Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 12, 2007

Diario de viaje (14 de 28): a los pies del “taita” Imbabura...

Diario de viaje (14 de 28): a los pies del

Por Edgardo Civallero

Ecuador siempre representó, en mi imaginario personal, un país maravilloso. Me crié muy lejos de mi tierra natal, como un inmigrante latinoamericano más de todos los que poblaron tierras españolas en los 80. Allí, mis mejores amigos –aquellos con los que comencé a tocar música en las calles– eran ecuatorianos, indígenas quechuas de la región de Otavalo. En las largas horas que compartíamos no hacían más que hablar de la belleza de sus campos, de sus montañas, de sus mujeres, de sus mercados, de sus comidas... Con ellos aprendí la lengua quechua y la magia de las flautas y las cuerdas andinas.

Una de las promesas que me hice al retornar a Sudamérica, a finales de los 90, fue visitar los valles de los que mis amigos hablaban con tanta emoción, con ese brillo en los ojos que denotaba la nostalgia y los recuerdos. Sería recién ahora, a lo largo de este viaje de miles de kilómetros y decenas de horas de bus, cuando podría, por fin, cumplir mi deseo.

Llegamos a Quito después de 36 horas de trayecto que demolieron lo poco que quedaba de nuestras estructuras corporales. La fatiga nos había quitado muchos ánimos y había disminuido un poco nuestro buen humor, aunque no por ello dejábamos de mostrarnos animosos ante los horizontes que se presagiaban. Abrimos los ojos en un paisaje de montañas pobladas de praderas, arboledas inmensas, altas cumbres y valles alfombrados de todos los verdes que puedan imaginarse. Aquello era un cambio radical de temperaturas y ambientes que nuestras pupilas –habituadas ya a la dureza del desierto– agradecieron en cierta forma. Esas tierras altas que cruzábamos nos hablaban de agua, de lluvia, de nieblas, de vida...

Llegamos a Quito el sábado 18 de noviembre, muy tempran.. Nuestro conocimiento de aquella ciudad era nulo, pero afortunadamente teníamos amigos que nos estaban esperando. Ellos dos –Gloria Añazco y Eduardo Proaño, bibliotecarios y excelentes compañeros– nos abrieron las puertas de su casa y de su familia, y nos adoptaron como hermanos e hijos, incorporándonos automáticamente a sus actividades. No creo que haya forma de agradecer la infinita amabilidad, la cordialidad, el cariño y el respeto que nos prodigó esa familia, cada uno de sus miembros, durante el tiempo que compartimos con ellos. Baste decir que hay cosas que nunca se olvidan, risas y abrazos que quedan siempre marcados en un rincón del corazón, a la espera de ser revividos y disfrutados nuevamente.

Recibidos en forma tan hermosa, nuestro cansancio se disipó, y luego de un desayuno y una merecida ducha, decidimos –en forma bastante abrupta, como suelen ser todas nuestras decisiones relativas a viajes– que visitaríamos Otavalo. Aquí es preciso detenerse un minuto para comentar que las sociedades de habla quechua del Ecuador se subdividen en distintos grupos, uno de los cuales es el otavaleño, es decir, el que se asienta en la ciudad de Otavalo y en las comunidades que se arremolinan a su alrededor. Estas gentes poseen una personalidad tremendamente fuerte: conservan sus tradiciones, su indumentaria, sus costumbres y su lengua, pero a la vez son muy dinámicos y progresistas, y son aquellos que han viajado al exterior para vender sus artesanías y para promocionar la música y los sonidos andinos por el mundo. Las trenzas y los ponchos azules de los hombres son un signo distintivo de estos comerciantes-artistas de piel cobriza y acento dulce (aún cuando hablan castellano, el acento de su quechua inunda cada frase). Cada comunidad se ha especializado en una artesanía distinta, y cada miembro de la misma está muy orgulloso de su pertenencia, existiendo disputas tradicionales entre pueblos.

En fin: Otavalo, junto con Ibarra, son las dos urbes más importantes de la zona. El resto son pueblos, villas y comunidades campesinas esparcidas entre las montañas, al pie del padre ("taita") Imbabura y de la madre ("mama") Cotacachi, dos volcanes que suelen estar, sino cubiertos de nieve, al menos tapados por las nubes de tormenta.

El valle de Otavalo (llamado poéticamente "el valle del amanecer") es foco de artesanos, músicos y tradiciones. Los sábados, la ciudad es centro de un mercado de artesanías y productos famoso en el mundo entero (al menos, entre los viajeros conocedores). Queríamos aprovechar aquella oportunidad única para visitar tanto el valle como la ciudad en día de mercado, pues en ese momento se concentran gentes de comunidades circundantes que bajan a la ciudad para mercar sus comestibles por telas, sus telas por granos, sus granos por animales, sus animales por cerámicas y así sucesivamente. Podríamos ver instrumentos, comer algún plato tradicional, observar vestimentas típicas, oír mucho quechua, oler aromas y vislumbrar colores con siglos de historia y, en definitiva, escuchar como latía la sangre indígena en el corazón de América. Además, cumpliría un sueño personal, pisando las calles que mis antiguos amigos habían caminado desde niños.

Así que, al tiempo que decidíamos viajar, preparábamos un equipaje mínimo, mientras nuestros anfitriones nos buscaban un contacto en el pueblo de Peguche, pequeña comunidad nativa cercana a Otavalo. El contacto sería una maestra llamada Elena Huenala. Y el viaje se concretaría media hora después, cuando nos subíamos al bus que treparía por las sierras que rodean la enorme urbe de Quito, dejando a un costado al volcán Wawa (hijo) Pichincha, que domina la capital ecuatoriana, activo aún, y que de vez en cuando la cubre de cenizas.

No, no tuvimos tiempo de conocer el centro quiteño, ni sus calles coloniales, renombradas por su belleza. Pero ya lo haríamos en días sucesivos. Ahora, embarcados en una nueva pequeña aventura –las que más disfrutamos– veíamos desfilar ante nuestros ojos las casas con tejas que caracterizan a aquel valle del norte, y las vacas, y los pastizales fecundos, y las huertas y cultivos, y las cimas andinas dominando todo. En aquel trayecto recordaba que aquellas habían sido tierras que resistieron por años el embate incaico, que luego habían sido parte del Chinchaysuyu gobernado por Huáscar, el malogrado hermano de Atahualpa. Y que luego no fueron más que un dominio más de la corona hispana. Un dominio que siguió el destino de los virreinatos americanos hasta que el movimiento iniciado por Bolívar y continuado por sus generales alcanzó aquellas lomas y aquellos valles y logró la independencia.

El camino era una ruta zigzagueante que llevaba, como destino final, a la ciudad de Tabacundo (más al norte de Otavalo) de donde procedía uno de los sanjuanitos más famosos del Ecuador: "Tabacundeña". Los sanjuanitos son ritmos musicales propios de aquella zona; originalmente se interpretaban en las fiestas de San Juan, pero luego se volvieron algo así como un "himno" de la música folklórica andina. El sonido de sus instrumentos, especialmente el del rondador (una flauta de pan de estructura y timbre similar a la usada por los afiladores callejeros de cuchillos) le da un toque que lo caracteriza en forma particular.

Otavalo ya mostraba una actividad ajetreada cuando nosotros nos bajamos –bostezando y estirándonos– del cómodo bus. No sabíamos ni en dónde estábamos ni dónde teníamos que ir, pero un poquito de experiencia en el asunto nos empujó a seguir a la multitud. Así que comenzamos a seguir a las mujeres, vestidas con sus blusas más coloridas y sus faldas monocromáticas, y cargadas con enormes fardos atados con telas de tonos brillantes, y a los hombres que acarreaban cajas, y a muchas abuelas que guiaban una cohorte de niños (los más educados que vimos en todo el viaje) vestidos también con sus trajes típicos. Mientras andábamos aquellas callejas ya cubiertas de vendedores, gritos, invitaciones a comprar hechas en quechua o perfecto castellano y aromas de comidas recién preparadas, nos preguntábamos si todo aquello no sería más que un circo preparado para visitantes como nosotros. Pronto entenderíamos que no, que aquello era una celebración a las costumbres, a la vida tradicional que esos pueblos decidieron mantener... sin por ello renunciar a la modernidad.

Caminamos un rato, pues, dejándonos llevar por aquel flujo humano que iba y venía a sus quehaceres, esperando llegar, en algún momento, a la "Plaza de los Ponchos", es decir, al Mercado Artesanal. Hay tres mercados en Otavalo los sábados: el de productos, el de animales y el de artesanías. El último es el recomendado a todos los turistas. Pero la mano de alguna deidad –sabedora de que no somos turistas comunes– nos guió hacia el mercado de productos, es decir, el que nunca pisan los extranjeros porque está destinado a la venta y trueque local de frutas, verduras y otros comestibles y elementos. Allí desembocamos, en una especie de mercado techado que ocupaba una manzana entera... y allí nos quedamos casi toda la mañana, caminando muy despacito, recorriendo cada metro, parando en cada puesto para observar aquella profusión de tactos, formas y colores que nos eran desconocidas o que, de ser conocidas, eran bien diferentes de lo que teníamos en España o Argentina. De alguna radio salían sanjuanitos, y de todas las calderas y ollas que hervían en el corazón del mercado –en el Comedor– salían olores que anticipaban un delicioso almuerzo. Desde semillas a fideos secos, desde cangrejos que aún se movían (y que eran vendidos en atados por algunos jóvenes) hasta los productos de los negros del Chota (uno de los grupos de origen africano que aún quedan en Ecuador), desde mangos tropicales al arroz (infaltable elemento en la cocina ecuatoriana), todo estaba allí, expuesto. Las vendedoras, que charlaban animadamente en quechua, nos miraban con la misma curiosidad con la que nosotros admirábamos sus adornos y trajes. Los refrescos de mil frutas, las malteadas y los batidos coloreaban aún más los mostradores de los vendedores.

El comedor –la zona central de aquel mercado cubierto– era una serie de largos mostradores-mesas tras los cuáles las cocineras se afanaban sobre los hornillos de gas para terminar de preparar las fritadas (trozos de carne de vaca o cerdo fritos), las tortillas (bolas de puré fritas, a veces con agregados de verduras o chicharrones), el pollo, el "seco de res" (guisado a base de carne de vaca) y otras delicias que componían la gastronomía local. Suponíamos que en muchas comunidades, el mero hecho de comer carne era una fiesta: al igual que en Argentina, los campesinos que crían animales los cuidan como su mayor capital, matando alguno para alguna fecha particular, como algo muy especial. Así que aquel comedor ofrecía, por un dólar, platos que no eran degustados a diario precisamente.

Allí nos sentamos a la hora de comer, dos más entre aquella muchedumbre que comerciaba, se contaba las últimas noticias, comía o descansaba de una larga mañana de caminata y compras. Aún estábamos convencidos de estar en el mercado artesanal turístico, y nos asombraba no ver a ningún otro extranjero.

Salimos de aquel mercado deleitados, y mientras Sara se detenía junto a una madre para aprender cómo hacían las mujeres para atarse los niños a la espalda con sus rebozos, yo intentaba comprender aquel idioma indígena tan bello, que yo hablaba despacito, despacito, y que me resultaba difícil a aquella velocidad. "Alli punzha... Imanallataq kanguichiq, wauqekuna?" (buen día... ¿cómo estáis, hermanos?) se escuchaba por allí... Era realmente emocionante escuchar hablar así, en forma corriente, una lengua tan valiosa como aquella. Era estar disfrutando una parte tremendamente importante de nuestra identidad, de nuestro patrimonio cultural.

Nuestros pasos nos llevaron por las calles adyacentes, en donde se alineaban docenas de puestos de artesanías, esta vez destinados a turistas y visitantes, aunque la calidad de lo vendido era excelente: tallas en madera, instrumentos musicales, CDs, textiles, metalurgia... Poquito a poco, probando un charango aquí, curioseando algunas ropas allá, mirando algo de música acullá, fuimos avanzando hasta llegar a la "Plaza de los Ponchos", en donde nos encontramos con todos los extranjeros, y en donde finalmente comprendimos que, en vez de realizar el circuito turístico, habíamos seguido el circuito local. Lo cual, al fin y al cabo, nos hizo muy felices, porque era algo más adecuado a nuestra idiosincrasia.

Paseamos un rato más por Otavalo, y nos sentamos un largo rato en la plaza Rumiñawi, en donde se alza una cabeza descomunal en honor al general inca, cuyo nombre significa "ojo de piedra". Llegando allí, recordé una canción del grupo otavaleño Charijayac, que, cuando yo era sólo un jovencito, compuso el tema "Otavalo y punto", en el cual decía "construyendo el Parque Rumiñawi". Cuando, con mis amigos músicos, oía ese tema allá en España, tan lejos en tiempo y espacio, me comentaban que aquella plaza estaba en construcción, y que hubieran deseado estar allí para verla inaugurada y poder pasear de la mano de sus enamoradas, o con sus hermanos y madres. Estar allí, parado en aquella plaza ya construida, fue pensar en aquellos otavaleños que estaban tan lejos, en aquel muchacho que fui, en todos los sueños y las ganas de visitar aquella ciudad que había tenido a lo largo de todos estos años. Y pensé que, de una forma o de otra, la vida nos va dando las oportunidades para hacer las cosas. Y, si a veces esas oportunidades llegan tarde (a nuestro entender) quizás sea porque llegan en el momento más oportuno para que sepamos apreciarlas y disfrutarlas.

Atardecía cuando buscamos un taxi que nos llevara a la vecina población de Peguche, en donde la amiga Elena Huenala nos había ofrecido alojamiento. Peguche es una pequeña población de raigambre campesina, emplazada a los pies de la inmensa mole rocosa del Imbabura. Es muy conocida por ser nido de artistas y músicos, y por sus producciones textiles, comercializadas en el mundo entero a través de sus incansables vendedores itinerantes. Es una población muy cercana a Otavalo: podríamos haber ido caminando fácilmente pero las nubes que cubrían las cumbres amenazaban con descargar tormenta, así que buscamos posada cuanto antes.

Encontrar a Elena, su casa y su familia fue fácil. Enamorarnos de todo ello fue más fácil aún. Pasaríamos con ellos esa noche y el día siguiente. Pero de todo ello les hablaremos en la próxima entrada, pues ese día –quizás el más hermoso de todo nuestro viaje– merece un tratamiento especial.

Desde una Córdoba estival, plagada de mosquitos voraces, les hacemos llegar un abrazo...

Ilustración.