Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 11, 2006

12 de octubre

12 de octubre

Por Edgardo Civallero

Hablar de la llegada de un europeo a las costas de Guanahaní hace más de cinco siglos sería repetir un tópico leído y releído en mil páginas cada 12 de octubre. Hablar de la masacre llevada a cabo por los conquistadores europeos, del falso concepto de "descubrimiento", de leyendas "rosas" y "negras", de cruces y perros amaestrados, de pólvora, de dolor, de los lamentos de los pueblos vencidos, del genocidio y el silencio que sembraron los extraños en tierras americanas, sería una tarea sencilla.

Bastaría con llorar, con lamentarse, con insultar el recuerdo de antiguos asesinos que ya no pueden ser castigados.

Pero no caeré en el facilismo de desenterrar viejos muertos y de cargar las culpas en pasados difusos y casi olvidados. Celebraré este 12 de octubre refrescando otras memorias. Les hablaré de los miles de indígenas guatemaltecos masacrados por guatemaltecos. De los miles de indígenas mexicanos discriminados por mexicanos. De las 12 lenguas nativas argentinas que aún sobreviven y que nadie se preocupa en rescatar porque son lenguas de "indios de mierda" (según los argentinos) De los campesinos indígenas encarcelados en Chile (por chilenos) por clamar por sus tierras ancestrales, o de los silenciados en Paraguay (por paraguayos) por reclamar sus derechos. Les hablaré de las crisis de los indígenas bolivianos, y de los peruanos, y de los ecuatorianos, por no recordarles las de los brasileños y colombianos, oprimidos por las manos de sus compatriotas.

No, ya no son las tétricas figuras pálidas forradas en aceros y bajadas de enormes casas que flotaban en el agua. Ya no hacen falta esas descripciones tan básicas e infantiles con las que yo también adorné más de un discurso. Esta vez quiero recordarles que ya no son los españoles ni los portugueses, ni ningún europeo, los que discriminan, odian, olvidan, silencian, acribillan, masacran, torturan o matan. Ahora somos nosotros, los propios latinoamericanos. Y lo hacemos con compatriotas, con hermanos, con vecinos, con compadres, con amigos, con compañeros.

El hombre indígena, la mujer indígena, la que estudia a nuestro lado en el aula universitaria o la que vende pimientos en la plaza, el que construye el edificio en nuestra ciudad o ara la tierra en el campo, tienen derecho a tener las mismas oportunidades que cualquier otro ser humano en este bendito mundo. Y está en nuestras manos bibliotecarias –en las suyas, en las mías– que algunas de esas oportunidades sean equilibradas e igualitarias: la oportunidad de acceder a información, de recibir educación, de obtener formación, de disfrutar un rato de ocio, de expresarse sin barreras, de vivir su propia identidad, de hablar la lengua materna, de ejercer su derecho a manifestarse, de difundir su cultura. La oportunidad de aprender cosas nuevas y preservar del olvido las tradiciones. La oportunidad de superar un problema o de construir un proyecto de vida limpio y libre.

Recordar a los que se fueron, a los que murieron asesinados o cayeron en batallas desiguales es ejercer la memoria, sí, pero es ejercerla sin mucha utilidad. No olvidemos esos hitos históricos pero, a la vez, abramos los ojos al presente: comunidades enteras sin servicios básicos, con derechos impunemente violados, sin oportunidades elementales cubiertas, sin caminos a futuro, sin espacios en la actualidad... Si queremos honrar su memoria, su lucha valerosa de siglos, su identidad única (que nos enriquece como pueblo y como continente), su cultura rica y secular, simplemente apreciemos, escuchemos, aprendamos, y tendamos una mano de amigo o de hermano allí donde sea necesaria. Y que no nos empuje la piedad, la caridad o la pena: que nos empuje el ánimo de ayudar sinceramente, de poner el hombro y el brazo para acompañar al otro en su sendero, por pequeño y agreste que sea.

Si así lo hacemos, quizás en un día futuro podamos celebrar en vez de continuar avergonzándonos por los errores cometidos en un pasado sangriento. Porque ya no podemos cambiar el pasado. Pero podemos modelar el presente y construir otro futuro, otra historia, otra memoria de lo que es y será.

Ilustración.