Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 03, 2006

Cuaderno de viaje 30: martes 11 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Caminaba por un sendero barroso, lleno de hojas y pequeños frutos de chicozapote caídos, y raíces, y piedrecillas. Las suelas gastadas de mis zapatillas eran una garantía para el resbalón repentino y el "cubrirse-de-barro-de-los-pies-a-la-cabeza" en aquel caminito que me llevaba a las espaldas de la acrópolis central de Tikal. Resbalar allí no parecía una opción muy agradable. Ni muy saludable.

Por encima de mi despeinada cabeza, a 20 o 30 metros del suelo, sobre la copa de los enormes ejemplares arbóreos de aquella tupida selva, llovía. Pero ese fenómeno atmosférico parecía estar ocurriendo en otra realidad; solo algunas gotas dispersas alcanzaban a tocar el suelo: el resto del agua era detenida por alguno de los cuatro o cinco doseles vegetales que se abrían sobre mí, y corría entonces lentamente por las ramas hasta llegar a la tierra. Allí se encharcaba, proporcionando hogar a las larvas del medio centenar de mosquitos que desayunaban sobre mi pellejo y fermentando restos vegetales viejos.

El ruido del agua, allá arriba, era igual que el que hacía la lluvia sobre un techo de chapa: un tenue golpeteo que invitaba a sentarse en el tronco de alguna ceiba, apoyar la cabeza y echarse una siesta, a pesar de que fueran las 9 de la mañana y a pesar de la picadura de esos bichos creados personalmente por Belcebú (me refiero, obviamente, a los mosquitos).

Seguía caminando con los ojos fijos en mi camino, eligiendo detenidamente los lugares donde pisar y moviendo los brazos al mejor estilo "molino-de-viento" para espantar insectos, cuando la penumbra que hasta entonces había dominado el ambiente se transformó en luz clara. La selva se abría. Alcé la vista, intrigado por el motivo del cambio, y allí la encontré, irguiéndose esbelta y eterna.

La Pirámide I.

No medí el tiempo que estuve ahí, clavado a la tierra oscura y mojada como otro árbol más, con la cabeza inclinada hacia atrás 45 grados y la mirada puesta en aquella mole de piedra (y la boca abierta en un signo de estupor, seguramente). Una cosa es ver esos edificios en fotografías y otra muy distinta –verdaderamente distinta– es tenerlos allí, frente a uno, sabedor de la gente que los había levantado, de las historias que habían visto desde su inmensidad, de las ceremonias que habían propiciado, de las palabras y sonidos que habían oído esas viejas rocas calizas, de los colores que un día ostentaron los estucos que las cubrían.

Pensé que quizás, hacía siglos, algún niño procedente de las barriadas campesinas que rodeaban este centro ceremonial se habría extasiado como yo ante esa mole, y su padre quizás le explicara –la mano en el hombro o sobre el cabello oscuro– que aquella era la casa de los dioses, que allí ocurría tal y cual cosa. Lo haría empleando alguna de las lenguas de la familia Maya. Lo haría lentamente, mirando hacia arriba como yo, siguiendo la mirada del niño, que estaría, como yo, con la boca abierta y los ojos como platos. Pensé que por un mínimo instante compartía el asombro de miles de personas que, en algún momento del tiempo, se detuvieron en el mismo pedazo de tierra en el cual estaba parado y se deleitaron con aquella imagen.

Pensé que a pesar de haber nacido lejos de aquellas tierras, a pesar de que mi sangre proviniese del otro lado del Atlántico, aquello era parte de mi historia como latinoamericano, aquella latía muy dentro de mí, aquello me pertenecía como me pertenecía Machu Picchu, el cementerio de Tilcara, las ruinas de Tafí y el calendario azteca del Museo de Antropología de México. Aquello era parte de mi identidad como americano, aquello era parte de mi historia.

Sí, por muy lejanos que estemos, esas culturas centroamericanas modelaron nuestra realidad. Si hoy usamos la palabra "tomate", estamos usando una palabra olmeca ("tomatl"). Si decimos "chicle", usamos una maya ("txikitl"). Si bebemos chocolate o si usamos esa palabra, si hacemos medio centenar de cosas de las que no somos siquiera conscientes porque son cotidianas, evocamos la memoria de esta gente en un homenaje silencioso y despreocupado que los hace vivir más allá del silencio de la muerte y los siglos. Porque lo que nos mantiene vivos en el tiempo es el recuerdo de los que vienen después de nosotros. Si ellos nos evocan, nosotros no morimos jamás.

Cuando desperté de mi embeleso –y tras rascarme las ...cientas picaduras que ya lucía mi piel como tatuajes y suvenires de la selva– comencé a rodear la pirámide y me encontré en una enorme explanada en la cual surgía la Pirámide II, enfrentada con la primera, y algunos edificios laterales de tremenda belleza. Originalmente, las construcciones eran de bloques de piedra encajados con argamasa y cubiertos por una pasta de cal y yeso que luego era decorada, labrada y pintada de colores vivos. Hoy en día solo quedan los bloques calizos, erosionados por los elementos. Aún así, la visión es magnífica, es un espectáculo imponente y, en cierta forma, sobrecogedor. En aquella plaza en la que yo me paraba podían reunirse cientos de personas para atender a los actos religiosos. ¿Cuánta fe, cuánto respeto se habría respirado allí mismo en los viejos tiempos? ¿Cuánto silencio, cuántas plegarias?

Me dirigí lentamente a la Pirámide II y comprobé que una estructura lateral de madera permitía ascender a su cima. Allá arriba, las águilas negras revoloteaban, posadas aquí y allá sobre el pequeño recinto que coronaba la pirámide. El endeble andamio –construido para los visitantes– evitaba que se subiera por las escaleras de piedra del propio templo. Sus maderas estaban mojadas, embarradas por los cientos de pies que las transitaban a diario. Estaban húmedas y se bamboleaban. La sensación de vértigo y el vacío que hay bajo los pies cuando uno está a 15 metros de altura sobre el suelo y nota que la estructura entera se mueve como gelatina son una sensación indescriptible. Pero las alas negras que flotaban allí arriba me llamaban. Subí, subí, subí y, de pronto, allí estaba, en el mismo sitio en donde los antiguos sacerdotes se asomaban para dirigirse a la multitud. Desde allí se tenía una vista completa de la Acrópolis, todos los edificios que habían servido para organizar administrativa y religiosamente a aquella enorme ciudad-estado. Las ciudades Mayas funcionaban como las antiguas poleis griegas: eran independientes y gobernaban el territorio que las rodeaba. La organización política de los antiguos Mayas había cambiado con el tiempo, pero básicamente respondía a ese modelo.

Me senté un rato allí arriba, y mientras mi corazón –poco habituado a ejercicios de ascensión de escaleras altas– intentaba calmar su ritmo acelerado, me permití otro rato de deleite con aquella visión, con aquel fragmento de nuestra historia americana hecho realidad ante mis ojos. ¿Apreciamos nuestra historia, nuestras raíces? ¿Nos esforzamos por conocerlas? ¿Nos educan para que las conozcamos y reconozcamos, para que las apreciemos y valoremos? Recordé el currículo de la Escuela de Bibliotecología de Guatemala y las charlas con colegas que me habían descrito minuciosamente este complejo Maya, y supe que ellos sí sabían. Pero recordé a otros colegas –y a mi propia formación profesional– y supe que nosotros no siempre teníamos esa formación. Como agentes culturales (sí, eso somos...) no nos daban (ni adquiríamos) todos los conocimientos que necesitamos para difundir información. Pocos bibliotecarios podrían dar información completa sobre la historia de mi país, en especial la historia prehispánica. Pocos sabían de donde procedían palabras como "yuyo" (pasto) o el significado de "Humahuaca" (famosa localidad del NO argentino) o la historia de Sayhueque (famoso líder del pueblo mapuche en Argentina). Eso, por no hablar de otras facetas de nuestra historia nacional, y obviando la historia latinoamericana, en la cual yo mismo debo reconocer lagunas e ignorancias.

Allí, a mis pies, enredada entre dos piedras, me saludaba una enorme pluma negra de las águilas que poco antes habían estado oteando el patio ceremonial desde la pirámide. La guardé en mi bolso, como el mejor recuerdo que me podría llevar de aquel sitio. Colocada en el escritorio de mi casa, me recordaría cada tarde aquella imagen que estaba intentando quemar en mis retinas: águilas negras flotando sobre piedras blancas sobreviviendo en un húmedo paraíso verde.

Bajé de la Pirámide II y me dirigí, por otro sendero a través de la selva, a la Pirámide III, que distaba medio kilómetro del conjunto central. La jungla estaba en silencio, roto aquí y allá por algunos pájaros. De pronto, comenzó el rugido. Un rugido lleno de ecos. Recordé que en aquellos parajes había jaguares, pero el sonido me recordaba a otros oídos en el NE de mi propio país, allá en el monte chaqueño. Aquello, definitivamente, era un macho de mono aullador. Apresuré el paso y comencé a buscarlo en las altas ramas de los árboles, en el medio de un mundo espeso de hojas y troncos finos. Tardé media hora en dar con él, y en esa media hora jamás cesó de gritar. Cuando lo encontré, parado casi mágicamente en una vara delgada que apenas soportaba su peso y se bamboleaba de manera vertiginosa, me pasé otro cuarto de hora mirándolo y sonriendo, aunque calculo que él ni me vería (o, si me vio, seguramente pensó que otro turista estúpido se había propuesto invadir su privacidad).

La Pirámide III estaba rodeada e invadida por la vegetación, así que caminé otro medio kilómetro (o quizás uno) hasta la Pirámide IV, la más famosa del complejo. Es igual a todas las otras (en total son seis), pero tiene una característica que la vuelve especial, y que descubrí cuando trepé por otro andamio de madera resbaloso y embarrado.

La cima de la pirámide se encuentra por encima de la jungla. Desde ella puede verse un inmenso mar verde en el que, como islas, se asoman las puntas de las otras pirámides, aquí y allá. Más allá, solo verde. Por detrás, algunas siluetas de montañas, violáceas por la distancia y las brumas matinales. El silencio de la altura era solo quebrado por mi amigo aullador y por algunos colegas que le respondían, y quizás por algunas especies de aves cuyo canto me era desconocido.

Otros turistas habían llegado también al mismo sitio, y charlaban de temas banales en inglés, mientras fumaban. Tomaron un par de fotos, miraron para todos lados y luego descendieron. Me pregunté si se daban perfecta cuenta del momento que habían vivido o si solamente cumplían con el ritual de llegar a un sitio, decir "ya estuve aquí", tomar la foto de rigor para demostrar a sus amistades que realmente habían llegado hasta ese lugar y después buscar otro para continuar la ceremonia turística. No, no podía pretender que todos pensaran o sintieran como yo, pero me llamó la atención (siempre lo hizo) ese comportamiento. Siempre me pregunté qué le aporta ese tipo de viaje a una persona. ¿Orgullo? ¿Distracción? ¿Puede realmente contar algo después de viajar? ¿O se limitará a mostrar fotos y a decir "viajé"? Son cosas que quizás no comprenda porque no entran dentro de mis estructuras. No puedo condenarlas, porque cada cual es libre de vivir y actuar como le plazca. Pero quizás cuando comparo esas costumbres con las mías es cuando más cimiento las propias.

Descendí del cuarto templo y me perdí en una serie de senderos que me llevaron a otras estructuras (el Palacio de las Acanaladuras, el Mundo Perdido, la quinta pirámide). Por encima de mí volaban los tucanes; por debajo transitaban las hormigas y unos pesados escarabajos que apenas entraron en mi mano cuando los alcé cuidadosamente del suelo. En un recodo del camino se alzaban varias estelas grabadas, y me deleité nuevamente delineando con el dedo índice los rostros de los guerreros y los regentes dibujados allí con todo detalle, y el perfil de los jeroglíficos que probablemente hablaban de sus gestas. Mi mano probablemente recorría el mismo camino que había cubierto el artista que talló aquella roca oscura.

Volví a la entrada del parque despacio, bajo las copas de los árboles de copal (cuya resina, llamada "pom" por los mayas, era y es usada como incienso de aroma particular para las ceremonias religiosas), observando la espesa jungla que me rodeaba y pensando como los primeros arqueólogos debieron luchar con la Naturaleza para arrebatarle aquel tesoro humano. También pensé en las vicisitudes de los primeros exploradores hispanos, que debieron atravesar (cargando cotas de malla, pesados arcabuces, culebrinas, caballos, provisiones...) por entre aquellos ramajes. No, no me caen muy bien los conquistadores europeos, y en mi íntimo fuero pensé que debieran haberse perdido en aquel infierno esmeralda. Pero en fin, somos lo que somos y estamos donde estamos, y si hemos llegado hasta aquí es por una serie de acontecimientos históricos que ya no podemos deshacer. Caminando por aquellas ruinas, es inevitable pensar en el mundo que desapareció después de 1492. Pero esos acontecimientos –triste y duros– ya son irremediables, y quizás lo único que nos queda ahora es recordar el pasado para no volver a cometer los mismos errores en nuestro presente (errores que siguen siendo cometidos, y ahora no los perpetran gentes barbadas llegadas del este en carabelas, sino latinoamericanos). Que seamos del color que seamos ya no quiere decir nada: lo que importa es el color de nuestros sentimientos y nuestros pensamientos. Y, sobre todo, el de nuestras acciones.

Fuera del parque, y mientras esperaba el bus que me llevaría a la ciudad-isla de Flores, me acerqué al restaurante del complejo turístico para ver si podía ingerir algo sólido, después de tamaña caminata. Pero los precios eran más que exorbitantes: eran ridículos. Así que me hice una escapada hasta el puesto de vigilancia –en donde tres guardias armados de fusiles charlaban mientras fumaban unos cigarrillos– y les pregunté dónde almorzaban ellos. Me miraron con curiosidad, y con el respeto que caracteriza a los guatemaltecos, me orientaron hacia una pequeña fonda que estaba a unos 300 metros de la entrada del parque. Allí era donde comían los empleados locales, y allí me senté para disfrutar –por un precio normal– mis tortillas, mis frijoles, y un delicioso pollo con arroz. Por este tipo de acciones, algunos llaman a mi forma de viajar "turismo alternativo". Yo prefiero pensarme como un "viajero humano", más interesado en conocer a la gente que en cumplir rituales cómodos. Sí, almorcé sin aire acondicionado sobre una mesa de tablas desiguales, usando cubiertos añosos. Pero aprendí qué se dice, qué se come, qué se bebe y qué música se escucha en el medio del Petén. Lo cual no es poco.

Desde la ventanilla del microbús de regreso a Flores pude ver los pueblos Mayas de la zona, que conservan las mismas estructuras que sus ancestros prehispánicos. Aún así, el crecimiento salta a la vista: planes de alfabetización bilingüe, planes de viviendas y de agua y hasta una biblioteca, surgiendo de entre los bananos y las casas de característicos techos de paja. No creo que el "desarrollo" –tal y como lo piensan muchos– se mida por la arquitectura o por la calidad de los caminos. Creo que debería medirse por el nivel de educación de una sociedad, por el grado en que sus estructuras resultan beneficiosas para su vida. Muchas comunidades pueden vivir en casas de caña con techos de pasto y declarar que viven muy a su gusto, aunque para nosotros estén en la "miseria extrema". En esos casos, los programas de "desarrollo y bienestar" deberían de evaluar qué es lo que necesita la comunidad de acuerdo a sus propios parámetros. Porque les aseguro que muchos "subdesarrollados" que han visitado los países "avanzados" aún se preguntan "¿cómo puede vivir esa gente en semejante amasijo de calles, con tanto ruido, con tanta contaminación, con tanta anonimia, tan llenos de computadoras y tan carentes de contacto humano, tan sin valores, tan enganchados a medios masivos, con esa pornografía que seca la cabeza, con esas drogas y esos vicios que nadie comprende pero todos usan?" El "desarrollo" y el "bienestar" son conceptos relativos. No deberíamos olvidarlo, ni como seres humanos, ni como bibliotecarios, ni como latinoamericanos, siempre tan habituados a escuchar como otros nos hablan de lo "mal" que vivimos y de lo que deberíamos hacer para vivir "bien".

Mientas miraba el atardecer en Flores sentado a orillas del lago Petén Itzá (viendo el agua teñida de naranja, los juegos vespertinos de los peces y las estelas de las barcazas locales), esperando el bus que me llevaría –en viaje nocturno– a ciudad de Guatemala, pensaba que mi viaje (que ya tocaba a su fin, por decisión propia) había valido la pena. No, no aprendí demasiado sobre bibliotecas, porque, en última instancia, el nuestro es un universo profesional pequeño en el cual no hay muchas sorpresas. Pero aprendí mucho sobre el ser humano y sobre un planeta que aún hoy, a principios del siglo XXI, depara muchísimos descubrimientos. Porque, a pesar de las tecnologías de comunicación instantánea, a pesar de los libros, a pesar de la tan cacareada información de la Sociedad del Conocimiento, aún un elevado porcentaje de nuestro mundo desconoce lo que ocurre más allá de sus fronteras.

Y, mientras bebía una cerveza "Gallo" a orillas de aquel lago, recordé una tira de Mafalda, en la cual uno de los personajes camina en puntas de pie porque descubrió que en el otro lado del planeta es de noche y duermen (y no quiere despertarlos) y otro personaje, mirando su actitud, dice: "El pobre aún no sabe que una mitad del mundo es incapaz de escuchar a la otra".

Si algo aprendí en este viaje es que no solo no nos oímos entre mitades del planeta, ni más allá de nuestras fronteras. No oímos a nuestro vecino. Ni siquiera sabemos quiénes somos nosotros, de dónde venimos, cuál es nuestra historia. Y si, como gestores de información y memoria, no está en nuestras manos hacer algo al respecto... ¿en qué manos está?

Muchos me han preguntado cómo se trabaja en Guatemala, en Sudáfrica, en Malasia, en Corea... A ellos les pregunto: ¿cómo se trabaja en su ciudad? ¿Qué hacen sus colegas? ¿Cuáles son las necesidades de sus usuarios? ¿Cuáles son los problemas a solucionar en su región? Empecemos por ahí, y luego miremos hacia fuera para ver qué se hace allí. Buscar contactos fuera no es difícil; viajar, tampoco. Mirar hacia dentro sí que lo es. Y quizás esa sea nuestra mejor aventura. Descubrirnos.

Mañana termina mi travesía y este diario de viaje. Nos leemos por aquí...

Ilustración.