Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 05, 2007

Diario de viaje (10 de 28): miradas de barro

Diario de viaje (10 de 28): miradas de barro

Por Edgardo Civallero

El martes 14 de noviembre amaneció gris sobre Lima, algo que no era extraño en aquella ciudad de clima "melancólico". El desayuno en el supermercado de turno deparó la sorpresa de frutas y sabores nuevos, y la consulta al programa del día nos enfrentó con una difícil decisión: participar en un Congreso de bibliotecología que no nos decía mucho acerca de la realidad peruana, o salir a buscar esa realidad por nuestra cuenta, en las calles de Lima.

Les cuento: la primera mesa de ese día se titulaba "Políticas públicas de acceso a la información en la Sociedad del Conocimiento" y la segunda, "Gestión del conocimiento en instituciones académicas y centros de investigación". Todo lo demás eran talleres (ya presentados) y la presentación de servicios y recursos de información (venta, venta y más venta). Las dos conferencias magistrales de la primera mesa corrían a cargo del brasileño Emir Suaiden ("La construcción de la Sociedad del Conocimiento en América Latina y el compartimiento del conocimiento") y de la peruana Maite Vizcarra ("Políticas públicas para el desarrollo de la Sociedad de la Información en países pobres"). La ponencia más interesante de esa mesa me pareció la del peruano Carlos Quispe Jerónimo ("El problema de la desinformación en Internet y su influencia en la diseminación de información por parte de los bibliotecarios"). Las dos conferencias magistrales de la segunda mesa del día corrían a cargo del mexicano Jesús Lau ("Habilidades informativas en la Sociedad de la Información") y del español José Luis López Yépez ("El nuevo profesional de la información"), acompañadas por una serie de ponencias sobre prácticas bibliotecarias en universidades.

Las propuestas (puntualmente un par de ellas) me parecían interesantes. Pero debo confesarles que tenía la sensación de que iba a oír palabras que se adecuaban poco a la realidad que vivimos, o, si lo hacían, que no proporcionaban herramientas útiles a los participantes. Conversaciones posteriores me darían toda la razón, aunque me informarían que me perdí algunas ideas tremendamente valiosas. Como sobre gustos no hay nada escrito, y como prefiero ver (y contar) realidades y no sentarme a oír palabras, decidí que, en este Congreso en particular, prefería salir a la calle, ver museos, bibliotecas y callejas, y luego consultar resúmenes y textos de ponencias.

Muchos me preguntaron cómo era que me había perdido la conferencia magistral de un monstruo de la bibliotecología como López Yépez. Por una rara ecuación que funciona en mi cabeza, encuentro que aquellos personajes más famosos son los que más me decepcionan, los que menos tienen para decir... y que los menos conocidos, los "pequeños", son los más ricos, los más interesantes, los que cuentan cosas nuevas. Aunque hay excepciones, los "grandes nombres" suelen vivir precisamente de esa "grandeza". Suelo toparme con este fenómeno en todos los Congresos, así que preferí no cansarme nuevamente. Además, ya conozco a López Yépez... y, la verdad, no es alguien que motive mi entusiasmo, precisamente.

Luego de regatear bastante, conseguimos que un taxi nos llevara al Museo Nacional de Antropología, Arqueología e Historia, nuestra primera parada del día. El Museo –que forma una unidad orgánica con la Casa Museo Simón Bolívar– se encuentra en el distrito de Pueblo Libre, frente a la Plaza Bolívar. Se trata de uno de los focos turísticos más interesantes para los visitantes extranjeros que pretendan acercarse un poco a la historia regional. Luego de admirar el gigantesco busto de Simón Bolívar situado en la plaza, entramos al edificio, de factura colonial.

Las distintas salas nos llevaron –usando un hilo cronológico– a través de las distintas civilizaciones que se habían asentado en suelo peruano a lo largo de los siglos. La primera nos mostraba maquetas y artefactos de la cultura Chavín, que se ubicó en el centro-norte de Perú 300 años a.C, centrada en la metrópoli preincaica de Chavín de Huantar. Los Chavín convirtieron sus expresiones artísticas en algo característico e inolvidable gracias al empleo sistemático de la figura del jaguar –probablemente, un animal tótem– con grandes colmillos y bocas enormes de labios gruesos. Los perfiles de esa deidad felina aparecían en uno de los monolitos de esa cultura –bellísimo– que se exhibía allí mismo, ante nuestras manos y nuestros ojos curiosos. Me hubiera encantado poder ver una réplica del famoso "Lanzón", un monumento monolítico literalmente clavado en los pasillos subterráneos de la ciudadela de Chavín de Huantar. En ese lanzón –una punta de piedra de un par de metros de altura – pueden apreciarse las mismas figuras de jaguar, los colmillos, las fauces... Imaginen lo que debió ser esa especie de tótem hace siglos, clavado en un pasillo subterráneo solo iluminado por la luz incierta y danzante de algunas antorchas. Imaginen el aspecto amenazador de esa efigie apareciendo de repente allí, en la oscuridad, con todos esos dientes y bocas.

Un poco más allá, en la historia contada por el museo a través de fragmentos pequeños de culturas antiguas, nos encontramos con los Paracas, una cultura de la desierta y sedienta costa meridional peruana, precisamente del emplazamiento del mismo nombre. Los Paracas se caracterizaron por sus expresiones funerarias, en especial por sus bultos mortuorios, que conservaban cuerpos momificados en perfectas condiciones debido al clima. Cuando hablo de "bultos", me refiero literalmente a verdaderos paquetes de ropajes, ofrendas y adornos con las que se envolvía al cadáver en capas sucesivas, convirtiéndolo, finalmente, en un verdadero fardo. La calidad de los tejidos empleados, las finas lanas y los diseños geométricos precisos realizados con fibras teñidas artesanalmente, los adornos metálicos, las ofrendas de comida... todo eso estaba allí, para ser apreciado, así como maquetas en tamaño real de las cuevas subterráneas y las distintas estructuras usadas por los Paracas para enterrar a sus muertos. Era curioso –aunque quizás el adjetivo a usar sea "conmovedor"– contemplar los detalles que esas personas tenían para con sus difuntos: los platos cocinados que les dejaban al alcance de la mano, los elementos queridos (instrumentos musicales, juguetes, armas) que les colocaban entre los dedos, la posición del cuerpo (arropado entre mantas y ponchos), las joyas y adornos de elementos preciosos para ellos (como caracolas o piedras)... todo eso era un homenaje pequeño, íntimo, a la memoria de aquel que había partido pero que un día fue amado. Esos restos inertes y fríos expuestos en las vitrinas de un museo no hablaban sólo de un pueblo, de una cultura, de una época: hablaban de seres humanos, de gente como nosotros, que lloraba, que extrañaba, que sentía dolor y pena, que no entendería –probablemente– el misterio de la muerte, que tenía fe en otra vida...

De los Paracas a los Nazcas y Moches, dos culturas emplazadas en las costas sur y norte del Perú, respectivamente. Ambas fueron famosas, al igual que la Paracas, por sus tejidos y su orfebrería, pero en estas últimas la alfarería tuvo un desarrollo excepcional. Las vasijas nazcas y moches eran representaciones de la vida de esos pueblos convertidas en ánforas, vasos y jarras. Desde un retrato a la representación de una verdura, desde una escena mítica a una escena íntima, todo se reflejaba en la cerámica. Si bien en la alfarería mochica se trataba preferentemente de representaciones pictóricas plasmadas sobre el barro, en la nazca se trataba de figuras modeladas, es decir, de la efigie de una llama o de un gobernante convertida en recipiente. Los colores eran parcos en los mochicas, un poco más vivos en sus vecinos nazca. Los diseños eran tremendamente realistas y naturalistas. Se han elaborado estudios médicos a partir de los retratos (caras, bustos, cuerpo entero) de la alfarería nazca: tales estudios han permitido elaborar un catálogo de enfermedades preincaicas. Además, es posible conocer sus productos agrícolas, los animales que se cazaban, los peces pescados, los sistemas de transporte, las indumentarias, los adornos personales, las clases sociales y sus distintivos...

...y la vida sexual.

Sí, una de las secciones favoritas de la cerámica mochica es la alfarería erótica, es decir, aquellas representaciones de la vida sexual de esos hombres y mujeres convertidas en recipientes de uso cotidiano. Se trata de un verdadero catálogo de posiciones diversas, en las cuales los artistas (o, en verdad, las artistas, pues se sabe que la alfarería era trabajo femenino) expresaban sus gustos, deseos o experiencias. Desde sexo oral a homosexualidad pasando por relaciones con animales o en grupo, todo lo que imaginen está expresado en esas vasijas, en tres dimensiones y con todos los detalles necesarios.

Otra vez, ante esas expresiones tan reales (no sólo las sexuales, sino todas) nos encontrábamos con algo que era más valioso que el propio registro arqueológico: la memoria de personas como nosotros, personas que disfrutaron de hacer arte por arte, de adornar sus vasijas contando su vida cotidiana en ellas, de expresar sus deseos y sueños más íntimos, de retratar con total realismo al enfermo, al mutilado, al tonto o al risueño. Ante esas miradas, me corrió un escalofrío. Esas miradas de barro eran las de hombres y mujeres como yo: ese se reía, aquel estaba enojado, el de allá mascaba coca, la de acullá había llorado o tenía las muelas inflamadas. Esas miradas me contemplaban desde el otro lado de sus pupilas de arcilla, moldeadas hacía siglos. Esas caras de cerámica representaban a personas que habían existido en realidad, que habían amado, que habían odiado, que habían tenido esperanzas y miedos. Como yo. Como ustedes.

Y fue allí cuando comprendí el verdadero valor de un museo. Y entendí también que una biblioteca, en cierta forma, debe (o debería) hacer lo mismo. En las páginas de nuestros libros están las palabras que un día, hace siglos o años, fueron voces. Están las opiniones e historias de gentes que hoy no están, pero que un día estuvieron. A través de los documentos que nosotros conservamos y difundimos, las voces del pasado aún resuenan en el presente. El patrimonio tangible de los museos, y el intangible de las bibliotecas son las dos caras de una misma moneda: la memoria de los seres humanos. Esa memoria es lo más valioso que tenemos, en especial cuando comprendemos de donde viene, porqué existe y cómo puede ser utilizada para aprender a andar el camino.

Siguieron salas de orfebrería, restos de otras culturas no menos importantes que las nombradas (Chimú, Lambayeque, Tiwanaku) y luego el espacio del museo en donde se exhibían los restos incas. Este espacio conectaba directamente con el Museo de Arte Colonial a través de un pasillo en el cual se exhibían las ilustraciones –en gran formato– del libro de Guamán Poma de Ayala, cuya versión digital, libre y en línea puede consultarse a través de un archivo danés. Ese libro cuenta la historia y naturaleza de la sociedad inca, la llegada de los hispanos y el régimen colonial, mostrando las torturas, los asesinatos, las injusticias, la discriminación, los desequilibrios y todo, todo el sufrimiento que las sociedades nativas sufrieron cuando los extraños llegaron. Conociendo un poco la historia inca, es preciso remarcar que no era un pueblo que vivía en paz: era belicoso, conquistador, y pocas veces tuvo piedad del enemigo, del rebelde o de aquellos que se resistieran a su avance (aunque realizó anexiones y alianzas sin uso de la fuerza). Pero luego de contemplar el resultado de 500 años de la misma política de fuerza y represión... sentí nuevamente un escalofrío al ver esas imágenes.

Una de ellas –una que siempre me impactó– estaba colocada allí: la ejecución de Atahualpa. Dice la leyenda que, cuando lo mataron, "el sol oscureció a mediodía". Esa frase, repetida en quechua de generación en generación hasta hoy –punchaw chawpi tutallarqa, creo– siempre me conmovió. Es impresionante ver cómo, aún en la actualidad, casi todos los grupos de música andina que se precien tienen al menos un tema dedicado a Atahualpa. En especial uno que le pide que se levante y que vuelva en rebelión:

¡Jatariy, Atawallpa,
Runa rebelde, Atawallpa...!

Había algo que dolía, allí adentro. Mucha memoria rota, mucha sangre, muchas cadenas. Lágrimas por los cuatro costados. Así es la historia de nuestros pueblos latinoamericanos. Cicatrices superpuestas que ocultan las anteriores sólo para agregar una nueva pena a la lista.

Pasamos rápidamente la colección dedicada a la época republicana –básicamente, fotos, retratos y copias de documentos– y llegamos al final del camino, la actualidad, una "instalación" en la cual se superponían las fotos del "chino" Fujimori con elementos populares y objetos históricos. El pueblo peruano, decía aquello, era una mezcla de elementos imposibles de desunir, de separar, de comprender sin el que está al lado. Son siglos de mestizaje, de adaptación, de aprendizaje y desaprendizaje. Y entendí que también somos esto, los pueblos latinoamericanos: un informe amasijo de olvidos y recuerdos, de cosas partidas por la mitad cuya otra mitad jamás conocimos o jamás quisimos conocer... Entendí lo complejo que somos, lo difícil que es conocernos y comprendernos, incluso para nosotros mismos... Entendí que tenemos la memoria fragmentada, las raíces amputadas y mezcladas, los valores cambiados, las ideas sopladas por vientos de todas direcciones... Y, aún así, y a pesar de todo, nos sentimos latinoamericanos. Todo un enigma. Todo un misterio. Y, por qué no, todo un maravilloso milagro de supervivencia, aventura y amor por la vida...

Tras un breve paso por la casa que ocupara el general San Martín –y que en su momento, ocupara también Bolívar– partimos del Museo rumbo a nuestra siguiente parada: el Museo de Cerámica de Rafael Larco Herrera, que, precisamente, también se encontraba en la zona de Pueblo Libre. El museo Larco poseía una de las más impresionantes colecciones de artefactos de arcilla del Perú, incluyendo su famosa "colección erótica". El antiguo dueño, perteneciente a una familia de "alcurnia y doble apellido", tenía tanta fama de erudito como de "huaquero", es decir, de asaltante de tumbas y ladrón de objetos. Fue él el que emitió la hipótesis –allá en los 60s– de que las culturas prehispánicas habían empleado signos pictográficos anotados en porotos pallares (un tipo de alubia) como escritura. Según él, algunas sartas de pallares pintados con distintos signos habrían servido como verdaderos "libros" entre mochicas y nazcas. Con estos antecedentes, nos dirigimos al lugar, sólo para encontrarnos que la entrada costaba una suma absurdamente elevada. Comprendimos que, definitivamente, algunas instituciones culturales intentaban sobrevivir gracias al turismo –o quizás sacar buen partido de las divisas internacionales– pero lamentablemente, mediante esas políticas lo único que logran es ahuyentar a los visitantes (y, a veces, a los propios nacionales).

Con la ausencia de ese museo en nuestro diario de bitácora, y con el temor de recibir similares decepciones en otras casas de cultura, nos dirigimos al centro de la ciudad, a visitar el Instituto Riva-Agüero, un organismo perteneciente a la Pontificia Universidad Católica del Perú (universidad "semiprivada", a decir de muchos limeños) que se dedica a estudios antropológicos. Personalmente, estaba interesado en conocer el Centro de Etnomusicología Andina, que conserva en sus fondos miles de registros audiovisuales de expresiones musicales de la sierra peruana y de regiones vecinas, así como descripciones e información sobre documentos, danzas y ritmos. Continuando con nuestra suerte, lo hallamos cerrado, así que anotamos una nueva ausencia en nuestra agenda y seguimos nuestro camino a través de las callejas del cuadriculado centro limeño.

Nuestro recorrido nos llevó, básicamente, a través de la misma ruta que habíamos seguido la noche anterior, apreciando los mismos edificios y monumentos a plena luz del día. En la próxima entrada anotaré algunos detalles sobre la vida cotidiana en las aceras de Lima, sobre las opiniones de muchos de sus ciudadanos, sobre las necesidades que se palpan en cada esquina y sobre la belleza de las miradas indígenas que se asoman a cada paso. Contar todo lo que vimos con Sara durante ese día –a escala arquitectónica, cultural, urbanística e histórica– ocuparía varias páginas de este blog. Terminaré confesando que una de nuestras últimas paradas fue en una casa de instrumentos musicales... allí donde brillaban las maderas de arpas huanca, mandolinas, violines, guitarras y charangos, y en donde pude entrever las siluetas delgadas de las cañas de quenas, sikus y mohoceños. Con ese aroma de maderas y cañas, de música nativa y mestiza, de sonidos de años con mucho sabor a montañas, los dejo por hoy, para encontrarlos por aquí en la próxima entrada.

Un abrazo desde Córdoba, Argentina...

Ilustración.