Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 26, 2006

Diario de viaje (08 de 28): las líneas de Nazca

Diario de viaje (08 de 28): las líneas de Nazca

Por Edgardo Civallero

No logro recordar si alguna vez dormimos en las butacas del bus de la empresa "Ormeño" que nos llevaba, despacito, hacia Lima. Si tengo que creer en las declaraciones de Sara, dormí como un tronco, aunque no creo que eso haya pasado, y si pasó, no lo recuerdo. Sea como fuese, amanecimos con una sensación en el cuerpo (al menos en la parte que aún podíamos sentir) muy parecida a la que debían disfrutar los invitados a las mazmorras de Torquemada: una mezcla poco saludable y menos divertida de calambre, contusión, quebradura y desaparición celular. El baño del bus y las cloacas de Nueva York en hora punta tenían ya poca diferencia, y si alguien hubiera encendido un fósforo dentro de aquel ambiente cerrado, probablemente la alta concentración de "gases tóxicos" reunidos allí dentro hubiera motivado una explosión al lado de la cual Chernobyl hubiera sido cosa de niños.

Si ya lograron hacerse una idea de nuestro estado físico-mental, puedo pasar a contarles que el sol nos alumbró en el litoral del sur del Perú, una sucesión extensísima de playas de arena que parecen interminables. La mayoría de ellas están bordeadas por campos de dunas de superficies realmente asombrosas. El ambiente continuaba siendo desértico, aunque ya no nos fijábamos en eso, sino en la belleza de los azules y blancos creados por el mar y su oleaje, y en las aves marinas (gaviotas, pardelas, rabihorcados, cormoranes) que segaban el cielo con sus alas. En algún momento de la historia, las deposiciones de esas aves (el "guano", una palabra procedente del quechua "wano", excremento animal) acumuladas por décadas capa sobre capa en islas y acantilados costeros, habían sido fuente de riqueza para el Perú. Ese material se empleaba para fabricar abonos orgánicos de una riqueza altísima. Cuando se hallaron las minas de fosfato en el norte de Chile y se descubrió que el abono químico tenía un poder más alto (y que las minas tardarían menos en agotarse que los residuos de las aves marinas) el negocio del guano entró en declive. Pero, hasta entonces, se había creado una verdadera "aristocracia del guano", al igual que en Manaos (Brasil) se había creado una aristocracia del caucho, en Argentina una de la carne y los cueros, en Chile una del cobre y en Colombia una del café.

La línea de costa continuaba, infinita... Aquí y allá se alzaban promontorios rocosos que limitaban largas bahías de arena; en varias de esas puntas de piedra pudimos apreciar algunos muelles y, en sus cercanías, varias docenas de barcazas pesqueras. Las corrientes marinas (creo que en esta zona prevalece la de Humboldt, fría y rica en nutrientes) permiten una explosión de vida inusual en otras partes del planeta. La pesca es un medio de sustento para las poblaciones costeras, que se agrupan en caseríos que, en muchas ocasiones, no superan las dos o tres chozas. Aquí ya comenzamos a ver un tipo de construcción muy particular, formada por cuatro paredes construidas de cañas machacadas y finamente entrelazadas mediante una elemental técnica de cestería. Tales paredes limitaban un recinto de 3 por 3 metros, cubierto por un techo de calamina o chapa ondulada. Tales casas (sin señales de cables, caños, baños o gas) se alzaban en el centro de los arenales. Era un espectáculo casi surrealista ver esas habitaciones improvisadas (que probablemente, para muchas familias, fueran bastante más que eso) enclavadas en medio de inmensos polvaredales, con alguna mujer barriendo a la puerta...

Esa puerta no era más que una cortina, y muchas veces el terreno de la casa estaba dibujado por algunos cardones pequeños. Esa fue otra costumbre curiosa: así como en Argentina y Bolivia las pirqas son de piedra, en el norte de Chile y en varios puntos del sur de Perú, las pirqas se hace, a veces, con cardones colocados uno al lado del otro. Los ranchos pueden ser de piedra, cemento, adobe o caña, dependiendo de los recursos de los dueños y de las costumbres del lugar. Sea como fuese, los paisajes naturales y humanos se funden íntimamente en colores, formas y materiales, de forma tal que las casas no parecen sino una excrecencia más del suelo, o el suelo una continuación natural de las paredes de la casa.

A media mañana pasamos la localidad de Ica, un pueblo bastante grande que tiene, entre algunas otras, una característica peculiar, que quizás pocos conozcan: el Museo de Piedras, una institución privada situada cerca de la Plaza Central. Ese Museo incluye una colección de cientos de guijarros pulidos, de distintos tamaños, grabados con incisiones supuestamente prehistóricas en las que aparecen desde dinosaurios a operaciones quirúrgicas de alta complejidad, trasplantes, artefactos de vuelo, armas, trasportes y mapas detallados de este y "otros" planetas. Evidentemente, la primera reacción de cualquier historiador es hablar de una falsificación y de un fraude. Sin embargo, la pátina de antigüedad de muchas de esas rocas parece ser verdadera. Escritores (de cientificidad dudosa, pero escritores al fin) como J. J. Benítez (sí, el mismo de "Caballo de Troya") escribieron, en libros como "Existió otra humanidad", que esa colección de piedras tan negada es una de las primeras bibliotecas humanas, en las que se reflejó un tremendo acervo cultural que, por razones desconocidas, desapareció junto a la cultura que lo desarrolló. En fin, es uno de los tantos misterios que esconde la humanidad, al igual que el que encontraríamos un poco más adelante, en Nazca, con unos geoglifos cuyas formas reales pueden apreciarse solo si son vistos desde el cielo.

Seguimos cruzando desierto costero, una soledad arenosa y parda solo rota, momentáneamente, por valles irrigados por ríos breves y pedregosos. En esos valles se extienden cultivos de algodón, huertas bien pobladas y frutales de todo tipo.

Nazca (o Nasca, aún no sé cuál es la grafía correcta) nos recibió con un aspecto apacible de ciudad grande y pueblo chico. La ciudad quizás no tenga mucho para mostrar, pero pasándola, a unos kilómetros hacia el norte, se extiende una llanura casi plana en la cual se dibujan curiosas formas de dimensiones gigantescas: un mono, un ave marina, un colibrí, una araña, peces, además de varias líneas que apuntan a la salida y la puesta del sol en distintos momentos del año. Los arqueólogos, admirados por el excelente trabajo realizado por los autores de este monumento prehispánico, no pueden, sin embargo, darle un significado. Quizás se tratase de una obra de arte, y por ende, el significado no existiría más allá del arte en sí. Quizás fuera alguna suerte de calendario, aunque las formas serían inútiles. O quizás, como dicen algunos, se tratara de mensajes de bienvenida a los "hermanos el espacio". Esta última teoría –la más irracional, pero, por supuesto, la más excitante– ha sido la que ha cautivado la imaginación de miles, que visitan año tras año la localidad. Aquellos que tienen dinero pueden permitirse una vista aérea desde una de las tantas avionetas que, a tal efecto, esperan en el aeródromo de Nazca; los menos pudientes pueden intentar vislumbrar fugazmente algún trazo desde el borde de la ruta (cómo lo hicimos nosotros) o quizás subir a algún cerro cercano, desde dónde pueden verse un par de figuras. Aquellos que conozcan el programa Google Earth pueden disfrutar, con un poco de paciencia en su búsqueda, de las siluetas de estos enormes glifos, creaciones e incógnitas de una cultura desaparecida que quizás fueran un mensaje o, quizás, el colosal resultado de un entretenimiento artístico.

Las localidades fueron pasando, las horas también. A media tarde llegamos a Lima. Mucho antes comenzamos a apreciar una bellísima sucesión de playas, de las cuales nos habían hablado algunos amigos peruanos antes de nuestro periplo. Se trata preferentemente de bahías, calas y caletas en las cuáles se aglomeran algunas casas, tipo "fin de semana", pero también hay muchas playas en línea recta, litorales arenosos en los que pululan las construcciones de todo tipo. Si bien no pudimos apreciarlo desde el bus, nos comentaron que algunas de esas playas son propiedad privada de unos pocos. El hecho no me asombró: si bien está penado por la ley, en Argentina ocurre otro tanto con mares, lagos, ríos y arroyos. Los terratenientes que compran miles de hectáreas incluyen dentro de su propiedad las vías de agua que, de acuerdo a la legislación argentina, son propiedad de todos los ciudadanos.

En fin... Llegamos finalmente a Lima. Fue curioso ver que la ciudad comenzaba más de 30 km antes de llegar al centro propiamente dicho. Muchos barrios marginales se emplazaban en enormes arenales. Nos asombró ver uno en particular, por encima de una fábrica de cemento, que contaba con un centenar largo de casas prefabricadas y humildes (cañas, calaminas y poco más). Estaba situado virtualmente en la ladera de una gigantesca duna, no tenía nada que se pareciese a una calle, ni a un cable eléctrico, ni a un conducto de agua. En realidad, era un sencillo asentamiento en el cual era dudoso que se pudiera vivir. Sin embargo, esa es la realidad de muchísimos latinoamericanos: cualquiera sea el país que se visite, podrán encontrarse realidades como esas. Siempre cuento estas situaciones para que las oigan y las lean esos/as arrogantes colegas citadinos/as que creen que su realidad es la realidad de todo su país, y me vienen a hablar de bibliotecas digitales como modelo único cuando todavía en su propia tierra, a metros de su casa, hay compatriotas (usuarios potenciales de servicios bibliotecarios, más necesitados que ninguno) que viven en forma precaria, paupérrima, humildísima... No sé si calificar esas actitudes ciegas de orgullo o estupidez, o quizás de ambos a la vez. Lo que sí sé es que nuestra profesión se resiente gracias a esos/as ignorantes, desconocedores de la realidad, que viven en torres de marfil donde el bienestar abunda y creen que el universo debe regirse de acuerdo a las reglas y normas de las que ellos disfrutan. Y digo que la profesión se resiente porque esos/as ciegos/as suelen ser directivos/as que toman las grandes decisiones dentro de nuestro universo. Quizás un poquito de trabajo de campo no les venga mal, aunque dudo que arriesguen sus elegantes trajes, sus laptop último modelo y sus cuidadas manos de catalogadores y directoras en un asentamiento urbano marginal o en una población rural.

Para todos/as ellos/as, vaya mi expreso, abierto y público repudio.

Lima nos recibió con los brazos abiertos. Nadie nos esperaba, no conocíamos la ciudad ni teníamos reservas de hotel, y ya a estas alturas del trayecto estábamos cargados como mulas. Además –tristemente– teníamos las peores referencias posibles de aquella ciudad, que fue tildada, por algunos conocidos peruanos, como "terriblemente insegura". Sin embargo, los limeños nos brindaron toda su calidez, toda su ayuda y muchas sonrisas... Una hora después de haber llegado, ya estábamos en la habitación de un hotel en el distrito de San Borja, muy cerquita de la Nueva Biblioteca Nacional en la que, al día siguiente (lunes 13 de noviembre) comenzaría el Congreso Internacional de Bibliotecología en el que yo, ese mismo primer día, participaría con una conferencia sobre acceso abierto. Pero ese será el tema de la próxima entrada...

Un abrazo veraniego y festivo... Nos leemos por aquí.

Ilustración.