Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 26, 2006

Anarquista

Por Edgardo Civallero

Me ocurrió hace poco, en un taller que dictaba en la ciudad de Trenque Lauquen. Pero ya me había ocurrido en otros cursos, en Buenos Aires, en Córdoba, en Rosario. En cada clase, anoto -como advertencia preliminar- que los oyentes podrán escuchar algunas opiniones que quizás les resulten fuera de lugar. Ello se deberá a que soy anarquista, y a que, como regla personal, nunca callo lo que pienso.
El comentario que se ha repetido en todos los talleres -usualmente, durante la charla de café- fue el siguiente: "Creía que el anarquismo había desaparecido". O quizás un más contundente "el anarquismo está muerto". La respuesta es siempre la misma: "Ocurre que los anarquistas actuales ya no volamos edificios o coches. Ahora volamos mentes. Entonces no somos tan notorios".
El anarquismo filosófico -aquel nacido en las edades antiguas, en la Grecia de las poleis- hacía honor al significado etimológico de la palabra: an-arché, negación del poder. A lo largo del tiempo, tal expresión adquirió el significado de negación de autoridad, negación de las estructuras que ejercen poder sobre un ser humano, que oprimen, que limitan, que obligan... Desconozco si nací anarquista o me hice. Calculo que la última opción es la más aceptable: jamás acepté la autoridad por obligación, sino que la reconocí por respeto a capacidades mayores a las mías. Es la única forma bajo la cual un anarquista puede llegar a aceptar algún tipo de autoridad, que, en ese caso, ya no sería tal: sería una influencia. Los anarquistas no aceptamos estructuras verticales de ningún tipo, no ya solo en política, sino en la sociedad o en la religión. Es por eso que el anarquismo es asociado tan frecuentemente al ateísmo: niega la autoridad de otro hombre para establecer la fe y sus procesos, niega el poder de seres superiores para dictar normas. Los anarquistas creemos que la autoridad reside en la coerción o en el respeto, y abominamos completa y profundamente de la primera opción. La coerción únicamente conduce a que nos encadenen, a que nos limiten, a que nos digan que hacer, como hacerlo, bajo que condiciones. Y no entendemos la libertad bajo esas circunstancias. Libertad limitada no es libertad: es un sueño de liberación que nunca llega a concretarse.
Ser anarquista en el seno de una sociedad establecida sobre bases del poder de un ser humano sobre otro no es fácil. Pero no es imposible, como lo demostramos a diario. Si bien muchas cosas deben aceptarse porque no existen alternativas válidas, otras pueden elegirse. Y, siempre que tenemos elección, elegimos aquella alternativa que nos permita movernos en total libertad, ejerciendo nuestra solidaridad, trabajando en equipos y en estructuras horizontales, hablando de igual a igual, ejerciendo nuestra libertad de expresión y de acceso a la cultura, oponiéndonos firmemente al comercio con las cosas incomerciables (cultura, naturaleza, bienestar...). Lo que para algunos parece locura y utopía, para muchos de nosotros resulta un estilo de vida que, si bien no es simple, nos hace felices, porque nos permite respetarnos y respetar, y sentir que muchas de las miles de cadenas que llevamos encima por el mero hecho de haber nacido en sociedad, se van desvaneciendo, o aflojando.
Durante mucho tiempo, la expresión más conocida -o la más popularizada por los medios oficiales- del anarquismo fue la violencia radical armada. Todos los terroristas y asesinos que actuaban bajo la supuesta bandera del anarquismo político fueron colocados como imagen estereotipada de esa corriente de pensamiento y acción, y de esa forma fuimos condenados como bestias salvajes, como asesinos sanguinarios, como chacales del demonio. Hoy en día ya no volamos puentes, ya no disparamos contra las autoridades, ya no preconizamos el caos como única forma de libertad. En realidad, los verdaderos anarquistas, los que profesamos un respeto casi "religioso" hacia las ideas básicas de esa filosofía, jamás nos planteamos la violencia como forma de acción, sencillamente porque creemos en el ser humano como base de la sociedad. Hoy, los que seguimos creyendo y actuando ya no volamos edificios: volamos mentes. Hacemos pensar, abrimos puertas a la luz entre tanta oscuridad, quitamos mordazas y vendas de los ojos, destapamos oídos, liberamos manos de grilletes seculares. Enseñamos, educamos, formamos, pero nunca en nuestra línea de pensamiento. Solo liberamos las manos para que ellas actúen en libertad, por si mismas, haciendo uso de un libre albedrío natural que cada hombre y mujer posee. Defendemos la igualdad de todos los seres humanos, sin poder del uno sobre el otro: ni del hombre sobre la mujer, ni del rubio sobre el moreno, ni del rico sobre el pobre, ni del adulto sobre el niño. Defendemos el valor de cada lengua, sin poder de una sobre otra. Odiamos la palabra "dominante" porque representa poder injusto, poder establecido injustamente de un grupo o un individuo sobre otros. Y respetamos la autoridad por capacidad: aquellas personas que pueden ayudarnos a organizarnos y guiarnos en el camino por su saber, por su experiencia... Tales personas no necesitan imponerse sobre los demás exhibiendo títulos: solo necesitan hablar o actuar para obtener el reconocimiento automático de los que los rodean. Estoy seguro de que habrán conocido miles de personas así.
Volamos mentes, sí, y volamos murallas mentales: ayudamos a despertar, a pensar, a romper el asfalto con el que muchos pavimentaron y cubrieron nuestros sueños de ser y de sentir y de vivir y de luchar. Ayudamos desinteresadamente, damos clases sin cobrar, invertimos nuestros ahorros y nuestro trabajo en acciones que nos ayuden y ayuden a los que nos rodean. Creemos que el bien siempre vuelve, al igual que el mal, y, cuando regresa a las manos que lo engendraron, regresa multiplicado. Por tanto, somos siempre solidarios, y siempre actuamos a conciencia propia, olvidando las normas sociales que nos empujarían a actuar de tal o cual manera. Tales normas llevan encasillando y limitando a los seres humanos desde hace siglos, haciéndolos infelices, empujándolos a caminar caminos que jamás quisieron transitar... Esas normas y ese poder ejercido injustamente llevan a muchos a trabajar en puestos para los que no se sienten capaces, soportando la autoridad de personas mínimas y endebles que solo tienen un título para sentirse superiores y ser alguien. Esas normas llevan a temer a un Dios cristiano vengativo, o a un cura que tiene en su mano el perdón de nuestros pecados. Esas normas llevan a que seamos discriminados por pobres, o por homosexuales, o por diferentes, o por... lo que sea.
Siempre hay una razón por la cual el poderoso aplasta y oprime. Siempre hay una razón por la cual alguien queda en la base de la estructura, soportando la gran pirámide, soportando los vicios y las falencias de otros.
Quizás vivimos transitando un camino al costado del mundo. Pero nosotros, los anarquistas, sabemos que no es así. Sabemos que estamos bien adentro del mundo, que luchamos por lograr una igualdad, una fraternidad y una libertad defendidas desde hace siglos, desde Jesús de Nazareth a los revolucionarios franceses. Sabemos que luchamos por un imposible, pero, al menos, es una causa noble por la que luchar, es nuestra causa, es una causa que nos honra con bienes mínimos. ¿Cuántos han caído por luchas más innobles, manchados de sangre? ¿Cuántos desperdician su vida tras un éxito y una fama que no lograrán jamás?
En las bibliotecas, la anarquía es sencilla. Abrir los estantes, abrir las cabezas, abrir los libros, volar los muros, enviar la cultura a sus destinatarios por todos los canales posibles... Desconocer límites, desconocer imposibles, olvidar las normas... Trabajar en equipos, en células, en estructuras orgánicas y horizontales en la cual cada individuo desempeñe el papel que mejor sepa desempeñar. Abrir los ojos y las orejas de nuestros lectores, desatar trabas, proporcionar herramientas para el crecimiento, acompañar de la mano en los primeros pasos del desarrollo cultural, solidarizarse con aquellos que no pueden acceder a la educación o a la lectura...
Y, sobre todo, olvidar todas las barreras de autoridad olvidables. No todas pueden ignorarse, pero aquellas contra las que se pueda luchar, deben ser eliminadas. Porque la biblioteca ha sido, desde siempre, parte del alma del ser humano, el reservorio de gran parte de su cultura escrita. Y debe convertirse en las alas de sus usuarios, alas que les ayuden a volar, a elevarse sobre sus miserias cotidianas: educándose, riéndose, informándose, soñando...
Quizás el anarquismo sea una de las filosofías más humanistas que existen. Porque se basa en la libertad del ser humano, y preconiza y lucha por la ausencia de estructuras que limiten e impongan otras voluntades sobre la libertad y la voluntad individual, la cual debe ser respetada y protegida en todo momento.
Muchos son los que actúan como anarquistas sin saberlo, sin importarles las etiquetas. Y eso demuestra el valor intrínseco de tal postura ante la vida, ante el trabajo, ante la fe, ante las relaciones sociales, ante la política: el valor de lo natural, de lo notable, de lo respetable. El valor de la libertad individual. Algo que no puede ser sometido por la fuerza, ni comprado con muerte y sangre. Solo puede ser defendido con las propias manos, y despertado con bombas.
Bombas en la mente.

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mayo 23, 2006

Más sobre oralidad y bibliotecas

Por Edgardo Civallero

La oralidad es parte intrínseca de la naturaleza humana. El lenguaje y su libre expresión es lo que hace al hombre lo que es. Sin lengua no existiría gran parte de nuestra cultura e identidad como humanos. No habría socialización, ni educación, y mucho menos sociedad (una estructura construida en base a relaciones generadas por el habla).
Negar su importancia es negarnos.
Lo escrito no existiría si, previamente, no existiese lo hablado. Es un sistema secundario, dependiente y artificial (como señalan muchos grandes lingüistas). Con esto, no niego su tremenda importancia en la historia de las civilizaciones. Pero tampoco la ensalzo como a una Diosa. Simplemente, la pongo en su justo lugar, es decir, a la par que lo oral. Ciertamente, la escritura hizo progresar a muchos pueblos. Pero no olvidemos que condenó a gran parte de la humanidad al olvido, porque, a lo largo de la historia, escribieron los poderosos, y reflejaron la voz del vencedor. Lo escrito siempre fue "poder", y el poder no está en manos de todos. Lo oral sí: es popular, es democrático, y puede usarlo cualquiera que sepa hablar.
No olvidemos tampoco que, si bien la escritura sentó las bases de muchos pueblos, otros miles crecieron y vivieron sin ella. Considerar analfabetismo o agrafía como sinónimo de "subdesarrollo", "no-evolución" o "no-progreso" es una postura deplorable, evolucionista, que ha llevado a la discriminación y al olvido de mucha gente por considerárseles incapaces de leer o escribir.
Lo oral es importante y valioso. Es un tesoro, un milagro, parte de nosotros, de cada uno de nosotros. Y, como tal, debe ser protegido y conservado. Un alto porcentaje del saber humano no ha sido escrito nunca, aún hoy. ¿Diremos, por ello, que no existe o que no es valioso? Es un saber transmitido de boca en boca, a lo largo de generaciones, y nosotros mismos somos depositarios de parte de él. ¿Vamos a considerarlo, por el mero hecho de ser oral, como inadecuado, pobre, poco poderoso, poco digno de consideración?
Tal actitud me provoca cierta desconfianza. Y cierta tristeza.
Lo oral se caracteriza por su inestabilidad, pero también por su riqueza, por su complejidad, por su adaptabilidad. Es un soporte con sus propias características, y no por ser diferente o complicado debe ser infravalorado o desacreditado. Repito mi pregunta: ¿consideraremos a lo hablado como inferior a lo escrito porque el texto es y fue fuente de poder, de desarrollo, de seguridad? Me parece una postura triste. Y pobre. Sobre todo porque lo escrito es igual de inestable que lo oral, como bien demuestra todo el saber que se perdió por una simple chispa en Alejandría, Sarajevo o Bagdad. ¿Dónde quedó el poder de Nínive o de Pérgamo? ¿Dónde las memorias de esa gente, de esos grandes autores que confiaron en la "seguridad innegable" de la palabra escrita?
Está hecho cenizas. Porque el papel puede ser tan frágil como la memoria.
Guiarse por lo que parece más seguro no es siempre una buena actitud en la vida. Despreciar a lo que parece inseguro tampoco es una buena actitud. Generar propuestas que den su valor a cada cosa, que integren, que complementen, me parece algo más positivo, más creativo y más humano.
Lo oral es parte integrante de nuestra memoria, cómo bien lo demuestran miles de culturas universales con riquísimas tradiciones orales, y miles de programas de narración de hoy en día, y miles de grupos de cuenta-cuentos que trabajan en la actualidad de aquí a Java. ¿Quizás esa pobre gente está perdiendo su tiempo en algo inservible? ¿O quizás estamos tan cegado con los valores que nos dan como "seguros" y "poderosos", que hemos perdido la capacidad para detectar la importancia y el valor de las pequeñas grandes cosas?
Se memoriza hablando y repitiendo, no escribiendo. Se memoriza contando, diciendo, y se aprende mejor de la palabra hablada que del texto, como bien saben cientos de miles de maestras/os en todo el mundo. El decir, además, permite una riqueza de expresión que queda muy limitada en la palabra escrita, como ya señalaran los clásicos griegos (que conocían muy bien el poder de la palabra hablada).
Si lo oral no fuese memoria, miles de argentinos no sabríamos nada de nuestros antepasados inmigrantes ni de su gesta viajera, ni los pueblos campesinos recordarían sus tradiciones, ni los pueblos aborígenes contarían los ciclos de la Tierra. Y así hasta el infinito.
Hay un patrimonio cultural tangible y otro intangible, como bien declara la UNESCO desde hace años. Y es ese organismo el que fomenta la protección de la oralidad y de la tradición oral, incluso en declaraciones conjuntas con IFLA referidas a las bibliotecas públicas. ¿Quizás estos señores están equivocados?
No podemos negar el valor de la tradición oral. Permite el reconocimiento de la cultura propia, de la memoria grupal individual, y el uso esmerado del lenguaje propio, algo que en muchas sociedades urbanas literatas se ha perdido (como bien saben miles de docentes de lengua).
Si la biblioteca es una institución gestora de memorias (y no un mero almacén de textos), debe ocuparse de los dos aspectos: el escrito y lo oral. Es una doble labor: puede alfabetizarse y a la vez promocionarse lo oral, apoyando los propios deseos de la comunidad (para eso estamos los bibliotecarios: para dar un servicio desde un punto de vista de desarrollo de base y solidaridad). Y cuando hablo de promocionar la oralidad no hablo solo de transformarla en documentos escritos o audiovisuales (a muchos no les servirían, pues no sabrían leerlos o no tendrían los aparatos para verlos). Hablo, sobre todo, de brindar espacios y apoyo a la expresión de la palabra hablada, desde la comunidad y por la comunidad.
Las técnicas de recolección de tradición oral deberían ser conocidas por los bibliotecarios, gestores de la memoria. No es sólo tarea de historiadores, sociólogos y periodistas. Quizás algunos museos lo hagan... pero no hablo de museos: hablo de bibliotecas. Quizás algunas bibliotecas "grandes" lo hagan... pero no hablo de esas, que son el 5% de todas las que hay: hablo de todas ellas, especialmente de las comunitarias y públicas, que son las que están en un contacto más directo con las poblaciones que mantienen una fuerte tradición oral, y que necesitan de servicios de apoyo a esa tradición.
Lo oral no debería ser empujado hacia lo escrito. Debería ser enriquecido y complementado con lo escrito, pero jamás transformado. Eso se llama aculturación, o quizás presión cultural. Y es espantoso, porque es sinónimo del verbo "anular". He sido testigo de tales procesos, y de sus resultados, que solo dan una infinita pena: gentes que olvidan sus tradiciones y su saber, su memoria y su arte, porque fueron convencidos y educados de que el texto escrito es la base del saber, es lo valioso, lo útil, lo poderoso, la herramienta para insertarse en la sociedad global. Esa es una postura positivista y materialista, y condujo a muchas culturas a perder su identidad y a posicionarse en un limbo del cual, ahora, nadie las saca.
Disto mucho de condenar lo escrito. Condeno únicamente la importancia mayúscula que se le da, en detrimento de otros medios de expresión y comunicación de la información. La escritura es un instrumento valioso y bello, lo mismo que lo oral.
Muchas bibliotecas "pequeñas" han emprendido muchos trabajos (no publicados) de promoción y difusión de la oralidad. Muchos programas de lecto-escritura apoyan tales actividades. Muchos centros de investigación también. ¿Estarán equivocados? Como digo, son muchos los colegas que han emprendido tales acciones, pero no disponen de formación desde la bibliotecología: conceptos, métodos, teorías propias o interdisciplinarias. Por ende, creo que es hora de construir algo. En eso estoy trabajando, de hecho...
Cordiales saludos desde una Córdoba gélida, en el corazón de la Argentina...

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mayo 19, 2006

Tradición oral, bibliotecas... ¡y muchos alumnos!

Por Edgardo Civallero

Estoy nuevamente en Trenque Lauquen, en el oeste de la provincia Buenos Aires, una pequeña gran ciudad que no deja de asombrarme por sus calles-boulevards, su calma, su limpieza y la amabilidad de su gente... He sido invitado a dar un Taller sobre recolección de tradición oral, una materia que, hasta donde sé, no suele dictarse muy a menudo en Argentina (al menos a nivel "popular") y en la cual tengo bastante experiencia. Es muy curioso: llegando a la ciudad, esta madrugada, me he enterado de que tendré 150 oyentes, y que la actividad ha sido declarada de interés municipal.
El interés por la recolección de testimonios orales viene de maestras, historiadores, docentes de niveles secundarios e investigadores particulares. En un país en el que la memoria parece estar hecha de humo, y en el que hay tantas historias por recoger (especialmente la de aquellos que llegaron de lejos, inmigrantes, buscando una nueva vida, o la de los pueblos originarios...), enseñar las técnicas de cómo hacerlo con propiedad es algo tremendamente positivo, y que tiene -como acabo de comprobar- una respuesta entusiasta.
Mis actividades en el PROPALE de la UNC, como docente de Bibliotecología, me han empujado a comprobar que, en casi todos los proyectos de bibliotecas populares y comunitarias -e incluso áulicas- planteados por mis alumnas (bibliotecarias, animadoras a la lecto-escritura y docentes de letras) se incluye siempre, indefectiblemente, la recolección de tradición oral. Esto subraya la importancia que tiene esta actividad, y la poca que le damos los profesionales de la información, para los cuáles tal tema pertenece al área de la Historia o la Sociología. Como Bibliotecólogo e Historiador, creo que la oralidad es una parte más de la información valiosa que debe ser recogida en una "institución gestora de memoria" como es la biblioteca. Creo que las entrevistas de recogida de oralidad deberían ser consideradas una herramienta más de adquisición de fondos documentales, y que la propia biblioteca, como pulmón cultural de la humanidad, debería promover tal labor, convirtiéndose, además, en protectora de los materiales obtenidos, en gestora y difusora de los mismos.
La palabra hablada tiene tanto -sino más- valor que la escrita. Refleja las vicisitudes, las creencias y los conflictos y triunfos del pueblo, de ese pueblo que compone un gran porcentaje de la población y que jamás pudo escribir y publicar sus experiencias de vida. Es un caudaloso acervo de conocimiento que se pierde con la muerte de cada testigo, de cada narrador.... Y ciertamente, los bibliotecarios deberíamos conocer mejor cómo gestionar ese saber: cómo buscarlo, cómo obtenerlo, cómo protegerlo y cómo hacerlo público, para que la comunidad use y disfrute de su propia memoria colectiva, de sus propios recuerdos. Para que, a partir del pasado, se reconozca y comprenda el presente y se construya el futuro. ¿Acaso no hacemos eso con los propios libros que manejamos?
Espero -en breve- estar publicando on-line los materiales que componen el Taller que dicto, los cuales asumirán forma de Guía o Manual... Quizás de esta forma, las técnicas se difundan y comencemos, entre todos, a mantener vivas las voces de los que han vivido en el silencio de la información.
Saludos cordiales desde la bellísima Trenque Lauquen

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mayo 04, 2006

Sobre Cuba

Por Edgardo Civallero

(Las opiniones vertidas en este weblog son completamente personales. El autor se hace completamente responsable de las mismas, pero no espera que sean necesariamente compartidas).

Me fumo el cigarro "Montecristo" (la marca que fumaba Ernesto Guevara, el famoso "Che") que me trajo mi colega Silvia Nataloni desde Cuba, mientras paladeo, a la vez que el delicioso aroma del habano, los sones del CD de Amaury Pérez que me envió la colega Rosa Báez, la editora de la conocida "Librínsula", trabajadora de la Biblioteca Nacional de Cuba "José Martí".
El cigarro "Cohiba" (la marca que suele fumar Fidel Castro) ya nos lo fumamos con Silvia, a mitades, hace un rato, frente a unas cervezas y a unas empanadas, celebrando su retorno de la isla caribeña (aunque en realidad volvió hace semanas). Si bien escucho y escucho opiniones encontradas sobre Cuba, quería conocer, de primera mano, la de alguien que estuvo recorriendo la isla por su cuenta durante quince días, alquilando un auto y moviéndose en forma independiente, de aquí para allá, comiendo donde los cubanos comen (la mayoría de las veces, Silvia comió lisa y llanamente en sus casas, disfrutando la maravillosa hospitalidad del pueblo antillano), durmiendo donde los cubanos duermen, y compartiendo trabajos y problemas.
Desde que nuestros espacios profesionales se han llenado de debates en torno a la "cuestión cubana", quise saber que había de verdad y que había de mentira en muchos puntos expresados. Aunque, quizás anestesiado por los efectos del "Montecristo", ahora pienso que, al fin y al cabo, nadie puede tener la verdad sobre un tema dado, sino una opinión particular, una visión puntual de la realidad.
Aún así, los hechos son los hechos.
Más que contarme su periplo cubano, Silvia tuvo que responder a mis preguntas (a veces puedo ser muy invasivo y muy hartante). Así me enteré que las tasas de analfabetismo en Cuba son bajísimas (0.7 en la población menor de 15 años, en el periodo 2000-2004); que el sistema educativo da envidia por su calidad; que la cultura general de los campesinos del café no difiere mucho de la de los estudiantes universitarios (y viceversa, algo muy importante...); que las actividades culturales son impresionantes y de una elevadísima calidad; que los sistemas médicos son impecables (pero eso ya lo sabíamos); que la educación a distancia es valiosísima; y que las bibliotecas, las tan discutidas bibliotecas, deberían ser un ejemplo para el resto de las de Latinoamérica.
Silvia no encontró impedimento alguno para viajar por donde quisiese y para hacer lo que desease (siempre dentro de lo que llamaríamos "costumbres civilizadas"...), ni para entrar o salir del país, ni para leer o participar de la vida cotidiana del pueblo cubano. Las trabas que sufren los cubanos son las comunes en toda sociedad, incluidas las nuestras (ah, pero... ¿no sabían que muchos de los nuestros tienen trabas para hacer cosas en sus propios países? Pídanle a un limpiador de cristales de coche callejero que se aloje en el Hotel Sheraton, y verán como el asunto no pasa únicamente por la solvencia económica...).
Mi pregunta principal era: "¿Y los problemas?". Sí, sí, lo sé: el negativo de siempre, ¿verdad? Pero esa era mi gran duda. Silvia sonrió al responderme: "Los mismos que los nuestros". La respuesta parece tonta, pero, después de meditarla -mientras bebía mi cerveza-, más que tonta me pareció revolucionaria. La información cubana se difunde a través de los 4 canales de TV del Estado, por ejemplo. Con ello suele hablarse de censura y control gubernamental. Pero ¿qué país latinoamericano puede jactarse de recibir "información verdadera, no filtrada ni manipulada" a través de sus canales de TV públicos o privados, o a través de sus informativos? ¿Cuál es la información verdadera? ¿La que nos llega a través de CNN y las agencias internacionales de información? Podría hablarles de la TV argentina -con una entretenida programación llena de concursos baratos, telenovelas/culebrones y programas de chismes- y de los noticieros argentinos -que apenas se hacen eco de otra cosa que no sean noticias sensacionalistas, y que dejan de lado, muchas veces, la realidad imperante del país y la del resto del mundo- pero hoy no tengo ganas de amargarme, sobre todo porque las cervezas previas y este cigarro me pusieron de muy buen humor (y no es para menos). Silvia me comentó que, entre los estantes abiertos de las bibliotecas cubanas (sí, totalmente, abiertos... ¿Pueden jactarse de lo mismo, colegas?), encontró todos los títulos que quiso encontrar... y más aún. Que las librerías "de viejo" ofrecen de todo (y Silvia tiene un gusto intelectual muy amplio en cuanto a libros), que las bibliotecas apoyan la educación universitaria a distancia y que las escuelas abren aunque sea por unos pocos alumnos en el medio de la Sierra o los campos... ¿Cuántos países latinoamericanos podemos enorgullecernos de tal cosa?
A muchos les molesta ver un gobernante "eterno y vestido de uniforme". Pero... ¿cuántos lobos disfrazados de ovejas tenemos en nuestros gobiernos? ¿Cuántos dictadores disfrazados de “hombres buenos” tenemos, acariciando con una mano de lana y pegando con una de plomo, como el mítico "duende" argentino? Fíjense que cosas: a otros les molesta ver al presidente boliviano, sencillamente vestido con su eterna chaqueta de cuero negra y su camisa abierta, en actos oficiales. "Eso no es un presidente: eso es cualquier cosa, usted" me dicen. ¿Hace falta mantener un discurso populista y unas apariencias decentes e impecables, como las del presidente argentino Kirchner o las de su par chilena recién electa, para ser aceptados, aunque después se haga todo lo contrario?
[En Chile, y a pesar de los discursos conciliadores oficiales, los campesinos Mapuche que claman por la propiedad de sus tierras ancestrales siguen siendo encarcelados, de acuerdo a la "ley anti-terrorista", que los procesa como tales por sus actos de protesta. En Argentina, el pueblo sigue pasando necesidades mientras el presidente abre los brazos, amoroso].

¿Hace falta vestirse de lujo y besar el anillo del presidente americano y del imperio global para ser buenos y aceptables en el ámbito internacional? Parece que sí. Parece que ocurre algo similar a lo que acontece en todas nuestras sociedades: ser fiel a uno mismo -aún cuando ello implique ser distinto al resto o ir a contracorriente- desacredita y conlleva una condena eterna. Es lo mismo que ocurre con nosotros, los anarquistas: somos criaturas del infierno porque decimos y hacemos lo que todo el mundo piensa pero se niega a hacer o a decir "porque no está bien" o porque "les da miedo". Los mismos que en charla de café coinciden plenamente con lo que pensamos, son los primeros que, en público, levantan el dedo acusador y nos relegan a un status social de parias, de inadaptados. O los que callan.
Quizás lo mismo pase con Cuba y su sistema. Es el único país que conozco que está resistiendo a que el Imperio le ponga el yugo, algo que ya ha hecho con nosotros hace rato. ¿Los condenamos por envidia? ¿Los condenamos porque son diferentes, porque actúan en forma diferente, y lo diferente siempre molesta al ser humano? ¿Los condenamos porque no sabemos, y hablamos desde el desconocimiento o la ignorancia?
Silvia me comenta que la sección isleña "disconforme" con la política castrista abarca a gente de entre 30 y 50 años. Los viejos y los niños-adolescentes no tienen dudas acerca de su sistema de vida. A los otros les han llegado plenamente los influjos del mundo consumista y globalizado. Y las tentaciones son difíciles de resistir. Pasa lo mismo en esos pueblos indígenas que han vivido tranquilos por siglos hasta que llega el primer blanco "innovador" y les pudre los dientes a los niños con caramelos, regalos de la "civilización". Los niños querrán más caramelos, aunque se queden sin dientes. La atracción es muy fuerte: las consecuencias, no medidas. También en esos pueblos pasa que se les enseña que es "civilizado" vestir con camisetas baratas y pantalones cortos, y que es "incivilizado, malo, despreciable, pecaminoso e inmoral" andar desnudos o vestir con taparrabos. La identidad y el bienestar del pueblo terminan desapareciendo, y el pueblo se integra a un mundo en el que van a pasar a ser uno más de la larga lista de esclavos del Imperio y de la sociedad occidental, intentando insertarse forzadamente en un mundo que no suele abrirle las puertas, e intentando creer en una escala de valores que no comprenden ni les sirve. El paralelismo con nuestra propia situación –si bien el ejemplo es exagerado- salta a la vista. Quizás los cubanos lo sepan, y si bien, para muchos, la tentación es grande, otros "piensan" (deporte que nosotros ya no practicamos con frecuencia) y se dan cuenta de cuales son los colmillos del chacal.
Latinoamericanos que me leen... ¿Podemos decir honestamente que vivimos bien, que nuestras calles son seguras para caminarlas de noche (o aún de día), que nos educan como merecemos, que nuestros gobernantes son limpios y leales con nosotros y nos representan debidamente, que nuestra sociedad no nos oprime y no nos empuja a "perseguir la zanahoria" eternamente, tras un éxito que nunca llega, tras un "tener para ser" que jamás nos hace felices (aunque lo parezca)? ¿Podemos decir que nos dan la información que merecemos, que el Gobierno teme a su pueblo -y no el pueblo a su Gobierno-, que podemos comprar en nuestras librerías y Grandes Ferias ese libro que buscamos o que se nos antoja, que disfrutamos de una oferta cultural amplia, inteligente y plural, que la violencia familiar no existe o es controlada eficazmente, que la policía no reprime, que podemos luchar sin problemas por lo que consideramos justo? ¿Podemos asegurar, con una mano en el corazón, que en nuestros países no existen la corrupción política, el clientelismo, el nepotismo? ¿Que no existe la discriminación, el racismo, la pobreza, el hambre, la miseria, el olvido de los que menos tienen en favor de los que más tienen? ¿Podemos afirmar, sinceramente, que en nuestros países no hay ricos y pobres, o no hay ladrones y asesinos (algunos, de guante blanco y bien protegidos por las mismas leyes que juraron cumplir y respetar)?
¿Podemos? ¿Pueden asegurarlo ustedes, colegas internacionales que leen también estas páginas? ¿Pueden, en verdad?
Respóndanse esa pregunta y luego, después de asimilar la respuesta (que será dolorosa, se los garantizo), decidan si alzar el dedo o no contra Cuba. Pues, como dijo hace siglos un Nazareno -un adorable y genial tipo del pueblo, que seguramente no tendría problemas en tomarse unos rones conmigo si viviera hoy- "el que esté libre de culpas, que tire la primera piedra". También se dijo, en unos de los Grandes Libros (recuerden que hay varios), que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el nuestro… ¿Recordamos esto con frecuencia?
Y recordemos que Cuba no es Fidel Castro. Y este texto -y su autor- no está ni a favor ni en contra de tal gobernante y su gobierno. Este texto pretende recordar, en principio, que Cuba es un pueblo, el cubano, que vive a la par nuestra, que sufre como todos nosotros, que ríe y canta (de una forma maravillosa, por cierto) como nosotros lo hacemos... Y que lucha para no convertirse en una provincia más del Imperio, en un territorio en el cual los "dueños del mundo" campeen a sus anchas “como Pedro por su casa” y hagan lo que les plazca (cosa que hacen con todas nuestras naciones, por sí aún no habían caído en la cuenta). La lucha de los cubanos es la misma que la de los venezolanos y la de los bolivianos. Buscan respeto, autodeterminación, libertad... Cada cual a su manera, pero la buscan ¿Nosotros lo hacemos? ¿Luchamos por ello? ¿O somos simples espectadores inertes e inermes de nuestras vidas sociales, de nuestras vidas políticas, manejadas por otros a su entera conveniencia?
Cuba es de los cubanos. Nuestros países, colegas... ¿son nuestros? La mitad de la Patagonia argentina está alambrada y pertenece a estancieros extranjeros que apenas si pisan sus tierras y que no nos dejan acercarnos a algunos de nuestros lagos (los cuales son, por ley nacional, propiedad de todos los argentinos), y que se llevan las ganancias extraídas de "sus" tierras fuera de nuestro país. ¿Qué hacemos al respecto? ¿Respetamos nuestro país? ¿Somos una nación libre y soberana? El oeste de la provincia de Formosa fue comprada por una compañía australiana (a 3.5 dólares la hectárea) para talar lo poco que queda de selva y vender maderas preciosas a Asia. Esas tierras pertenecían a los pueblos indígenas de la zona (wichi, nivaklé, yofwaja). Esos pueblos son argentinos, esas tierras son argentinas. ¿Hacemos algo? ¿O nos dejamos robar mientras seguimos sentados cómodamente en nuestras butacas, anestesiándonos con la porquería televisiva de turno? ¿Cuántos casos similares hay en Latinoamérica, en el resto del mundo? ¿Podemos alzar la mano contra un pueblo que aún lucha, que aún cree -a pesar de las opiniones divergentes, prueba palpable de una buena salud intelectual, que otros países silencian-, que aún se defiende de un sistema que ha demostrado ser totalmente injusto aquí y en el mundo entero?
El cigarro se me termina. Una pena, porque saborearlo fue maravilloso. Mirando las cenizas, recuerdo algunos discursos que he leído en las listas profesionales de bibliotecarios latinoamericanos, escritos por la pluma del Sr. Robert Kent. La mayoría suenan a ataques indiscriminados contra Castro. Algunas de sus ideas son apoyadas por ALA y por Asociaciones Nacionales de bibliotecarios de países como Polonia y Lituania, que han suscripto reclamos (a elevarse a la IFLA, inclusive) cuestionando la situación de la censura y las bibliotecas en Cuba... En principio ¿hay tal cosa? ¿El odio del Sr. Robert Kent proviene de algún motivo en particular? ¿Es propio y personal? ¿Se frustró Mr. Kent por no poder disfrutar de sexo, ron y playas baratas en Cuba, como hacían sus conciudadanos en los viejos tiempos? ¿Y las Asociaciones? ¿Saben de qué hablan o apoyan la opinión de un tercero sin escuchar otras campanas? ¿Saben lo que piden a la IFLA, una Asociación internacional de bibliotecarios? ¿Se dan cuenta de lo que significa que tamaña organización condene la situación en un país?

[Para los que no se dan cuenta, les explico que significa que la institución que representa a los bibliotecarios del mundo condene la censura en un país (¿hay tal?), lo cual equivale a una condena conjunta de todos nosotros].

¿Habrá meditado el Sr. Kent (y sus amigos) acerca de las opresiones que se sufren en su propio país gracias al Acta Patriótica, del racismo que se paladea en las calles, de la violencia en cada casa, de las tasas de asesinatos en Minneapolis -que asusta hasta a sus vecinos canadienses-, del sistema bélico y las tormentas de sangre que su nación y sus ejércitos han desencadenado en todo el mundo? ¿Habrá visto su propio patio antes de criticar al ajeno? ¿Habrá visto las penurias que su sistema socio-político provoca en el "tercer mundo" antes de criticar las "tristezas" que provoca Castro con su "dictadura"? ¿Habrá escuchado la voz de cientos de colegas norteamericanos, apoyando a las bibliotecas cubanas y criticando enconadamente -y sin resultados- las violaciones a la privacidad y la censura organizada y encubierta del gobierno de Bush?
Lo sé: "mal de muchos, consuelo de tontos". No trato de justificar los males que quizás sufra un país comparándolos con los muchos que sufren otros. Tampoco trato de presentar a Cuba como un país perfecto y utópico. Trato de hacerles ver que no todo lo que oímos es tal y como parece, y que conviene sentarse a pensar, primero, e informarse bien.
Si queremos entender a Cuba y colaborar con su pueblo, empecemos por escribir a nuestros colegas, por saber quiénes son, qué piensan, cómo viven, qué quieren, qué necesitan y cómo podemos echarles una mano, si la desean. En forma respetuosa, cordial, abierta y solidaria. A mi modo de ver, es la mejor manera. La más humana.
La libertad de expresión debe estar garantizada. Y hablar desde la rabia ocurre a veces, como parece ser el caso de Kent. Así, seguiremos leyendo estas opiniones de condena a Cuba y a su régimen (que, al fin y al cabo, representan opiniones contra los cubanos que creen en ellas). Sin embargo, creo que el punto aquí no está en defender posturas a ultranza, ni en lo que leemos (cada cual es dueño de leer y escribir lo que desee, respetando ciertas formas), sino en lo que creemos. Estas opiniones deben servir para despertarnos, para hacernos dudar, para ser revulsivas de nuestro calmo mar interior. Deben servir para ayudarnos a formar nuestra propia opinión. Qué sirvan para empujarnos a saber, a averiguar, a pensar, a formar nuestra propia personalidad. P-r-o-p-i-a (eso significa "no prestada, no impuesta, no adquirida de manos de otro").
Es precisamente lo que se propone este texto, que suena a discurso pro-castrista pero dista mucho de ser tal. Sólo pretende plantear la posibilidad de que existan otras opciones, y de que debemos ejercitar el arte de informarnos y pensar. Lo sé, es un ejercicio cansador: a veces es más fácil hacer propia la primera opinión que escuchamos, sin evaluarla, masticarla, digerirla y asimilarla. Pero es mucho más saludable ejercitar el arte de la propia libertad de pensamiento. Y créanme, no cuesta tanto. Yo la ejercité -junto con mi insaciable e invasiva curiosidad- ayer mismo, frente a unas cervezas y unas empanadas, disfrutando del sabor de un "Cohiba" que ya no olvidaré.

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