Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 18, 2006

Diario de viaje (05 de 28): pisando las calles de Temuco

Diario de viaje (05 de 28): pisando las calles de Temuco

Por Edgardo Civallero

Quería que nuestro viaje a lo largo de la columna vertebral de Sudamérica comenzara al sur del río Bío-Bío. No me pregunten por qué quería tal cosa. Quizás en mi corazón siempre tuvieron un lugar de honor las palabras de Elicura Chihuailaf, uno de los grandes poetas del pueblo Mapuche, que llamó a ese río "sueño azul de mis antiguos". Quizás porque, aunque fuera históricamente incorrecto, yo consideraba a ese río la frontera sur del Imperio Inca, el punto a partir del cual las huestes del Cuzco no habían podido seguir avanzando por la resistencia que les opusieron las tokis (hachas de guerra) de los araucanos.

Fuese cual fuese la razón, allí estábamos Sara y yo viajando, en un bus nocturno, hacia Temuco. El viaje de ocho horas nos llevaría hacia el sur, al corazón de la región conocida como Araucanía, a partir de la cual comienzan a extenderse lagos y volcanes ornados de bellísimos bosques, hasta que, más adelante, la tierra se acaba y, más allá de un corto estrecho, se alza la isla de Chiloé, con sus tradiciones y sus iglesias de colores vivos. Pero no llegaríamos hasta allí: nuestro viaje a través de los Andes comenzaría en ese extremo meridional, en Temuco.

Mientras revisaba el pequeño mapa del sur de Chile –sentado en la primera de una larga serie de butacas incómodas que destrozarían mi columna y otras partes a lo largo de todo el viaje– me inundaban la cabeza las palabras de una canción de Violeta Parra ("La exiliada del Sur"), la cual incluía un buen número de nombres de ciudades y pueblos meridionales. Era aquella que decía:

Mi brazo derecho en Lanco quedó, señores oyentes;
el otro por San Vicente cayó, no sé con qué fin...
Mi pecho en Cura Cautín lo veo en un jardincillo
Mis manos en Maitencillo saludan por Pelequén.
Mi boca en Perquilauquén sopla sobre un caramillo...

Es curioso como unas simples palabras leídas en un mapa pueden despertar tantos recuerdos en un ser humano, tantas sensaciones olvidadas, tantas ilusiones, tantas fantasías.

Amanecimos en la ciudad, tempranísimo, cuando aún sus calles estaban desiertas y su población, dormida. Así que recorrimos las veinte cuadras largas que separan la terminal de buses de la plaza central, observando detenidamente el cerro Ñielol, el cual domina la ciudad y al cual íbamos bordeando lentamente. Sus laderas están cubiertas de bosques de pinos y eucaliptos, y su cima posee un mirador que se ha convertido en una de las principales atracciones turísticas de la ciudad (que, a decir verdad, cuenta con bastante pocas). La ciudad se levanta a orillas del río Cautín, el cual fue la real frontera histórica entre los Mapuches y los invasores, se llamasen como se llamasen. De acuerdo a las guías que consultamos con Sara, el horizonte debía estar dominado por varios cerros y volcanes que, honestamente, fuimos incapaces de encontrar o identificar.

El motivo principal del viaje a Temuco era conocer el Museo Regional de la Araucanía, y, con un poco de suerte, encontrarme con un par de colegas bibliotecarias que habían trabajado en relación con comunidades Mapuches. Lamentablemente, los contactos fracasaron por uno u otro motivo. Sin embargo, allí estábamos, en el centro de una amplia región que agrupaba una alta concentración de comunidades indígenas. Para mi sorpresa (o quizás para romper un preconcepto personal que no sé de donde saqué) no vimos más de dos o tres personas con rasgos indígenas, algo que incluso en Argentina es raro en regiones con población autóctona.

La visita a la Plaza Central nos deparó la primera desilusión. La Casa de la Mujer Mapuche, una de nuestras primeras paradas en el circuito que teníamos previsto para Temuco, no era más que un diminuto comercio de artesanías típicas, supuestamente comercializadas por mujeres de comunidades cercanas. Quizás así fuera (y, de ser así, el propósito sería loable) pero a nosotros nos pareció una pequeña tienda de recuerdos, que contaba sobre todo con textiles, cestería y alfarería. Por ende, continuamos nuestro camino hacia la oficina de turismo, en donde una sonriente señorita nos informó que el Museo de la Araucanía estaría cerrado indefinidamente "por obras" y que, si lo deseábamos, podíamos visitar la Casa de la Mujer Mapuche, el Museo Ferroviario (idea que no nos entusiasmó lo más mínimo) y el Mercado Central, en donde se exhibían artesanías Mapuche.

Hacia allá fuimos, pues, con la esperanza de encontrar, al menos, un mínimo rasgo que nos permitiera un acercamiento a la realidad de un pueblo que admiro. Pero allí tuvimos nuestra desilusión final: el Mercado Central no era más que una serie de puestos principalmente orientados a la venta turística de suvenires. De hecho, me pasé un buen rato buscando algún instrumento musical que valiera la pena... sin mucho éxito. Los reales valían una fortuna y eran escasos, y los ficticios –que ya eran caros– no pasaban de la categoría de juguetes.

Para los que no conocen la música Mapuche, les contaré que se basa en una docena de instrumentos, especialmente de percusión (kultrun, cake kultrun, cascabeles o kaskawilla, maraca de calabaza o wada), de viento (silbato o pifilka, trompetas varias como la trutruka, el ñolkin o el küllküll, flautas del tipo pinkulwe) y dos elementos curiosos de cuerda (el trompe o arpa de boca, y el kunkulkawe o arco musical). A ellos se han unido, desde la llegada hispana, la guitarra, el acordeón, el bombo y, de vez en cuando, violines y arpas. Con eso hacían y hacen música los pueblos araucanos, y los ritmos que ejecutan tienen su encanto y su fuerza, aunque para muchos resulten un amasijo de ruidos inaudibles. Una de las danzas que se acompañan con esos instrumentos (y que posee un ritmo y una cadencia muy particulares) es el lonkomeo, en la cual el bailarín se pinta los rasgos de un choike (ñandú patagónico) con líneas azules sobre el cuerpo y, con varias sartas de cascabeles cruzados en bandolera y un poncho atado por sus extremos a las manos, imita el paso del ave. Es un espectáculo digno de ser visto y disfrutado: aunque para muchos espectadores occidentales la danza parezca algo muy tribal y primitivo, siempre he apreciado en ella un fino y delicado aprecio por la naturaleza, una cuidada representación de los movimientos del pequeño avestruz, y una gran adaptación a los sonidos que acompañan, que tienen, en verdad, una fuerza impresionante. Si alguna vez tienen oportunidad de disfrutar de este espectáculo, se lo recomiendo. O quizás alguna vez sean invitados a un Ngillatún o a un Camaruco, las grandes rogativas anuales que realizan los Mapuches y Williches dando las gracias a Ngenechén por el año y pidiéndole sus bendiciones para el siguiente. Allí el lonkomeo juega un rol particular; además, el simple hecho de participar de una ceremonia en la cual un pueblo entero refleja la fe en sus creencias (que son las de sus ancestros) y expresa su cultura viva... vale cualquier esfuerzo.

Los Mapuche hablan una lengua (el mapudungu, "habla de la tierra") que se escribe desde la llegada de los conquistadores españoles (he trabajado con un ejemplar original del primer "Arte y gramática de la lengua del Reyno de Chile" de la colección de la Biblioteca Mayor de la Universidad Nacional de Córdoba) y que hace poco logró la adopción de un "Alfabeto Mapuche Unificado" que permite usar un sonido para cada letra y una letra para cada sonido (algo que no logra el nuestro), evitando así el uso de muchos signos diacríticos y el de una grafía inexacta, adaptada del castellano. Si bien en muchas partes de Chile y en Argentina el alfabeto unificado es aún desconocido, y si bien no existen (al menos en Argentina) muchos lugares en los que se enseñe el mapudungu (en especial, fuera de las áreas con presencia indígena), el bellísimo idioma continúa vivo, y existe una creciente literatura escrita en esa lengua, publicada por editoriales, especialmente del lado chileno. La población Mapuche argentina alcanza al menos las 90.000 personas (no existen censos oficiales, por lo que es bastante difícil dar cifras confiables) y la chilena, alrededor de los 120.000. Las luchas históricas del pueblo a ambos lados de los Andes (que generó héroes como Caupolicán, poemas como "La Araucana" de Ercilla, imágenes tristes e inolvidables como las reseñadas en el "Martín Fierro" e hitos ignominiosos como la Campaña del Desierto argentina) continúan hoy en día.

La cultura Mapuche dibujó y pintó nuestras tierras meridionales con topónimos, con apellidos que aún son llevados (a veces con orgullo, a veces con vergüenza gracias a cinco siglos de discriminación), con nombres de animales y plantas, con seres míticos (el invunche, el trauco, el kai kai filu, la Antü Mallén...), con cuentos y con leyendas. No se trata de una cultura meramente folklórica; su memoria no son simples relatos que se cuentan a turistas o a niños de primaria. Se trata de un pueblo orgulloso, vivo y activo; de una cultura que resiste y que lucha por su identidad y por sus derechos. Ya lo dice la copla:

A pesar de la metralla
y el decreto del tirano
todavía sigue en pie
el indómito pueblo araucano

Más allá de los reclamos y las posiciones políticas de muchos grupos "indigenistas" autoproclamados Mapuche (cuyos representantes me parecen unos impresentables y unos oportunistas que apenas si saben de lo que hablan), creo que los Mapuches son uno de los pueblos que más impacto y más barbarie han debido y deben soportar (basta pensar en cómo las petroleras profanan sus cementerios en Argentina) y que sus reclamos, por ende, deberían ser escuchados.

La gran pregunta que me hacía, mientras recorríamos las calles de Temuco, es "¿cuánto sabemos los latinoamericanos de nuestra gente originaria?". ¿Somos conscientes de la riqueza cultural y de la diversidad lingüística que tenemos dentro de nuestras propias fronteras? ¿Reconocemos formas de procesar y facilitar la información distintas a la nuestra, pero igual de válidas? ¿Reconocemos otros formatos, otros medios, otros alfabetos...? Y si reconocemos todo eso... ¿lo respetamos? ¿Nos interiorizamos en su significado? ¿O preferimos seguir mirando qué se hace en Europa o en los EE.UU. en vez de ver que estamos perdiendo aquí? Dejo la pregunta en el aire, para que lo piensen. Por mi parte, creo que, aún después de muchos años de meterme de lleno en el (re)conocimiento de los pueblos que habitaban estas tierras antes de la llegada de los europeos (entre ellos, mis antepasados emigrantes), aún sigo sin saber nada. Y me da una tristeza infinita, porque sé que me estoy perdiendo un acervo cultural impresionante.

En fin... A las 11 de la mañana ya habíamos recorrido todo Temuco, y nos miramos con Sara, cansados y un poco desilusionados. En cuestión de segundos decidimos que el paso más lógico era volver a Santiago de día, para poder admirar el paisaje del sur chileno bajo los rayos de un sol neblinoso, y para poder dormir en una cama antes de iniciar el viaje que nos esperaba al día siguiente (52 horas de bus desde Santiago de Chile hasta Lima, Perú). Así que nos despedimos del río Cautín y del cerro Ñielol (al cual no ascendimos porque el precio para turistas era un robo) y nos sentamos nuevamente en un bus de la empresa TURBUS, curioseando por la ventana los inmensos bosques y las praderas verdes llenitas de flores, la neblina que cubría todo y el olor a madera de los aserraderos, que se filtraba por las rendijas de las ventanas y nos sacudía a cada momento. "Tierra maderera" pensé mientras cruzábamos el Bío-Bío, antes de entrar a la ciudad de Los Ángeles. Una tierra cuyos bosques van desapareciendo gradualmente a medida que las rutas se acercan a Santiago, cada vez más al norte.

Mientras nosotros viajábamos, allá en Santiago, en el marco del Congreso de Bibliotecas Públicas, tenían lugar las exposiciones matinales del colega peruano Gustavo von Bischoffshausen ("La biblioteca municipal en el Perú"), de la andaluza Juana Muñoz ("Bibliotecas: en busca de la magia perdida") y de la colombiana Adriana Betancur ("La biblioteca pública en la agenda social de los gobiernos locales"). A mediodía comenzarían los talleres de los "invitados extranjeros", que terminarían bien entrada la tarde y que imitarían, en su formato, al que yo diera en Puente Alto días antes.

Santiago nos recibió con las últimas luces del día. Apenas llegados, compramos los pasajes para salir, al día siguiente (viernes 10 de noviembre) al mediodía, hacia Lima. Haríamos la ruta por tierra, por ser la opción más económica y la que nos permitiría poder conocer un poco más la ruta que recorreríamos, que nos llevaría por toda la costa norte de Chile hasta Arica y desde allí, por toda la costa sur peruana (Tacna, Ica, Nazca) hasta la capital, a la cual arribaríamos el domingo por la tarde. Pero esa ruta será parte de la siguiente entrada de este cuaderno de viaje cansino, que está saliendo lentamente de las manos de un autor que ya necesita unas merecidas vacaciones.

Antes de irnos a dormir, curioseamos un poquito más los obsequios que nos dejara la gente del Centro Bibliotecario de Puente Alto. Entre un buen cúmulo de papelería de promoción hallamos un juego, muy parecido al de la Oca, en el cual los responsables del Centro pretenden rescatar la memoria de la comunidad. Es un juego en el que, con la ayuda de un dado, se van saltando casillas. En cada una de ellas hay un sitio emblemático de la comuna, cuyas características e historia pueden revisarse en un cuaderno adjunto, bellamente preparado e impreso. La intención del juego es que, en forma lúdica, los jugadores se encuentren con su patrimonio cultural tangible. Es un hermoso trabajo de recuperación cultural que podría ser replicado (bajo esa modalidad o bajo otras, igualmente imaginativas) en muchos puntos de nuestra Latinoamérica, una tierra en la que tenemos una inigualable facilidad para olvidar quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos.

Un abrazo desde estas tierras calientes y empapadas de vapor y de tormenta. Nos encontramos en estas mañana...

Ilustración.