Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 08, 2007

Diario de viaje (11 de 28): flores entre las ruinas

Diario de viaje (11 de 28): flores entre las ruinas

Por Edgardo Civallero

En "Mensajes del alma", León Gieco cantaba...

¡Qué dignidad tan grande es la de creer siempre en la vida
con solo ver una flor brotando entre las ruinas!

Si alguna vez creímos en la vida y en la fuerza de una comunidad para salir adelante a pesar de los reveses y de las pésimas condiciones de vida que soporta, fue en Huaicán.

El miércoles 15 de noviembre era el último día de Congreso, y nuestra penúltima jornada en Lima. Un vistazo al programa del evento nos permitió saber que ya no íbamos a pasar por sus salas: la primera mesa del día se refería a "Gestión del conocimiento y empresas", una temática que no nos atraía en absoluto. La segunda, quizás la más interesante por su título ("Rol social de las bibliotecas en la Sociedad del Conocimiento") me decepcionó por completo apenas vimos que una de las dos conferencias magistrales era impartida por el vicepresidente de EBSCO. No digo que ese señor no supiera del tema (aunque guardo mis dudas al respecto). Simplemente me espanta la falta de coherencia. "Haz lo que yo digo, aunque yo no lo haga...".

Las ponencias de esta segunda mesa (la última del Congreso) estaban presentadas por representantes importantes de la bibliotecología peruana, pero aún así, mi opinión sobre alguno(s) de ellos me empujaba a creer que sabía poco de "rol social" y mucho de "rol empresarial". Y ambas ideas rara vez conjugan bien. Otra vez falta de coherencia. Y falta de honestidad: personalmente, me daría vergüenza hablar de algo en lo que no creo o que no practico o he experimentado.

En definitiva, nos despedimos de nuestros colegas congresistas y decidimos aceptar una propuesta mucho más interesante: la visita a una biblioteca de un antiguo asentamiento humano devenido, por sus dimensiones, en un enorme barrio. Huaicán –la barriada en cuestión– era una población perteneciente al distrito de ATE, de tamaño considerable y densidad alta, que había carecido de servicios básicos hasta hacía muy poco, y que, en los últimos tiempos, se había adecuado lo suficiente como para permitir condiciones de vida "estables". Aún así, continuaba siendo una de las tantas zonas pobres de Lima en las que hacía falta educación y apoyo. Incluía zonas rurales asentadas en plena sierra, así como secciones que aún conservaban condiciones innegables de precariedad.

[Deseo aclarar que, cuando hablo de "precariedad" y "pobreza" con relación a los barrios limeños, no lo hago con asombro: he convivido con las mismas realidades en mi propio país, en mi propia ciudad, y en otras ciudades de otras naciones, incluso de esas que se hacen llamar "desarrolladas"].

En ese lugar, que recién comenzaba a levantarse de las ruinas, había surgido una flor: una biblioteca. Teníamos contacto con la bibliotecaria que había trabajado por mucho tiempo en el desarrollo de esa biblioteca: Rocío Aponte.

Rocío fue nuestra guía hasta / a través / desde Huaicán. Llegamos haciendo uso de los famosos buses urbanos, que nos bambolearon un buen rato de aquí para allá. Prefiero esos medios de transporte –aunque pueda disponer de otros– porque me permiten escuchar cómo y qué habla la gente, qué opina, qué piensa, qué escucha, por qué se preocupa. En fin, entre las redadas de la policía para descubrir a los buses ilegales, las huelgas –con pedradas incluidas– y todas las complicaciones... se nos hizo muy difícil la llegada.

Huaicán me recordó, en algunas de sus partes, a aquella canción de Violeta Parra, "Arriba quemando el sol":

Las hileras de casuchas
frente a frente, sí señor...
Las hileras de mujeres
frente al único pilón,
Cada una con su balde
y su cara de aflicción.
Y arriba, quemando, el sol.

Polvareda, algunas paredes de caña, muchos techos de chapa, suciedad esparcida, miradas apagadas... Aquella imagen –ya vista hasta el cansancio en mi propio país, allá en Chaco, o en Jujuy, o en Buenos Aires– hablaba, una vez más, del desequilibrio y de las desigualdades que enfrenta nuestro mundo, de las injusticias, de las pérdidas y renuncias a las que están sometidas millones de personas. Hablaba de situaciones de las cuales muchos se quejan... sin hacer nada para cambiar algo. Hablaba del desinterés de sociedades enteras que dan la espalda, que etiquetan y discriminan, que no se solidarizan jamás, que prefieren voltear la mirada y olvidar.

La biblioteca se encontraba en el Centro Parroquial, la entidad que la sustentaba. Antes de pasar por ella, visitamos la Radio Comunitaria –también parroquial–, "Radio Emmanuel". Su director, Orlando, nos delineó someramente el rol que juega una radio de esas características como factor de cohesión, información y diversión de la comunidad. Los servicios de noticias incluían las novedades de todos los ámbitos del barrio, incluyendo aquellos sectores que, por su ubicación y condiciones, pudieran parecer olvidados. Y, evidentemente, la música no faltaba, especialmente la tradicional y la folklórica, que hicieron mis delicias.

Mientras esperábamos que la biblioteca abriera sus puertas almorzando unos ollucos (tubérculos andinos de textura y sabor muy particular) y un "seco de res" (especie de guisado que incluye arroz y carne de vaca) en una tasca bien popular, me preguntaba por qué estas experiencias y estas realidades nunca se ven reflejadas en los Congresos (inter)nacionales de bibliotecología. Es muy fácil hablar de las cosas que se logran teniendo todos los recursos. Es más: es incluso esperable que, con esos recursos, se logren esos resultados. Lo asombroso, lo rescatable, lo verdaderamente heroico, es trabajar sin recursos, a pesar de todo y de todos, en esas situaciones en las que parece no haber ninguna probabilidad de éxito. Esas –y no otras– son las experiencias de los que tenemos mucho que aprender. Las otras son meras repeticiones de cosas ya hechas, que cualquiera de nosotros, con los mismos recursos, podría llevar adelante. Pero estas experiencias son lecciones de valor, de humanidad y de profesionalidad. Lamentablemente, parece que los "grandes" de la bibliotecología (cuya "grandeza" me parece inexistente) prefieren dar la espalda a su propia realidad y a aquellos profesionales que dejan la piel a tiras por una idea notable y solidaria.

La biblioteca no nos deparaba mayores sorpresas. Se trataba de una unidad pública muy cuidada, muy ordenada, bien preparada, con libros procedentes de donaciones, espacio acondicionado para los usuarios y una sala adjunta en donde se preveía armar un taller de computación. Ciertamente, he visto muchas como esas, esparcidas a lo largo de nuestra geografía latinoamericana. El milagro ocurrió cuando comenzaron a entrar los niños, esos mismos niños de piel morena y ojos tristones que habíamos visto en el camino, en las calles, niños que venían a hacer sus tareas y necesitaban ayuda. Y allí estaba el único bibliotecario, revolviendo libros y enciclopedias, orientándolos, explicándoles. Allí estaba el milagro, allí estaba la razón y el motivo de aquellos libros allí. Allí estaba el valor de aquella biblioteca, en aquellos niños preguntando y en aquel hombre contestando. Y en aquellos libros, hablando sin voz una vez más.

El retorno al centro de Lima nos deparó otra colección de viajes en pequeños buses atiborrados de gente, que seguían empeñándose en bambolearnos de aquí para allá. Fuera podíamos apreciar un buen número de paisajes urbanos completamente distintos: desde la pobreza más rotunda a la riqueza ostentosa. Muchos limeños –desde taxistas a vendedores– nos habían hablado de la vergüenza que les provocaba que los extranjeros vieran su ciudad tan sucia y tan descuidada. Algunos echaban la culpa a los inmigrantes llegados desde las sierras hace unos años, los mismos que huían del terrorismo de Sendero Luminoso y los conflictos armados asociados. Según supimos, fueron muchas las comunidades indígenas que migraron a la ciudad en busca de seguridad y un mejor futuro, ocupando las áreas periurbanas y alimentando el caudal de marginados y pobres que jamás encontrarían un espacio y deberían subsistir haciendo lo que pudieran. A estos "extraños" a la ciudad se les echa la culpa de la mayoría de los males, acusándoselos de falta de cultura. En este sentido, encontré, en la sociedad limeña, el mismo conflicto que puede hallarse en cualquier gran ciudad argentina: la culpa de todo la tienen los "negros". Racismos internos, discriminación...

Teníamos una invitación de los estudiantes de la carrera de bibliotecología de la Universidad de San Marcos para asistir a una charla y, de paso, conocer la escuela. Así que allí fuimos. La Universidad posee un hermoso campus, que fue testigo, según supe después, de muchas luchas estudiantiles, especialmente durante la época de Fujimori. Si mal no comprendí, el campus incluye, en sus tierras, algunas "huacas" o antiguos monumentos (pre)incaicos, lo cual lo vuelve un sitio muy, muy especial. La Escuela de Bibliotecología está incluida dentro de la Facultad de Filosofía y Humanidades, un edificio de líneas sencillas y modernas, muy utilitario y bastante cuidado. La charla (incluida dentro del seminario "La realidad bibliotecológica") versaba sobre el tema "Prospectiva y comunicación: nuevas estrategias en bibliotecología" y contaba con la presencia de algunos disertantes locales. Lamentablemente, si bien la organización por parte de los alumnos fue impecable, la calidad docente de los invitados dejaba mucho que desear. Baste decir que el primero dio su ponencia en forma resumida y apresurada porque "tenía otro compromiso" y el segundo nos leyó palabra por palabra un PowerPoint de 45 minutos, que hablaba de cualquier cosa menos de lo que tenía que hablar, y que, además, mostraba complicados esquemas que ni el mismo disertante parecía comprender. Por el bien de nuestras neuronas, decidimos salir de la sala –sin enterarnos muy bien de qué trataba el tema "prospectiva"– y recorrer un poco las instalaciones de la Escuela, sencilla y bien organizada. Fue el colega Julio Santillán quién nos buscó allí y nos contó un poco sobre la historia y las vicisitudes de aquella institución.

Terminamos aquella jornada ante algunas copas de "pisco sour", brindando por el viaje que emprenderíamos al día siguiente, que nos llevaría a través del norte de Perú hacia Quito, hacia la mitad del planeta señalada por la línea del Ecuador. Sería otro largo viaje a lomos de otro autobús de la Empresa "Ormeño", una de las pocas que, por desgracia para nosotros, hacía ese trayecto internacional. Nuestro viaje y nuestra llegada a Ecuador serán tema de la próxima entrada.

Los esperamos por aquí... Un abrazo.

Ilustración.