Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 31, 2006

Cuaderno de viaje 17: miercoles 30 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Soñaba... Soñaba con los instrumentos que había visto durante el día, en aquel Museo enorme, de amplias salas abarrotadas de elementos productores de sonidos. Había flautas de pan "so", y dulzainas "daepiri", y enormes laúdes "pip'a" y tambores "sonbuj" y "yonggo", y largos "kayagum" de cuerdas gruesas y puentes de madera llenos de marcas...

Todas esas formas y esos sonidos giraban en mi inconsciente la noche de ayer, cuando la puerta del pequeño departamento donde ahora vivo casi se cae ante los golpes de unas manos ansiosas. El timbre no cesaba de sonar. A tientas me levanté, con el pelo revuelto y los ojos entrecerrados, y abrí la puerta. Ante mi había un chico coreano de unos 19 años, sonriente. "Hola, soy amigo de la dueña de casa. Ella me pidió que te visitara y te sacara a pasear, para que no te aburras y no estés solo".

Era casi medianoche. Las ganas de estamparle la puerta en la nariz y volver a dormir fueron infernales, pero me contuve.

Recordé que los coreanos no reconocen mucho el tema de la privacidad, especialmente la gente joven. Para ellos, que una persona esté sola es malo: probablemente si alguien está solo es porque no tiene nadie con quien hablar, y todos se preocupan por solucionar tal situación. Este buen muchacho –seguramente impulsado por las recomendaciones de la persona que me presta el departamento– había cruzado toda la ciudad a medianoche para sacarme de mi aislamiento y entretenerme un rato. Y, si lo pensaba bien... no era para tomárselo a mal.

Por otro lado, también recordé que un "hermano mayor" nunca puede negarse a los favores que le pide un "hermano menor". Esta organización de mayores y menores es una característica típica de la estructura social coreana, y se refleja incluso en el lenguaje.

Así que allí estaba yo, vistiéndome, mientras mi nuevo amigo telefoneaba a una muchacha boliviano-coreana (a la que sólo había visto una vez en su vida) para que hiciera de traductora, porque su inglés era pésimo, y mi coreano, peor que eso.

Así que allá fuimos, a un bar, mientras mi nuevo amigo hablaba sin parar y mi nueva amiga, tan dormida y asombrada como yo, me explicaba que ella, como "hermana mayor" tampoco había podido negarse al favor pedido. Esta muchacha llevaba en Seúl un año y, a pesar de ser de origen coreano, no había podido acostumbrarse a la sociedad local y a sus costumbres. Me contó que el lenguaje –con sus niveles de respeto– le costaba horrores, y que siempre quedaba como una maleducada por hablar en otro nivel del correcto, o por sonarse la nariz en la mesa (tremendo signo de mala educación) o por fumar (las mujeres que fuman son consideradas "pandilleras") o por tener contacto físico (un abrazo, asirse del brazo) con un chico, lo cual es considerado signo de noviazgo. La pobre mujercita estaba más que harta, y pensaba mudarse a los EE.UU. en cuanto pudiera. Además, no soportaba ciertos hábitos coreanos, como el hacer ruido al comer (signo de que se disfruta la comida, muy común en todas partes) o el poco respeto a la privacidad ajena.

Yo sonreía, mientras me tomaba una cerveza coreana primero (muy suave) y luego cambiaba a una "Corona" mexicana, que me sirvieron con dos gajos de limón insertos en el cuello de la botella y con un vaso llenito de hielo, para servirla allí. En fin... costumbres.

Después de una noche que terminó a las 2 de la madrugada, apenas si tuve fuerzas para levantarme hoy, reaccionar y salir a desayunar. Era de mañanita: las mujeres del barrio limpiaban las aceras con esas escobas cortas, de no más de medio metro, que fuerzan a las que las usan a encorvarse un poco. En mi camino me crucé con las banderas blancas de los templos budistas, que ostentan en su centro una cruz esvástica roja. Aún me choca un poco ver los símbolos nazis como marcas de lugares tan sagrados. Es increíble comprobar cómo, además de las costumbres, el valor de los símbolos cambia tanto de una cultura a otra. Lo que para nosotros es el símbolo de una política salvaje y odiosa, en estas tierras es el símbolo de una religión de paz y pureza.

Desayunado con algunas tortillas de verduras cocinadas ante mis ojos hambrientos, sorteé coches en infracción, transeúntes que me llevaban por delante y recogedores de cartón que atiborraban las aceras con sus productos, y me dirigí al metro. Emergí a la superficie allá en el Gyeongbokgung, el palacio central de Seúl (hay cinco), erigido por el primer emperador de la dinastía Joseon en 1395. Todo el palacio –que ocupa una enorme superficie, y en el cual se incluye la famosa "Casa Azul", residencia del gobierno de Corea del Sur– fue destruido por la invasión japonesa de 1592 y dejado en ruinas por 273 años. Entre 1865 y 1868 fue reconstruido por el regente Daewongun. Cuando Japón invadió nuevamente este territorio en 1910, la mayoría de los 200 edificios del palacio fueron derruidos, y solo sobrevivió una docena escasa, que es la que subsiste hoy. Se han hecho muchas reconstrucciones, y se continúa en ese trabajo desde 1990. Aun así, una comparación entre el plano original y el actual no deja lugar a dudas: el enorme palacio ha perdido mucho.

Llegué exactamente en el momento en el que se iniciaba el cambio de la guardia imperial, una recreación de la antigua ceremonia que está hecha para deleitar a los turistas, pero que no deja de contener elementos históricos valiosos. Allí estaban los soldados, con sus arcos cortos, sus alabardas curvas y sus sables. Sus escudos tenían dragones, y sus ropas eran holgadas y coloridas. Más allá estaban los cuatro estandartes, con los bordes hechos flecos. En ellos estaban el fénix rojo de tres cabezas, el bellísimo dragón azul, el tigre blanco y la tortuga negra, es decir, los dioses de los cuatro puntos cardinales. Al son de los tambores –presencia musical insustituible en Corea– se efectuó el cambio de guardia, y allí quedaron los turistas, sacándose fotos al lado de los inmutables soldados, mientras yo cruzaba el foso del Palacio –custodiado por enormes tigres de piedra, recostados a sus orillas– e imaginaba como habría sido la invasión japonesa de 1592, con aquellos mismos soldados en los techos y las murallas, con aquellas flechas cruzando en todas direcciones, con aquellos ginkgos quizás ardiendo, con las tejas curvas desprendiéndose en añicos, con los caballeros hwarang batiéndose con sus pares samurai del Japón.

El edificio central del palacio se llama Geunjeongjeon, y es un tesoro nacional de dos pisos, donde el Emperador realizaba las recepciones. Me asomé por una ventana y pude ver el trono, con un dosel decorado con dragones y tigres y una bellísima estructura de madera roja, con escalera, para llegar a él. Imaginé allí al soberano, a sus escribientes, a las delegaciones que lo visitaban desde la China de los T'ang... Era fácil imaginar todo aquello, en aquel ambiente exótico y maravilloso.

Caminé por el patio de piedras desiguales, entre las cuales crecía una hierba rala, y mire las pequeñas estatuas que jalonaban las esquinas del edificio central. Si eran las originales, quizás hubieran visto tantas cosas que sería imposible imaginar.

Atravesando otros edificios y un hermoso jardín que era utilizado por la Emperatriz y sus damas de compañía para su solaz diario, llegue al enorme edificio del Museo de Folklore, coronado por una inmensa pagoda-templo que brillaba bajo el sol de mediodía. El Museo posee tres salas fijas, un Museo Infantil y varias salas para exposiciones temporarias (que estaban cerradas). Recorrí completamente la sala que exponía la vida de un varón durante el periodo de oro coreano, la Era Joseon. Las otras mostraban el estilo de vida de Corea (agricultura, pesca, caza, elaboración de la comida nacional kimchi, arquitectura) y la historia del país.

Los varones tenían gran importancia en una sociedad en la cual los herederos podían ser solo de sexo masculino. Por eso la sala principal del museo está dedicada a la vida de un hombre. Es una estructura mental conservada aún hoy (ya van un par de veces que veo como en la calle un hombre agrede a los gritos o físicamente a una mujer sin que nadie se inmute). El museo me contó cómo era la boda de una pareja, y como era el lecho nupcial, y los sueños de concepción que tenía la madre (taemon). Si soñaba con hadas, flores, mariposas o hebillas para el pelo, la mujer tendría una hija; si soñaba con árboles o animales grandes, sería un hijo. Si esos animales eran tigres o lobos, sería un valiente guerrero, incluso un general; si el animal era una grulla, un fénix o un dragón, sería un hombre de alto estatus o un sabio.

La alcoba estaba decorada con mariposas, símbolo de amor eterno y felicidad conyugal. Las mantas de colores de la pareja llevaban bordados patos mandarines en parejas.

Durante el embarazo se hacían ofrendas a la diosa de la concepción (bol de arroz, algas secas y agua) para que el niño naciera con salud. De hecho, una vez nacido, se celebraba una fiesta a los 100 días. Dada la alta tasa de mortalidad infantil, que sobreviviera ese tiempo era todo un milagro que había que festejar.

En una de las salas vi una cuna, mientras, por los altavoces, sonaba una nana tradicional, un arrorró coreano que me tuvo más de 15 minutos sentado en cuclillas, en una esquina de aquel lugar. La nana decía...

"jajangjajang, uriagi uriagi, jaldojanda...
marumire sapsalgaeya
meongmeongmeongmeong..."

Al crecer el niño, se lo enviaba a la escuela primaria (seodang) y luego a escuelas públicas (hyanggyo) o a academias primarias confucianistas (seowon) donde aprendían a escribir chino y las normas éticas y morales del confucianismo, además de historia y filosofía. Las mujeres aprendían a leer y a escribir el hangul (alfabeto coreano) en sus casas (además de aprender también las normas éticas), y todo el conocimiento que podían adquirir a partir de allí se basaba en los libros que se tradujeran al coreano y la correspondencia que pudieran mantener.

El Museo me permitió ver los elementos de escritura (las piedras de tinta hermosamente talladas, los bellos pinceles, las piedras decoradas que permitían estirar el papel, los cuencos para colocar los pinceles, el papel en sí...) y los de lectura. Los libros estaban escritos en chino, aunque había muchas traducciones populares al hangul para que los principios éticos pudieran difundirse. No solo eso: gran parte de la medicina tradicional (en especial la moxibustión y la acupuntura) se difundieron entre los practicantes coreanos gracias a los libros (p.ej. el famoso Dong-eui bogam), de los cuales pude ver muchos en el museo, y muchísimos más en las tiendas de anticuarios del Insa-dong (donde hubiera podido comprar verdaderas reliquias bibliográficas y artísticas por 30 dólares).

Pude ver los elementos de la ceremonia de paso a la edad adulta de los varones (a los 20 años) y de las mujeres (a los 15). También pude ver elementos adivinatorios y chamanísticos, pues antes de la llegada del budismo a Corea, la religión central era el chamanismo. Aun hoy en día se conservan muchísimas ceremonias propiciatorias (en especial entre los pescadores) que incluyen elementos primitivos, como cortarse el propio cuerpo y ofrendar sangre.

Entre todas las cosas que vi antes de salir, pude apreciar las costumbres de los caballeros refinados, en especial fumar en pipa (los coreanos me explicaron que los caballeros finos no fumaban sus largas pipas tal y como yo fumo la mía, sino muy de costado y con la mano en una posición particular) y escribir poemas en bellos jardines, y competir en caligrafía y meditar filosóficamente. Entre los deportes predilectos estaba la arquería, que, como la escritura con pincel, era considerado, además de un deporte para el cuerpo, un ejercicio espiritual. Ustedes se preguntarán qué tipo de deporte puede resultar escribir con un pincel. Yo me preguntaba lo mismo hasta que, en el propio museo, intente escribir con un palillo de medio metro, muy fino, algunos signos chinos sobre una mesa llamada "de arena", es decir, un tablero de arena liso. No les puedo contar lo mucho que me dolía la muñeca después de 4 intentos.

Saliendo del Museo me despidieron los enormes tótems jangseung, de grotescas facciones de piedra, que antiguamente guardaban los accesos a las aldeas. Un poco más allá, había algunas de las 70 piedras funerarias que habían sido recuperadas de museos japoneses por una fundación coreana, celosa de que su patrimonio cultural estuviera en países extranjeros.

Mientras me marchaba, silencioso, y cruzaba ante una manifestación que pronto sería violentamente reprimida por un enorme cuerpo de policía anti-disturbio armado hasta los dientes, me di cuenta de que el pueblo coreano ha ido progresando en base a un profundo y arraigado nacionalismo, que intenta inculcarse –con poco éxito– en los jóvenes, para que aprendan a amar a su país y a no confiar enteramente en los extranjeros. Los jóvenes no aceptan tales estructuras, pero esas ideas están presentes.

No sé si me gustaría que mi propio país fuera así. Pero creo que, quizás, muchas naciones de mi continente deberían copiar algunos rasgos de esas costumbres. Por ejemplo, empezar a quererse un poco más, empezar a querer un poco más a la tierra propia y a la cultura, y dejar de ser tan "malinchistas", tan adoradores de lo extranjero, tan vendedores de la patria.

Eso pensaba mientras buscaba algún lugar en donde ejercer el arte de comer con palillos e ingerir algo de verduras y de carne acompañados por salsas intensamente picantes. Estaba realmente famélico, y la enorme caminata me había desatado un apetito voraz.

Bajo estos cielos despejados de toda nube, en donde los antiguos creían ver dragones azules, les hago llegar un abrazo enorme. Nos leemos mañana...

Ilustración.

agosto 30, 2006

Cuaderno de viaje 16: martes 29 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Crucé mi nuevo barrio en el distrito de Seodaemun –en donde están ubicadas importantes universidades como la de Yonsei, junto a la cual vivo– en dirección a la estación de metro de Sinchon. Desde allí a Hapjeong por la línea 2, y de allí, complicado trasbordo entre una marea de gente que se dirige a su trabajo y que me pisa y me clava sus codos sin contemplaciones. Eran las 7 de la mañana y pretendía dirigirme al Itaewon, el barrio "extranjero" (donde está mi Embajada) para visitarlo y luego almorzar con la cónsul argentina y una profesora de la Universidad de Dankook. Pero a esa hora todos pretendían llegar a algún sitio, así que cada uno iba a lo suyo... y pobre de los demás.

Las entradas de la estación del metro estaban virtualmente bloqueadas por los vendedores de desayunos nutritivos, es decir, leches enriquecidas, yogures y demás brebajes. Además, algunos carritos ya humeaban deliciosas aromas de tortillas y sándwiches a la plancha.

El trasbordo a la línea 6 me llevo hasta Noksapyeong, dejando atrás estaciones con nombres exóticos –Sinsa, Oksu– que desfilaron ante mis ojos mientras intentaba asirme a una manija colgada del techo, que bailaba al vaivén del vagón. Mientras tanto, los seulinos miraban sus celulares, oían música de sus ipod y leían los diarios, y los pobres de esta ciudad recorrían los vagones recogiendo los diarios viejos acumulados en los portaequipajes para revenderlos o reciclarlos.

Itaewon fue el lugar donde se asentó el ejército norteamericano durante la guerra de Corea. Esa zona de Seúl fue declarada zona turística por excelencia, así que allí se agrupan todos los vendedores de chucherías y marcas "importadas" varias, así como hoteles y diversiones. Recorriéndolo, me di cuenta de que Seúl no es tan organizada, ni tan limpia, ni sus habitantes son tan perfectos como me habían parecido hasta el momento. Evidentemente, los días pasan por mi cabeza, el exotismo y la novedad se pierden, y bajo la capa de asombro de la primera semana va apareciendo el mundo real.

Recorrí Itaewon, pues, encontrándome con la enorme y bella Mezquita Nacional, de gran cúpula y minaretes esbeltos, y con el Museo Samsung de Arte "Leeum", y con un hermoso edificio que corresponde a la editorial del magazine de arte "Wolganmisool", fundado en 1976 y que cuenta con una magnífica biblioteca sobre arte contemporáneo coreano y con números exclusivos de su revista dedicados a temas monográficos, como por ejemplo el arte tradicional de Corea del Norte.

Me metí en una tienda de libros de segunda mano, y encontré todo lo que deseaba. Manuales de caligrafía o de maedeup (el arte coreano de los nudos), o sobre arte coreano, o sobre historia, cultura, cocina, idioma... Los cursos de idioma serían pequeños tesoros en mi casa: chino, japonés, thai, lao, vietnamita. Me llevé algunos, y regateé el precio, y además el vendedor me regaló un jugo de frutas enlatado para el camino, pues el calor a esa hora de la mañana era espantoso. Ya no llovía, así que el sol rajaba las baldosas de las aceras.

Mientras hacía tiempo para llegar puntual a la cita con mi cónsul, me tendí en un weongumon, una plataforma que antaño se usaba para vigilar las cosechas, y que ahora se levanta en plazas para que los transeúntes se echen una buena siesta, cosa a la que los coreanos están sumamente acostumbrados... en cualquier parte.

La Embajada argentina atiende solo a 20 argentinos y a algunos coreanos que viven en mi país. En fin, parece ser una delegación honoraria. Mi cónsul me llevó a un hotel situado en las alturas del monte Dansam (en cuyas faldas se levanta Itaewon), en donde, en compañía de una profesora universitaria coreana, me enteré un poco más acerca de la vida en Corea, en especial en su mitad norte. Se habla muchísimo de reunificación, y los coreanos del sur ven con mal talante la situación de sus vecinos. Después de leer algunos documentos, y de recordar el proceso de reunificación de Alemania, creo que el proceso aquí va a ser algo parecido: los del sur esperan que los del norte acepten sus estructuras económicas y sociales (y mentales) y se les unan.

Mientras terminaba el almuerzo de carne salteada con verduras y me bebía un delicioso té de jengibre y canela, la profesora me contó un poco sobre la historia del budismo Mahayana en Corea, y en particular la historia del Tripitaka coreano, una de las mayores y más fieles (y más antiguas) colecciones de textos sagrados budistas. Fue elaborada en el periodo Goryeo, a partir de 80.000 bloques tallados en la madera de abedul blanco de las islas Jejudo, Geojedo y Wando. Esos bloques se mojaron largo tiempo en agua de mar, se secaron a la sombra, se tallaron cuidadosamente, y se usaron para imprimir esas escrituras, las únicas conservadas desde el siglo XIII en Corea. La impresión fue un proyecto nacional que unió al mundo coreano, justamente cuando este territorio soportaba la invasión de los Mogoles. Hoy en día las placas de madera se conservan en el Templo Haeinsa, son la fuente más fiel del budismo Mahayana y han sido proclamadas como Patrimonio Cultural Universal por la UNESCO.

Saliendo de allí –luego de escuchar algunas críticas bastante curiosas a los norcoreanos, y algunos comentarios bastante "argentinos" sobre la vida coreana por parte de la cónsul– seguí montando subtes, charlando con gente a la que no comprendo pero a la que entiendo. De la estación de Yaksu, pues, a la de Nambu, y de allí, caminando, mapa en mano y cinco sentidos orientándome en medio de una jungla de cemento, intento dirigirme al Seoul Arts Center.

Este "centro de arte" citadino está emplazado cerca de un templo budista, en las faldas de una montaña cubierta de bosque. La estructura arquitectónica y los espacios creados superaron todas mis expectativas. Teatro, Ópera, la Biblioteca "Akso" de arte –con una colección audiovisual que me dio mucho más que envidia–, el Archivo Sonoro de Seúl, el Museo de Caligrafía...

Y un poco más allá, un hermoso jardín coreano de piedras y pinos, en la falda de la montaña, y fuentes de aguas danzarinas... Y más allá aún, el National Center for Traditional Performing Arts (Centro Nacional para las Artes Tradicionales), en el cual está el Museo de Instrumentos Musicales Tradicionales. Como músico, como artista que me siento (no sé si lo soy), cada una de mis cuerdas internas vibró dentro de ese lugar, en el que se agrupaban inmensos tambores, instrumentos de cuerda de delicado sonido, flautas de bambú que hicieron mis delicias, libros de partituras escritas con exótica caligrafía china, percusiones inimaginadas, violines y rabeles de cuerdas de crin de caballo...

Estaba allí adentro, y sin quererlo siquiera, me trasladaba imaginariamente a las fiestas campesinas de hace siglos, o a los grandes palacios, en donde el Emperador y las damas de la corte disfrutaban de los sonidos que yo pude escuchar hace unos días en el teatro. Esas cuerdas de seda, esos parches de cuero enmarcados por inmensos dragones multicolores de madera tallada y lacada... Aún ahora, que lo escribo, me recorre un escalofrío.

Y sí, esto también es cultura. Esto también es parte de lo que los bibliotecarios debemos saber y transmitir: cultura universal. Para contar, para informar, para enseñar, para educar...

En el Museo de Caligrafía, entré sin querer a un concurso nacional de caligrafía. La situación fue muy curiosa: todos me miraban preguntándose qué demonios hacía yo allí, yo los miraba sin saber qué hacer, hasta que con sonrisas e inclinaciones me invitaron a pasar. Así, disfruté cinco salas de enormes tiras de papel vertical dibujadas y escritas con los más bellos signos que he visto en mis días y noches. Y los jóvenes que pintaban me explicaban el significado, y el valor de cada trazo, y los pinceles, y las piedras de tinta que usaron, y el proceso para producir el papel, el mismo papel que compuso sus libros más antiguos. Muy pocos hablaban inglés, o al menos un inglés fluido. Pero, aún así, nos entendimos. Y yo disfruté como nunca en mi vida.

Saliendo de allí –con los sentidos borrachos de tantas emociones– caminé un buen trecho por la enorme avenida que cruza toda la zona sur –olvidé decirles que este complejo se encuentra en la parte nueva y "rica" de la ciudad– y conecta el polo de las artes con la Biblioteca Nacional de Corea. Cruzando por áreas de comercios "chic", tiendas de instrumentos, cafés culturales y artísticos y altos rascacielos de oficinas, me encontré, finalmente, con la primera biblioteca coreana.

Todo su frente está en obras, pues allí se levantará la futura Biblioteca Digital Nacional. Aun así, pude entrar por un lateral.

La Biblioteca Nacional tuvo como precursora a la Biblioteca Colonial Japonesa. Cuando Japón abandono estos territorios, en 1945, se fundó la moderna biblioteca coreana, a la que se bautizó con el nombre de "Biblioteca Nacional" en 1963. El edificio actual –un grisáceo bloque de cemento de 7 pisos, con ventanas y columnas– se inauguró en 1988, y agrandó su estructura en el 2000 con una construcción destinada a libros raros y antiguos. Para 2004 había 5 millones de libros en sus estantes. Para 2006, se abrió la Biblioteca Nacional para Niños y Jóvenes, a 3,5 km de la estructura central (sentí no poder visitarla). Se pretende que para 2008 esté lista la Biblioteca Nacional Digital.

Posee 7 pisos, un sótano y 234 trabajadores distribuidos en la estructura central, la adyacente de libros antiguos y la biblioteca infanto-juvenil. Su catálogo está completo, cumple las funciones típicas de toda biblioteca nacional (depósito legal, gestión de ISBN) y además gestiona la creación de una red bibliotecaria, creando bases de datos en las bibliotecas públicas, desarrollando sistemas de información computerizados (p.ej. KOLAS, KOLIS) y diseñando las normas bibliotecológicas estandarizadas (KORMARC). Como si esto fuera poco, colabora con el Ministerio de Cultura en la definición de las políticas que deben seguir las bibliotecas públicas de la nación.

Además, la Biblioteca Nacional posee la primera Escuela de Bibliotecología del país, abierta en 1946, la cual proveía –en aquella época– de un título tras un año de estudio. Su currículo, curiosamente, era muy completo a pesar de la brevedad del curso, e incluía tanto catalogación de documentos coreanos como occidentales. En 1957 se abrió la carrera de 4 años en la Universidad de Yonsei (cerca de la cual vivo ahora, una de las más importantes del país) y en 1958 se abrió en la Universidad Femenina de Ewha. Desde 1990, la carrera se brinda en 6 colegios, 32 universidades (públicas y privadas) y 24 escuelas de graduados. Además, 13 de estas carreras ofrecen el titulo de doctorado.

El currículo es muy semejante al que proveen las escuelas latinoamericanas, aunque, como ya he contado en otras entradas de este blog, los estudiantes coreanos pueden elegir materias opcionales que les permitan especializarse. Por lo que me cuentan por estos horizontes, la educación en las universidades públicas es mucho mejor que en las privadas, así que habría que ver qué nivel educativo poseen. El nivel profesional, dicho sea de paso, es excelente.

Los profesionales graduados se organizan en tres categorías: de primer grado, de segundo grado y paraprofesionales. Puede pasarse de un grado inferior a otro superior mediante mucho estudio (horas de clase, exámenes aprobados, títulos) y muchas horas de trabajo en biblioteca. Por otro lado, los bibliotecarios que se desempeñen en bibliotecas escolares deben tomar clases de educación.

La colección digital de la Biblioteca Nacional de Corea tenía, en 2005, 32,1 millones de ítems en la base de datos. La base de textos completos incluye revistas y libros antiguos (previos a 1945), documentos raros y valiosos, publicaciones periódicas, etc. En total, los full-text son 340.000, lo cual significa 93,11 millones de páginas de libre acceso.

El proyecto de Biblioteca Digital en construcción pretende presentar una estructura "verde", ecológica, que permita unir tecnología y naturaleza para generar un entorno centrado en el usuario y en su bienestar. Se pretende crear un lugar en donde los usuarios puedan acceder y usar todo tipo de tecnología de información, así como relajarse y disfrutar de su uso. Todos los adelantos en los medios electrónicos de comunicación que puedan imaginarse –y los que no conocen también– serán sumados a este mega-emprendimiento, que, por lo que pude ver en las obras de construcción, está apoyado por dos marcas lideres coreanas como Hyundai y Daewoo.

Agotado y hambriento, pero con un inmenso sonrisón en los labios, emprendí la vuelta a casa después de recorrer un rato las mesas de la Biblioteca Nacional, una biblioteca más entre todas las bibliotecas que he visitado. Estoy perdiendo la costumbre de visitar bibliotecas grandes, académicas, enormes: poco me dicen acerca del pueblo y su cultura. Y de nada me sirven los números que les he pasado un poco más arriba. De nada me sirven porque no me hablan del lector, de sus costumbres, del aroma de los libros, de los dibujos de sus páginas, del trabajo. Prefiero meterme en bibliotecas pequeñas, sentarme y ver cómo trabaja la gente, cómo las madres cuentan cuentos a sus niños pequeños, cómo las bibliotecarias se apresuran a ayudar con las tareas a sus lectores, cómo una joven, sentada con las piernas cruzadas, se pierde en una novela de amor (lo que deduzco por todos los corazones rosados de su tapa). Eso me gusta: eso me habla de mi profesión real, y de su significado.

Me quedan tres días de estadía en este país, y luego más aviones, y un día de estancia en Buenos Aires (el domingo próximo), y luego Guatemala a partir del lunes, con una ajetreada agenda de participaciones en el Simposio Nacional de Bibliotecarios. Por el momento, voy a descansar. Aquí los dejo, no sin antes hacerles llegar un abrazo y un sonriente "hasta mañana".

Ilustración.

agosto 29, 2006

Cuaderno de viaje 15: lunes 28 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

El Hangang (río Han) divide a Seúl en dos. Una mitad norte pobre, una mitad sur rica.

Era temprano, casi las 7 de la mañana, cuando ya estaba vagando por el nuevo barrio en el que estoy instalado, al este de la ciudad, en una zona de universidades y estudiantes (voy cambiando de residencia cada dos por tres). Los pequeños carros de comida comenzaban a alzarse en las aceras, y las mujeres que trabajan en ellos iniciaban sus tareas, calentando las hornallas y las piedras que ponen en las fuentes para conservar el calor y secar tentáculos de calamar, freír tortillas o saltear carne de cerdo. Aún la basura estaba desparramada por unos callejones que no lucen tan limpios como los de otras partes de la ciudad, y algunos borrachos de amanecida se estiraban en los bancos. Los comercios estaban cerrados, y sobre el asfalto de las calles flotaba un espeso vapor. Iba a llover, y yo sin paraguas.

Las clases comienzan hoy en algunas universidades, con el ciclo de orientación, que les permite a los estudiantes saber quiénes serán sus profesores y elegir mejor qué materias opcionales seleccionaran para su currículo anual. Las universidades coreanas son carísimas: dependiendo de la carrera, la matricula anual oscila entre 8.000 y 15.000 dólares. Ciertamente, los propios seulinos aceptan que viven en una de las ciudades más caras del planeta.

Me preguntaba como hacían los jóvenes para sobrevivir en una ciudad así... y obtuve la respuesta cuando una colega –estudiante del último año de bibliotecología– me prestó su departamento por una semana, ahorrándome los dólares del hotel y permitiéndome adaptarme aun más a la vida local. El departamento es minúsculo, al mejor estilo oriental, y carece de toda comodidad: duermo en una colchoneta en el suelo, me baño en un espacio en el que apenas quepo, y me muevo por una cocina extra-pequeña. Algunos extranjeros me han comentado que ésta no es solo la vida que pueden darse los estudiantes: muchas familias viven así, porque uno de los problemas más graves en esta ciudad es la vivienda y su precio.

En fin, caminaba en una calle aún vacía de estudiantes, y mis pasos me llevaron hacia el vecino, cercano río Han. Cruzando el puente, me situé en una de las islas que forma el ancho curso de agua. Si bien es plana, la humedad y el calor han permitido el crecimiento de una flora exuberante, la misma que puebla las montañas que se alzan en medio de la ciudad. Este es otro contraste de esta enorme urbe: además de tradición y modernismo, también encontramos naturaleza y asfalto a partes iguales, y es realmente alucinante ver, de un lado de un muro, modernos autos KIA y Daewoo corriendo por una autopista de ocho carriles y, del otro, enormes zelkovas de doce metros enmarañadas de enredaderas y orquídeas.

Esa isla de la que les hablo es un santuario de aves... aunque a esa hora, o quizás este día o esta temporada, pocas encontré. Quizás el calor las haya desanimado a mostrarse, pues ya a esa hora (8 y media) me derretía y había consumido más de litro y medio de agua (y otro tanto había expulsado mis poros). En fin, eso es Seúl, eso es Corea, mezcla estable de cosas que parecen inmiscibles. Pero creo que ese equilibrio entre opuestos forma parte de la propia naturaleza coreana: no en vano su bandera ostenta el símbolo del ying y el yang, el eterno combate y complementación de los opuestos.

En estas tierras, las bibliotecas asumieron otros nombres a lo largo de su larga historia. En principio fueron archivos reales, de alguna de las distintas dinastías que gobernaron por turnos el territorio, ora dividido, ora reunificado. Luego fueron monasterios y templos del budismo Mahayana, algunos de los cientos que abundan por aquí. También fueron sabios confucionistas y académicos del gobierno. Normalmente solo preservaban los libros: los usuarios eran pocos, limitados. Quizás algo parecido a lo que sucedía en la Edad Media europea.

Hacia el final del siglo XIX, los coreanos comenzaron a abrir los ojos al concepto occidental moderno de biblioteca (institución pública): así, entre 1884 y 1910 nace el aparato sociocultural bibliotecológico coreano.

Si bien nacieron como instituciones de iluminación social, pronto fueron degradadas por el colonialismo japonés (1910). La primera biblioteca pública coreana fue el Club de Lectura (Dokseogurakbu) abierto en la localidad de Busan en 1901. La primera biblioteca privada que sirvió al público fue el Daedongseongwan (Librería Daedong), en Pyongyang, en 1906. En 1910 se abren las bibliotecas de Jongno y Daegu, aún en funcionamiento, y la predecesora de la Biblioteca Nacional (la Biblioteca Colonial de Japón) se creó en 1923. En 1942 había 47 bibliotecas públicas en toda Corea. La mayor parte de las actuales fueron fundadas después de la liberación e independencia, en 1945, aunque muchas fueron destruidas durante la guerra civil (1950-1953).

El censo muestra que en 2004 había 487 bibliotecas públicas, 436 académicas, 10.297 escolares y 570 especiales.

Desde 2004, las bibliotecas están organizadas por el Ministerio de Cultura y Turismo, que diseña las macropolíticas a nivel estatal, y por la Biblioteca Nacional, que se encarga de la implementación de tales políticas. Las políticas son diseñadas conjuntamente por Ministerio y Biblioteca, sumando la participación del Ministerio de Educación. En 2000 el Ministerio anuncio la informatización total de las bibliotecas coreanas, buscando dar respuestas a las necesidades de una sociedad cada vez mas digitalizada. Para 2003 el plan ya se había concretado en 343 bibliotecas públicas. Se les proveyó de servidor digital y de dos programas: KOLAS (Sistema de Automatización de Bibliotecas Coreanas) y el KOLIS-NET (Red de Sistemas de Información de Bibliotecas Coreanas).

Dado que mañana andaré de visita por algunas bibliotecas (incluyendo la Nacional) podré contarles un poquito más de las mismas... y del estatus de los bibliotecarios en este país. Hoy anduve revisando algunas librerías de segunda mano, buscando libros de idiomas (así como en las nuestras abundan los libros en lenguas romances y germánicas, aquí abundan los textos sobre japonés, chino, thai, lao, vietnamita y malayo... pequeños tesoros a precio módico). Los precios son buenos, y la selección de libros en lengua inglesa es amplia, así que hay para elegir. Además, estuve recorriendo Bandi & Luni's, una de las grandes librerías de Seúl (aunque las mejores aun están por verse). El espacio que la librería tiene reservado en el COEX Mall es impresionante: más de 100 metros de largo por 50 de ancho, repleto de libros en coreano y una buena selección de textos en ingles. Tienen desde maquetas a marcadores de libros, pasando por libros sonoros y una bellísima sección de libros infantiles en donde me quedé largo rato deleitándome con las ilustraciones. Por cierto, me llevo un libro con algunos trabajos de ilustradores coreanos...

Para los días que me quedan aquí (cuatro) tengo planeado visitar museos, palacios y bibliotecas, chequear algunas instituciones de medicina tradicional y salir a dar algunas vueltas con algunos amigos coreanos, además de dar una charla sobre música tradicional argentina y almorzar con la cónsul de mi país (hasta donde sé, hay sólo veinte argentinos en el censo coreano). Así que, como ven, estos días serán de actividad intensa...

Mientras intento alimentarme para que tantos kilómetros caminados no terminen desgastando lo poco que queda de mi y de mi sombra, sigo andando bajo estas nubes que parecen no querer irse, cruzando enormes urracas, hojas de ginkgo que caen y aromas a comidas especiadas...

Desde este lado de nuestra enorme Madre Tierra –que no deja de girar a pesar de todo– les saludo con un "hasta mañana"...

Ilustración.

agosto 27, 2006

Cuaderno de viaje 14: domingo 27 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

"¿Puedo hacerle unas preguntas?"

Estaba en el Tapgol, "el parque de la pagoda", un bellísimo lugar en pleno centro de Seúl que antaño había sido un templo, en la era Joseon (siglo XV). Conserva monumentos importantísimos, como la pagoda de mármol de 12 metros que le da nombre, y fue un espacio histórico importante. De hecho, fue allí donde se declaró la independencia de Corea.

Allí estaba, les decía, cuando el joven coreano se me acercó y me empezó a hacer una encuesta. Debo decir que ese parque está lleno de turistas todo el tiempo (el principal turismo aquí es de origen japonés) así que para realizar entrevistas a extranjeros, no hay lugar más conveniente.

Las preguntas giraban en torno a la opinión y al conocimiento que un argentino podía tener de este país. Fíjense:

"¿Puede nombrar alguna personalidad coreana (escritor, político, actor...)?"

"¿Qué opinión le merece Seúl? ¿Cuáles han sido los problemas más serios que ha tenido?"

"¿Cómo se mueve a través de Seúl?"

Estas son preguntas típicas. Fíjense en las atípicas:

"¿Sabía que muchos coreanos comen carne de perro? ¿Qué le parece tal práctica?"

"¿Le parece que Seúl es una ciudad molesta, ruidosa, sucia o superpoblada?"

"¿Le parece que los medios de transporte están abarrotados?"

"¿Saben en su país que Corea está dividida en dos? ¿Qué se opina al respecto?"

En fin... He ido aprendiendo un poco sobre la cultura coreana en particular y asiática en general, y me he ido dando cuenta de que le dan mucha, muchísima importancia a la opinión que los extraños puedan tener acerca de ellos. Y les aseguro que intentan cambiar las cosas para brindar una imagen más acorde al concierto internacional.

[Personalmente, me parece algo deplorable, pero solo es mi opinión].

De hecho, cuando se comparan con otro país, siempre lo hacen con los más ricos. Ellos opinan que compararse con los más pobres no tiene ningún sentido. Por ende, ni siquiera los tienen en cuenta.

A diferencia de los japoneses, que son personas muy reservadas, y que intentan evitar todo conflicto para preservar lo que ellos llaman "wa" (estabilidad, paz), los coreanos suelen ser mucho más expresivos, hablar en voz bien alta, usar insultos, cantar y bailar todo el día si es preciso, y vivir con una pasión que pocos países de esta área conocen. Sin embargo, no por ello dejan de respetar una educación férrea que les inculca, desde pequeños, ciertas tradiciones muy elementales y básicas. Por ejemplo, el respeto a los mayores.

Los niños son amados, pero si bien las madres demuestran cuidados estupendos a toda hora del día (al menos, eso es lo que veo) no parecen ser merecedores del respeto que recogen los ancianos. Las mujeres también son respetadas, aunque el concepto de "caballerosidad" tal y como lo entendemos los latinoamericanos (bastante machista, por cierto) no es tan conocido aquí.

El rol femenino es muy importante. Las mujeres de cierta edad (entre 30 y 45) tienen un tremendo poder, y dominan en su sector etario. Son dinámicas, emprendedoras, y se han ganado un profundo respeto dentro de la sociedad. Las jóvenes generaciones siguen su camino. Las generaciones mayores conservan los roles tradicionales en una sociedad centrada en el sexo masculino.

El papel de la educación es importantísimo en este país, en donde se cree que con una educación especializada puede lograrse todo lo que se desee. Quizás sea cierto, como atestiguan los enormes progresos a nivel económico y técnico. Pero debería sondear un poco más en las estructuras sociales para saber hasta dónde llega realmente el bienestar en una de las sociedades más ricas del planeta.

Desde estas tierras domingueras, lluviosas, cálidas y húmedas, en donde espero que, en breve, me surjan branquias y escamas, les hago llegar mi más sincero abrazo...

Nos leemos mañana...

Ilustración.

agosto 26, 2006

Cuaderno de viaje 13: sabado 26 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

El canto del bonzo –el monje budista– resonaba en las paredes de "mi templo" en la mañana, cuando los fieles se reúnen para sus oraciones. El canto era profundo, casi gutural, acompañado de un tamborcillo y unas campanillas diminutas... Sentado en el poyo de una puerta en el patio central, veía como los fieles se aproximaban a la pagoda central –de piedra, pequeña– y le rendían homenaje juntando las manos a nivel del pecho e inclinándose tres veces consecutivas. Luego quizás encendían una vela, quizás sacaban de entre sus ropas un sahumerio, lo encendían, lo ofrecían a la pagoda y lo enterraban en una enorme tinaja de piedra llena de arena, en donde ya humeaban muchos otros palillos.

Desde mi ángulo, aromado por el humo de aquellos inciensos, podía ver el interior de uno de los templos, repleto de creyentes budistas realizando sus oraciones, con sus enormes rosarios de cuentas de madera (mala) enrollados en sus manos. A mi lado las orquídeas blancas lagrimeaban agua de las últimas lluvias, y los pinos de allá enfrente, limpios, parecían más verdes y más tupidos. A pesar de estar en pleno centro, la paz era infinita allí. En ese lugar se concentran más de 8 templos, y ha sido el centro espiritual de Seúl desde hace 600 años. A cada momento veía pasar estudiantes de budismo, futuros bonzos, vestidos de gris, con un amplio sombrero de paja.

Los turistas extranjeros pasaban raudos, tomándose algunas fotos, sonrientes frente a los templos, y luego partían, sin quedarse un rato allí a escuchar aquel canto hermoso, rítmico, profundo, un canto de fe.

Escribía en mi diario, dibujando algunas de las estructuras que veía, cuando una anciana se me acercó, a mirar qué hacía, tan interesado sobre aquellas hojas y sin sacarme ni una sola foto. Sonrió, sonreí, y ella se fue. Al rato volvió con una hermosa linterna en forma de flor de loto, y me la regaló. Después averigüé que esas linternas son usadas en un hermoso festival que homenajea al cumpleaños de Siddharta Gautama, el Buda. Así que la ate a mi mochila y así la pasee por todo mi recorrido de hoy, feliz.

Mi trayecto me ha llevado por los mercados y las calles más populosas. Es impresionante la cantidad de celulares y PCs portátiles que hay en esta sociedad. Una estudiante de bibliotecología amiga, coreana ella, me comentaba que esos elementos son el cáncer de una sociedad demasiado desarrollada tecnológicamente: la gente casi no se habla, la gente lee menos de lo que debería, la gente se clava frente a una computadora o a una TV y vive pendiente de sus celulares (algo que pude comprobar personalmente en el metro, en donde nadie carece de un telefonito de avanzada tecnología en su mano derecha). Los miraba y pensaba que el desarrollo técnico tiene sus pros, pero también sus contras, y que ese aislamiento que provocan, esa individualización, esa ausencia de comunicación, son los elementos contra los que luchan hoy en día las bibliotecas públicas coreanas.

Este es un problema que, poco a poco, va apareciendo en Latinoamérica.

Los mercados me ofrecieron libros antiguos y revistas arrugadas, y un sinfín de materiales para la escritura y la caligrafía, que aquí sigue siendo un arte. A veces se escribe en hangul, el alfabeto coreano, pero aun se mantiene la tradición de usar el chino mandarín, considerado lengua culta. Sus hanga (hanji japoneses, es decir, los ideogramas chinos) lucen bellísimos sobre un papel tradicional que tiene la textura y la consistencia de una tela, y del cual ya llevo varios pliegos para mi casa. Los hay de varios colores, y no crean que se trata de una especie de papel reciclado, sino de arte hecho papel...

Más allá me encontré con las máscaras tradicionales coreanas. Cada máscara representa a un personaje determinado, como en la antigua Comedia dell'Arte italiana: el viejo, la dama, el joven, el tonto, el niño... Se realizan en madera, pero también se las encuentra hechas en papel. No he podido ver teatro coreano aún, pero espero hacerlo antes de partir, en una semana.

Las tiendas de instrumentos musicales tradicionales abundan, pues esta nación profesa un respeto y un gusto singular por su música milenaria, especialmente por sus tambores. Sus parches y cuerpos de madera lacada, decorados con los símbolos coreanos más antiguos (dragones, ying-yang) surgen en cada esquina. Una de las combinaciones más tradicionales de instrumentos de percusión (para la música campesina) es el sambul, que agrupa un platillo, un pequeño gong, un chango (tambor en forma de reloj de arena) y un tambor más grande, de sonido profundo. El primero representa el sonido del rayo; el segundo, el del trueno y el viento; el tercero, el del veloz repiqueteo de las gotas de lluvia; el último, el paso de las nubes de tormenta, majestuosas y enormes... Los tambores hablan la voz de la tierra, y, por eso, están relacionados con antiguas culturas agrícolas, y tienen un poder muy especial. De hecho, ver una interpretación de música campesina ejecutada en estos inmensos instrumentos conmueve la piel y el corazón de cualquiera.

Más allá encontré una tienda de hanbok, el vestido tradicional coreano, compuesto por varias piezas complementarias. Una de ellas, un enorme pañuelo que permite alargar el cabello femenino y adornarlo, llamó especialmente mi atención por los hermosos brocados y decoraciones bordadas que exhiben.

Aquí y allá, en medio del mercado, los jóvenes chateaban desde sus celulares y los cocineros callejeros ofrecían enormes tentáculos de calamar frito o langostinos rebozados. Entre ellos se levantaban las tiendas de los tahúres, aquellos que leen las manos y los signos de las estrellas, un arte al que los coreanos parecen aficionados (de acuerdo al número de usuarios de tal "servicio" que vi). Con mucho gusto hubiera extendido las líneas de mi palma ante sus ojos, pero no hubiera entendido el resultado de las predicciones.

A partir del lunes reasumiré las visitas a museos y bibliotecas, de forma que pueda compartirles un poco más de la realidad cultural de este país. Me comentaban algunas estudiantes de nuestra profesión, aquí en Corea, que las universidades que proporcionan este título (4 años) permiten a sus inscriptos elegir sus materias de acuerdo a su gusto y conveniencia. Existen una serie de materias que deben cursar obligatoriamente, pues son las básicas, pero luego pueden elegir entre varias opciones, de forma que pueden orientar su formación hacia la catalogación, por ejemplo, o los recursos humanos o la gestión administrativa. Ciertamente, tamaña especialización les quita una perspectiva más general de las cosas, pero habrá que ver qué calidad de docentes y currículos poseen. Por otro lado, es risueño comprobar cómo cierta "gran institución" latinoamericana de la bibliotecología anda promoviendo su oferta de Maestría en Bibliotecología –bien cara, como pueden suponer– con un currículo que copia exactamente lo estudiado en una licenciatura. ¿Podrían explicarme para qué quiero repetir lo que ya vi en mi carrera? ¿No se supone que la maestría debe especializarme? ¿Y no se supone que los que diseñaron tal maestría son los mejores en nuestro ámbito?

[Quizás estoy suponiendo demasiadas cosas...]

Grandes misterios de la profesión, que nunca resolveremos. A veces pienso que soy demasiado estúpido y no veo lo que los demás ven. Pero otras me da por pensar que veo algunas cosas claras, que los demás no quieren ver. Y no sé cuál de las dos opciones me desespera más.

Continuare deambulando, durante este fin de semana, por las calles de Seúl. Desde un enorme y mullido asiento de un PC-bang coreano, con mi linterna de loto apoyada en la mesa, les envió un enorme abrazo...

Será hasta mañana... An-nyeung-hi-ga-se-yo!!!

Ilustración.

Cuaderno de viaje 12: viernes 25 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Los pasillos del inmenso COEX se han poblado de otras siluetas, de otras conferencias, de otros encuentros, de otras pancartas y otras voces. Pero ya no hay bibliotecarios. Somos pocos los que quedamos aquí, en las reuniones de los Standing Committee (Comités de Gobierno) de cada Sección. La Conferencia finalizó ayer por la tarde, con la reunión del Consejo General.

La apreciación personal que me merece todo el encuentro es la misma de cada año (y de cada Congreso): mucha palabra, mucho discurso, mucha gente paseando, mucha gente comiendo, mucha gente vanagloriándose... y poca acción real. Un alto porcentaje de los participantes en este tipo de Congresos son bibliotecarios que intentan aprender y descubrir cosas nuevas. Un pequeño conjunto está involucrado en el funcionamiento de la organización. De ese conjunto, son muy pocos los que realmente creen en sus ideas o construyen saber útil: la gran mayoría llenan las sesiones de palabras huecas y vacías.

La gran pregunta es: "¿Para qué sirve todo esto?".

La gran respuesta es: "Para muy poco".

Los bibliotecarios "comunes y corrientes" –ustedes que me leen, yo, mis amigos– necesitamos líneas-guía, experiencias, conceptos y métodos que nos permitan trabajar, que nos ayuden a desarrollar propuestas en nuestros ámbitos. A la vez, necesitamos espacios de discusión, de debate, de trabajo conjunto, de creación de modelos y alianzas. Necesitamos hablar de trabajo, de acción, de qué se hizo y de qué se va a hacer. Necesitamos crear, construir, generar, crecer.

Necesitamos saber hacia dónde ir y cómo hacerlo. Necesitamos soluciones para nuestros problemas y ayuda para nuestras caídas.

La gente que se reúne aquí solo presenta largas sesiones –leídas apresuradamente, de un PowerPoint a veces, y que pueden accederse fácilmente a través de Internet– de palabras y palabras y palabras. Ciertamente, algunas son más que interesantes. Pero, después de eso... ¿qué? ¿Dónde está el debate, dónde la discusión, dónde el planeamiento de estrategias reales para usuarios y problemas reales? ¿Dónde están las herramientas que los bibliotecarios del mundo necesitan?

No se molesten en buscarlas. No están ni se las espera. Y eso, precisamente eso, es lo que me enferma de estos espacios.

Pero aun así, sigo viniendo. Porque hay alguna gente valiosa, porque hay corrientes subterráneas de contactos y alianzas que nos permiten, a los que pensamos de forma diferente, mantenernos conectados, conocer cómo se mueve este universo y saber cómo actuar en el futuro.

A nivel latinoamericano, muchas Asociaciones trabajan de la misma manera. Solo palabras. Ningún hecho, ningún apoyo a los colegas de su nación (y menos a los que no son socios), ninguna redacción de manuales o líneas de trabajo. ¿Me pueden explicar para qué sirve una Asociación Profesional en la cual no se trabaja en pos del desarrollo bibliotecológico nacional?

En nuestras tierras –y en otras lejanas también– hace falta gente que se ponga manos a la obra, que genere núcleos o pequeños grupos de acción en problemáticas reales y locales, que investigue, que estudie, que se forme, que comience a contactar con otros que trabajen igual, que creen redes, que intercambien experiencias y apliquen otros modelos y repliquen actividades. Es la única manera de crecer: en forma anarquista, horizontal, en equipo, en grupo, en forma orgánica. Las estructuras asociacionistas verticales en las cuales algunos destacan sobre los otros y ostentan cargos (que les permiten darse lujos como viajes al exterior) no son más que eso: estructuras verticales, que pocas veces –al margen de la organización de algún evento, la concreción de alianzas que no sirven de nada a los problemas puntuales, el contacto con entidades extranjeras, o la difusión de noticias– sirven para algo real.

Si las Asociaciones –incluyendo IFLA– quieren ser útiles realmente deben ponerse a dar respuestas concretas y tangibles a las necesidades reales de sus asociados. Las palabras son muy bonitas, pero cualquiera puede decirlas. Actuar es diferente: no cualquiera tiene el valor, la inteligencia o la constancia. Mientras no lo hagan, seguirán siendo lo que son en muchos puntos del planeta: corrales en donde pastan y se alaban mutuamente las "vacas sagradas" de nuestra profesión. Al parecer los trabajadores, mientras tanto, deambulamos por fuera.

Hasta aquí mi opinión, que ya fue expresada ante algunas autoridades de IFLA... con la reacción esperable. Aprovecho ahora para contarles un par de cosas que les pueden ser de interés.

Por un lado, el Instituto de Estadísticas de la UNESCO está realizando tablas sobre las bibliotecas a nivel mundial (las últimas fueron elaborados hace 20 años). Para este trabajo solicitó ayuda, como es de esperar, a IFLA. Por ende, la Sección de Estadísticas de IFLA está solicitando la ayuda de todas las instituciones nacionales y regionales mundiales que se ocupen de recoger datos estadísticos sobre las bibliotecas, para lograr armar, de aquí a diciembre, una base de datos de contactos fiables que permitan, el año que viene, iniciar la labor de elaborar las estadísticas globales sobre bibliotecas.

Por otro lado, este año IFLA/FAIFE lanzó su reporte temático 2006, dedicado a bibliotecas y HIV/SIDA y titulado "Bibliotecas y la lucha contra el HIV/SIDA: pobreza y corrupción". Tengo toda la sensación de que hay que pagar por la copia, y bastante (sí, sí, lo sé, nunca van a liberar información valiosa...). Les recomiendo, asimismo, que visiten el sitio de la FAIFE y curioseen un poco: hay cosas que, en teoría, están muy interesantes (aunque escasamente se lleven a la practica en la realidad... pero eso es nuestra tarea).

A propósito, por si no lo sabían, hay una sección de IFLA dedicada a las bibliotecas de Latinoamérica y el Caribe. En su sitio encontraran las newsletters en español. Pueden escribir y preguntar por qué y para qué existen y se reúnen y qué sacamos nosotros, los bibliotecarios latinoamericanos, de su actividad.

También hay una sección dedicada a temas femeninos que ha desaparecido en 2005 (falta de trabajos y de actividad), pero que en esta reunión se ha regenerado como un grupo de discusión ("Mujeres, Información y Bibliotecas"). En un universo profesional preponderantemente femenino, ¿cómo es posible que los temas de género no se discutan? En el sitio de la sección –ya desactivado– encontrarán el archivo, en el cual se conserva la actividad pasada.

Viniendo para este PC-bang o cyber-café, me crucé con un muchacho que llevaba una remera con la siguiente inscripción: "El valor de una lucha no está en no caer. El valor de una lucha está en saber levantarse aun después de mil caídas". Creo que muchos de nosotros podemos aprender de esa frase, una frase que se expresa muy bien, en la realidad, en la figura de un bonsai: a pesar de los años, del talado, del maltrato al que se lo somete para lograr que conserve su estructura reducida, el arbolito se sobrepone y sobrevive a todo eso, volviéndose cada vez más fuerte. Creo que nosotros, los que nos miramos a los ojos y reconocemos en nuestras miradas la necesidad de "algo más", la necesidad de luchar, de pensar, de decir, de crecer, de aprender, necesitamos fortalecernos con nuestras caídas, con las ausencias que nos rodean... Necesitamos levantarnos y unirnos, coordinarnos, contactarnos, hablarnos, y empezar a trabajar en forma conjunta, a escribir, a pensar, a exponer. Porque, de no hacerlo, nuestro pequeño universo profesional continuará siendo tierra de esos pocos que tanto nos asquean y que se deleitan hablando y alardeando de sus participaciones en Congresos de los cuales jamás comparten nada.

Desde un Seúl lluvioso, húmedo y grisáceo, les envío un abrazo enorme. Nos leemos por aquí mañana...

Ilustración.

agosto 25, 2006

Cuaderno de viaje 11: jueves 24 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Revolvía con mis palillos la mezcla de arroz y verduras picantes que me sirvieron en aquella simpática fonda, situada en un rincón aislado de mi barrio, en un curioso callejón zigzagueante. Revolvía el arroz, y cerraba, dentro de mi cabeza, el tiempo de Congreso que hoy acaba de finalizar.

La participación de colegas en la programación de hoy fue escasa, dado que hoy –como ayer– tuvieron lugar las visitas guiadas, en las que yo no participé porque no me gusta que me lleven de la mano a ningún lado, y porque tengo la posibilidad de visitar todo lo que quiera durante la próxima semana, días en los que continuaré deambulando (un poco más libre de compromisos) por Seúl.

Mientras levantaba algunas verduras de mi plato de kimchi, recordaba mis pasos durante la jornada. Pasé casi toda la mañana en una reunión que organizó la FAIFE ("Core Activity" de la IFLA) acerca del rol de las bibliotecas en el acceso a información sobre SIDA/HIV. En realidad, tal rol es claro, pero parece ser que las bibliotecas necesitan tomar conciencia de que su misión no es solo ordenar libros en forma bonita en estantes estables o crear hermosas bases de datos y páginas web, sino proporcionar un servicio a sus usuarios, un servicio útil, que sea de valor para los destinatarios. Las bibliotecas parecen olvidar, realmente, algo en lo que, desde estas páginas, siempre hago hincapié: el poder de la información que conservan entre sus manos. El poder para proteger la salud, el poder para hacer respetar los derechos, el poder para establecer diferencias entre ignorancia y educación, entre odio y comprensión. Un poder inmenso, que muy pocas aprovechan.

Tras el debate –escaso, pero con buenas participaciones, centradas en la idea que acabo de expresar– y con toda la mañana ya ocupada, me dirigí a la sesión de clausura, en donde me enteré –a través del periódico del Congreso, IFLA Express– que la Asociación Lituana de Bibliotecarios había retirado la propuesta de Resolución presentada hace un tiempo (en relación a Cuba). Por ende, supuse que las colegas cubanas también habían hecho lo propio. Además, durante la sesión se presentó la ciudad en la que tendremos encuentro el año que viene (Durban, Sudáfrica) y se anuncio que Milán será la sede para el 2009. Oímos algo de música sudafricana, nos enteramos de los premios al mejor póster ("Un estudio sobre el uso de bibliotecas públicas por indigentes en Taipei, Taiwán", presentado por Sheue-fang Song y Hui-tzu Hung) y a la mejor newsletter/boletín virtual de las Secciones de IFLA (la Sección de Bibliotecas Escolares y Centros de Recursos), y presencié el momento en el cual se aclamaba a la cubana Martha Terry como Miembro Honorario de IFLA. Martha –en un acto que me deleitó– dio su discurso en castellano, pidiendo que, los que quisieran comprenderla, se pusieran sus auriculares de traducción. Sus palabras presentaron en breve la historia de la bibliotecología cubana y todo el esfuerzo que hacen los colegas de aquella isla para salir adelante a pesar de las adversidades.

Y finalmente, dio su discurso el presidente de IFLA, Alex Byrne, cerrando el Congreso. Nos recordó los buenos momentos (sociales) vividos, y recalcó un par de ideas rescatables de todas las sesiones: conocimiento indígena, biblioteca digital, bibliotecas por la tolerancia y la paz (recordando la situación de guerra del Líbano) y comunicación este-oeste. Nada más...

Seguía comiendo mi arroz con verduras en aquella fonda, mientras pensaba que ya se había acabado aquel Congreso, el primero de mi lista durante mi viaje.

Y pensé, con una sonrisa triste e irónica, que otro año más me había ocurrido lo mismo: me iba tan vacío como había llegado.

Me iba sabiendo que son muchos los que tienen los ojos y las bocas vendadas, son muchos los que ven solo su realidad, son muchos los que no se ponen a pensarla desde otros ángulos y nos fuerzan a aceptar el de ellos.

Me iba sabiendo que en mi universo latinoamericano son muchas las que se pelean por el honor de "ser más", son muchas las que acaparan puestos y viajes y distinciones sin hacer nada para ganárselo ni beneficiar a nadie, son muchas las envidias y las divisiones y poca la actividad y la lucha.

Me iba sabiendo que los pocos que gritamos en voz alta dentro de estas estructuras somos considerados "loquitos" o "izquierdistas" o "especiales"... y somos dignos de compasión y olvido. Me iba sabiendo que todo esto seguía siendo la misma mierda, un año más.

Pero... frente a aquel plato casi vacío de comida coreana, con la mirada perdida en los granos de arroz empapado en salsa, pensé que, al fin y al cabo, no me iba tan vacío. Me iba con un montón de amistades e ideas nuevas, ganadas en buena lid en pasillos y callejones, en charlas de amanecida o tardecitas cansadas. Me iba sabiendo, mejor que antes, que mi trabajo y mi lucha valen la pena. Sabiendo quién soy, dónde estoy parado, qué quiero y qué no quiero definitivamente. Sabiendo hacia dónde quiero ir, hacia dónde debo apuntar mis armas para evitar desperdiciar energía. Sabiendo qué hay que hacer, qué no hay que hacer, qué se puede y qué no se puede desarrollar. Sabiendo a quien puedo tener a mi lado y a quien no podré tener jamás, por muchos puentes que intente tender. Sabiendo que mi esfuerzo vale la pena, día a día, porque hago lo que creo y creo en lo que hago.

Quizás profesionalmente este encuentro haya servido para darme cuenta de la pobreza y la división de mi mundo latino. Pero, personalmente, me ha dado motivos para seguir luchando por su unión y desarrollo, y me ha dado fuerzas para continuar trabajando y creciendo como bibliotecario, una palabra que repetí en voz baja muchas veces, mientras volvía a mi hotel por los callejones, y que nunca –nunca– me había sonado tan linda, tan modesta pero a la vez tan poderosa.

"Bibliotecario".

Con esta entrada finaliza el reporte de actividades del 72 Congreso IFLA de Seúl. El día viernes tendrán lugar las sesiones de los Comités de cada Sección, un tema burocrático que no describiré. Por ende, aquí finaliza el relato del Encuentro, pero no el de mi viaje, y mucho menos el de mi estancia en Seúl. Me quedan 38 días de travesía y varios encuentros y congresos profesionales en los que participare en Centroamérica, así que los invito a continuar a mi lado, especialmente porque durante los próximos días reflejaré en mis escritos aspectos de la realidad de Seúl que hasta ahora no pude reflejar (bibliotecas, museos, escuelas, universidades, política, vida social).

Desde estas costas bañadas por el mar de la China, les envío un fuerte abrazo.

Ilustración.

agosto 23, 2006

Cuaderno de viaje 10: miercoles 23 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Los abanicos se abrieron lentamente, formando una frágil y sonriente flor de tonos rosados, temblando al ritmo de flautas y cuerdas milenarias. Ellas se movieron grácilmente, como verdaderas flores humanas bajo el viento, y ese sonido y esa imagen se me clavaron en la garganta y me llenaron los ojos de una neblina de emoción que aun no me puedo quitar.

Fue en la noche del martes, en la velada cultural que nos ofreciera la organización del evento de IFLA (hasta ahora, la actividad más acertada que he presenciado en todo este Encuentro). Fue en el Centro Sejong de Artes e Interpretación, en pleno centro de Seúl, un edificio grandioso que simulaba una antigua casa tradicional coreana. Allí, en un escenario incomparable, bordeado por uno de los órganos más grandes que he visto en una sala de teatro, la Compañía Nacional de Changgeuk (interpretación tradicional), la de Danza y la Orquesta Nacional nos deleitaron con un repertorio inolvidable.

[Es preciso señalar que la Orquesta Nacional está compuesta únicamente por instrumentos tradicionales coreanos].

El repertorio comenzó con soojaecheon, música cortesana, de cadencias suaves, pobladas de sonidos de flautas agudas y cuerdas de seda. El telón de fondo era un antiguo grabado oriental de tonos sepias, mostrando montanas, transportándonos a las eras de los grandes reyes que se deleitaban oyendo precisamente esos sonidos. Tras ello, presenciamos una marcha marcial, con estandartes y ritmo más marcado, llamada gugunak. Luego se presentó en escena el cuerpo de danza, mostrándonos las figuras de un baile extremadamente delicado, casi etéreo.

Lo que siguió fue impresionante: una sesión de pansori, uno de los estilos nacionales más auténticos y arraigados; una mezcla de narración y canto a través de la cual una mujer lanza al aire una historia, entre exclamaciones, giros vocales y una exquisita técnica de canto ancestral, mientras un músico, provisto de un changu, la acompaña, completando a veces el relato con interjecciones o preguntas. A continuación, un enorme barco se desplazó por el escenario entre un mar de humo, y los navegantes entonaron un canto de marineros de las costas del sur.

Hasta aquí la primera parte. La segunda nos erizo la piel: una danza titulada "Sangomu, ogomu", en la cual más de 40 tamboreras (la mayoría eran mujeres) alineadas en tres filas, rodeadas por estructuras verticales de madera que ponían a su alcance alrededor de 6 tambores, golpearon los parches a un ritmo estremecedor, realizando, además, combinaciones y figuras de danza, todas sincronizadamente. Me encantó ver el rol femenino en esta danza / interpretación: de apariencia frágil y delicada, estas damiselas golpearon con total pasión, casi salvajemente, los antiguos tambores coreanos. A ello siguió otro espectáculo sobrecogedor: la danza de los abanicos o buchaechum. Siguió una interpretación de la Orquesta Nacional acompañando a 4 músicos tradicionales con tambores, que tocaron nongak (música campesina, de ritmo infernal). Los músicos tocaban como poseídos por todos los antiguos demonios del taoísmo, con las piernas cruzadas en posición de yoga, con tambores, pequeños platillos y un gong.

Y para terminar, aparecieron en escena los gigantescos tambores (quizás de más de dos metros de alto, y con parches del mismo tamaño) y se interpretaron todas y cada una de las danzas de tambor de Corea, ensambladas en una sola suite. Así, un grupo tocaba música religiosa y acto seguido se encadenaba con mujeres jugando, seguidas por hombres en cosecha o en danzas de amor...

Decirles que salí con la vista llena de imágenes y el pecho lleno de sonidos es poco. Fue, realmente, una noche inolvidable.

El día miércoles estuvo lleno de actividad. Lamentablemente, entre hoy y mañana están programadas las visitas guiadas que organiza IFLA, y por ende hubo poca gente en las charlas. Mi día comenzó con una breve visita a la sesión de la Sección América Latina y el Caribe. Sin embargo, las presentaciones de los colegas latinoamericanas brillaron por su capacidad de aburrimiento, así que me lancé a los pasillos buscando una reunión que el Presidente de IFLA, Alex Byrne, convocó para crear una nueva Sección sobre conocimiento indígena. En la reunión había escasa audiencia (no más de 20 personas) así que la propuesta fue aplazada. A las 10:45 (cuando comienza la segunda tanda de sesiones) yo ya me encontraba en la que organiza la Sección a la que pertenezco (Poblaciones multiculturales), reencontrándome con mis viejas colegas y amigas, y conociendo un poco sobre experiencias multiculturales en Asia, más precisamente en Japón y China. Lamentablemente me perdí una sesión simultánea sobre bibliotecas de arte que me interesaba mucho. Pero así se maneja este Congreso.

De 12 a 14 tuve que pararme dos horas frente a mi "póster", repartiendo mis últimos folletos y explicando a la audiencia –que se detenía a curiosear que era aquel pedazo de ceniza pegado al panel blanco– de qué se trataba el memoricidio (muchos creían que yo mismo había inventado esa palabreja). Tuve que explicar a los organizadores la contingencia que tuve que enfrentar con mi póster original (dado que esta "improvisación" no cumple con ninguna de las normas previstas por IFLA) y obtuve como respuesta una franca sonrisa y unas felicitaciones por mi "creatividad" al superar tal problema.

A las 13:45 me escape de la sesión de pósteres (que termina hoy) y me fui a la sesión organizada por la Sección de Bibliotecas de Ciencia y Tecnología, en la cual se trató nuevamente el concepto de "biblioteca ubicua", es decir, biblioteca virtual en la cual el "informacionista" tiene el rol de garantizar el acceso y la circulación libre de conocimiento para todos.

[Reitero que este "todos" incluye únicamente a la parte del mundo que sabe leer y escribir y que puede, además, darse el lujo de tener una computadora. Quizás para ustedes resulte común tener acceso a Internet o conocer el manejo de una PC, pero les aseguro que, después de vivir muchos meses en comunidades rurales e indígenas –las que abundan en mi país y mi continente– he aprendido a agradecer incluso el tener agua corriente, cama limpia, luz y comida caliente. Quizás debamos mirar un poco más allá de nuestras paredes y ver cómo vive nuestra gente, para entender que estos delirios que nos traen de afuera –aunque sean muy útiles, y aunque puedan servirnos para muchas cosas– no responden completamente a nuestra expectativas. Recuerden que la palabra "todos" es muy grande, y efectivamente incluye a "todos".
Con esto no propongo que nos desentendamos de una realidad virtual que domina el planeta: sería muy estúpido hacerlo, y muy hipócrita de mi parte el recomendarlo, especialmente cuando me comunico con ustedes gracias a estas herramientas. Pero creo que debemos de ser conscientes de que esas soluciones deben ser conocidas como una opción más, pero no como la opción. Debemos trabajar desde un marco regional, respondiendo a nuestras necesidades puntuales].


A las 16:00 estaba presentando mi tercera y última conferencia en la IFLA, en la sesión organizada por la Sección de Bibliotecas Biomédicas. Mi charla expuso las dificultades que enfrentamos los bibliotecarios que proveemos servicios a profesionales de la salud, a la hora de obtener información actualizada y valiosa. Remarqué la presencia fuerte de la brecha digital y como se siente el poder de los traficantes de información, que venden conocimiento estratégico al postor que pueda pagarlo y abandona a los demás a su suerte. Rescaté algunas experiencias que permiten el acceso a esta información, en especial la de los archivos de acceso abierto. Y remarqué una estrategia empleada en Sudamérica por muchos bibliotecarios y documentalistas: la creación de redes de colaboración en las cuales compartimos recursos solidariamente, de forma que cada biblioteca pueda contar siempre con algún tipo de información, y esté dispuesta a colaborar aportando la suya.

De allí, sin terminar de oír las otras conferencias, volé a la sesión organizada por la División de Educación e Investigación (una división agrupa a varias secciones) tratando sobre las actitudes tendenciosas dentro de la bibliotecología, en especial en lo referente a diferencias culturales y lingüísticas. Se presentaron muy buenos conceptos, que remarcaron el hecho de que la biblioteca no suele contemplar las diferencias y diversidades de sus lectores, sino que se pliega a un modelo dominante y fuerza a sus usuarios a aceptarlo si quieren leer. Esta generalización (muy extendida) debe ser solucionada si pretendemos generar espacios multiculturales que acompañen el desarrollo plural de nuestra sociedad.

Lamentablemente me perdí la exposición de libros infantiles organizada por la Biblioteca Nacional de Corea para Niños y Adolescentes y la Sección de Bibliotecas Infantiles. Pero espero tener la oportunidad de visitarla la próxima semana, durante mi estancia "libre de eventos" en esta ciudad.

Tampoco sé que destino corrió la propuesta de resolución que había presentado a IFLA la Asociación de Bibliotecarios de Lituania, para su consideración. En ella se condena al gobierno cubano por su "presión" a las bibliotecas independientes. Cuando leí la moción presentada por tal Asociación, reconocí en el texto, en forma inmediata, algunos fragmentos escritos anteriormente por el Sr. Robert Kent. Y las tripas se me revolvieron, especialmente porque se acusa al gobierno cubano de hechos sobre los cuales no se aporta ninguna prueba. Y se pretende que IFLA apruebe ese documento en nombre de todos los bibliotecarios del mundo. Hasta donde sé, por charlas oficiosas, la presidenta de la Asociación lituana renunció a su petición, pero aun así la presentación ante la IFLA para que el texto se convierta en Resolución ya está hecha. Para contrarrestar tal hecho, los bibliotecarios cubanos presentaran hoy (fecha límite para la presentación de propuestas de resolución) otro texto solicitando la condena al bloqueo que sufre el país, exponiendo, en un trabajo de recopilación de datos, el efecto que tal bloqueo ha tenido sobre las bibliotecas (y por ende, sobre la cultura y la educación) cubanas.

Esta noche nos espera la recepción del alcalde de la ciudad, y mañana finalizan las actividades y tendrá lugar la ceremonia de clausura, en la cual se presentaran los logros principales del encuentro (previsiblemente centrados en bibliotecas ubicuas, rol de los informacionistas, terrorismo y tolerancia, biblioteca digital y conocimiento tradicional en las eras modernas) y se publicitará el encuentro del año próximo en Durban (Sudáfrica), al cual espero asistir (al igual que a uno de los Satellite Meeting, en Pretoria).

Sentado en este PC-bang (cyber coreano), me doy cuenta (ahora que leo lo escrito) que estos encuentros reflejan las políticas mundiales: división entre dos mundos, el de oriente y el de occidente; división entre dos hemisferios, el norte y el sur; división entre economías: los ricos y los pobres; división entre accesos a la información: los conectados y los desconectados, los informados y los desinformados. Divisiones, divisiones, divisiones... Es verdad que muchas secciones pretenden incluir, pretenden igualar, y ese trabajo que hacen es magnífico. Pero las líneas de pensamiento dominantes en este encuentro (y en este planeta) conducen siempre a intentar igualar hacia arriba, es decir, a forzar a los pueblos del mundo a alcanzar el nivel de vida estándar "deseable" que tienen los países mal llamados "desarrollados".

Hay muchos y muchas que ya están persiguiendo la zanahoria porque es lo más "cool", porque está muy bien digitalizarse, porque está de moda, porque en Europa y en los Estados Unidos lo hacen. Y uno, sentado en esta silla, recuerda con lágrimas y rabia toda la pobreza que vivió en su vida y de la que fue testigo, y piensa que hay mucha gente que debería pasar al menos una semana en ciertas partes de nuestras tierras y ciudades para dejar de hablar estupideces y ponerse a diseñar, de una vez por todas, políticas realistas libres de discriminación y eurocentrismo.

Y uno también se da cuenta de que "los de abajo", los del Sur, debemos empezar a clamar en voz alta (y a los gritos si es necesario) para que este cambio se produzca, para que nos tengan en cuenta, para que dejen de decirnos cómo tenemos que actuar y nos ayuden a actuar como nosotros queremos o pensamos. Y uno se da cuenta, aquí sentado, lleno ya de lágrimas rabiosas, que quizás se deberían elegir mejor a las personas que nos representan en estos encuentros. Quizás muchas deberían ser enviadas a pasear a algún centro comercial, a comprar recuerdos y suvenires, dejando los lugares de trabajo a aquellos que realmente quieren trabajar, discutir, crear, generar...

Seúl me espera fuera de esta sala llena de computadoras. Seguramente esas calles me pintaran un sonrisón en la cara. Porque allí fuera está el pueblo, la gente, esas cosas con las que estoy más acostumbrado a convivir. Esto de las políticas, de los entreveros, de las "grandes señoras" de las "grandes asociaciones" y las "grandes amistades" y los "grandes contactos" no es lo mío. Lo mío es el trabajo con la gente que lo necesita.

Seguro que ellos me alegrarán la tarde con algún plato de kimchi picante y alguna historia, contada en coreano, entendida por señas.

Los dejo, pues... Será hasta mañana.

Ilustración.

Un comentario entre sesiones

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Me escribe mi compañera Sara desde España. Sara ha tenido que leer, en los correos que le escribo, toda mi rabia, mi frustración y mi furia en cuanto a los contenidos promovidos en el Congreso de IFLA, puntos que no anoto aquí porque hasta ahora no he tenido tiempo. Pero de aquí en más pretendo incluirlos, para que conozcan, a la vez que los hechos prácticos, mis pensamientos en torno a los mismos, que son los de muchos otros colegas que están por estos ámbitos.

Sara, quizás sin comprender mucho mi rabia en mis correos (ella es maestra, no bibliotecaria) se puso a leer el discurso inaugural de Kim Dae-jung. Casi muerde el monitor de su computadora. Y entendió muchas de las cosas que le escribí.

Lean algunas de sus apreciaciones, en torno a algunos párrafos del discurso del "Premio Nóbel de la Paz" (que a mí, personalmente, me puso verde de indignación):

"[...] Hoy en día, sin embargo, los individuos del mundo, sin importar cuán pobres sean, pueden acceder a cualquier conocimiento e información que necesiten visitando bibliotecas vía Internet, tales como las del Congreso de los EE.UU. o la Nacional de Corea. Todo lo que necesitan es una simple computadora personal [...]"
Leo como algunas mujeres tienen que prostituirse para dar de comer a sus hijos, y como este tipo pretende solucionarlo todo con una computadora, y quiero morder la pantalla de indignación.

"[...] La economía de nuestros tiempos ya no depende de recursos visibles y bienes capitalistas, sino en conocimiento e información intangibles. Por ende, los países e individuos pobres pueden crear bienestar a través de contactos activos y el uso de conocimiento e información. Por primera vez en la historia, el mundo ofrece a los pobres una oportunidad invaluable para incrementar sus propiedades y lograr una movilidad hacia arriba [...]"
(Esto es una apología del verticalismo y el capitalismo). No me lo puedo creer... ¿Este señor no sabe de los millones de pobres a los que empresas internacionales tienen trabajando hoy en día como "recursos visibles"? ¿"Contactos activos" no se referirá al tacto de un arma en las manos, claro? Porque otros miles de jóvenes las están empuñando en guerras promovidas por los intereses de esas mismas empresas...

"[...] Las medidas en contra del terrorismo deben ir acompañadas por corazones caritativos mostrando a los pobres el camino para hallar esperanza en su vida diaria, así pueden resistir la tentación de caer en el terrorismo [...]"
¿En serio dijo esto? ¿Y dónde se le quedó hablar de la justicia? ¿Caridad? ¿Corazones caritativos? ¿Resistir la tentación del terrorismo? Pero es una barbaridad... ¿Encontrar esperanza en su vida diaria? ¿Se da cuenta que a esa vida les hemos condenado nosotros y nuestro desarrollo? ¿Qué esperanza, la de dejar de ser pobres gracias a los corazones caritativos y las bibliotecas digitales? Y esa frase "la tentación del terrorismo" ¿la tentación? ¿La tentación de la prostitución supongo que diría también? Caramba... qué importancia tienen las palabras y que poquita cuenta nos damos de lo que decimos...

Como ven, ya desde su inauguración, este Congreso carga una tremenda dosis de hipocresía, de olvido, de confusión. A estas alturas del Encuentro, y luego de oír muchas conferencias, muchos debates y muchas opiniones personales intercambiadas en pasillos y cenas, me doy cuenta (como ya lo hice el año pasado, en Escandinavia) que todos estos encuentros conducen únicamente a buscar la forma más adecuada de empujar a los pobres para que se suban lo más rápido posible al carro tecnológico de los ricos, un carro que estos ricos no piensan abandonar porque se sienten muy bien en él (obviamente). Evidentemente, no se van bajar de él para esperar a que los pobres rezagados se suban, así que lo que hacen es empujar a duras penas a los pobres para que se plieguen al gran concierto "desarrollado" y así no sentirse tan culpables. El gran problema es que, si bien muchos colegas "pobres" persiguen esa zanahoria, la realidad es otra: nuestras economías no nos permiten subirnos al carro, nuestras necesidades son otras y no pasan por la tecnología de avanzada (que nos deslumbra mucho pero que no nos es útil) y nuestras estructuras bibliotecarias son débiles.

Y sí, aquí es donde he descubierto que las estructuras de nuestra profesión en casi toda América Latina están podridas por dentro, podridas por la desunión y la envidia. Los conflictos de intereses, los celos profesionales, las "vacas sagradas" jubiladas y pensionadas ocupando espacios (y acaparando atención y "cartel") que deberían ser ocupados por gente joven en plena actividad, los resentimientos, las limitaciones mentales, la ignorancia... Todo eso veo a diario, y todo eso me asquea mucho y me lleva a comprender por qué seguimos donde estamos, porque no avanzamos.

Y me lleva a comprender porque sigo recibiendo correos preguntándome de dónde saco dinero para viajar tanto y cómo hago para obtener subvenciones. Esos mensajes me repugnan, me asquean, me revuelven las tripas, me dan náuseas. Ya que estoy escribiendo un texto personal, permítanme terminarlo contándoles cómo logro viajar... así aquellos que creen que las cosas me caen del cielo pueden aprovechar y seguir mis pasos.

Trabajo como un animal.

Ese es todo el secreto. Además de mi trabajo como freelancer, además de mi trabajo de investigación y de docencia, escribo por horas todos los días, leo mucho, estudio idiomas, y produzco semanalmente uno o dos artículos, que se convertirán en publicaciones o propuestas para conferencias. Asimismo, preparo contenidos para talleres, investigo, contacto organizaciones en todo el mundo, despacho miles de correos electrónicos mensuales escritos al menos en cinco lenguas y que me llevan su tiempo de redacción, mantengo varios blogs, expongo mis ideas, las discuto, crezco... El trabajo me ocupa 365 días al año. Y los resultados –esos que provocan la sana o insana envidia de muchos/as– son los que se ven. Sí, son bonitos. Pero nadie conoce el nivel de esfuerzo, de cansancio y de estrés que cuestan estos resultados tan "bonitos".

Quizás debamos comenzar a mirarnos un poquito en el espejo, a empezar a solucionar nuestros problemas internos, a empezar a tomar iniciativas (especialmente los jóvenes) desoyendo el canto de las "sirenas sagradas" de nuestros países. Quizás debamos solucionar nuestros inconvenientes y luego revisar nuestros problemas, los de nuestras bibliotecas y nuestros usuarios, y comenzar a tomar, de lo que brinda el concierto internacional, lo que más nos sirva para nuestras propias necesidades. Es asqueroso ver como algunos pretenden solucionar nuestros dramas con una biblioteca digital o con alfabetización informacional cuando no han visto nuestras calles, plagadas de niños que aún no saben leer y que jamás en la vida tendrán la oportunidad de una computadora. Y es triste que muchas colegas ("importantes") se plieguen a tales directivas.

Esas colegas son las mismas que, en este momento, mientras yo gasto 3000 wones para contarles lo que pasa aquí y me preparo para las próximas conferencias, están paseando por Seúl, comiendo comida cara y tomando taxis de 14000 wones para un trayecto que en el metro vale 1000. Así es la vida. En esas manos exquisitas –que siguen escuchando, impasibles y sonrientes, discursos como los que erizaron la piel de mi compañera y la mía propia– están los destinos de nuestra profesión.

Confío en que hagamos algo al respecto.

Un inmenso abrazo...

Ilustración.

Cuaderno de viaje 09: martes 22 de agosto

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Un manto de niebla gris se extendía sobre el río Han, mientras lo cruzaba temprano, asido a las manijas que pendían del techo del metro. El horizonte apenas si se veía por las ventanas: solo se percibía una línea gris desdibujada, siluetas de edificios altos y algunas de las montanas que emergen, como islas verdes, entre el mar de cemento de esta urbe.

Los habitantes de esta gran ciudad iban durmiendo en sus asientos, dirigiéndose a sus ocupaciones del día, mientras muchos otros leían. Es impresionante la presencia de la lectura en las calles de esta ciudad, especialmente en las manos de niños y adolescentes. Es también muy interesante comprobar cómo la población –por joven que sea– busca informarse de las noticias del día. Poca violencia encontraran entre las mismas: Seúl es la ciudad más segura que he visto en mi vida. La seguridad se siente en la piel, y basta con caminar por cualquier rincón unas cuadras para darse cuenta de que uno no corre el peligro que correría en otros puntos del mundo. Muchos compatriotas se asombrarían al ver las enormes pantallas de plasma que están, sin protección alguna, en las estaciones de metro. También se asombrarían al comprobar la escasa presencia de la policía.

Mientras el metro me marcaba su ritmo, recordaba la noche del lunes, en la cual los participantes del Congreso de IFLA disfrutamos de la recepción que nos proporcionara el Ministro de Cultura y Turismo de Corea en el Pacific Hall del COEX. En la misma, el propio Ministro, Myung-gon Kim, nos recibió con un discurso en el cual enfatizaba el progreso que las bibliotecas han tenido en Corea desde que se comenzó la informatización de las mismas en 2000 y desde que se lanzo el programa Small Libraries para que cada comunidad tuviera la suya. Remarcó que la biblioteca tiene, hoy por hoy, un lugar importante en la vida cotidiana de los coreanos (algo de lo que no nos podemos enorgullecer muchos). De hecho, dada la importancia del asunto, se está formando un comité presidencial para ocuparse de la coordinación de los principales aspectos concernientes a redes de trabajo, presupuestos, políticas y servicios.

Tras tales palabras, y después de una opípara cena en la que degustamos los mejores platos de la cocina tradicional coreana (estilizados al gusto europeo, y carentes por ende del gusto popular, mucho más picante) y contemplamos la preparación de algunos de ellos en directo, presenciamos la representación de una selección de escenas de un musical titulado Gokdu-byulcho. Este musical ha sido producido por el Centro de Arte y Cultura de Ansam, y recoge una tradición histórica local poco conocida: la creación de un ejército (byulcho-gun) de artistas vagabundos (gokdu) para combatir a los invasores chinos. La puesta en escena, preciosa, fue acompañada por música en directo, interpretada por una orquesta tradicional, compuesta exclusivamente por instrumentos de cuerda, viento y percusión coreanos.

Así inicie mi día, con buenos recuerdos de una noche pasada que se había cerrado con baile multitudinario al ritmo de la música disco de los 90. La imagen de cientos de bibliotecarios saltando y moviéndose a ese ritmo es algo inolvidable, que rompería muchos estereotipos.

Mi día martes inició con una visita a la sesión de la Sección de bibliotecas para personas discapacitadas, que estaba centrada en el problema de la dislexia. Dado que no fue de mi gran interés (y que podía leer luego los textos bajando los documentos del sitio de IFLA), me hice una escapada a una sesión simultánea, la de la Sección de bibliotecas agrícolas. Esta se centraba en experiencias puntuales de difusión de información en algunos países "en desarrollo" (Sri Lanka, Botsuana, Túnez, India). Terminada esta, y un poco aburrido, vagué un rato por los anchos y alfombrados pasillos del COEX, viendo el ir y venir cansino de los pocos colegas madrugadores (muchos estarían paseando y haciendo compras por los mercados de Seúl...). Recordé que la presidenta electa, la berlinesa Claudia Lux, había convocado una tormenta de ideas para definir una agenda de trabajo para su mandato. No participé, sino que observé atentamente la labor de las distintas mesas, y al final... sí, colegas, al final muchos coincidieron en señalar la importancia del trabajo en bibliotecas digitales (otras líneas temáticas fueron conocimientos indígenas, libertad de expresión y acceso a la información).

[Este fervor por las bibliotecas digitales se nota mucho en Latinoamérica, en donde, para el año que viene, el Congreso Iberoamericano de Bibliotecología tiene como título "Bibliotecas digitales". Sigo repitiendo, y lo haré hasta el cansancio, que la digitalización de las bibliotecas está muy bien, pero que no debe olvidarse que proporcionamos un servicio. Realmente parecemos fascinados ante un espejismo, y creo que, en tal situación, estamos perdiendo el rumbo].

A mediodía me hice una escapada al área de Exposiciones (en donde seguía el trajín de promoción de servicios) para colocar mi póster, dado que, entre hoy y mañana tendrá lugar la exhibición de los mismos. Me dirigí, pues, al lugar que nos habían asignado (el fondo del salón, en un lugar bastante apartado)... y coloqué mi trabajo.

[Aquí hago un paréntesis para comentarles que, normalmente, preparo pósteres realizados a mano, en papel mache, totalmente artísticos. El punto es captar la atención del que pasa, encandilado por tanta información. Una vez captado el oyente, la información valiosa se le entrega en un panfleto de mano, explicándole, a grandes líneas, cual es la idea del proyecto. Así trabajo yo. Mi propuesta de este año fue "memoricidio". Llevaba para ello un hermoso póster. Sin embargo, el trabajo no sobrevivió al viaje, y llegó totalmente destrozado. Por ende, me fue preciso improvisar. Y lo hice. Pegué un pequeño trocito de papel a la enorme tarima blanca, y debajo coloqué un cartelito que decía que ese pedazo de ceniza era parte de un póster que contenía información valiosísima y bellas imágenes, y que el autor lo había quemado a propósito para demostrar en la práctica los terribles efectos del memoricidio. Y que aquel que quisiera más información podía tomar un panfleto. Fue el póster más barato de mi vida: no me costó nada. Y también fue el más efectivo: a la hora de haberlo puesto ya se había corrido la voz del "postercito" y me habían sacado no sé cuántas fotos, y había recibido no sé cuántas felicitaciones por la originalidad de la idea... Si ellos supieran la historia verdadera...].

Las sesiones de pósteres suelen ser las grandes olvidadas en los Congresos. Suelen ser colocadas en horarios intermedios (en los que todo el mundo se va a comer) y en sitios inoportunos (apartados, sin luz, pequeños, poco marcados). Los pósteres, además, no suelen estar nunca bien realizados. Por lo general son densos textos ante los cuales pocos se detendrían. En este caso de Seúl, existe un problema agregado: la mayor parte de la audiencia es asiática, y pocos hablan inglés correctamente (algo que también ocurre en nuestro continente). Muchos ni siquiera lo hacen (incluyendo a muchos organizadores y voluntarios). Casi todos los pósteres y ponencias están en inglés (único medio de comunicación común). Por ende, pueden imaginarse ustedes las complicaciones que se están generando en este evento, y que pueden conducirlo a un cierto "fracaso".

[Ya que estamos en el terreno de las críticas, debo anotar además que la organización es un tanto desastrosa, que hay muchas cosas que no se han contemplado, que los servicios de información y traducción son deficientes... En fin, es lo que hay].

Después de las dos horas de rigor acompañando mi póster, me fui corriendo a la sesión de la Sección África, que trabajó sobre conocimiento indígena, con excelentes ponencias que trataron el tema del copyright y el saber aborigen (un tema verdaderamente candente), los retos de conservación del saber nativo, el rol de las bibliotecas y las universidades en tal trabajo. Desde la presidencia de Kay Raseroka, y ahora con Alex Byrne, IFLA ha hecho mucho hincapié en la recuperación del saber ancestral y en el rol de la biblioteca en tal labor. Y esto se nota en muchas de las actividades planteadas en estos encuentros.

Otra de las líneas de acción planteadas por Byrne es alfabetización informacional, dado que todo este ambiente digital que está dominando la escena bibliotecológica actual no serviría de nada si los usuarios no supieran emplearlo. Por ende, hay que ocuparse de educarlos al respecto. Saliendo de la sesión africana, me dirigí precisamente a la sesión de alfabetización informacional, en donde se presentaron algunas experiencias puntuales.

Caminé luego por las calles, mirando a las madres y a los padres con sus hijos. La protección y el cariño que se les brinda a los pequeños por estos horizontes es algo hermoso de presenciar. Es la misma que le dan a los árboles (cuyos troncos, en especial si son pinos, se vendan antes de trabajar cerca de ellos) y a las flores (que, hasta ahora, no he visto cortar jamás). Me pierdo por los callejones, entre esta neblina que vuelve aun más tenue el ambiente citadino, y me pregunto si verdaderamente estos encuentros tienen un propósito, un sentido. A veces pareciera que las verdaderas experiencias, las que valen, quedan fuera de estos ámbitos. Pero me consuelo, mientras me pierdo por las callejas del Imsa-dong, pensando que al menos ciertas ideas o ciertas informaciones transmitidas desde estos eventos y a través de sus participantes, pueden despertar propuestas en algún rincón del mundo, y ser, por ende, útiles.

La tarde va cayendo, y llovizna. Los ginkgos balancean sus hojas triangulares, y las cigarras han callado. Definitivamente, la mejor enseñanza de este viaje la estoy obteniendo en estas calles, que me permiten pensar en paz.

Un enorme abrazo desde estas costas orientales... Nos leemos mañana.

Ilustración.