Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 04, 2006

Cuaderno de viaje: final

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Quedaban aún muchos kilómetros por hacer. Quedaba una conferencia en México DF, una visita a San Cristóbal de Las Casas (Chiapas), otra a San Salvador (El Salvador), una conferencia en Tegucigalpa (Honduras), un par de encuentros en Managua (Nicaragua) y otros tantos en San José de Costa Rica. Una docena larga de colegas visibles (más otros con los que no tuve contacto pero que estaban detrás de ellos) me recibirían con los brazos abiertos y me enseñarían su mundo bibliotecológico, su realidad y su país.

Fue un verdadero honor –honor con letras mayúsculas– el haber recibido tantas invitaciones, el haber sido considerado para todas esas actividades, el haber recibido tantos mensajes de bienvenida. Y fue con verdadera tristeza que decidí declinar todo ese trayecto de mi viaje. Pero el cuerpo tiene unos límites, y cuando uno los excede el ánimo empieza a fallar, el buen humor empieza a escasear, la mirada se torna nostálgica y los pies buscan el camino de vuelta a casa. Eso me ocurrió. Y, con verdadera pena, emprendí el retorno a ese cuchitril pequeño y desordenado que amo y que yo considero mi hogar.

Aún me quedaban varios trayectos y un par de días de viaje hasta llegar a poner la llave en la puerta de mi casa. Aterrizaría en Managua, luego en Panamá y luego en Buenos Aires, y de allí un bus me llevaría a la terminal de Córdoba, desde donde un taxi, quizás, me dejaría en la puerta del lugar donde vivo, cargado con una enorme mochila, dos sacos y un enorme rollo de carteles.

Aún así, antes de partir de Guatemala me hice tiempo para charlar con los colegas del programa radial "Fuentes", de la Universidad del Anáhuac, en México. "Fuentes" es, quizás, uno de los primeros programas de radio cuyo contenido está centrado completamente en nuestra profesión. Está realizado por profesionales de la bibliotecología, y puede ser oído en todo el mundo a través de Internet. La colega Araceli Sánchez Venegas fue la encargada de invitarme a tal espacio –en el que participé, desafortunadamente, sólo en forma telefónica– y la de realizar una pequeña entrevista que me permitió contar de mis andanzas y aportar algunas opiniones acerca de las realidades vividas. "Fuentes" se emite todos los miércoles a las 11 de la mañana (hora México), y puede ser oído a través de su sitio web. Confío en que mi colaboración con el programa pueda continuar en un futuro cercano... y en poder participar, algún día, en forma presencial, tal y como tenía planeado hacer si no fuera por mi decisión de regresar antes de tiempo a mis pagos.

A estas alturas del viaje (es decir, cerrando el capítulo), desde mi cansancio, miraba hacia atrás y me parecía que el mes que pasé nomadeando se había convertido en un año. Fueron muchas emociones, muchas experiencias, muchos paisajes distintos, muchos kilómetros navegados... ¿Qué podría sacar en claro de todo eso?

Por el lado profesional, aprendí que las grandes cosas se encuentran en los pequeños rincones, como ocurre con todo en esta vida. Quizás –como también ocurre en la vida– no sabemos apreciar el valor de esas pequeñeces, y buscamos siempre las cosas grandes, las cosas "importantes". Pero los elementos valiosos estarán esperando por nuestra mirada en el rincón en el que menos esperemos hallarlos. Por ende, es preciso dar una oportunidad a todo tipo de lugares. Aquellos que quieran aprender experiencias, deberían buscar en bibliotecas universitarias y especializadas, pero también en comunitarias y barriales. Aquellos que busquen libros, deberían revisar en las grandes tiendas, pero también en los puestos de los vendedores de segunda mano de los barrios obreros. Aquellos que deseen conocer nuevas ideas, deberían hablar con los grandes académicos, pero también con el joven graduado que recién inicia su carrera. Encontrarán –estoy seguro– muchas sorpresas agradables. Y, en definitiva, terminarán comprendiendo que la vida no se escribe en una sola cara de la hoja, ni las monedas se acuñan de un solo lado.

También aprendí que hay mucho por hacer en nuestra profesión. Quizás ya lo sabía intuitivamente, pero con estos desplazamientos pude comprobarlo en la realidad. Hay mucho por escribir, por construir, y, sobre todo, por compartir. Estamos muy desunidos, muy poco comunicados, a pesar de las tecnologías que hoy nos ayudan a mantenernos en contacto. Quizás los Congresos, Simposios y Encuentros sean un buen espacio para reunirse y compartir. Pero deben ser planificados en forma inteligente. Las temáticas deben ser elegidas en forma consciente, orientándolas hacia las materias que son de interés para la comunidad total de bibliotecarios, y diseñando programas y actividades acordes con las posibilidades, necesidades y características de los oyentes potenciales. Deberían fomentarse las mesas redondas, los debates y los talleres por encima de las charlas magistrales y las conferencias. Deberían abrirse espacios para que se trabaje en forma horizontal: la verticalidad asusta, y al final no deja más que algunas palabras retenidas en una charla o en una clase. En cambio, el trabajo conjunto con otros colegas permite establecer lazos, contar la propia historia e interesarse por la del vecino. Es así –y no de otra forma– como se generan espacios colectivos que realmente sirvan al público. Es totalmente inútil armar series de conferencias que no dejen más que algunos PowerPoint más o menos bien diseñados y algunos textos que quizás alguien lea. Se los digo por experiencia: después de una charla de 45 minutos, la mayoría de los asistentes recuerdan, de todas mis palabras, alguna anécdota jugosa o algún juego interesante de frases. Lo académico, lo árido, aburre y espanta; el contacto humano atrae, y pueden transferirse muchos conocimientos valiosos en esta forma humana, divertida, atrayente, dinámica... He bostezado hasta llorar en charlas dadas por grandes maestros, llenas de vocablos difíciles y pronunciados en un tono de voz grandilocuente. Y me he interesado hasta treparme en la silla por charlas dadas por bibliotecarios que, en forma de historia, me contaron como habían armado una biblioteca en tal o cual lugar. Escandalícense, si lo desean, pero es cierto: para captar la atención, para promover el interés y para poder lograr la transferencia activa de saber, es necesario buscar estrategias originales. No soy el rey de la creatividad, ni soy buen docente, y no sé dar clases. Pero he sido alumno y asistente de Congresos muchos años, y positivamente, sé lo que me cansa y lo que no tiene resultado.

Aprendí también que se sigue hablando de mundo digital en todos lados, pero que el rol social del bibliotecario no se conoce ni se trata mucho. Repetiré aquí, nuevamente, lo que he anotado en otras entradas de este mismo sitio: no condeno lo digital. De hecho, mi vida sería muy compleja sin ese universo nuevo y alucinante. Pero no puedo desconocer una realidad que arde por darle más importancia a ciertos aspectos prometedores de la profesión. Deberíamos ser equilibrados en ese sentido. Pero no lo somos. Seguimos jugando con el juguete nuevo y olvidando uno de los pilares de nuestra profesión: el servicio. Muchos me han dicho que si hacemos hincapié en las nuevas tecnologías es precisamente para mejorar nuestro servicio. Pero yo lo dudo: esas bocas aún no me han mostrado resultados convincentes. Cuando los vea, cambiaré mis ideas y mi discurso. Mientras tanto, sigo clamando a los colegas que me leen y me escuchan que es preciso retomar los viejos caminos de la profesión bibliotecaria: servir a nuestros usuarios, responder a sus necesidades, ayudar... Esto es crucial, en especial, en nuestro continente, una tierra que muestra una cara moderna, pero que conserva muchas caras antiguas, demacradas, dolidas, carentes de un bienestar básico y surcadas de cicatrices. Y no, no soy pesimista. Precisamente los viajes me ayudaron a reconocer regiones de mi país y de otros países que están marcadas por crisis y dramas que a muchos les parecerían extraídas de alguna novela, pero que son terriblemente reales. ¿Qué hacemos al respecto? ¿Las reconocemos acaso?

No, en nuestras manos no está la salvación del mundo, ni manejamos la cura de todos los males. Pero... ¿aportamos nuestro grano de arena? ¿Cómo lo hacemos? ¿Sirve lo que hacemos? Pregúntenselo, planteen esas preguntas en debates profesionales, en encuentros, en Congresos. Quizás logren armar foros abiertos con resultados mucho más valiosos que los obtenidos tras una charla de grandes y pequeñas personalidades orientada a diseñar nuevos espacios virtuales para los pocos que pueden accederlos a través de Internet.

Personalmente, aprendí –una vez más– que no sé absolutamente nada. Y eso me hizo muy feliz, porque me abrió muchos caminos a futuro: caminos de descubrimiento, de aprendizaje, de encuentro con realidades nuevas que me son totalmente ignoradas. Sería muy arrogante si afirmara aquí que no encontré nada nuevo. Quizás todas las bibliotecas me parecieron iguales, y todos los libros, y todas las técnicas. Pero bajo ellas, ¡cuántas cosa nuevas hallé! ¡Cuántas preocupaciones, cuántas ideas, cuántas iniciativas, cuántas propuestas, cuántas esperanzas! Esas, esas son las cosas importantes, las cosas a rescatar. Esas son las que he ido intentando reflejar –en la forma incoherente y desorganizada que me caracteriza– en estas páginas, durante este viaje. Hablar sobre las bibliotecas, si usan CDU o CDD, si arman sus bases con WinISIS o si usan MARC, si tienen tantos o cuantos miles de libros... me pareció un despropósito. Quise hablar de un mundo que late, de horizontes por conocer, de cosas nuevas, de olores y sabores y sonidos que descubrí y que quizás ustedes no conocieran. De eso se trata todo aprendizaje. Lo demás es secundario, accesorio. Lo importante es lo que nos fascina, lo que nos mueve, lo que derrumba nuestras estructuras y nos hace darnos cuenta que en realidad somos un grano de polvo en un universo infinito, y de que quedan muchísimas cosas por saber, por hacer, por ver, por soñar.

Aprendí humildad, aprendí a decir "gracias" hasta cansarme, y a la vez aprendí de la soberbia de otros, del engaño, de la ambición desmedida, de la charlatanería. Aprendí de la fidelidad y la traición a las propias ideas y valores y a los ajenos. Aprendí de inteligencias e ignorancias –académicas y personales–, aprendí de dobles discursos, de lobos disfrazados de ovejas y de ovejas disfrazadas de lobos. Y agradecí la cuna de barro en la que nací, mi origen despiadadamente pobre, mi vida al costado del mundo, mis creencias anarquistas, mis luchas pequeñas pero reales. Creo que el ver tantas miserias humanas me ayudó a limpiar nieblas de mi interior y a cimentar un poco más quién soy, lo que soy y los rumbos que me he planteado para el futuro.

De todo esto, tal vez lo más rescatable es la idea de que no hay límites para nada ni para nadie, que la palabra "imposible" fue agregada a los diccionarios por aquellas almas innobles que no quieren que intentemos y logremos, que todo puede ser realidad si creemos en ello y luchamos por ello con todas nuestras fuerzas. No, no es una utopía de las tantas que me caracterizan, de las tantas que han leído escritas por estas dos manos cansadas: es una verdad. Una verdad enorme. A todos aquellos que aún creen que pueden hacerlo –lo que sea que quieran hacer– les digo "ustedes pueden". Pueden lograrlo. Pueden lograr lo que deseen. He visto crecer bibliotecas sin financiación, he visto levantarse bibliotecas hechas de adobe y cañas, he visto escribir libros a mano para equipar estantes. Si se quiere, se puede. Y no, no es un tópico: es otra verdad. Basta con querer.

No creo que haga falta recorrer kilómetros para aprender una cosa tan obvia. Pero, ya que los recorrí, sumé a mi idea básica un montón de pruebas tangibles que me permiten afianzar mi opinión. He aquí el valor de mi viaje.

Si miro, ahora mismo, hacia delante, veo otros viajes. Me esperan kilómetros y kilómetros en los Andes, este mes de noviembre, y quizás después otras travesías por otras latitudes. Sigo apostando por el valor de los Congresos y Encuentros como espacios de creación y reconocimiento mutuo. Así es que, allí donde me inviten, intentaré estar con algunas ideas que sirvan a los que me escuchan, aprendiendo, a su vez, todo lo que pueda, y contando todo lo que crea que puede ser de valor –por pequeño que parezca– para aquellos pacientes lectores que se tomen la molestia de dedicar unos minutos a seguir mis desvaríos. He aquí algo de lo que me enorgullezco, y quizás parezca vanidad, pero no me importa: el contar lo que veo, el difundir lo que me parece pertinente, el compartir... Si todos hiciéramos lo mismo, muchos de los colegas que no tienen la oportunidad de salir de sus fronteras (las que sean) podrían estar un poquito más enterados de lo que pasa fuera de los muros de sus bibliotecas. No creo haber logrado tan magno objetivo. Pero, al menos, lo intento, y doy lo mejor de mí en esa labor.

Quiero seguir dándole alas a mis pies. Porque aún tienen muchos senderos por recorrer, muchas manos que estrechar, muchas comidas que probar, muchas charlas interesantes que mantener a la luz de un candil o una farola, aquí y allá. Tengo muchos amigos que conocer y muchas sombras que exorcizar. Por ende, estas páginas seguirán narrando mis trabajos y opiniones, pero también mis andanzas, esas que ustedes han seguido fielmente durante el último mes, con algunos paréntesis.

Gracias, mil gracias, por haber estado de ese lado. Y no me suelten de la mano, porque las mías seguirán anotando novedades en esta Bitácora de un Bibliotecario...

Ilustración.