Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 06, 2006

Diario de viaje (03 de 28): un puente alto, muy alto...

Diario de viaje (03 de 28): un puente alto, muy alto...

Por Edgardo Civallero

El conductor de la DIBAM nos recogió a Sara y a mí en el barrio Providencia para llevarnos hasta la comuna de Puente Alto, una de las más grandes de Chile, con dos millones de habitantes, situada al SE de Santiago. El vehículo atravesó urbe, zonas periurbanas pobladas de mercadillos asentados en las aceras e invadiendo las calzadas de las calles, y áreas plenamente rurales, en las cuales destacaban los viñedos, extendiéndose bajo un cielo claro y enmarcados por la silueta continua de los Andes, algunas de cuyas cumbres estaban tocadas por la nieve. El chofer hizo un par de comentarios sobre un pequeño altar que se levantaba al borde de la carretera, allí mismo, cerca de los viñedos, y que estaba poblado de botellas de agua. La devoción popular dejaba esas ofrendas a la Difunta Correa, la madre que murió de sed y cuyo bebé recién nacido sobrevivió milagrosamente mamando de su pecho después de muerta. Este mito, que se encuentra con plena vigencia y fuerte fervor popular en Argentina (especialmente en la provincia de San Juan, donde la "santa" posee un enorme "templo" poblado de votos y ofrendas) nos hizo sentir que realmente, y a pesar de las altas montañas que nos separaban, los acentos distintos, las disputas políticas de antaño y las eternas rivalidades y roces, argentinos y chilenos no son, al fin y al cabo, tan diferentes.

Entramos a la comuna por su parte menos poblada, es decir, aquella en la que residían los más "pudientes". Fue curioso ver calles cerradas con rejas en cada extrema de la cuadra, como si se tratara de callejones privados. Realmente, aquello parecía un country o "barrio cerrado" argentino. Mientras Sara se deleitaba con las mil plantas florecidas y las docenas de variedades de geranios y rosas que los vecinos cultivaban en sus bien cuidados y poblados jardines, yo me preguntaba si la pobreza y la violencia eran tan agudas como para motivar que algunos pocos se encerraran en sus casas tras las rejas, o fortificaran sus barrios y sus calles con barrotes de hierro. Los ojos de Sara reflejaban la misma duda. Luego supimos que la necesidad y la pobreza sí eran duras, y que eran muy apreciables al otro extremo del barrio, donde familias y más familias se hacinaban en pequeños espacios, superpoblando una zona determinada de la comuna, en la cual la densidad de población era de un nivel impensable y una casa prefabricada y diminuta valía unos pocos dólares. Es triste ver como la pobreza empuja a la violencia, como la violencia empuja al miedo y a la desconfianza, como las brechas se profundizan y agrandan en un círculo vicioso que parece no tener fin. Es triste ver que estas cosas suceden a la vuelta de la esquina, en mi ciudad, en las que visité. Es triste saber que eso me pasa a mí y a muchos hermanos.

El lema de la municipalidad de Puente Alto es "aquí se vive mejor", además de mensajes similares como "Puente Alto renace invirtiendo en nuestro futuro". Suelo tomar tales declaraciones y lemas con pinzas, porque sé lo que se esconde detrás de los dichos de los políticos y de las campañas de marketing. Pero no pude dejar de asombrarme al ver por vez primera el Centro Bibliotecario, un conjunto de antiguas estructuras que fueron totalmente reacondicionadas para servir de Biblioteca. El Centro posee un edificio principal (la Biblioteca Pública de Puente Alto) que oficia de sala de lectura, referencia y computación (y posee un aula para talleres, precisamente donde trabajé yo) y uno anexo, la Biblioteca Pública para Niños (o Biblioniños). La estructura depende de la DIBAM y del propio gobierno municipal, quiénes invierten fondos para la educación de la población comunal, con un porcentaje elevado de jóvenes.

Nos recibió la directora del Área Bibliotecas del Centro Puente Alto, con la cual pasamos directamente al aula en dónde se llevaría a cabo el Taller. Luego de la presentación de rigor, quedé en manos de los asistentes, todos ellos estudiantes o responsables de bibliotecas escolares de la comuna. La gran mayoría no poseía una formación académica sólida en tareas profesionales y buscaba, por ende, perfeccionar sus conocimientos. Y los de planeamiento bibliotecológico no suelen ser lo más difundidos entre los trabajadores de la información y el libro. Por ende, a lo largo de más de tres horas, me aboqué a la tarea de explicarles como se construye una biblioteca comunitaria desde cero, es decir, desde la idea inicial hasta la creación de servicios y actividades. Incluí, dentro del marco teórico, ideas bastante "revolucionarias", es decir, posiciones propias basadas en mi experiencia como bibliotecario, docente e investigador.

La reacción inicial a los contenidos fue de franca duda. Muchas asistentes se preguntaban si lo que les estaba contando no eran más que una enorme sarta de quijotadas y utopías. Fue tanta su insistencia que debí detener el taller y preguntarme cuál era el problema de su desconfianza, de su imposibilidad de tener esperanzas en que otro modelo de biblioteca es posible. Encontré la respuesta en sus mismas bocas, cuando comenzaron a contarme –como en una enorme terapia de grupo– sus problemas, sus desilusiones, sus búsquedas sin respuestas, la falta de oportunidades, el ambiente duro al que se enfrentan a diario sin más apoyo que el de su propia voluntad y ganas de hacer. Y les conté un poco de mi vida, tan dura como las de ellas, y de cómo había aprendido a creer en mis manos y en mis alas después de mil caídas (caídas muchas veces provocadas por mis propios "colegas"), y cómo prefería creer en que aún el milagro era posible, que el cambio se podía lograr si creíamos y trabajábamos por ello. Y les expliqué que jamás, jamás, jamás enseño cosas que yo no haya probado en la práctica antes, y que funcionen, y que sean posibles. Poquito a poco empezaron a sonreír, y a preguntar "¿y cómo se haría para...?" o "¿qué debería hacer si quiero lograr...?". Así, ya en la primera parte, comenzamos a aplicar en la práctica personal lo que hasta entonces había sido teoría bibliotecaria proyectada en un PowerPoint.

En mis talleres siempre planteo la posibilidad de encarar un proyecto de biblioteca desde una perspectiva social, de desarrollo de base, siguiendo metodologías de investigación-acción y empleando herramientas cualitativas. Planteo ideas como horizontalidad, igualdad, solidaridad, compromiso, simplificación de tareas en pos de facilitar la actividad del usuario... Y sobre todo, hablo mucho de la importancia del servicio, el sentido final de todo trabajo bibliotecario. Visto así, todo suena un poco falso, un poco utópico, un poco ideal. Pero cuando empiezo a mostrar que, en la práctica diaria, todo eso es posible, y que además funciona y lo hace bien... y cuando explico mis propias experiencias, y mis errores y fracasos, y mis triunfos, y cómo hice para lograr lo logrado... las miradas de mis estudiantes cambian. Muchos comienzan a sentir (y me lo dicen luego) que por fin encuentran un sentido a lo que hacen, o que finalmente hallaron el método para lograr lo que siempre quisieron hacer y lo que nadie, jamás, les explicó cómo lograr.

En el descanso intermedio, Sara –docente de profesión y alma– se puso al día acerca de las actividades que llevaban a cabo las maestras participantes del Taller, mientras yo cambiaba impresiones con algunos estudiantes de bibliotecología de pensamiento bien progresista e ideas muy claras, llegados de Valparaíso para atender a los talleres y al Congreso. En general, el público chileno me pareció bastante abierto. Sin embargo, a lo largo de nuestro viaje comprobaríamos que una gran parte del público que participó en nuestras actividades era, definitivamente, bastante conservador, cerrado a nuevas ideas, desconfiado de los cambios. ¿Formación bibliotecaria, latinoamericanismo, miedo? Aún no obtuvimos una respuesta a la gran pregunta. Los estudiantes me pusieron al tanto de sus perspectivas sobre la profesión, y de sus trabajos en cuanto a alfabetización y bibliotecas infantiles, y de su opinión sobre los currículos bibliotecológicos chilenos, a la vez que yo les participaba de mis propios puntos de vista. Encontramos, así, problemas comunes, deficiencias eternas que parecen no poder solucionarse (especialmente a la hora de educarnos y aprender), jerarquías y elites que parecen inamovibles ("vacas sagradas" y "grandes gurúes" proclamando su poder eterno sobre las "masas") y tremendas, profundas carencias por parte de los usuarios, que sólo esperan un servicio que siempre llega de la misma forma y que pocas veces se adapta a sus necesidades y perfiles reales. Parece que, al igual que en casa, muchos hablan, pero pocos actúan. Y muchos menos cuentan cómo actuar, o enseñan cómo hacerlo.

La segunda parte del taller se desarrolló bajo un aluvión de preguntas y participaciones. Y, al final, cuando muchos se retiraban, algunos participantes comenzaron con las preguntas realmente interesantes: "¿qué piensa de los derechos de autor?", "¿cómo hago si quiero prestar, en mi biblioteca, mi colección de CD en forma libre?", "¿cómo usar el open access en nuestras bibliotecas?", "¿qué deberíamos cambiar en nuestros currículos, qué sería más necesario aprender para encarar servicios más sociales?" Les hablé, allí, sentado sobre un escritorio, de la importancia de saber diseñar proyectos –algo que también enseño– y de lo interesante de la investigación práctica; les hablé de mis opiniones sobre los derechos de autor (una de las grandes cadenas que posee el saber contemporáneo) y de cómo he gestionado colecciones abiertas sin violar ni un solo copyright. Les tiré muchas ideas, muchas experiencias vividas, muchas respuestas a preguntas que un día yo mismo me hice (y nadie me respondió).

Salí del taller con la sensación de la misión cumplida, con muchos amigos más y una mochila cargada de otras opiniones, otros puntos de vista, otros sueños, esos que me harían más rico. Siempre creí que, en una clase, el que más aprende es el docente, especialmente si sube al estrado sin aires de grandeza, sino con humildad y manos abiertas. La regla es sencilla: 60 alumnos escuchan a un solo profesor, pero un solo profesor –si sabe hacerlo– puede escuchar a 60 alumnos. ¿Quién tiene más posibilidades de aprender?

Saliendo del taller, nos unimos al grupo de "invitados extranjeros" (= conferencistas de otros países) para visitar las instalaciones del Centro Bibliotecario. Pero, dado que hoy me he extendido bastante, los contenidos aprehendidos en esa visita y el resto del día los dejaré para la siguiente entrada.

Un abrazo cordial...

Ilustración.