Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 31, 2007

De la desilusión generalizada al inventario de faltas ¿Y después?

Los escritos de mi compañera de camino

Un tiempo para intentarlo, un tiempo para lograrlo

Por Sara Plaza

Siempre nos ha sido más fácil –aunque nunca del todo sencillo– nombrar el qué que explicar el cómo. Tal vez nuestra confianza ciega en lo que vemos no nos permite observar bajo qué luz lo hacemos ni qué sombras proyecta una realidad, que está como está pero puede –y debe– dejar de ser la que es [1]. Hoy sabemos que las cosas no andan bien y podemos enumerar todas y cada una de las fallas de esa maquinaria imperfecta, injusta, inservible pero, al fin y al cabo, útil. Útil para quienes ese "mal" funcionamiento incrementa su poder y su dominio. Útil porque ese pésimo engranaje salvaguarda ciertas piezas, destruyendo –no sin cierto temor– las que no encajan. Útil donde la puesta en marcha de otros mecanismos tampoco resultó en una mejor distribución de la riqueza.

Por vergonzosas y humillantes que estas afirmaciones nos parezcan a quienes creemos y defendemos que otro mundo es posible, seguimos, en cierto modo, lamentándolas más que poniéndoles coto. Continuamos denunciándolas en calles y plazas, en aulas y auditorios, en silencio y a gritos, en pie y sentados, pero ¿cuándo nos pondremos realmente en marcha para detener tanta miseria? La propia y la ajena, la que nos mancha y la que ensucia cada esquina de este planeta. Se han escrito libros, se han dictado leyes, se han firmado tratados, se han sellado acuerdos, se han celebrado juicios y hasta condenado a quienes se declaró culpables. Todo ello debería habernos enseñado algo, sin embargo, ¿dónde está nuestro aprendizaje? Muchas cosas han cambiado, incluso algunas han mejorado, pero ¿qué pasa con todas las cosas que cada día van peor? Esas son muchas más y seguimos sin tener propuestas para resolverlas, mejor dicho, seguimos sin proponernos solucionarlas.

Hace unos días leía un libro que publicó hace varios años el UNICEF, la OMS y la UNESCO, un libro que se llama "PARA LA VIDA. Un reto de comunicación", un libro que ni la defiende, ni reta "a todo tipo de comunicadores", ni muchísimo menos va destinada a "todos aquellos que pueden ayudar a que dicha información pertenezca al patrimonio de conocimientos básicos de salud de todas las familias." Al menos tuvo la decencia de aclarar que "se dirige tanto a las mujeres como a los hombres." Y escribo esto porque sus autores jamás estuvieron en los lugares donde esa vida no vale nada ni cuenta para nadie, donde a esa vida se la mata dejándola morir. O si estuvieron, nunca descorrieron la cortina de humo que les hizo ver lo que se puede hacer pero no les permitió descubrir lo que primero se debe lograr. Escribieron su libro para que "políticos, educadores, líderes religiosos, profesionales de la salud, dirigentes empresariales, sindicatos, organizaciones de voluntarios y medios de comunicación de masas" transmitiesen su contenido a quienes se estaban muriendo por desconocerlo.

Entre sus voceros se olvidaron de nombrar a los bibliotecarios, por ejemplo. Tal vez no consideraron a las bibliotecas como lugares para el cambio, necesario y posible, que nuestra sociedad tiene que realizar. Se olvidaron también de que en ella –esa que en el año 2025 contará con 8.000 millones de habitantes– casi dos mil millones de personas "padecerán una severa escasez de agua" [2], y otros tantos habitantes del planeta "siguen careciendo de electricidad", y, según las mismas fuentes, "aun multiplicando por 100 el ritmo de progreso actual, se necesitarían al menos 400 años para satisfacerlos."

Cuando en ese libro se afirma que "Muchas madres no confían en su propia capacidad para amantar a sus hijos y necesitan recibir el estímulo y apoyo práctico del padre del niño, los agentes de salud, los familiares y amigos, los grupos de mujeres, los medios de comunicación de masas, los sindicatos y las organizaciones patronales.", ¿pensaron alguna vez sus autores que esas mujeres no tienen una pareja y fueron violadas en repetidas ocasiones?, ¿pensaron que los agentes de salud están muy lejos de donde ellas se encuentran?, ¿pensaron que los familiares y amigos les dieron la espalda?, ¿pensaron que los medios de comunicación de masas están en manos del poder económico y financiero del mundo?, ¿pensaron que los sindicatos en muchos lugares se olvidaron hace tiempo de sus bases para responder sólo ante ese mismo poder?, ¿pensaron que las organizaciones patronales no las contratarían jamás precisamente por ser mujeres? No, nunca pensaron en ello. ¿Madres que no confían en su propia capacidad? Sí, eso es exactamente lo que sus maridos, agentes de salud, familiares y amigos, medios de masas, sindicatos y patronales opinan de ellas, y lo que ellas mismas opinen no les importa, no lo quieren saber.

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que quien se niega a escuchar. También leí una vez que cada poeta es un heredero del héroe de los cuentos de hadas que puede escuchar cómo crece la hierba [3]. Imagino que si no queremos quedarnos ciegos ni sordos, algún día tendremos que atrevernos a mirar y a escuchar, y tal vez, otro día nos atrevamos a ser poetas. Sin embargo, imaginando no conseguiremos nada ¿qué tal si más a allá de seguir los pasos de esos héroes de los cuentos de hadas, nos damos cuenta de que lo que hace falta es construir un camino propio?, ¿qué tal si además de leer los decálogos para la vida de organizaciones como el UNICEF, la OMS y la UNESCO, escuchamos lo mucho que tienen que decirnos aquellos que la historia ha silenciado?. Ellos no son mudos, ni han estado callados. Su pobreza, su miseria, su enfermedad, su hambre y su sed, son un grito. Ni nuestra riqueza, ni nuestra educación, ni nuestro sistema de salud nos han servido para ser mejores pues hemos permitido –y lo permitimos día a día– que la mayoría esté muchísimo peor que nosotros.

Vuelvo a afirmar que ya sabemos lo que está mal, que también sabemos por qué está mal y que, aunque muchas han sido las enseñanzas y pocos los aprendizajes, incluso sabemos cómo tenemos que empezar a cambiarlo. Lo hemos intentado poco y lo hemos intentado mal. No existen los milagros, pero milagrosamente el hombre sigue en pie a pesar de sus continuos tropiezos. ¿Por qué nos empeñamos en rompernos la nariz cuando ella nos permite oler la podredumbre? El hedor de los poderosos apesta ¿cuándo nos daremos cuenta de ello? Si metemos las manos en sus sucios negocios terminaremos convertidos en los mismos miserables. De cómplices pasaremos a ser verdaderos culpables. ¿Es eso lo que queremos?

Fernando Savater le trataba de explicar a su hijo Amador que tenía que darse la buena vida [4]. El filósofo español nos intentaba hacer entender que existe un egoísmo que nos sienta bien, que nos hace bien, que nos humaniza. Si ya nos hemos desilusionado lo suficiente, y hemos visto la necesidad de realizar un inventario con los fallos del mundo que estamos construyendo entre todos ¿por qué no hacemos ahora lo que más nos conviene? No le corresponde al otro, es nuestra elección, nuestra responsabilidad. Hubo un tiempo para los intentos, pero ha llegado la hora de que alcanzar algunos logros. Ubiquémonos en la realidad que nos rodea, la de la puerta para adentro y la de la puerta para afuera, la de las páginas de los diarios y las de los versos de los poemas, la mía, la tuya, la nuestra. Son muchas, pero ni tan diferentes, ni tan alejadas. Posicionémonos ante la vida y tomemos partido por ella, participemos en sus organismos y organizaciones, opinemos, sonriamos y lloremos. Que no nos digan lo que tenemos que hacer cuando ya sabemos –o deberíamos saberlo– qué es lo que más nos conviene. Defendamos los medios y el modo para lograrlo y consigámoslo. Porque otro mundo es posible y la posibilidad está en nuestras manos.

[1] Paulo Freire. Pedagogo brasilero. Experto en educación popular. Autor, entre otros, de los libros La educación como práctica de la libertad y Pedagogía del oprimido.
[2] Le Monde Diplomatique. El Atlas II. Buenos Aires: Le Monde Diplomatique, 2006.
[3] Gaston Bachelard.
[4] Fernando Savater, en "Ética para Amador".

Ilustración.