Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 28, 2006

Censura: la sombra de una mordaza...

Por Edgardo Civallero

Este weblog nació gracias a censuras como las que muchos colegas soportan hoy. En forma encubierta o en forma abierta, son muchos los bibliotecarios cuyas voces no pueden oírse por criticar al sistema establecido. Las listas moderadas no permiten, en muchas ocasiones, publicar comentarios que "desafían" (aunque en realidad lo único que hacen es proponer civilizadamente opciones y alternativas) el orden actual.
Parece que el discurso oficial de las grandes Asociaciones, Agrupaciones, Instituciones y Organizaciones es: "O juegan según nuestras reglas, o juegan por su cuenta y solitos, sin molestar". No cargaré las tintas en exceso: muchas son las agrupaciones profesionales (o no) que abren sus puertas a la visión plural, al debate constructivo y a la crítica bienintencionada. Pero, lamentablemente, estamos presenciando una proliferación de agrupaciones regionales, locales y nacionales "alternativas", que pretenden generar espacios en donde las voces sean realmente escuchadas. Y esto es un síntoma de un problema mayor: puertas cerradas y censura.
Y son muchos los colegas que me escriben para compartir conmigo su cansancio, su decepción, su desazón, su hastío... Y son muchos los que me escriben para quejarse de cosas acerca de las cuales ya me he quejado en su momento. Parece ser que nada cambia, que todo permanece, que nada se mueve y que el status quo permanece inmutable, conservando castas de poder que se empeñan en auto-perpetuarse y auto-reproducirse, en seguir generando "amiguismos" y "nepotismos", y en seguir negando una participación múltiple y democrática.
Hace poco, muy poco, propuse en las listas latinoamericanas la creación de un Observatorio de Bibliotecología, un espacio en el cual pudieran participar todos con su aporte, con su punto de vista. Recibí, a mi mail particular, cientos (repito: cientos) de mensajes de apoyo. Y también recibí las quejas de grupos y organizaciones establecidas (de tooooodo el continente) reclamando para sí el derecho de gestionar ese tipo de espacio. En medio de un fuego cruzado, mi propuesta inicial se desvirtuó por completo. Y antes de verme "sucio" en media de tal lodazal, decidí renunciar silenciosamente y seguir por un camino propio, personal, quizás en silencio... Lamento que muchas propuestas personales quedaron en la nada. Pero estoy seguro de que ya habrá oportunidad, en el futuro, de expresar esas propuestas.
No sé si existe solución para este problema. No sé si existe solución al hecho de que no somos representados por nadie, de que no hay un espacio verdadero de participación, creación, colaboración... No sé si existe una solución al hecho de que, ante cualquier propuesta plural, alguien quiera "llevarse los laureles y anotarse los puntos". No sé si existe solución al "partidismo".
Y quizás por eso, porque no lo sé, sigo escribiendo aquí, en este rincón propio, desahogando todos los sueños que quedan truncados por falta de espacio abierto. Y sigo luchando por mi cuenta, solo-solito-solo o en equipos plurales y desconocidos, construyendo muchas bases y abriendo muchos ojos. Quizás estoy descubriendo una realidad que me niego a aceptar: las grandes Asociaciones no sirven. Sólo sirve la colaboración mutua entre los pequeños, entre los ignotos, entre los trabajadores de campo y de "trinchera"...
Quizás algún día aprenda a aceptar una realidad que me disgusta. Mientras tanto, seguiré creyendo que la colaboración es posible, y que la censura es un error temporal y no una técnica de dominio.
Desde una Cördoba otoñal que amo, y que no termina nunca de sorprenderme con su belleza, les envío un enorme saludo, lleno de aromas de menta peperina.

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marzo 23, 2006

30.000 espíritus flotando en el viento...

Por Edgardo Civallero

Hace 30 años, un 24 de marzo del año 1976, un Golpe de Estado elevaba al gobierno a una Junta Militar, que iniciaba un periodo oscuro (1976-1984) dentro de la historia argentina contemporánea. Quizás uno de los tantos aspectos deleznables de tal régimen militar fue su política de violación sistemática de derechos humanos, incluyendo torturas, desapariciones, asesinatos y raptos. Estas políticas fueron sufridas por todos aquellos que se considerasen "subversivos". Tal "categoría" incluía desde militantes en partidos de izquierda y guerrilleros hasta trabajadores sociales y defensores idealistas de los derechos humanos, por no hablar de artistas y estudiantes, y sus familiares.
Entre todos los que cayeron, también desaparecieron bibliotecarios. Ellos son parte de las 30.000 almas que siguen clamando justicia desde el oscuro limbo en el que se esfumaron, hace tres décadas.
En Argentina, y a partir de este año, el día 24 de marzo ha sido declarado feriado nacional, como una especie de jornada de memoria. Y en esta jornada, en la que me permito pensar acerca de los valores puestos en juego en aquella guerra sucia, me doy cuenta de que el mejor homenaje que podemos rendir a las víctimas de esa dictadura bárbara es perpetuar su lucha.
Las palabras bonitas, los homenajes, las flores y las lágrimas, todo eso está muy bien. Pero creo que, si esas personas pudieran vernos -estén donde estén- desearían que perpetuáramos las ideas y las luchas reales por las que cayeron, por las que fueron detenidos y torturados, y asesinados y borrados de la faz de la realidad.
¿Defendemos esos valores? ¿Defendemos nuestra realidad, nuestros derechos? ¿Valió la pena la muerte y la desaparición y el sufrimiento de tanta gente? ¿Somos dignos de todo ese dolor? ¿O somos un pueblo de cobardes, escondidos bajo el "a mi que me importa", el egoísmo y la vanidad?
Creo que necesitamos volver a esos antiguos valores. No sé si hay alguien dispuesto a dar su vida por lo que cree, hoy en día. Lo que sí sé es que hay muchos dispuestos a aplaudir a los que sí lo hicieron. De esas manos que aplauden, siempre hay de sobra.
Pero no sirven. Necesitamos más manos que luchen. Tenemos 30.000 ejemplos. Basta con imitar uno sólo de ellos.

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marzo 10, 2006

Desarrollo de base en bibliotecología

Por Edgardo Civallero

Los proyectos de desarrollo de base son los más involucrados con la realidad social de la comunidad a la cual pretenden ayudar. Sin embargo, esta metodología de acción está poco difundida en el ámbito bibliotecológico.
Quizás debamos incluirla más a menudo en nuestros proyectos.
Esta postura se diferencia del resto en su actitud, en su punto de partida, en su perspectiva de inicio. Los proyectos de desarrollo de base dan la palabra, en primera instancia, a los destinatarios. No se trata solamente de reconocer cuáles son los problemas, las carencias, las deficiencias, las necesidades (puntos que nos proveerán de elementos fuertes para establecer nuestros objetivos) sino de permitir, a la comunidad, expresar cuáles serían las soluciones desde su propio punto de vista.
No se trata ya de llegar a los destinatarios con soluciones enmarcadas únicamente en nuestra práctica profesional o en nuestros conocimientos académicos. Se trata de saber qué soluciones serían, en su propia opinión, las mejores para satisfacer sus necesidades, y, a partir de este punto, agregar nuestro saber.
Pero, además, los proyectos de desarrollo de base pone la acción, el control y la evaluación del trabajo directamente en manos de sus destinatarios. No, no se trata de dar el pescado: se trata de preguntar si una caña de pescar sería una buena solución (en vez de una red, un arco o un fusil) y, sólo entonces, explicar como se construye dicha caña y como se usa, y ponerla en las manos de los destinatarios / usuarios, y esperar hasta ver los resultados, acompañando en el proceso y asesorando. Y, si la evaluación de la comunidad expresa que la solución aportada funcionó, que fue positiva, que fue correcta... sólo entonces el proyecto habrá tenido éxito.
Creo que las diferencias con los abordajes tradicionales de proyectos saltan a la vista.
En principio, no se parte solamente de la visión y la perspectiva del profesional. Muchos proyectos se basan únicamente en tal opinión, y en las impresiones iniciales que obtienen de visitas esporádicas / superficiales o de estadísticas impersonales (que pocas veces reflejan la realidad humana). La base de todo proyecto es una necesidad expresada personalmente por la comunidad. Y en esta fase, sirven de mucho las herramientas cualitativas de recolección de datos, como observación participante, descripción densa e historias de vida. Personalmente, las he usado en comunidades rurales y aborígenes, y proporcionan unos datos de una calidad impresionante, que se pierden, en gran medida, en un estudio estadístico / cuantitativo.
En segundo lugar, los objetivos del proyecto se centran en las soluciones propuestas por la propia comunidad. Muchas veces (la mayoría, por cierto), los profesionales creen que saben lo que la comunidad necesita. A veces tienen éxito, pero en muchas ocasiones, las soluciones propuestas son rechazadas como lo sería un implante extraño en el cuerpo de un ser humano. Recogiendo las soluciones propias de la comunidad, y agregando a eso el valor extra del saber profesional, se obtiene un resultado que responde a la idiosincracia de los destinatarios, y, a la vez, canaliza el conocimiento y las herramientas académicas.
Por último, el control y la evaluación del proyecto, si bien pueden realizarse a través de instrumentos expresamente diseñados para tal fin por el investigador, pasa principalmente por las manos de la comunidad de usuarios. Ellos mismos realizan el seguimiento del trabajo y evalúan si ha sido positivo o no para ellos. Y esa opinión es indiscutible. Porque todo proyecto en el que se vean involucrados grupos de seres humanos se convierten en un servicio destinado a satisfacer unas necesidades. Y la evaluación no puede ser externa a esos destinatarios: tiene que provenir del propio interior. Nosotros podemos pensar que nuestro proyecto fue grandioso, magistral, pero quizás los usuarios finales no compartan nuestro punto de vista.
En fin, este área del saber -esta valiosa herramienta de trabajo- debería ser más explorada y empleada en bibliotecología. Su uso implica un enfoque interdisciplinario, combinando nuestro propio conocimiento con el de otras teorías, técnicas y metodologías. El enfoque se enriquece, y los resultados ganan en valor.
Quizás, a partir de estas perspectivas -nada nuevas, y ya aplicadas en nuestra profesión con todo éxito- podamos comenzar a llevar adelante verdaderos proyectos bibliotecológicos con impacto social. Un impacto social que no se base en la cantidad de artículos publicados a partir de los resultados obtenidos, o en la cantidad de charlas y conferencias brindadas, sino en las mejoras efectuadas en la vida de los destinatarios.
Que, por si muchos no lo recuerdan, es lo que realmente importa en un proyecto.

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marzo 01, 2006

¿Radical? ¿Progresista?

Por Edgardo Civallero

En los últimos tiempos, me ha ocurrido que, al leer documentos –generalmente en lengua inglesa- sobre "bibliotecología progresista" (y otros textos que tienen que ver con "responsabilidad social" o con tendencias intelectuales de izquierda), me he topado con una palabra curiosa, etiquetando esta clase de posiciones:
"Radical"
Según mi viejo diccionario de la Real Academia Española, esta palabrita significa "extremo, incisivo".
Generalmente siento un profundo odio por las etiquetas. Me parecen muros mentales y sociales a mi personalidad. Siento que me limitan a ser "esto" y no "aquello". Siento que pierdo la libertad personal de ser todo lo que quiero ser (una libertad por la que debo pagar diariamente un precio tremendamente alto). Realmente, me siento clasificado, como uno de los libros de mi biblioteca, un muñeco más colocado en un espacio -fijo y predeterminado- de los infinitos estantes de las estructuras sociales clásicas de este mundo loco.
Pero, más allá de estas consideraciones, no me gusta demasiado (o quizás no termino de entender) la etiqueta "radical". Una actitud radical implica poseer una mente totalmente cerrada. Tales posiciones generalmente mantienen que sus puntos de vista son los correctos, que tienen la verdad en el bolsillo y que tienen una especie de "derecho" o de "deber" de combatir contra las posiciones contrarias porque, sencillamente, son "incorrectas". Una actitud radical no suele preocuparse si su lucha llega a instancias violentas (el terrorismo y las "guerras sucias" contra tal terrorismo son actitudes radicales). Incluso una actitud radical "suave” es aún muy apasionada, y, por el mero hecho de ser así, pierde una buena dosis de racionalidad, mucha claridad en sus ideas y objetivos, y mucha puntería en su lucha...
Fui educado por anarquistas, en España. Eran las personas más inteligentes que he conocido en mi vida, pero eran extremadamente naïve, extremadamente ingenuos. Por mantener su posición radical, estaban dentro de una especie de "callejón sin salida" mental que transformaba la mayoría de sus acciones en el mundo real (no en el ideal) en actividades totalmente inútiles. Cuando volví a América Latina, hace 9 años, me di cuenta de los resultados de las acciones radicales: mi gente todavía está de luto por 30.000 desaparecidos. Y las acciones de los radicales "suaves" son, asimismo, poco útiles en el mundo real.
Pienso que una posición "progresista" implica poseer una mente abierta. Una mente verdaderamente abierta, que permita entender todas las voces (incluso las contrarias, o, quizás, especialmente las contrarias) y todas las situaciones, desde adentro (no hay manera de entender un problema desde afuera). Hay demasiada gente de mente cerrada gobernando los destinos de la humanidad y afectando a nuestras sociedades de manera directa, así que las posiciones radicales no son muy útiles que digamos. "Disfrutamos" de ellas ahora mismo, y todo nuestro entorno no está funcionando muy bien.
Pienso que una perspectiva "progresista" no tiene nada que ver con el radicalismo. El racismo es radical, el machismo y el feminismo son radicales, el comunismo y el capitalismo son radicales, el anarquismo violento y las dictaduras son radicales. Parecen el Bien y el Mal luchando en un combate eterno (y la gente normal, la que sufre, en el centro, padeciendo y sin soluciones). Las posiciones radicales no entienden soluciones si las mismas no están construidas de acuerdo a sus propias ideas y reglas. Y, mientras estas posturas radicales están luchando para ver quién gana la "batalla" ideológica, quien tiene finalmente la razón, un mundo entero está esperando ayuda para sus problemas más urgentes.
(Quizás ocurre que he visto demasiado dolor en mi país y en mi continente. Quizás he tocado demasiado tiempo ese dolor con mis propias manos. Y quizás he entendido que debemos ayudar con buenas acciones y no con buenas ideas o con etiquetas).
Pienso que una postura "progresista" no significa atacar y criticar, sino entender y dar opciones, buenas ideas y soluciones para los problemas reales... desde una perspectiva mental (y social) abierta y basada en la práctica. No estoy diciendo que debemos olvidar nuestros valores o nuestras ideas, o los constructos teóricos. No seríamos nada sin ellos. Pero si los llevamos a un punto extremo (= radical) nos convierten en seres inútiles, y terminamos haciendo exactamente lo mismo que combatimos (pero en el otro extremo de la línea).
Y las posiciones violentas (revolución, anarquía...) son solamente un problema. La sociedad en la que vivo todavía está bañada en sangre y cubierta de cicatrices, incluso después de 20 años de "democracia". Los guerrilleros románticos de los años 60 y 70, como el Che Guevara, quizás tenían ideas buenas e intenciones nobles (no lo dudo en ningún momento), pero no dejaron de alzar un arma contra otros seres humanos, y derramaron su sangre porque no pensaban como ellos. Y eso es muy romántico, sí, y están en canciones, y en tatuajes, y en camisetas, pero... creo que es algo terrible, porque en este continente hemos aprendido que no puede construirse nada nuevo y limpio a partir de cimientos ensangrentados. Y, sí, estas actitudes eran radicales. En mi opinión, eran actitudes tremendamente condenables. Quizás tenían una razón (¿hay razones para matar? Quizás cuando no queda otra salida... Quizás yo mismo lo hiciera... Pero aún así...), pero en este continente seguimos estando en el mismo punto, en la misma situación (y seguimos echando de menos a mucha gente que se fue, sin comprender aún el "por qué").
¿Qué quiero decir con todo esto? Las posiciones izquierdistas, radicales y progresistas actuales parecen estar un poco fuera de foco. Parecen ser un poco naïve, un poco basadas en ideas abstractas. Entiendo que las nociones básicas son buenas, pero... ¿son útiles? ¿están funcionando en la realidad? No estoy seguro. Soy "izquierdista", soy profundamente "anarquista" (ufff, etiquetas otra vez...) pero prefiero olvidar ideas y posiciones teóricas y actuar, en forma práctica, en el mundo real. Y la acción social -toda acción- se basa en un concepto muy simple: ayudar a las personas a vivir la vida que desean vivir cuando no tienen las oportunidades o las herramientas para auto-ayudarse o para solucionar sus problemas.
No sé si esto funciona igual en el "Primer Mundo". He conocido personalmente muchos bibliotecarios "progresistas" europeos y norteamericanos (que son los que suelen utilizar más a menudo el término "radical"), y parecen no saber solucionar problemas reales; incluso parecen desconocer los problemas que aquejan a su propia sociedad. Parecen morar dentro de una niebla rosada o de una burbuja romántica e idealista. Quizás las condiciones aquí sean diferentes (o más duras) y nos hagan despertar más rápido, pero, de todas formas...
Calculo que, con este texto, estoy siendo "radical". Que irónico. Esto parece una crítica grosera y barata a otro punto de vista, pero calculo que lo que busco es entender qué está pasando con la gente que trabaja a mi alrededor. Estoy muy cansado de las actitudes del tipo "yo-hablo-mucho-pero-no-hago-nada". Me entristecen. Me doy cuenta de que hay mucha cháchara, pero nada nuevo sucede. Y estoy notando que las mejores acciones en mi continente (políticas y sociales) no están basadas en actitudes radicales, sino en trabajo duro -muy duro- desde la base, desde los cimientos.
Y me estoy cansando de ver gente auto-etiquetada como "radicales" e "izquierdistas" sentados cómodamente en un bar, con una camiseta pacifista, tomándose una cerveza y hablando de como "salvar el mundo" mientras muchos colegas (me incluyo) estamos poniendo nuestras carreras -y nuestra propia seguridad personal- en juego trabajando en comunidades difíciles o enfrentándonos a los verdaderos problemas: burocráticos, administrativos, políticos, sociales, académicos...
Quizás todo esto sólo sea un problema personal, y muy latinoamericano: estoy cansado de palabras, porque en estas tierras hemos escuchado muchas (promesas + buenas ideas + prometen + buenas ideas...) durante siglos, pero seguimos en el fondo de un gran agujero lleno de mierda. Nada parece haber cambiado.
Espero que, un día, algo cambie. Por lo menos, confío en que las actitudes cambiarán entre la gente que tiene buenas ideas. Necesitamos acción. Así pues, basta de hablar y de escribir, y comencemos a actuar. Es la mejor manera de luchar por nuestras ideas. Porque mucha gente aquí (me incluyo nuevamente) estamos comenzando a hartarnos de proponer salidas (sin resultados ni colaboración ninguna) y de luchar contra tantas barreras, tanto dolor, tanta injusticia, mientras otros se llenan la boca de palabras hermosas...
Nosotros, los que trabajamos en las trincheras de la bibliotecología (y la sociedad) real (y somos miles) vamos a necesitar manos que ayuden dentro de muy poco.
Porque, por querer mantener viva la utopía, nos exponemos profundamente. Y nos están derrotando a diario. Nos sentimos exhaustos y masacrados inútilmente. Y ya estamos muy, muy asqueados de tanta hipocresía y tantas etiquetas vacías.

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