, administración y organización de unidades de información III, análisis y diseño de sistemas de información, e inglés I. El noveno ciclo incluye hemerotecas, formulación de proyectos de información, documentación II, redes de información, inglés II y un segundo seminario a elección. El décimo y último ciclo incluye vocabularios controlados, temas actuales en ciencias de la información, gerencia de la información, archivología general, inglés técnico y una segunda práctica supervisada.

Recomendaría a algunas escuelas latinoamericanas que analicen el listado de materias que acabo de proporcionar arriba, y piensen en todo lo que les falta.

El resto del día lo pasé en la casa de una familia local –que, muy cordialmente, me ofreció alojamiento para la noche del sábado– preparándome para visitar la ciudad de Antigua Guatemala el día domingo y partir para México esa misma noche. Sentado a la mesa de aquella familia, comiendo nachos (cuartos de tortilla fritos) con frijoles negros y bebiendo un excelente ron nacional, comprendí que bajo la fachada de sociedad problemática y dolida que exhibe Guatemala a través de sus periódicos y noticieros televisivos, hay un pueblo cansado de luchas, de armas y de sangre, y deseoso de una vida pacífica, tranquila, de paz por una vez en décadas. Sin embargo, entendí que a Guatemala le queda un largo camino hasta conseguir esa paz tan anhelada y tan oculta. Y entendí que no era sólo un camino que ese país debía recorrer: era un senderito pendiente para todo un continente, hastiado de conflicto pero inmerso en él desde hacía siglos y por los siglos.

Será hasta el próximo día...

Ilustración.