Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 28, 2006

Diario de viaje (09 de 28): el sabor de la mazamorra...

Diario de viaje (09 de 28): el sabor de la mazamorra...

Por Edgardo Civallero

Amanecimos en una Lima populosa, abarrotada, bulliciosa, ruidosa si se quiere... La actividad nos rodeaba como una vorágine, y nosotros, aún semi-dormidos y sin recuperarnos del cansancio de las 52 horas de "paseo" a lo largo de la costa oeste sudamericana, no atinábamos a reaccionar. Las calles estaban pobladas de taxis que detenían su marcha para ofrecernos sus servicios y regatear el precio (no hay taxímetros ni precios fijos en Lima, sólo tasas probables y ampliamente discutibles), formando largas colas: si el primero de la fila fracasaba en su intento, un segundo (y un tercero, un cuarto y hasta un quinto) tentaban la suerte. El transporte urbano agregaba colorido y sonido al tráfico citadino: cada bus, furgoneta o camioneta llevaba, colgado de la puerta, un "acomodador" que va pregonando, a voz en pecho y con toda la fuerza de sus pulmones, los destinos de cada unidad móvil. Además, el acomodador se encarga de cobrar, de hacer bajar y hacer subir a los pasajeros (con toda la prisa posible), de "acomodarlos" y de pelearse con los conductores de buses vecinos en medio de una corriente caótica, tumultuosa y entreverada de vehículos.

En esta jungla de humo, gritos y bocinazos despertamos, en medio de un mundo de gente que se dirigía a sus quehaceres. El cielo estaba gris, y estaría así durante toda nuestra estancia. Un amigo describió el clima limeño como "melancólico". Las calles exhibían los letreros de los restaurantes típicos (que ofrecían el tradicional ceviche de pescado, además de otras exquisiteces de la cocina peruana) y de los famosos "chifas" o restaurantes chinos, cuyas enormes porciones y sus buenos precios eran muy populares en todo el mundo andino, y que ya habíamos disfrutado la noche anterior, como cena. Estábamos a unas pocas cuadras de la Nueva Biblioteca Nacional, enclavada en plena Avenida Prado, así que hacia allí dirigimos nuestros pasos, pues esa sería la sede del Congreso.

El II Congreso Internacional de Bibliotecología e Información (CiBi 2006) se desarrollaría entre el 13 y el 15 de noviembre bajo el lema "La información: desafíos y retos en la era del conocimiento". Lo organizaba el Colegio de Bibliotecólogos del Perú, y contaba con mesas de conferencia, charlas magistrales, sesión de pósteres y exposición de servicios y recursos de información. En definitiva, presagiaba ser un evento de grandes dimensiones, en el que participaría un buen número de colegas. Los conferencistas, a su vez, proveníamos de distintos puntos de Latinoamérica, además de un par de invitados europeos.

El edificio de la Nueva Biblioteca Nacional –vecino al Museo Nacional– fue inaugurado hace tan sólo un año, y es de factura moderna y dimensiones considerables. El edificio antiguo, de líneas clásicas, se encuentra en el centro de la ciudad, y está ocupado hoy en día por la Biblioteca Pública de Lima y sus dependencias.

Nos acercamos temprano para realizar nuestra acreditación y para contactar con la organización. Descubrimos que los costos de inscripción eran elevados (alrededor de 70 dólares) y que los encargados de la exhibición y venta de servicios de información (es decir, los clásicos "traficantes de información") ocupaban un lugar importante dentro del evento. Tal "tarjeta de presentación" no dejó de alarmarme un poco. Revisando el programa, a grandes líneas, encontré que, a mi gusto, el Congreso reflejaba muy poco la realidad de la bibliotecología peruana, dibujando (o esbozando) un mundo que nada tenía que ver con el quehacer diario de los colegas de aquel país. Ciertamente, comprendí que los organizadores pretendían generar un espacio en el que se expusieran ideas nuevas, y eso me pareció valioso y rescatable. Pero, por otro lado, me di cuenta que, al igual que ocurre en mi propio país, las características de usuarios y profesionales no eran tenidas en cuenta, ni las necesidades de las comunidades receptoras de servicios. Esta "crítica" –que sólo era una idea que compartí con Sara– fue reflejada por multitud de bocas a lo largo del encuentro, y me hizo ver que no estaba tan equivocado como creía.

El lugar preponderante que se le da a los "traficantes de información" en los Congresos siempre me ha molestado en demasía. Comprendo cuál es su función y por qué se les otorga ese lugar: su contribución económica y material para el desarrollo del Congreso suele ser considerable (no hablo de este evento en particular, pues desconozco condiciones y particularidades). Pero, de esta forma, se les sigue dando un lugar de importancia cuando en realidad son los que exprimen, injustamente, las arcas de las bibliotecas, vendiendo un bien que no les pertenece: información científica. Esa información debería estar en acceso abierto, garantizada en forma libre y gratuita a todos aquellos que la necesiten, en especial a los profesionales, investigadores y estudiantes cuyo trabajo y educación dependen, en gran medida, de la posibilidad de accesos a estos recursos.

Al darle un lugar de importancia a editoriales y vendedores de bases de datos, las bibliotecas rinden pleitesía y perpetúan una tiranía que debe ser aniquilada, precisamente por las manos de los bibliotecarios, que la padecemos desde hace tiempo. Precisamente mi conferencia (que tendría lugar esa misma tarde) presentaría el tema "Open Access en Latinoamérica", en una mesa dedicada a la democratización de la información.

Revisando un poco más detalladamente el programa, encontré una mesa sobre rol social de las bibliotecas en la Sociedad del Conocimiento. Cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que la conferencia magistral de esa mesa sería dada por el vicepresidente de EBSCO. Uno de los principales traficantes de saber del continente nos daría una charla magistral sobre responsabilidad social. Iba a ser algo parecido a oír hablar a Bush sobre derechos humanos, algo que, de todas maneras, mucha gente lleva haciendo desde hace algún tiempo sin plantearse dudas ni preguntas complicadas al respecto.

Evitamos los prolegómenos oficiales y nos retiramos de la enorme Biblioteca, para dirigirnos a almorzar... a un supermercado (sí, allí descubrimos la enorme riqueza de verduras y frutas que exhibe Perú; nuestro asombro fue espectacular cuando nos enfrentamos con más de 15 especies de fruta que jamás habíamos visto ni oído nombrar). En el Congreso, mientras tanto, daba su conferencia inaugural Patrick Bazin, director de la Biblioteca Municipal de Lyon (Francia), titulada sencillamente "Las bibliotecas, mañana". La segunda conferencia inaugural corrió a cargo de Joan Torrent Sellens, director del grupo de investigación del ONE (Observatorio de la Nueva Economía) de Cataluña, quién se refirió a "TIC, conocimiento y desarrollo económico: una nueva oportunidad para América Latina". Esta última conferencia hacía hincapié en el hecho de que la economía mundial está variando hacia un modelo basado en el aprovechamiento de la información como materia prima para formar la base de la cadena información-formación-innovación. La charla exponía las oportunidades de las "economías periféricas" (sí, sí, latinoamericanas, sí) en este nuevo mercado.

A las 14:00 comenzó la mesa "Democratización del acceso a los recursos digitales", en la cual hubo una conferencia magistral brindada por Luis Núñez (coordinador general del Consejo de Computación Académica de la Universidad de Los Andes, en Mérida, Venezuela) y otra de Gabriela Ortúzar (directora del Sistema de Información y Bibliotecas de la Universidad de Chile). Ambos expusieron, con bastante profundidad y precisión, el fenómeno del acceso abierto: el primero se centró en repositorios institucionales y preservación del patrimonio intelectual académico; la segunda, en las bibliotecas universitarias y su rol en la gestión de información digital. Cuando ambos terminaron, y la ronda de preguntas que los ametralló a continuación finalizó, apenas si nos quedaban 15 minutos a los restantes ponentes para presentar nuestros temas... sin contar con que la temática ya había sido expuesta con una amplitud considerable.

Tocó el turno al señor de Creative Commons Perú (cuyo nombre olvidé no por mala predisposición, sino porque, apenas acabó su lectura, se retiró de la mesa sin más) y a Julio Santillán Aldana (editor de E-LIS y de la revista "Biblios"), que presentó el trabajo de E-LIS en general, y delineó la labor realizada en Perú. A estas alturas, poco me quedaba para decir, así que cuando presenté mi ponencia (para lo cual tenía 10 minutos), obvié el texto e improvisé una básica disertación sobre la filosofía acceso abierto y sobre lo que entrañaba para los latinoamericanos, enfrentados secularmente a brechas como la digital. Mi pregunta al público fue "¿de qué nos sirve todo esto a nosotros, bibliotecarios de la calle, latinoamericanos, enfrentados con mil problemas que nadie nos soluciona, con carencias de las que los grandes gurúes de la bibliotecología digital nada saben?". Mi respuesta fue que, para aquellos que aún no disponen de redes digitales (de las que no dispondrán, seguramente, en los próximos años) todo esto es completamente inútil (y debemos tenerlo en cuenta a la hora de dar clases o proponer servicios). Y para aquellos que si disponían de ellas, el acceso abierto era la alternativa a la imposible compra de las bases de datos y los documentos y servicios que proponían los "traficantes de saber" sentados en aquella misma sala, o cerrando tratos con las bibliotecas pudientes, fuera de la sala. El acceso abierto significaba disponer de artículos científicos de calidad revisada, facilitados por los propios autores en forma gratuita, con la única condición de que se respetara su autoría. Si investigábamos, si aprendíamos cuáles eran los archivos abiertos más confiables y cómo usarlos, y si educábamos a nuestros alumnos, investigadores, docentes y usuarios para que reconocieran su valor, tendríamos una enorme (y creciente) fuente de conocimiento a nuestra disposición. Una fuente igualitaria, equilibrada, solidaria, justa. Una fuente cuyo uso no daría de comer a los "caimanes" de las editoriales.

A la salida, de la mano de Sara, charlamos con Julio Santillán y conocimos a la colega Rosa María Merino, quién se convertiría, a partir de ese momento, en nuestra guía a través de Lima y su mundo. Recibimos la bienvenida de Nelly Mac Kee de Maurial, la presidenta del comité organizador, la entrevista de los estudiantes de la carrera de bibliotecología de la Universidad de San Marcos (que conocían este weblog y sus contenidos) y el saludo cordial en quechua de los colegas de la Universidad de Huamanga. Este último saludo originario se debió a que termino todas mis presentaciones en PowerPoint con un "muchas gracias" en el cual incluyo su traducción a las principales lenguas originarias del país que visito. En Chile fue el mapudungu, y en Perú, el quechua.

Dejamos el Congreso, en dónde comenzaban, a aquellas horas, tres de los talleres que tendrían lugar a lo largo de los tres días. Dijimos a Rosa María, nuestra "guía", que queríamos llegar al centro de la ciudad como lo hacía todo el mundo: en bus. Debo confesar que la sorpresa en los ojos de nuestra amiga fue notoria, pero, así todo, allá fuimos, subidos en una pequeña unidad que nos bamboleó de un lado para el otro, que realizó maniobras increíbles entre el caos de tránsito en hora pico, y que nos mantuvo al borde del choque por el módico precio de un sol (sol = unidad monetaria del Perú, equivalente a 1/3 de dólar USA). En su diario de viaje, Sara consignó lo siguiente:

"Verdaderamente es toda una experiencia viajar en esas vans. Suelen ir llenísimas, así es que viajamos todos apretados, sentados unos y colgados de la barra el resto, escuchando casi siempre el infernal ruido del regatón. El pasaje cuesta entre 50 céntimos y un sol, pero si hay problemas con el tráfico, te ven extranjero o es feriado, te piden hasta 1.50".

Desembarcamos cerca del Congreso de la Nación, en una acera superpoblada de gente, en pleno centro de Lima. Caminamos hasta la plaza que sirve de atrio al Congreso. Allí, en las copas de los árboles, y dando vueltas sobre nuestras cabezas, pude apreciar la mayor concentración de gallinazos (zopilotes, especie de buitres) que vi en mi vida. Había tantos como palomas en nuestras plazas. En realidad, pensé que la mayor concentración estaría dentro del edificio que tenía ante mis ojos, pero no quise ser irrespetuoso con una realidad política que, si bien adivinaba similar a la de mi país, aún desconocía. Tenía invitación del director de la Biblioteca del Congreso para visitar la unidad, pero no quise molestarlo y preferí seguir conociendo la ciudad, su realidad y sus calles, que iban oscureciendo paulatinamente.

Desde el Congreso, recorrimos una calle poblada de balcones coloniales de madera y celosía, y de viejas tiendas (recuperadas algunas, otras no tanto) que abren sus altas puertas al público ofreciendo todo tipo de mercancía. Abundaban los faroles de hierro y las casas altas, de techos provistos de vigas anchas. Tras unas cuantas cuadras, llegamos a la Plaza Mayor, en dónde se alzaba el Palacio de la Gobernación (que perteneció a Pizarro en su momento, y en el cual residía el presidente en funciones, Alan García), la magnífica Catedral con sus puertas labradas y sus balcones de celosía, y la fuente de bronce –único testigo de la plaza original– que disponía, en su tiempo, de un reloj que desapareció misteriosamente.

Un poco más allá se alzaba el Palacio Municipal, donde residía el intendente en funciones, el Sr. Castañeda, próximo a revalidar su título, pues en pocos días habría elecciones municipales en todo el Perú y este buen hombre era favorito en Lima. En dos lados de la Plaza se alzaba una recova con soportales, y un par de callejas peatonales pobladas de tiendas y cafés.

Nos dirigimos a la ribera del río Rímac (su grafía original es Rimaq, que en quechua significa "el que habla"), visitando, de paso, las iglesias de Santo Domingo y San Francisco. En una de ellas pudimos apreciar una efigie de San Martín de Porres, "el más pobre de los santos y el santo de los más pobres", el "santito de la escoba", ese monaguillo moreno que barría la puerta de la iglesia y que ahora era el paladín de todos los limeños, el más adorado, el que recibe más súplicas y ofrendas. De allí pasamos al edificio de Correos, con su pasaje interno poblado de pequeñas tiendas en donde se expenden postales de todo tipo, sellos, sobres y papel. Ese pasaje estaba techado por una estructura de vidrieras que se deshicieron con el último gran terremoto soportado por Lima, allá en el setenta y pico.

[Hablando de terremotos... Mientras esperaba mi turno para exponer mi conferencia, en la mesa del Congreso, el mundo tembló un par de veces, largo y tendido, y tan fuerte como para agitar el vaso con agua que tenía delante. Nadie se conmovió por el hecho, excepto yo, obviamente].

Llegamos al malecón del Rímac, en donde se levantan un buen número de puestos de venta de comidas y postres. Cansados por el largo día, Rosa María nos invitó a un potecito de mazamorra morada, un delicioso postre que se sirve caliente. Se trata de un plato ancestral andino: maíz cocido, espesado con harina de camote y un poquito de ceniza de quinua, y endulzado con frutas en jugo y en pedazos. Se sirve con un poquito de canela, y si bien la variante peruana es bien diferente de la boliviana (y mucho más de la argentina), no dejó por ello de deleitarnos con su sabor.

Para completar nuestra visita a Lima, Rosa María nos invitó a subir al cerro San Cristóbal, una de las moles montañosas que dominan la ciudad. Para ello hay un tour "turístico" con una competente guía que nos contó un poco sobre la historia colonial de los lugares por los que pasábamos, historias de virreyes y amantes públicas, de monjes y de damas señoriales. Las laderas del cerro están ocupadas por un asentamiento que trepa esforzadamente por sus empinadas calles, aunque quizás ya no sea tan "asentamiento" desde que poseen agua, luz, gas y está bastante bien instalado. De todas formas, lo marginal del barrio no deja de verse. Desde la cima, Lima lucía grandiosa, inmensa en la oscuridad, extendiéndose hacia los cuatro costados. El único fragmento oscuro en aquella pléyade de luces urbanas era el enorme cementerio.

Al descenso, nos tropezamos con la iglesia más pequeña del mundo, una minucia cuyo frente no medía más de 4 ó 5 metros. Nuestra adorable amiga, colega y compañera de "tour" nos dejó en las manos de los colegas Julio Santillán y Ada Sosa, con quienes cenamos en un rincón del barrio Villa María. Allí, mientras nos poníamos al día de las particularidades del mundillo bibliotecario limeño, probamos los tradicionales anticuchos (lascas de corazón vacuno a la parrilla) acompañados por chicha morada (una variante más líquida y filtrada de la mazamorra morada), yuca y papa.

Tarde ya, noche cerrada, nuestros amigos regatearon el precio del taxi que nos devolvió al hotel. Aquella ciudad no sólo no se había mostrado "tremendamente peligrosa", como auguraban todos: aquella ciudad y su gente nos habían abierto las puertas de par en par a un mundo que recién empezábamos a descubrir, tremendamente cercano a nuestro mundo hispánico, pero a la vez, profundamente teñido de presencia indígena, de matices propios y muy fuertes, de tintes innegablemente ancestrales. Nos quedaba mucho por conocer aún.

Pero ello será el tema de la próxima entrada... Un abrazo cordial...

Ilustración.