Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 10, 2007

Diario de viaje (12-13 de 28): “la bibliotecología es un trabajo rutinario”

Diario de viaje (12–13 de 28):

Por Edgardo Civallero

El martes 16 de noviembre comenzamos otro viaje de 36 horas en otro bus perteneciente a la empresa "Ormeño". Era una de las pocas que las oficinas de turismo en Lima recomendaban para realizar ese trayecto internacional (no quisimos imaginar cómo era el servicio de las demás). Antes de partir de la ciudad, aquella mañana, dejamos de lado la visita a otros museos (habíamos pospuesto el recorrido por el Museo de la Nación y el del Oro) para participar en un conversatorio en la Biblioteca Pública de Lima, situada en pleno centro, en el antiguo edificio en donde se ubicara, previamente, la Biblioteca Nacional, y en el que también existiera, en su momento, una Escuela de Bibliotecología. La invitación para el conversatorio venía de parte de la colega Rosa María Merino, interesada en mostrarnos su lugar de trabajo a la vez que generaba la oportunidad de intercambiar ideas y experiencias entre profesionales peruanos y nosotros, cargados con historias de otros horizontes sudamericanos.

El edificio donde se situaba la Biblioteca era verdaderamente hermoso, con una fuerte influencia clásica en sus altas paredes, sus elegantes escaleras y su jardín interno. Contaba, además, con todos los servicios esperables en la unidad pública de una gran ciudad.

Las salas estaban invadidas por una multitud de jóvenes y adultos que estudiaban, buscaban información o simplemente leían como pasatiempo. El área infantil, preciosa y muy bien organizada, fue el marco de nuestro encuentro.

Durante la primera parte de nuestra conversación, charlamos sobre el tipo de problemas que enfrentaban tanto las bibliotecas peruanas como las argentinas, encontrando que, en general, se trataba de situaciones parecidas a lo largo de toda Latinoamérica: carencia de recursos, algunos errores, muchas deficiencias. Sin embargo, en la segunda parte, otra colega peruana –que trabajaba en forma independiente implementando software de acceso abierto en bibliotecas de la Sierra Central– se unió a nosotros. La discusión –muy acalorada– entre ella y el encargado de su área de trabajo en la Biblioteca Pública puso fin... al conversatorio. De su debate –a lo largo del cual salieron a relucir temáticas internas que, definitivamente, no eran de mi incumbencia– lo que más nos sorprendió fue la afirmación del colega de la BP, que sentenció que "la bibliotecología es un trabajo rutinario". El buen hombre recalcó su posición agregando que nuestro trabajo no era más que una serie de tareas repetitivas y de poca importancia y complejidad, sin innovaciones ni sorpresas. Tales palabras nos dejaron a Sara y a mí con la boca abierta, mientras nos preguntábamos como es que tales "personajes" ocupan altos cargos bibliotecarios trabajando en forma totalmente improductiva, sin defender, hacer o lograr nada, sino, por el contrario, dañando a nuestra profesión. En Argentina conozco algunos ejemplos de estos elementos. En realidad, los he encontrado en todas partes: personas que no muestran ni respeto ni estima por sus cargos, su disciplina o su trabajo, y que no hacen nada que no sea su propia conveniencia, y la autoalabanza de su propio [ineficiente] trabajo en los lugares y los momentos adecuados.

De todas formas, conocer aquella biblioteca fue un verdadero placer. Fue nuestra última visita profesional antes de despedirnos de Rosa María y subirnos al bus que nos sacaría de Lima y nos conduciría hacia el norte del país.

El paisaje costero del norte de Perú era muy parecido al de las regiones meridionales que ya habíamos cruzado durante nuestro viaje a Lima: desiertos cortados aquí y allá por valles que eran verdaderos oasis en el medio de esas áreas arenosas y resecas. Las costas continuaban exhibiendo su asombrosa profusión de tonalidades azules, con islotes de rocas negruzcas arañando las interminables playas de arenas claras, ensombrecidas por las alas de los rabihorcados y las gaviotas. El bus era, nuevamente, incómodo, sucio y ruidoso, características compartidas por la mayoría de los buses de "Ormeño" a los que nos subimos.

La noche nos alcanzó cerca de Trujillo. Nos detuvimos en un punto indeterminado, a las afuera de una ciudad. Mientras Sara intentaba descansar un poco, me senté al costado de la ruta, en la oscuridad. A lo lejos, las luces de la urbe teñían el cielo con tonos anaranjados. Desde allá me llegaban ritmos afroperuanos, cruzando el aire, voces que cantaban, palmas... Recordé que las elecciones municipales tendrían lugar en tres días en todo el territorio peruano. Y pensé que quizás, al igual que ocurre en Argentina, algunos candidatos no tenían mejor forma de ganar votos que ofrecer música, bebida y comida a la gente, evitándoles, de paso, el duro trabajo de tener que meditar sus programas electorales (por lo general, ridículamente vacíos). Pero la política en nuestros países suele funcionar de esta forma: en algunas regiones del mío, aún hoy, los votos se compran con un asado y unas botellas de vino; en muchas otras ni siquiera se compran: se fuerzan. Muchas veces me he preguntado si tenemos los gobiernos que merecemos. A veces, cuando veo la estupidez de los votantes, me inclino a creer que quizás sí.

Al amanecer del siguiente día aún estábamos cruzando la línea costera peruana, dunas y más dunas y algunas poblaciones. A la hora del almuerzo llegamos a Máncora, un centro que explota la belleza de sus playas y la fuerza de sus vientos para atraer turistas. Los visitantes extranjeros eran muchos: sus velas de windsurf cortaban las crestas de las olas. Mientras los pasajeros del bus almorzaban, nos hicimos una escapada para pisar un poco de arena de aquellas playas y dejar que el agua de mar nos cubriera de sal los cabellos. Nos habían comentado que Máncora era el sitio en el cual algunos presidentes de la Nación pasaban sus vacaciones. La infraestructura es adecuada, los restaurantes ofrecen lo mejor de la pesca de la zona, y las artesanías muestran trabajos realizados en concha y nácar. En fin, todo un entramado dispuesto para que el visitante se encuentre a gusto. Sin embargo, cruzando las espaldas de los hoteles y los comercios, nos encontramos con la Máncora real, las casas de los hombres que venden chucherías por un dólar, la de los niños que ofrecen sus servicios, la de las mujeres que cocinan en los restaurantes. Casas de muros de caña en medio de los arenales de la playa, con sus ropas colgadas al viento...

Cuando nos acercábamos a la frontera con Ecuador, la ruta se separó abruptamente de la línea costera y se internó en una región poblada de arrozales y palmeras. El verde brillante de aquellos cultivos de arroz me trajo a la memoria similares estampas entrevistas en amaneceres neblinosos en Seúl, saliendo de la isla de Incheon. La presencia de grandes ríos en aquella zona permitía la irrigación artificial de los extensos campos, limitados por filas de cocoteros y enmarcados por las siluetas violáceas, lejanas aún, de las sierras andinas. Evidentemente, el paisaje había dado un cambio radical, presagiando las extensiones de cultivos tropicales que nos esperaban en el sur de Ecuador (y que no podíamos apreciar en el viaje de ida porque los cruzaríamos de noche). Definitivamente, comprendimos que la infinidad de paisajes, de vistas, de visiones, de colores y de ambientes que exhibía nuestro continente jamás dejaría de asombrarnos con alguna nueva sorpresa. Y nos sentimos, de alguna forma, afortunados por tener la posibilidad –a pesar de las incomodidades que pagábamos como costo– de poder admirar aquellos cambios, aquellas progresiones de verdes y pardos, aquellos arenales y cocoteros, aquellas costas y montañas.

Dicen que se ama lo que se conoce. Nosotros nos estábamos enamorando de aquellas tierras, a pesar de las cicatrices y las heridas abiertas que mostraba por sus cuatro costados. Si algo me enseñó el amor, es que hay que querer todo, no la parte que más nos convenga o guste. Quizás este sea uno de los más graves errores de los latinoamericanos.

El cruce fronterizo entre Aguas Verdes (Perú) y el lado ecuatoriano fue caótico. La frontera no está claramente definida: hay que detenerse en dos o tres puntos, para sellar el pasaporte, para los controles de aduana y para chequear nuevamente los pasaportes. Los problemas, quizás, estriban en que aquellos que cruzan por su cuenta (y no como nosotros, que cruzábamos orientados por la gente de "Ormeño") se arriesga a caer en manos de algunos individuos que se ofrecen para guiarlos y ayudarlos con los papeles dentro de aquel laberinto de oficinas tan distantes unas de otras, en el marco de dos pueblos que son verdaderamente caóticos. Estos individuos piden un precio al principio, y luego de cumplido el trato piden otro, usualmente un 800% más alto, y lo cobran ayudados de amenazas y la colaboración de algunos compinches malencarados. Supimos de compañeros de viaje que perdieron 100 dólares de un solo golpe, gracias a las argucias de estas personas. Por ende, desoímos el "canto de las sirenas" que nos ofrecían sus servicios cada tres pasos, y nos subimos sin novedad al bus, cuando ya comenzaba a caer la tarde.

El día siguiente nos encontraría en Quito. Pero esto será tema para nuestra siguiente entrada.

Ilustración.