Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 30, 2006

Turkmenistán

Turkmenistán

Por Edgardo Civallero

Turkmenistán es un pequeño país del Asia Central, situado a orillas del Mar Caspio, al norte de Irán. Tiene un área ligeramente mayor a la de Paraguay, ocupada por tierras esteparias, de las cuales sólo el 5% son aprovechables para agricultura. El resto es empleado para una economía de pastoreo nómada que replica, en pleno siglo XXI, las tradiciones medievales. Actualmente independiente, perteneció por décadas a las ex Repúblicas Socialistas Soviéticas. La única ciudad de cierta importancia es la capital, Ashgabat, en donde se centralizan todos los servicios.

Decidí hablar sobre este país cuando me crucé, hace unos días, con un tibio y deslucido artículo del IFLA Journal (2006, 36 (2), pp.131-9) escrito por un profesor de la UCLA (Universidad de California en Los Ángeles), John V. Richardson, consultor en bibliotecología en diversos países del mundo, especialmente en el área de la antigua URSS. El texto se titula "Biblioteca y economía de la información en Turkmenistán" y, a pesar de proporcionar información concreta sobre bibliotecas, evita muy tibiamente acercarse a otros temas (derechos humanos, por ejemplo) que deberían ser conocidos por la comunidad bibliotecológica internacional.

Si no hubiera sido por la particular situación sociopolítica que vive Turkmenistán, jamás hubiera buscado información sobre ese pequeño país. Pero en abril del año pasado, revisando noticias de la BBC, me encontré con un comentario del presidente turcomeno Saparmurat Niyazov: "las bibliotecas rurales deben ser cerradas; de todas formas, ningún turcomeno las usa ni lee libros". El comentario –que la BBC reportaba como un decreto presidencial de febrero de 2005– me dejó helado. Pero fue sólo el principio: buscando otras noticias, supe que muchos bibliotecarios habían sido sustituidos por soldados, y que algo parecido había sucedido con los médicos.

Completamente interesado por el tema, intenté averiguar un poco más de la situación de una nación tan lejana y tan desconocida. Supe, entonces, que el país soporta una dictadura impresionante por parte del tal Niyazov, presidente de por vida (o sea, per saecula saeculorum, aunque ha prometido dejar el cargo en 2010) de la pequeña nación del Asia Central. Las actividades de este caballero –si se me permite llamarlo así– no tienen desperdicio: sus excentricidades (que rápidamente se convierten en decretos gubernamentales) pueden pasar a engrosar la lista de extravagancias enfermizas construida a fuerza de locura por Nerón, Napoleón y otras "personalidades" semejantes.

Niyazov es presidente de Turkmenistán desde la independencia del país (es decir, desde la caída de Gorbachev en 1991). Se hace llamar Turkmenbashi, "el líder de todos los turcomenos", y ha creado un impresionante culto a su persona: de hecho, ha hecho cambiar el nombre de una ciudad a orillas del Caspio por este apelativo propio... por no hablar del de escuelas, aeropuertos... y hasta el de un meteorito.

Nuestro hombre ha ido bastante más allá: ha cambiado todo el calendario y ha bautizado meses y días con su nombre, el de sus libros, el de su madre y el de sus autores y festividades favoritas. Su cara aparece en todos los billetes, y grandes retratos con su imagen cuelgan en las ciudades, al mejor estilo "Gran Hermano" de la famosa novela 1984 de Orwell. Las estatuas de él y de su madre (su padre murió en la II Guerra Mundial, cuando él era niño) aparecen distribuidas en todo el país, incluyendo una en el medio del desierto de Kara Kum y otra en el centro del Arco de la Neutralidad, uno de los edificios más grandes de Ashgabat. Esta última estatua gira para estar siempre orientada de cara al sol, y así reflejar sus "rayos benefactores" sobre la ciudad.

Niyazov se ha otorgado el premio "Héroe del Turkmenistán" a sí mismo cinco veces... y ha dicho: "Estoy personalmente en contra de ver mi imagen y estatuas en las calles – pero eso es lo que la gente quiere".

El sistema educativo adoctrina a los jóvenes turcomenos para adorar a Niyazov: de hecho, sus trabajos y discursos componen la mayor parte de los libros de texto. Y aquí entramos en una materia obligatoria cuando se habla de Turkmenistán. El principal libro (sino el único) del país –evidentemente escrito por Niyazov, y objeto de culto en toda la nación– es el Rukhnama, o "Libro del Alma". Esta obra, de 400 páginas –accesible, en inglés, en Internet– es una mezcla muy personal de historia revisionista y guía moral. Fue escrita para convertirse en la "guía espiritual de la nación" y en la "base de la literatura y el arte nacional". Dado que los textos y periódicos de la era soviética han sido prohibidos –y no han sido reemplazados por cosas nuevas– las bibliotecas tienen poco más que los trabajos de nuestro buen amigo Niyazov.

Además de colocarse en el centro de la vida de su pueblo, la ha limpiado de influencias rusas y extranjeras. Ha cerrado compañías de ópera y ballet porque "no son parte de la cultura turcomena". Los conservatorios y universidades de estilo occidental también han sido clausurados. Introdujo un nuevo alfabeto turcomeno, basado en el latino y no en el cirílico. Y así hasta el infinito.

Como era de esperar, las medidas de seguridad / represión son impresionantes, incluyendo arrestos masivos a opositores y sus familias, violación de derechos humanos y un largo etcétera. La libertad de expresión no existe: cualquier crítica al líder es considerada traición y es castigada con largos periodos de prisión, reclusión en instituciones mentales o exilios en campos cerca del Mar Caspio. Las conversaciones privadas son monitoreadas por informadores del gobierno. Casi todos los accesos a Internet –escasísimos– y las actividades en la red están controlados. En 2005 había 36.000 usuarios de Internet en una población de 5 millones de habitantes, lo cual significa que sólo el 0.7 % de la población tiene cuentas.

Dado que los recursos petroleros del país son excelentes, y que la neutralidad asumida por Turkmenistán lo lleva a no establecer alianzas con nadie, Niyazov puede darse el lujo de desoír advertencias internacionales en relación con derechos humanos.

Algunos de los decretos de Niyazov ponen la piel de gallina, y hacen pensar en la imagen de un niño jugando con el poder (o un orangután manipulando una ametralladora). En marzo de 2004 dejó sin empleo a 15.000 trabajadores de la salud (enfermeras, visitadores...); al mes siguiente, un decreto animaba a los jóvenes a no usar fundas de oro en los dientes, sino a masticar huesos para conservar su salud dental; en febrero de 2005, ordenó cerrar los hospitales fuera de la ciudad de Ashgabat, diciendo que si la gente se enfermaba viniera a la capital; lo mismo hizo con las bibliotecas rurales. En noviembre de 2005 ordenó que los médicos no hicieran el juramento hipocrático, sino que le prestaran a él mismo un juramento personal. En septiembre, Niyazov diseñó una nueva escala de pagos para los maestros. Aquellos que no quisieran quedar en la última etapa –con sueldos mínimos, y casi en la indigencia– debían escribir un artículo periodístico alabando al líder y publicarlo en uno de los dos periódicos oficiales.

Sobre el Rukhnama hay mucho más para decir. Después del Corán (los turcomenos son musulmanes) es el libro más importante en la vida nacional. De hecho, debe de ser considerado igual al libro sagrado (aquellos líderes religiosos que se han opuesto a esta idea han visto sus mezquitas derruidas por el estado). Se impone obligatoriamente en la sociedad y en las comunidades religiosas. Es el principal libro educativo desde la escuela primaria a la universidad. Se necesita poseer un alto conocimiento del texto –así como la habilidad para recitar pasajes enteros del mismo– para pasar exámenes, para entrar a la universidad, para obtener el permiso de conducir o para tener un empleo estatal.

La crítica pública al texto, o incluso una reverencia insuficiente, son suficientes para que el agraviante sea detenido, puesto en prisión y torturado. La pena puede alcanzar a la familia si la falta fue muy grave.

En marzo de 2006, Niyazov declaró que había intercedido con Alá para asegurar que cualquier estudiante que leyera el libro tres veces se asegurara inmediatamente la entrada al paraíso.

Una enorme réplica mecánica del Rukhnama está situada en la capital: cada noche, a las 20, el enorme libro se abre y se recita un pasaje, acompañado por videos ilustrativos.

El reporte del colega Richardson –de una tibieza que me dio náuseas– apenas si toca esta información, que tuve que recuperar de un sitio tan básico como la Wikipedia. Ciertamente las publicaciones internacionales sobre bibliotecología evitan este tipo de análisis: en opinión de los editores (en especial de aquellos pertenecientes a IFLA, institución totalmente "apolítica"), nuestra profesión no tiene nada que ver con los derechos humanos, con la ética, con la política o con la censura. Los artículos profesionales solo deben rescatar cifras y datos respecto a la realidad de las bibliotecas, es decir, contar cuántas bibliotecas hay, cuántos libros tienen, que sistema de catalogación usan y esas cosas.

En fin, para darles el gusto a los colegas que creen que esos datos –y no los otros– son los importantes para conocer la realidad de los profesionales de otro país, citaré un rato al bueno de Richardson y diré que Turkmenistán disfruta de un elevado índice de alfabetización, reportando un 98.8% para mayores de 15 años (se comprende, si el líder Niyazov pretende que todos lean su libro). Sin embargo, "aún no existe una floreciente cultura de lectura, dado que hay pocos –o ningún– libro nuevo en el campo, y cuando aparecen, son extremadamente caros, incluso para los bibliotecarios".

En su texto, el profesor de la UCLA señala literalmente: "El rol y el status de las mujeres en Turkmenistán está mejorando: por ejemplo, la cuarta parte de los funcionarios electos son mujeres, y son promovidas por ley. Sin embargo, hay códigos de vestimenta para las mujeres en la escuela y en el trabajo". Quizás las colegas de sexo femenino –gran mayoría en nuestra profesión– puedan indicarme si esto es una "mejoría", en especial cuando las vestimentas y las costumbres no se usan por respeto a la tradición cultural propia, sino por decreto.

Sigo citando. "Las TICs en Turkmenistán están luchando mucho, dados los altos costos de las licencias, tasas por servicios e impuestos de importación de equipos, así como un proceso gubernamental opaco de solicitud para habilitación de compañías de telecomunicaciones. En 1998, 1.000 servidores de Internet estaban usando el monopolio estatal de Internet, STC Turkmentelecom. Las búsquedas son filtradas por el gobierno para evitar pornografía, violencia y sentimientos anti-gubernamentales; el director del Programa de Entrenamiento y Acceso a Internet de la Biblioteca Nacional ha sido visitado por oficiales gubernamentales del Misterio de Seguridad Nacional, buscando seguridades de que el acceso libre Internet no permite el acceso a pornografía y debe ser educacional y apoyar a la política nacional y a los puntos de vista del gobierno".

Continúo citando. "El 15 de junio de 2000, el Presidente firmó una ley, 'Sobre Bibliotecas y Actividades Bibliotecarias', más conocida como 'Zakon'. Es una ley descriptiva, que define bibliotecas y sus actividades, pero no habla de cuestiones de privacidad y copyright". Sigue extrañándome que organismos internacionales como IFLA (y su sección FAIFE) no establezcan acciones, recomendaciones o resoluciones al respecto.

Sigamos con la cita. Esta no tiene desperdicio: "El decreto de febrero de 2005 [el de bibliotecas rurales] ha sido malentendido por muchas agencias internacionales, dado que no fue una legislación, sino un comentario del presidente frente a su gabinete y televisado el 22 de abril: ´Las bibliotecas deben cerrarse; de todas formas, nadie va a las bibliotecas ni lee libros´. Aparentemente, ha habido algunos cierres de bibliotecas usando esta frase como justificación. Hay rumores que corren de boca en boca acerca de una política de centralización bibliotecaria que se incrementa (debido a falta de fondos para mantener pequeñas bibliotecas en áreas remotas). Algunos cambios han sido reportados en la parte sureste del país, mientras que en las provincias del oeste no han habido cambios". Es curioso que la mayor parte de las agencias internacionales de noticias y los organismos de derechos humanos reporten otra cosa. Pero en fin: aunque el "comentario" no haya llegado a "decreto", tener como dictador a una persona que piense así es bastante alarmante para cualquier colega en cualquier punto del mundo.

Richardson nos cuenta que "cada biblioteca (incluyendo las universitarias) debe tener una sala dedicada al culto del Rukhnama".

Sigo... "La lectura de materiales impresos en las calles o en los cafés no parece ser tan popular como en Rusia" dice el californiano, y después de saber un poco más sobre Turkmenistán, comprendemos la razón. "La radio de noticias Mayak, una de las más populares en el país, fue suspendida por el gobierno el 11 de julio de 2004, aunque aún pueden accederse noticias por algunos servidores de Internet. Hay 20 periódicos locales. Sin embargo, se lee poco. Y esto asombra, dado que en el propio Rukhnama se alienta a leer". El colega no especifica qué textos se alienta a leer en el libro de Niyazov.

Continúo la cita. "Los manuscritos para publicar libros deben ser enviados y presentados a la Agencia Estatal de Publicaciones, que tiene la capacidad de editar 500 títulos por año, la mayoría sobre el patrimonio cultural turcomeno". ¿Más censura? Richardson expone que a cada libro que se decide publicar se le asigna un número, así que, como no hay bibliografía nacional, es fácil construirla con tales números. La catalogación se basa en CDU y en las normas alemanas BBK. La tirada media es de 20.000 copias. La Zakon (ley de bibliotecas) obliga a reservar algunas copias para bibliotecas de importancia nacional. Los libros extranjeros deben ser aprobados por el Gabinete de Gobierno.

El artículo del IFLA Journal anota que hay 5 tiendas de libros en la capital, Ashgabat, todas operadas por el gobierno. En la número 3 pueden encontrarse alrededor de 3000 títulos únicos, incluyendo algunos manuales rusos para conducir y reparar autos.

El documento publicado por Richardson continúa con una breve descripción de las bibliotecas existentes en el país (las académicas no pasan la docena) y de la formación académica que reciben los bibliotecarios, panorama realmente sombrío allá donde los haya.

¿Por qué comparto esta información? Somos bibliotecarios, profesionales que proveen un servicio a la comunidad. Debemos ser conscientes, en todo momento, de las condiciones en las que vivimos, tanto las sociales como las políticas y económicas. Y debemos –dentro de lo posible– conocer la situación internacional de nuestra profesión. Dado que somos actores clave dentro de una "Sociedad de la Información" en pleno apogeo, y dado que gestionamos un inmenso poder –el de la información– es necesario que sepamos cuál es nuestro lugar dentro del tablero (inter)nacional y cuáles son los problemas que podemos llegar a encarar.

También incluyo esta información para difundir conocimiento sobre nuestro mundo actual, un mundo en el que todavía sobreviven dictadores novelescos como Niyazov, de quién nuestros periódicos no nos hablan. Finalmente, quiero hacer un fuerte hincapié en la neutralidad que asumen muchos colegas –como Richardson– y muchos editores de publicaciones profesionales, que evitan tocar temas que no sean específicamente bibliotecológicos. Nuestra disciplina está profundamente ligada con el resto de las disciplinas y con la realidad en la que vivimos. No es un cuarto estanco, no es una torre cerrada, aunque muchos quieren que así sea y la vivan así. No se trata solamente de estadísticas de libros y usuarios (clásico artículo de revista bibliotecológica), sino de las condiciones en las que los bibliotecarios tienen que trabajar, de los libros que tienen que manejar, de las políticas que tienen que soportar, de los conceptos y métodos interdisciplinarios que usan. La tibieza y la "pureza" disciplinaria solo nos llevaran a vivir en una realidad virtual que dista mucho de la realidad que acontece a diario fuera de nuestros muros y nuestros estantes. Personalmente, entre 2001 y 2003 soporté los comentarios de un buen número de editores internacionales que rechazaron mis artículos (los mismos textos que hoy expongo en Congresos Internacionales, especialmente invitado para ello) porque eran "muy políticos", "muy antropológicos" o "muy históricos" (entre estos editores había muchos argentinos y latinoamericanos que siguen haciendo gala de su mente cerrada). Son muchos colegas los que escriben desde un marco interdisciplinario o social y son rechazados por estos editores... para luego ser aceptados por editoriales más abiertas y publicar excelentes libros que abren caminos hacia otras formas de pensar y otras formas de aprender y entender nuestro trabajo.

Nuestra profesión es política. Quizás Turkmenistán queda muy lejos. Pero, si lo pensamos detenidamente, tenemos muchos "monstruos" locales que se ejercitan, día a día, cómo aprendices de Niyazov. Si no somos conscientes de ello, si no aprendemos a vivir nuestro trabajo integralmente, si no adquirimos conciencia política (en el mejor sentido de esta denigrada palabra) despertaremos un día con la noticia de que nuestra biblioteca fue cerrada por que, al fin y al cabo, nadie lee.

Muchos pretenden que en el tablero internacional del conocimiento sigamos siendo peones, y no alfiles, torres o reyes. Limitándonos a tareas de técnicos (sin dejarnos hablar o leer sobre otras materias, tan válidas como las que más) nos limitan, nos encadenan, nos colocan riendas y bocado y se evitan actitudes críticas e independientes por parte de las manos que manejan el poder alrededor del cual gira hoy el mundo, y que tantas cosas puede cambiar. Sacudirnos el yugo y comenzar a re-aprender nuestra profesión desde un punto de vista plural, informado, consecuente y abierto depende de nosotros. Pongámonos, pues, manos a la obra...

Ilustración.

octubre 23, 2006

Nomadeando por dentro, nomadeando por fuera...

Nomadeando por dentro, nomadeando por fuera...

Por Edgardo Civallero

El gusto por los viajes parece crecer con la práctica. Cuánto más kilómetros se acumulan bajo los pies, cuántos más paisajes se queman en las retinas, cuántos más aires nuevos se respiran, uno parece querer más, anhelar más. Y cuando uno vive en un continente como América, el problema se complica. Uno elige una dirección, y empieza a recorrer leguas y más leguas, y transcurren días y días antes de que la tierra se acabe. Y en ese trayecto se topó con lugares cuyos nombres recuerdan distintas lenguas, y con ecosistemas cuya variedad pasma, y con gentes y costumbres tan diversas que parecen no pertenecer a un pueblo con orígenes comunes.

Hace menos de un mes y medio que me bajé del último avión, y ya estoy preparando el equipaje para subirme al siguiente, que esta vez me llevará a Santiago de Chile. Desde allí, atravesaré el centro del país hermano, cruzaré el desierto de Atacama, la región de Antofagasta y Tarapacá, y dejando atrás la frontera, entraré en el hermoso territorio peruano. Cruzaré Nazca, Ica y varias ciudades más antes de llegar a Lima.

En Santiago, he sido invitado a participar en el I Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas de Chile, en el marco del cual presentaré dos talleres y una conferencia. Organizado por el Centro Bibliotecario de Puente Alto (una de las bibliotecas más grandes, vanguardistas y referentes en Chile), la Subdirección de Bibliotecas Públicas de Chile, la Biblioteca de Santiago y la revista "Pez de Plata". El evento tendrá lugar entre el 8 y el 10 de noviembre, y es de destacar que las bibliotecas públicas de los hermanos chilenos –de un nivel increíble– servirán de marco a todo el encuentro. El programa se presenta interesante, y espero que podamos generar espacios de trabajo, discusión y construcción, pues me parecen las únicas alternativas posibles para un verdadero encuentro y un real crecimiento disciplinario.

Desde allí subiré a lo largo de la espina dorsal de nuestra madre tierra hasta Lima, en donde participaré en el II Congreso Internacional de Bibliotecarios, Archivistas y Profesionales de la Información, con una conferencia sobre acceso abierto. El evento tendrá lugar entre el 13 y el 15 de noviembre, y será organizado por el Colegio de Bibliotecólogos de Perú bajo el lema "La información: desafíos y retos en la era del conocimiento". Visitarlos será introducirse en un mundo más que interesante, activísimo, en el cual se pretenden tratar temas de vanguardia, como el acceso abierto y los recursos digitales en la Sociedad de la Información moderna.

Tanto en Lima como en Santiago (y localidades cercanas) pretendo acercarme a bibliotecas y otras propuestas culturales que me permitan comprender mejor la situación del país y de las unidades de información. Como ya es mi costumbre, apuntaré en estas páginas mis apreciaciones.

Si a estas alturas no he quedado agotado, podré seguir un poco más al norte, cruzar la frontera y situarme en Riobamba, en tierras de Ecuador, en la mitad del mundo. Allí se prepara el IX Congreso de Bibliotecarios, Documentalistas y Archiveros, aunque, dado que aún está en preparación, no se puede decir mucho más. Sin embargo, conociendo el nivel de las bibliotecas y centros de documentación de los colegas ecuatorianos, puede asegurarse una masiva concurrencia y un muy buen nivel en las ponencias... al margen de que habrá un pequeño gran país por descubrir, con costas, sierras y selvas para visitar y asombrarse, y un horizonte humano, cultural y bibliotecológico más que interesante.

Por aquí los espero, pues, dentro de un par de semanas, para compartir un pedacito más de la geografía de este pequeño gran planeta y de este continente nuestro, arrugado en sus montañas y relajado en sus pampas, viejo en sus tierras y joven en las sonrisas de sus niños. Hasta entonces, reciban un abrazo cordial desde una Córdoba primaveral, florecida en los colores del lapacho y el jacarandá.

Ilustración.

octubre 18, 2006

Colonialismo bibliotecológico

Nomadeando por dentro, nomadeando por fuera...

Por Edgardo Civallero

El gusto por los viajes parece crecer con la práctica. Cuánto más kilómetros se acumulan bajo los pies, cuántos más paisajes se queman en las retinas, cuántos más aires nuevos se respiran, uno parece querer más, anhelar más. Y cuando uno vive en un continente como América, el problema se complica. Uno elige una dirección, y empieza a recorrer leguas y más leguas, y transcurren días y días antes de que la tierra se acabe. Y en ese trayecto se topó con lugares cuyos nombres recuerdan distintas lenguas, y con ecosistemas cuya variedad pasma, y con gentes y costumbres tan diversas que parecen no pertenecer a un pueblo con orígenes comunes.

Hace menos de un mes y medio que me bajé del último avión, y ya estoy preparando el equipaje para subirme al siguiente, que esta vez me llevará a Santiago de Chile. Desde allí, atravesaré el centro del país hermano, cruzaré el desierto de Atacama, la región de Antofagasta y Tarapacá, y dejando atrás la frontera, entraré en el hermoso territorio peruano. Cruzaré Nazca, Ica y varias ciudades más antes de llegar a Lima.

En Santiago, he sido invitado a participar en el I Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas de Chile, en el marco del cual presentaré dos talleres y una conferencia. Organizado por el Centro Bibliotecario de Puente Alto (una de las bibliotecas más grandes, vanguardistas y referentes en Chile), la Subdirección de Bibliotecas Públicas de Chile, la Biblioteca de Santiago y la revista "Pez de Plata". El evento tendrá lugar entre el 8 y el 10 de noviembre, y es de destacar que las bibliotecas públicas de los hermanos chilenos –de un nivel increíble– servirán de marco a todo el encuentro. El programa se presenta interesante, y espero que podamos generar espacios de trabajo, discusión y construcción, pues me parecen las únicas alternativas posibles para un verdadero encuentro y un real crecimiento disciplinario.

Desde allí subiré a lo largo de la espina dorsal de nuestra madre tierra hasta Lima, en donde participaré en el II Congreso Internacional de Bibliotecarios, Archivistas y Profesionales de la Información, con una conferencia sobre acceso abierto. El evento tendrá lugar entre el 13 y el 15 de noviembre, y será organizado por el Colegio de Bibliotecólogos de Perú bajo el lema "La información: desafíos y retos en la era del conocimiento". Visitarlos será introducirse en un mundo más que interesante, activísimo, en el cual se pretenden tratar temas de vanguardia, como el acceso abierto y los recursos digitales en la Sociedad de la Información moderna.

Tanto en Lima como en Santiago (y localidades cercanas) pretendo acercarme a bibliotecas y otras propuestas culturales que me permitan comprender mejor la situación del país y de las unidades de información. Como ya es mi costumbre, apuntaré en estas páginas mis apreciaciones.

Si a estas alturas no he quedado agotado, podré seguir un poco más al norte, cruzar la frontera y situarme en Riobamba, en tierras de Ecuador, en la mitad del mundo. Allí se prepara el IX Congreso de Bibliotecarios, Documentalistas y Archiveros, aunque, dado que aún está en preparación, no se puede decir mucho más. Sin embargo, conociendo el nivel de las bibliotecas y centros de documentación de los colegas ecuatorianos, puede asegurarse una masiva concurrencia y un muy buen nivel en las ponencias... al margen de que habrá un pequeño gran país por descubrir, con costas, sierras y selvas para visitar y asombrarse, y un horizonte humano, cultural y bibliotecológico más que interesante.

Por aquí los espero, pues, dentro de un par de semanas, para compartir un pedacito más de la geografía de este pequeño gran planeta y de este continente nuestro, arrugado en sus montañas y relajado en sus pampas, viejo en sus tierras y joven en las sonrisas de sus niños. Hasta entonces, reciban un abrazo cordial desde una Córdoba primaveral, florecida en los colores del lapacho y el jacarandá.

Ilustración.

octubre 15, 2006

Libertad en las bibliotecas...

Libertad en las bibliotecas

Por Edgardo Civallero

El Comité de Libertad Intelectual de la Asociación de Bibliotecas de Japón compiló una declaración que me resultó de gran interés cuando la leí por primera vez. Si bien algunos códigos de ética profesionales incluyen muchos de los temas tratados en este documento, y si bien secciones de IFLA como la FAIFE trabajan sobre esta materia desde hace años, me sorprendió agradablemente que una Asociación Nacional se preocupara por establecer lineamientos de pensamiento y acción referentes a libertad intelectual en las bibliotecas.

Dado que el texto está escrito en japonés y traducido únicamente al coreano, el chino y el inglés, me tomé la libertad de traducirlo (en forma imperfecta, pero coherente) al español, para poder compartir los contenidos con mis lectores. Quizás esta iniciativa nipona sirva para que algunas Asociaciones Nacionales Latinoamericanas formulen proyectos y propuestas coherentes destinadas a garantizar y promover la libertad de expresión y pensamiento en sus bibliotecas y la lucha contra la censura. Quizás estas líneas también sirvan para despertar algunas mentes y para subrayar un problema que es escasamente tratado en nuestro medio, pero que, curiosamente, está presente a diario.


Declaración sobre libertad intelectual en bibliotecas
Revisada en 1979 por la Asociación de Bibliotecas de Japón
(Incluida, en su versión inglesa, en el sitio web de IFLA / FAIFE)

La responsabilidad más importante de las bibliotecas reside en ofrecer materiales y servicios bibliotecológicos a aquellos que poseen el Derecho a Saber como uno de sus principales derechos humanos fundamentales.

1. La Constitución de Japón promulgada en 1946 se basa en el principio de que la soberanía de las naciones reside en su gente. Para mantener y desarrollar tal principio, es necesario que cada persona sea capaz de disfrutar del derecho a la libre expresión y al intercambio de ideas dentro de la sociedad. Esto significa que es indispensable garantizar la libertad de expresión.

La libertad de saber y la libertad de expresión son dos caras de la misma moneda. La libertad de expresión garantiza la del hablante, pero no puede entenderse si al mismo tiempo no garantiza la libertad de saber como una consecuencia.

Por otro lado, la libertad de saber está profundamente relacionada con la libertad de pensamiento, con la de conciencia y con todo el resto de derechos humanos fundamentales, y es un factor básico para asegurar tales libertades y derechos. La Constitución [japonesa] prescribe (art. 12) que la libertad y los derechos garantizados en ella deben ser mantenidos por el compromiso constante del pueblo. La libertad de saber debe ser mantenida por un compromiso similar.

2. Toda persona tiene derecho a acceder a materiales bibliotecarios siempre que los necesite. Garantizar este derecho no es más que convertir la libertad de saber en un sistema social. Las bibliotecas son las organizaciones que detentan la total responsabilidad de asegurar la libertad de saber.

3. Las bibliotecas no deberán ser estorbadas por el poder de las autoridades locales o la presión social, y deberán garantizar a la gente el libre acceso a las colecciones bibliotecarias y a sus servicios físicos mediante el claro reconocimiento de su responsabilidad y el desarrollo activo de todo lo que puedan proveer, incluyendo la cooperación bibliotecaria.

4. En nuestro país [Japón] no deberíamos olvidar la historia de las bibliotecas al final de la II Guerra Mundial, porque contribuyeron mucho a las políticas gubernamentales de "modelado de opinión" y resultaron en la ralentización del desarrollo de la libertad de pensamiento del pueblo. Basados en tal auto-examen, debemos asegurarnos ahora de que las bibliotecas sean responsables de garantizar y desarrollar la libertad de saber.

5. Toda persona tiene igual derecho a usar las bibliotecas, y su derecho no debería ser discriminado por su raza, credo, sexo, edad u otros condicionantes sociales.

Este derecho también debe garantizarse a extranjeros.

6. Los principios de la "Libertad de las Bibliotecas" expresados aquí sirven para garantizar la libertad de saber del pueblo, y pueden aplicarse básicamente a situaciones en todas las bibliotecas.

Para cumplir su misión, las bibliotecas deben reconocer los siguientes puntos como deberes propios, y deben ponerlos en práctica:

Artículo 1: Las bibliotecas tienen libertad para generar sus colecciones
1. Para garantizar la libertad de saber de la gente, las bibliotecas deben responder a todas las solicitudes de materiales bibliotecarios de sus usuarios.
2. Las bibliotecas seleccionan y reúnen materiales basándose en políticas de adquisición compiladas por cada biblioteca.
Al adquirir materiales:
(1) Al seleccionar libros sobre una materia controvertida, las bibliotecas reunirán un amplio rango de documentos que representen distintos puntos de vista.
(2) Las bibliotecas no excluirán libros de su colección usando pretextos como la opinión del autor, o sus puntos de vista religiosos o políticos.
(3) Los materiales de la biblioteca no serán seleccionados de acuerdo al interés personal de los bibliotecarios.
(4) La libertad de adquisición no se subordinará a las presiones o interferencias de individuos, organizaciones o grupos, y no deberá ser estorbada por la auto-regulación bibliotecológica nacida de su preocupación por evitar que la biblioteca se convierta en blanco de discusiones cruciales.
(5) Los puntos arriba mencionados se aplicarán también a la adquisición de libros donados.
Se introducen e imponen muchas opiniones en los materiales adquiridos por la biblioteca. Por muy peculiares que las mismas puedan ser, la selección de esos libros no significa que esos puntos de vista sean apoyados por la biblioteca y los bibliotecarios.
3. Las bibliotecas harán pública una declaración escrita de su política de adquisición y se esforzarán por animar la crítica y la cooperación con los miembros de su sociedad.

Artículo 2: Las bibliotecas aseguran la libertad de ofrecer sus materiales.
1. Para garantizar la libertad de saber de la gente, todos los materiales bibliotecarios, en principio, se ofrecerán para el libre uso del público.
Sin una razón apropiada, las bibliotecas no tratarán materiales con criterio diferenciador, borrando texto, quitándolos de los estantes o descartándolos de la colección.
Las restricciones a la libertad de ofrecer materiales bibliotecarios deben ser aplicadas solo en las siguientes ocasiones. Estas restricciones se ejercerán con la mayor limitación posible, y después de cierto periodo de tiempo, las decisiones serán reexaminadas.
(1) Violación de derechos humanos o privacidad.
(2) Libros juzgados como publicación obscena.
(3) Materiales de las colecciones donadas o depositadas, que el donante o depositante no permite que se pongan a disposición del público.
2. Las bibliotecas tendrán el deber de preservar sus materiales para el uso presente y futuro. Los materiales preservados no serán desechados de las bibliotecas por un argumento débil de la sociedad o por presión o interferencia de un individuo, una organización o un grupo de gente.
3. Los lugares de asamblea y otros espacios de reunión en las bibliotecas tienen diferentes características de los de otras organizaciones, pues tienen una colección rica y organizada en el edificio, lo cual significa ofrecer estudios independientes o trabajo creativo a la gente siempre que necesiten usarlos.
Las bibliotecas ofrecerán espacios de reunión para el uso de la gente, ya sean individuos o grupos, sin discriminación, excepto para propósitos de lucro.
4. Los encuentros o proyectos planeados por las bibliotecas no serán cambiados por la presión o interferencia de individuos, organizaciones o grupos de gente.

Artículo 3: Las bibliotecas garantizan la privacidad de los usuarios.
1. El libro que una persona ha leído o está leyendo debe conservarse como parte de la privacidad del lector. Las bibliotecas no revelarán el reporte de lecturas de un lector, excepto bajo las garantías establecidas por un oficial judicial competente previstas en la Constitución (art. 35).
2. Las bibliotecas no violarán la privacidad de un lector revelando ningún reporte del uso de otros servicios de la biblioteca, más allá de la lectura.
3. Cuando están cumpliendo sus deberes, las bibliotecas suelen tener conocimiento del reporte de lectura y uso de la biblioteca de un usuario particular. Ningún trabajador de una biblioteca divulgará estos hechos, sino que asegurará la privacidad de sus usuarios.

Artículo 4: Las bibliotecas se oponen categóricamente a todo tipo de censura
1. La censura ha sido practicada en distintos momentos por autoridades gubernamentales para suprimir la libertad de pensamiento y expresión de la gente. Una sociedad democrática se basa en la libertad de saber, y la censura no tiene espacio en tal sociedad.
La censura regula las actividades de adquisición de las bibliotecas por adelantado, y resulta en la supresión de materiales de los estantes y en el descarte de libros de la colección. Las bibliotecas han tenido tales experiencias amargas y muchos ejemplos de ellas se encuentran claramente en la historia y en la experiencia de la gente.
En consecuencia, las bibliotecas se oponen categóricamente contra todo tipo de censura.
2. Un efecto similar al de la censura puede ser ocasionado por presión e interferencia de individuos, organizaciones y grupos. Las bibliotecas se opondrán a cualquier tipo de limitación de pensamiento y expresión.
3. Esta limitación puede causar fácilmente cierta auto–regulación por parte de los bibliotecarios, que tenderán a evitar adquirir libros sobre temas controvertidos. Las bibliotecas no serán estorbadas por tales auto–regulaciones sino que asegurarán la libertad de saber de la gente.

Cuando la libertad de las bibliotecas esté en peligro, los bibliotecarios trabajaremos juntos y nos dedicaremos a asegurar la libertad.
1. La libertad de las bibliotecas puede ser un importante indicador para evaluar el desarrollo de la democracia en un país. Siempre que la libertad vaya a ser violada, nosotros, que estamos muy comprometidos con el desarrollo de las bibliotecas para el pueblo, reaccionaremos contra la violación juntos. Para organizar tal reacción profesional, es indispensable que manejemos continuamente las bibliotecas en forma democrática y desarrollemos "espíritu de grupo" entre trabajadores de bibliotecas.
2. La acción de asegurar la libertad de las bibliotecas es parte de la lucha por asegurar la libertad y los derechos humanos. Somos responsables de asegurar la libertad de las bibliotecas mediante la cooperación con grupos, organizaciones e individuos que compartan con nosotros similares objetivos.
3. El apoyo y la cooperación de la gente pueden obtenerse solo de aquellas personas que hayan experimentado el precioso valor de la libertad de las bibliotecas a través de sus experiencias bibliotecarias. Para asegurar tal apoyo y cooperación, nos dedicaremos a desarrollar diariamente los servicios bibliotecarios.
4. En las actividades destinadas a asegurar la libertad de las bibliotecas, los bibliotecarios que trabajen con ganas por la libertad pueden ser tratados desfavorablemente a través de una actitud autoritaria de su organismo gubernamental. Para prevenir de antemano tales tratos políticos y personales, o al menos para actuar inmediatamente después de que fueron efectuados, la Asociación de Bibliotecas de Japón extenderá una mano de ayuda a la persona que sufra tales tratos. Esto será contemplado como uno de los roles importantes de la Asociación.

Ilustración.

octubre 11, 2006

12 de octubre

12 de octubre

Por Edgardo Civallero

Hablar de la llegada de un europeo a las costas de Guanahaní hace más de cinco siglos sería repetir un tópico leído y releído en mil páginas cada 12 de octubre. Hablar de la masacre llevada a cabo por los conquistadores europeos, del falso concepto de "descubrimiento", de leyendas "rosas" y "negras", de cruces y perros amaestrados, de pólvora, de dolor, de los lamentos de los pueblos vencidos, del genocidio y el silencio que sembraron los extraños en tierras americanas, sería una tarea sencilla.

Bastaría con llorar, con lamentarse, con insultar el recuerdo de antiguos asesinos que ya no pueden ser castigados.

Pero no caeré en el facilismo de desenterrar viejos muertos y de cargar las culpas en pasados difusos y casi olvidados. Celebraré este 12 de octubre refrescando otras memorias. Les hablaré de los miles de indígenas guatemaltecos masacrados por guatemaltecos. De los miles de indígenas mexicanos discriminados por mexicanos. De las 12 lenguas nativas argentinas que aún sobreviven y que nadie se preocupa en rescatar porque son lenguas de "indios de mierda" (según los argentinos) De los campesinos indígenas encarcelados en Chile (por chilenos) por clamar por sus tierras ancestrales, o de los silenciados en Paraguay (por paraguayos) por reclamar sus derechos. Les hablaré de las crisis de los indígenas bolivianos, y de los peruanos, y de los ecuatorianos, por no recordarles las de los brasileños y colombianos, oprimidos por las manos de sus compatriotas.

No, ya no son las tétricas figuras pálidas forradas en aceros y bajadas de enormes casas que flotaban en el agua. Ya no hacen falta esas descripciones tan básicas e infantiles con las que yo también adorné más de un discurso. Esta vez quiero recordarles que ya no son los españoles ni los portugueses, ni ningún europeo, los que discriminan, odian, olvidan, silencian, acribillan, masacran, torturan o matan. Ahora somos nosotros, los propios latinoamericanos. Y lo hacemos con compatriotas, con hermanos, con vecinos, con compadres, con amigos, con compañeros.

El hombre indígena, la mujer indígena, la que estudia a nuestro lado en el aula universitaria o la que vende pimientos en la plaza, el que construye el edificio en nuestra ciudad o ara la tierra en el campo, tienen derecho a tener las mismas oportunidades que cualquier otro ser humano en este bendito mundo. Y está en nuestras manos bibliotecarias –en las suyas, en las mías– que algunas de esas oportunidades sean equilibradas e igualitarias: la oportunidad de acceder a información, de recibir educación, de obtener formación, de disfrutar un rato de ocio, de expresarse sin barreras, de vivir su propia identidad, de hablar la lengua materna, de ejercer su derecho a manifestarse, de difundir su cultura. La oportunidad de aprender cosas nuevas y preservar del olvido las tradiciones. La oportunidad de superar un problema o de construir un proyecto de vida limpio y libre.

Recordar a los que se fueron, a los que murieron asesinados o cayeron en batallas desiguales es ejercer la memoria, sí, pero es ejercerla sin mucha utilidad. No olvidemos esos hitos históricos pero, a la vez, abramos los ojos al presente: comunidades enteras sin servicios básicos, con derechos impunemente violados, sin oportunidades elementales cubiertas, sin caminos a futuro, sin espacios en la actualidad... Si queremos honrar su memoria, su lucha valerosa de siglos, su identidad única (que nos enriquece como pueblo y como continente), su cultura rica y secular, simplemente apreciemos, escuchemos, aprendamos, y tendamos una mano de amigo o de hermano allí donde sea necesaria. Y que no nos empuje la piedad, la caridad o la pena: que nos empuje el ánimo de ayudar sinceramente, de poner el hombro y el brazo para acompañar al otro en su sendero, por pequeño y agreste que sea.

Si así lo hacemos, quizás en un día futuro podamos celebrar en vez de continuar avergonzándonos por los errores cometidos en un pasado sangriento. Porque ya no podemos cambiar el pasado. Pero podemos modelar el presente y construir otro futuro, otra historia, otra memoria de lo que es y será.

Ilustración.

Las bibliotecas del sol naciente (02)

Las bibliotecas del sol naciente 02

Por Edgardo Civallero

En la anterior entrada de esta bitácora presenté algunas características básicas de la Biblioteca de la Dieta Nacional (Parlamento) del Japón, la cual cumple las funciones de Biblioteca Nacional del país oriental. La institución posee un Servicio Digital que es, quizás, uno de los elementos más importantes de su estructura, y es por ello que pretendo detenerme hoy en algunas de sus ofertas y actividades.

Por un lado, el SD proporciona catálogos en línea. El OPAC provee acceso a 4.44 millones de documentos digitales en japonés y otras lenguas, 180 mil títulos de publicaciones periódicas y diarios (excepto ejemplares chinos y coreanos), 7.13 millones de artículos del Índice de Publicaciones Periódicas Japonesas, 380 mil tesis doctorales japonesas y extranjeras, y otros materiales. Por cierto: existe un OPAC específico para la búsqueda de materiales en lenguas asiáticas.

La colección digital –el alma del SD– posee una sección destinada a documentos de la Era Meiji (1868-1912) digitalizados en formato JPEG o JPEG2000. Alrededor de 127.000 volúmenes de los 89.000 títulos de libros publicados en esa época pueden ser visualizados libremente. Por otro lado, también se incluye el Dnavi, el WARP y la Base de Datos de Imágenes de Libros Raros (41.000 imágenes de 874 títulos de libros raros y otros materiales conservados por la Biblioteca de la Dieta Nacional).

El Proyecto Dnavi (del cual también hablé en la entrada anterior) genera metadatos de información contenidas en bases de datos de Internet (actualmente posee unos 9.200).

El WARP (Web Archiving Project, Proyecto de Archivo Web) es una propuesta muy interesante. Los colegas japoneses consideran que los recursos de Internet son parte de un acervo cultural precioso, que contiene un vasto conjunto de resultados de las actividades intelectuales humanas. Dado que pueden ser rápidamente actualizados o borrados, estos documentos electrónicos poseen una fuerte tendencia a desaparecer (en especial si se comparan con materiales impresos). Por ende, el proyecto pretende preservarlos para el futuro.

La idea tiene paralelos en bibliotecas nacionales de otros países, que se han comprometido a la búsqueda, colección y organización de los recursos digitales nacionales.

En el proyecto WARP, la Biblioteca utiliza web-crawlers para la búsqueda de materiales digitales. El uso de esos motores de búsqueda permite seleccionar recursos informativos publicados dentro de Japón. La colección central del proyecto se divide en sitios web y publicaciones periódicas en línea. Dentro de la primera categoría, WARP ya posee siete colecciones: sitios web de agencias e instituciones gubernamentales nacionales, gobiernos de prefectura, ciudades, organizaciones y corporaciones de interés público, universidades, eventos varios (eventos culturales nacionales y extranjeros) y miscelánea (otras categorías).

Cuando los web-crawlers encuentran los sitios de interés, se solicita el permiso escrito del webmaster. En él se estipulan las condiciones de archivado, preservación y difusión de la información por parte del SD.

Amén de estos elementos, el SD de la Biblioteca de la Dieta presenta Exhibiciones Electrónicas sobre temas específicos, incluyendo principalmente imágenes de materiales únicos conservados por la Biblioteca, con las descripciones y comentarios pertinentes. Un apartado especial dentro de estas exhibiciones son las "Memorias de Japón", en donde se exponen materiales relacionados con la historia y la cultura nipona. Otras exhibiciones son "incunables occidentales", "el calendario japonés", "retratos de personalidades japonesas históricas modernas" y "fauna y flora en ilustraciones".

El SD posee secciones parlamentarias (recuérdese que la Biblioteca de la Dieta está orientada a servir, principalmente, al Parlamento japonés) a través de las cuales puede accederse a los textos de las minutas de las dos cámaras de la Dieta desde su primera sesión en 1947. Pueden realizarse búsquedas por palabra-clave y accederse, incluso, a algunos papeles de trabajo de determinados comités. Existe, además, un Índice de Leyes y Regulaciones Japonesas, cuya base de datos permite realizar búsquedas precisas.

La Biblioteca de la Dieta Nacional ha creado la Biblioteca Internacional de Literatura Infantil (fundada en el 2000, la primera de su tipo en Japón). El Servicio Digital, por ende, también refleja a esta unidad en sus propuestas: provee información digital de apoyo a la investigación y al estudio sobre literatura infantil, así como promueve actividades relacionadas a la lectoescritura infanto-juvenil. El Catálogo Unificado de Literatura Infantil que proporciona el SD permite buscar títulos y la institución en la que se pueden encontrar. Además, se ofrecen imágenes digitalizadas de algunos libros infantiles japoneses, especialmente de los publicados después de 1955. Una exhibición especial presenta libros infantiles de valor histórico, tanto dentro como fuera de Japón, presentando el nacimiento del género y su historia (con animación y sonido).

A propósito de la Biblioteca Internacional de Literatura Infantil, es una bellísima unidad fundada como una rama infantil de la Biblioteca de la Dieta Nacional. Provee programas y materiales de lectoescritura infanto-juvenil a nivel nacional, empleando documentos japoneses e internacionales. Además de los recursos digitales citados, posee una colección amplia de materiales en papel (libros de imágenes, cuentos populares, historias, revistas). El edificio incluye un Museo (para exposiciones especiales), un par de salas de investigación sobre lectura, la sala de los cuenta-cuentos, la sala "Conocer el Mundo" y la biblioteca en sí. El edificio es histórico: data de 1906 (Era Meiji, estilo renacentista europeo) y fue usado por una rama de la Biblioteca de la Dieta Nacional hasta 1998.

Considero que los elementos aportados en estas líneas pueden ayudar a descubrir experiencias, ideas y alternativas que quizás no han sido tenidas en cuenta por muchas de las unidades nacionales o especializadas de nuestros territorios. He oído hasta el cansancio la frase que establece que, dado que poseen más recursos económicos y tecnológicos, algunas naciones desarrollan servicios más específicos. Dudo que exista una relación entre ambas cosas. Creo, honestamente, que algunas sociedades demuestran poseer una creatividad preciosa e inmensa, y que la aplican en los campos que más les interesa desarrollar. Y los pueblos del Extremo Oriente en general –y Japón en particular– han probado, a través de su historia, que pueden obtenerse progresos, adelantos y éxitos con recursos extremadamente limitados. Sólo basta creer, pensar y trabajar duro, con mucha imaginación.

Y esos elementos no son patrimonio exclusivo de un pueblo, una nación o un sector. Son un bien común a toda la especie humana. Quizás sea tiempo de que otros comencemos a hacer un uso apropiado de los mismos. Los ejemplos aportados demuestran que es posible lograrlo.

Ilustración.

octubre 09, 2006

Las bibliotecas del sol naciente (01)

Las bibliotecas del sol naciente 01

Por Edgardo Civallero

Biblioteca, en japonés, se dice toshokan. Este es un buen dato para comenzar un acercamiento al mundo de la bibliotecología en Japón, un universo con el que tuve un mínimo e inicial contacto durante la Exposición que tuvo lugar en Seúl, en el marco del Encuentro Internacional Anual de la IFLA.

De acuerdo a las estadísticas japonesas, cada ciudad (y hay más de 50.000 en la pequeña nación insular) posee su propia biblioteca pública, un establecimiento que parece ser muy popular en la sociedad nipona y que está siendo rápidamente afectado por las nuevas tecnologías de la información. Dichas tecnologías ya influenciaron en forma poderosa a las unidades académicas y especializadas, que poseen su propio catálogo en línea, accesible por Internet (la mitad de las bibliotecas públicas también lo tienen).

[Es remarcable la importancia que poseen las bibliotecas públicas en las sociedades orientales, importancia que no poseen en algunas sociedades latinoamericanas. La razón de tal importancia salta a la vista: la inversión que se realiza en bibliotecas populares es mucho más útil que la que se realiza en bibliotecas universitarias. Conviene más educar a una persona desde pequeña que cuando es adulta y llega a instancias académicas carente de toda formación y contacto con el libro].

La primera biblioteca pública se abrió en Japón en 1872, después de que la cultura occidental lograse introducirse por vez primera en el Imperio del Sol Naciente. La JLA (Asociación Japonesa de Bibliotecas, Nippon Bunko Kyokai) fue fundada en 1892 para promover los servicios de las bibliotecas y la bibliotecología en general. En 1906, la JLA organizó la primera Conferencia Nacional de Bibliotecas japonesas, y en 1929 se convirtió en miembro de IFLA.

Después de la II Guerra Mundial, en 1950, se promulgó una ley que estipulaba que las bibliotecas públicas debían ser subvencionadas por los impuestos, gratuitas y adecuadas para responder a las necesidades de información de la comunidad. A la par del desarrollo del país las bibliotecas progresaron, y surgieron servicios móviles, unidades para discapacitados y materiales audiovisuales y, por supuesto, informáticos.

De acuerdo a las cifras provistas por la JLA, existen 2.731 bibliotecas públicas y 7.275 profesionales en Japón (2003). Tales unidades están organizadas en bibliotecas de prefectura (63), de ciudad (1.636) y de población (1.033). Se prestan 550 millones de libros anualmente: un promedio de 4.5 libros por persona. Aún así, la JLA reconoce que en el 40 % de las poblaciones no hay bibliotecas públicas.

El desarrollo de los nuevos modelos y paradigmas económicos en Japón lleva a las bibliotecas a unirse a la PFI (Iniciativa de Financiamiento Privado), a través de la cual se prestan servicios en el sector privado, cobrando por los mismos y generando, por ende, un esquema de auto-sustentabilidad.

Los problemas de copyright ocupan un lugar central y controvertido en las discusiones públicas actuales. Los editores y autores reclaman la creación de un sistema de derecho de préstamo público para bibliotecas públicas, restringiendo la cantidad de duplicados y el periodo de préstamo de los nuevos títulos. La solución a esta iniciativa está aún en estudio, pero probablemente conlleve una serie de problemas... como los que han existido en otras partes del mundo cuando se ha discutido la misma temática.

Hay 686 universidades y 541 colegios en Japón; el 80 % de los mismos son privados (2002). Hay 1.257 bibliotecas universitarias y 324 bibliotecas de colegios. Entre los 13.000 profesionales que trabajan en el sector, casi la mitad son empleados full-time. Hay 260 millones de libros y más de 3.500 títulos de publicaciones periódicas en esas bibliotecas. El presupuesto es de 74 mil millones de yenes anuales...

En la mayor parte de las bibliotecas universitarias, los datos bibliográficos son incluidos en la base de datos preparada por el NII (Instituto Nacional de Informática), llamada NACSIS-CAT. El NII está preparando el sistema de préstamo inter-bibliotecario NACSIS-ILL. El 90% de las bibliotecas académicas poseen su OPAC en línea.

Los servicios, el manejo de recursos y la administración de las bibliotecas universitarias están evaluados por una Comisión Nacional. La acreditación para su funcionamiento proviene de tales instancias. Desde 2003 se está introduciendo la idea de gestión privada y de empleados no–oficiales en las unidades universitarias.

En los últimos tiempos se han establecido consorcios para la compra de revistas, y se han alargado los horarios de las bibliotecas (hasta última hora y durante vacaciones) para poder proveer servicios más adecuados a los usuarios.

De acuerdo al Ministerio de Educación, Cultura, Deportes, Ciencia y Tecnología, hay 23.633 escuelas primarias, casi 17.000 escuelas secundarias y casi 1.000 escuelas especiales (2004). Casi todos poseen bibliotecas escolares. Esto es así porque en 1953 se promulgó la Ley de Bibliotecas Escolares, que establecía que toda escuela tenía que tener biblioteca y un shisho-kyoyu (maestro-bibliotecario) que se ocupara del trabajo profesional. Sin embargo, la ley no siempre se cumple.

Desde los 90's se busca mejorar la estructura y la calidad de las bibliotecas escolares. La ley anterior de modificó en 1997, obligando a cada escuela con más de 12 clases (la mitad de las existentes) a tener un bibliotecario. Y los presupuestos han aumentado generosamente para proveer de una base sólida al desarrollo buscado.

Las bibliotecas especiales poseen servicios y materiales únicos. Pertenecen a un cuerpo diferente de organizaciones (JSLA, Asociación Japonesa de Bibliotecas Especiales). Hay 1.724 unidades con colecciones especiales. El 43 % de esas bibliotecas tienen menos de 20 mil libros, y el 40 %, menos de 200 títulos de periódicas. Pertenecen a oficinas gubernamentales, asambleas locales, instituciones privadas, instituciones de investigación, empresas, universidades y colegios y otras organizaciones.

La JSLA (fundada en 1952) promociona el desarrollo de las bibliotecas especializadas, en especial con los ciclos de Seminarios llamados "Seminarios Vespertinos", que se llevan a cabo, sobre temáticas puntuales, dos o tres veces al año desde 2003, y en los cuales ya han participado más de 500 profesionales.

La NDL (Biblioteca de la Dieta Nacional) es el equivalente de la Biblioteca Nacional en Japón. Se estableció en 1948 gracias a una ley, y su función prioritaria es asistir a los miembros de la Dieta (Parlamento Japonés) a cumplir con sus obligaciones. A la vez, su misión es proveer servicios bibliotecarios a las ramas ejecutiva y judicial del gobierno nacional, y al público en general. Es el único depósito legal de publicaciones en Japón, preserva todo el acervo histórico bibliográfico y compila la Bibliografía Nacional japonesa.

Posee 921 empleados, un presupuesto de 23.8 mil millones de yenes, 7.91 millones de libros y 176.000 títulos de periódicas. Es el centro de ISSN desde 1976 y el Centro Regional Asiático de IFLA-PAC (Preservación y Conservación) desde 1989.

La Biblioteca de la Dieta Nacional promociona la creación de bibliotecas y redes digitales como una de sus principales propuestas. Además de los proyectos de digitalización como las colecciones de la Era Meiji y la Base de Datos de Libros Raros, lleva adelante dos proyectos experimentales en relación con recursos de información en línea: "Servicio de Navegación de Base de Datos" (Dnavi) y "Proyecto de Archivado Web" (WARP). El primero es un portal que registra una gran cantidad de información de sitios web de todo Japón; el segundo, un proyecto que preserva y conserva sitios web como parte del patrimonio histórico nacional.

Actualmente se discute si incluir los recursos informativos japoneses en línea dentro del depósito legal del país, para así poder recogerlos y organizarlos de una forma más eficiente.

La JLA posee 6.700 miembros individuales y 2.800 institucionales. En 2001 organizó su Conferencia número 87. Su nueva sede de seis pisos (1998) se encuentra en el Chuo-ku de Tokio, y posee un Consejo General y una serie de divisiones (bibliotecas públicas, universitarias, escolares, especializadas, educación en bibliotecología) y 25 comités trabajando continuamente.

Las diferencias y similitudes de la bibliotecología japonesa (de cuya educación académica no pude obtener mucha información actualizada) con la latinoamericana no se reducen únicamente a los recursos económicos o informáticos. La propia cultura japonesa y sus acciones se reflejan en los logros obtenidos. Es evidente que no podemos –ni debemos– copiar las actitudes o los movimientos de otros países y culturas: sería ridículo y, muy probablemente, inútil. Sin embargo, no está de más echar un vistazo, de vez en cuando, al sendero que transitan otros pueblos. Quizás podamos aprender de algunos ejemplos, replicar algunas ideas y, sobre todo, colocarnos metas reales. Metas que ya han conseguido otros colegas de otras latitudes, colegas que han tenido y tienen problemas similares a los nuestros, pero que quizás los han enfocado desde perspectivas distintas o con mayor creatividad.

Un abrazo cordial... Nos seguimos leyendo en este rincón del infinito espacio virtual.

Ilustración.

octubre 04, 2006

Cuaderno de viaje: final

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Quedaban aún muchos kilómetros por hacer. Quedaba una conferencia en México DF, una visita a San Cristóbal de Las Casas (Chiapas), otra a San Salvador (El Salvador), una conferencia en Tegucigalpa (Honduras), un par de encuentros en Managua (Nicaragua) y otros tantos en San José de Costa Rica. Una docena larga de colegas visibles (más otros con los que no tuve contacto pero que estaban detrás de ellos) me recibirían con los brazos abiertos y me enseñarían su mundo bibliotecológico, su realidad y su país.

Fue un verdadero honor –honor con letras mayúsculas– el haber recibido tantas invitaciones, el haber sido considerado para todas esas actividades, el haber recibido tantos mensajes de bienvenida. Y fue con verdadera tristeza que decidí declinar todo ese trayecto de mi viaje. Pero el cuerpo tiene unos límites, y cuando uno los excede el ánimo empieza a fallar, el buen humor empieza a escasear, la mirada se torna nostálgica y los pies buscan el camino de vuelta a casa. Eso me ocurrió. Y, con verdadera pena, emprendí el retorno a ese cuchitril pequeño y desordenado que amo y que yo considero mi hogar.

Aún me quedaban varios trayectos y un par de días de viaje hasta llegar a poner la llave en la puerta de mi casa. Aterrizaría en Managua, luego en Panamá y luego en Buenos Aires, y de allí un bus me llevaría a la terminal de Córdoba, desde donde un taxi, quizás, me dejaría en la puerta del lugar donde vivo, cargado con una enorme mochila, dos sacos y un enorme rollo de carteles.

Aún así, antes de partir de Guatemala me hice tiempo para charlar con los colegas del programa radial "Fuentes", de la Universidad del Anáhuac, en México. "Fuentes" es, quizás, uno de los primeros programas de radio cuyo contenido está centrado completamente en nuestra profesión. Está realizado por profesionales de la bibliotecología, y puede ser oído en todo el mundo a través de Internet. La colega Araceli Sánchez Venegas fue la encargada de invitarme a tal espacio –en el que participé, desafortunadamente, sólo en forma telefónica– y la de realizar una pequeña entrevista que me permitió contar de mis andanzas y aportar algunas opiniones acerca de las realidades vividas. "Fuentes" se emite todos los miércoles a las 11 de la mañana (hora México), y puede ser oído a través de su sitio web. Confío en que mi colaboración con el programa pueda continuar en un futuro cercano... y en poder participar, algún día, en forma presencial, tal y como tenía planeado hacer si no fuera por mi decisión de regresar antes de tiempo a mis pagos.

A estas alturas del viaje (es decir, cerrando el capítulo), desde mi cansancio, miraba hacia atrás y me parecía que el mes que pasé nomadeando se había convertido en un año. Fueron muchas emociones, muchas experiencias, muchos paisajes distintos, muchos kilómetros navegados... ¿Qué podría sacar en claro de todo eso?

Por el lado profesional, aprendí que las grandes cosas se encuentran en los pequeños rincones, como ocurre con todo en esta vida. Quizás –como también ocurre en la vida– no sabemos apreciar el valor de esas pequeñeces, y buscamos siempre las cosas grandes, las cosas "importantes". Pero los elementos valiosos estarán esperando por nuestra mirada en el rincón en el que menos esperemos hallarlos. Por ende, es preciso dar una oportunidad a todo tipo de lugares. Aquellos que quieran aprender experiencias, deberían buscar en bibliotecas universitarias y especializadas, pero también en comunitarias y barriales. Aquellos que busquen libros, deberían revisar en las grandes tiendas, pero también en los puestos de los vendedores de segunda mano de los barrios obreros. Aquellos que deseen conocer nuevas ideas, deberían hablar con los grandes académicos, pero también con el joven graduado que recién inicia su carrera. Encontrarán –estoy seguro– muchas sorpresas agradables. Y, en definitiva, terminarán comprendiendo que la vida no se escribe en una sola cara de la hoja, ni las monedas se acuñan de un solo lado.

También aprendí que hay mucho por hacer en nuestra profesión. Quizás ya lo sabía intuitivamente, pero con estos desplazamientos pude comprobarlo en la realidad. Hay mucho por escribir, por construir, y, sobre todo, por compartir. Estamos muy desunidos, muy poco comunicados, a pesar de las tecnologías que hoy nos ayudan a mantenernos en contacto. Quizás los Congresos, Simposios y Encuentros sean un buen espacio para reunirse y compartir. Pero deben ser planificados en forma inteligente. Las temáticas deben ser elegidas en forma consciente, orientándolas hacia las materias que son de interés para la comunidad total de bibliotecarios, y diseñando programas y actividades acordes con las posibilidades, necesidades y características de los oyentes potenciales. Deberían fomentarse las mesas redondas, los debates y los talleres por encima de las charlas magistrales y las conferencias. Deberían abrirse espacios para que se trabaje en forma horizontal: la verticalidad asusta, y al final no deja más que algunas palabras retenidas en una charla o en una clase. En cambio, el trabajo conjunto con otros colegas permite establecer lazos, contar la propia historia e interesarse por la del vecino. Es así –y no de otra forma– como se generan espacios colectivos que realmente sirvan al público. Es totalmente inútil armar series de conferencias que no dejen más que algunos PowerPoint más o menos bien diseñados y algunos textos que quizás alguien lea. Se los digo por experiencia: después de una charla de 45 minutos, la mayoría de los asistentes recuerdan, de todas mis palabras, alguna anécdota jugosa o algún juego interesante de frases. Lo académico, lo árido, aburre y espanta; el contacto humano atrae, y pueden transferirse muchos conocimientos valiosos en esta forma humana, divertida, atrayente, dinámica... He bostezado hasta llorar en charlas dadas por grandes maestros, llenas de vocablos difíciles y pronunciados en un tono de voz grandilocuente. Y me he interesado hasta treparme en la silla por charlas dadas por bibliotecarios que, en forma de historia, me contaron como habían armado una biblioteca en tal o cual lugar. Escandalícense, si lo desean, pero es cierto: para captar la atención, para promover el interés y para poder lograr la transferencia activa de saber, es necesario buscar estrategias originales. No soy el rey de la creatividad, ni soy buen docente, y no sé dar clases. Pero he sido alumno y asistente de Congresos muchos años, y positivamente, sé lo que me cansa y lo que no tiene resultado.

Aprendí también que se sigue hablando de mundo digital en todos lados, pero que el rol social del bibliotecario no se conoce ni se trata mucho. Repetiré aquí, nuevamente, lo que he anotado en otras entradas de este mismo sitio: no condeno lo digital. De hecho, mi vida sería muy compleja sin ese universo nuevo y alucinante. Pero no puedo desconocer una realidad que arde por darle más importancia a ciertos aspectos prometedores de la profesión. Deberíamos ser equilibrados en ese sentido. Pero no lo somos. Seguimos jugando con el juguete nuevo y olvidando uno de los pilares de nuestra profesión: el servicio. Muchos me han dicho que si hacemos hincapié en las nuevas tecnologías es precisamente para mejorar nuestro servicio. Pero yo lo dudo: esas bocas aún no me han mostrado resultados convincentes. Cuando los vea, cambiaré mis ideas y mi discurso. Mientras tanto, sigo clamando a los colegas que me leen y me escuchan que es preciso retomar los viejos caminos de la profesión bibliotecaria: servir a nuestros usuarios, responder a sus necesidades, ayudar... Esto es crucial, en especial, en nuestro continente, una tierra que muestra una cara moderna, pero que conserva muchas caras antiguas, demacradas, dolidas, carentes de un bienestar básico y surcadas de cicatrices. Y no, no soy pesimista. Precisamente los viajes me ayudaron a reconocer regiones de mi país y de otros países que están marcadas por crisis y dramas que a muchos les parecerían extraídas de alguna novela, pero que son terriblemente reales. ¿Qué hacemos al respecto? ¿Las reconocemos acaso?

No, en nuestras manos no está la salvación del mundo, ni manejamos la cura de todos los males. Pero... ¿aportamos nuestro grano de arena? ¿Cómo lo hacemos? ¿Sirve lo que hacemos? Pregúntenselo, planteen esas preguntas en debates profesionales, en encuentros, en Congresos. Quizás logren armar foros abiertos con resultados mucho más valiosos que los obtenidos tras una charla de grandes y pequeñas personalidades orientada a diseñar nuevos espacios virtuales para los pocos que pueden accederlos a través de Internet.

Personalmente, aprendí –una vez más– que no sé absolutamente nada. Y eso me hizo muy feliz, porque me abrió muchos caminos a futuro: caminos de descubrimiento, de aprendizaje, de encuentro con realidades nuevas que me son totalmente ignoradas. Sería muy arrogante si afirmara aquí que no encontré nada nuevo. Quizás todas las bibliotecas me parecieron iguales, y todos los libros, y todas las técnicas. Pero bajo ellas, ¡cuántas cosa nuevas hallé! ¡Cuántas preocupaciones, cuántas ideas, cuántas iniciativas, cuántas propuestas, cuántas esperanzas! Esas, esas son las cosas importantes, las cosas a rescatar. Esas son las que he ido intentando reflejar –en la forma incoherente y desorganizada que me caracteriza– en estas páginas, durante este viaje. Hablar sobre las bibliotecas, si usan CDU o CDD, si arman sus bases con WinISIS o si usan MARC, si tienen tantos o cuantos miles de libros... me pareció un despropósito. Quise hablar de un mundo que late, de horizontes por conocer, de cosas nuevas, de olores y sabores y sonidos que descubrí y que quizás ustedes no conocieran. De eso se trata todo aprendizaje. Lo demás es secundario, accesorio. Lo importante es lo que nos fascina, lo que nos mueve, lo que derrumba nuestras estructuras y nos hace darnos cuenta que en realidad somos un grano de polvo en un universo infinito, y de que quedan muchísimas cosas por saber, por hacer, por ver, por soñar.

Aprendí humildad, aprendí a decir "gracias" hasta cansarme, y a la vez aprendí de la soberbia de otros, del engaño, de la ambición desmedida, de la charlatanería. Aprendí de la fidelidad y la traición a las propias ideas y valores y a los ajenos. Aprendí de inteligencias e ignorancias –académicas y personales–, aprendí de dobles discursos, de lobos disfrazados de ovejas y de ovejas disfrazadas de lobos. Y agradecí la cuna de barro en la que nací, mi origen despiadadamente pobre, mi vida al costado del mundo, mis creencias anarquistas, mis luchas pequeñas pero reales. Creo que el ver tantas miserias humanas me ayudó a limpiar nieblas de mi interior y a cimentar un poco más quién soy, lo que soy y los rumbos que me he planteado para el futuro.

De todo esto, tal vez lo más rescatable es la idea de que no hay límites para nada ni para nadie, que la palabra "imposible" fue agregada a los diccionarios por aquellas almas innobles que no quieren que intentemos y logremos, que todo puede ser realidad si creemos en ello y luchamos por ello con todas nuestras fuerzas. No, no es una utopía de las tantas que me caracterizan, de las tantas que han leído escritas por estas dos manos cansadas: es una verdad. Una verdad enorme. A todos aquellos que aún creen que pueden hacerlo –lo que sea que quieran hacer– les digo "ustedes pueden". Pueden lograrlo. Pueden lograr lo que deseen. He visto crecer bibliotecas sin financiación, he visto levantarse bibliotecas hechas de adobe y cañas, he visto escribir libros a mano para equipar estantes. Si se quiere, se puede. Y no, no es un tópico: es otra verdad. Basta con querer.

No creo que haga falta recorrer kilómetros para aprender una cosa tan obvia. Pero, ya que los recorrí, sumé a mi idea básica un montón de pruebas tangibles que me permiten afianzar mi opinión. He aquí el valor de mi viaje.

Si miro, ahora mismo, hacia delante, veo otros viajes. Me esperan kilómetros y kilómetros en los Andes, este mes de noviembre, y quizás después otras travesías por otras latitudes. Sigo apostando por el valor de los Congresos y Encuentros como espacios de creación y reconocimiento mutuo. Así es que, allí donde me inviten, intentaré estar con algunas ideas que sirvan a los que me escuchan, aprendiendo, a su vez, todo lo que pueda, y contando todo lo que crea que puede ser de valor –por pequeño que parezca– para aquellos pacientes lectores que se tomen la molestia de dedicar unos minutos a seguir mis desvaríos. He aquí algo de lo que me enorgullezco, y quizás parezca vanidad, pero no me importa: el contar lo que veo, el difundir lo que me parece pertinente, el compartir... Si todos hiciéramos lo mismo, muchos de los colegas que no tienen la oportunidad de salir de sus fronteras (las que sean) podrían estar un poquito más enterados de lo que pasa fuera de los muros de sus bibliotecas. No creo haber logrado tan magno objetivo. Pero, al menos, lo intento, y doy lo mejor de mí en esa labor.

Quiero seguir dándole alas a mis pies. Porque aún tienen muchos senderos por recorrer, muchas manos que estrechar, muchas comidas que probar, muchas charlas interesantes que mantener a la luz de un candil o una farola, aquí y allá. Tengo muchos amigos que conocer y muchas sombras que exorcizar. Por ende, estas páginas seguirán narrando mis trabajos y opiniones, pero también mis andanzas, esas que ustedes han seguido fielmente durante el último mes, con algunos paréntesis.

Gracias, mil gracias, por haber estado de ese lado. Y no me suelten de la mano, porque las mías seguirán anotando novedades en esta Bitácora de un Bibliotecario...

Ilustración.

octubre 03, 2006

Cuaderno de viaje 30: martes 11 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Caminaba por un sendero barroso, lleno de hojas y pequeños frutos de chicozapote caídos, y raíces, y piedrecillas. Las suelas gastadas de mis zapatillas eran una garantía para el resbalón repentino y el "cubrirse-de-barro-de-los-pies-a-la-cabeza" en aquel caminito que me llevaba a las espaldas de la acrópolis central de Tikal. Resbalar allí no parecía una opción muy agradable. Ni muy saludable.

Por encima de mi despeinada cabeza, a 20 o 30 metros del suelo, sobre la copa de los enormes ejemplares arbóreos de aquella tupida selva, llovía. Pero ese fenómeno atmosférico parecía estar ocurriendo en otra realidad; solo algunas gotas dispersas alcanzaban a tocar el suelo: el resto del agua era detenida por alguno de los cuatro o cinco doseles vegetales que se abrían sobre mí, y corría entonces lentamente por las ramas hasta llegar a la tierra. Allí se encharcaba, proporcionando hogar a las larvas del medio centenar de mosquitos que desayunaban sobre mi pellejo y fermentando restos vegetales viejos.

El ruido del agua, allá arriba, era igual que el que hacía la lluvia sobre un techo de chapa: un tenue golpeteo que invitaba a sentarse en el tronco de alguna ceiba, apoyar la cabeza y echarse una siesta, a pesar de que fueran las 9 de la mañana y a pesar de la picadura de esos bichos creados personalmente por Belcebú (me refiero, obviamente, a los mosquitos).

Seguía caminando con los ojos fijos en mi camino, eligiendo detenidamente los lugares donde pisar y moviendo los brazos al mejor estilo "molino-de-viento" para espantar insectos, cuando la penumbra que hasta entonces había dominado el ambiente se transformó en luz clara. La selva se abría. Alcé la vista, intrigado por el motivo del cambio, y allí la encontré, irguiéndose esbelta y eterna.

La Pirámide I.

No medí el tiempo que estuve ahí, clavado a la tierra oscura y mojada como otro árbol más, con la cabeza inclinada hacia atrás 45 grados y la mirada puesta en aquella mole de piedra (y la boca abierta en un signo de estupor, seguramente). Una cosa es ver esos edificios en fotografías y otra muy distinta –verdaderamente distinta– es tenerlos allí, frente a uno, sabedor de la gente que los había levantado, de las historias que habían visto desde su inmensidad, de las ceremonias que habían propiciado, de las palabras y sonidos que habían oído esas viejas rocas calizas, de los colores que un día ostentaron los estucos que las cubrían.

Pensé que quizás, hacía siglos, algún niño procedente de las barriadas campesinas que rodeaban este centro ceremonial se habría extasiado como yo ante esa mole, y su padre quizás le explicara –la mano en el hombro o sobre el cabello oscuro– que aquella era la casa de los dioses, que allí ocurría tal y cual cosa. Lo haría empleando alguna de las lenguas de la familia Maya. Lo haría lentamente, mirando hacia arriba como yo, siguiendo la mirada del niño, que estaría, como yo, con la boca abierta y los ojos como platos. Pensé que por un mínimo instante compartía el asombro de miles de personas que, en algún momento del tiempo, se detuvieron en el mismo pedazo de tierra en el cual estaba parado y se deleitaron con aquella imagen.

Pensé que a pesar de haber nacido lejos de aquellas tierras, a pesar de que mi sangre proviniese del otro lado del Atlántico, aquello era parte de mi historia como latinoamericano, aquella latía muy dentro de mí, aquello me pertenecía como me pertenecía Machu Picchu, el cementerio de Tilcara, las ruinas de Tafí y el calendario azteca del Museo de Antropología de México. Aquello era parte de mi identidad como americano, aquello era parte de mi historia.

Sí, por muy lejanos que estemos, esas culturas centroamericanas modelaron nuestra realidad. Si hoy usamos la palabra "tomate", estamos usando una palabra olmeca ("tomatl"). Si decimos "chicle", usamos una maya ("txikitl"). Si bebemos chocolate o si usamos esa palabra, si hacemos medio centenar de cosas de las que no somos siquiera conscientes porque son cotidianas, evocamos la memoria de esta gente en un homenaje silencioso y despreocupado que los hace vivir más allá del silencio de la muerte y los siglos. Porque lo que nos mantiene vivos en el tiempo es el recuerdo de los que vienen después de nosotros. Si ellos nos evocan, nosotros no morimos jamás.

Cuando desperté de mi embeleso –y tras rascarme las ...cientas picaduras que ya lucía mi piel como tatuajes y suvenires de la selva– comencé a rodear la pirámide y me encontré en una enorme explanada en la cual surgía la Pirámide II, enfrentada con la primera, y algunos edificios laterales de tremenda belleza. Originalmente, las construcciones eran de bloques de piedra encajados con argamasa y cubiertos por una pasta de cal y yeso que luego era decorada, labrada y pintada de colores vivos. Hoy en día solo quedan los bloques calizos, erosionados por los elementos. Aún así, la visión es magnífica, es un espectáculo imponente y, en cierta forma, sobrecogedor. En aquella plaza en la que yo me paraba podían reunirse cientos de personas para atender a los actos religiosos. ¿Cuánta fe, cuánto respeto se habría respirado allí mismo en los viejos tiempos? ¿Cuánto silencio, cuántas plegarias?

Me dirigí lentamente a la Pirámide II y comprobé que una estructura lateral de madera permitía ascender a su cima. Allá arriba, las águilas negras revoloteaban, posadas aquí y allá sobre el pequeño recinto que coronaba la pirámide. El endeble andamio –construido para los visitantes– evitaba que se subiera por las escaleras de piedra del propio templo. Sus maderas estaban mojadas, embarradas por los cientos de pies que las transitaban a diario. Estaban húmedas y se bamboleaban. La sensación de vértigo y el vacío que hay bajo los pies cuando uno está a 15 metros de altura sobre el suelo y nota que la estructura entera se mueve como gelatina son una sensación indescriptible. Pero las alas negras que flotaban allí arriba me llamaban. Subí, subí, subí y, de pronto, allí estaba, en el mismo sitio en donde los antiguos sacerdotes se asomaban para dirigirse a la multitud. Desde allí se tenía una vista completa de la Acrópolis, todos los edificios que habían servido para organizar administrativa y religiosamente a aquella enorme ciudad-estado. Las ciudades Mayas funcionaban como las antiguas poleis griegas: eran independientes y gobernaban el territorio que las rodeaba. La organización política de los antiguos Mayas había cambiado con el tiempo, pero básicamente respondía a ese modelo.

Me senté un rato allí arriba, y mientras mi corazón –poco habituado a ejercicios de ascensión de escaleras altas– intentaba calmar su ritmo acelerado, me permití otro rato de deleite con aquella visión, con aquel fragmento de nuestra historia americana hecho realidad ante mis ojos. ¿Apreciamos nuestra historia, nuestras raíces? ¿Nos esforzamos por conocerlas? ¿Nos educan para que las conozcamos y reconozcamos, para que las apreciemos y valoremos? Recordé el currículo de la Escuela de Bibliotecología de Guatemala y las charlas con colegas que me habían descrito minuciosamente este complejo Maya, y supe que ellos sí sabían. Pero recordé a otros colegas –y a mi propia formación profesional– y supe que nosotros no siempre teníamos esa formación. Como agentes culturales (sí, eso somos...) no nos daban (ni adquiríamos) todos los conocimientos que necesitamos para difundir información. Pocos bibliotecarios podrían dar información completa sobre la historia de mi país, en especial la historia prehispánica. Pocos sabían de donde procedían palabras como "yuyo" (pasto) o el significado de "Humahuaca" (famosa localidad del NO argentino) o la historia de Sayhueque (famoso líder del pueblo mapuche en Argentina). Eso, por no hablar de otras facetas de nuestra historia nacional, y obviando la historia latinoamericana, en la cual yo mismo debo reconocer lagunas e ignorancias.

Allí, a mis pies, enredada entre dos piedras, me saludaba una enorme pluma negra de las águilas que poco antes habían estado oteando el patio ceremonial desde la pirámide. La guardé en mi bolso, como el mejor recuerdo que me podría llevar de aquel sitio. Colocada en el escritorio de mi casa, me recordaría cada tarde aquella imagen que estaba intentando quemar en mis retinas: águilas negras flotando sobre piedras blancas sobreviviendo en un húmedo paraíso verde.

Bajé de la Pirámide II y me dirigí, por otro sendero a través de la selva, a la Pirámide III, que distaba medio kilómetro del conjunto central. La jungla estaba en silencio, roto aquí y allá por algunos pájaros. De pronto, comenzó el rugido. Un rugido lleno de ecos. Recordé que en aquellos parajes había jaguares, pero el sonido me recordaba a otros oídos en el NE de mi propio país, allá en el monte chaqueño. Aquello, definitivamente, era un macho de mono aullador. Apresuré el paso y comencé a buscarlo en las altas ramas de los árboles, en el medio de un mundo espeso de hojas y troncos finos. Tardé media hora en dar con él, y en esa media hora jamás cesó de gritar. Cuando lo encontré, parado casi mágicamente en una vara delgada que apenas soportaba su peso y se bamboleaba de manera vertiginosa, me pasé otro cuarto de hora mirándolo y sonriendo, aunque calculo que él ni me vería (o, si me vio, seguramente pensó que otro turista estúpido se había propuesto invadir su privacidad).

La Pirámide III estaba rodeada e invadida por la vegetación, así que caminé otro medio kilómetro (o quizás uno) hasta la Pirámide IV, la más famosa del complejo. Es igual a todas las otras (en total son seis), pero tiene una característica que la vuelve especial, y que descubrí cuando trepé por otro andamio de madera resbaloso y embarrado.

La cima de la pirámide se encuentra por encima de la jungla. Desde ella puede verse un inmenso mar verde en el que, como islas, se asoman las puntas de las otras pirámides, aquí y allá. Más allá, solo verde. Por detrás, algunas siluetas de montañas, violáceas por la distancia y las brumas matinales. El silencio de la altura era solo quebrado por mi amigo aullador y por algunos colegas que le respondían, y quizás por algunas especies de aves cuyo canto me era desconocido.

Otros turistas habían llegado también al mismo sitio, y charlaban de temas banales en inglés, mientras fumaban. Tomaron un par de fotos, miraron para todos lados y luego descendieron. Me pregunté si se daban perfecta cuenta del momento que habían vivido o si solamente cumplían con el ritual de llegar a un sitio, decir "ya estuve aquí", tomar la foto de rigor para demostrar a sus amistades que realmente habían llegado hasta ese lugar y después buscar otro para continuar la ceremonia turística. No, no podía pretender que todos pensaran o sintieran como yo, pero me llamó la atención (siempre lo hizo) ese comportamiento. Siempre me pregunté qué le aporta ese tipo de viaje a una persona. ¿Orgullo? ¿Distracción? ¿Puede realmente contar algo después de viajar? ¿O se limitará a mostrar fotos y a decir "viajé"? Son cosas que quizás no comprenda porque no entran dentro de mis estructuras. No puedo condenarlas, porque cada cual es libre de vivir y actuar como le plazca. Pero quizás cuando comparo esas costumbres con las mías es cuando más cimiento las propias.

Descendí del cuarto templo y me perdí en una serie de senderos que me llevaron a otras estructuras (el Palacio de las Acanaladuras, el Mundo Perdido, la quinta pirámide). Por encima de mí volaban los tucanes; por debajo transitaban las hormigas y unos pesados escarabajos que apenas entraron en mi mano cuando los alcé cuidadosamente del suelo. En un recodo del camino se alzaban varias estelas grabadas, y me deleité nuevamente delineando con el dedo índice los rostros de los guerreros y los regentes dibujados allí con todo detalle, y el perfil de los jeroglíficos que probablemente hablaban de sus gestas. Mi mano probablemente recorría el mismo camino que había cubierto el artista que talló aquella roca oscura.

Volví a la entrada del parque despacio, bajo las copas de los árboles de copal (cuya resina, llamada "pom" por los mayas, era y es usada como incienso de aroma particular para las ceremonias religiosas), observando la espesa jungla que me rodeaba y pensando como los primeros arqueólogos debieron luchar con la Naturaleza para arrebatarle aquel tesoro humano. También pensé en las vicisitudes de los primeros exploradores hispanos, que debieron atravesar (cargando cotas de malla, pesados arcabuces, culebrinas, caballos, provisiones...) por entre aquellos ramajes. No, no me caen muy bien los conquistadores europeos, y en mi íntimo fuero pensé que debieran haberse perdido en aquel infierno esmeralda. Pero en fin, somos lo que somos y estamos donde estamos, y si hemos llegado hasta aquí es por una serie de acontecimientos históricos que ya no podemos deshacer. Caminando por aquellas ruinas, es inevitable pensar en el mundo que desapareció después de 1492. Pero esos acontecimientos –triste y duros– ya son irremediables, y quizás lo único que nos queda ahora es recordar el pasado para no volver a cometer los mismos errores en nuestro presente (errores que siguen siendo cometidos, y ahora no los perpetran gentes barbadas llegadas del este en carabelas, sino latinoamericanos). Que seamos del color que seamos ya no quiere decir nada: lo que importa es el color de nuestros sentimientos y nuestros pensamientos. Y, sobre todo, el de nuestras acciones.

Fuera del parque, y mientras esperaba el bus que me llevaría a la ciudad-isla de Flores, me acerqué al restaurante del complejo turístico para ver si podía ingerir algo sólido, después de tamaña caminata. Pero los precios eran más que exorbitantes: eran ridículos. Así que me hice una escapada hasta el puesto de vigilancia –en donde tres guardias armados de fusiles charlaban mientras fumaban unos cigarrillos– y les pregunté dónde almorzaban ellos. Me miraron con curiosidad, y con el respeto que caracteriza a los guatemaltecos, me orientaron hacia una pequeña fonda que estaba a unos 300 metros de la entrada del parque. Allí era donde comían los empleados locales, y allí me senté para disfrutar –por un precio normal– mis tortillas, mis frijoles, y un delicioso pollo con arroz. Por este tipo de acciones, algunos llaman a mi forma de viajar "turismo alternativo". Yo prefiero pensarme como un "viajero humano", más interesado en conocer a la gente que en cumplir rituales cómodos. Sí, almorcé sin aire acondicionado sobre una mesa de tablas desiguales, usando cubiertos añosos. Pero aprendí qué se dice, qué se come, qué se bebe y qué música se escucha en el medio del Petén. Lo cual no es poco.

Desde la ventanilla del microbús de regreso a Flores pude ver los pueblos Mayas de la zona, que conservan las mismas estructuras que sus ancestros prehispánicos. Aún así, el crecimiento salta a la vista: planes de alfabetización bilingüe, planes de viviendas y de agua y hasta una biblioteca, surgiendo de entre los bananos y las casas de característicos techos de paja. No creo que el "desarrollo" –tal y como lo piensan muchos– se mida por la arquitectura o por la calidad de los caminos. Creo que debería medirse por el nivel de educación de una sociedad, por el grado en que sus estructuras resultan beneficiosas para su vida. Muchas comunidades pueden vivir en casas de caña con techos de pasto y declarar que viven muy a su gusto, aunque para nosotros estén en la "miseria extrema". En esos casos, los programas de "desarrollo y bienestar" deberían de evaluar qué es lo que necesita la comunidad de acuerdo a sus propios parámetros. Porque les aseguro que muchos "subdesarrollados" que han visitado los países "avanzados" aún se preguntan "¿cómo puede vivir esa gente en semejante amasijo de calles, con tanto ruido, con tanta contaminación, con tanta anonimia, tan llenos de computadoras y tan carentes de contacto humano, tan sin valores, tan enganchados a medios masivos, con esa pornografía que seca la cabeza, con esas drogas y esos vicios que nadie comprende pero todos usan?" El "desarrollo" y el "bienestar" son conceptos relativos. No deberíamos olvidarlo, ni como seres humanos, ni como bibliotecarios, ni como latinoamericanos, siempre tan habituados a escuchar como otros nos hablan de lo "mal" que vivimos y de lo que deberíamos hacer para vivir "bien".

Mientas miraba el atardecer en Flores sentado a orillas del lago Petén Itzá (viendo el agua teñida de naranja, los juegos vespertinos de los peces y las estelas de las barcazas locales), esperando el bus que me llevaría –en viaje nocturno– a ciudad de Guatemala, pensaba que mi viaje (que ya tocaba a su fin, por decisión propia) había valido la pena. No, no aprendí demasiado sobre bibliotecas, porque, en última instancia, el nuestro es un universo profesional pequeño en el cual no hay muchas sorpresas. Pero aprendí mucho sobre el ser humano y sobre un planeta que aún hoy, a principios del siglo XXI, depara muchísimos descubrimientos. Porque, a pesar de las tecnologías de comunicación instantánea, a pesar de los libros, a pesar de la tan cacareada información de la Sociedad del Conocimiento, aún un elevado porcentaje de nuestro mundo desconoce lo que ocurre más allá de sus fronteras.

Y, mientras bebía una cerveza "Gallo" a orillas de aquel lago, recordé una tira de Mafalda, en la cual uno de los personajes camina en puntas de pie porque descubrió que en el otro lado del planeta es de noche y duermen (y no quiere despertarlos) y otro personaje, mirando su actitud, dice: "El pobre aún no sabe que una mitad del mundo es incapaz de escuchar a la otra".

Si algo aprendí en este viaje es que no solo no nos oímos entre mitades del planeta, ni más allá de nuestras fronteras. No oímos a nuestro vecino. Ni siquiera sabemos quiénes somos nosotros, de dónde venimos, cuál es nuestra historia. Y si, como gestores de información y memoria, no está en nuestras manos hacer algo al respecto... ¿en qué manos está?

Muchos me han preguntado cómo se trabaja en Guatemala, en Sudáfrica, en Malasia, en Corea... A ellos les pregunto: ¿cómo se trabaja en su ciudad? ¿Qué hacen sus colegas? ¿Cuáles son las necesidades de sus usuarios? ¿Cuáles son los problemas a solucionar en su región? Empecemos por ahí, y luego miremos hacia fuera para ver qué se hace allí. Buscar contactos fuera no es difícil; viajar, tampoco. Mirar hacia dentro sí que lo es. Y quizás esa sea nuestra mejor aventura. Descubrirnos.

Mañana termina mi travesía y este diario de viaje. Nos leemos por aquí...

Ilustración.

octubre 01, 2006

Cuaderno de viaje 29: lunes 10 de septiembre

Cuaderno de viaje

Por Edgardo Civallero

Para los antiguos Mayas, el poder de controlar la lluvia estaba en manos de una deidad que ellos llamaban Chac. Quizás los conocimientos históricos me fallen, pero creo que, así como los cristianos otorgan una naturaleza triple a su Dios, los mayas multiplicaban a Chac por cuatro, una para cada dirección del firmamento, con un color particular asociado a ellos.

Recordé a Chac la noche del domingo, cuando el cielo decidió desplomarse sobre Ciudad de Guatemala con toda el agua que podía contener en sus entrañas. Había decidido pasar la noche en un hostal del centro de la ciudad, cercano al Mercado Central y la Catedral: puedo ser muy caradura la mayor parte del tiempo, pero hay cosas que aún me dan mucha vergüenza, y una de ellas es invadir casas ajenas, por muy bienvenido e invitado que sea. Mi actitud estuvo muy lejos de significar descontento con el trato recibido por la familia que decidió hospedarme –una familia que siempre recordaré con delicia y sonrisas– sino la necesidad de manejar mi propio espacio sin molestar. Me desplacé, con todo mi equipaje (muy voluminoso, a estas alturas del viaje) al hostal referido, que había sido, en sus épocas, el lugar en donde paraban todos los jóvenes llegados del interior del país para cursar estudios universitarios. No era de primera categoría, pero era barato. Tenía baños y duchas comunes, y demás características compartidas por los lugares en los que solemos alojarnos los vagabundos sin presupuesto.

Fue cuando me senté sobre la cama y eché un vistazo al cuarto rentado cuando me di cuenta de que, definitivamente, aquel lugar no era de primera categoría. Y me reí. Me reí hasta que me dolió la panza, no por enojo o por tristeza, sino porque aquello encajaba exactamente conmigo. La puerta estaba pintada con inscripciones en dos docenas de idiomas distintos; las paredes eran de un color que quizás aún no haya sido definido por la ciencia; los muebles habían sido de madera alguna vez; el piso rezumaba humedad, y el techo –un falso techo de placas de madera– ostentaba dos bellísimos agujeros... Lo verdaderamente hermoso era la cama: desconozco si el cubrecama o las sábanas estaban limpios, ni me importó saberlo, porque caí dormido sobre aquel colchón como fulminado por un rayo. Me enteré de la tormenta nocturna cuando las únicas dos goteras de la habitación –que apuntaban, como diseñadas a propósito, sobre la almohada de la cama– comenzaron a funcionar.

Abrí los ojos –cubiertos ya de agua–, me reí de nuevo, me giré (los pies sobre la almohada) y me dormí.

¿Compartiendo anécdotas tontas? En absoluto. Son muchos los que me preguntan como hago para viajar por varios países. Bien, éste es el método.

Obviando las lluvias guatemaltecas –aguas que me encantó ver caer, pues siempre pensé que, si existe un Dios, está en la lluvia–, pasé el día preparándome para mi excursión a Tikal, que me obligaría a viajar toda la noche hasta la ciudad-isla de Flores, en el corazón del Petén, la zona selvática cercana a la península de Yucatán, al norte del país. Dado que las mayores áreas de ruinas mayas están concentradas en aquella región, Flores se ha convertido en una especie de centro turístico desde donde parten las excursiones a los diferentes destinos, incluyendo Chiapas o Belice. Desde Flores aún debería viajar un par de horas más hasta el Parque Nacional Tikal, que incluye una extensa parcela de selva y uno de los mayores conjuntos de ruinas prehispánicas de la zona, famosa por la belleza de sus pirámides.

Fue en una biblioteca, cuando era niño, en donde encontré una crónica de los viajes de los exploradores-arqueólogos Stephens y Catherwood, que descubrieron, entre otras, las ruinas de Copán, en la actual Honduras. El libro (que hoy tengo en mi propia biblioteca, aunque sea otro ejemplar) era un soberbio ejemplar de texto de aventuras, pues estos dos personajes se abrieron paso a machete a través de la jungla, a través del calor y las enfermedades, para hallar las antiguas y olvidadas urbes mayas. La narración era suficiente como para despertar mi imaginación infantil, pero el libro, además, poseía reproducciones de los grabados que Catherwood había elaborado sobre el terreno, dibujando estelas y construcciones. Aquellas estelas me fascinaron, me flecharon, y fue en aquel momento cuando decidí que algún día tendría que pisar esas ruinas y tocar las caras de aquellos guerreros tallados en las piedras, y aquellos jeroglíficos complejos, con formas de cabezas de animales.

Fue en otras bibliotecas donde aprendí que los Mayas eran mucho más que una civilización antigua y desaparecida: eran una sociedad aún viva, quizás sin los monumentos que la caracterizaron en épocas pretéritas, pero sí con una cultura riquísima. Fue en una biblioteca donde supe del exquisito sistema de escritura de esta civilización, y del memoricidio llevado a cabo por el Obispo Diego de Landa en Yucatán, al quemar todos los códices nativos que pudo encontrar por considerarlos cosas del demonio.

Debo recordar a los que me leen que el pueblo Maya sigue vivo, hablando 22 lenguas distintas, configurando un mosaico étnico que enriquece Guatemala y todo nuestro continente. Cuando hablo de los Mayas en pasado me refiero a la cultura que origino las grandes ciudades de piedra caliza y estuco, esa misma cultura que desapareció poco antes de la llegada de los conquistadores españoles.

A la noche saldría para Tikal, pues. Aproveché el día para visitar el Museo Arqueológico Nacional, situado en un antiguo edificio cercano al aeropuerto, exactamente frente al Museo de Historia Natural. En la entrada tuve que mentir sobre mi nacionalidad (poco convincentemente, por cierto) para poder pagar 3 quetzales en vez de los 30 estipulados para visitantes extranjeros. Y así comenzó mi recorrido por la historia de Guatemala, que me llevó a las culturas preclásicas, influenciadas por olmecas y teotihuacanos. En la sala del periodo clásico me detuve, paralizado: una serie de estelas de piedra me mostraban a los antiguos guerreros-gobernantes y sacerdotes de las urbes Mayas, con sus siluetas ricamente adornadas y rodeadas de jeroglíficos. Confesaré públicamente que me acerqué y, violando todas las normas internacionales sobre preservación de patrimonio cultural tangible, toqué las estelas. Mis dedos dibujaron el perfil curvo de la cara de aquellos hombres, que probablemente nunca imaginaron el destino de su raza. Mis yemas recorrieron el perfil de los jeroglíficos, de las cabezas de jaguar y los signos numéricos hechos de rayas y puntos. Si pudiera haberle contado a aquel hombre tallado en la roca oscura un poco de historia actual ¿qué le habría dicho? ¿Hubiera creído mis palabras?

Las maquetas de las grandes ciudades mayas guatemaltecas –entre las que destacaba, como dije, Tikal– me permitieron ver la grandiosidad de los centros monumentales. Las urbes de aquella cultura poseían un centro ceremonial, con templos, pirámides, casa de gobierno y administración regional, y un enorme conglomerado de chozas de madera y paja que constituían el área donde vivía el pueblo llano, casas que pueden hallarse aún hoy en las áreas rurales de Guatemala, al igual que los modelos incas aún pueden verse a lo largo de todos los Andes, hechos de adobe y paja brava. Por ende, lo que actualmente se conserva es el centro de gobierno, el corazón ceremonial de las ciudades: las casas de la antigua gente del pueblo han desaparecido, debido a los materiales perecederos con los que se construían tales habitaciones.

Al finalizar con el periodo postclásico de la antigua historia Maya, se desplegó ante mí una sala en la que se exhibían artefactos y vestidos de los Mayas actuales. Además de deleitarme –como buen músico que soy– con los instrumentos tradicionales de la zona (marimbas, tambores, dulzainas, flautas), mis ojos se llenaron de colores al contemplar la indumentaria típica de los pobladores de las altas tierras occidentales guatemaltecas, o la de los del Petén. Los tocados femeninos caracterizan a cada comunidad, y, para un ojo entrenado, es posible averiguar a qué localidad pertenece una dama observando detalladamente la forma y color de los paños que cubren su cabeza y que arreglan sus largos cabellos azabaches.

Modelos de casas, elementos de cocina, artesanías en cerámica y mimbre, cada objeto era todo un descubrimiento para mí, quizás deslumbrado al contemplar la riqueza de nuestros pueblos originarios, culturas que conforman nuestra identidad como latinoamericanos.

A la salida del museo, las nubes oscuras me anticipaban un viaje nocturno lluvioso. Mientras volvía a mi hotel para seguir observando más detalles curiosos de su arquitectura y decoración, pensé que, aunque los meteorólogos pronosticaran la llegada del segundo diluvio universal, el siguiente mediodía me encontraría en la cima de la Pirámide IV de Tikal, observando las copas de los árboles desde arriba.

Un abrazo... Nos vemos aquí mismo mañana...

Ilustración.