Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 19, 2006

Diario de viaje (06-07 de 28): 52 horas de viaje en bus...

Diario de viaje (06–07 de 28): 52 horas de viaje en bus...

Por Edgardo Civallero

Decidimos recorrer los cientos de kilómetros que separan Santiago de Chile de la capital peruana, Lima, por tierra, es decir, subidos a un bus. Dado que no contábamos con mucho tiempo (debido a que debía estar presente en un Congreso el día lunes 13 de noviembre, en Lima), buscamos una empresa que nos evitara tener que subdividir el viaje en varios trayectos, o sea, que nos llevara directamente. Para nuestra suerte o nuestra desgracia (todavía lo estamos pensando, aunque Sara se inclina por la segunda opción) encontramos a "Ormeño", una compañía de transporte que recorre la ruta Buenos Aires-Santiago-Lima-Quito-Bogotá-Caracas y que tiene el Premio Guinness por ruta de bus más larga. La gente de "Ormeño" nos aseguró que en 52 horas estaríamos respirando aire limeño.

Lo que nunca nos explicó es cómo harían para lograr tal proeza. Pero tardamos poco en enterarnos, y en comprender que el Premio lo tenían por rutas largas, pero no por coches limpios, gente amable, buen servicio o mecánica impecable. Podrían anotarse muchos adjetivos para explicar las características del servicio de "Ormeño", pero no lo hacemos por no anotar blasfemias y palabrotas que sonrojarían al más atrevido. Baste decir que, como no había mucha opción, aceptamos el trato.

Al comprar los billetes, tampoco dimensionamos lo que son 52 horas con el trasero y la espalda adheridos casi fisiológicamente a una butaca semi-reclinable, respirando el mismo aire (y otros gases de origen vario) que otros 50 seres humanos, yendo a un baño diminuto que no se limpia jamás y en el que los pasajeros depositan sin problemas todas sus excreciones (imaginables e inimaginables, se los aseguro), soportando películas y más películas a horarios irrisorios y a un volumen infernal, comiendo lo que se pudiera y parando a estirar lo que quedara de nuestras piernas (y a buscar un baño decente... sin éxito) cuando al chofer se le viniera en gana.

En fin... El día viernes 10 de noviembre amanecimos aún enteros, aún saludables y aún felices en Santiago de Chile. El Congreso terminaba ese día con la participación de los "ponentes nacionales". Lamentablemente no nos pudimos quedar a esas exposiciones (y tuvimos que cancelar la visita a la Biblioteca Nacional y a la exposición de pósteres, además de otros asuntos) porque el bus salía a mediodía y era el único medio del que disponíamos para llegar a tiempo al siguiente Congreso en Perú. Nos despedimos, pues, y emprendimos el camino a la terminal de buses, con mucho aprendido y con muchas cosas que preferimos olvidar... porque no todas las organizaciones son perfectas ni todos los seres humanos son inteligentes y sensatos (y nos topamos con varios ejemplares de Homo sapiens que no eran ni Homo ni sapiens).

El trayecto de "Ormeño" nos llevó por todo el valle central chileno, que se extiende hacia el norte de Santiago mostrando viñedos primero, luego huertas y más tarde sólo tierras secas. Caía la noche y ya habíamos entendido que aquello iba a ser un infierno, y que desaconsejaríamos a nuestros amigos, enemigos, conocidos y desconocidos que intentasen ese trayecto en bus, a no ser que tuviesen muchas ganas de hacer locuras (como teníamos nosotros). La noche nos alcanzó en algún punto al norte de La Serena.

Mientras intentaba conciliar un sueño que nunca se reconcilió conmigo, hice una evaluación personal del Congreso de Bibliotecas Públicas de Chile. La organización había sido prolija y cordial; la estructura del evento había sido bien diseñada (aunque, a mi parecer, se le dio demasiado protagonismo a los invitados extranjeros); se combinó, muy acertadamente, el formato "taller" con el formato "mesa de conferencia", y en esas mesas siempre hubo un moderador muy hábil que manejó a conciencia preguntas y tiempos; las temáticas fueron bien elegidas (con un hincapié bastante concreto en el tema social) y los documentos del evento fueron puestos en línea, en acceso abierto, apenas terminó el Congreso. Hubo sesión de pósteres, y nos evitaron la presencia de los comerciantes de información y de servicios, tan habituales en todos los eventos. En definitiva, un encuentro profesional bien organizado. Quizás, como crítica, señalaría que faltó un poco más de contacto de los "invitados extranjeros" con la realidad bibliotecaria chilena "de trinchera". Supimos mucho por boca de los organizadores y de algunos colegas que se nos acercaron a charlar, pero... todo muy maquillado. Lo poco "real" que supimos vino de la mano de algunos colegas de Puente Alto y de un grupo de estudiantes de bibliotecología, con el cual pudimos conversar sin ningún tipo de filtros. Pero, al menos personalmente, me quedé con las ganas de visitar una Escuela de Bibliotecología, o de ver una biblioteca pública sin previo aviso y sin anunciar que yo era bibliotecario o extranjero. Es lógico que al visitante se le muestre lo mejor. Pero, dado el perfil de muchos de nosotros, creo que este tipo de actividades hubieran complementado muy bien lo que íbamos buscando a Chile: conocer al país y a su gente.

La noche cayó. Sara jamás durmió. Yo me desmayé de cansancio en algún lugar que no recuerdo ni necesito recordar.

Amanecimos en un punto ignoto del Norte Grande chileno, en el límite entre las regiones de Atacama y Antofagasta. Fuera se extendía el desierto más desolado, árido y despojado de vegetación que puedan imaginar en Sudamérica. Lo único que crecía en aquellos arenales eran piedras. Aún así, y pese a tal desolación, el espectáculo era imponente: dunas de decenas de metros de altura, montañas de arena o arenisca talladas por el viento, gargantas profundas de roca carcomida por los elementos, rayos de sol dibujando sombras alargadas y surrealistas sobre el terreno, cumbres y precipicios entre los cuales el vehículo realizaba heroicas piruetas de funámbulo.

Aquella zona había sido la tierra de los Atacamas, más conocidos en Chile como Lickan Antay, una raza que sobrevivió a duras penas a la llegada de los Incas (por vivir en un territorio demasiado agreste) y que sucumbió a la llegada de los españoles, que los repartieron en encomiendas y acabaron con su modo de vida tradicional, que era el de llameros que mercaban sal por productos del altiplano, y productos del altiplano por productos de la costa. Su lengua, el kunza, era hablada hasta hace muy poco por un puñado de personas, pero desconozco si se pudo rescatar algo o si desapareció para siempre. Existían un par de gramáticas, pero creo que nunca se escribió un solo libro en ese idioma. Sus sonidos quizás no se perdieron, pero nada queda de la cultura antigua, excepto un buen número de momias, perfectamente conservadas gracias a las extremas condiciones ambientales de la región.

De la misma zona, pero de la región de la costa, son los Chonos, una cultura antigua que momificaba a sus muertos y les colocaba máscaras de arcilla sobre la cara, representando los rasgos del difunto.

En la actualidad toda esta zona del Norte Grande chileno (ganada por Chile a Bolivia y a Perú en respectivas guerras, que costaron al segundo país su tan reclamada "salida al mar") está fuertemente poblada por Aymaras procedentes del Collao, el altiplano boliviano-peruano. Han traído consigo sus tradiciones, su cultura y su lengua, que se ha esparcido y ha florecido perfectamente en aquellas soledades. A los costados de la ruta podía leer nombres que me eran familiares, indicando caminos que se perdían entre las arenas y el horizonte: Mamiña, Lassana, e incluso La Tirana, ese lugar en donde, año tras año, los danzantes de la Diablada rinden homenaje a la "Mamita", la Virgen de la Tirana. Disfrazados de diablos, bailan saltando y haciendo acrobacias inimaginables mientas que las mujeres hacen girar y contragirar sus polleras en un movimiento increíble. Allí mismo, si no recuerdo mal, danzan las comparsas de "chinos", que soplan alternadamente unos silbatos de caña que dan un solo tono. El resultado final es una cadencia de dos tiempos: en uno, cincuenta silbatos suenen una nota, y en el otro, otros cincuenta soplan otra... Así descrito, suena un poco aburrido, pero oído, es algo impresionante.

Allí se hablaba la lengua Aymara, esa lengua con un sabor tan andino, tan ancestral, que más tarde oiríamos en las calles de La Paz y que ahora tan solo adivinábamos. Sí, hay libros en aymara, y bibliotecarias Aymaras, y hasta un presidente Aymara que gobierna un país en el que, al menos en los papeles, el aymara es lengua oficial. Es una lengua bellísima, pero muy complicada, porque es aglutinante, y aquello que nosotros decimos con varias palabras separadas, ellos lo aglutinan en un solo vocablo, formado por una raíz y varios sufijos. Lo que pierden en facilidad lo ganan en especificidad, dado que pueden agregar innumerables matices a sus palabras, matices que nosotros no podríamos conseguir sino a través de muchos circunloquios. Algo que también ocurre con el Quechua, una de nuestras (repito: nuestras) lenguas más bellas.

Una de las pocas cosas que recuerdo en Aymara es un refrán, que quizás me sirva para definir el sentido de todo el viaje que hicimos a través de la columna vertebral de América. El refrán rezaba:

Uñjasaw uñjtw sañax; jan uñjasax janiw unjtw sañakiti

La traducción libre sería: "Viendo, uno puede decir ´he visto´; sin ver, uno no debe decir ´he visto´". Apliquen el refrán a algunos de los tantos fanfarrones que, en nuestro medio profesional (y personal), hablan sin saber ni haber tenido maldita experiencia... y díganme si los Aymaras no tiene en verdad un refrán sabio.

Cruzábamos aquellas soledades sin más compañía que el sol en lo alto jugando a las escondidas con las nubes, y las piedrecitas en lo bajo. Recordaba que hacia el oeste, donde se alzan los Andes, están los bellísimos Parques Nacionales del Norte Grande chileno, entre los que se destaca el de Isluga, poblado de salares y parinas (flamencos andinos). Recordaba haber visto fotos de bandadas inmensas de flamencos, pintando de rosa un salar, y me preguntaba por qué los latinoamericanos no reconocemos las tremendas bellezas que tenemos en nuestra tierra. Recordaba también que, un poco más al norte, sobre la misma cordillera, están los Payachatas ("gemelos" en Aymara), los volcanes Parinacota y Pomerape. Y lagunas, y salares, y miles de pequeñas comunidades con nombres preciosos como Socoroma, Visviri o Cariquima. Y los sonidos de tropas enormes de pinkullos, es decir, grupos de varios intérpretes que tocan flautas de distintos tamaños y afinaciones pero similar forma, creando armonías, ritmos y sonoridades únicas e irrepetibles. Y el retumbar de los enormes toyos (sikus o flautas de pan de casi dos metros de largo) acompañados por wankaras (bombos) enormes, que laten como un enorme corazón, pum-pum, pum-pum, mientras los músicos revientan esas cañas y las hacen estallar en sonidos gravísimos, telúricos.

En la misma latitud, pero hacia la costa, se encuentra el puerto de Iquique. Quizás algún amante de la música y la historia recuerde la masacre de Santa María de Iquique, recogida por algunos libros y por el grupo chileno Inti-Illimani, quien inmortalizó tal fragmento oscuro de la historia nacional en una cantata bellísima. Ocurrió a principios del siglo pasado, cuando todavía el norte de Chile era el Imperio del Salitre y las comunidades eran tremendamente explotadas –bajo regímenes inhumanos– por las compañías multinacionales asentadas allí. Un grupo numeroso de obreros del salitre (y sus familias) bajó hasta el "Puerto Grande" de Iquique para pedir mejoras en sus condiciones de trabajo y en sus salarios, y fueron ametrallados por el ejército en la Iglesia de Santa María. Murieron centenares... pero nadie habló nunca más de esos muertos; en general, los cadáveres de los pobres y los desposeídos nunca pesan demasiado en las memorias de las sociedades pudientes. Tampoco los cadáveres de los rebeldes, de los que protestan contra las condiciones injustas y piden un poco de equilibrio.

Muchos de esos obreros, además, eran Aymaras. Razón de más para ser olvidados, en un continente donde el color cobrizo de la piel es signo de vergüenza y discriminación.

Un poquito atrás habíamos dejado las playas de Pisagua, en donde fueron enterrados muchos de los ejecutados durante los años de terror y dictadura de ese señor que acaba de marcharse hace poquito, para alegría de muchos y, aunque provoque asombro, tristeza de otros muchos.

Poquito a poco fueron apareciendo las primeras matas de yareta, unos arbustos bajos y achaparrados que suelen ser usados como combustible en las tierras altas. Curiosamente, estas plantas tardan años y años en crecer: recuerdo haber leído reportes botánicos que afirmaban que muchas de esas plantas tienen más de un siglo de vida, pues crecen solo unos centímetros escasos por año. Quemarlas parece un pecado mortal contra la Madre Naturaleza, pero se trata del único material disponible.

Un poco más allá, avanzado el mediodía, pasamos la Pampa del Tamarugal, un lugar poblado (supuestamente en forma natural, aunque la disposición geométrica de las plantas me pareció demasiado regular) de tamarugos, árboles que sobreviven en estos sequedales y que dan la poca sombra que puede encontrarse en esta región.

Recordaba, por las clases de Arqueología tomadas durante el cursado de mi carrera de Historia, que los núcleos humanos asentados en los desiertos costeros del norte de Chile y el sur del Perú se agrupaban en los valles que bajaban perpendiculares a la cordillera, alimentados por las aguas de deshielo. Allí se creaban verdaderos oasis, en los cuales se cultivaba y se vivía. Históricamente, las principales culturas preincaicas andinas surgieron en tales valles. Y aún hoy era posible ver algunos de esos vallecitos, regados por las aguas casi inexistentes de un río de cauce pedregoso y sediento.

Atravesamos la Quebrada de Codta, un paisaje lunar que nos alucinó por sus formas, sus dimensiones, su majestuosidad imponente. Almorzamos en Arica a eso de las cuatro de la tarde, luego de un par de mínimas paradas (una de ellas en Coquimbo, ciudad costera sin mucho atractivo pero enclavada en un escenario natural bastante interesante). Cuando descendimos y nos sentamos ante un plato de comida, ya no reconocíamos la parte de cuerpo que estaba por debajo del ombligo. La visita obligadísima al baño provocó la exasperación de Sara (que prefirió lavarse con el agua que vertía una canilla en la calle, donde vio hacer lo mismo a los chóferes) y las náuseas mías (téngase en cuenta que estoy acostumbrado a condiciones higiénicas casi nulas cuando realizo mis trabajos de campo.). En fin, hacia la media tarde cruzamos la frontera chileno-peruana sin más novedad que algunos ciudadanos del Perú que no tenían las visas en orden o llevaban entre su equipaje algún artefacto y tuvieron que quedarse allí, clavados en el medio de aquella nada, con la única compañía de los gendarmes.

Cenamos en Tacna, enorme urbe que, en la oscuridad de la noche, extendía sus luces hasta donde nos llegaba la mirada. A partir de ese punto, la empresa "Ormeño" no pagaba ni almuerzos ni cenas, y, con suerte, pararía aquí o allá para que los pasajeros descansáramos las ya olvidadas piernas. El amanecer nos encontraría recorriendo la costa sur del Perú, un espectáculo inolvidable. Pero eso será el tema de la próxima entrada.

Será, pues, hasta mañana... Un abrazo cordial...

Ilustración.