Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 29, 2006

Cuaderno de viaje 28: domingo 09 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Repetí la palabra varias veces –creo que cuatro o cinco– hasta memorizarla: "nixtamal", que en boca de los guatemaltecos suena "nishtamal", así como "Uxmal" suena "ushmal" o "ixchil" suena "ishchil". El nixtamal es el molino especial que se usa para preparar la masa de las famosas tortillas. Llegado a cierto punto de mi estadía en Guatemala, mi estómago y mi paladar habían decidido que no podían seguir viviendo sin tortillas calientes y frijoles. Así que pedí a la familia que me hospedaba que me explicara el proceso de producción, que resultó ser bien complicado. Básicamente, se trata de procesar granos de maíz hirviéndolos con cal para luego triturarlos en el nixtamal, que en los tiempos antiguos era un molino de mano pero ahora es un ingenio eléctrico. Luego se almacena la masa, la cual, diluida con un poquito de agua, se amasa a mano cuando sea menester, dándole forma de tortilla. Durante este último paso –y antes de tirarlas sobre una plancha caliente y comerlas– la masa se hace una bola y se moldea entre las dos palmas, en un movimiento rotatorio-percusivo que se parece mucho a un aplauso. He ahí el arte de la tortilla, y las buenas "tortilleras" (sí, lo sé, el vocablo es ambiguo en castellano coloquial, pero así se llaman) se destacan por su facilidad para tal práctica, que en Guatemala se denomina "tortear".

Si ustedes recorren cualquier calle guatemalteca en la mañana temprano, oirán el palmeo de las mujeres preparando tortilla cada veinte metros... y el aroma de la plancha caliente, y las primeras tortillas humeando. Ahhhh... Anoto esto porque, leyendo hace un tiempo un libro de un arqueólogo famoso (S. G. Morley) que trabajó en Yucatán y Petén sobre la cultura maya (antigua y moderna), este hecho también es remarcado. El autor citaba su propia experiencia en aldeas mayas contemporáneas, así como crónicas antiguas que igualmente remarcaban la importancia de la tortilla en la alimentación, las distintas variedades (que me explicaron con sus nombres y características, pero que olvidé), y la particularidad del sonido matutino del "palmeo".

Mientras intentaba memorizar la palabra "nixtamal" y la receta de los frijoles y las tortillas, y mientras la dueña de casa me juraba que en los supermercados podría comprar harina de maíz "nixtamalizada" (así consta en el paquete) y llevármela en la mochila, desayunaba un tamal guatemalteco, muy parecido a nuestros tamales sudamericanos, si bien nosotros los envolvemos en chala (las hojas secas que recubren la mazorca de maíz) y ellos en hojas de platanera... al margen que quizás nosotros agreguemos más carne y menos harina de maíz. ¿No conocen los tamales? Pues, vivan donde vivan, se han estado perdiendo una de las especialidades más deliciosas de la cocina latinoamericana.

Mientras desayunaba, hojeaba la prensa guatemalteca y charlaba con mis anfitriones, que se lamentaban de la violencia de las calles (venganzas, ajustes de cuentas a punta de Kalashnikov, ejecuciones) y me hablaban de viejos tiempos a olvidar, de esperanzas nuevas, de deseos. Mientras los oía, leía en las páginas internacionales que en mi propio país se estaba juzgando a un genocida de la última dictadura, y me vino a la memoria todo el dolor de mi propia gente, toda la masacre, el perdón general instaurado por presidentes ciegos, la derogación de ese perdón obtenida hacía poco, los juicios, las madres y abuelas de los desaparecidos, los nietos que aparecían con identidades cambiadas... Y compartí con ellos un poco de la historia de mi propio país, y de los años oscuros, y del informe sobre desapariciones que la Comisión Nacional Argentina presidida por el escritor Ernesto Sábato redactó al inicio de la democracia y que se tituló "Nunca más", una lectura obligada para cualquier argentino que haya perdido la memoria y que necesite saber qué se hizo y qué pasó esos años de nieblas. Y ellos me contaron que tenían un informe similar, redactado al final de la época de guerra nacional, en 1996, y que era imposible leerlo sin sentirse enfermo.

Asentí. Asentí porque recordé que la primera vez que leí el "Nunca más" (en 1996, apenas llegué de España) me detuve en la cuarta hoja, descompuesto y llorando desesperadamente. Jamás imaginé que eso había ocurrido en mi país, que eso había sido hecho a argentinos por argentinos, por humanos a humanos.

Esos libros deberían estar en todas nuestras bibliotecas, así como los informes de todas nuestras guerras. Nuestros jóvenes están siendo educados en una cultura masiva que los orienta a jugar en computadoras con armas de guerra, matando personas, como si se tratara de lo más natural del mundo. Ven guerras en los informativos, ven muerte en los diarios, y, de acuerdo a algunos informes que leí en Guatemala, los jóvenes están casi anestesiados por tanta violencia a su alrededor. Pocos niños y adolescentes en el resto del continente conocen los resultados reales de esas acciones, que distan mucho de ser tan perfectos como los de las películas de héroes y villanos que nos vende Hollywood masiva y tranquilamente. La biblioteca puede educar en la paz, aún cuando tal educación pase por mostrar los resultados destructivos de empuñar un arma.

Lo sé, soy un pesimista. Pero ahora mismo me acuerdo de una tira de "Mafalda" en la cual la protagonista decía "No soy ninguna pesimista detractora de la humanidad. Entiendo muy bien que cada cual, por poco que haga, pone su granito de arena. Lo que no entiendo es esa manía de ir a ponerlo justo dentro del ojo del prójimo".

Mientras hacíamos tiempo para embarcarnos para Antigua Guatemala, una de las componentes de la familia me llevó a una librería del centro de la ciudad de Guatemala, para buscar algún libro de leyendas, cuentos populares y narraciones guatemaltecas (encontré escasos ejemplares) y libros sobre lenguas indígenas (pocos, también... aunque hay una sección de la UsaC que se dedica a producir ese tipo de documentos). A la vez, recorrí algunos supermercados (para gente pudiente) y despensas familiares (supermercados para gente de escasos recursos) para comprar un par de botellas de buen "guaro" (término coloquial para las bebidas alcohólicas) y de harina de maíz. Las diferencias entre ambos tipos de supermercados son "apreciables": calidad de los productos, precios, servicio, atención... Las diferencias sociales dentro de la estructura de la sociedad guatemalteca aún parecen ser profundas, al menos para los ojos de un extranjero, aunque ¿de qué voy a escandalizarme en un país como el mío, en donde aún se usa la expresión "negro de m..." para referirse a las personas de piel más oscura? No, tal cosa no ocurría en Guatemala, aunque llamó mi atención las publicidades adheridas a algunos autobuses: "No soy 'indito', soy Maya". El término "indito" es usado como nuestro "negro", una especie de peyorativo para las sociedades originarias. El proceso de reafirmación de identidades nativas ha llevado a una revalorización del término "maya", al cual se le está dando una importancia enorme. Confieso que mi análisis de la situación guatemalteca es superficial: la cuestión es mucho más compleja, y hay muchos intereses cruzados que no tuve tiempo de analizar en profundidad. Simplemente les expongo las sensaciones que fui recogiendo, sin ánimo de condenar o criticar a nadie.

Tras el almuerzo nos dirigimos a Antigua, ciudad famosa porque conserva las estructuras típicas de una urbe colonial centroamericana: casas tradicionales, calles empedradas, ruinas de monasterios e iglesias. La ciudad dista 30 km de la capital, y descansa al pie del famoso Volcán de Agua, cuya mole puede verse, en los días claros, dominando la ciudad de Guatemala con su tradicional forma cónica.

Antigua me fascinó, como fascina a todos los extranjeros que han decidido quedarse allí. De hecho, puede decirse que Antigua se ha transformado, lentamente, en una ciudad de extranjeros, visitantes que se enamoraron de la atmósfera de paz y se radicaron allí. Hay muchos comercios de artesanías –especialmente trabajos en jade, en los cuales la nación se destacó desde tiempos prehispánicos–, bellísimas construcciones del siglo XVII (sobre todo edificios religiosos, pero también casas de familia siguiendo el típico esquema español de patio central y habitaciones alrededor) y algunos museos. Como bibliotecario, el único que visité fue el del libro antiguo, un pequeño local en el que se exponen algunas muestras de imprenta e impresiones de siglos pasados. La colección, honestamente, es reducida, pero aún así haría las delicias de cualquier bibliófilo. En una de sus salas se describe el proceso de producción de los papeles marmolados usados tradicionalmente en las encuadernaciones antiguas, una costumbre ya perdida gracias a las producciones masivas de textos. Vi algunos ex-libris interesantes, y facsímiles de los primeros textos que salieron de las prensas centroamericanas. Recordé, en aquel momento, recorriendo las silenciosas salas, que el impreso americano más antiguo que ha llegado hasta nosotros fue la "Relación del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en la ciudad de Guatemala" de 1541, impreso en casa de Cromberger en México, y que allí asomaba, tímidamente, como facsímil entre otros títulos del siglo XVIII y XIX.

Las ruinas silenciosas de los monasterios, la portada churrigueresca-centroamericana de una de sus iglesias, la plaza con sus pilas de agua para lavar la ropa y su leyenda de la "Viuda", todo ese espíritu antiguo acompañó mis pasos por la ciudad, bellísima, adorable, mágica. Algunos rincones me recordaron otras ciudades latinoamericanas, algunos callejones de La Paz, algunas casas de San Telmo en Buenos Aires... Pero, aún así, Antigua tiene un carácter único, especial, inimitable, un carácter que no se puede olvidar. Describirlo con palabras es casi imposible: hay que sentirlo sobre la piel, en las retinas, en todos los sentidos.

Volviendo, escuché un minuto esa vocecita que me gritaba dentro del corazón "¡es hora de volver a casa!". Y le hice caso. En ese momento puntual decidí cancelar todos mis restantes movimientos, compromisos y proyectos, cambiar mi vuelo y volver a mi hogar. El viaje ya había durado lo suficiente como para adquirir un poquito más de saber, un poquito más de experiencia, algunas sonrisas y algunas lágrimas que me faltaban. Quizás siempre supe que jamás aprendemos algo que no sepamos: solamente despertamos cosas que ya tenemos dentro, que ya sabemos desde siempre. Los viajes nos enriquecen, pero no porque encontremos verdades o misterios en otros lugares, sino porque otros estímulos que desconocemos despiertan, en nuestro interior, cosas que no se despertarían (¿o sí?) en otros lugares. No creo que aprendamos mientras viajamos, pero sí que nos enriquecemos, que crecemos, que adquirimos perspectivas que quizás antes no teníamos. Al menos, eso fue lo que me ocurrió a mí cada vez que cargué la mochila al hombro. Y en aquel momento reconocí que era hora de bajar la mochila de aquel hombro cansado y metabolizar todas mis andanzas en mi propio hogar, cerquita de los míos, cerquita de las esquinas donde fumaba en mis madrugadas de insomnio y pesadillas.

Bastaron un par de emails de disculpas y un par de llamadas para cambiar mi vuelo, y todo estaba resuelto. Me quedaría en Guatemala el tiempo suficiente para cumplir un viejo sueño: pisar una ciudad maya. Hecho eso, volvería a mi Córdoba invernal, que, allá al sur del Ecuador, se estaría preparando para recibir la primavera.

La ciudad elegida para cumplir mi sueño sería Tikal. De ella y de mi retorno les hablaré en las próximas entradas, con las cuales cerraré el diario de este periplo, para volver a ocuparme de los asuntos cotidianos con los que suelo ocupar estas páginas.

Aquí nos veremos para compartir solamente un par de experiencias más, quizás las más bellas de todo el viaje. Hasta entonces, les dejo un abrazo enorme, cargado de aromas de frutas de tierras calientes...

Ilustración.

septiembre 28, 2006

Cuaderno de viaje 27: sábado 08 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

El Simposio guatemalteco el día viernes había terminado –con cena y baile– pero mis actividades continuaban, a pesar del inmenso agotamiento que cargaba en mi cabeza y en el resto de mi metro ochenta y pico de humanidad. Era curioso: supuestamente yo debía disfrutar de la enorme "aventura" que estaba viviendo. Pero, en realidad, no hacía más que desear tomar el avión que me llevara de vuelta a casa, a mis calles conocidas, a mi ropero, a mi cocina, a mi escritorio y a mi cama. Vivir como un gitano –con la casa a cuestas– me apasionaba de joven. Pero, si bien aun amo viajar, debo reconocer que los años me han ido cansando un poco. Ya disto mucho de ser un ciudadano del mundo. En ese sentido, me apego a una definición que dio Alejandro Dolina en uno de sus libros:

"Todo viajero es la mitad de sí mismo. No hay lugar en los aviones para llevar las cosas que lo completan. Esquinas, gestos, personas, vientos, olores, tapiales, saludos, colores y miradas no caben en las valijas.
Se me dice que algunos hombres no conocen la querencia. Son personas incomprensibles, que se reputan ciudadanos del mundo. Yo prefiero ser criollo".

El sábado por la mañana, y merced a la invitación de dos profesoras de la carrera de bibliotecología de la Universidad de San Carlos (Rosidalia García y Valentina Santa Cruz), la colega Nora Rendón y yo nos hicimos una escapadita hasta la USaC, un amplio campus en el que destacaban los distintos edificios de la universidad pública guatemalteca. Como paso previo, visitamos la Biblioteca Central, una construcción de varios pisos en las que apreciamos los sencillos OPACs –que por primera vez me hicieron sentir cómodo en la búsqueda de una referencia bibliográfica–, las pobladas salas de lectura y los gabinetes de estudio, las secciones de referencia –de acceso abierto–, la bien provista hemeroteca, el área de procesos técnicos y adquisiciones... Fue una visita rápida en la cual obtuvimos un vistazo general de las colecciones y las estructuras de la institución, y que, personalmente, me dejó una sensación muy agradable.

Cada facultad posee, además, una colección propia. En el caso de la de Filosofía y Humanidades, debo reconocer que era más pequeña de lo que esperaba. Sin embargo, esta sensación me quedó al comparar la organización bibliotecaria con la de mi Universidad de Córdoba, en la cual las colecciones no se concentran en una estructura central, sino en los edificios de cada Facultad. Aquí parecía ser al revés.

La charla con los alumnos de la carrera –cuarenta o cincuenta personas– y con la directora de la misma, Eloísa Yoc Smith, me dejó un sabor de boca extraño. No por las preguntas y respuestas de los estudiantes, que fueron muy acertadas y simpáticas, ni por el ambiente, que realmente fue muy cordial, sino por las respuestas que tuve que expresar, en especial al comparar la profesión en mi país con los lineamientos que mi colega colombiana proporcionaba del suyo. En pocos minutos me di cuenta de todo lo que quedaba por hacer en mi profesión, en mi tierra, y, sobre todo, en mi provincia. Al comparar Guatemala, Colombia y Argentina, realizamos un ejercicio de comparación de tres elementos completamente diferentes, en el cual se notó a las claras el desarrollo inteligente –a nivel académico y político– de las estructuras bibliotecológicas colombianas y el enorme camino a recorrer por los profesionales argentinos y guatemaltecos. Al verme forzado a analizar y a exponer el trabajo de mis colegas en Córdoba, me encontré con un pilón de deficiencias y pocas novedades. Si ustedes, que me leen ahora, han leído en otras ocasiones este weblog, sabrán que no soy el fan número uno de la Universidad en la que estudié y me formé como profesional. En aquel momento, en Guatemala, entendí el por qué de mi actitud: mentes cerradas a los cambios, estructuras internas rígidas, investigación inexistente, cambio de planes de estudios aplazados por años, contenidos que apenas si se revisan... Ciertamente estoy generalizando: existen en mi provincia (por no hablar de mi país) profesionales que están haciendo mucho por el crecimiento de la bibliotecología. Pero lo triste es saber que hay aún muchas "anclas" que los/nos mantienen en el mismo sitio, clavados a un lugar cómodo. La estrategia es clara: aquellas personas que no están dispuestas a superar sus estrecheces personales mantienen los niveles académicos bastante bajos, y convierten a la profesión en algo estático, pobre, sin mejoras posibles. Cuando Nora Rendón comentaba que en la Escuela Interamericana de Bibliotecología los profesores estaban obligados a desarrollar programas de investigación y extensión a la vez que excelentes programas de docencia, la envidia probablemente se me notó en la cara. A pesar de que idénticos puntos están contemplados en los reglamentos de nuestras Universidades, puedo –ahora mismo, sin hacer grandes esfuerzos de memoria– realizar una lista de medio centenar de profesoras/es de las Escuelas de Bibliotecología que conozco que no sabrían enunciar un solo problema de investigación para su cátedra, por no hablar de un tema para extensión. ¿Qué formación pueden tener los egresados que han sido modelados por tales manos? ¿Qué expectativas de mejora tiene la profesión si el motor de la misma –los docentes– sigue funcionando con estructuras atrasadas?

Creo que el gran problema es que es muy cómodo –para muchos docentes– ganarse el sueldo y ostentar el título de "docente universitario" empleando la ley del mínimo esfuerzo. Muchísimos estudiantes y profesionales han descubierto conceptos clave de nuestra profesión –como el acceso abierto, por ejemplo– a través de las páginas de este weblog. Con esto no quiero anotarme un gol a mi favor, sino demostrar mi asombro al saber que tales conceptos jamás fueron tratados en clase. Perdón, pero... ¿qué es lo que está fallando? Si no enseñan conceptos modernos y actualizados, como el empleo de wikis y blogs en bibliotecas, o el acceso abierto, o los roles de las bibliotecas públicas, o las estrategias para desarrollar bibliotecas comunitarias... ¿qué es lo que se enseña? ¿La historia de Dewey, el fonógrafo...? Si no se enseña a escribir un texto con sentido, o a plantear un problema de investigación, o a planear una biblioteca desde cero... ¿qué se enseña? Si no se enseña la responsabilidad que tiene el bibliotecario para con su comunidad, o a alfabetizar, o a promover la lectura... ¿con qué se está equipando a los futuros profesionales?

Muchos me han dicho, ante estas opiniones tan "radicales", que debería dejar de lado mis críticas y ponerme manos a la obra para cambiar el panorama. Pero cuando las puertas de las instituciones de educación se cierran a los cambios y a las nuevas ideas, también se cierran a las personas que quieren impulsarlas. Es como si, al plantear novedades, muchas/os docentes se sintieran incapaces de adaptarse, de mejorarse, de superarse. Por ende, prefieren cerrar los oídos a tales cambios y continuar con el statu quo que los mantiene en una posición favorable, aunque sea paupérrima.

¿Cuándo cambiará toda esta situación? Nunca. La estructura se auto-reproduce. Las voces que se alzan contra ella son silenciadas y se las excluye de los espacios en los cuales se toman las decisiones importantes. Y no, no crean que todas esas voces tienen la virulencia de la mía: la mayoría son respetuosas e intentan aportar cambios en forma progresiva. Pero aún así, tales cambios no se ven. La bibliotecología –al menos en Argentina– continúa siendo, a grandes rasgos, una mera técnica auxiliar, cuando podría ser una verdadera herramienta de desarrollo social y cultural. Mucho se hace, pero al compararlo con la gran masa de acontecimientos cotidianos, ese "mucho" se convierte en "nada".

Para ampliarles un poco el panorama sobre la Escuela de Bibliotecología de la UsaC –la única en Guatemala– les comento que el currículo de la carrera se compone de diez ciclos o semestres. El primero incluye estudios gramaticales, historia nacional (época prehispánica y colonial), el cosmos, matemática fundamental e introducción a las técnicas de estudio e investigación. El segundo incluye derechos humanos, comunicación, historia nacional (época independiente y contemporánea), sociología general y biología general. El tercero incluye introducción a la bibliotecología y ciencias afines, administración I, estadística, problemas socioeconómicos de Guatemala y psicología general. El cuarto incluye introducción a las técnicas bibliotecarias, administración II, bibliografía general, metodología de la investigación bibliotecológica e historia, conservación y preservación del libro. El quinto incluye clasificación I, catalogación I, bibliografía nacional, lingüística y bibliotecas infantiles, escolares y públicas. El sexto incluye clasificación II, catalogación II, servicio de consulta y referencia, relaciones humanas, psicopedagogía y un seminario a elección. El séptimo incluye servicios y usuarios de información, bibliotecas nacionales, universitarias y especializadas, informática aplicada a la bibliotecología, ética, taller de redacción y una práctica supervisada. El octavo incluye documentación I, servicios audiovisuales, administración y organización de unidades de información III, análisis y diseño de sistemas de información, e inglés I. El noveno ciclo incluye hemerotecas, formulación de proyectos de información, documentación II, redes de información, inglés II y un segundo seminario a elección. El décimo y último ciclo incluye vocabularios controlados, temas actuales en ciencias de la información, gerencia de la información, archivología general, inglés técnico y una segunda práctica supervisada.

Recomendaría a algunas escuelas latinoamericanas que analicen el listado de materias que acabo de proporcionar arriba, y piensen en todo lo que les falta.

El resto del día lo pasé en la casa de una familia local –que, muy cordialmente, me ofreció alojamiento para la noche del sábado– preparándome para visitar la ciudad de Antigua Guatemala el día domingo y partir para México esa misma noche. Sentado a la mesa de aquella familia, comiendo nachos (cuartos de tortilla fritos) con frijoles negros y bebiendo un excelente ron nacional, comprendí que bajo la fachada de sociedad problemática y dolida que exhibe Guatemala a través de sus periódicos y noticieros televisivos, hay un pueblo cansado de luchas, de armas y de sangre, y deseoso de una vida pacífica, tranquila, de paz por una vez en décadas. Sin embargo, entendí que a Guatemala le queda un largo camino hasta conseguir esa paz tan anhelada y tan oculta. Y entendí que no era sólo un camino que ese país debía recorrer: era un senderito pendiente para todo un continente, hastiado de conflicto pero inmerso en él desde hacía siglos y por los siglos.

Será hasta el próximo día...

Ilustración.

septiembre 26, 2006

Cuaderno de viaje 26: viernes 07 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

El día comenzó temprano. A las ocho de la mañana estaba nuevamente en la Universidad Rafael Landívar, bajo unas nubes que definitivamente vaticinaban un segundo diluvio universal y todas esas catástrofes a las que nos tienen acostumbrados los predicadores. Me refugié en el auditorio para participar en la primera mesa del día. La temática de tal mesa giraba en torno al rol de las bibliotecas comunitarias como medios de desarrollo social, y, como primer ponente, me ocupé de proporcionar algunas ideas generales que permitieran a los asistentes generar una definición propia de "biblioteca comunitaria". Definitivamente este es un concepto en auge, y es curioso notar como en cada país de la región se le da una definición diferente, de acuerdo a la realidad nacional e incluso regional. Lo mismo sucede con los términos "público" y "popular". Por ende, sería muy útil construir una definición consensuada, que nos permita caracterizar a estas unidades que, desde mi punto de vista, son las creadas por la propia comunidad sin influencias externas, por motu propio, y que responden a necesidades puntuales y concretas del grupo humano que las genera. A diferencia de las públicas, no poseen subvenciones gubernamentales ni disponen de trabajadores cualificados dependientes de tales instituciones de gobierno. Su independencia es total, al igual que su compromiso para con el desarrollo de la comunidad. Quizás este último punto sea el más destacable, y el que dota a estas unidades de una importancia particular en nuestro contexto socio-geográfico actual. Cuando una de estas bibliotecas surge, de la mano de gente que desconoce por completo la profesión y la disciplina bibliotecológica, es porque la necesidad de tener servicios de (in)formación y recreación es imperiosa y no ha sido respondida. Imaginen la fuerza de esa necesidad, imaginen su profundidad y su amplitud. E imaginen todo lo que se podría lograr si tales requerimientos fueran cabalmente respondidos: mejoras en la salud, en la gestión de recursos, en la alfabetización, en la educación, en el trabajo...

Las bibliotecas comunitarias (al igual que las rurales, las indígenas, las populares y, en gran medida, las escolares) suelen ser las "hermanitas pobres" de la bibliotecología, una especie de "último orejón del tarro" del que pocos se preocupan. Sin embargo, es preciso recordar que son ellas las unidades "de trinchera", que son ellas las que soportan los mayores embates y las que abren los caminos de la lectura, que son ellas los espacios de trabajo del mayor porcentaje de bibliotecarios de la región, y que son ellas, en definitiva, las que merecerían una mayor atención por parte de la "Academia". Sin embargo, la atención de los dioses y diosas del Olimpo bibliotecológico está orientada hacia lo digital, lo moderno, lo de primera línea. Aquí seguimos nosotros, a pesar de todo, trabajando, porque definitivamente hemos comprendido que la labor de los bibliotecarios de base es realmente importante. Y lo notamos en la sonrisa de nuestros usuarios, en ese caramelo que nos traen los niños a escondidas para agradecernos la ayuda en las tareas o el libro prestado...

El resto de la mesa presentó experiencias puntuales en el campo de las bibliotecas comunitarias. Me interesó sobremanera la presentación de la Fundación Riecken, una entidad que trabaja en el desarrollo de bibliotecas en Guatemala y Honduras especialmente en zonas rurales (ocupadas aquí por indígenas). Poseen unas 40 unidades, de las cuales 9 se encuentran en territorio guatemalteco. En esta red, 10 poseen Internet, 35 tiene clubes asociados, 35 poseen juntas directivas conformadas por autoridades locales, 14 desarrollan programas de radio comunitaria y 36 proporcionan espacios para talleres). La base de las bibliotecas creadas por la FR es promocionar la inclusión, la participación y el pensamiento crítico a través del acceso libre y abierto a recursos informativos. El presentador de la FR hizo un fuerte hincapié en la necesidad de no limitarse a paradigmas bibliotecológicos cerrados, declarando que la libertad de acción y creación dentro de las unidades no implicaba la pérdida del carácter de "biblioteca".

En la misma mesa, la Fundación Intervida promocionó sus centros culturales a lo largo de la sierra occidental guatemalteca, y también se presentaron las bibliotecas municipales de Ciudad de Guatemala, que son cinco, están ubicadas en áreas marginales y dependen de la Secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad.

Finalmente, Rigoberto Zamora, del PROBIGUA, comenzó su ponencia declarando que las revoluciones son de los bibliotecarios, gestores y actores del cambio, pues son ellos los que trabajan construyendo, sin armas. No pude dejar de sonreírme y de aplaudir en silencio esas palabras. El que habla de revolución habla de cambio, y ¿qué mejor herramienta para el cambio que un libro, una educación pertinente, un sistema de información coherente, una alfabetización sólida? Las armas quizás fueron necesarias en otras épocas, y quizás –aunque lo dudo profundamente– sean necesarias aún hoy en ciertos contextos. Pero personalmente creo que no hay mejor arma que un libro, precisamente para que las balas dejen de ser necesarias.

Rigoberto apuntaba que los cambios en Guatemala (y en toda Sudamérica, en realidad) los llevarán a cabo los niños y los jóvenes (no los distintos grupos políticos) y, dado que son las bibliotecas de los adultos de hoy las que los forman, es necesario apostar en esa educación para apostar al futuro con confianza y esperanza. Pues, de acuerdo a las palabras con las que Zamora cerró su charla, un pueblo que lee puede manejar una democracia.

Pero quizás la sentencia que más me gustó para cerrar esa mesa de bibliotecas comunitarias (larga pero rica) fue la de la gente de la FR, que anotó un conocido refrán que dice:

Hay tres tipos de personas:
Las que hacen que las cosas sucedan;
Las que miran cómo las cosas suceden;
Las que se preguntan "¿qué demonios sucedió?"

Quizás, como profesionales, deberíamos dejar de estar en la última categoría para poder incluirnos en la primera.

La segunda mesa (a la que no asistí) se centraba en el aporte bibliotecológico en la formación de habilidades para el acceso y uso de la información en la enseñanza superior. Lamentablemente, poca información puedo proporcionar acerca de los contenidos expresados. Sin embargo, a la hora de la tercera mesa (tras el último almuerzo del Simposio) se presentó la séptima mesa, moderada por Amelia Yoc Smith –directora de la Escuela de Bibliotecología– y que trató sobre prevención de desastres en las bibliotecas. Como comenté en una entrada anterior de este weblog, los desastres naturales son frecuentes en Centroamérica, tierra de inundaciones, volcanes, terremotos, tormentas tropicales y huracanes. Se presentaron experiencias desde Colima (México) a El Salvador, pasando por recomendaciones desde Costa Rica y demostraciones prácticas desde Guatemala. Fue una mesa muy rica en ideas, que inició con una teleconferencia brindada desde la Universidad de Colima, que presentó una experiencia de inundación de biblioteca, comentando los procedimientos llevados a cabo para la recuperación de los fondos documentales. Pedro Pineda –director de la licenciatura en bibliotecología de la Universidad Panamericana de El Salvador– presentó, a su vez, un video en el cual se narraba una experiencia de recuperación de fondos de una biblioteca histórica, destruida por los tristemente célebres terremotos del año 2001 (enero y febrero). A su vez, la colega costarricense Sheily Vallejos (docente de la Universidad de Costa Rica) presentó algunas ideas sobre el poder de la información para salvar vidas y prevenir desastres.

La última mesa del día –y del Simposio– fue moderada por Valentina Santa Cruz, y se centró en la presentación y entrega de un documento sobre políticas públicas del libro, la lectura, la escritura y las bibliotecas. Fue un momento inolvidable del evento, especialmente si tenemos en cuenta que la mesa fue retransmitida por radios comunitarias, y que se contó con traducción dos lenguas mayas (k'ekchí y kaqchikel).

En el acto de clausura, la Lic. Santa Cruz leyó las conclusiones del evento (que rescataron las anotaciones que los diferentes moderadores hicieron a lo largo de las mesas, además de las apreciaciones propias del Comité Organizador), se dieron los diplomas correspondientes y los agradecimientos de rigor, se sortearon un buen número de libros (y por primera vez en mi vida gané algo en un sorteo) y cerramos la semana con un convite en el que no faltó el buen vino ni las buenas ofertas gastronómicas guatemaltecas.

Las horas de las despedidas no son mi fuerte: me es muy difícil separarme de personas o cosas con las que pasé buenos momentos. Pero de eso se trató ese convite final y de eso se trataría la cena de despedida, con el Comité Organizador y los conferencistas invitados. A partir de esa noche quedaría libre para moverme por Centroamérica como fuera mi gusto, aunque el agotamiento que cargaba, la lenta pero inexorable desaparición de mis fondos y las ganas de volver a mi tierra (a pesar de las buenas acogidas, los buenos tratos y las bellas tierras que pisé) me tentaban a cambiar el pasaje y volver antes de lo previsto.

Pero para esas decisiones había tiempo. Ahora me esperaba una noche agradable con gente más agradable aún... No pensaba desperdiciar la ocasión...

Ilustración.

septiembre 22, 2006

Cuaderno de viaje 25: jueves 07 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

"Mi viejo era argentino..."

Le decían "Diablo". Era el barman de aquel pequeño antro en donde, en ese momento, resonaba rock argentino. "Los Fabulosos Cadillac", para ser más precisos.

"Sí, era argentino" me decía, mientras yo clavaba la mirada en los tatuajes de sus brazos. En uno, la muerte. En el otro, el diablo. "El diablo es el que nos guía; la muerte, la que nos espera en cualquier esquina" me explicó él mismo, al mostrarme los dibujos azulados.

"Sí, era argentino" repitió. "Lo mataron los mareros el año pasado".

Sentí un escalofrío. Los "mareros" se me presentaban, desde mi perspectiva de visitante ignorante de la realidad nacional, como una verdadera plaga. Las "maras" (¿contracción de "marabunta"?) eran bandas o pandillas, más o menos fuertes, más o menos organizadas, que pululaban en Guatemala, El Salvador, y, hasta donde supe, en otro par de países de la región. Eran todo un fenómeno social, que llevaba la inseguridad a las calles. Y, hasta donde pude apreciar, también la muerte.

Los ajustes de cuentas ejecutados con armas del calibre de una AK-47 eran frecuentes; también los cobros de impuestos o protección, al mejor estilo de las mafias tradicionales. Sabía que una de las secciones de la ciudad –la número tres– era famosa por ser núcleo de "maras" y que uno de sus sectores –"El Gallito", si no recuerdo mal– estaba directamente cerrado y atrincherado, con peligro de muerte a tiro limpio para aquellos descuidados que entraran sin permiso.

Las pandillas era un fenómeno común en mi propio país, pero no con esa virulencia. Quizás algún enfrentamiento casual a la salida de un baile, quizás algún ajuste de cuentas. Doloroso, pero no tan serio. Esto que me contaban me asombró, y me dolió, porque estaba sucediendo en el centro de un país hermano, de un país latino, de un pueblo que trataba afectuosamente a los visitantes y que quería, por una vez en años, vivir en paz.

Las "maras" estaban relacionadas con el narcotráfico, según pude saber. Y eso dolía el doble. Es curioso como el dolor ajeno se vuelve propio cuando uno se siente en casa ¿no? Pues así me ocurrió, quizás en aquel momento, quizás un rato después, en el hotel, cuando esperaba que el vapor de la cerveza se esfumara y pensaba en todos los acontecimientos vividos durante el día. Pensaba en lo injusto de las heridas que debía soportar mi viejo, nuevo continente. Parecía una maldición: los más necesitados son precisamente los que sufren los peores males. Es como si salir del fondo del pozo costara el doble, como si levantar la cabeza después de años –o siglos– de mantenerla hundida costara un esfuerzo increíble, casi sobrehumano.

El jueves amaneció nublado. Quizás lloviera por la noche, mientras yo soñaba con gatos arañando incunables (¿hay peor pesadilla para un bibliotecario?). El cielo se presentaba cargado, y la atmósfera, irrespirable. Con un par de colegas nos hicimos una escapadita al Mercado Central de la ciudad, situado tras la Catedral. Se trataba de un espacio enorme, subterráneo, en el cual se desparramaban los más variopintos comercios. Los del primer nivel exhibían únicamente artesanías, desde recuerdos a elementos útiles como cestos o instrumentos de madera. Encontré mil y una chucherías: camisetas, abalorios, pulseras, marimbas (el "instrumento nacional"), hermosas máscaras zoomorfas talladas en madera y policromadas, postales y toda la parafernalia turística encontrable. En el piso inferior estaba el verdadero mercado, con su exhibición de frutas que nunca imaginé y verduras que tentaban al mordisco repentino. Debo confesar que parecía un niño: "¿y esto cómo se llama? ¿y aquello?". La paciencia de mis acompañantes merecía un monumento. Así descubrí el zapote, el chicozapote, el mamey, la anona, frutas que no crecen en las latitudes de las que provengo y que, por ende, eran todo un descubrimiento para mis sentidos. Más allá de las verduras aparecía la repostería, que afortunadamente distaba mucho de ser tan insulsa como la coreana: estos eran mazapanes de almendra, dulces de coco rallado con melaza de caña, higos pasos, bolitas de leche, frutas desecadas y un espectro tan amplio que hubiera necesitado un bloc de notas y una descripción detallada para conocerlos todos (además de un presupuesto extra para degustarlos). De tan variado surtido me llevé puestos (es decir, en mi bien dispuesto estómago) una buena cantidad. Más allá aún estaban los comedores, en donde se preparaban, vendían y consumían todas las particulares creaciones de la gastronomía nacional. Allí podrían tomar refresco de súchiles (trozos de ananá fermentados en agua, filtrados y azucarados), horchata (hecha de harina de arroz, a diferencia de la ibérica), agua de Jamaica (a los seguidores infantiles de la serie mexicana "El Chavo" les sonará el nombre de este refresco hecho con los pétalos secos de una flor del género Hibiscus) y todos los jugos que se imaginen, desde la papaya hasta la granadina. Y por supuesto, las carnes más variadas, acompañadas por las infaltables tortillas, el arroz y la ensalada.

Revisando las artesanías de barro y las flores de papel, supe que los intermediarios que las vendían en el mercado pagaban a sus autores –casi todos artesanos/as populares de las comunidades indígenas– un precio exiguo por materiales que después vencían a un 800% del precio pagado. ¿Por qué me recordaba al Chaco argentino, o a la Puna, en donde los alfareros locales no organizados en cooperativas hacían verdaderas maravillas que, de colocarse en el mercado a través de intermediarios, eran pagadas a precio insignificante para después ser vendidas por una pequeña fortuna? Los paisajes cambian, las palabras también, pero las malas costumbres son eternas y no reconocen fronteras. Al menos, no dentro de Latinoamérica. De eso puedo dar fe.

El Simposio continuó, pero esta vez con la serie de mesas redondas que ocuparía jueves y viernes, con una serie de 3-4 entradas por día. Cada mesa redonda –que contaba con un moderador versado en la temática– incluía entre 3 y 7 oradores, que exponían un aspecto de la temática a tratar, de forma que, entre todos, conformaban y construían un panorama bastante completo de la situación analizada. Al final se abría el espacio para preguntas, que era aprovechado para aclarar algunos puntos oscuros. Se preguntarán por qué describo todo esto con tanto detalle. Lo hago porque así –y no de otra forma– debe de funcionar un Congreso y una serie de mesas redondas, pero parece que es algo no comprendido por muchos organizadores nacionales / regionales. Y anoto esto porque, a la vez que participaba en estos eventos, me enteraba –por otras colegas y amistades– de lo que acontecía en aquellos encuentros a los que no podía asistir. Honestamente, no tuve los mejores comentarios de muchos de tales encuentros y congresos Así que creo que hacer hincapié en la necesidad de una buena organización, una buena planificación de actividades y un buen análisis de los contenidos e ideas a transmitir debería convertirse en una costumbre básica para aquellos que quieran impulsar un evento de estas características. Recuerden que no se trata de decir "hagamos un congreso" y ya está. Se trata de un largo trabajo, de seleccionar ponentes, de saber qué se quiere lograr con el congreso (más allá de las charlas de pasillo y las comidas conjuntas, actividades en las cuales todos parecen ser especialistas consumados). Tomen en cuenta estas ideas.

Para la noche se anunciaban un paseo por el centro de la ciudad, para conocer un poco más los edificios oficiales, y reunión en una casa particular para chácharas, música, un trago y unas tortillas con frijoles. La hospitalidad guatemalteca brillaba nuevamente, y a pesar de que el agotamiento me había ganado, intenté lustrar mi sonrisa y ponérmela para continuar el trayecto.

Un trayecto que finalizaría oficialmente al día siguiente, con las últimas mesas de trabajo y la ceremonia de clausura. Aunque a mí me quedaban kilómetros por hacer, varios encuentros y mucho trabajo. ¿Encontraría fuerza suficientes para continuar, después de un mes vagando de aquí para allá con mi casa a cuestas, arrugada dentro de una enorme mochila y varios bultos de mano? No lo creía factible, pero... ya veríamos.

Los dejo. Los veré por estos rincones virtuales mañana... Hasta entonces, les dejo el último tema de mi grupo favorito, los Illapu.

Vivir es mucho más

¿Quién dijo que ya todo estaba dicho?
Que basta ser becerro del rebaño
Que los sueños solo son buen consuelo
para pasar la vida satisfecho.

¿Quién dijo que no había nada nuevo?
Caminar es permanente hasta lo eterno.
Y fue la rebelión de los cuadernos
que sacudió desidia y conformismo.

Se puede vivir, se puede soñar
Pero hay que pensar lo que hay cambiar.

Y cada día reinventar caminos,
Dar lo mejor para buscar lo cierto.
La vida es mucho más que estar atento
para no tropezar y andar sin techo.

¿Quién dijo que pensar resulta bueno
en la santa moral que lleva al cielo
para no retirarse del sendero
que os trazaron hasta el cementerio?

Se puede vivir, se puede soñar
Pero hay que pensar lo que hay que cambiar.

Y cada día reinventar caminos,
Dar lo mejor para buscar lo cierto.
La vida es mucho más que andar contento
para morir en paz y satisfecho.

Ilustración.

septiembre 21, 2006

Cuaderno de viaje 24: miércoles 6 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Frente al espejo, de mañanita, encontré a un tipo con una tremenda cara de sueño. Aquella cara no era un lindo espectáculo como para empezar el día, así que me hundí en el agua fría de la pileta. La noche anterior había sido larga (aunque la vida nocturna guatemalteca termina a la una de la mañana, hora en la que, por ley, se cierran los bares y no se expende más alcohol): noche de cerveza "Gallo" y tacos mexicanos (o tortillas guatemaltecas, como deseen). Esperaba comer platillos tan picantes como los probados en Corea, pero, afortunadamente, en estas tierras las salsas especiadas con chile se colocan aparte. Así que pasé un buen rato aprendiendo a armar tacos / tortillas, pues de acuerdo a mis amigos mexicanos, el buen "gourmet" se reconoce por la manera en que toma los tacos (y yo "quedé como un vulgar pichiruchi"). Carne de pollo, "pastor", res, cerdo y algo de cebolla llenaban la bandeja que debíamos verter de a poco dentro de cada tortilla de maíz. Salsas verdes y mezclas de tomate y cebolla eran las opciones de condimento, opciones ampliamente regadas con la buena cerveza guatemalteca.

El nuevo día era cálido, y recordé nuevamente que estaba en el trópico cuando salí de mi habitación y sentí la humedad pegárseme a la cara, y todo aquel clima dándome una bofetada. El desayuno incluyó toda la fruta que pude ingerir, especialmente piña / ananá, papaya / mamón, melón rosado y sandía. Incluyó además un buen café (que ya necesitaba, ante la falta de mi mate y ante el hábito coreano / sudafricano / malayo de hacer el café muy suave), un café que no logró despertarme... y algunos bollos.

La cocina guatemalteca incluye, entre sus bebidas, muchos jugos de frutas, mezclados con agua, con hielo o con leche (batidos). Las frutas se venden, cortadas en pedacitos y colocadas dentro de paquetitos de nylon transparente, en puestitos callejeros colocados en las esquinas. Y, por supuesto, tapizan coloridamente todos los mercados, con su variedad de formas y nombres.

La mañana se me fue sin pena ni gloria, metabolizando mis andanzas en Corea y en la IFLA, masticando muchas durezas que no atinaban a pasar por mi gaznate e intentando orientar mis velas y mis remos hacia una misma, única, sencilla y personal dirección. Logré tal objetivo antes de que los organizadores del Simposio pasara por mí, me llevaran a almorzar y me colocarán nuevamente ante los participantes de mi taller. El segundo día (y último, que debió ser el tercero) de actividad lo aproveché para trabajar en el proceso de planeamiento de una biblioteca indígena y para plantear posibilidades de servicios estratégicos, especialmente centrados en los conceptos de lengua, identidad, tradición oral, educación e información sobre salud y derechos. Las ideas eran abundantes, ciertamente, y el tiempo era escaso, pero pude facilitarles algunos conceptos importantes, relacionándolos con instrumentos internacionales (recomendaciones, manifiestos, declaraciones) que, a pesar de su inutilidad práctica, sirven como marco referencial y teórico.

Terminado el taller, y mientras esperaba a que las actividades se cerraran para poder dirigirnos al centro de la ciudad, al auditorio del IGA (Instituto Guatemalteco–Americano) en donde yo debería dar la lección inaugural, recorrí un rato el Campus de la Universidad Rafael Landívar, un sitio precioso, ajardinado, muy parecido a algunas universidades privadas de mi país. El aspecto general de los/las estudiantes no era el de el/la clásico/a guatemalteco/a, y en esto esta universidad también se parecía a las de mi país. La biblioteca central (llamada "Landivariana" en honor a Rafael Landívar, un poeta guatemalteco), de estantes abiertos, me resultó interesante, aunque a esas alturas del viaje debía reconocer y aceptar que todas las bibliotecas me parecían iguales: un conjunto de libros en estantes. Sin embargo, siempre me resultaron gratos los estantes abiertos, por la libertad que permiten al usuario: la libertad de elegir, de navegar entre otros títulos, de descubrir por sí mismo opciones que quizás el bibliotecario no intuye o el OPAC / catálogo no proporciona. Siempre me pareció una opción excelente, y siempre me alegró saber que muchas bibliotecas universitarias de mi ciudad estuvieran adoptando este sistema. Aprovecho para sugerir a las demás que piensen seriamente en colocar bandas magnéticas a sus documentos y permitir a los estudiantes ser felices revolviendo libros. En mi época de estudios, nada me provocaba más placer que meterme entre los libros y buscar, leer, revisar, ojear...

Mis colegas me comentaron un poco de la estructura de la Escuela de Bibliotecología de la Universidad de San Carlos (la "Nacional" de Guatemala), la única del país, aunque su actual directora es amiga mía y con algunas docentes planeamos una charla con los estudiantes el próximo sábado. Asimismo, me comentaron la naturaleza de la ABG (Asociación de Bibliotecarios de Guatemala) y la estructura de las bibliotecas públicas de la ciudad, que no supera la media docena y no cuentan con todos los recursos que deberían tener (algo que no me asombraba, si recordaba un momento mi propia provincia). Pero mi mayor gusto fue acercarme a la Biblioteca Móvil que había traído la gente del PROBIGUA, una ONG cuyo trabajo debería ser ejemplo para todos nosotros, y que es bien conocida en muchos ámbitos profesionales latinoamericanos. Destinatarios de uno de los Premios de la Fundación Bill y Melinda Gates, estos colegas tienen su sede en la ciudad de Antigua, una biblioteca móvil más (que esperan multiplicarse) y una buena serie de servicios entre las comunidades de la región. Rigoberto y Antonio, los dos hermanos que llevan adelante esta propuesta, me parecieron personas sumamente interesantes, con las ideas bien claras, con mucha preparación para formular proyectos y planes, y con una fuerza impresionante para cumplir objetivos. Encontrarse con personas así es un honor: uno se siente pequeñito ante ellos... y sentirse así es hermoso: uno se da cuenta de que tiene mucho camino por recorrer, y de que es posible hacerlo porque otros lo han hecho ya. ¿Y qué mejor para una persona que sentir que ante sus pies se extienden caminos?

El auditorio del IGA –una institución con 60 años de trabajo– ya estaba ocupado por el público cuando llegamos allí. Entre los asistentes estaba el Embajador chileno en Guatemala (parece que el argentino había tenido que salir...), la directora de la Escuela de Bibliotecología, y otras amigas a las que les veía la cara por primera vez después de varios años de contacto virtual. Antes de entrar, tuve tiempo de familiarizarme un poquito con las actividades que realiza el IGA, en especial su biblioteca (bautizada "Walt Whitman" en honor al escritor del norte), que para el mes de septiembre tenía cuenta-cuentos (que contarían el ciclo de leyendas africanas de Anansi, uno de mis favoritos), conferencias y presentaciones de libros (destacable la novela "Diccionario Esotérico" de Maurice Echeverría, ganadora del galardón centroamericano Mario Monteforte Toledo 2005).

Ya en el auditorio, presentado por el Comité organizador, y luego de oír el himno de Guatemala entonado por el Coro Universitario, me decidí a dar la lección inaugural, que se centraba en el rol social de los bibliotecarios en América Latina.

Dudo que haya sido la mejor lección de mi vida. He tenido días mejores, sinceramente. Pero en fin, el tiempo no puede retrocederse, lo hecho, hecho está, y yo soy muy poco tolerante con mi propio trabajo y mis propias acciones. En teoría, lo que quise trasmitir fue la importancia del papel que el bibliotecario puede jugar en el desarrollo social de cualquier sociedad, especialmente de la latinoamericana. Hacía poco había escrito un par de textos al respecto (un prólogo para mi colega canadiense Toni Samek, y otro para la revista "Progressive Librarian", corregido mi gran amiga Elaine Harger), y algunas ideas previas habían aparecido publicadas en la revista peruana "Biblios" como un artículo de opinión. Así que las ideas estaban frescas, en especial una, central, que repetí a lo largo de toda la lección: "la información es poder". Entender ese punto es darle un nuevo enfoque a nuestra profesión, a toda nuestra actividad y a nuestra disciplina. Es ver los estantes a través de otro cristal, desde otro punto de vista. Imaginen que, con la información que tienen en su colección, cualquiera de ustedes pudiera salvar una vida. ¿No se sentirían importantes, valiosos, útiles...? Pues no hablamos de una hipótesis: muchos de ustedes pueden hacerlo, especialmente aquellas bibliotecas con información sanitaria o médica, por poco especializada que ésta sea.

Piensen en todo el abanico de opciones que se abren ante ustedes cuando piensan que, para muchas personas, el conocimiento que ustedes atesoran puede representar la diferencia entre un buen y un mal día, entre un camino elegido correcta o incorrectamente, entre salud y enfermedad, entre libertad o prisión, entre lágrimas o sonrisas. Piensen en todo lo que pueden hacer con esa información que guardan los libros y folletos de sus estantes. ¿No sienten el poder de su trabajo, de sus manos, de sus libros?

Terminada la charla, el presentador del evento coronó mi intento de lección inaugural con la frase más lúcida de la noche: "la información es poder. ¡Cuán poderosos somos!"

No, no somos ningún superhéroe de leyenda. Tampoco tenemos en nuestras manos la panacea universal para todas las dolencias y debilidades del género humano y otros géneros vivos. Lo que sí tenemos es la oportunidad latente y potencial de generar cambios, cambios más o menos significativos. No, no hacen falta las grandes hazañas: hacen falta muchos granos de arena colocados por muchas manos en el momento oportuno. Y eso sí podemos hacerlo, apoyando educación y alfabetización, defendiendo derechos y culturas, proveyendo la información adecuada allí donde sea necesaria... ¿O es que no podemos hacerlo?

A la salida, y después de una bellísima interpretación del Coro Universitario, me encontré con el cóctel de bienvenida, en donde pude degustar unas cuantas de las especialidades de la cocina guatemalteca, muy centroamericana, con sus enchiladas, sus tortillitas y esos frijoles negros que hicieron mis delicias a lo largo de la noche. Los frijoles negros se comen hechos una pasta densa y ricamente especiada. Dado que en mi país los "porotos negros" se comen de otra forma, la curiosidad ganó mi estómago y mi apetito.

Para brindar, había un ejemplar de excelente ron nacional, y algo de tequila –también de calidad– y la ya mencionada cerveza "Gallo", que es la marca nacional, fuerte y con buen cuerpo. Las fotos de rigor fueron tomadas, y, desde allí, comenzó un paseo que nos llevó a terminar en la barra de un bar, de madrugada, ante algunas botellas vacías, escuchando rock argentino. Pero esa es otra historia. Una historia que quizás les cuente algún día...

Nos leemos mañana, por aquí

Ilustración.

septiembre 10, 2006

Cuaderno de viaje 23: martes 05 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

"La ñata contra el vidrio, en un azul de frío..."

Con la nariz apoyada contra el ventanuco del pequeño Boeing 737 de COPA, recordaba aquel tango de mis pagos natales de Buenos Aires mientras espiaba el amanecer desde el aire, sobre algún punto ignoto de Sudamérica, quizás sobrevolando el Mato Grosso, quizás los afluentes que alimentaban las corrientes turbias y bermejas del enorme padre Amazonas. América es enorme, pensaba. América es bella, a pesar de sus cicatrices y dolores. América es caliente y fría, es alta y baja, es barrosa y verde, es vida y muerte, es una historia sembrada de leyendas y una leyenda sembrada de historias.

Un sol naciente teñía de naranja los diminutos cristales de hielo que tapizaban el exterior del vidrio, allá arriba, a once kilómetros sobre la tierra firme, por encima de una nubes que semejaban un enorme mar de copos de algodón modelados por un artista impresionista para alentar mis sueños y mis sentidos. ¿Podía ser aquello tan bello? ¿Podía ser aquello un espectáculo diseñado solo para mis sentidos? Se me ocurrió pensar que las praderas angelicales de los antiguos cristianos tenían razón de ser, al observar tanta belleza y tanta maravilla extendiéndose ante mis ojos. Se me ocurrió pensar que si yo fuera un Dios omnipotente, crearía un paraíso así para las almas blancas.

El cielo visto desde arriba era más bello aún que visto desde abajo, desde las colinas en las que me crié, allá en una tierra llamada Argentina.

Me dirigía a Panamá, y de allí a Guatemala, aunque a esas alturas del viaje quizás ya había olvidado cual era mi destino final. Tres semanas de viaje habían difuminado un poco mi trayectoria futura, mis pasos a dar, mis proyectos. El cansancio había hecho mella en mi ánimo, en mi cabeza, en mi corazón. No, yo ya no era todo lo resistente que pensaba ser, ni lo aventurero que había sido en otras épocas más juveniles y más arriesgadas. Sin embargo, no por ello dejaba de apreciar los espectáculos inusitados y esporádicos –y tal vez totalmente improvisados– que el destino me ponía ante los ojos, cansados de tanto aeropuerto, de tanto hotel y de tanta comida engullida en cualquier parte.

El desayuno resultó ridículo ante el tamaño de mi apetito: mi estómago pedía, por una vez en horas, una comida decente. Pero resistí un poco más, animado quizás por las expectativas de frutas tropicales y comidas caribeñas que se presagiaban en mi mente al pensar en Centroamérica. ¿Sueños infantiles o adolescentes? Es posible. Pero siempre prefiero mantener esos sueños e ilusiones en mi cabeza. Al fin y al cabo, son los que me empujan a continuar, a seguir adelante, a confiar, a planear pasos a futuro sin preocuparme demasiado por las penurias del presente.

Las nubes –colchón blanco y espumoso que me invitaban a un sueño reparador– se abrieron bajo mis pies, y el enorme pájaro de acero que me transportaba en su lomo descendió un poquito, lo suficiente como para colocar ante mi mirada una enorme extensión de mar, en la cual se delineaban islas paradisíacas. Parecían pequeños grumos de musgo en un espejo azul teñido de fuego por el sol naciente. En aquellos islotes se destacaban, como en un contraste pictórico expresionista, las playas doradas, los mares turquesas, los manglares marrones, los riachos ocres. Mis olvidados conocimientos geográficos me posicionaron en la costa panameña, en el océano Pacífico, a pocos kilómetros de la ciudad de Panamá. Panamá me sonaba a canal, me sonaba a conflicto, me sonaba a dominio imperialista, me sonaba a sombrero de paja, me sonaba a ritmo de baile, me sonaba a artista. Ese era mi próximo destino, el aeropuerto en el cual debería bajarme para esperar otro bólido con turbinas que se elevara sobre la superficie de mi cansado planeta y me dejara en otro punto de este gran continente que habito.

Cuando se cansaron de pasearse ante mis ojos grises –adormilados y cansinos– los interminables rosarios de islas de contornos irregulares y de apariencia exótica se desvanecieron, y solo quedó, allá abajo, una enorme extensión de agua (quizás adivinada, porque nada decía que aquello era efectivamente agua de mar) que se ondulaba como la arena en las playas, levemente, brillante aquí, opaca allá, moviéndose imperceptiblemente en la mañana boreal. De repente, apareció la línea de costa, aquella que Balboa descubrió en algún amanecer tras cruzar a pie toda la selva. Sentí el mismo gozo que tuvo que experimentar aquel explorador avezado, el gozo de quien descubre su destino y el final de sus fatigas. Aquella tierra parecía enorme, extensa, grande, interminable: la línea de horizonte oscuro se extendía hasta donde alcanzaba la vista, kilómetros y kilómetros de perfil verde y marrón.

El avión empezó a bambolearse, y mi estómago con él, mientras se aproximaba a tierra firme. Los detalles difusos empezaron a concretarse: una línea de costa definida por playas anchas, de arena oscura, sembrada de piedras y limo, y, exactamente bajo las alas del aeroplano, un ancho riacho que vomitaba su lodo en el mar. Y unos metros por detrás de la línea en la cual la espuma besaba la arena, los mangles, esas plantas de raíces intrincadas que parecían manos abrazando y aferrándose a la tierra. Y un estallido de verde, verde por doquier, un verde espeso que asfixiaba incluso a kilómetros por encima de él, una vegetación densa y fantasmal que parecía no permitir que la luz tocase el suelo. Aquí y allá, venas coloradas de agua barrosa atravesaban el manglar y dibujaban un verdadero laberinto de islas, en las cuales probablemente habitaría una ingente fauna y una flora deslumbrante, que apenas si podía adivinar. Por encima de esa bóveda vegetal, las alas blancas de unas garzas semejaban esquirlas de hielo en un paraíso tropical que pronto derretiría todo frío y toda blancura para absorberla en sus oscuridades.

Superada la barrera de los mangles, se abría la pista del aeropuerto de Tocumén, en la cual el avión aterrizó con más pena que gloria, tropezando aquí y allá y tambaleándose torpemente de la mano de un piloto que probablemente no tendría muchas ganas de lucirse con su aterrizaje.

"Bienvenidos a Panamá" escucharon mis oídos. Mis ojos se desperezaron, mi boca se abrió en un pesado bostezo que hablaba de fatiga y de aburrimiento. Despacito me desabroché el cinturón, despacito busqué mis pertenencias, despacito me bajé del ingenio alado y me senté en una banca del aeropuerto, esperando a que las azafatas se dignaran a convocarme para otro vuelo de COPA igual de atropellado, igual de tedioso, igual de monótono...

Los días de viaje habían mermado mi capacidad de entusiasmo, pero no mi capacidad de asombro. Comencé a patear el pequeño edificio de Tocumén –digna estampa de aeropuerto latinoamericano diminuto y reducido– y entre los pasillos de Duty Free y de promotoras encontré los tejidos maravillosos del pueblo Kuna, que habita en el Caribe, en las islas del Archipiélago de San Blas. Olvidados por siglos, esa cultura había dado, ahora, renombre a todo el país, y sus molas bordadas y teñidas de vivos colores eran parte importante de la imagen que la nación vendía al mundo. Hablar de Panamá era hablar de los Kuna y de sus tejidos, y de su lengua, que había acuñado la famosa frase "Abya Yala", tan [erróneamente] utilizada en los ámbitos indigenistas y ecologistas como sinónimo de "Madre Tierra", aunque muy pocos de los que la usaban sabían que esas voces habían nacido allí, en la estrecha franja que divide al Mar Caribe del poco pacífico Océano Pacífico.

Busqué colones, la moneda oficial de Panamá, pero solo encontré dólares, y mi corazón se encogió al enterarme que el Imperio había hecho otra presa desde hacía años. Sí recordaba el Canal, y me vino a la memoria la canción de Inti Illimani, que nombraba al Tío Caimán (variante de "Tío Sam") y lo condenaba por haber devorado una porción de tierra en aquella faja angosta –un istmo– que unía al gigante del norte –despierto y belicoso– con el gigante del sur, dormido y apretado por manos férreas.

* * *

Dos horas después abordaba otro vuelo que me elevaría sobre una ciudad costera y populosa –en la cual se apreciaban enormes rascacielos de estilo moderno– y me llevaría a cruzar la enorme herida del Canal de Panamá, un estrecho parecido al de Magallanes o a los fiordos nórdicos, pero con un carácter innegablemente tropical, verde oscuro, poblado de bosques o selvas. En las aguas verdosas se divisaban las figuras de enormes transatlánticos que, desde la altura, parecían pequeñas maquetas colocadas sobre un espejo. Las costas irregulares y recortadas del canal parecían una herida inmensa, serruchada en un territorio que no la merecía. Recordé las noticias leídas de soslayo en los periódicos del aeropuerto, que hablaban de un referéndum entre los panameños para decidir si se creaba un tercer juego de esclusas en esa zona, administrada por el gobierno panameño y una Agencia –dominada bajo cuerda por los EEUU– , y al que las encuestas daban un "sí" masivo. Pensé que mi continente estaba recibiendo más tajos de los que necesitaba o de los que merecía, pero ya había visto tantos tajos en mis tierras que no me asombraba ver que se cometerían más daños.

Un poco más al norte, las nubes ocultaron la cara de Costa Rica, pero se abrieron para dejarme presenciar el majestuoso paisaje del lago Nicaragua, esa enorme extensión de agua oscura que ocupa una gran parte del occidente nicaragüense, y en la cual se asientan un par de islas, regalos de la naturaleza a un pueblo que tuvo que sufrir lo indecible, y cuyos hierros –a pesar de los que cantara Silvio– aun no se habían partido, ni sus sogas se habían cortado. El águila seguía dando la señal a la gente, y a nadie parecía importarle demasiado.

Más al norte aún, El Salvador me saludó desde diez kilómetros más abajo, con una enorme sonrisa montañosa, con pueblos y ciudades, con aldeas y campos labrados. ¿Quién había salvado a El Salvador? Una película ("Voces inocentes") vista hacía poco me recordaba los dramas de las guerras y guerrillas, de los niños empuñando armas de fuego contra otros niños, de las violaciones a todos los derechos humanos escritos y tácitos. No, no podía yo alzar el dedo contra esa gente, porque los mismos crímenes se habían cometido a cuadras de mi propia casa, en mi propio país, en mi propia ciudad. Dolía, dolía saberlo, dolía saberme ciudadano de un mundo tan violento, ciudadano de un continente poblado de historias tristes y leyendas nauseabundas, ciudadano de un país y visitante de naciones en las cuales la sangre aún permanecía fresca en las fosas comunes en las cuales se intentaron ocultar los crímenes más inmundos.

¿Estaba triste, a bordo de ese avión? Quizás. Quizás estaba cansado de ver a tanta gente poderosa hablar bellas palabras y hacer pocos hechos. Quizás estaba hastiado de ver tantas grandes y pequeñas organizaciones clamando por un bien que nunca obtenían, y que a pocos interesaba. Quizás estaba un poco harto de ver a tanta gente llenarse la boca con buenas sentencias mientras degustaban platillos exóticos y mientras mi propia familia no tenía que llevarse a la boca. Sí, estaba hastiado, estaba triste, estaba dolorido por ver tanta hipocresía en las caras de gente que tenía el poder para cambiar las cosas pero que prefería "quedar bien" en vez de "ser buenos".

Tal vez los conceptos de "bien" que manejo son distintos de los de aquella gente. Sí, probablemente se trata de eso...

Guatemala emergió, clavada al borde de una meseta sembrada de barrancos, en los cuales florecía una vegetación alta y exuberante de árboles que me eran totalmente desconocidos, y que violaban todas mis nociones de botánica. El perfil de un volcán cercano (el Volcán del Agua) me hablaba de la historia geológica de un continente habituado a las calamidades naturales, a los sismos y a las erupciones, a los ciclones y a las inundaciones. Me hablaba de un pueblo fuerte que, a pesar de todo eso, había sabido resistir, y había parido –desde hacía siglos– impresionantes culturas, algunas más conocidas, otras más ocultas bajo el velo de la violencia o la muerte.

El aeropuerto internacional de La Aurora me recibió con sus brazos abiertos, a pesar de ser pequeño y de estar en obras de refacción. El Boeing que me transportaba descansó sus motores y calló su ronquido mientras yo me dirigía a buscar mi cansada mochila y atisbaba, aquí y allá, guardias armados que me recordaban que ya no me encontraba en las tranquilas tierras coreanas, sino en mi propia tierra, con mi propia gente, siempre insegura, siempre temerosa de la violencia ajena y de la famosa frase "el hombre es un lobo para el hombre", que en estas longitudes y latitudes parecía cumplirse con total respeto. El quetzal –ese pájaro de color esmeralda, de larga cola, de plumas sedosas y pecho de sangre– se dibujaba en la bandera y en el escudo del país, y también en su moneda, aunque en la enorme pieza de un quetzal no aparece la efigie de tal ave, sino una paloma picassiana y la leyenda "Paz".

En efecto, pensaba mientras hacía la cola de migraciones, el país había alcanzado había unos años (29 de diciembre de 1996) una paz deseada y soñada por muchos, una paz que había costado miles de vidas y desaparecidos y que había parido una Premio Nobel –Rigoberta Menchú Tun– y una paz que aun seguía desenterrando muertos y esqueletos de fosas anónimas (como los de Palabor). Una paz muy parecida a la argentina, a la chilena, a la de tantos países de la región que debieron soportar la guerra entre hermanos. Una paz llena de dolores y pesadillas viejas que de vez en cuando despertaban para recordarle a la gente su camino transitado y los senderos que no deberían volver a transitar.

Aunque el ser humano pocas veces aprende de su pasado.

Fuera del aeropuerto me esperaban los organizadores del Simposio al cual iba a asistir como docente y tallerista. ¿Tenía algo para enseñarles, tenía algo para decir? Quizás sí. Quizás mis palabras fuera útiles para aquellos que habían decidido convocarme y escucharme. Eso esperaba.

El coche de mi colega se desplazaba lo más raudamente que la ley permitía entre los barrios que separaban el aeropuerto del centro de la ciudad, en donde se ubicaba mi hotel. Yo estaba llegando con un día de retraso, debido a la rotura de mi avión en Johannesburgo, así que había mucho por hacer, muchas cosas por recuperar, y una audiencia de 30 personas que habían debido posponer su interés por 24 horas. Mientras escuchaba su relato del día perdido, miraba por la ventanilla, y descubría barrancos exuberantes de vegetación en medio de una ciudad que ora me parecía una urbe moderna, ora me semejaba un pueblito del norte de mi país. Si, la pobreza se notaba, tanto como en Argentina, aunque quizás ahora –habituado a la riqueza de las tierras de oriente– mis ojos lo notaran un poco más, o se hiciera un poco más evidente. Aún así, era un placer sentirme de vuelta en casa, leer carteles en castellano, oír mi idioma pronunciado por los labios de mi acompañante. Llegamos al Hotel Princess, y ahí, en sus pasillos, en pocos minutos, aprendí que el pueblo guatemalteco es amable, es cordial, es respetuoso, y mantiene unas normas de amabilidad ya olvidadas en los pagos donde yo nací. Quizás mi gente fuese más confianzuda, quizás se hubiera deshecho de antiguos valores de educación que aquí aún eran conservados. No lo sé. Solo supe que aquella afabilidad, que aquel interés por mi bienestar y que aquel respeto me encantó, y que me hizo notar que allí era bienvenido, que no era un extranjero en absoluto sino un amigo al que se le abrían –con toda cordialidad– las puertas de una ciudad, de una nación y de una cultura, semejante pero diferente.

La ducha de rigor me quitó un poquito de mi cansancio, aunque... ¿cómo borrar tres semanas de agotamiento y un montón de horas de vuelo, y muchos nervios, y hambre, y sueño, y un reloj biológico poco dispuesto a adaptarse a la realidad? A las prisas nos dirigimos a la Universidad Rafael Landívar, situada en las afueras de la urbe, en el camino a El Salvador. Se trataba de una institución privada, que ofrecía algunas aulas y recursos para que aquel Simposio pudiera celebrarse con todo éxito.

* * *

El taller que debía dictar –y que dicté, aunque resumiendo mucho sus contenidos– se titulaba "Capacitación para trabajadores en bibliotecas de comunidades aborígenes". Se trataba de un compendio de conocimientos –como digo, tremendamente sintetizados– a través de los cuales pretendía acercar a la audiencia a una realidad poco analizada o entrevista en nuestros ámbitos latinoamericanos. En efecto, pocos son los talleres y cursos destinados a bibliotecarios que deben desempeñarse en áreas rurales o indígenas, con usuarios y condiciones culturales, sociales y económicas bien distintas de las de las bibliotecas académicas, universitarias o especializadas. El primer acercamiento a los oyentes me permitió entender que, efectivamente, poco se había hecho al respecto en Guatemala, a pesar de que el país está muy adelantado –en comparación a otros de la región– en lo referente a educación indígena. No en vano viven allí 22 sociedades –principalmente del tronco lingüístico maya– en un territorio que apenas si supera la extensión de una provincia argentina. Tales sociedades aún conservan muy fuertemente arraigada su tradición, su idioma, su historia y su realidad diversa. A la vez que explicaba a los participantes algunos conceptos, me enteraba de la realidad guatemalteca. Definitivamente siempre mantuve que, en un taller, el que más aprende es el docente. Y en este caso, creo que así fue.

Dado que los contenidos principales estaban colocados en línea –había creado un blog para los mismos, de forma que los alumnos pudieran acceder a esos textos sin ningún problema de fotocopiado o impresión– me permití relajarme e intentar transmitir algunas ideas básicas: la importancia de la biblioteca en el desarrollo comunitario, en la conservación de la identidad minoritaria, en la protección de las lenguas amenazadas u olvidadas, en la recuperación de tradición oral, en la alfabetización y en la difusión de información valiosa (salud, derechos, recursos sustentables...). Todos ellos son puntos que un bibliotecario que trabaje en una comunidad indígena (y, a decir verdad, en cualquier otra) debe mantener en mente a la hora de diseñar unidades y servicios.

Una gran deuda en la bibliotecología latinoamericana es la formación de lo que los bibliotecarios guatemaltecos llaman "empíricos", es decir, de aquellos colegas que no han pasado jamás por un aula y que desempeñan la profesión con escasos conocimientos teóricos. La diferencia siempre me pareció un tanto cruel y absurda, pero he de reconocer que existe una carencia fuerte de conocimientos en aquellas personas que no han frecuentado un aula. Definitivamente, es mi opinión que las universidades, escuelas y asociaciones de bibliotecología deberían ocuparse de brindar oportunidades –baratas, fáciles, sencillas– para que tales colegas accedan a algunos contenidos importantes de nuestra disciplina, como planeamiento, gestión de recursos, estudios de usuarios, etc. Pero pocas entidades han asumido esa responsabilidad, y allí siguen los "empíricos", quejándose de que los pocos cursos de formación profesional o de actualización siguen dictándose en las grandes ciudades, a kilómetros de su lugar de trabajo, y siguen costando bien, bien caro.

Tales reclamos resuenan mucho en mi país, en mi provincia, en donde me ocupo de desplazarme personalmente a áreas más bien lejanas a la gran ciudad y de dar clases a aquellos bibliotecarios populares, escolares o comunitarios que quieren enterarse de cómo manejar sus unidades en forma más eficiente. Sí, hay pocos que hacen el trabajo que yo hago. Deberíamos ser más. Pero hoy en día pocos piensan en los demás.

Terminada la clase, conocí a la pequeña pero animosa Comisión Organizadora del evento, colegas y amigos procedentes de distintas instituciones guatemaltecas, que se habían agrupado para lograr buenos resultados en una actividad que brindaría espacios para discusión, para aprendizaje, para crecimiento. El Simposio se centra, cada año, en un par de temáticas particulares, aunque no por ello deja de incluir propuestas que son del interés de todos. En este caso guatemalteco, incluye talleres, clases magistrales y mesas redondas. En todos los casos se permite la transferencia de ideas y la discusión de conocimientos. Y, quizás la mejor noticia: la comisión no pertenece a ninguna organización ni asociación. Se trata de bibliotecarios independientes, que en otros tiempos formaron una comisión nacional pero que ahora continúan trabajando en pos del mejoramiento profesional. De este punto tomo buena nota: en muchos lugares es preciso, desde ya, empezar a plantear espacios alternativos a las asociaciones nacionales y regionales, porque los intereses de las mismas suelen permear todas sus actividades, y muchas veces se deja de lado lo verdaderamente importante por ocuparse de lo "importante".

* * *

Con los demás talleristas salimos, tras el Simposio –es decir, cayendo la tarde– para recorrer un poco del Centro de la ciudad, que está dividida en Secciones numeradas, de forma que alguien puede decir "vivo en la sexta". El Centro es la primera sección. Además, cada Sección está cruzada por calles y avenidas. Todas las vías paralelas son calles, y todas las perpendiculares que las cruzan son avenidas. Y cada vía está numerada, de modo que uno vive siempre cerca de la intersección de calle y avenida: "vivo en la seis calle con cinco avenida". Agregando la sección (pues cada una tendría esa supuesta dirección) ya estaríamos posicionados.

En el Centro descubrimos la gran Plaza Central, característica de cada capital latinoamericana, que había perdido mucho de su esplendor antiguo (según me dijeron sufrió varias remodelaciones), y la Catedral. Me extrañó no ver un Cabildo, pero recordé que esta ciudad no fue la primera capital de Guatemala (si no entendí mal, es la tercera, siendo la segunda Antigua). La Catedral conservaba el estilo siglo XVII que tienen otros templos sudamericanos. En la Plaza, unos muchachotes jugaban un improvisado partido de fútbol, hubo un vuelo de palomas y más allá, las vendedoras, con arreglos típicos en el pelo, mostraban sus productos textiles: huipiles (blusas) bordados y faldas con todos los colores del espectro combinados en diseños geométricos complicadísimos, bien mayas. Me contaron que, al acercarse las fiestas patrias (15 de septiembre, celebración de la Independencia de los españoles en toda Centroamérica) todo el mundo vestía las prendas tradicionales... más que nada, como una especie de acto simbólico. Otro acto simbólico era portar una escarapela, o una banderita en el coche... y, por la similitud con las acciones que se practicaban en mi propio país fue que descubrí que el color de la bandera guatemalteca es exactamente igual que el de la argentina (son las únicas banderas del planeta que incluyen el color celeste del cielo).

Fue a dos cuadras de la Plaza Central cuando descubrí los mingitorios guatemaltecos. Si desconocen el significado del término "mingitorio" (con mis compañeros nos pasamos media hora analizando la etimología del vocablo... sin éxito) les ruego consulten un diccionario, pero, para describirlo básicamente, es un baño público, conformado por varias chapas metálicas colocadas en semicírculo, y una gran rejilla en el piso. La posición de las chapas es tal que no permite ver el origen de la acción de los usuarios, pero sí el final, porque están elevadas sobre el suelo y permiten realizar "estadísticas de uso". Sobre la propia chapa, una leyenda admonitoria solicita el buen uso de las instalaciones (colocadas en cualquier esquina) con estas buenas palabras, anotadas además en forma de verso rimado: "Orine feliz / orine contento / pero por favor / orine adentro".

Quizás lo gracioso o dramático del asunto es que nuestro animoso grupo descubrió el concepto de mingitorio público callejero (algo que no habíamos visto en nuestros propios países) con el ejemplar que estaba casi delante de la puerta de la Biblioteca Nacional de Guatemala. Así que la impresión inicial no fue la mejor. Tal impresión empeoró al ver el interior del edificio, al conocer sus servicios, al presenciar sus salas. Quizás debí recordar que aquel país no era uno de los más adelantados económicamente, y que el bienestar social (que incluye el desarrollo de bibliotecas) no había sido alcanzado. Pero debo confesar que no recordé ese hecho mientras curioseaba entre los pasillos. Estructuras desaprovechadas, colecciones reducidas, un depósito legal que apenas si se realizaba, unos métodos antiguos, y una apariencia general de abandono, de tristeza, de oscuridad... me dejaron una sensación de tremenda angustia en el pecho. A un lado del edificio de la Nacional está la Biblioteca Braille, en la cual, según los periódicos, se generan también libros orales (es decir, libros leídos y grabados en casetes, algo que también tenemos en la Biblioteca Pública Córdoba, allá en casa) y que, lamentablemente, no pude visitar.

La primera impresión que tuve del principal edificio bibliotecológico guatemalteco fue... "pobre". Días después conocería, en el Simposio, a la directora de la institución (quien, como en mi país y en otros tantos, no es bibliotecóloga) y podría presenciar cuáles eran las características reales y los proyectos de trabajo de la unidad. Debería esperar, pues, un par de días para poder construir mi opinión al respecto...

* * *

El día se terminaba. La noche presagiaba unos tragos y algo de comida guatemalteca en un sector de la ciudad conocido como "Cuatro grados norte". Pero de eso ya les hablaré mañana. Por hoy ya han sido muchas palabras y muchas emociones. Ahora necesito relajarme.

Un abrazo enorme desde tierras "chapines" (apelativo cariñoso para designar a los guatemaltecos).

Nos leemos

Ilustración.

septiembre 08, 2006

Cuaderno de viaje 22: lunes 04 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Aún agotado, aún en Sudáfrica, continúo esperando que el bendito avión sea reparado. Mientras tanto, me deleito con un par de cervezas locales –muy suaves para mi gusto– y paso los canales de cable de la TV del hotel, en los cuales puedo enterarme de las noticias (en inglés, pues no comprendo el afrikaans), encontrar un alto porcentaje de programas de deporte (entre los cuales el rugby parece ser el rey) y oír las lenguas vernáculas sudafricanas en la boca de los pastores protestantes, en sus sermones religiosos televisados.

La partida a Buenos Aires (y de allí a Guatemala vía Panamá) está prevista para hoy a las 16 horas. En ese momento podré rodear, finalmente, el Cabo de Buena Esperanza, el punto más austral del continente africano, peñasco temido por los antiguos navegantes, que se colocaban un aro en la oreja cada vez que lo pasaban y sobrevivían...

Desde estas tierras en las que el invierno se hace sentir levemente, y a las cuales quizás vuelva para enfadarme un año más con el Congreso de IFLA en 2007, les hago llegar un enorme abrazo.

Hasta mañana...

Ilustración.

septiembre 01, 2006

Cuaderno de viaje 21: domingo 03 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Un tímido sol naranja se asomaba en Johannesburgo (Sudáfrica) cuando me bajé del enorme Airbus que me llevaba de Kuala Lumpur a Buenos Aires. Supuestamente, aquella era una etapa del viaje.

Esa etapa se extendió más de lo previsto por culpa de una turbina que comenzó a humear durante el carreteo de salida hacia Ciudad del Cabo, en plena pista.

Lo malo del asunto fue la total desorganización de Malaysian Airlines, la peor respuesta de las autoridades del provincial y maltrecho aeropuerto de Johannesburgo, la pésima fama de la ciudad –violencia, crimen e inseguridad, especialmente para los blancos, y más especialmente en las zonas céntricas– y un retraso de un día en todas mis actividades planeadas.

Lo bueno, el contacto con un montón de pasajeros de todo el mundo –entre ellos la esposa del Embajador de Congo en Argentina, de quien me convertí en el intérprete francés-inglés–, la estadía en una lujosa habitación del hotel más caro de la ciudad –el Southern Sun– a cuenta de la compañía, y la posibilidad de conocer al menos algún aspecto de la vida sudafricana.

Y, por sobre todo, la gran suerte de que el maldito motor se quemara en tierra, y no en algún punto a 11 km. por encima del Atlántico.

Mientras traían la turbina nueva desde Inglaterra (sí, como lo leen) y tenían infinitos problemas con las aduanas sudafricanas, y montaban el ingenio y lo testeaban, yo me hice de un pequeño gran grupo de amigos viajeros –argentinos, en particular– y comí lo mejor de la cocina de la zona, y aproveché la estadía para visitar la ciudad. Hubiera sido perfecto poder visitar Pretoria, la capital administrativa del país, situada a no más de 30 km de Johannesburgo, pero era domingo y todas sus instituciones y lugares interesantes estaban cerrados (además, los precios del transporte para turistas son carísimos). Así que visitamos el área local. Y, dentro de la tristemente célebre urbe, tuve el honor de cumplir un sueño personal, y visitar su barrio más famoso.

Soweto.

Para los que no conocen este nombre, o lo oyeron pero desconocen su significado completo, los invito a adquirir un poco de cultura sobre historia contemporánea. Soweto fue un enorme ghetto para miles de sudafricanos de raza negra, durante el terrible régimen del "apartamiento", la política de separación de los blancos dominantes y los demás pueblos "inferiores". Nelson Mandela fue un luchador innegable a favor de la abolición de tal régimen, lo cual motivó su encarcelamiento por más de tres décadas, su liberación en 1990 y su posterior elección como presidente de la República Sudafricana, una vez que el apartheid fue abolido.

Hoy, Soweto es un área suburbana de Johannesburgo en la cual la población es de mayoría negra y en la cual hay un tremendo desarrollo social. Si bien existen sectores en los cuales reina una intensa pobreza (nada de lo que un sudamericano deba asombrarse, por cierto), también hay partes del área urbanizada en las cuales el progreso y el bienestar son palpables. Poseen un hospital con más de 10.000 camas, algo de lo que muchas ciudades latinas no pueden enorgullecerse. Y posee una actividad cultural y sociopolítica inmensa.

Conociendo la historia y la importancia que tuvo este lugar en la historia sudafricana, transitar sus calles –subidos en un taxi que nos cobró una pequeña fortuna por el paseo– fue como transitar por un museo viviente.

Cansado, me muevo nervioso por los retrasos que me provoca este accidente. Aún así, estoy feliz de saberme en tierra africana, en una tierra de culturas ancestrales, en una región tan bella y tan salvaje.

Si hay suerte, será hasta mañana...

Ilustración.

Cuaderno de viaje 20: sabado 02 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

La velada en el Centro Nacional de Artes Tradicionales de Seúl superó todas mis expectativas. Honestamente, no puedo decir qué es lo que fui a ver: mentiría si dijera algo al respecto, pues todos los contenidos que pude leer o pedir estaban en coreano. La invitación llego de manos de la Embajada argentina, que me las hizo llegar como una forma de despedida, dado que sabían de mi gusto por la música, y de mi partida hoy. Y yo no me preocupé mucho, porque la música coreana me gusta, y porque, en definitiva, el lenguaje musical es universal, y no requiere de muchas explicaciones, sino de una mente abierta.

Ya hablé del Centro, situado en un polo artístico del sur de la ciudad. Incluye un Museo de instrumentos tradicionales y varias salas de actuación. El evento de ayer se realizó en la sala central, la cual estaba engalanada a tal efecto, y contaba con una organización que rayaba en la perfección.

El espectáculo comenzó, y una tropa de ejecutantes de distintos tambores y gongs entró a nuestras espaldas y bajó las escaleras entre aplausos del público, situándose en el escenario. Luego, un presentador explicó largamente las características del evento, que, supuse, es de un valor cultural alto, dado que está protegido por la UNESCO y que viene interpretado de la mano de gente mayor, reconocida por su talento.

El espectáculo se componía de 6 números en los cuales un bailarín, golpeando un tambor o un pequeño platillo, danzaba, mientras 6 o 7 tambores, ejecutados por personas más jóvenes, se alineaban a la derecha del escenario, manteniendo un ritmo continuado, y un ejecutante de dulzaina hacia zumbar su instrumento en lo que parecía ser una improvisación. Debo reconocer que los patrones rítmicos coreanos me destrozaron la cabeza: no encontré ninguna estructura reconocible. Pero, evidentemente, lo estaba analizando desde un punto de vista occidental.

El primer número me erizó la piel. Una mujer de unos 60 avanzados, pequeñita (no más de metro y medio de estatura) y tocada con una especie de abanico de plumas colocado en una varilla sobre su sombrero, empezó a danzar. No sé cómo explicar lo que hacía con ese abanico de plumas. Lo más parecido que he visto en mi vida a ese movimiento es el de una medusa bajo el agua, en mis tiempos de biólogo marino. Era como un corazón de plumas blancas, que latía y se movía al pulso que marcaban todos los enormes bombos. Se abría, se cerraba velozmente, se iba hacia atrás y volvía, y giraba, y se abría voluptuosa o secamente para cerrase otra vez. Todo esto lo lograba la anciana con tenues pero seguros movimientos de cabeza y cuello, a la vez que marcaba un ritmo sincopado en su platillo y ejecutaba complicadas posiciones con las piernas y los pies.

Así siguieron los números, de destreza de interpretación algunos, de belleza figurativa de la danza otros, hasta que, al final, un hombre de unos 40 salió con el mismo tocado que llevaba la anciana del principio, pero esta vez portando una larga cinta fina de tela blanca. Lo que hizo danzando con esa cinta solo puede compararse con los movimientos de las gimnastas que trabajan con cintas, o con el de un látigo. La danza, de por sí, era una mezcla de artes marciales estilizadas y folklore de las estepas rusas o mongolas. Los giros en el aire, los saltos... Evitar que la piel se erizara era imposible. En lo mejor de la actuación, la anciana del principio se puso a improvisar un pansori, un canto gutural, un lamento que parecía venir desde el fondo del tiempo. La gente del público animaba, aquí y allá, con gritos, guturales también. Era como una fiesta guerrera en la estepa, con un danzarín demostrando su arte, con 8 parches resonando con furia bestial.

Salí de allí embriagado.

Amanecí en una ciudad adormilada, y mientras me dirigía temprano al metro para iniciar mi camino al aeropuerto de Incheon, veía la imagen de todos los días, que ahora sería la ultima. Cocineras, barrenderos, cartoneros, jóvenes ebrios que volvían a casa, sorebang (o "karaokes") que aún sonaban, suciedad en las calles, carteles anunciando tal o cual fiesta estudiantil...

Extrañaré Corea. Ya me había habituado a su vida y a su ritmo, a la cadencia de su idioma, a la sonrisa de su gente. Pero dicen que el que pisa Corea una vez, siempre vuelve. Es lo mismo que, curiosamente, dicen los bolivianos. Así que conservaré mis esperanzas.

Me quedan muchas cosas que contar sobre la cultura, las bibliotecas y la historia de este pueblo y esta gente. Cosas que no he podido mencionar hasta ahora, porque ha sido mucho lo visto y poco el tiempo para escribir. Pero seguramente habrá oportunidad, en un futuro cercano.

El avión al que me subí me llevó desde la península coreana hasta Kota Kinabalu, la capital de la provincia de Sabah, en Malasia oriental, situada en la paradisíaca y famosa isla de Borneo. En realidad creí que la escala que haríamos seria en China, pero cuando supe que estaba pisando Borneo, me apresuré a descender del avión para tomarme un descanso del vuelo y apreciar el paisaje.

Imaginen, desde la terraza del aeropuerto, el mar de la China meridional a la derecha, calmo bajo un cielo azul, con islas de formas más verticales que horizontales recortándose en el horizonte como el lomo de un dragón sumergido que asoma, aquí y allá, desde las profundidades. Del otro lado, montañas pobladas de bosques, palmeras altísimas inclinadas con el viento, y un sinnúmero de pequeñas casas típicamente malayas, con mezcla de techos de zinc ingleses y maderas musulmanas. Verde de un lado, azul del otro, y un calor húmedo que presagiaba el trópico.

En el aeropuerto, muchísima promoción de la naturaleza de Borneo, de sus bosques tropicales poblados de orangutanes, de sus fondos marinos llenos de tortugas carey, de sus altas montanas, de sus 105 culturas –todas mezcladas y conviviendo en paz–, de su cocina especiada, de su historia de mezclas e idas y venidas y migraciones. Además, la venta de exóticos hongos –muy parecidos a los nuestros– que sirven para librar de todo mal nervioso, y maderas que limpian los canales linfáticos, y bellísimas conchas marinas...

El avión partió, y yo con él (aunque gustosamente me hubiera quedado en tierra) y aquí estoy, en Kuala Lumpur (capital de Malasia), esperando que otro avión, ya en la madrugada de mi domingo, me lleve a tierras sudafricanas, y de allí a Buenos Aires, desde donde les escribiré nuevamente porque deberé quedarme en mi ciudad natal todo el día.

Los dejo porque no me quiero ir de KL sin comer un poco de nasi, el arroz malayo, que viene acompañado por cuantos platos especiados puedan imaginarse. Comparado con la cocina coreana, no es tan rico. Pero no voy a desaprovechar la oportunidad de probar nuevamente esta delicia.

Un abrazo desde estas tierras de mujeres con pañuelos y burkas, y de banderas en cada esquina. Y de voces que avisan los vuelos del aeropuerto en árabe, en chino, en inglés y en malayo, diciendo las gracias en los cuatro idiomas: shukran, xie xie, thank you, terima kasih...

Nos leemos mañana.

Ilustración.

Cuaderno de viaje 19: viernes 01 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

En mi último día en Seúl, pensé en disfrutar completamente de la jornada y dedicarme a comer bien (me esperan muchísimas hora de vuelo y de espera en aeropuertos, en especial en Kuala Lumpur, Sudáfrica, Buenos Aires y Panamá) y a descansar. Esta noche estoy invitado por mi Embajada para una función especial de música tradicional que un programa de la UNESCO brinda en el Centro Nacional de Artes Tradicionales. Por ende, cerraré mi estancia en Corea del Sur con un hermoso broche de oro: no podría haber elegido nada mejor como despedida.

Mañana por la mañana parto hacia Malasia, donde pasaré el sábado, y desde allí a Sudáfrica y a Buenos Aires, donde pasaré el domingo. El lunes por la mañana amaneceré en Panamá, y al mediodía estaré pisando suelo guatemalteco, con el tiempo suficiente para darme una ducha rápida en mi hotel y dirigirme volando a dar mi primera clase en el taller de capacitación para bibliotecarios indígenas que se enmarca en el V Simposio Nacional de Proyección y Actualización Bibliotecológica, al cual estoy invitado como participante y que tendrá lugar entre el 4 y el 8 de septiembre en la Universidad Rafael Landívar.

Hablando de actualización bibliotecológica, estuve revisando las cifras y los datos referidos a bibliotecas especiales en Corea. Se define como "biblioteca especial" a aquella unidad que provee información especializada a la institución madre y al público. Para 2004 había 570 bibliotecas de este tipo: 391 de ellas (dos tercios) están en el área metropolitana de Seúl.

Normalmente una biblioteca especial contiene 23.000 libros promedio. Unas 14 bibliotecas de esta categoría superan los 100.000 tomos. El Instituto Coreano de Información Científica y Tecnológica –biblioteca líder en esta área– cuenta con 17.700 títulos de publicaciones periódicas académicas. El presupuesto anual que manejan es de 138.000 dólares en promedio, y cada una suele tener nada más que dos empleados.

Las bibliotecas en Braille son 35 en toda Corea del Sur, y las militares, 1700 (el Ministerio de Defensa opera una para cada batallón).

En relación a las escolares, hay 9649 unidades (4779 en escuelas primarias, 2652 en secundarias y 2218 en terciarias). Cada una tiene un promedio de 5240 libros, es decir, 7.5 libros por estudiante. El gran problema de estas bibliotecas es que muchas de ellas son manejadas por padres voluntarios o maestros, no por bibliotecarios (hay 0.34 bibliotecarios profesionales por unidad escolar). El presupuesto anual para bibliotecas escolares es de 5200 dólares anuales. Como ven, las diferencias entre bibliotecas especializadas y escolares son evidentes en este país, así como lo son en toda Latinoamérica. Las problemáticas son las mismas...

Hacia finales del 2004 había 438 bibliotecas universitarias, con 14 de ellas poseyendo colecciones de más de un millón de volúmenes. La biblioteca de la Universidad Nacional de Seúl tiene la colección más grande (2.8 millones de tomos) y emplea a un equipo de 107 personas, de los cuales 76 son bibliotecarios profesionales (algo así como un 75 %). En cada campus, la biblioteca se transforma en una especie de centro cultural, o al menos eso dicen los colegas de la Asociación de Bibliotecas de Corea. Los estudiantes opinan distinto, pero eso ya es materia de discusión.

Con estos números –que proporcionan solo un pálido reflejo de la realidad– los dejo hasta mañana. La entrada será escrita desde Kuala Lumpur, en pleno tránsito hacia mi país y América Central.

Esperando tener un buen viaje, les hago llegar un nostálgico "hasta mañana" desde estas tierras de palacios de tejas negras y dragones azules, a la que echaré de menos, ahora que estaba empezando a reconocerla como humana bajo su caparazón de perfección, tecnología y seriedad.

Nos leemos por aquí...

Ilustración.