Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 28, 2006

Diario de viaje (09 de 28): el sabor de la mazamorra...

Diario de viaje (09 de 28): el sabor de la mazamorra...

Por Edgardo Civallero

Amanecimos en una Lima populosa, abarrotada, bulliciosa, ruidosa si se quiere... La actividad nos rodeaba como una vorágine, y nosotros, aún semi-dormidos y sin recuperarnos del cansancio de las 52 horas de "paseo" a lo largo de la costa oeste sudamericana, no atinábamos a reaccionar. Las calles estaban pobladas de taxis que detenían su marcha para ofrecernos sus servicios y regatear el precio (no hay taxímetros ni precios fijos en Lima, sólo tasas probables y ampliamente discutibles), formando largas colas: si el primero de la fila fracasaba en su intento, un segundo (y un tercero, un cuarto y hasta un quinto) tentaban la suerte. El transporte urbano agregaba colorido y sonido al tráfico citadino: cada bus, furgoneta o camioneta llevaba, colgado de la puerta, un "acomodador" que va pregonando, a voz en pecho y con toda la fuerza de sus pulmones, los destinos de cada unidad móvil. Además, el acomodador se encarga de cobrar, de hacer bajar y hacer subir a los pasajeros (con toda la prisa posible), de "acomodarlos" y de pelearse con los conductores de buses vecinos en medio de una corriente caótica, tumultuosa y entreverada de vehículos.

En esta jungla de humo, gritos y bocinazos despertamos, en medio de un mundo de gente que se dirigía a sus quehaceres. El cielo estaba gris, y estaría así durante toda nuestra estancia. Un amigo describió el clima limeño como "melancólico". Las calles exhibían los letreros de los restaurantes típicos (que ofrecían el tradicional ceviche de pescado, además de otras exquisiteces de la cocina peruana) y de los famosos "chifas" o restaurantes chinos, cuyas enormes porciones y sus buenos precios eran muy populares en todo el mundo andino, y que ya habíamos disfrutado la noche anterior, como cena. Estábamos a unas pocas cuadras de la Nueva Biblioteca Nacional, enclavada en plena Avenida Prado, así que hacia allí dirigimos nuestros pasos, pues esa sería la sede del Congreso.

El II Congreso Internacional de Bibliotecología e Información (CiBi 2006) se desarrollaría entre el 13 y el 15 de noviembre bajo el lema "La información: desafíos y retos en la era del conocimiento". Lo organizaba el Colegio de Bibliotecólogos del Perú, y contaba con mesas de conferencia, charlas magistrales, sesión de pósteres y exposición de servicios y recursos de información. En definitiva, presagiaba ser un evento de grandes dimensiones, en el que participaría un buen número de colegas. Los conferencistas, a su vez, proveníamos de distintos puntos de Latinoamérica, además de un par de invitados europeos.

El edificio de la Nueva Biblioteca Nacional –vecino al Museo Nacional– fue inaugurado hace tan sólo un año, y es de factura moderna y dimensiones considerables. El edificio antiguo, de líneas clásicas, se encuentra en el centro de la ciudad, y está ocupado hoy en día por la Biblioteca Pública de Lima y sus dependencias.

Nos acercamos temprano para realizar nuestra acreditación y para contactar con la organización. Descubrimos que los costos de inscripción eran elevados (alrededor de 70 dólares) y que los encargados de la exhibición y venta de servicios de información (es decir, los clásicos "traficantes de información") ocupaban un lugar importante dentro del evento. Tal "tarjeta de presentación" no dejó de alarmarme un poco. Revisando el programa, a grandes líneas, encontré que, a mi gusto, el Congreso reflejaba muy poco la realidad de la bibliotecología peruana, dibujando (o esbozando) un mundo que nada tenía que ver con el quehacer diario de los colegas de aquel país. Ciertamente, comprendí que los organizadores pretendían generar un espacio en el que se expusieran ideas nuevas, y eso me pareció valioso y rescatable. Pero, por otro lado, me di cuenta que, al igual que ocurre en mi propio país, las características de usuarios y profesionales no eran tenidas en cuenta, ni las necesidades de las comunidades receptoras de servicios. Esta "crítica" –que sólo era una idea que compartí con Sara– fue reflejada por multitud de bocas a lo largo del encuentro, y me hizo ver que no estaba tan equivocado como creía.

El lugar preponderante que se le da a los "traficantes de información" en los Congresos siempre me ha molestado en demasía. Comprendo cuál es su función y por qué se les otorga ese lugar: su contribución económica y material para el desarrollo del Congreso suele ser considerable (no hablo de este evento en particular, pues desconozco condiciones y particularidades). Pero, de esta forma, se les sigue dando un lugar de importancia cuando en realidad son los que exprimen, injustamente, las arcas de las bibliotecas, vendiendo un bien que no les pertenece: información científica. Esa información debería estar en acceso abierto, garantizada en forma libre y gratuita a todos aquellos que la necesiten, en especial a los profesionales, investigadores y estudiantes cuyo trabajo y educación dependen, en gran medida, de la posibilidad de accesos a estos recursos.

Al darle un lugar de importancia a editoriales y vendedores de bases de datos, las bibliotecas rinden pleitesía y perpetúan una tiranía que debe ser aniquilada, precisamente por las manos de los bibliotecarios, que la padecemos desde hace tiempo. Precisamente mi conferencia (que tendría lugar esa misma tarde) presentaría el tema "Open Access en Latinoamérica", en una mesa dedicada a la democratización de la información.

Revisando un poco más detalladamente el programa, encontré una mesa sobre rol social de las bibliotecas en la Sociedad del Conocimiento. Cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que la conferencia magistral de esa mesa sería dada por el vicepresidente de EBSCO. Uno de los principales traficantes de saber del continente nos daría una charla magistral sobre responsabilidad social. Iba a ser algo parecido a oír hablar a Bush sobre derechos humanos, algo que, de todas maneras, mucha gente lleva haciendo desde hace algún tiempo sin plantearse dudas ni preguntas complicadas al respecto.

Evitamos los prolegómenos oficiales y nos retiramos de la enorme Biblioteca, para dirigirnos a almorzar... a un supermercado (sí, allí descubrimos la enorme riqueza de verduras y frutas que exhibe Perú; nuestro asombro fue espectacular cuando nos enfrentamos con más de 15 especies de fruta que jamás habíamos visto ni oído nombrar). En el Congreso, mientras tanto, daba su conferencia inaugural Patrick Bazin, director de la Biblioteca Municipal de Lyon (Francia), titulada sencillamente "Las bibliotecas, mañana". La segunda conferencia inaugural corrió a cargo de Joan Torrent Sellens, director del grupo de investigación del ONE (Observatorio de la Nueva Economía) de Cataluña, quién se refirió a "TIC, conocimiento y desarrollo económico: una nueva oportunidad para América Latina". Esta última conferencia hacía hincapié en el hecho de que la economía mundial está variando hacia un modelo basado en el aprovechamiento de la información como materia prima para formar la base de la cadena información-formación-innovación. La charla exponía las oportunidades de las "economías periféricas" (sí, sí, latinoamericanas, sí) en este nuevo mercado.

A las 14:00 comenzó la mesa "Democratización del acceso a los recursos digitales", en la cual hubo una conferencia magistral brindada por Luis Núñez (coordinador general del Consejo de Computación Académica de la Universidad de Los Andes, en Mérida, Venezuela) y otra de Gabriela Ortúzar (directora del Sistema de Información y Bibliotecas de la Universidad de Chile). Ambos expusieron, con bastante profundidad y precisión, el fenómeno del acceso abierto: el primero se centró en repositorios institucionales y preservación del patrimonio intelectual académico; la segunda, en las bibliotecas universitarias y su rol en la gestión de información digital. Cuando ambos terminaron, y la ronda de preguntas que los ametralló a continuación finalizó, apenas si nos quedaban 15 minutos a los restantes ponentes para presentar nuestros temas... sin contar con que la temática ya había sido expuesta con una amplitud considerable.

Tocó el turno al señor de Creative Commons Perú (cuyo nombre olvidé no por mala predisposición, sino porque, apenas acabó su lectura, se retiró de la mesa sin más) y a Julio Santillán Aldana (editor de E-LIS y de la revista "Biblios"), que presentó el trabajo de E-LIS en general, y delineó la labor realizada en Perú. A estas alturas, poco me quedaba para decir, así que cuando presenté mi ponencia (para lo cual tenía 10 minutos), obvié el texto e improvisé una básica disertación sobre la filosofía acceso abierto y sobre lo que entrañaba para los latinoamericanos, enfrentados secularmente a brechas como la digital. Mi pregunta al público fue "¿de qué nos sirve todo esto a nosotros, bibliotecarios de la calle, latinoamericanos, enfrentados con mil problemas que nadie nos soluciona, con carencias de las que los grandes gurúes de la bibliotecología digital nada saben?". Mi respuesta fue que, para aquellos que aún no disponen de redes digitales (de las que no dispondrán, seguramente, en los próximos años) todo esto es completamente inútil (y debemos tenerlo en cuenta a la hora de dar clases o proponer servicios). Y para aquellos que si disponían de ellas, el acceso abierto era la alternativa a la imposible compra de las bases de datos y los documentos y servicios que proponían los "traficantes de saber" sentados en aquella misma sala, o cerrando tratos con las bibliotecas pudientes, fuera de la sala. El acceso abierto significaba disponer de artículos científicos de calidad revisada, facilitados por los propios autores en forma gratuita, con la única condición de que se respetara su autoría. Si investigábamos, si aprendíamos cuáles eran los archivos abiertos más confiables y cómo usarlos, y si educábamos a nuestros alumnos, investigadores, docentes y usuarios para que reconocieran su valor, tendríamos una enorme (y creciente) fuente de conocimiento a nuestra disposición. Una fuente igualitaria, equilibrada, solidaria, justa. Una fuente cuyo uso no daría de comer a los "caimanes" de las editoriales.

A la salida, de la mano de Sara, charlamos con Julio Santillán y conocimos a la colega Rosa María Merino, quién se convertiría, a partir de ese momento, en nuestra guía a través de Lima y su mundo. Recibimos la bienvenida de Nelly Mac Kee de Maurial, la presidenta del comité organizador, la entrevista de los estudiantes de la carrera de bibliotecología de la Universidad de San Marcos (que conocían este weblog y sus contenidos) y el saludo cordial en quechua de los colegas de la Universidad de Huamanga. Este último saludo originario se debió a que termino todas mis presentaciones en PowerPoint con un "muchas gracias" en el cual incluyo su traducción a las principales lenguas originarias del país que visito. En Chile fue el mapudungu, y en Perú, el quechua.

Dejamos el Congreso, en dónde comenzaban, a aquellas horas, tres de los talleres que tendrían lugar a lo largo de los tres días. Dijimos a Rosa María, nuestra "guía", que queríamos llegar al centro de la ciudad como lo hacía todo el mundo: en bus. Debo confesar que la sorpresa en los ojos de nuestra amiga fue notoria, pero, así todo, allá fuimos, subidos en una pequeña unidad que nos bamboleó de un lado para el otro, que realizó maniobras increíbles entre el caos de tránsito en hora pico, y que nos mantuvo al borde del choque por el módico precio de un sol (sol = unidad monetaria del Perú, equivalente a 1/3 de dólar USA). En su diario de viaje, Sara consignó lo siguiente:

"Verdaderamente es toda una experiencia viajar en esas vans. Suelen ir llenísimas, así es que viajamos todos apretados, sentados unos y colgados de la barra el resto, escuchando casi siempre el infernal ruido del regatón. El pasaje cuesta entre 50 céntimos y un sol, pero si hay problemas con el tráfico, te ven extranjero o es feriado, te piden hasta 1.50".

Desembarcamos cerca del Congreso de la Nación, en una acera superpoblada de gente, en pleno centro de Lima. Caminamos hasta la plaza que sirve de atrio al Congreso. Allí, en las copas de los árboles, y dando vueltas sobre nuestras cabezas, pude apreciar la mayor concentración de gallinazos (zopilotes, especie de buitres) que vi en mi vida. Había tantos como palomas en nuestras plazas. En realidad, pensé que la mayor concentración estaría dentro del edificio que tenía ante mis ojos, pero no quise ser irrespetuoso con una realidad política que, si bien adivinaba similar a la de mi país, aún desconocía. Tenía invitación del director de la Biblioteca del Congreso para visitar la unidad, pero no quise molestarlo y preferí seguir conociendo la ciudad, su realidad y sus calles, que iban oscureciendo paulatinamente.

Desde el Congreso, recorrimos una calle poblada de balcones coloniales de madera y celosía, y de viejas tiendas (recuperadas algunas, otras no tanto) que abren sus altas puertas al público ofreciendo todo tipo de mercancía. Abundaban los faroles de hierro y las casas altas, de techos provistos de vigas anchas. Tras unas cuantas cuadras, llegamos a la Plaza Mayor, en dónde se alzaba el Palacio de la Gobernación (que perteneció a Pizarro en su momento, y en el cual residía el presidente en funciones, Alan García), la magnífica Catedral con sus puertas labradas y sus balcones de celosía, y la fuente de bronce –único testigo de la plaza original– que disponía, en su tiempo, de un reloj que desapareció misteriosamente.

Un poco más allá se alzaba el Palacio Municipal, donde residía el intendente en funciones, el Sr. Castañeda, próximo a revalidar su título, pues en pocos días habría elecciones municipales en todo el Perú y este buen hombre era favorito en Lima. En dos lados de la Plaza se alzaba una recova con soportales, y un par de callejas peatonales pobladas de tiendas y cafés.

Nos dirigimos a la ribera del río Rímac (su grafía original es Rimaq, que en quechua significa "el que habla"), visitando, de paso, las iglesias de Santo Domingo y San Francisco. En una de ellas pudimos apreciar una efigie de San Martín de Porres, "el más pobre de los santos y el santo de los más pobres", el "santito de la escoba", ese monaguillo moreno que barría la puerta de la iglesia y que ahora era el paladín de todos los limeños, el más adorado, el que recibe más súplicas y ofrendas. De allí pasamos al edificio de Correos, con su pasaje interno poblado de pequeñas tiendas en donde se expenden postales de todo tipo, sellos, sobres y papel. Ese pasaje estaba techado por una estructura de vidrieras que se deshicieron con el último gran terremoto soportado por Lima, allá en el setenta y pico.

[Hablando de terremotos... Mientras esperaba mi turno para exponer mi conferencia, en la mesa del Congreso, el mundo tembló un par de veces, largo y tendido, y tan fuerte como para agitar el vaso con agua que tenía delante. Nadie se conmovió por el hecho, excepto yo, obviamente].

Llegamos al malecón del Rímac, en donde se levantan un buen número de puestos de venta de comidas y postres. Cansados por el largo día, Rosa María nos invitó a un potecito de mazamorra morada, un delicioso postre que se sirve caliente. Se trata de un plato ancestral andino: maíz cocido, espesado con harina de camote y un poquito de ceniza de quinua, y endulzado con frutas en jugo y en pedazos. Se sirve con un poquito de canela, y si bien la variante peruana es bien diferente de la boliviana (y mucho más de la argentina), no dejó por ello de deleitarnos con su sabor.

Para completar nuestra visita a Lima, Rosa María nos invitó a subir al cerro San Cristóbal, una de las moles montañosas que dominan la ciudad. Para ello hay un tour "turístico" con una competente guía que nos contó un poco sobre la historia colonial de los lugares por los que pasábamos, historias de virreyes y amantes públicas, de monjes y de damas señoriales. Las laderas del cerro están ocupadas por un asentamiento que trepa esforzadamente por sus empinadas calles, aunque quizás ya no sea tan "asentamiento" desde que poseen agua, luz, gas y está bastante bien instalado. De todas formas, lo marginal del barrio no deja de verse. Desde la cima, Lima lucía grandiosa, inmensa en la oscuridad, extendiéndose hacia los cuatro costados. El único fragmento oscuro en aquella pléyade de luces urbanas era el enorme cementerio.

Al descenso, nos tropezamos con la iglesia más pequeña del mundo, una minucia cuyo frente no medía más de 4 ó 5 metros. Nuestra adorable amiga, colega y compañera de "tour" nos dejó en las manos de los colegas Julio Santillán y Ada Sosa, con quienes cenamos en un rincón del barrio Villa María. Allí, mientras nos poníamos al día de las particularidades del mundillo bibliotecario limeño, probamos los tradicionales anticuchos (lascas de corazón vacuno a la parrilla) acompañados por chicha morada (una variante más líquida y filtrada de la mazamorra morada), yuca y papa.

Tarde ya, noche cerrada, nuestros amigos regatearon el precio del taxi que nos devolvió al hotel. Aquella ciudad no sólo no se había mostrado "tremendamente peligrosa", como auguraban todos: aquella ciudad y su gente nos habían abierto las puertas de par en par a un mundo que recién empezábamos a descubrir, tremendamente cercano a nuestro mundo hispánico, pero a la vez, profundamente teñido de presencia indígena, de matices propios y muy fuertes, de tintes innegablemente ancestrales. Nos quedaba mucho por conocer aún.

Pero ello será el tema de la próxima entrada... Un abrazo cordial...

Ilustración.

diciembre 26, 2006

Diario de viaje (08 de 28): las líneas de Nazca

Diario de viaje (08 de 28): las líneas de Nazca

Por Edgardo Civallero

No logro recordar si alguna vez dormimos en las butacas del bus de la empresa "Ormeño" que nos llevaba, despacito, hacia Lima. Si tengo que creer en las declaraciones de Sara, dormí como un tronco, aunque no creo que eso haya pasado, y si pasó, no lo recuerdo. Sea como fuese, amanecimos con una sensación en el cuerpo (al menos en la parte que aún podíamos sentir) muy parecida a la que debían disfrutar los invitados a las mazmorras de Torquemada: una mezcla poco saludable y menos divertida de calambre, contusión, quebradura y desaparición celular. El baño del bus y las cloacas de Nueva York en hora punta tenían ya poca diferencia, y si alguien hubiera encendido un fósforo dentro de aquel ambiente cerrado, probablemente la alta concentración de "gases tóxicos" reunidos allí dentro hubiera motivado una explosión al lado de la cual Chernobyl hubiera sido cosa de niños.

Si ya lograron hacerse una idea de nuestro estado físico-mental, puedo pasar a contarles que el sol nos alumbró en el litoral del sur del Perú, una sucesión extensísima de playas de arena que parecen interminables. La mayoría de ellas están bordeadas por campos de dunas de superficies realmente asombrosas. El ambiente continuaba siendo desértico, aunque ya no nos fijábamos en eso, sino en la belleza de los azules y blancos creados por el mar y su oleaje, y en las aves marinas (gaviotas, pardelas, rabihorcados, cormoranes) que segaban el cielo con sus alas. En algún momento de la historia, las deposiciones de esas aves (el "guano", una palabra procedente del quechua "wano", excremento animal) acumuladas por décadas capa sobre capa en islas y acantilados costeros, habían sido fuente de riqueza para el Perú. Ese material se empleaba para fabricar abonos orgánicos de una riqueza altísima. Cuando se hallaron las minas de fosfato en el norte de Chile y se descubrió que el abono químico tenía un poder más alto (y que las minas tardarían menos en agotarse que los residuos de las aves marinas) el negocio del guano entró en declive. Pero, hasta entonces, se había creado una verdadera "aristocracia del guano", al igual que en Manaos (Brasil) se había creado una aristocracia del caucho, en Argentina una de la carne y los cueros, en Chile una del cobre y en Colombia una del café.

La línea de costa continuaba, infinita... Aquí y allá se alzaban promontorios rocosos que limitaban largas bahías de arena; en varias de esas puntas de piedra pudimos apreciar algunos muelles y, en sus cercanías, varias docenas de barcazas pesqueras. Las corrientes marinas (creo que en esta zona prevalece la de Humboldt, fría y rica en nutrientes) permiten una explosión de vida inusual en otras partes del planeta. La pesca es un medio de sustento para las poblaciones costeras, que se agrupan en caseríos que, en muchas ocasiones, no superan las dos o tres chozas. Aquí ya comenzamos a ver un tipo de construcción muy particular, formada por cuatro paredes construidas de cañas machacadas y finamente entrelazadas mediante una elemental técnica de cestería. Tales paredes limitaban un recinto de 3 por 3 metros, cubierto por un techo de calamina o chapa ondulada. Tales casas (sin señales de cables, caños, baños o gas) se alzaban en el centro de los arenales. Era un espectáculo casi surrealista ver esas habitaciones improvisadas (que probablemente, para muchas familias, fueran bastante más que eso) enclavadas en medio de inmensos polvaredales, con alguna mujer barriendo a la puerta...

Esa puerta no era más que una cortina, y muchas veces el terreno de la casa estaba dibujado por algunos cardones pequeños. Esa fue otra costumbre curiosa: así como en Argentina y Bolivia las pirqas son de piedra, en el norte de Chile y en varios puntos del sur de Perú, las pirqas se hace, a veces, con cardones colocados uno al lado del otro. Los ranchos pueden ser de piedra, cemento, adobe o caña, dependiendo de los recursos de los dueños y de las costumbres del lugar. Sea como fuese, los paisajes naturales y humanos se funden íntimamente en colores, formas y materiales, de forma tal que las casas no parecen sino una excrecencia más del suelo, o el suelo una continuación natural de las paredes de la casa.

A media mañana pasamos la localidad de Ica, un pueblo bastante grande que tiene, entre algunas otras, una característica peculiar, que quizás pocos conozcan: el Museo de Piedras, una institución privada situada cerca de la Plaza Central. Ese Museo incluye una colección de cientos de guijarros pulidos, de distintos tamaños, grabados con incisiones supuestamente prehistóricas en las que aparecen desde dinosaurios a operaciones quirúrgicas de alta complejidad, trasplantes, artefactos de vuelo, armas, trasportes y mapas detallados de este y "otros" planetas. Evidentemente, la primera reacción de cualquier historiador es hablar de una falsificación y de un fraude. Sin embargo, la pátina de antigüedad de muchas de esas rocas parece ser verdadera. Escritores (de cientificidad dudosa, pero escritores al fin) como J. J. Benítez (sí, el mismo de "Caballo de Troya") escribieron, en libros como "Existió otra humanidad", que esa colección de piedras tan negada es una de las primeras bibliotecas humanas, en las que se reflejó un tremendo acervo cultural que, por razones desconocidas, desapareció junto a la cultura que lo desarrolló. En fin, es uno de los tantos misterios que esconde la humanidad, al igual que el que encontraríamos un poco más adelante, en Nazca, con unos geoglifos cuyas formas reales pueden apreciarse solo si son vistos desde el cielo.

Seguimos cruzando desierto costero, una soledad arenosa y parda solo rota, momentáneamente, por valles irrigados por ríos breves y pedregosos. En esos valles se extienden cultivos de algodón, huertas bien pobladas y frutales de todo tipo.

Nazca (o Nasca, aún no sé cuál es la grafía correcta) nos recibió con un aspecto apacible de ciudad grande y pueblo chico. La ciudad quizás no tenga mucho para mostrar, pero pasándola, a unos kilómetros hacia el norte, se extiende una llanura casi plana en la cual se dibujan curiosas formas de dimensiones gigantescas: un mono, un ave marina, un colibrí, una araña, peces, además de varias líneas que apuntan a la salida y la puesta del sol en distintos momentos del año. Los arqueólogos, admirados por el excelente trabajo realizado por los autores de este monumento prehispánico, no pueden, sin embargo, darle un significado. Quizás se tratase de una obra de arte, y por ende, el significado no existiría más allá del arte en sí. Quizás fuera alguna suerte de calendario, aunque las formas serían inútiles. O quizás, como dicen algunos, se tratara de mensajes de bienvenida a los "hermanos el espacio". Esta última teoría –la más irracional, pero, por supuesto, la más excitante– ha sido la que ha cautivado la imaginación de miles, que visitan año tras año la localidad. Aquellos que tienen dinero pueden permitirse una vista aérea desde una de las tantas avionetas que, a tal efecto, esperan en el aeródromo de Nazca; los menos pudientes pueden intentar vislumbrar fugazmente algún trazo desde el borde de la ruta (cómo lo hicimos nosotros) o quizás subir a algún cerro cercano, desde dónde pueden verse un par de figuras. Aquellos que conozcan el programa Google Earth pueden disfrutar, con un poco de paciencia en su búsqueda, de las siluetas de estos enormes glifos, creaciones e incógnitas de una cultura desaparecida que quizás fueran un mensaje o, quizás, el colosal resultado de un entretenimiento artístico.

Las localidades fueron pasando, las horas también. A media tarde llegamos a Lima. Mucho antes comenzamos a apreciar una bellísima sucesión de playas, de las cuales nos habían hablado algunos amigos peruanos antes de nuestro periplo. Se trata preferentemente de bahías, calas y caletas en las cuáles se aglomeran algunas casas, tipo "fin de semana", pero también hay muchas playas en línea recta, litorales arenosos en los que pululan las construcciones de todo tipo. Si bien no pudimos apreciarlo desde el bus, nos comentaron que algunas de esas playas son propiedad privada de unos pocos. El hecho no me asombró: si bien está penado por la ley, en Argentina ocurre otro tanto con mares, lagos, ríos y arroyos. Los terratenientes que compran miles de hectáreas incluyen dentro de su propiedad las vías de agua que, de acuerdo a la legislación argentina, son propiedad de todos los ciudadanos.

En fin... Llegamos finalmente a Lima. Fue curioso ver que la ciudad comenzaba más de 30 km antes de llegar al centro propiamente dicho. Muchos barrios marginales se emplazaban en enormes arenales. Nos asombró ver uno en particular, por encima de una fábrica de cemento, que contaba con un centenar largo de casas prefabricadas y humildes (cañas, calaminas y poco más). Estaba situado virtualmente en la ladera de una gigantesca duna, no tenía nada que se pareciese a una calle, ni a un cable eléctrico, ni a un conducto de agua. En realidad, era un sencillo asentamiento en el cual era dudoso que se pudiera vivir. Sin embargo, esa es la realidad de muchísimos latinoamericanos: cualquiera sea el país que se visite, podrán encontrarse realidades como esas. Siempre cuento estas situaciones para que las oigan y las lean esos/as arrogantes colegas citadinos/as que creen que su realidad es la realidad de todo su país, y me vienen a hablar de bibliotecas digitales como modelo único cuando todavía en su propia tierra, a metros de su casa, hay compatriotas (usuarios potenciales de servicios bibliotecarios, más necesitados que ninguno) que viven en forma precaria, paupérrima, humildísima... No sé si calificar esas actitudes ciegas de orgullo o estupidez, o quizás de ambos a la vez. Lo que sí sé es que nuestra profesión se resiente gracias a esos/as ignorantes, desconocedores de la realidad, que viven en torres de marfil donde el bienestar abunda y creen que el universo debe regirse de acuerdo a las reglas y normas de las que ellos disfrutan. Y digo que la profesión se resiente porque esos/as ciegos/as suelen ser directivos/as que toman las grandes decisiones dentro de nuestro universo. Quizás un poquito de trabajo de campo no les venga mal, aunque dudo que arriesguen sus elegantes trajes, sus laptop último modelo y sus cuidadas manos de catalogadores y directoras en un asentamiento urbano marginal o en una población rural.

Para todos/as ellos/as, vaya mi expreso, abierto y público repudio.

Lima nos recibió con los brazos abiertos. Nadie nos esperaba, no conocíamos la ciudad ni teníamos reservas de hotel, y ya a estas alturas del trayecto estábamos cargados como mulas. Además –tristemente– teníamos las peores referencias posibles de aquella ciudad, que fue tildada, por algunos conocidos peruanos, como "terriblemente insegura". Sin embargo, los limeños nos brindaron toda su calidez, toda su ayuda y muchas sonrisas... Una hora después de haber llegado, ya estábamos en la habitación de un hotel en el distrito de San Borja, muy cerquita de la Nueva Biblioteca Nacional en la que, al día siguiente (lunes 13 de noviembre) comenzaría el Congreso Internacional de Bibliotecología en el que yo, ese mismo primer día, participaría con una conferencia sobre acceso abierto. Pero ese será el tema de la próxima entrada...

Un abrazo veraniego y festivo... Nos leemos por aquí.

Ilustración.

diciembre 19, 2006

Diario de viaje (06-07 de 28): 52 horas de viaje en bus...

Diario de viaje (06–07 de 28): 52 horas de viaje en bus...

Por Edgardo Civallero

Decidimos recorrer los cientos de kilómetros que separan Santiago de Chile de la capital peruana, Lima, por tierra, es decir, subidos a un bus. Dado que no contábamos con mucho tiempo (debido a que debía estar presente en un Congreso el día lunes 13 de noviembre, en Lima), buscamos una empresa que nos evitara tener que subdividir el viaje en varios trayectos, o sea, que nos llevara directamente. Para nuestra suerte o nuestra desgracia (todavía lo estamos pensando, aunque Sara se inclina por la segunda opción) encontramos a "Ormeño", una compañía de transporte que recorre la ruta Buenos Aires-Santiago-Lima-Quito-Bogotá-Caracas y que tiene el Premio Guinness por ruta de bus más larga. La gente de "Ormeño" nos aseguró que en 52 horas estaríamos respirando aire limeño.

Lo que nunca nos explicó es cómo harían para lograr tal proeza. Pero tardamos poco en enterarnos, y en comprender que el Premio lo tenían por rutas largas, pero no por coches limpios, gente amable, buen servicio o mecánica impecable. Podrían anotarse muchos adjetivos para explicar las características del servicio de "Ormeño", pero no lo hacemos por no anotar blasfemias y palabrotas que sonrojarían al más atrevido. Baste decir que, como no había mucha opción, aceptamos el trato.

Al comprar los billetes, tampoco dimensionamos lo que son 52 horas con el trasero y la espalda adheridos casi fisiológicamente a una butaca semi-reclinable, respirando el mismo aire (y otros gases de origen vario) que otros 50 seres humanos, yendo a un baño diminuto que no se limpia jamás y en el que los pasajeros depositan sin problemas todas sus excreciones (imaginables e inimaginables, se los aseguro), soportando películas y más películas a horarios irrisorios y a un volumen infernal, comiendo lo que se pudiera y parando a estirar lo que quedara de nuestras piernas (y a buscar un baño decente... sin éxito) cuando al chofer se le viniera en gana.

En fin... El día viernes 10 de noviembre amanecimos aún enteros, aún saludables y aún felices en Santiago de Chile. El Congreso terminaba ese día con la participación de los "ponentes nacionales". Lamentablemente no nos pudimos quedar a esas exposiciones (y tuvimos que cancelar la visita a la Biblioteca Nacional y a la exposición de pósteres, además de otros asuntos) porque el bus salía a mediodía y era el único medio del que disponíamos para llegar a tiempo al siguiente Congreso en Perú. Nos despedimos, pues, y emprendimos el camino a la terminal de buses, con mucho aprendido y con muchas cosas que preferimos olvidar... porque no todas las organizaciones son perfectas ni todos los seres humanos son inteligentes y sensatos (y nos topamos con varios ejemplares de Homo sapiens que no eran ni Homo ni sapiens).

El trayecto de "Ormeño" nos llevó por todo el valle central chileno, que se extiende hacia el norte de Santiago mostrando viñedos primero, luego huertas y más tarde sólo tierras secas. Caía la noche y ya habíamos entendido que aquello iba a ser un infierno, y que desaconsejaríamos a nuestros amigos, enemigos, conocidos y desconocidos que intentasen ese trayecto en bus, a no ser que tuviesen muchas ganas de hacer locuras (como teníamos nosotros). La noche nos alcanzó en algún punto al norte de La Serena.

Mientras intentaba conciliar un sueño que nunca se reconcilió conmigo, hice una evaluación personal del Congreso de Bibliotecas Públicas de Chile. La organización había sido prolija y cordial; la estructura del evento había sido bien diseñada (aunque, a mi parecer, se le dio demasiado protagonismo a los invitados extranjeros); se combinó, muy acertadamente, el formato "taller" con el formato "mesa de conferencia", y en esas mesas siempre hubo un moderador muy hábil que manejó a conciencia preguntas y tiempos; las temáticas fueron bien elegidas (con un hincapié bastante concreto en el tema social) y los documentos del evento fueron puestos en línea, en acceso abierto, apenas terminó el Congreso. Hubo sesión de pósteres, y nos evitaron la presencia de los comerciantes de información y de servicios, tan habituales en todos los eventos. En definitiva, un encuentro profesional bien organizado. Quizás, como crítica, señalaría que faltó un poco más de contacto de los "invitados extranjeros" con la realidad bibliotecaria chilena "de trinchera". Supimos mucho por boca de los organizadores y de algunos colegas que se nos acercaron a charlar, pero... todo muy maquillado. Lo poco "real" que supimos vino de la mano de algunos colegas de Puente Alto y de un grupo de estudiantes de bibliotecología, con el cual pudimos conversar sin ningún tipo de filtros. Pero, al menos personalmente, me quedé con las ganas de visitar una Escuela de Bibliotecología, o de ver una biblioteca pública sin previo aviso y sin anunciar que yo era bibliotecario o extranjero. Es lógico que al visitante se le muestre lo mejor. Pero, dado el perfil de muchos de nosotros, creo que este tipo de actividades hubieran complementado muy bien lo que íbamos buscando a Chile: conocer al país y a su gente.

La noche cayó. Sara jamás durmió. Yo me desmayé de cansancio en algún lugar que no recuerdo ni necesito recordar.

Amanecimos en un punto ignoto del Norte Grande chileno, en el límite entre las regiones de Atacama y Antofagasta. Fuera se extendía el desierto más desolado, árido y despojado de vegetación que puedan imaginar en Sudamérica. Lo único que crecía en aquellos arenales eran piedras. Aún así, y pese a tal desolación, el espectáculo era imponente: dunas de decenas de metros de altura, montañas de arena o arenisca talladas por el viento, gargantas profundas de roca carcomida por los elementos, rayos de sol dibujando sombras alargadas y surrealistas sobre el terreno, cumbres y precipicios entre los cuales el vehículo realizaba heroicas piruetas de funámbulo.

Aquella zona había sido la tierra de los Atacamas, más conocidos en Chile como Lickan Antay, una raza que sobrevivió a duras penas a la llegada de los Incas (por vivir en un territorio demasiado agreste) y que sucumbió a la llegada de los españoles, que los repartieron en encomiendas y acabaron con su modo de vida tradicional, que era el de llameros que mercaban sal por productos del altiplano, y productos del altiplano por productos de la costa. Su lengua, el kunza, era hablada hasta hace muy poco por un puñado de personas, pero desconozco si se pudo rescatar algo o si desapareció para siempre. Existían un par de gramáticas, pero creo que nunca se escribió un solo libro en ese idioma. Sus sonidos quizás no se perdieron, pero nada queda de la cultura antigua, excepto un buen número de momias, perfectamente conservadas gracias a las extremas condiciones ambientales de la región.

De la misma zona, pero de la región de la costa, son los Chonos, una cultura antigua que momificaba a sus muertos y les colocaba máscaras de arcilla sobre la cara, representando los rasgos del difunto.

En la actualidad toda esta zona del Norte Grande chileno (ganada por Chile a Bolivia y a Perú en respectivas guerras, que costaron al segundo país su tan reclamada "salida al mar") está fuertemente poblada por Aymaras procedentes del Collao, el altiplano boliviano-peruano. Han traído consigo sus tradiciones, su cultura y su lengua, que se ha esparcido y ha florecido perfectamente en aquellas soledades. A los costados de la ruta podía leer nombres que me eran familiares, indicando caminos que se perdían entre las arenas y el horizonte: Mamiña, Lassana, e incluso La Tirana, ese lugar en donde, año tras año, los danzantes de la Diablada rinden homenaje a la "Mamita", la Virgen de la Tirana. Disfrazados de diablos, bailan saltando y haciendo acrobacias inimaginables mientas que las mujeres hacen girar y contragirar sus polleras en un movimiento increíble. Allí mismo, si no recuerdo mal, danzan las comparsas de "chinos", que soplan alternadamente unos silbatos de caña que dan un solo tono. El resultado final es una cadencia de dos tiempos: en uno, cincuenta silbatos suenen una nota, y en el otro, otros cincuenta soplan otra... Así descrito, suena un poco aburrido, pero oído, es algo impresionante.

Allí se hablaba la lengua Aymara, esa lengua con un sabor tan andino, tan ancestral, que más tarde oiríamos en las calles de La Paz y que ahora tan solo adivinábamos. Sí, hay libros en aymara, y bibliotecarias Aymaras, y hasta un presidente Aymara que gobierna un país en el que, al menos en los papeles, el aymara es lengua oficial. Es una lengua bellísima, pero muy complicada, porque es aglutinante, y aquello que nosotros decimos con varias palabras separadas, ellos lo aglutinan en un solo vocablo, formado por una raíz y varios sufijos. Lo que pierden en facilidad lo ganan en especificidad, dado que pueden agregar innumerables matices a sus palabras, matices que nosotros no podríamos conseguir sino a través de muchos circunloquios. Algo que también ocurre con el Quechua, una de nuestras (repito: nuestras) lenguas más bellas.

Una de las pocas cosas que recuerdo en Aymara es un refrán, que quizás me sirva para definir el sentido de todo el viaje que hicimos a través de la columna vertebral de América. El refrán rezaba:

Uñjasaw uñjtw sañax; jan uñjasax janiw unjtw sañakiti

La traducción libre sería: "Viendo, uno puede decir ´he visto´; sin ver, uno no debe decir ´he visto´". Apliquen el refrán a algunos de los tantos fanfarrones que, en nuestro medio profesional (y personal), hablan sin saber ni haber tenido maldita experiencia... y díganme si los Aymaras no tiene en verdad un refrán sabio.

Cruzábamos aquellas soledades sin más compañía que el sol en lo alto jugando a las escondidas con las nubes, y las piedrecitas en lo bajo. Recordaba que hacia el oeste, donde se alzan los Andes, están los bellísimos Parques Nacionales del Norte Grande chileno, entre los que se destaca el de Isluga, poblado de salares y parinas (flamencos andinos). Recordaba haber visto fotos de bandadas inmensas de flamencos, pintando de rosa un salar, y me preguntaba por qué los latinoamericanos no reconocemos las tremendas bellezas que tenemos en nuestra tierra. Recordaba también que, un poco más al norte, sobre la misma cordillera, están los Payachatas ("gemelos" en Aymara), los volcanes Parinacota y Pomerape. Y lagunas, y salares, y miles de pequeñas comunidades con nombres preciosos como Socoroma, Visviri o Cariquima. Y los sonidos de tropas enormes de pinkullos, es decir, grupos de varios intérpretes que tocan flautas de distintos tamaños y afinaciones pero similar forma, creando armonías, ritmos y sonoridades únicas e irrepetibles. Y el retumbar de los enormes toyos (sikus o flautas de pan de casi dos metros de largo) acompañados por wankaras (bombos) enormes, que laten como un enorme corazón, pum-pum, pum-pum, mientras los músicos revientan esas cañas y las hacen estallar en sonidos gravísimos, telúricos.

En la misma latitud, pero hacia la costa, se encuentra el puerto de Iquique. Quizás algún amante de la música y la historia recuerde la masacre de Santa María de Iquique, recogida por algunos libros y por el grupo chileno Inti-Illimani, quien inmortalizó tal fragmento oscuro de la historia nacional en una cantata bellísima. Ocurrió a principios del siglo pasado, cuando todavía el norte de Chile era el Imperio del Salitre y las comunidades eran tremendamente explotadas –bajo regímenes inhumanos– por las compañías multinacionales asentadas allí. Un grupo numeroso de obreros del salitre (y sus familias) bajó hasta el "Puerto Grande" de Iquique para pedir mejoras en sus condiciones de trabajo y en sus salarios, y fueron ametrallados por el ejército en la Iglesia de Santa María. Murieron centenares... pero nadie habló nunca más de esos muertos; en general, los cadáveres de los pobres y los desposeídos nunca pesan demasiado en las memorias de las sociedades pudientes. Tampoco los cadáveres de los rebeldes, de los que protestan contra las condiciones injustas y piden un poco de equilibrio.

Muchos de esos obreros, además, eran Aymaras. Razón de más para ser olvidados, en un continente donde el color cobrizo de la piel es signo de vergüenza y discriminación.

Un poquito atrás habíamos dejado las playas de Pisagua, en donde fueron enterrados muchos de los ejecutados durante los años de terror y dictadura de ese señor que acaba de marcharse hace poquito, para alegría de muchos y, aunque provoque asombro, tristeza de otros muchos.

Poquito a poco fueron apareciendo las primeras matas de yareta, unos arbustos bajos y achaparrados que suelen ser usados como combustible en las tierras altas. Curiosamente, estas plantas tardan años y años en crecer: recuerdo haber leído reportes botánicos que afirmaban que muchas de esas plantas tienen más de un siglo de vida, pues crecen solo unos centímetros escasos por año. Quemarlas parece un pecado mortal contra la Madre Naturaleza, pero se trata del único material disponible.

Un poco más allá, avanzado el mediodía, pasamos la Pampa del Tamarugal, un lugar poblado (supuestamente en forma natural, aunque la disposición geométrica de las plantas me pareció demasiado regular) de tamarugos, árboles que sobreviven en estos sequedales y que dan la poca sombra que puede encontrarse en esta región.

Recordaba, por las clases de Arqueología tomadas durante el cursado de mi carrera de Historia, que los núcleos humanos asentados en los desiertos costeros del norte de Chile y el sur del Perú se agrupaban en los valles que bajaban perpendiculares a la cordillera, alimentados por las aguas de deshielo. Allí se creaban verdaderos oasis, en los cuales se cultivaba y se vivía. Históricamente, las principales culturas preincaicas andinas surgieron en tales valles. Y aún hoy era posible ver algunos de esos vallecitos, regados por las aguas casi inexistentes de un río de cauce pedregoso y sediento.

Atravesamos la Quebrada de Codta, un paisaje lunar que nos alucinó por sus formas, sus dimensiones, su majestuosidad imponente. Almorzamos en Arica a eso de las cuatro de la tarde, luego de un par de mínimas paradas (una de ellas en Coquimbo, ciudad costera sin mucho atractivo pero enclavada en un escenario natural bastante interesante). Cuando descendimos y nos sentamos ante un plato de comida, ya no reconocíamos la parte de cuerpo que estaba por debajo del ombligo. La visita obligadísima al baño provocó la exasperación de Sara (que prefirió lavarse con el agua que vertía una canilla en la calle, donde vio hacer lo mismo a los chóferes) y las náuseas mías (téngase en cuenta que estoy acostumbrado a condiciones higiénicas casi nulas cuando realizo mis trabajos de campo.). En fin, hacia la media tarde cruzamos la frontera chileno-peruana sin más novedad que algunos ciudadanos del Perú que no tenían las visas en orden o llevaban entre su equipaje algún artefacto y tuvieron que quedarse allí, clavados en el medio de aquella nada, con la única compañía de los gendarmes.

Cenamos en Tacna, enorme urbe que, en la oscuridad de la noche, extendía sus luces hasta donde nos llegaba la mirada. A partir de ese punto, la empresa "Ormeño" no pagaba ni almuerzos ni cenas, y, con suerte, pararía aquí o allá para que los pasajeros descansáramos las ya olvidadas piernas. El amanecer nos encontraría recorriendo la costa sur del Perú, un espectáculo inolvidable. Pero eso será el tema de la próxima entrada.

Será, pues, hasta mañana... Un abrazo cordial...

Ilustración.

diciembre 18, 2006

Diario de viaje (05 de 28): pisando las calles de Temuco

Diario de viaje (05 de 28): pisando las calles de Temuco

Por Edgardo Civallero

Quería que nuestro viaje a lo largo de la columna vertebral de Sudamérica comenzara al sur del río Bío-Bío. No me pregunten por qué quería tal cosa. Quizás en mi corazón siempre tuvieron un lugar de honor las palabras de Elicura Chihuailaf, uno de los grandes poetas del pueblo Mapuche, que llamó a ese río "sueño azul de mis antiguos". Quizás porque, aunque fuera históricamente incorrecto, yo consideraba a ese río la frontera sur del Imperio Inca, el punto a partir del cual las huestes del Cuzco no habían podido seguir avanzando por la resistencia que les opusieron las tokis (hachas de guerra) de los araucanos.

Fuese cual fuese la razón, allí estábamos Sara y yo viajando, en un bus nocturno, hacia Temuco. El viaje de ocho horas nos llevaría hacia el sur, al corazón de la región conocida como Araucanía, a partir de la cual comienzan a extenderse lagos y volcanes ornados de bellísimos bosques, hasta que, más adelante, la tierra se acaba y, más allá de un corto estrecho, se alza la isla de Chiloé, con sus tradiciones y sus iglesias de colores vivos. Pero no llegaríamos hasta allí: nuestro viaje a través de los Andes comenzaría en ese extremo meridional, en Temuco.

Mientras revisaba el pequeño mapa del sur de Chile –sentado en la primera de una larga serie de butacas incómodas que destrozarían mi columna y otras partes a lo largo de todo el viaje– me inundaban la cabeza las palabras de una canción de Violeta Parra ("La exiliada del Sur"), la cual incluía un buen número de nombres de ciudades y pueblos meridionales. Era aquella que decía:

Mi brazo derecho en Lanco quedó, señores oyentes;
el otro por San Vicente cayó, no sé con qué fin...
Mi pecho en Cura Cautín lo veo en un jardincillo
Mis manos en Maitencillo saludan por Pelequén.
Mi boca en Perquilauquén sopla sobre un caramillo...

Es curioso como unas simples palabras leídas en un mapa pueden despertar tantos recuerdos en un ser humano, tantas sensaciones olvidadas, tantas ilusiones, tantas fantasías.

Amanecimos en la ciudad, tempranísimo, cuando aún sus calles estaban desiertas y su población, dormida. Así que recorrimos las veinte cuadras largas que separan la terminal de buses de la plaza central, observando detenidamente el cerro Ñielol, el cual domina la ciudad y al cual íbamos bordeando lentamente. Sus laderas están cubiertas de bosques de pinos y eucaliptos, y su cima posee un mirador que se ha convertido en una de las principales atracciones turísticas de la ciudad (que, a decir verdad, cuenta con bastante pocas). La ciudad se levanta a orillas del río Cautín, el cual fue la real frontera histórica entre los Mapuches y los invasores, se llamasen como se llamasen. De acuerdo a las guías que consultamos con Sara, el horizonte debía estar dominado por varios cerros y volcanes que, honestamente, fuimos incapaces de encontrar o identificar.

El motivo principal del viaje a Temuco era conocer el Museo Regional de la Araucanía, y, con un poco de suerte, encontrarme con un par de colegas bibliotecarias que habían trabajado en relación con comunidades Mapuches. Lamentablemente, los contactos fracasaron por uno u otro motivo. Sin embargo, allí estábamos, en el centro de una amplia región que agrupaba una alta concentración de comunidades indígenas. Para mi sorpresa (o quizás para romper un preconcepto personal que no sé de donde saqué) no vimos más de dos o tres personas con rasgos indígenas, algo que incluso en Argentina es raro en regiones con población autóctona.

La visita a la Plaza Central nos deparó la primera desilusión. La Casa de la Mujer Mapuche, una de nuestras primeras paradas en el circuito que teníamos previsto para Temuco, no era más que un diminuto comercio de artesanías típicas, supuestamente comercializadas por mujeres de comunidades cercanas. Quizás así fuera (y, de ser así, el propósito sería loable) pero a nosotros nos pareció una pequeña tienda de recuerdos, que contaba sobre todo con textiles, cestería y alfarería. Por ende, continuamos nuestro camino hacia la oficina de turismo, en donde una sonriente señorita nos informó que el Museo de la Araucanía estaría cerrado indefinidamente "por obras" y que, si lo deseábamos, podíamos visitar la Casa de la Mujer Mapuche, el Museo Ferroviario (idea que no nos entusiasmó lo más mínimo) y el Mercado Central, en donde se exhibían artesanías Mapuche.

Hacia allá fuimos, pues, con la esperanza de encontrar, al menos, un mínimo rasgo que nos permitiera un acercamiento a la realidad de un pueblo que admiro. Pero allí tuvimos nuestra desilusión final: el Mercado Central no era más que una serie de puestos principalmente orientados a la venta turística de suvenires. De hecho, me pasé un buen rato buscando algún instrumento musical que valiera la pena... sin mucho éxito. Los reales valían una fortuna y eran escasos, y los ficticios –que ya eran caros– no pasaban de la categoría de juguetes.

Para los que no conocen la música Mapuche, les contaré que se basa en una docena de instrumentos, especialmente de percusión (kultrun, cake kultrun, cascabeles o kaskawilla, maraca de calabaza o wada), de viento (silbato o pifilka, trompetas varias como la trutruka, el ñolkin o el küllküll, flautas del tipo pinkulwe) y dos elementos curiosos de cuerda (el trompe o arpa de boca, y el kunkulkawe o arco musical). A ellos se han unido, desde la llegada hispana, la guitarra, el acordeón, el bombo y, de vez en cuando, violines y arpas. Con eso hacían y hacen música los pueblos araucanos, y los ritmos que ejecutan tienen su encanto y su fuerza, aunque para muchos resulten un amasijo de ruidos inaudibles. Una de las danzas que se acompañan con esos instrumentos (y que posee un ritmo y una cadencia muy particulares) es el lonkomeo, en la cual el bailarín se pinta los rasgos de un choike (ñandú patagónico) con líneas azules sobre el cuerpo y, con varias sartas de cascabeles cruzados en bandolera y un poncho atado por sus extremos a las manos, imita el paso del ave. Es un espectáculo digno de ser visto y disfrutado: aunque para muchos espectadores occidentales la danza parezca algo muy tribal y primitivo, siempre he apreciado en ella un fino y delicado aprecio por la naturaleza, una cuidada representación de los movimientos del pequeño avestruz, y una gran adaptación a los sonidos que acompañan, que tienen, en verdad, una fuerza impresionante. Si alguna vez tienen oportunidad de disfrutar de este espectáculo, se lo recomiendo. O quizás alguna vez sean invitados a un Ngillatún o a un Camaruco, las grandes rogativas anuales que realizan los Mapuches y Williches dando las gracias a Ngenechén por el año y pidiéndole sus bendiciones para el siguiente. Allí el lonkomeo juega un rol particular; además, el simple hecho de participar de una ceremonia en la cual un pueblo entero refleja la fe en sus creencias (que son las de sus ancestros) y expresa su cultura viva... vale cualquier esfuerzo.

Los Mapuche hablan una lengua (el mapudungu, "habla de la tierra") que se escribe desde la llegada de los conquistadores españoles (he trabajado con un ejemplar original del primer "Arte y gramática de la lengua del Reyno de Chile" de la colección de la Biblioteca Mayor de la Universidad Nacional de Córdoba) y que hace poco logró la adopción de un "Alfabeto Mapuche Unificado" que permite usar un sonido para cada letra y una letra para cada sonido (algo que no logra el nuestro), evitando así el uso de muchos signos diacríticos y el de una grafía inexacta, adaptada del castellano. Si bien en muchas partes de Chile y en Argentina el alfabeto unificado es aún desconocido, y si bien no existen (al menos en Argentina) muchos lugares en los que se enseñe el mapudungu (en especial, fuera de las áreas con presencia indígena), el bellísimo idioma continúa vivo, y existe una creciente literatura escrita en esa lengua, publicada por editoriales, especialmente del lado chileno. La población Mapuche argentina alcanza al menos las 90.000 personas (no existen censos oficiales, por lo que es bastante difícil dar cifras confiables) y la chilena, alrededor de los 120.000. Las luchas históricas del pueblo a ambos lados de los Andes (que generó héroes como Caupolicán, poemas como "La Araucana" de Ercilla, imágenes tristes e inolvidables como las reseñadas en el "Martín Fierro" e hitos ignominiosos como la Campaña del Desierto argentina) continúan hoy en día.

La cultura Mapuche dibujó y pintó nuestras tierras meridionales con topónimos, con apellidos que aún son llevados (a veces con orgullo, a veces con vergüenza gracias a cinco siglos de discriminación), con nombres de animales y plantas, con seres míticos (el invunche, el trauco, el kai kai filu, la Antü Mallén...), con cuentos y con leyendas. No se trata de una cultura meramente folklórica; su memoria no son simples relatos que se cuentan a turistas o a niños de primaria. Se trata de un pueblo orgulloso, vivo y activo; de una cultura que resiste y que lucha por su identidad y por sus derechos. Ya lo dice la copla:

A pesar de la metralla
y el decreto del tirano
todavía sigue en pie
el indómito pueblo araucano

Más allá de los reclamos y las posiciones políticas de muchos grupos "indigenistas" autoproclamados Mapuche (cuyos representantes me parecen unos impresentables y unos oportunistas que apenas si saben de lo que hablan), creo que los Mapuches son uno de los pueblos que más impacto y más barbarie han debido y deben soportar (basta pensar en cómo las petroleras profanan sus cementerios en Argentina) y que sus reclamos, por ende, deberían ser escuchados.

La gran pregunta que me hacía, mientras recorríamos las calles de Temuco, es "¿cuánto sabemos los latinoamericanos de nuestra gente originaria?". ¿Somos conscientes de la riqueza cultural y de la diversidad lingüística que tenemos dentro de nuestras propias fronteras? ¿Reconocemos formas de procesar y facilitar la información distintas a la nuestra, pero igual de válidas? ¿Reconocemos otros formatos, otros medios, otros alfabetos...? Y si reconocemos todo eso... ¿lo respetamos? ¿Nos interiorizamos en su significado? ¿O preferimos seguir mirando qué se hace en Europa o en los EE.UU. en vez de ver que estamos perdiendo aquí? Dejo la pregunta en el aire, para que lo piensen. Por mi parte, creo que, aún después de muchos años de meterme de lleno en el (re)conocimiento de los pueblos que habitaban estas tierras antes de la llegada de los europeos (entre ellos, mis antepasados emigrantes), aún sigo sin saber nada. Y me da una tristeza infinita, porque sé que me estoy perdiendo un acervo cultural impresionante.

En fin... A las 11 de la mañana ya habíamos recorrido todo Temuco, y nos miramos con Sara, cansados y un poco desilusionados. En cuestión de segundos decidimos que el paso más lógico era volver a Santiago de día, para poder admirar el paisaje del sur chileno bajo los rayos de un sol neblinoso, y para poder dormir en una cama antes de iniciar el viaje que nos esperaba al día siguiente (52 horas de bus desde Santiago de Chile hasta Lima, Perú). Así que nos despedimos del río Cautín y del cerro Ñielol (al cual no ascendimos porque el precio para turistas era un robo) y nos sentamos nuevamente en un bus de la empresa TURBUS, curioseando por la ventana los inmensos bosques y las praderas verdes llenitas de flores, la neblina que cubría todo y el olor a madera de los aserraderos, que se filtraba por las rendijas de las ventanas y nos sacudía a cada momento. "Tierra maderera" pensé mientras cruzábamos el Bío-Bío, antes de entrar a la ciudad de Los Ángeles. Una tierra cuyos bosques van desapareciendo gradualmente a medida que las rutas se acercan a Santiago, cada vez más al norte.

Mientras nosotros viajábamos, allá en Santiago, en el marco del Congreso de Bibliotecas Públicas, tenían lugar las exposiciones matinales del colega peruano Gustavo von Bischoffshausen ("La biblioteca municipal en el Perú"), de la andaluza Juana Muñoz ("Bibliotecas: en busca de la magia perdida") y de la colombiana Adriana Betancur ("La biblioteca pública en la agenda social de los gobiernos locales"). A mediodía comenzarían los talleres de los "invitados extranjeros", que terminarían bien entrada la tarde y que imitarían, en su formato, al que yo diera en Puente Alto días antes.

Santiago nos recibió con las últimas luces del día. Apenas llegados, compramos los pasajes para salir, al día siguiente (viernes 10 de noviembre) al mediodía, hacia Lima. Haríamos la ruta por tierra, por ser la opción más económica y la que nos permitiría poder conocer un poco más la ruta que recorreríamos, que nos llevaría por toda la costa norte de Chile hasta Arica y desde allí, por toda la costa sur peruana (Tacna, Ica, Nazca) hasta la capital, a la cual arribaríamos el domingo por la tarde. Pero esa ruta será parte de la siguiente entrada de este cuaderno de viaje cansino, que está saliendo lentamente de las manos de un autor que ya necesita unas merecidas vacaciones.

Antes de irnos a dormir, curioseamos un poquito más los obsequios que nos dejara la gente del Centro Bibliotecario de Puente Alto. Entre un buen cúmulo de papelería de promoción hallamos un juego, muy parecido al de la Oca, en el cual los responsables del Centro pretenden rescatar la memoria de la comunidad. Es un juego en el que, con la ayuda de un dado, se van saltando casillas. En cada una de ellas hay un sitio emblemático de la comuna, cuyas características e historia pueden revisarse en un cuaderno adjunto, bellamente preparado e impreso. La intención del juego es que, en forma lúdica, los jugadores se encuentren con su patrimonio cultural tangible. Es un hermoso trabajo de recuperación cultural que podría ser replicado (bajo esa modalidad o bajo otras, igualmente imaginativas) en muchos puntos de nuestra Latinoamérica, una tierra en la que tenemos una inigualable facilidad para olvidar quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos.

Un abrazo desde estas tierras calientes y empapadas de vapor y de tormenta. Nos encontramos en estas mañana...

Ilustración.

diciembre 11, 2006

Diario de viaje (04 de 28): el rol social de los bibliotecarios

Diario de viaje (04 de 28): el rol social de los bibliotecarios

Por Edgardo Civallero

El Primer Congreso Nacional de Bibliotecas Públicas propiamente dicho tuvo lugar, durante tres días, en la Biblioteca de Santiago, un edificio refuncionalizado que incluye asimismo al Archivo capitalino. Anteriormente, la biblioteca pública de la ciudad se encontraba en el mismo edificio que la Biblioteca Nacional (sobre la Alameda O´Higgins) pero, hace poco más de un año, la DIBAM se encargó de adaptar una estructura de almacenes y oficinas y convertirla en un centro bibliotecario con auditorio, salas, etc.

El ala oriental del edificio tiene restaurante, terraza, salas de capacitación, conferencias y exposiciones, galerías comerciales, cafetería y salones multiuso. El ala sur tiene las colecciones generales, las de literatura, las de audio y video, las salas de estudio, la sección juvenil, la de prensa y referencia, la de adultos, la infantil, la sala de novedades, los laboratorios de capacitación y el área de préstamo y catálogo. Una estructura ciertamente completa. Además de esta Biblioteca santiaguina, la DIBAM gestiona el Centro Nacional de Conservación y Restauración, el Centro Patrimonial Recoleta Dominica, el Departamento de Derechos Intelectuales, el Museo Nacional de Historia Natural, la Biblioteca Nacional, el Museo Histórico Nacional, el programa Bibliorredes, el Archivo Nacional, el Museo Nacional de Bellas Artes, los Museos especializados (4) y regionales (20), sitios de Internet, publicaciones ("Patrimonio Cultural", "Conserva", "Mapocho") y la red de bibliotecas públicas (incluyendo el Bibliometro, el Bibliotren, los Dibamóviles con puntos de préstamo en ferias libres de 17 comunas, y más de 50 servicios móviles incluyendo Bibliobuses, Bibliomotos, Bibliocarretelas, casas rodantes, Triciclos amarillos, buses culturales y otros innovadores medios de transporte).

A la Biblioteca de Santiago, pues, nos dirigimos después del desayuno que compartí con mi compañero de habitación y de Congreso, Gustavo von Bischoffhausen, un bibliotecario peruano con formación en historia que, en la actualidad, está trabajando en un hermoso proyecto de red de bibliotecas quechuas en la localidad de Ayaviri, en pleno altiplano peruano, cerca del Titicaca, financiado por IFLA-LAC. Gustavo es miembro del Colegio de Bibliotecólogos del Perú y bibliotecario de una institución relacionada con el arte, y trabaja, junto con otros colegas –p.ej. Álvaro Tejada– en esta historia tan particular y tan asombrosa de las bibliotecas indígenas. Además, Gustavo desarrolla la iniciativa "Todas las voces todas", en la cual presenta la oralidad y las diversidad étnica de su país de la mano de narradores de distintas culturas y lenguas, los cuáles muestran lo mejor de su acervo hablado y de su patrimonio intangible.

En fin, allí estábamos, en la ceremonia de inauguración del evento, junto con el resto de los panelistas internacionales. Fue un hermoso grupo humano, una reunión de profesionales que se transformó en una reunión de amigos con intereses e ideas comunes. La inauguración contó, como era de esperar, con la presencia de las autoridades organizadoras: el alcalde / intendente de la comuna de Puente Alto (M. J. Ossandón) y la directora del DIBAM, Nivia Palma, que dio una charla magistral llena de contenidos que, a mi gusto, rozaban más lo político que lo bibliotecológico (pero en fin, ya conocen lo parcial de mis apreciaciones). Tras tal acto de apertura, y mientras salía a almorzar, me entrevistaron (a alguien se le ocurrió tal peregrina idea) y, tras tal intercambio de preguntas y respuestas, agregaron algunas ideas extraídas de este blog y de mi conferencia de esa misma tarde y publicaron el resultado (curioso, por cierto) en la página de la Subdirección de Bibliotecas de la DIBAM.

En fin, tras el almuerzo comenzaron las mesas con la participación de los "invitados internacionales". Ya estaba todo el mundo allí: habían llegado responsables de bibliotecas públicas de los cuatro confines de Chile, desde el sur de la Patagonia hasta Visviri, allá en la frontera con Bolivia y Perú. La primera ponente fue Manuela Nunes, una portuguesa de ideas claras que habló sobre "Dudas, preguntas, retos e ilusiones de las bibliotecas públicas al amanecer del tercer milenio". En un español correcto pero bañado del delicioso acento portugués peninsular, Manuela dio una verdadera clase de bibliotecología social, anotando conceptos e ideas que, en su trasfondo, eran realmente revolucionarias.

Tras Manuela, el turno fue de José Antonio Merlo, un docente y bibliotecólogo de Salamanca (España) que hasta hace poco desempeño un cargo dentro de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, y que tiene un buen cúmulo de artículos publicados en Internet sobre redes y bibliotecas digitales. José Antonio, haciendo gala de un humor excelente ante un auditorio que parecía dormirse debido al horario de siesta y a los estómagos repletos de almuerzo recién ingerido, logró despertar a los oyentes y hacerles llegar las ideas que expresaba en su conferencia "La biblioteca pública como promotora de la lectura". Tanto José Antonio como Manuela nos introdujeron, durante esa mesa, al problema de las bibliotecas públicas enfrentándose a una nueva era y a un paradigma que, en su carrera desenfrenada, no siempre espera por ellas.

Y tras el descanso, subí al estrado parea participar en la segunda mesa de la tarde, junto con el colega colombiano Carlos Zapata Cárdenas. Carlos es un reconocido profesional y docente que trabaja en Bogotá (en este momento, en la Universidad La Salle) y que maneja una amplia gama de temáticas de la especialidad, además de un acervo incontable de experiencias, noticias y novedades que bastan para quedarse unas cuantas horas oyéndole hablar. Su intervención –que me precedió– presentó algunos datos numéricos sobre la brecha digital en Latinoamérica.

Tras sus palabras, fue mi turno. Mi tema: la responsabilidad social del bibliotecario en Latinoamérica.

Apenas pude terminar la conferencia, nos dirigimos con Sara a la terminal de buses para tomar el transporte que nos conduciría, a lo largo de toda la noche, a la ciudad de Temuco, la capital de la Araucanía, allá en el sur del país. Amaneceríamos allá. Pero esa historia pertenece a otro día... Por el momento, los dejo aquí, con un abrazo enorme.

Ilustración.

diciembre 10, 2006

Diario de viaje (03 de 28): un puente alto, muy alto... (2º parte)

Diario de viaje (03 de 28): un puente alto, muy alto...

Por Edgardo Civallero

Saliendo del taller, nos unimos al grupo de "invitados extranjeros" (= conferencistas de otros países) para visitar las instalaciones del Centro Bibliotecario de Puente Alto. Después de las palabras de los encargados políticos comunales y de la DIBAM, reconocimos el espacio de la Biblioteca Pública y nos enteramos del programa de apoyo que la misma proporciona a las bibliotecas escolares de toda la comuna. Para ello tienen un plan de fomento de la lectura en bibliotecas escolares llamado "Crece leyendo" (el cual consta en una enorme carpeta que nos obsequiaron) cuyos objetivos son:

Desarrollar el gusto, el hábito y las habilidades de lectura en toda la comunidad educativa
Poner a disposición de niños y niñas diversos recursos de lectura con igualdad de oportunidades
Desarrollar la comprensión y velocidad lectora con estándares que indiquen los niveles de crecimiento del hábito lector a través del tiempo
Apoyar el proceso de enseñanza y aprendizaje de los alumnos
Convertir a las bibliotecas escolares en centros de recursos de aprendizaje abiertos y de fácil acceso para la comunidad educativa

El plan ofrece indicadores para cada objetivo (que permiten evaluar su cumplimiento) centrándose específicamente en la medición de la velocidad de lectura de los chicos como criterio principal de su comprensión lectora, algo en lo que estoy por completo en desacuerdo. Creo que la comprensión de lo leído no puede medirse a través de la velocidad de lectura: puede leerse muy rápido y no comprenderse absolutamente nada. Pero parece ser que algunos colegas chilenos –especialmente algunos situados en niveles directivos– están fascinados por los números, las estadísticas y las normas ISO, olvidando la importancia conjunta (repito: conjunta) de otros factores y métodos de evaluación.

El apoyo a las bibliotecas escolares se centra en la habilitación de espacios en cada escuela (señalización, muebles, etc.), el desarrollo de colecciones y catálogo computacional, la formación de encargados de bibliotecas y el desarrollo de servicios (consultas en sala, préstamos en clase y préstamos a domicilio). Se ha generado, para el crecimiento de la colección, una bibliografía básica de 8 títulos por nivel y por grado, algo en lo que Sara –como docente– estuvo en desacuerdo (opinión a la que me uní después de oír sus razones). Supuestamente proporcionan 8 títulos anuales para que cada niño lea. Si bien es un avance hasta cierto punto (especialmente si pensamos en que algunos niños que no leían nada, ahora leen 8 libros por año, con sus actividades y análisis respectivos), bajo ciertos aspectos puede ser limitante.

El plan de promoción de la lectura (algo que curioseé detenidamente porque soy docente de un plan similar en la Universidad Nacional de Córdoba) incluye un programa de iniciación de los niños a la lectura, un registro de los avances en la lectura a través de un "Cuaderno de Bitácora" de muy buen diseño, la promoción del uso de la biblioteca escolar, la narración de cuentos, la lectura y escritura de poesía, la dramatización de lecturas, el (re)conocimiento de libros nuevos, el desarrollo de la velocidad lectora (nuevamente), la recuperación de la tradición oral (punto que me sorprendió agradablemente), el desarrollo de la participación, la identificación de gustos e intereses de lectura y el incentivo a los lectores.

El "cuaderno de bitácora" que mencioné antes es un pequeño cuadernito que incluye el Decálogo de Derechos de los Niños a Escuchar Cuentos (redactado por la Asociación Colombiana del Libro Infantil) y una guía de los números de la CDU (generales) y de las claves de colores que identifican a los libros de literatura u 800 (amarillo para 0-3 años, verde para 4-6, azul para 7-9, rojo para 10-12). Los libros están ordenados por CDU general y luego por orden alfabético, teniendo en su marbete el círculo de color antes nombrado. Además, el cuaderno incluye espacios para escribir las lecturas de investigación, instrucciones para el uso del espacio "Planeta Virtual", espacios para libre creación, la Convención sobre los Derechos del Niño (Naciones Unidas) y varias curiosidades más. De esta forma, el niño puede llevar un registro de sus lecturas y las actividades relacionadas a las mismas, ya sean creativas, de investigación (papel o digital) o de relación.

En general, la lectura del plan y los comentarios de sus responsables demuestran excelentes ideas e intenciones, pero he aprendido, por la práctica pura y dura, que una cosa es el dicho y las intenciones, y otras muy distintas las acciones puestas en práctica. Dado que no pude ver ni chequear resultados finales, no puedo decir nada más al respecto: cuando se visitan instituciones como invitado, uno ve lo que le muestran o quieren mostrarle, y eso precisamente suele limitarse (por "lógica") a los buenos aspectos, los éxitos y los dichos. Los hechos (no siempre tan perfectos) suelen dejarse a un lado.

Las colecciones de la Biblioteca Pública son de acceso abierto –excepto la sección de referencia–, exhibiendo además una sala preparada para la alfabetización informacional y la búsqueda de información a través de las redes digitales. Pero quizás lo que más nos impresionó fue la Biblioteca Infantil, vecina al edificio de la Biblioteca central, e incorporada plenamente a la estructura del Centro Bibliotecario. El edificio fue adaptado –muy pertinentemente, a mi parecer– para cumplir sus nuevas funciones gracias a la labor conjunta de arquitectos, diseñadores y bibliotecarios. La sala está totalmente marcada por colores y señalizaciones amigables y agradables, que orientan a los usuarios a moverse entre los materiales correspondientes a su edad. La sala principal, en la planta baja, posee unas enormes lámparas de tela que dominan el espacio y los delinean: a sus pies se extienden alfombras del color correspondiente y bancos mullidos y cómodos, en donde los niños lectores asumen las posiciones más curiosas, disfrutando de los materiales expuestos. El personal, bien identificable, está siempre dispuesto, y orienta tanto a chicos como a grandes. Aquí debo destacar la presencia nutrida de padres y madres, interesados en la adquisición de destrezas de lectoescritura para ellos y sus retoños... y la ayuda que reciben por parte de personal cualificado. En la segunda planta existen un par de espacios para talleres de arte y expresión, y para teatro. Se trata, en definitiva, de un verdadero centro cultural, organizado de acuerdo a las más modernas tendencias y a un diseño exquisito y cuidadoso. No pude comprobar –debido a la brevedad de mi paso por el mismo– los resultados de su trabajo, los comportamientos de los usuarios y trabajadores, las opiniones de los lectores (adultos y niños) o el impacto que el centro tiene en su comunidad. Pero debo rescatar la seriedad y profesionalismo de los responsables a la hora de diseñar políticas, servicios y actividades, algo que en nuestras tierras suele brillar por su ausencia, por muchos recursos que se tengan.

Desde el Centro Bibliotecario nos dirigimos a una escuela de la propia comuna de Puente Alto, en donde visitamos una de las bibliotecas escolares de las que les hablé un poquito más arriba. Allí estuvimos junto a una clase que "leía" y que nos interpretó una pequeña obrita de teatro, adaptación de un cuento. La directora del establecimiento y la responsable de la biblioteca nos comentaron un poco las funciones de la unidad (armada en un aula), que ya reseñé. Anoto que los niños "leían" porque es obvio que, ante una visita así, cualquier docente en cualquier escuela lleva a sus niños, les coloca un libro entre las manos y les dice que se porten bien ante los invitados internacionales (una artificialidad que siempre me ha incomodado, porque se nota en la cara de los críos). Esto no quiere decir que los niños no lean diariamente: los informes que pude ver, colgados de las paredes, hablaban de un buen ritmo y un acceso frecuente a los libros, aunque sigo discordando con el método de evaluación de "velocidad de lectura".

De allí, a comer y a beber, actividad que incluyó carne asada y el famoso "pisco sour". Para los no conocedores, contaré que el pisco es una variedad de aguardiente logrado a través de la destilación del hollejo de la uva, material abundante en esta zona de viñas y viñedos. Es algo parecido al orujo de Galicia o a la grapa rioplatense. Se bate con azúcar, limón y una clara de huevo y se sirve con un poco de limón por encima. Existe una rivalidad tremenda entre peruanos y chilenos por delimitar la autoría inicial de la bebida y por establecer cual variedad es la mejor (los peruanos argumentan que los chilenos robaron la receta y la "patentaron". No es la primera ni la última disputa entre ambas naciones). Luego de probar ambas, Sara y yo nos quedamos definitivamente con la versión peruana... pero esa es una opinión muy propia. Después de la comida, visitamos la Viña "Concha y Toro", quizás la más famosa del país trasandino. Emplazada en un predio bellísimo, perteneciente a un terrateniente de las altas clases decimonónicas, el lugar exhibía casonas, jardines con especies exóticas... y una larga tradición en el cultivo de la uva, un arte que desconozco y que Sara –con una cultura enológica mucho más avanzada que la mía– me ayudó a comprender: tipos de uva, barricas de roble, cosechas, colores, aromas, sabores. A pesar del digno esfuerzo docente de mi compañera, debo confesar que aún continúo en mi estado previo de ignorancia vinícola. Armados del mítico vaso de catador, probamos un par de caldos de los más emblemáticos de la firma vinícola... aunque no tuvimos la fortuna de catar "Casillero del Diablo", uno de los vinos más famosos de la casa. La fama de ese tinto proviene de su leyenda: el dueño de la bodega reservaba un poco de sus mejores cosechas y productos para consumo propio, en un espacio específicamente diseñado bajo tierra. Pronto descubrió que sus trabajadores (gente del lugar) disfrutaban junto a él de sus "reservas". Ideó, por ende, la leyenda de que en aquellos lugares moraba el Demonio, certificando tal cuento con apariciones esporádicas propias disfrazado de Belcebú, con sus cadenas, cuernos y capa. Parece ser que la incredulidad de los locales se vio mellada por tales apariciones diabólicas, y esos vinos no volvieron a ser tocados. Hoy en día, el paso por esa bodega subterránea es una atracción turística más, acompañada por toda la esperable parafernalia de luces y sonidos "sobrenaturales e infernales".

El resto del día fue aprovechado para descansar de las emociones y del trabajo matinal, y para recordar con Sara datos curiosos que nos comentaron algunos participantes del taller de Puente Alto, como la fuerte presencia del Opus Dei en la comuna –de dirección política conservadora– y el desarrollo de programas familiares (hasta donde nos dejaron entender, de "crecimiento" familiar) en núcleos que ya poseen 6 o 7 hijos y pocos recursos para darles un bienestar básico. Es curioso –y tremendamente triste– ver como ciertos sectores de la población aún continúan defendiendo ideas del siglo XVI en un mundo que necesita de un poco más de apertura mental. Combatir los métodos de educación / planificación familiar (como por ejemplo los anticonceptivos) en sectores sociales carenciados me parece totalmente irreal, anti-ético y anti-humano. Evidentemente, hago poco caso de lo que dice "el Libro" al respecto: mi opinión se basa en el mero sentido común, al haber experimentado directamente las necesidades imperiosas que deben encarar y soportar familias de cinco, seis y hasta siete hijos (es decir, nueve miembros). Está bien que hagamos crecer el rebaño. Lo que no entiendo es por qué no lo aumentan los que más recursos poseen, o porqué los "ricos y poderosos" (precisamente los que defienden y promueven las normas cristianas más radicales) no comparten lo que tienen con las familias numerosas, intentando lograr el mundo de paz, amor, justicia y equilibrio que cierto nazareno admirable promovió hace algunos siglos.

Finalizando el día, encontré que los dichos siguen siendo los dichos, y los hechos siguen lejanos de las palabras, muy lejanos. Enormes brechas que quizás nunca se cierren, por mucho que hagamos o queramos decir.

La noche me encontró preparando la conferencia del día siguiente, precisamente titulada "El rol social de las bibliotecas públicas en Latinoamérica". Con la sangre encendida como la tenía, aquella conferencia iba a ser mi válvula de escape a muchas preocupaciones, ideas e inquietudes que se me estaban planteando. Esperaba encontrar oídos y mentes abiertas a nuevos planteamientos.

Ilustración.

diciembre 06, 2006

Diario de viaje (03 de 28): un puente alto, muy alto...

Diario de viaje (03 de 28): un puente alto, muy alto...

Por Edgardo Civallero

El conductor de la DIBAM nos recogió a Sara y a mí en el barrio Providencia para llevarnos hasta la comuna de Puente Alto, una de las más grandes de Chile, con dos millones de habitantes, situada al SE de Santiago. El vehículo atravesó urbe, zonas periurbanas pobladas de mercadillos asentados en las aceras e invadiendo las calzadas de las calles, y áreas plenamente rurales, en las cuales destacaban los viñedos, extendiéndose bajo un cielo claro y enmarcados por la silueta continua de los Andes, algunas de cuyas cumbres estaban tocadas por la nieve. El chofer hizo un par de comentarios sobre un pequeño altar que se levantaba al borde de la carretera, allí mismo, cerca de los viñedos, y que estaba poblado de botellas de agua. La devoción popular dejaba esas ofrendas a la Difunta Correa, la madre que murió de sed y cuyo bebé recién nacido sobrevivió milagrosamente mamando de su pecho después de muerta. Este mito, que se encuentra con plena vigencia y fuerte fervor popular en Argentina (especialmente en la provincia de San Juan, donde la "santa" posee un enorme "templo" poblado de votos y ofrendas) nos hizo sentir que realmente, y a pesar de las altas montañas que nos separaban, los acentos distintos, las disputas políticas de antaño y las eternas rivalidades y roces, argentinos y chilenos no son, al fin y al cabo, tan diferentes.

Entramos a la comuna por su parte menos poblada, es decir, aquella en la que residían los más "pudientes". Fue curioso ver calles cerradas con rejas en cada extrema de la cuadra, como si se tratara de callejones privados. Realmente, aquello parecía un country o "barrio cerrado" argentino. Mientras Sara se deleitaba con las mil plantas florecidas y las docenas de variedades de geranios y rosas que los vecinos cultivaban en sus bien cuidados y poblados jardines, yo me preguntaba si la pobreza y la violencia eran tan agudas como para motivar que algunos pocos se encerraran en sus casas tras las rejas, o fortificaran sus barrios y sus calles con barrotes de hierro. Los ojos de Sara reflejaban la misma duda. Luego supimos que la necesidad y la pobreza sí eran duras, y que eran muy apreciables al otro extremo del barrio, donde familias y más familias se hacinaban en pequeños espacios, superpoblando una zona determinada de la comuna, en la cual la densidad de población era de un nivel impensable y una casa prefabricada y diminuta valía unos pocos dólares. Es triste ver como la pobreza empuja a la violencia, como la violencia empuja al miedo y a la desconfianza, como las brechas se profundizan y agrandan en un círculo vicioso que parece no tener fin. Es triste ver que estas cosas suceden a la vuelta de la esquina, en mi ciudad, en las que visité. Es triste saber que eso me pasa a mí y a muchos hermanos.

El lema de la municipalidad de Puente Alto es "aquí se vive mejor", además de mensajes similares como "Puente Alto renace invirtiendo en nuestro futuro". Suelo tomar tales declaraciones y lemas con pinzas, porque sé lo que se esconde detrás de los dichos de los políticos y de las campañas de marketing. Pero no pude dejar de asombrarme al ver por vez primera el Centro Bibliotecario, un conjunto de antiguas estructuras que fueron totalmente reacondicionadas para servir de Biblioteca. El Centro posee un edificio principal (la Biblioteca Pública de Puente Alto) que oficia de sala de lectura, referencia y computación (y posee un aula para talleres, precisamente donde trabajé yo) y uno anexo, la Biblioteca Pública para Niños (o Biblioniños). La estructura depende de la DIBAM y del propio gobierno municipal, quiénes invierten fondos para la educación de la población comunal, con un porcentaje elevado de jóvenes.

Nos recibió la directora del Área Bibliotecas del Centro Puente Alto, con la cual pasamos directamente al aula en dónde se llevaría a cabo el Taller. Luego de la presentación de rigor, quedé en manos de los asistentes, todos ellos estudiantes o responsables de bibliotecas escolares de la comuna. La gran mayoría no poseía una formación académica sólida en tareas profesionales y buscaba, por ende, perfeccionar sus conocimientos. Y los de planeamiento bibliotecológico no suelen ser lo más difundidos entre los trabajadores de la información y el libro. Por ende, a lo largo de más de tres horas, me aboqué a la tarea de explicarles como se construye una biblioteca comunitaria desde cero, es decir, desde la idea inicial hasta la creación de servicios y actividades. Incluí, dentro del marco teórico, ideas bastante "revolucionarias", es decir, posiciones propias basadas en mi experiencia como bibliotecario, docente e investigador.

La reacción inicial a los contenidos fue de franca duda. Muchas asistentes se preguntaban si lo que les estaba contando no eran más que una enorme sarta de quijotadas y utopías. Fue tanta su insistencia que debí detener el taller y preguntarme cuál era el problema de su desconfianza, de su imposibilidad de tener esperanzas en que otro modelo de biblioteca es posible. Encontré la respuesta en sus mismas bocas, cuando comenzaron a contarme –como en una enorme terapia de grupo– sus problemas, sus desilusiones, sus búsquedas sin respuestas, la falta de oportunidades, el ambiente duro al que se enfrentan a diario sin más apoyo que el de su propia voluntad y ganas de hacer. Y les conté un poco de mi vida, tan dura como las de ellas, y de cómo había aprendido a creer en mis manos y en mis alas después de mil caídas (caídas muchas veces provocadas por mis propios "colegas"), y cómo prefería creer en que aún el milagro era posible, que el cambio se podía lograr si creíamos y trabajábamos por ello. Y les expliqué que jamás, jamás, jamás enseño cosas que yo no haya probado en la práctica antes, y que funcionen, y que sean posibles. Poquito a poco empezaron a sonreír, y a preguntar "¿y cómo se haría para...?" o "¿qué debería hacer si quiero lograr...?". Así, ya en la primera parte, comenzamos a aplicar en la práctica personal lo que hasta entonces había sido teoría bibliotecaria proyectada en un PowerPoint.

En mis talleres siempre planteo la posibilidad de encarar un proyecto de biblioteca desde una perspectiva social, de desarrollo de base, siguiendo metodologías de investigación-acción y empleando herramientas cualitativas. Planteo ideas como horizontalidad, igualdad, solidaridad, compromiso, simplificación de tareas en pos de facilitar la actividad del usuario... Y sobre todo, hablo mucho de la importancia del servicio, el sentido final de todo trabajo bibliotecario. Visto así, todo suena un poco falso, un poco utópico, un poco ideal. Pero cuando empiezo a mostrar que, en la práctica diaria, todo eso es posible, y que además funciona y lo hace bien... y cuando explico mis propias experiencias, y mis errores y fracasos, y mis triunfos, y cómo hice para lograr lo logrado... las miradas de mis estudiantes cambian. Muchos comienzan a sentir (y me lo dicen luego) que por fin encuentran un sentido a lo que hacen, o que finalmente hallaron el método para lograr lo que siempre quisieron hacer y lo que nadie, jamás, les explicó cómo lograr.

En el descanso intermedio, Sara –docente de profesión y alma– se puso al día acerca de las actividades que llevaban a cabo las maestras participantes del Taller, mientras yo cambiaba impresiones con algunos estudiantes de bibliotecología de pensamiento bien progresista e ideas muy claras, llegados de Valparaíso para atender a los talleres y al Congreso. En general, el público chileno me pareció bastante abierto. Sin embargo, a lo largo de nuestro viaje comprobaríamos que una gran parte del público que participó en nuestras actividades era, definitivamente, bastante conservador, cerrado a nuevas ideas, desconfiado de los cambios. ¿Formación bibliotecaria, latinoamericanismo, miedo? Aún no obtuvimos una respuesta a la gran pregunta. Los estudiantes me pusieron al tanto de sus perspectivas sobre la profesión, y de sus trabajos en cuanto a alfabetización y bibliotecas infantiles, y de su opinión sobre los currículos bibliotecológicos chilenos, a la vez que yo les participaba de mis propios puntos de vista. Encontramos, así, problemas comunes, deficiencias eternas que parecen no poder solucionarse (especialmente a la hora de educarnos y aprender), jerarquías y elites que parecen inamovibles ("vacas sagradas" y "grandes gurúes" proclamando su poder eterno sobre las "masas") y tremendas, profundas carencias por parte de los usuarios, que sólo esperan un servicio que siempre llega de la misma forma y que pocas veces se adapta a sus necesidades y perfiles reales. Parece que, al igual que en casa, muchos hablan, pero pocos actúan. Y muchos menos cuentan cómo actuar, o enseñan cómo hacerlo.

La segunda parte del taller se desarrolló bajo un aluvión de preguntas y participaciones. Y, al final, cuando muchos se retiraban, algunos participantes comenzaron con las preguntas realmente interesantes: "¿qué piensa de los derechos de autor?", "¿cómo hago si quiero prestar, en mi biblioteca, mi colección de CD en forma libre?", "¿cómo usar el open access en nuestras bibliotecas?", "¿qué deberíamos cambiar en nuestros currículos, qué sería más necesario aprender para encarar servicios más sociales?" Les hablé, allí, sentado sobre un escritorio, de la importancia de saber diseñar proyectos –algo que también enseño– y de lo interesante de la investigación práctica; les hablé de mis opiniones sobre los derechos de autor (una de las grandes cadenas que posee el saber contemporáneo) y de cómo he gestionado colecciones abiertas sin violar ni un solo copyright. Les tiré muchas ideas, muchas experiencias vividas, muchas respuestas a preguntas que un día yo mismo me hice (y nadie me respondió).

Salí del taller con la sensación de la misión cumplida, con muchos amigos más y una mochila cargada de otras opiniones, otros puntos de vista, otros sueños, esos que me harían más rico. Siempre creí que, en una clase, el que más aprende es el docente, especialmente si sube al estrado sin aires de grandeza, sino con humildad y manos abiertas. La regla es sencilla: 60 alumnos escuchan a un solo profesor, pero un solo profesor –si sabe hacerlo– puede escuchar a 60 alumnos. ¿Quién tiene más posibilidades de aprender?

Saliendo del taller, nos unimos al grupo de "invitados extranjeros" (= conferencistas de otros países) para visitar las instalaciones del Centro Bibliotecario. Pero, dado que hoy me he extendido bastante, los contenidos aprehendidos en esa visita y el resto del día los dejaré para la siguiente entrada.

Un abrazo cordial...

Ilustración.

diciembre 05, 2006

Diario de viaje (02 de 28): “anchas calles de puños y banderas...”

Diario de viaje (02 de 28):

Por Edgardo Civallero

Lo diría una compañera conferencista algunos días después, al iniciar su exposición, pero nosotros lo sentíamos desde mucho, mucho antes: pisar Chile era pisar la tierra de Pablo Neruda, de Salvador Allende, de Víctor Jara, de Violeta Parra, de Gabriela Mistral, de los Inti Illimani y los Quilapayún y, cómo no, los Illapu. Era Santa María de Iquique y los isleños de Chiloé, era "el pueblo unido jamás será vencido" y aquel estudiante, Rodrigo Rojas, quemado vivo durante una manifestación. Eran desaparecidos en Pisagua y Mapuches luchando en Temuco, eran años y años de historia conocida y reconocida a partir de poemas, de noticias y de canciones. Y era aquel tema –creo que Quilapayún– que decía...

"No serán lágrimas por Víctor Díaz,
será un vuelo de pájaros al alba,
anchas calles de puños y banderas,
algarabía de niños y guitarras".

Era el valor de aquella gente que se había sobrepuesto al dolor y a la injusticia de regímenes opresores y asesinos y había salido adelante, como lo hicimos nosotros del otro lado de los Andes, como lo hicieron tantos hermanos –uruguayos, paraguayos, bolivianos– aquí y allá, en esta tierra tan llena de cicatrices pero, a la vez, tan cubierta de sonrisas.

Chile era todo eso y mucho más. Y mientras caminaba por las calles de Santiago aquel lunes 6 de diciembre –día sin actividades profesionales para mí, y, por ende, libre para recorrer y conocer la ciudad de la mano de mi compañera– me encontraba con siluetas, palabras y sonidos que me eran familiares a pesar de ser la primera vez que pisaba el país trasandino.

Desde nuestro emplazamiento en Providencia seguimos la corriente del Tajamar, un canal de agua tremendamente caudaloso y revuelto que nos condujo directamente –entre altos edificios modernos– a las aguas del Mapocho, marca inevitable en la cara de la ciudad, bajo la presencia imperante de unos Andes también inevitables, nevados, eternos, majestuosos. El Mapocho, con su ancho cauce de cemento y piedra, con sus gaviotas, tiene, al decir de muchos santiaguinos, un alto nivel de contaminación. "Allí donde lo ves" me decían "a veces lleva agua". Los más memoriosos recuerdan, en voz muy baja y desviando la mirada, que en ciertas épocas oscuras de la historia chilena el Mapocho también llevó cadáveres corriente abajo. Pero, con los ojos perdidos en las crestas turbias, prefiero no pensar en tristezas. Allí, a la vera del río está la Costanera, una serie de parques muy bien cuidados en donde los habitantes de esta enorme urbe de varios millones de habitantes descansan sus cuitas y sus fatigas bajo la sombra amigable de ceibos, plátanos, sauces y ombúes. El paseo –siguiendo el curso del Mapocho– nos llevó desde Providencia al centro triangular de la ciudad, pasando bajo la sombra del Cerro San Cristóbal (mole montañosa de unos 200 metros, provista de teleférico para su ascensión), frente al ecléctico y bohemio barrio de Bellavista, y a través de fuentes y estatuas. Allí, en Bellavista, se encuentra una de las casas de Pablo Neruda, aunque quizás la más famosa sea la de Isla Negra, pueblo situado en el litoral pacífico, al sur de la ciudad portuaria de Valparaíso.

Carentes de guías turísticas y defendiéndonos únicamente con un planito citadino simple en el cual constaban algunos museos e instituciones (y el nombre de algunas arterias principales), Sara y yo nos abrimos paso a través de la ciudad y llegamos al microcentro, el corazón de la ciudad. Allí se levantaba el Museo Nacional de Bellas Artes, un hermoso edificio que, de acuerdo a las recomendaciones de colegas y amigos, era de imprescindible visita. Sin embargo, siguiendo una costumbre extendida en gran parte de nuestro continente, los museos cierran sus puertas al público los días lunes. Aún así, nos deleitamos con su arquitectura y proseguimos algunos cientos de metros para enfrentarnos a la segunda mole de piedra que se esconde en la estructura urbana de Santiago: el Cerro Santa Lucía, un peñasco de altura considerable que se levanta sin previo aviso en pleno centro santiaguino. Allá en el siglo XVI (1541) el español Pedro de Valdivia –fundador de la ciudad– se hizo fuerte en aquel sitio por vez primera, intentando protegerse de los ánimos aguerridos y bravos de los Pikunche, los habitantes en aquellas zonas. La subida fue empinada, todo un reto para músculos poco entrenados (como los míos, por poner un ejemplo). Sin embargo, el esfuerzo valió la pena: desde la cima puede atisbarse el espectáculo de la ciudad entera a los pies, enmarcada, siempre, por las majestuosas cumbres andinas, y sombreada por el smog de un tráfico intenso que, sin embargo, no es ruidoso (al menos, no tanto como en otras ciudades latinoamericanas). Es un espectáculo que realmente corta la respiración e invita a sentarse y admirarlo largo rato.

El descenso nos llevó a pasar por el monumento a Valdivia, el consagrado a Gabriela Mistral y el elevado en honor a los Pikunche. Allá abajo nos esperaba el Centro de Arte Indígena, a cuya entrada fotografié un graffiti curioso: junto a un clásico diseño mapuche (un kultrún o tambor ceremonial) anotaba la frase "La resistencia no es terrorismo". La situación de los Mapuche, tanto argentinos como chilenos, es extremadamente precaria. Sus acciones, producto de muchos siglos de presión (primero fueron los Incas, luego los españoles, luego la República, luego la Dictadura, luego las multinacionales...) pueden llegar a asumir facetas muy violentas (como la quema de casi 1.200 libros de la nueva Biblioteca de Filosofía del Campus Juan Gómez Millas por parte de encapuchados que participaban en una manifestación "pro-Mapuche", hace unos días). Sin embargo, sus derechos son sistemáticamente violados. Violencia no justifica violencia... pero también es cierto que ningún dolor se siente mientras le toque al vecino, así que es imposible explicar ciertas actitudes desde fuera. El Centro de Arte Indígena del que les hablaba, organizado por la CONADI, es un mero mercado de artesanías orientado hacia el turista, exponiendo algunas representaciones comunes de trabajos realizados en Rapa Nui, las regiones Mapuche del sur, y el Norte Grande chileno, habitado principalmente por los Aymara. Pudimos apreciar instrumentos musicales araucanos como la trutruka, el kultrún y la pifilka, algunos tejidos y trabajos de platería (para los cuales los Mapuche fueron y son verdaderos maestros), ponchos e instrumentos musicales andinos, reproducciones de los famosos moais de Rapa Nui / Isla de Pascua, y una curiosa duplicación de una de las famosas tablillas rongo-rongo, la escritura nativa de la isla de Pascua, usada para escribir sus "libros" sobre tablillas de madera.

Saliendo de allí, nuestros pasos se encaminaron hacia la Biblioteca Nacional, un imponente edificio de estilo clásico situado sobre la famosa Alameda (Avda. Libertador Bernardo O´Higgins) cuyo recorrido realizamos en forma breve, un mero reconocimiento preliminar (ampliado en días posteriores) que nos llevó por sus salas y por una bellísima exposición que presentaba, en forma de pósteres muy didácticos y entretenidas, la historia de las fiestas populares en la ciudad de Santiago. Mientras mirábamos cada póster y nos reconocíamos en las costumbres de otras gentes y otros tiempos, nos dábamos cuenta que el ser humano, esté donde esté, tiene formas tremendamente parecidas de divertirse, de entretener sus momentos de ocio y de festejar los acontecimientos. Fue allí cuando nos preguntamos el porqué de la desunión y la incomprensión entre las naciones de América Latina, el porqué de los odios regionales, de las asperezas entre países que deberían hermanarse para enfrentar y afrontar un futuro que no tiene demasiados puntos a su favor. Salimos de la biblioteca sin una respuesta, atisbando, a la entrada de la misma, un enorme cartel que anunciaba la presencia, en aquel edificio, de la sede del capítulo chileno de Transparencia Internacional, la organización que evalúa la corrupción política de un determinado país. En el mismo edificio se encuentran los Archivos de la Nación. Los Archivos de la ciudad de Santiago se encuentran en el mismo núcleo edilicio que ocupa la actual Biblioteca de Santiago, una institución de la cual hablaré en las próximas entradas.

Nuestro camino continuó a través de la populosa y atestada Alameda, testigo de manifestaciones multitudinarias y de mucha historia chilena. Y de allí llegamos al Palacio de la Moneda, la sede del gobierno de Chile, en donde trabaja la actual presidenta. Recordar los documentales del golpe de Estado en el cual perdió la vida el presidente Allende, y ver aquello... fue todo uno. Y al girarnos –justo al girarnos– en una esquina de la plaza que se abre frente a La Moneda, nos encontramos con la estatua de Don Salvador. Resultaba un poco triste verla allí, en un rincón casi oculto, al costado de todo, cuando en realidad debería estar en un sitio más visible.

Nuestro camino siguió por las calles peatonales, vagando de plaza en plaza, pasando por el Mercado Central y deleitándonos con el aroma de las frutas, el cochayuyo (algas marinas secas y empaquetadas en atados marrones) y los distintos tipos de pescados y mariscos, en los cuales Chile –país con un enorme y riquísimo litoral– es tremendamente rico. Desde congrios a erizos, desde enormes langostinos y cangrejos a percebes, encontramos de todo y más aún.

Con la boca llena del jugo de algunas manzanas, terminamos nuestro tour por la ciudad pasando por la Oficina de Turismo de Santiago (en donde recibimos una atención detallada y estupenda) y reservando los pasajes para nuestro viaje a Temuco, la capital de la Araucanía, en donde deberíamos encontrarnos con algunas colegas que trabajaban con bibliotecas en comunidades Mapuche. El resto del día transcurrió revisando mapas y folletos, preparando trayectos y visitas y, sobre todo, preparando la presentación del Taller del siguiente día. Pero esa historia (y sus contenidos) quedará para mañana.

Reciban un cordial abrazo...

Ilustración.