Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 04, 2006

Diario de viaje (01 de 28): Las gaviotas del Mapocho

Diario de viaje (01 de 28): Las gaviotas del Mapocho

Por Edgardo Civallero

[Diario del viaje por tierra a lo largo del antiguo Imperio Inca, de congreso en congreso de bibliotecología, a través de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y el NO de Argentina, entre el 5 de noviembre y el 1 de diciembre de 2006]

"¿Qué hacen aquí estas gaviotas
tan lejos del mar? ¿Qué hacen aquí,
entre piedras y rincón, en este río marrón?
¿Qué hacen aquí, tan lejos del mar?"

La estrofa de la conocida canción del grupo chileno Illapu (conocida al menos en Chile) siempre me intrigó. La canción era "Lejos del amor", y llegué a tocarla en los escenarios y a grabarla en un CD con un antiguo grupo que tuve en España, durante mi adolescencia, en mis activos tiempos de músico. ¿A qué gaviotas se refería esa canción? ¿Sobre qué río?

Mientras cruzaba el primer puente sobre el turbulento Mapocho, el río que cruza la ciudad de Santiago de Chile, comprendí –catorce años después– a qué aves se refería la canción. Planeando sobre el enorme cauce de cemento bordeado por avenidas atestadas y parques bien cuidados, destacando sus líneas blancas sobre el agua marrón, estaban las gaviotas de los Illapu. Las gaviotas del Mapocho.

Había llegado a Santiago de Chile después de un vuelo corto que se elevó con mucho esfuerzo y bamboleos sobre una Córdoba tormentosa, cruzó las sierras de San Luis y las tierras de Mendoza –cubiertas de viñedos– y se acercó sigilosamente a los Andes. Esa cordillera siempre ejerció una fascinación extraña sobre mi imaginación, sobre mi espíritu. Era la espina dorsal de mi tierra, era el terruño de las civilizaciones originarias que yo más amaba, era... era una leyenda en mi mente. Y por primera vez la cruzaba hacia Chile, el día que inauguraba un viaje largo a través de dicha cordillera (y a lo largo de ella, hacia el norte). El cielo ayudó: ni una sola nube impidió que me deleitara con las cumbres nevadas de aquellas moles de piedra, con los pequeños valles internos, con los torrentes de agua que descendían, producto del deshielo. Recordé a aquel que llamaron "Libertador", al general José de San Martín, cruzando con sus tropas aquella inmensidad helada y rocosa para unir sus fuerzas a las de los hermanos chilenos y vencer a las fuerzas españolas allá en Chacabuco y en Maipú. La fuerza del espíritu de aquellos hombres, luchando por su libertad y por su independencia (una independencia que quizás no lograron nunca, a pesar de la sangre derramada y del heroísmo derrochado) me impresionó mucho más cuando pude medir, con mi propia vista, la inmensa extensión de terreno que atravesaron, lo difícil del camino, lo duro de las condiciones climáticas.

De pronto, la cordillera comenzó a descender, y en minutos estaba sobrevolando Santiago de Chile. En mi ingenuidad, me recordé de niño, mirando mis planisferios y midiendo con los dedos la anchura de Chile, preguntándome como hacía la gente para vivir en una franja de terreno tan angosta sin caerse al mar. Definitivamente no sólo viven allí: hacen un uso increíblemente provechoso del terreno que ocupan.

Chile se levanta sobre una zona de subducción planetaria, es decir, sobre una franja de la Tierra en donde una de las placas tectónicas en las cuales se divide la superficie terrestre (la del Pacífico) se hunde bajo otra (la Sudamericana) dando lugar a una costa muy inclinada y a todo tipo de manifestaciones telúricas, incluyendo terremotos y volcanes. La cordillera de los Andes es fruto de este choque tectónico, y su actividad geológica a lo largo de toda Sudamérica (actividad de la cual sería testigo en varias ocasiones a lo largo de mi viaje) se debe al proceso de subducción.

En fin, allí estaba. La primera etapa de mi viaje transcurriría en tierras chilenas, a donde había sido invitado para participar en el Primer Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas de Chile, organizado por la DIBAM (Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos), el Centro Bibliotecario de la comuna de Puente Alto (una de las más grandes y populosas de Santiago, situada al SE de la ciudad) y la revista bibliotecológica de acceso abierto "Pez de Plata". Fueron los responsables de la Subdirección de Bibliotecas de la DIBAM y del proyecto "BiblioRedes" los que me esperaban en el aeropuerto, los que me condujeron a mi alojamiento en un apartotel del barrio de Providencia (uno de los barrios de gente "bien" de la capital chilena) y los que me hicieron cruzar aquel puente sobre el río Mapocho, preguntándome si conocía la canción de Illapu y contándome, para mi regocijo, que aquellas eran las famosas gaviotas.

A lo largo del camino me fui enterando un poco sobre la naturaleza del evento. En principio, tendría dos días de talleres en el Centro Bibliotecario de Puente Alto, que posee una de las bibliotecas públicas más alucinantes de todo Santiago. Allí yo sería el responsable de dar un taller sobre planeamiento de bibliotecas comunitarias, explicando, a grandes rasgos, como generar –desde cero– una biblioteca de tal categoría. Luego, junto a otros invitados internacionales llegados desde España, Colombia, Portugal y Perú, nos uniríamos al Congreso en sí, que duraría tres días y en el cual sería el responsable de una conferencia sobre el rol social de las bibliotecas públicas en Latinoamérica.

A lo largo del trayecto entre el aeropuerto y el hotel, quise enterarme sobre las políticas de la DIBAM en cuanto a bibliotecas móviles. Desconocía la razón, pero siempre que hablaba de bibliotecas móviles en Argentina, el referente era Chile y las experiencias de la DIBAM, así que la curiosidad me ganó y comencé a preguntar. Curiosamente, el padre de una de las personas que me acompañaba había sido el promotor del sistema de bibliotecas móviles, inaugurando la larga serie de experiencias con un bibliomóvil en Coyhaique, allá en el sur de Chile, tierra de fiordos y estancias, neviscas y montañas... así que pude enterarme de algunas anécdotas. Para mi asombro, no existían manuales ni políticas escritas por parte de la DIBAM: el conocimiento construido se había realizado en forma intuitiva, a través de una metodología de ensayo-error o investigación-acción, respetando por cierto todas las recomendaciones internacionales sobre sistemas bibliotecarios ambulatorios, pero sin crear documentos que pudieran servir para la réplica de las experiencias en otros países. "Una pena", me dije: si bien en la red existen numerosos documentos sobre bibliotecas viajeras y sistemas móviles (p.ej. las guías redactadas por Robert Pestell para IFLA, o el sitio web creado en España por la ACLEBIM, con un buen cúmulo de documentos más que útiles, amén de experiencias notables como el biblioburro colombiano o el bibliocamello keniata), me interesaba obtener líneas-guía de trabajo de los colegas chilenos. Me comentaron que existía, en ese momento, un número limitado de unidades móviles de la DIBAM en funcionamiento en el territorio de Chile. El resto eran sistemas pequeños, no basados en la presencia de un bus o un vehículo de gran tamaño, sino en la propia voluntad popular de mover los libros usando cualquier otro sistema: bicicletas, motos... y un largo etcétera cuyo límite es la imaginación. Se pretendía, en breve, comenzar a plasmar toda la práctica acumulada a lo largo de años de acción en textos teóricos que permitieran la enseñanza y la reproducción de experiencias en otros ámbitos.

Ya en el aparthotel, y después del acondicionamiento necesario, salí a la calle en busca de mi compañera, Sara, que había llegado por tierra un día antes y que, para mi asombro, ya se había recorrido una buena parte de las calles céntricas de Santiago, en una ardua y activa tarea de "reconocimiento de terreno". Luego de un paseo y de dejarla en su propio hotel, me reuní con los compañeros de Congreso para una charla en un restaurante cercano a nuestro alojamiento. Pero de esas charlas y de los acontecimientos que siguieron –llenos de mucha información valiosa, y de muchas experiencias personales riquísimas– hablaré mañana, en el próximo post de un diario de viaje que, en su formato papel (el que he llevado en mis manos a lo largo de este mes de viaje) ocupa muchas, muchísimas páginas. Espero que continúen por aquí y que me acompañen en un recorrido que, si bien fue duro, me ha permitido comprender la riqueza de nuestras tierras y la infinita necesidad de acciones urgentes por parte de los bibliotecarios latinoamericanos.

Será hasta mañana...

Ilustración.