Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 01, 2006

Cuaderno de viaje 29: lunes 10 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Para los antiguos Mayas, el poder de controlar la lluvia estaba en manos de una deidad que ellos llamaban Chac. Quizás los conocimientos históricos me fallen, pero creo que, así como los cristianos otorgan una naturaleza triple a su Dios, los mayas multiplicaban a Chac por cuatro, una para cada dirección del firmamento, con un color particular asociado a ellos.

Recordé a Chac la noche del domingo, cuando el cielo decidió desplomarse sobre Ciudad de Guatemala con toda el agua que podía contener en sus entrañas. Había decidido pasar la noche en un hostal del centro de la ciudad, cercano al Mercado Central y la Catedral: puedo ser muy caradura la mayor parte del tiempo, pero hay cosas que aún me dan mucha vergüenza, y una de ellas es invadir casas ajenas, por muy bienvenido e invitado que sea. Mi actitud estuvo muy lejos de significar descontento con el trato recibido por la familia que decidió hospedarme –una familia que siempre recordaré con delicia y sonrisas– sino la necesidad de manejar mi propio espacio sin molestar. Me desplacé, con todo mi equipaje (muy voluminoso, a estas alturas del viaje) al hostal referido, que había sido, en sus épocas, el lugar en donde paraban todos los jóvenes llegados del interior del país para cursar estudios universitarios. No era de primera categoría, pero era barato. Tenía baños y duchas comunes, y demás características compartidas por los lugares en los que solemos alojarnos los vagabundos sin presupuesto.

Fue cuando me senté sobre la cama y eché un vistazo al cuarto rentado cuando me di cuenta de que, definitivamente, aquel lugar no era de primera categoría. Y me reí. Me reí hasta que me dolió la panza, no por enojo o por tristeza, sino porque aquello encajaba exactamente conmigo. La puerta estaba pintada con inscripciones en dos docenas de idiomas distintos; las paredes eran de un color que quizás aún no haya sido definido por la ciencia; los muebles habían sido de madera alguna vez; el piso rezumaba humedad, y el techo –un falso techo de placas de madera– ostentaba dos bellísimos agujeros... Lo verdaderamente hermoso era la cama: desconozco si el cubrecama o las sábanas estaban limpios, ni me importó saberlo, porque caí dormido sobre aquel colchón como fulminado por un rayo. Me enteré de la tormenta nocturna cuando las únicas dos goteras de la habitación –que apuntaban, como diseñadas a propósito, sobre la almohada de la cama– comenzaron a funcionar.

Abrí los ojos –cubiertos ya de agua–, me reí de nuevo, me giré (los pies sobre la almohada) y me dormí.

¿Compartiendo anécdotas tontas? En absoluto. Son muchos los que me preguntan como hago para viajar por varios países. Bien, éste es el método.

Obviando las lluvias guatemaltecas –aguas que me encantó ver caer, pues siempre pensé que, si existe un Dios, está en la lluvia–, pasé el día preparándome para mi excursión a Tikal, que me obligaría a viajar toda la noche hasta la ciudad-isla de Flores, en el corazón del Petén, la zona selvática cercana a la península de Yucatán, al norte del país. Dado que las mayores áreas de ruinas mayas están concentradas en aquella región, Flores se ha convertido en una especie de centro turístico desde donde parten las excursiones a los diferentes destinos, incluyendo Chiapas o Belice. Desde Flores aún debería viajar un par de horas más hasta el Parque Nacional Tikal, que incluye una extensa parcela de selva y uno de los mayores conjuntos de ruinas prehispánicas de la zona, famosa por la belleza de sus pirámides.

Fue en una biblioteca, cuando era niño, en donde encontré una crónica de los viajes de los exploradores-arqueólogos Stephens y Catherwood, que descubrieron, entre otras, las ruinas de Copán, en la actual Honduras. El libro (que hoy tengo en mi propia biblioteca, aunque sea otro ejemplar) era un soberbio ejemplar de texto de aventuras, pues estos dos personajes se abrieron paso a machete a través de la jungla, a través del calor y las enfermedades, para hallar las antiguas y olvidadas urbes mayas. La narración era suficiente como para despertar mi imaginación infantil, pero el libro, además, poseía reproducciones de los grabados que Catherwood había elaborado sobre el terreno, dibujando estelas y construcciones. Aquellas estelas me fascinaron, me flecharon, y fue en aquel momento cuando decidí que algún día tendría que pisar esas ruinas y tocar las caras de aquellos guerreros tallados en las piedras, y aquellos jeroglíficos complejos, con formas de cabezas de animales.

Fue en otras bibliotecas donde aprendí que los Mayas eran mucho más que una civilización antigua y desaparecida: eran una sociedad aún viva, quizás sin los monumentos que la caracterizaron en épocas pretéritas, pero sí con una cultura riquísima. Fue en una biblioteca donde supe del exquisito sistema de escritura de esta civilización, y del memoricidio llevado a cabo por el Obispo Diego de Landa en Yucatán, al quemar todos los códices nativos que pudo encontrar por considerarlos cosas del demonio.

Debo recordar a los que me leen que el pueblo Maya sigue vivo, hablando 22 lenguas distintas, configurando un mosaico étnico que enriquece Guatemala y todo nuestro continente. Cuando hablo de los Mayas en pasado me refiero a la cultura que origino las grandes ciudades de piedra caliza y estuco, esa misma cultura que desapareció poco antes de la llegada de los conquistadores españoles.

A la noche saldría para Tikal, pues. Aproveché el día para visitar el Museo Arqueológico Nacional, situado en un antiguo edificio cercano al aeropuerto, exactamente frente al Museo de Historia Natural. En la entrada tuve que mentir sobre mi nacionalidad (poco convincentemente, por cierto) para poder pagar 3 quetzales en vez de los 30 estipulados para visitantes extranjeros. Y así comenzó mi recorrido por la historia de Guatemala, que me llevó a las culturas preclásicas, influenciadas por olmecas y teotihuacanos. En la sala del periodo clásico me detuve, paralizado: una serie de estelas de piedra me mostraban a los antiguos guerreros-gobernantes y sacerdotes de las urbes Mayas, con sus siluetas ricamente adornadas y rodeadas de jeroglíficos. Confesaré públicamente que me acerqué y, violando todas las normas internacionales sobre preservación de patrimonio cultural tangible, toqué las estelas. Mis dedos dibujaron el perfil curvo de la cara de aquellos hombres, que probablemente nunca imaginaron el destino de su raza. Mis yemas recorrieron el perfil de los jeroglíficos, de las cabezas de jaguar y los signos numéricos hechos de rayas y puntos. Si pudiera haberle contado a aquel hombre tallado en la roca oscura un poco de historia actual ¿qué le habría dicho? ¿Hubiera creído mis palabras?

Las maquetas de las grandes ciudades mayas guatemaltecas –entre las que destacaba, como dije, Tikal– me permitieron ver la grandiosidad de los centros monumentales. Las urbes de aquella cultura poseían un centro ceremonial, con templos, pirámides, casa de gobierno y administración regional, y un enorme conglomerado de chozas de madera y paja que constituían el área donde vivía el pueblo llano, casas que pueden hallarse aún hoy en las áreas rurales de Guatemala, al igual que los modelos incas aún pueden verse a lo largo de todos los Andes, hechos de adobe y paja brava. Por ende, lo que actualmente se conserva es el centro de gobierno, el corazón ceremonial de las ciudades: las casas de la antigua gente del pueblo han desaparecido, debido a los materiales perecederos con los que se construían tales habitaciones.

Al finalizar con el periodo postclásico de la antigua historia Maya, se desplegó ante mí una sala en la que se exhibían artefactos y vestidos de los Mayas actuales. Además de deleitarme –como buen músico que soy– con los instrumentos tradicionales de la zona (marimbas, tambores, dulzainas, flautas), mis ojos se llenaron de colores al contemplar la indumentaria típica de los pobladores de las altas tierras occidentales guatemaltecas, o la de los del Petén. Los tocados femeninos caracterizan a cada comunidad, y, para un ojo entrenado, es posible averiguar a qué localidad pertenece una dama observando detalladamente la forma y color de los paños que cubren su cabeza y que arreglan sus largos cabellos azabaches.

Modelos de casas, elementos de cocina, artesanías en cerámica y mimbre, cada objeto era todo un descubrimiento para mí, quizás deslumbrado al contemplar la riqueza de nuestros pueblos originarios, culturas que conforman nuestra identidad como latinoamericanos.

A la salida del museo, las nubes oscuras me anticipaban un viaje nocturno lluvioso. Mientras volvía a mi hotel para seguir observando más detalles curiosos de su arquitectura y decoración, pensé que, aunque los meteorólogos pronosticaran la llegada del segundo diluvio universal, el siguiente mediodía me encontraría en la cima de la Pirámide IV de Tikal, observando las copas de los árboles desde arriba.

Un abrazo... Nos vemos aquí mismo mañana...

Ilustración.