Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

julio 11, 2006

Viajando (de Congreso en Congreso...)

Viajando de congreso en congreso

Por Edgardo Civallero

Hace mucho tiempo, unos amigos de habla quechua me bautizaron wayrachaki. La traducción literal es "pies de viento". Una traducción aproximada –y menos poética– al castellano sería "nómada, trotamundos, andariego...". Me enganché a ese apelativo desde que me lo pusieron por lo bien que me define: amo viajar, sea donde sea y cómo sea.

Y de ahora en más, y hasta fin de año, un buen número de eventos profesionales me van a tener en movimiento por Latinoamérica. Estos eventos van a congregar a colegas de los cuatro horizontes de esta tierra en donde los inviernos australes se funden con los veranos boreales.

Dado que tengo la (¿vana?) esperanza de poder participar en todos ellos de una forma u otra (además de estar asistiendo un año más a la Reunión de IFLA, esta vez en Seúl, Corea del Sur), creo que podré publicar algunas novedades acerca de los mismos, de los personajes que participen, de las temáticas tratadas y de los ambientes en los cuales se desarrollen, así como de las realidades bibliotecológicas y humanas de los países anfitriones.

Por ende, quiero realizar una presentación general de estos encuentros. Muchos de ellos aún tienen abiertos los plazos para la presentación de trabajos: éste es un punto importante para animar a la participación, a la colaboración y, por supuesto, a la asistencia.

Si bien muchos Congresos en los que he participado últimamente me han decepcionado personalmente (lo cual no significa que fuesen malos), quiero confiar en que los espacios de intercambio de experiencias siguen siendo una buena apuesta para el crecimiento profesional de nuestra comunidad bibliotecológica.

Veamos, pues... La primera cita de esta apretada agenda será en Guatemala, en donde un animado grupo está preparando el V Simposio Nacional de Proyección y Actualización bibliotecológica, con el título "La función social de las bibliotecas en el desarrollo del país". Organiza la Universidad Rafael Landívar con la colaboración de varias instituciones, y tendrá lugar entre el 4 y el 8 de septiembre. El tema seleccionado por los colegas centroamericanos me parece importantísimo, realista y profundamente comprometido, una postura muy necesaria ya en Bibliotecología. Los cuadernos de trabajo de los principales centros bibliotecológicos internacionales incluyen esta temática: el rol social del bibliotecario. Muy pocas curriculas de nuestras Escuelas contemplan formación al respecto, por lo que los trabajos de investigación y exposición práctica que se presenten en la capital guatemalteca serán de sumo interés para el desarrollo de nuestra profesión en un contexto social cada vez más necesitado de acciones y más cansado de teorías y promesas.

México queda muy cerca, así que es posible realizar una visita a las sesiones presenciales del II Foro Social de Información, Documentación y Bibliotecas, que tendrán lugar en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM (México D.F.) los días 7 y 8, y que son continuación del encuentro mantenido en Buenos Aires en 2004. Las sesiones virtuales de dicho Foro llevan realizándose desde marzo de este año: los trabajos de las distintas Comisiones pueden ser consultados en el sitio del FSIDyB. El Congreso de la IASA (Asociación Internacional de Archivos Sonoros y Audiovisuales) tendrá lugar allí mismo, entre el 9 y el 14, y un poco más al sur, en Oaxaca, la RIBDA (14º Reunión Interamericana de Bibliotecarios, Documentalistas y Especialistas en Información Agrícola) convocará a los colegas interesados en este área.

El siguiente encuentro será al sur del sur, en Rosario (Argentina), bellísima ciudad situada a orillas del enorme y bermejo río Paraná. Allí, entre los días 15 y 17 de septiembre, la ABPR (Asociación de Bibliotecarios Profesionales de Rosario) organiza las VII Jornadas Regionales y V Provinciales de Bibliotecarios, bajo el lema de "Dimensión humana, política y tecnológica de la información". Esta reunión regional –que convoca a muchísimos profesionales interesados en varias áreas de nuestra disciplina– se realiza cada dos años, así que no es cuestión de perdérsela.

La siguiente estación de este itinerario se encuentra al oeste, en Oruro, en las tierras altas bolivianas. Esta ciudad, cuna de la "Diablada" (expresión cultural proclamada "Patrimonio Cultural de la Humanidad" por la UNESCO) será la sede del III Congreso Nacional de Bibliotecología, Documentación, Archivística y Museología, organizado por el Colegio de Profesionales en Ciencias de la Información de Bolivia. Se realizará entre el 27 y el 29 de septiembre, bajo el título "El derecho de acceso a la información en Bolivia". Los excelentes resultados obtenidos en las jornadas del año anterior garantizan que las de este año serán de una alta calidad académica, amén de verse enmarcadas por un entorno natural y cultural y por un pueblo –el boliviano– que, estoy seguro, harán que los participantes disfruten totalmente del encuentro. Es de destacar que la producción intelectual boliviana en cuanto a bibliotecología destaca por su solidez, al igual que la labor realizada por sus numerosos centros de documentación. El intenso momento histórico y social que vive la nación en estos momentos aumenta el interés por visitar el hermano país andino y compartir sus experiencias y su saber.

Un mes después el punto de encuentro se desplaza al norte, siguiendo la corriente del gran río, y se sitúa en la ciudad de Asunción, en Paraguay, donde la Asociación de Bibliotecarios Graduados de Paraguay presenta el I Congreso Internacional y VI Congreso Nacional de Bibliotecarios, Documentalistas y Archivistas de Paraguay, con el título "El desarrollo humano en la Sociedad del Conocimiento: un análisis desde América Latina". Tendrá lugar entre el 16 y 17 de octubre, y la fecha de cierre para la recepción de trabajos es el 31 de agosto. Estoy seguro de que la proverbial cordialidad y calidez que caracterizan al pueblo paraguayo, así como lo interesante de las temáticas a tratar, harán de este evento algo imperdible. Las perspectivas latinoamericanas sobre la Sociedad de la Información y sus efectos en nuestra realidad continental me parecen muy necesarias: no siempre el contexto regional es tenido en cuenta por las potencias que hacen girar el paradigma del conocimiento. Creo que poner el acento sobre nuestras necesidades, posibilidades y puntos de vista es saludable y muy positivo a la hora de construir caminos a futuro para nuestras bibliotecas.

En noviembre la actividad continúa. Recostada al pie de la cordillera andina, la ciudad de Santiago de Chile será testigo del Primer Congreso de Bibliotecas Públicas de Chile, organizado por el Centro Bibliotecario de Puente Alto (una de las bibliotecas más grandes, vanguardistas y referentes en Chile; échenle un vistazo a este sitio), la Subdirección de Bibliotecas Públicas de Chile, la Biblioteca de Santiago y la revista "Pez de Plata". El evento tendrá lugar entre el 8 y el 10 de noviembre, y es de destacar que las bibliotecas públicas de los hermanos chilenos –de un nivel increíble– servirán de marco a todo el encuentro. Por lo tanto, habrá mucho que compartir y mucho que aprender de los enormes avances realizados en los ámbitos públicos chilenos.

Casi rozando este Congreso, habrá que desplazarse hacia el norte, cruzando los desiertos costeros, para llegarse a Lima, Perú, pues entre el 13 y el 15 de noviembre el Colegio de Bibliotecólogos de Perú organiza el II Congreso Internacional de Bibliotecología e Información, bajo el lema "La información: desafíos y retos en la era del conocimiento". Visitarlos será introducirse en un mundo más que interesante, activísimo, en el cual se pretenden tratar temas de vanguardia, como el Open Access y los recursos digitales en la Sociedad de la Información moderna.

Si a estas alturas no hemos quedado agotados, podremos seguir un poco más al norte, cruzar la frontera y situarnos en Riobamba, en tierras de Ecuador, en la mitad del mundo. Allí se prepara el IX Congreso de Bibliotecarios, Documentalistas y Archiveros, aunque, dado que aún está en preparación, no se puede decir mucho más. Sin embargo, conociendo el nivel de las bibliotecas y centros de documentación de los colegas ecuatorianos, puede asegurarse una masiva concurrencia y un muy buen nivel en las ponencias... al margen de que habrá un pequeño gran país por descubrir, con costas, sierras y selvas para visitar y asombrarse, y un horizonte humano, cultural y bibliotecológico más que interesante.

¿Agotados? Ni lo sueñen. Respiren en diciembre porque en febrero de 2007 La Habana será sede del BiblioArchi 2007 (12-16) y Buenos Aires, mi ciudad natal, alojará a los participantes del II Congreso Iberoamericano de Bibliotecología, organizadas por ABGRA entre el 14 y el 17 de abril.

Este agosto, entre el 19 y el 25, la capital de Corea del Sur albergará la 72º Conferencia y Consejo General de IFLA, en el cual, para mi suerte o desgracia, estaré participando con tres conferencias, un póster... y unas cuantas discusiones y debates profesionales muy encendidos. Dada la opinión contradictoria que me he forjado de tales mega-encuentros, no sé cuál será el resultado de mi trabajo o de mi participación. Lo que sé positivamente (porque lo aprendí tras el encuentro del año pasado, después de sentirme totalmente frustrado) es que ese viaje puntual me servirá para poder difundir, de alguna forma, las principales corrientes de pensamiento y acción que se estén desarrollando a nivel internacional. Además, podré contar un poco sobre la vida y la obra de la sociedad y las bibliotecas del este asiático, una región que combina asombrosamente lo mejor de su tradición milenaria con las más avanzadas tecnologías.

Me esperan unos cuántos kilómetros de viaje. Y no sólo llevaré mi trabajo profesional y mi curiosidad. También llevaré mis instrumentos musicales. Obtuve la oportunidad de difundir, en ámbitos académicos de los países que visitaré, un poco de la música tradicional / indígena de mi país, y de aprender mucho de la música y los instrumentos locales. Así que me queda un largo trayecto y mucho por hacer, definitivamente.

Espero poder retransmitir –en vivo o en diferido– algunos fragmentos de lo que vaya experimentando. No siempre pienso brindar la información más importante. Pretendo brindar una bitácora –de eso se trata esta página–, es decir, un cuaderno de viaje, un acercamiento humano y personal a otras realidades. Espero que ello permita a mis colegas comprender que no están solos, que hay muchos más trabajando, que vivimos en un mundo sin fronteras y que hay mucho, mucho haciéndose, y otro tanto por hacer.

Los saludos cordialmente desde debajo de los arneses de una mochila que cada día pesa más, y desde las páginas de un cuaderno de viaje en blanco, que esperan por notas y más notas.

Nos leemos por aquí...

Ilustración.

julio 10, 2006

Saber científico y Open Access

Saber científico y open access

Por Edgardo Civallero

Los próximos días 10–12 de agosto tendrán lugar en Buenos Aires las XIII Jornadas de Investigación y el II Encuentro de Investigadores en Psicología del Mercosur. Dentro de tal evento, se presentará la BVS-ULAPSI, la Biblioteca Virtual en Salud de la Unión Latinoamericana de Entidades de Psicología, una propuesta de Archivo de Acceso Abierto. La entidad que ha servido de modelo y base a esta red de trabajo es la ReBAP, sociedades científicas, asociaciones, etc.

Para la efectiva construcción de la BVS-ULAPSI, cada país debe generar su propia Biblioteca Virtual, según el modelo y orientados por la BVS-Psi Brasil. En lo referente a Argentina, se espera configurar la red durante las Jornadas arriba reseñadas. Confío en que los organizadores tengan mucho éxito, y que los colegas argentinos se sumen a la idea.

Todos estos eventos se basan en una misma idea: la del Acceso Abierto y su relación con la gestión del saber.

El movimiento Open Access (Acceso Abierto) es un esfuerzo internacional por garantizar el acceso libre a la información actualizada, especialmente a la de índole científica. Se pretende que todos –todos– los miembros de la sociedad, sean cuales sean sus características y sus posibilidades, accedan libre y gratuitamente a los avances culturales y científicos universales.

Se trata, básicamente, de liberar el conocimiento. Este objetivo puede lograrse a través de dos estrategias principales: Archivos Abiertos (que almacenen textos enviados por sus autores y los pongan a disposición de los lectores) y Publicaciones de Acceso Abierto (que se publiquen en línea de forma gratuita). Ejemplos de la primera son las Bibliotecas Virtuales o los archivos de E-LIS; ejemplos de la segunda son las revistas incluidas en el DOAJ (Directory of Open Access Journals, Directorio de Revista de Acceso Abierto).

Por si no lo sabían, una gran parte del saber tecnológico y científico humano (información estratégica para el desarrollo socio-económico y cultural de este planeta) es usada con fines de lucro. Es decir, se compra y se vende.

Estoy seguro de que lo saben. Quién más o quien menos, alguna/o de ustedes habrá blasfemado contra los precios exorbitantes (¿30 dólares por artículo? ¿El sueldo de cualquiera de ustedes a duras penas alcanza para pagar 10 de ellos?) que editoriales como Elsevier o Springer ponen a las revistas verdaderamente valiosas. Quién más o quién menos, habrán sonreído al ver los títulos que incluyen las bases de datos (¿entiéndase EBSCO?) que buenamente permiten el acceso libre a textos completos: todos menos los más necesarios (pero a caballo regalado no se le miran los dientes, ¿no?). Quién más o quién menos, habrán participado en las redes de colaboración organizadas a través de toda Latinoamérica entre bibliotecas y bibliotecarios de distintas disciplinas (p.ej. listas médicas como ABBA) para el intercambio de recursos. Y, quién más o quién menos, sabrán de todos los hackers asiáticos y europeos que se dedican a destrozar las barreras de seguridad de las grandes vendedoras del saber y a facilitar los contenidos atesorados tras esas murallas a todo el mundo, al mejor estilo Robin Hood. (Aunque sea "ilegal" y mis palabras suenen a "apología del delito", debo decir que admiro a esos tipos de corazón...). Y sabrán también de todas/os las/os colegas (y sus usuarios) que se "benefician" del trabajo de esos hackers.

[Sí, sí, es ilegal, lo sé, pero más ilegal debería ser vender conocimiento, o vedar el acceso al mismo a los países y sectores sociales que no pueden pagarlo, y que son precisamente los que más lo necesitan... No, nadie declara eso como "fuera de la ley" porque muchos se enriquecen con ello, así que permítanme aplaudir a alguien que, por una vez en la vida, hace justicia].

Quizás ustedes piensen que los profesionales y académicos que publican tales conocimientos ganan un buen dinero con ello. Se equivocan: nada más lejos de la realidad. A grandes rasgos (siempre existen excepciones) cualquier investigador produce saber, investiga, reflexiona y construye por el bien del propio saber, por el bien de los destinatarios... Lo sé, suena utópico, pero en líneas generales es cierto. Otro día podemos discutir acerca de los beneficios que obtienen los científicos de su labor (nadie vive del aire...). El punto aquí es que, cuando un profesional envía un artículo científico / humanístico a una revista para que se lo publique, no lo hace esperando cobrar. Nadie le suele pagar por ello. Sin embargo, la editorial que publica la revista (incluso su versión en línea) cobra fortunas por el acceso al texto completo del trabajo.

Quizás lo peor es que los autores publican –o intentan publicar– en las revistas más apreciadas, con mayor status (esas que son, precisamente, las más caras, las más importantes, las más interesantes, las más necesarias... las más inaccesibles). Esto ocurre porque, a la hora de redactar sus CV, esos profesionales necesitan, por fuerza, tener un cierto número de publicaciones en revistas de alto ranking. En muchos casos, si desean obtener becas o subsidios para seguir investigando deben colocar sus textos en revistas con altos niveles de impacto. De esta forma, el mejor conocimiento, el más actualizado, el de avanzada, queda limitado por las murallas de unos pocos títulos que se venden a precio de oro. Los autores no suelen ver un solo dólar (es más, quizás no tienen más remedio que publicarlo ahí) y los editores lucran con un saber que les pertenece desde el momento en que los autores les ceden sus derechos (copyright) pero que ni produjeron ni mejoraron: sólo difundieron.

¿Qué ocurre con esto? Sencillo: pocos pueden pagar las suscripciones, así que pocos leen los trabajos. Los que los leen obtienen un conocimiento estratégico, mejoran sus vidas, son felices, etcétera.

Y los que no... pues no.

Pero ocurre que, con toda esta parafernalia de claves, contraseñas y altos precios que encadenan el saber y lo limitan a las manos de unos pocos privilegiados, los científicos comenzaron a notar que perdían visibilidad e "impacto", es decir, que poca gente sabía de ellos y de sus investigaciones. Y si era así... ¿para qué investigaban? Esto ocurrió cuando surgían las primeras redes electrónicas de información / comunicación. Pronto comprendieron que, si se trataba de lograr difusión, podían obtenerla ellos mismos usando Internet de forma hábil. Por ende, comenzaron a buscar espacios libres en donde publicar sus productos sin perder, por ello, seriedad y calidad. Y si bien siguieron publicando en las revistas, fue más que nada por el status y el CV. Así nació el movimiento Open Access, respetando la antigua tradición científica de difundir el conocimiento como objetivo prioritario del investigador, y aprovechando las nuevas herramientas de información y comunicación digitales. Y sumando un poco de ética y equilibrio a una "Sociedad de la Información" que parecía haberse olvidado de los más desventajados.

Con el Acceso Abierto se garantiza la igualdad de oportunidades en el acceso a la información. Se garantizan, por ende, muchas otras igualdades y oportunidades: de crecimiento, de desarrollo, de solución de problemas, de educación cualificada, de información actualizada...

Asimismo, en algunos casos se garantiza la libertad de expresión. Pues muchos archivos abiertos dan voz a aquellos que son silenciados por las ideologías dominantes, que deciden qué trabajos se publican y qué bocas deben ser amordazadas.

En resumidas cuentas, se busca que se deje de comerciar con lo incomerciable, y que, haciendo un uso responsable e inteligente de las tecnologías que están comenzando a dominar el mundo, se libere el saber de todos a todos, sencillamente porque tal saber fue creado para el bien común.

Se busca eliminar restricciones. Nada más. Y nada menos.

Se busca también que se haga un uso razonable e inteligente del derecho de autor, un derecho del cual se aprovechan en forma tiránica muchos editores.

En el caso que cité al principio de este texto, estamos hablando de una propuesta de Archivo de Acceso Abierto enfocada a la Psicología, pero en nuestra profesión bibliotecológica existe una propuesta similar (E-LIS), y hay muchas otras en diferentes disciplinas científicas y humanísticas.

Creo profundamente y por instinto en la filosofía que subyace al movimiento de Acceso Abierto. Y me aferro a esas ideas –y las difundo, y las trabajo, y las enseño– cada día más, en especial cuando veo a futuros médicos (residentes en hospitales públicos, ganando 100 o 200 dólares) sin posibilidades de acceder a recursos actualizados de información que garanticen su adecuada formación. O a futuros ingenieros, o a futuros biólogos, estudiando con libros de hace 10 años "porque no hay dinero para comprar las ediciones nuevas o para pagar las suscripciones". Es en esos momentos cuando comprendo que de esa forma la salud, la educación, el crecimiento y el progreso de un país y de un continente se desvanecen. Es allí cuando me siento de este lado de una gran brecha, de una enorme muralla. Es allí cuando recuerdo las bibliotecas y los usuarios de ciertas bibliotecas europeas –visitadas durante mis viajes– y las profundas diferencias con las nuestras. Y se me hace un nudo en el estómago, y se me llenan los ojos de rabia. Y es allí cuando más me aferro a mis ideales de libertad y de anarquismo.

Y quizás sea en esos momentos cuando más admiro a los pocos que tienen el coraje de burlar –aunque sea ilegalmente– las condiciones nauseabundas que imponen los traficantes de conocimiento. Y darle alas a un saber que nació para volar.

Ilustración.

julio 03, 2006

Aventuras en la biblioteca...

Aventuras en la biblioteca

Por Edgardo Civallero

– Ustedes los bibliotecarios son un perno, Edgardo – me dice una amiga que estudia en una Universidad, aquí en Córdoba. Para los desconocedores de los modismos argentinos, "ser un perno" es algo así como ser una molestia. Una muy, muy grande.

Suspiro y le cebo un mate, tradicional proceso de nuestra región latinoamericana en el cual se vierte agua caliente en un recipiente de madera o calabaza –del tamaño de un vaso– lleno de hojas molidas y secas de yerba mate, un arbusto regional del estilo del té. La infusión que se produce se sorbe a través de una cánula metálica llamada bombilla. Se bebe por turnos (un mate no contiene más de cuatro o cinco sorbos) hasta que la yerba se lava, es decir, pierde su gusto y es preciso reemplazarla. Descrito así, parece un proceso difícil e incluso a mí, en este momento, no me parece ni agradable ni amigable. Pero para nosotros es una tradición muy arraigada: es una bebida que metemos al cuerpo cada dos por tres a lo largo del día, es una buena dosis de mateína (un alcaloide parecido a la cafeína)... y es todo un rito y una forma de relación social.

– ¿Así que "un perno"? – le digo a mi amiga, sonriendo irónicamente – ¿Y eso?

– Ayer fui a buscar un libro muy básico a la biblioteca de la "facu" – masculla, mientras toma el mate. – Estuve más de media hora intentando entender el sistema que utilizan las computadoras esas que tienen para buscar los libros...

– Los OPACs – la interrumpo, intentando aportar algún dato clarificador.

– Cómo se llame – me dice con fuego en los ojos, devolviéndome el mate vacío. – Honestamente, esas instrucciones están escritas para ser entendidas por ustedes y sólo por ustedes. ¿Pensaron en algún momento que hay gente como yo, que odia las computadoras? Me perdí, me perdí entre tantas combinaciones de teclas, entre tantas opciones...

– Bueno, tampoco es para tanto – le digo, intentando tranquilizarla y cebándome un mate, porque ahora es mi turno.

– ¿Ah, no? Después de media hora todavía estaba parada como una estúpida delante de la máquina, apretando teclas sin éxito, intentando seguir unas instrucciones que habían sido escritas por el demonio, y con una hilera de gente atrás mío que no te imaginás...

– ¿Mucha gente? – pregunté, por preguntar algo.

– No, mucha no, pero los resoplidos de impaciencia y las miradas de odio hubieran secado un lago.

– Uy...

– Pero eso no es lo peor. Que ustedes se crean los dioses de la tecnología y no piensen en nosotros, los pobres mortales que no entendemos ni papas de computación, vaya y pase. Si soy analfabeta en esto de las computadoras, es mi culpa. Y si soy tonta y no comprendo las instrucciones, es mi culpa también. – Le doy su mate, pues es su turno. Respira dos o tres veces para calmarse, mientras bebe la infusión caliente. – Lo lindo vino después...

– Ah... – respondí, mientras pensaba para mis adentros que muy "lindo" no tuvo que haber sido, dada la cara y el tono con los que lo dijo.

– Como no podía conseguir el libro a través de las computadoras, o como se llamen, me fui al mostrador de atención, a ver si las bibliotecarias me ayudaban. – Acá hizo un silencio mientras terminó el mate, me miró con el ceño fruncido, y, mientras me devolvía el mate vacío, me preguntó, curiosa. – ¿Son todas mujeres en tu profesión?

– Casi – le dije, mientras me cebaba un mate a mí mismo. – Los hombres somos poquitos. ¿Por qué lo preguntás? – dije, acabándome mi mate.

– Uffff, querido, vaya caras y vaya modales los de las tipas esas del mostrador. Aquello era un aquelarre... Parecía que estaban ahí para desanimar al uso de la biblioteca, o para echar a los estudiantes, o para ladrar... ¡No sé! – y gesticula con las manos, como hacemos todos los argentinos cuando nos excitamos. Se nota que el trato de las bibliotecarias del mostrador no fue el mejor.

– Pero ¿qué fue lo que pasó?

– Hice una cola de veinte minutos, hasta que me atendieron. Les pregunté por el libro que buscaba, y me mandaron a las computadoras a buscar el número...

– La signatura topográfica – apunto, mientras le paso un mate. Casi me lo tira a la cabeza.

– ¿Te gustan todas esas palabrejas, no? – me dice irritada. – ¿Qué carajo me importa cómo se llama ese número de mierda si lo que yo quiero es mi libro, nada más...? – Ya se había enojado. Feo. Muy feo. – ¿Ves? ¿Ves? Ese es el problema con ustedes: son tan organizados que le ponen nombres y etiquetas y burocracia y silencio y orden a todo, y todo tiene que seguir la estructura y el proceso adecuado... y yo sólo quiero mi libro para poder estudiar, o leer, o hacer piruetas con él, o lo que me venga en gana.

– Bueno, che, calmate – le pido. Se detiene y se toma el mate.

– Estoy segura que en tu carrera tienen una materia que se llama "tortura de estudiantes". ¿Qué les hacen a ustedes en esa Escuela de Biblioteco–lo–lo–lo... lo que sea? ¿Les cuadriculan el cerebro, se lo asfaltan? ¿Cómo es el asunto? ¿En serio, no se dan cuenta de que tanta estructura hace daño?

– Bueh, bueh... ¿Qué te dijeron en la biblioteca?

– Me pidieron que fuera a buscar el dichoso numerito a las "compus", pero les dije que no sabía usarlas. Me dijeron que las instrucciones estaban al lado, que era muy fácil. Les dije que ya lo había intentado, que había estado media hora delante de la pantalla, pero que no había caso, era muy taruga con las máquinas. Solo les pedí que me ayudaran porque no quería irme sin el libro, lo necesitaba para estudiar. – Me devuelve el mate. Le cambio la yerba, que ya ha perdido el sabor, y la reemplazo por yerba nueva.

– Bueno... ¿Te consiguieron el libro?

– No – me responde, enojadísima. – Con un tono de empleado de McDonald, la colega tuya que me atendía me dijo que ella necesitaba el numerito ése para poder encontrar el libro en los estantes. Le pregunté si no me podía ayudar a buscar en la "compu", o si no me lo podía buscar ella. Así que la tipa, con la peor cara que hayas visto...

– ¿Peor que la tuya en este momento? – la pincho, tomándome mi mate. Me mira, y si las miradas mataran yo ya estaría tomando mate con Belcebú.

– ... me acompaña a las máquinas y me dice cómo buscar el libro.

– Bueno – sonrío – ¿Lo encontraste?

– Si, después de otros veinte minutos de búsqueda. ¿Me querés explicar para qué ponen todos esos datos en la pantalla de cada libro?

– Bueno, a veces son útiles...

– ¿Para quién?

– Para algún investigador que necesite saber la editorial, el año, el número de páginas, si tiene ilustraciones... Son datos importantes para saber un poco más sobre la calidad de un libro. Que una taruga como vos no los use no quiere decir que no sean importantes – la pincho nuevamente, tomándole el pelo. Pero no le hace maldita gracia.

– ¿Y qué porcentaje de lectores de una biblioteca consultan esos datos? ¿De verdad creen que todos los lectores usan esa información?

– Bueno, no todos, pero...

– No, no todos – me interrumpe, exasperada. – Solo unos pocos, y los demás, a joderse y a aguantarse. – Se toma el mate que le paso. – Además, esa pantalla blanco y negro de MS-DOS... ¡por favor!

– Eso es CDS-ISIS, un programa diseñado por la UNESCO...

– ¿Ajá? – se ríe a carcajadas. – ¿Y qué? ¿Los gringos lo están experimentando con nosotros, o es que lo encontraron arrinconado en el depósito de desperdicios y en vez de tirarlo a la basura lo mandaron para acá para quedar bien con el Tercer Mundo? – Se desternilla. – Si "Parque Jurásico" tuviera un dinosaurio bibliotecario, seguro que usaba ese sistema.

Tengo muchas ganas de mandarla a cierto sitio, pero me contengo: tengo que reconocer que, al fin y al cabo, lo que dice es cierto. Además, la imagen de "dinosaurio bibliotecario" me hace gracia: me recuerda a cierto par de colegas...

– Hay sistemas más modernos. Bueno... ¿y el libro? – le digo.

– Ah, sí... Me costó un montón encontrar el dichoso numerito, pero lo encontré. El tema es que cuando volví al mostrador con mi mejor sonrisa de triunfo, e hice otra cola de veinte minutos, resulta que había copiado mal el dato. Había olvidado un puntito.

No pude evitar soltar una tremenda carcajada. Esta vez mi amiga está totalmente dispuesta a hacerme tragar el mate entero, con bombilla incluida, razón por la cual no le hablo de la conveniencia de realizar un Curso de Formación de Usuarios.

– ¿De qué te reís, estúpido? Para colmo, a esas alturas la bibliotecaria ya me trataba como a una completa imbécil. – Yo asentía, divertidísimo, imaginándome la situación. – Así que me pidió título y autor y lo buscó en su propia computadora. Y ésta es la mejor parte: si tardó 25 segundos en encontrar el libro y su número, es mucho.

Me miró, con la ceja izquierda enarcada y una media sonrisa, mientras me devolvía el mate.

– Ya veo – le digo. – Si hubiera hecho eso desde un principio, te hubiera ahorrado una hora de búsqueda y la humillación de sentirte una tarada informática.

– Exacto. Si le pido el libro por título o por nombre de autor, ella lo puede buscar en su computadora y traérmelo, en vez de empujarme a enfrentar un monstruo que no me gusta, que es prehistórico, que me tira a la cara un montón de datos que no entiendo ni me sirven, y entre los cuales tengo que buscar un numerito que encima está lleno de códigos secretos.

– Bueno, así que conseguiste tu libro – le digo, desviando el tema y tomándome el último mate, porque ya estamos ambos más que hartos de beber ese líquido verdoso.

– Nop – me responde, riendo ya. – Antes de encontrar el libro –un clásico de Baudelaire– en su compu, la muy bruta me preguntó cómo se escribía el nombre del autor. Decime... ¿a ustedes no les enseñan cultura general? Porque si me preguntó cómo se deletrea "Baudelaire" quiere decir que nunca lo vio escrito.

– No, no tenemos una formación demasiado sólida en esos temas, al menos en ciertas partes del país.

– Pues deberían tener una formación más sólida en varias cositas – me dice con retintín. – Bueno, el tema es que el libro no era muy usado, era una edición vieja y estaba en el depósito. Así que me dijo que volviera más tarde, porque había que ir a buscarlo. – Se pasa los dedos por los cabellos. Adivino que tiene ganas de matar a alguien, tan sólo de recordar ese mal rato. – Le dije que lo necesitaba urgente, que no podía esperar, que tenía clase y otras cosas que hacer, que ya había perdido un montón de tiempo haciendo algo que ella misma podría haber hecho en segundos. Me dijo que tenía mucho trabajo, y más usuarios esperando a mis espaldas, pero que si esperaba veinte minutos me lo buscaba.

– Date cuenta – le digo a mi amiga – que tenemos muchos usuarios en las bibliotecas, y que a veces se hace difícil...

– ¿Qué? – Parece una leona. – Edgardo, si esa bibliotecaria hubiera estado sola, yo lo hubiera entendido. ¡Pero había otras dos colegas tuyas, sentadas cómodamente en un escritorio, charlando de lo que habían hecho el fin de semana, mientras ordenaban unas fichitas de cartulina, sin mover el culo una décima de milímetro!

– Ya... – respondo. "Actitud muy común en muchas bibliotecas universitarias" pienso para mi coleto.

– Así que le hice un movimiento con el mentón a la bibliotecaria que me atendía, señalándole a sus compañeras. No sabés: la tipa se puso de peor humor, y me dijo "Ah, sí, acá las esclavas somos las pasantes". Ahí entendí, ahí entendí todo. "Está bien", le dije "no te preocupes, ya conseguiré ese libro". Y me fui.

[Aquí aclaro que los "pasantes" son estudiantes de bibliotecología que hacen prácticas laborales "rentadas" en bibliotecas, generalmente universitarias o privadas, bajo la condición de que obtengan cierta formación profesional. Por lo general son usados como mano de obra muy barata o casi esclava, y no obtienen jamás una educación adecuada... o alguna educación].

– Uffff... – le digo, mientras busco en la alacena algunas galletas. – Mejor no te pregunto tu opinión acerca de mi profesión.

– Mirá – me responde – tengo que reconocer que a veces ustedes son útiles, pero, en general, me parece que deberían de dejar de estar entre los libros y los lectores, y sólo deberían ayudar en la conexión, ayudar en serio, ayudar con ganas, dar un verdadero servicio, ser intermediarios... Porque lo que yo vi en esa biblioteca no eran intermediarias entre los libros y yo: eran barreras. Barreras silenciosas.

– ¿Te mandaron callar? – le pregunto.

– Sip. ¿Siempre son así, ustedes? – me dice, intrigada.

– No, no siempre. Pero es la tradición. Aunque siempre podés romperla. Todavía me acuerdo de aquella biblioteca en la que trabajé hace un tiempo: venía mucha gente mayor a leer "porque la música era buena". – Mi amiga se ríe. – Sí, ponía música. Mucha música. Y era buena.

– Conociéndote, no lo dudo.

– De todas formas, date cuenta de que muchas personas que trabajan en bibliotecas están en puestos que no les gustan, o intentan sólo hacer su trabajo, sin mucha pasión, o tienen jefes o jefas que los maltratan...

– ¿Y yo qué culpa tengo? Si brindás un servicio, hacelo bien; si no, no lo brindés.

Le convido unas galletas. "Tomá, endulzate la vida, sacate el mal sabor de boca". Me sonríe, mientras voy a mi biblioteca y saco un tomo viejo, muy gastado.

– ¿Era esto lo que buscabas? – Es una edición completa de "Las Flores del Mal".
– Sabía que un lobo estepario como vos tenía que tener ese libro – se sonríe. – Sí, era ese. En realidad, venía a pedírtelo.

– Ya lo sé. Te conozco, caradura... – Me sonríe de vuelta.

– ¿Lo leíste?

Asiento.

– Un bibliotecario con cultura – me dice, enarcando nuevamente la ceja izquierda. – ¿Me contás qué te pareció?

Asiento también.

– Si me ayudás a hacer el trabajo, completamos la ayuda.

Amigos son amigos. Suspiro resignado, y le señalo el mate. Ahora será su turno para cebar.

Y, mientras la ayudo, recuerdo a todas/os aquellas/os colegas que se comprometen con su trabajo: los populares que ayudan a hacer las tareas a los niños y que hacen malabares con un presupuesto inexistente para que sus usuarios lean; los universitarios que apoyan hasta el final a tesinistas e investigadores, y que violan muchas normas –a costa de su pellejo– para que los estudiantes rindan sus exámenes; los escolares que se matan para que sus usuarios tengan los materiales necesarios, rebuscando en Internet o destripando revistas. Y pienso que a veces no hace falta tanto protocolo, tanto silencio, tanta estructura, tantas normas, tanta computadora, tanta burocracia, tanto proceso. Podría ser todo muchísimo más fácil y muchísimo más humano si tan sólo le pusiéramos alma y ganas. De hecho, muchos lo hicimos, lo hacemos y lo haremos así.

Quizás vivimos nuestra profesión con demasiado corazón. Aunque, después de todo, tal vez no esté tan mal.

Ilustración.