Diario de viaje (02 de 28): “anchas calles de puños y banderas...”
[Diario del viaje por tierra a lo largo del antiguo Imperio Inca, de Congreso en Congreso de bibliotecología, a través de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y el NO de Argentina, entre el 5 de noviembre y el 1 de diciembre de 2006]
Lo diría una compañera conferencista algunos días después, al iniciar su exposición, pero nosotros lo sentíamos desde mucho, mucho antes: pisar Chile era pisar la tierra de Pablo Neruda, de Salvador Allende, de Víctor Jara, de Violeta Parra, de Gabriela Mistral, de los Inti Illimani y los Quilapayún y, como no, los Illapu... Era Santa María de Iquique y los isleños de Chiloé, era “el pueblo unido jamás será vencido” y aquel estudiante, Rodrigo Rojas, quemado vivo durante una manifestación... Eran desaparecidos en Pisagua y mapuches luchando en Temuco, eran años y años de historia conocida y reconocida a partir de poemas, de noticias y de canciones... Y era aquel tema –creo que Quilapayún- que decía...
“No serán lágrimas por Víctor Díaz,
será un vuelo de pájaros al alba,
anchas calles de puños y banderas,
algarabía de niños y guitarras”.
Era el valor de aquella gente que se había sobrepuesto al dolor y a la injusticia de regímenes opresores y asesinos y había salido adelante, como lo hicimos nosotros del otro lado de los Andes, como lo hicieron tantos hermanos –uruguayos, paraguayos, bolivianos- aquí y allá, en esta tierra tan llena de cicatrices pero, a la vez, tan cubierta de sonrisas.
Chile era todo eso y mucho más. Y mientras caminaba por las calles de Santiago aquel lunes 6 de diciembre –día sin actividades profesionales para mí, y, por ende, libre para recorrer y conocer la ciudad de la mano de mi compañera- me encontraba con siluetas, palabras y sonidos que me eran familiares a pesar de ser la primera vez que pisaba el país trasandino.
Desde nuestro emplazamiento en Providencia seguimos la corriente del Tajamar, un canal de agua tremendamente caudaloso y revuelto que nos condujo directamente –entre altos edificios modernos- a las aguas del Mapocho, marca inevitable en la cara de la ciudad, bajo la presencia imperante de unos Andes también inevitables, nevados, eternos, majestuosos... El Mapocho, con su ancho cauce de cemento y piedra, con sus gaviotas, tiene, al decir de muchos santiaguinos, un alto nivel de contaminación. “Allí donde lo ves” me decían “a veces lleva agua”. Los más memoriosos recuerdan, en voz muy baja y desviando la mirada, que en ciertas épocas oscuras de la historia chilena el Mapocho también llevó cadáveres corriente abajo. Pero, con los ojos perdidos en las crestas turbias, prefiero no pensar en tristezas. Allí, a la vera del río está la Costanera, una serie de parques muy bien cuidados en donde los habitantes de esta enorme urbe de varios millones de habitantes descansan sus cuitas y sus fatigas bajo la sombra amigable de ceibos, plátanos, sauces y ombúes. El paseo –siguiendo el curso del Mapocho- nos llevó desde Providencia al centro triangular de la ciudad, pasando bajo la sombra del Cerro San Cristóbal (mole montañosa de unos 200 metros, provista de teleférico para su ascensión), frente al ecléctico y bohemio barrio de Bellavista, y a través de fuentes y estatuas... Allí, en Bellavista, se encuentra una de las casas de Pablo Neruda, aunque quizás la más famosa sea la de Isla Negra, pueblo situado en el litoral pacífico, al sur de la ciudad portuaria de Valaparaíso.
Carentes de guías turísticas y defendiéndonos únicamente con un planito citadino simple en el cual constaban algunos museos e instituciones (y el nombre de algunas arterias principales), Sara y yo nos abrimos paso a través de la ciudad y llegamos al microcentro, el corazón de la ciudad. Allí se levantaba el Museo Nacional de Bellas Artes, un hermoso edificio que, de acuerdo a las recomendaciones de colegas y amigos, era de imprescindible visita. Sin embargo, siguiendo una costumbre extendida en gran parte de nuestro continente, los museos cierran sus puertas al público los días lunes. Aún así, nos deleitamos con su arquitectura y proseguimos caminos algunos cientos de metros para enfrentarnos a la segunda mole de piedra que se esconde en la estructura urbana de Santiago: el Cerro Santa Lucía (foto al inicio), un peñasco de altura considerable que se levanta sin previo aviso en pleno centro santiaguino. Allá en el siglo XVI (1541) el español Pedro de Valdivia –fundador de la ciudad- se hizo fuerte en aquel sitio por vez primera, intentando protegerse de los ánimos aguerridos y bravos de los pikunches, rama del pueblo araucano que habitaba en aquellas zonas... La subida fue empinada, todo un reto para músculos poco entrenados (como los míos, por poner un ejemplo). Sin embargo, el esfuerzo valió la pena: desde la cima puede atisbarse el espectáculo de la ciudad entera a los pies, enmarcada, siempre, por las majestuosas cumbres andinas, y sombreada por el smog de un tráfico intenso que, sin embargo, no es ruidoso (al menos, no tanto como en otras ciudades latinoamericanas). Es un espectáculo que realmente corta la respiración e invita a sentarse y admirarlo largo rato.
El descenso nos llevó a pasar por el monumento a Valdivia, el consagrado a Gabriela Mistral y el elevado en honor a los pueblos pikunches. Allá abajo nos esperaba el Centro de Arte Indígena, a cuya entrada fotografié un graffiti curioso: junto a un clásico diseño mapuche (un kultrun o tambor ceremonial) anotaba la frase “La resistencia no es terrorismo”. La situación de los mapuches (la principal rama del pueblo araucano), tanto argentinos como chilenos, es extremadamente precaria. Sus acciones, producto de muchos siglos de presión (primero fueron los Incas, luego los Españoles, luego la República, luego la Dictadura, luego las Multinacionales...) pueden llegar a asumir facetas muy violentas (como la quema de casi 1.200 libros de la nueva Biblioteca de Filosofía del Campus Juan Gomez Millas por parte de encapuchados que participaban en una manifestación "pro-mapuche", hace unos días). Sin embargo, también debe señalarse que sus derechos son sistemáticamente violados (basta visitar las noticias publicadas en la Sección “Pueblos Originarios” de Indymedia para comprender un poco el origen de la resistencia y la rabia... y para saber un poco más de las voces silenciadas). Violencia no justifica violencia... pero también es cierto que ningún dolor se siente mientras le toque al vecino, así que es imposible explicar ciertas actitudes desde fuera. El Centro de Arte Indígena del que les hablaba, organizado por la CONADI, es un mero mercado de artesanías orientado hacia el turista, exponiendo algunas representaciones comunes de trabajos realizados en Rapa Nui, las regiones mapuches del sur y el Norte Grande chileno, habitado principalmente por la etnia aymara. Pudimos apreciar instrumentos musicales araucanos como la trutruka, el kultrun y la pifilka, algunos tejidos y trabajos de platería (para los cuales los mapuches fueron y son verdaderos maestros), ponchos e istrumentos musicales andinos, reproducciones de los famosos moais de Rapa Nui / Isla de Pascua, y una curiosa duplicación de una de las famosas tablillas rongo-rongo, la escritura nativa de la isla de Pascua, usada para escribir sus “libros” sobre tablillas de madera. (¿cuántos bibliotecarios saben de estos antecedentes escriptorios?).
Saliendo de allí, nuestros pasos se encaminaron hacia la Biblioteca Nacional, un imponente edificio de estilo clásico situado sobre la famosa Alameda (Avda. Libertador Bernardo O´Higgins) cuyo recorrido realizamos en forma breve, un mero reconocimiento preliminar (ampliado en días posteriores) que nos llevó por sus salas y por una bellísima exposición que presentaba, en forma de posters muy didácticos y entretenidas, la historia de las fiestas populares en la ciudad de Santiago. Mientras mirábamos cada poster y nos reconocíamos en las costumbres de otras gentes y otros tiempos, nos dábamos cuenta que el ser humano, esté donde esté, tiene formas tremendamente parecidas de divertirse, de entretener sus momentos de ocio y de festejar los acontecimientos. Fue allí cuando nos preguntamos el porqué de la desunión y la incomprensión entre las naciones de América Latina, el porqué de los odios regionales, de las asperezas entre países que deberían hermanarse para enfrentar y afrontar un futuro que no tiene demasiados puntos a su favor. Salimos de la biblioteca sin una respuesta, atisbando, la entrada de la misma, un enorme cartel que anunciaba la presencia, en aquel edificio, de la sede del capítulo chileno de Transparencia Internacional, la organización que evalúa la corrupción política de un determinado país (preferí no consultar las estadísticas de esta organización, para no deprimirme). En el mismo edificio se encuentran los Archivos de la Nación. Los Archivos de la ciudad de Santiago se encuentran en el mismo núcleo edilicio que ocupa la actual Biblioteca de Santiago, una institución de la cual les hablaré en las próximas entradas.
Nuestro camino continuó a través de la populosa y atestada Alameda, testigo de manifestaciones multitudinarias y de mucha historia chilena... Y de allí llegamos al Palacio de la Moneda, la sede del gobierno de Chile, en donde trabaja la actual presidenta, Michelle Bachelet... Recordar los documentales del golpe de Estado en el cual perdió la vida el presidente Allende, y ver aquello... fue todo uno. Y al girarnos –justo al girarnos- en una esquina de la plaza que se abre frente a La Moneda, nos encontramos con la estatua de Don Salvador. Resultaba un poco triste verla allí, en un rincón casi oculto, al costado de todo, cuando en realidad debería estar en un sitio más visible...
Lo diría una compañera conferencista algunos días después, al iniciar su exposición, pero nosotros lo sentíamos desde mucho, mucho antes: pisar Chile era pisar la tierra de Pablo Neruda, de Salvador Allende, de Víctor Jara, de Violeta Parra, de Gabriela Mistral, de los Inti Illimani y los Quilapayún y, como no, los Illapu... Era Santa María de Iquique y los isleños de Chiloé, era “el pueblo unido jamás será vencido” y aquel estudiante, Rodrigo Rojas, quemado vivo durante una manifestación... Eran desaparecidos en Pisagua y mapuches luchando en Temuco, eran años y años de historia conocida y reconocida a partir de poemas, de noticias y de canciones... Y era aquel tema –creo que Quilapayún- que decía...
“No serán lágrimas por Víctor Díaz,
será un vuelo de pájaros al alba,
anchas calles de puños y banderas,
algarabía de niños y guitarras”.
Era el valor de aquella gente que se había sobrepuesto al dolor y a la injusticia de regímenes opresores y asesinos y había salido adelante, como lo hicimos nosotros del otro lado de los Andes, como lo hicieron tantos hermanos –uruguayos, paraguayos, bolivianos- aquí y allá, en esta tierra tan llena de cicatrices pero, a la vez, tan cubierta de sonrisas.
Chile era todo eso y mucho más. Y mientras caminaba por las calles de Santiago aquel lunes 6 de diciembre –día sin actividades profesionales para mí, y, por ende, libre para recorrer y conocer la ciudad de la mano de mi compañera- me encontraba con siluetas, palabras y sonidos que me eran familiares a pesar de ser la primera vez que pisaba el país trasandino.
Desde nuestro emplazamiento en Providencia seguimos la corriente del Tajamar, un canal de agua tremendamente caudaloso y revuelto que nos condujo directamente –entre altos edificios modernos- a las aguas del Mapocho, marca inevitable en la cara de la ciudad, bajo la presencia imperante de unos Andes también inevitables, nevados, eternos, majestuosos... El Mapocho, con su ancho cauce de cemento y piedra, con sus gaviotas, tiene, al decir de muchos santiaguinos, un alto nivel de contaminación. “Allí donde lo ves” me decían “a veces lleva agua”. Los más memoriosos recuerdan, en voz muy baja y desviando la mirada, que en ciertas épocas oscuras de la historia chilena el Mapocho también llevó cadáveres corriente abajo. Pero, con los ojos perdidos en las crestas turbias, prefiero no pensar en tristezas. Allí, a la vera del río está la Costanera, una serie de parques muy bien cuidados en donde los habitantes de esta enorme urbe de varios millones de habitantes descansan sus cuitas y sus fatigas bajo la sombra amigable de ceibos, plátanos, sauces y ombúes. El paseo –siguiendo el curso del Mapocho- nos llevó desde Providencia al centro triangular de la ciudad, pasando bajo la sombra del Cerro San Cristóbal (mole montañosa de unos 200 metros, provista de teleférico para su ascensión), frente al ecléctico y bohemio barrio de Bellavista, y a través de fuentes y estatuas... Allí, en Bellavista, se encuentra una de las casas de Pablo Neruda, aunque quizás la más famosa sea la de Isla Negra, pueblo situado en el litoral pacífico, al sur de la ciudad portuaria de Valaparaíso.
Carentes de guías turísticas y defendiéndonos únicamente con un planito citadino simple en el cual constaban algunos museos e instituciones (y el nombre de algunas arterias principales), Sara y yo nos abrimos paso a través de la ciudad y llegamos al microcentro, el corazón de la ciudad. Allí se levantaba el Museo Nacional de Bellas Artes, un hermoso edificio que, de acuerdo a las recomendaciones de colegas y amigos, era de imprescindible visita. Sin embargo, siguiendo una costumbre extendida en gran parte de nuestro continente, los museos cierran sus puertas al público los días lunes. Aún así, nos deleitamos con su arquitectura y proseguimos caminos algunos cientos de metros para enfrentarnos a la segunda mole de piedra que se esconde en la estructura urbana de Santiago: el Cerro Santa Lucía (foto al inicio), un peñasco de altura considerable que se levanta sin previo aviso en pleno centro santiaguino. Allá en el siglo XVI (1541) el español Pedro de Valdivia –fundador de la ciudad- se hizo fuerte en aquel sitio por vez primera, intentando protegerse de los ánimos aguerridos y bravos de los pikunches, rama del pueblo araucano que habitaba en aquellas zonas... La subida fue empinada, todo un reto para músculos poco entrenados (como los míos, por poner un ejemplo). Sin embargo, el esfuerzo valió la pena: desde la cima puede atisbarse el espectáculo de la ciudad entera a los pies, enmarcada, siempre, por las majestuosas cumbres andinas, y sombreada por el smog de un tráfico intenso que, sin embargo, no es ruidoso (al menos, no tanto como en otras ciudades latinoamericanas). Es un espectáculo que realmente corta la respiración e invita a sentarse y admirarlo largo rato.
El descenso nos llevó a pasar por el monumento a Valdivia, el consagrado a Gabriela Mistral y el elevado en honor a los pueblos pikunches. Allá abajo nos esperaba el Centro de Arte Indígena, a cuya entrada fotografié un graffiti curioso: junto a un clásico diseño mapuche (un kultrun o tambor ceremonial) anotaba la frase “La resistencia no es terrorismo”. La situación de los mapuches (la principal rama del pueblo araucano), tanto argentinos como chilenos, es extremadamente precaria. Sus acciones, producto de muchos siglos de presión (primero fueron los Incas, luego los Españoles, luego la República, luego la Dictadura, luego las Multinacionales...) pueden llegar a asumir facetas muy violentas (como la quema de casi 1.200 libros de la nueva Biblioteca de Filosofía del Campus Juan Gomez Millas por parte de encapuchados que participaban en una manifestación "pro-mapuche", hace unos días). Sin embargo, también debe señalarse que sus derechos son sistemáticamente violados (basta visitar las noticias publicadas en la Sección “Pueblos Originarios” de Indymedia para comprender un poco el origen de la resistencia y la rabia... y para saber un poco más de las voces silenciadas). Violencia no justifica violencia... pero también es cierto que ningún dolor se siente mientras le toque al vecino, así que es imposible explicar ciertas actitudes desde fuera. El Centro de Arte Indígena del que les hablaba, organizado por la CONADI, es un mero mercado de artesanías orientado hacia el turista, exponiendo algunas representaciones comunes de trabajos realizados en Rapa Nui, las regiones mapuches del sur y el Norte Grande chileno, habitado principalmente por la etnia aymara. Pudimos apreciar instrumentos musicales araucanos como la trutruka, el kultrun y la pifilka, algunos tejidos y trabajos de platería (para los cuales los mapuches fueron y son verdaderos maestros), ponchos e istrumentos musicales andinos, reproducciones de los famosos moais de Rapa Nui / Isla de Pascua, y una curiosa duplicación de una de las famosas tablillas rongo-rongo, la escritura nativa de la isla de Pascua, usada para escribir sus “libros” sobre tablillas de madera. (¿cuántos bibliotecarios saben de estos antecedentes escriptorios?).
Saliendo de allí, nuestros pasos se encaminaron hacia la Biblioteca Nacional, un imponente edificio de estilo clásico situado sobre la famosa Alameda (Avda. Libertador Bernardo O´Higgins) cuyo recorrido realizamos en forma breve, un mero reconocimiento preliminar (ampliado en días posteriores) que nos llevó por sus salas y por una bellísima exposición que presentaba, en forma de posters muy didácticos y entretenidas, la historia de las fiestas populares en la ciudad de Santiago. Mientras mirábamos cada poster y nos reconocíamos en las costumbres de otras gentes y otros tiempos, nos dábamos cuenta que el ser humano, esté donde esté, tiene formas tremendamente parecidas de divertirse, de entretener sus momentos de ocio y de festejar los acontecimientos. Fue allí cuando nos preguntamos el porqué de la desunión y la incomprensión entre las naciones de América Latina, el porqué de los odios regionales, de las asperezas entre países que deberían hermanarse para enfrentar y afrontar un futuro que no tiene demasiados puntos a su favor. Salimos de la biblioteca sin una respuesta, atisbando, la entrada de la misma, un enorme cartel que anunciaba la presencia, en aquel edificio, de la sede del capítulo chileno de Transparencia Internacional, la organización que evalúa la corrupción política de un determinado país (preferí no consultar las estadísticas de esta organización, para no deprimirme). En el mismo edificio se encuentran los Archivos de la Nación. Los Archivos de la ciudad de Santiago se encuentran en el mismo núcleo edilicio que ocupa la actual Biblioteca de Santiago, una institución de la cual les hablaré en las próximas entradas.
Nuestro camino continuó a través de la populosa y atestada Alameda, testigo de manifestaciones multitudinarias y de mucha historia chilena... Y de allí llegamos al Palacio de la Moneda, la sede del gobierno de Chile, en donde trabaja la actual presidenta, Michelle Bachelet... Recordar los documentales del golpe de Estado en el cual perdió la vida el presidente Allende, y ver aquello... fue todo uno. Y al girarnos –justo al girarnos- en una esquina de la plaza que se abre frente a La Moneda, nos encontramos con la estatua de Don Salvador. Resultaba un poco triste verla allí, en un rincón casi oculto, al costado de todo, cuando en realidad debería estar en un sitio más visible...
Nuestro camino siguió por las calles peatonales, vagando de plaza en plaza, pasando por el Mercado Central y deleitándonos con el aroma de las frutas, el cochayuyo (algas marinas secas y empaquetadas en atados marrones) y los distintos tipos de pescados y mariscos, en los cuales Chile -país con un enorme y riquísimo litoral- es tremendamente rico. Desde congrios a erizos, desde enormes langostinos y cangrejos a percebes, encontramos de todo y más aún...
Con la boca llena del juho de algunas manzanas, terminamos nuestro tour por la ciudad pasando por la Oficina de Turismo de Santiago (en donde recibimos una atención detallada y estupenda) y reservando los pasajes para nuestro viaje a Temuco, la capital de la Araucanía, en donde deberíamos encontrarnos con algunas colegas que trabajaban con bibliotecas en comunidades mapuches... El resto del día transcurrió revisando mapas y folletos, preparando trayectos y visitas y, sobre todo, preparando la presentación del Taller del siguiente día... Pero esa historia (y sus contenidos) quedará para mañana...
Reciban un cordial abrazo...
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