Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 29, 2006

Cuaderno de viaje 28: domingo 09 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Repetí la palabra varias veces –creo que cuatro o cinco– hasta memorizarla: "nixtamal", que en boca de los guatemaltecos suena "nishtamal", así como "Uxmal" suena "ushmal" o "ixchil" suena "ishchil". El nixtamal es el molino especial que se usa para preparar la masa de las famosas tortillas. Llegado a cierto punto de mi estadía en Guatemala, mi estómago y mi paladar habían decidido que no podían seguir viviendo sin tortillas calientes y frijoles. Así que pedí a la familia que me hospedaba que me explicara el proceso de producción, que resultó ser bien complicado. Básicamente, se trata de procesar granos de maíz hirviéndolos con cal para luego triturarlos en el nixtamal, que en los tiempos antiguos era un molino de mano pero ahora es un ingenio eléctrico. Luego se almacena la masa, la cual, diluida con un poquito de agua, se amasa a mano cuando sea menester, dándole forma de tortilla. Durante este último paso –y antes de tirarlas sobre una plancha caliente y comerlas– la masa se hace una bola y se moldea entre las dos palmas, en un movimiento rotatorio-percusivo que se parece mucho a un aplauso. He ahí el arte de la tortilla, y las buenas "tortilleras" (sí, lo sé, el vocablo es ambiguo en castellano coloquial, pero así se llaman) se destacan por su facilidad para tal práctica, que en Guatemala se denomina "tortear".

Si ustedes recorren cualquier calle guatemalteca en la mañana temprano, oirán el palmeo de las mujeres preparando tortilla cada veinte metros... y el aroma de la plancha caliente, y las primeras tortillas humeando. Ahhhh... Anoto esto porque, leyendo hace un tiempo un libro de un arqueólogo famoso (S. G. Morley) que trabajó en Yucatán y Petén sobre la cultura maya (antigua y moderna), este hecho también es remarcado. El autor citaba su propia experiencia en aldeas mayas contemporáneas, así como crónicas antiguas que igualmente remarcaban la importancia de la tortilla en la alimentación, las distintas variedades (que me explicaron con sus nombres y características, pero que olvidé), y la particularidad del sonido matutino del "palmeo".

Mientras intentaba memorizar la palabra "nixtamal" y la receta de los frijoles y las tortillas, y mientras la dueña de casa me juraba que en los supermercados podría comprar harina de maíz "nixtamalizada" (así consta en el paquete) y llevármela en la mochila, desayunaba un tamal guatemalteco, muy parecido a nuestros tamales sudamericanos, si bien nosotros los envolvemos en chala (las hojas secas que recubren la mazorca de maíz) y ellos en hojas de platanera... al margen que quizás nosotros agreguemos más carne y menos harina de maíz. ¿No conocen los tamales? Pues, vivan donde vivan, se han estado perdiendo una de las especialidades más deliciosas de la cocina latinoamericana.

Mientras desayunaba, hojeaba la prensa guatemalteca y charlaba con mis anfitriones, que se lamentaban de la violencia de las calles (venganzas, ajustes de cuentas a punta de Kalashnikov, ejecuciones) y me hablaban de viejos tiempos a olvidar, de esperanzas nuevas, de deseos. Mientras los oía, leía en las páginas internacionales que en mi propio país se estaba juzgando a un genocida de la última dictadura, y me vino a la memoria todo el dolor de mi propia gente, toda la masacre, el perdón general instaurado por presidentes ciegos, la derogación de ese perdón obtenida hacía poco, los juicios, las madres y abuelas de los desaparecidos, los nietos que aparecían con identidades cambiadas... Y compartí con ellos un poco de la historia de mi propio país, y de los años oscuros, y del informe sobre desapariciones que la Comisión Nacional Argentina presidida por el escritor Ernesto Sábato redactó al inicio de la democracia y que se tituló "Nunca más", una lectura obligada para cualquier argentino que haya perdido la memoria y que necesite saber qué se hizo y qué pasó esos años de nieblas. Y ellos me contaron que tenían un informe similar, redactado al final de la época de guerra nacional, en 1996, y que era imposible leerlo sin sentirse enfermo.

Asentí. Asentí porque recordé que la primera vez que leí el "Nunca más" (en 1996, apenas llegué de España) me detuve en la cuarta hoja, descompuesto y llorando desesperadamente. Jamás imaginé que eso había ocurrido en mi país, que eso había sido hecho a argentinos por argentinos, por humanos a humanos.

Esos libros deberían estar en todas nuestras bibliotecas, así como los informes de todas nuestras guerras. Nuestros jóvenes están siendo educados en una cultura masiva que los orienta a jugar en computadoras con armas de guerra, matando personas, como si se tratara de lo más natural del mundo. Ven guerras en los informativos, ven muerte en los diarios, y, de acuerdo a algunos informes que leí en Guatemala, los jóvenes están casi anestesiados por tanta violencia a su alrededor. Pocos niños y adolescentes en el resto del continente conocen los resultados reales de esas acciones, que distan mucho de ser tan perfectos como los de las películas de héroes y villanos que nos vende Hollywood masiva y tranquilamente. La biblioteca puede educar en la paz, aún cuando tal educación pase por mostrar los resultados destructivos de empuñar un arma.

Lo sé, soy un pesimista. Pero ahora mismo me acuerdo de una tira de "Mafalda" en la cual la protagonista decía "No soy ninguna pesimista detractora de la humanidad. Entiendo muy bien que cada cual, por poco que haga, pone su granito de arena. Lo que no entiendo es esa manía de ir a ponerlo justo dentro del ojo del prójimo".

Mientras hacíamos tiempo para embarcarnos para Antigua Guatemala, una de las componentes de la familia me llevó a una librería del centro de la ciudad de Guatemala, para buscar algún libro de leyendas, cuentos populares y narraciones guatemaltecas (encontré escasos ejemplares) y libros sobre lenguas indígenas (pocos, también... aunque hay una sección de la UsaC que se dedica a producir ese tipo de documentos). A la vez, recorrí algunos supermercados (para gente pudiente) y despensas familiares (supermercados para gente de escasos recursos) para comprar un par de botellas de buen "guaro" (término coloquial para las bebidas alcohólicas) y de harina de maíz. Las diferencias entre ambos tipos de supermercados son "apreciables": calidad de los productos, precios, servicio, atención... Las diferencias sociales dentro de la estructura de la sociedad guatemalteca aún parecen ser profundas, al menos para los ojos de un extranjero, aunque ¿de qué voy a escandalizarme en un país como el mío, en donde aún se usa la expresión "negro de m..." para referirse a las personas de piel más oscura? No, tal cosa no ocurría en Guatemala, aunque llamó mi atención las publicidades adheridas a algunos autobuses: "No soy 'indito', soy Maya". El término "indito" es usado como nuestro "negro", una especie de peyorativo para las sociedades originarias. El proceso de reafirmación de identidades nativas ha llevado a una revalorización del término "maya", al cual se le está dando una importancia enorme. Confieso que mi análisis de la situación guatemalteca es superficial: la cuestión es mucho más compleja, y hay muchos intereses cruzados que no tuve tiempo de analizar en profundidad. Simplemente les expongo las sensaciones que fui recogiendo, sin ánimo de condenar o criticar a nadie.

Tras el almuerzo nos dirigimos a Antigua, ciudad famosa porque conserva las estructuras típicas de una urbe colonial centroamericana: casas tradicionales, calles empedradas, ruinas de monasterios e iglesias. La ciudad dista 30 km de la capital, y descansa al pie del famoso Volcán de Agua, cuya mole puede verse, en los días claros, dominando la ciudad de Guatemala con su tradicional forma cónica.

Antigua me fascinó, como fascina a todos los extranjeros que han decidido quedarse allí. De hecho, puede decirse que Antigua se ha transformado, lentamente, en una ciudad de extranjeros, visitantes que se enamoraron de la atmósfera de paz y se radicaron allí. Hay muchos comercios de artesanías –especialmente trabajos en jade, en los cuales la nación se destacó desde tiempos prehispánicos–, bellísimas construcciones del siglo XVII (sobre todo edificios religiosos, pero también casas de familia siguiendo el típico esquema español de patio central y habitaciones alrededor) y algunos museos. Como bibliotecario, el único que visité fue el del libro antiguo, un pequeño local en el que se exponen algunas muestras de imprenta e impresiones de siglos pasados. La colección, honestamente, es reducida, pero aún así haría las delicias de cualquier bibliófilo. En una de sus salas se describe el proceso de producción de los papeles marmolados usados tradicionalmente en las encuadernaciones antiguas, una costumbre ya perdida gracias a las producciones masivas de textos. Vi algunos ex-libris interesantes, y facsímiles de los primeros textos que salieron de las prensas centroamericanas. Recordé, en aquel momento, recorriendo las silenciosas salas, que el impreso americano más antiguo que ha llegado hasta nosotros fue la "Relación del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en la ciudad de Guatemala" de 1541, impreso en casa de Cromberger en México, y que allí asomaba, tímidamente, como facsímil entre otros títulos del siglo XVIII y XIX.

Las ruinas silenciosas de los monasterios, la portada churrigueresca-centroamericana de una de sus iglesias, la plaza con sus pilas de agua para lavar la ropa y su leyenda de la "Viuda", todo ese espíritu antiguo acompañó mis pasos por la ciudad, bellísima, adorable, mágica. Algunos rincones me recordaron otras ciudades latinoamericanas, algunos callejones de La Paz, algunas casas de San Telmo en Buenos Aires... Pero, aún así, Antigua tiene un carácter único, especial, inimitable, un carácter que no se puede olvidar. Describirlo con palabras es casi imposible: hay que sentirlo sobre la piel, en las retinas, en todos los sentidos.

Volviendo, escuché un minuto esa vocecita que me gritaba dentro del corazón "¡es hora de volver a casa!". Y le hice caso. En ese momento puntual decidí cancelar todos mis restantes movimientos, compromisos y proyectos, cambiar mi vuelo y volver a mi hogar. El viaje ya había durado lo suficiente como para adquirir un poquito más de saber, un poquito más de experiencia, algunas sonrisas y algunas lágrimas que me faltaban. Quizás siempre supe que jamás aprendemos algo que no sepamos: solamente despertamos cosas que ya tenemos dentro, que ya sabemos desde siempre. Los viajes nos enriquecen, pero no porque encontremos verdades o misterios en otros lugares, sino porque otros estímulos que desconocemos despiertan, en nuestro interior, cosas que no se despertarían (¿o sí?) en otros lugares. No creo que aprendamos mientras viajamos, pero sí que nos enriquecemos, que crecemos, que adquirimos perspectivas que quizás antes no teníamos. Al menos, eso fue lo que me ocurrió a mí cada vez que cargué la mochila al hombro. Y en aquel momento reconocí que era hora de bajar la mochila de aquel hombro cansado y metabolizar todas mis andanzas en mi propio hogar, cerquita de los míos, cerquita de las esquinas donde fumaba en mis madrugadas de insomnio y pesadillas.

Bastaron un par de emails de disculpas y un par de llamadas para cambiar mi vuelo, y todo estaba resuelto. Me quedaría en Guatemala el tiempo suficiente para cumplir un viejo sueño: pisar una ciudad maya. Hecho eso, volvería a mi Córdoba invernal, que, allá al sur del Ecuador, se estaría preparando para recibir la primavera.

La ciudad elegida para cumplir mi sueño sería Tikal. De ella y de mi retorno les hablaré en las próximas entradas, con las cuales cerraré el diario de este periplo, para volver a ocuparme de los asuntos cotidianos con los que suelo ocupar estas páginas.

Aquí nos veremos para compartir solamente un par de experiencias más, quizás las más bellas de todo el viaje. Hasta entonces, les dejo un abrazo enorme, cargado de aromas de frutas de tierras calientes...

Ilustración.