Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 18, 2007

Diario de viaje (15 de 28): las voces de Peguche

Diario de viaje (15 de 28): las voces de Peguche

Por Edgardo Civallero

Habíamos llegado a Peguche el sábado anterior, huyendo de las primeras gotas de una lluvia que se presagiaba torrencial, y buscando un techo bajo el cual poder descansar de un viaje que, hasta ese momento, había sido ininterrumpido. Cegados por los colores del mercado sabatino de Otavalo, con todos los aromas aún metidos en la cabeza y todos los sonidos –los de la música, los de la lengua quechua– todavía resonándonos en los oídos, llegamos a aquella pequeña comunidad, situada a sólo un par de kilómetros al norte de la plaza de Otavalo. El taita Imbabura se veía amenazador sobre nuestro horizonte, coronado por todas las nubes de tormenta, iluminado por todos los relámpagos.

Nuestro contacto en Peguche era Helena Huenala, una maestra cuyo apellido –lo sabríamos después– era de larga raigambre en la comunidad. Hablante nativa de quechua, poseedora de una cultura exquisita y de una cortesía impoluta, viajera empedernida y sobreviviente de todos los males que la habían azotado, Helena nos recibió con los brazos abiertos –aún sin conocernos– y nos abrió, asimismo, las puertas de su hogar y las de su familia. Tardamos muy poco en sentirnos como de la casa y en estar charlando en su pequeña salita, bebiendo un té de hierbas.

La mañana del domingo 19 de noviembre nos encontró a Sara y a mí asomados por las ventanas de la habitación en la que dormimos, mirando hacia un lado –la cima del Imbabura, descubierta de nubes– y hacia el otro –la cumbre del Cotacachi, totalmente nevada– y descubriendo ante nosotros un pueblito de casas con tejas, huertas y calles transitadas, ya desde temprano, por gente que caminaba con paso rápido a sus quehaceres, o quizás a misa. Era curioso ver que vestían mayormente su indumentaria tradicional, algo que hasta entonces sólo había visto en las calles de La Paz, con las mujeres Aymara.

Bajamos a ayudar con el desayuno, mientras nos enterábamos que, en la estructura andina de pensamiento, las montañas, además de ser la sede de los espíritus protectores de las comunidades ("apus"), tienen sexo. Así, el Imbabura era varón, y tenía, además, nombre de tal: José Manuel. El Cotacachi era hembra, y se llamaba Blanca Nieves. Las leyendas que unían a ambos montes en relaciones de distinta índole eran numerosas, y ocupaban una gran parte de la tradición oral de las poblaciones indígenas de la zona.
Y eran muchas esas poblaciones. Desde Ibarra a Otavalo, desperdigadas entre las montañas y valles, se levantaban infinidad de pequeñas villas, cuyos nombres me recordaban las letras de muchos sanjuanitos tradicionales: Tabacundo, Iluman, Chimbaloma, Cotacachi, Carabuela... En cada una de ellas se fabricaba un tipo particular de artesanía, ya fueran sombreros de fieltro, zapatos o textiles, productos estos de los que la propia Peguche se enorgullecía.

Mientras Helena preparaba el desayuno, su hermana nos mostró la huerta y los productos que daba la tierra, entre los que encontramos algunas frutas que desconocíamos –la uvilla y la granadilla, entre ellos– y otras que, aunque conocidas, nos deleitaron con su sabor al comerlas recién arrancadas de la mata. Recordábamos como muchos niños criados en la ciudad no saben siquiera que la mandarina sale de un árbol, o cómo es la forma de la planta de maíz, o que la papa de sus "snacks" es un tubérculo que crece bajo tierra. Quizás la biblioteca y la escuela tengan un rol importante en volver a naturalizar lo desnaturalizado, en acercar de nuevo a los niños y niñas –futuros hombres y mujeres– a la tierra.

El desayuno incluía jugo de "tomate de árbol" (otra fruta desconocida para nosotros), pan, queso fresco, té de hierbas y "kanguila" (palomitas de maíz). Antes de comenzar a desayunar llegó el padre de Helena, un hombre ya entrado en años pero con una lucidez mental que asombraba (más tarde nos enteraríamos que ni siquiera él sabía cuántos años tenía). Se trataba de uno de los principales músicos de la comunidad, así que, luego de disfrutar de sus historias y de saciar su curiosidad –y la del resto de la familia– sobre nuestros respectivos países y sus condiciones de vida, nos trajeron una derrengada flauta dulce de plástico y comenzó el verdadero diálogo entre nosotros. Canción va, anécdota viene, aquel músico veterano comenzó a desgranar gran parte de su vida artística, compartiendo con nosotros su orgullo por ser el autor del "himno" de la comunidad, titulado "Peguche tio" (Señor de Peguche). Era curioso notar, en los diálogos mantenidos en la mesa –tanto en quechua como en español– el respeto mutuo exhibido en el trato entre padres e hijos. Y era curioso también notar como el viejo músico se dirigía a nosotros hablándome a mí hasta que se decidió a incluir a Sara –dejada ligeramente de lado hasta ese instante– en la conversación.

De todas esas bocas, a lo largo de ese rato, fuimos oyendo historias de viajes, de idas y venidas, de fracasos, de envidias dentro de la comunidad, de conflictos, de sacrificios... Comprendimos plenamente algo que ya nos habían comentado como característica principal de los otavaleños: su espíritu de lucha, su enorme iniciativa, su inteligencia y su capacidad de adaptación. Aunque también descubrimos, bajo todo eso, un inmenso apego al terruño, una melancolía enorme, un sentimiento que yo ya había visto antes, allá en España, en los ojos de mis amigos ecuatorianos emigrantes.

Tras el desayuno, la hermana de Helena nos invitó a visitar la Cascada de Peguche, uno de los mayores atractivos turísticos del área, emplazada a un par de kilómetros del centro de la villa. Caminando despacito por las calles –empedradas algunas, de tierra las otras– fuimos descubriendo la vida matutina de la comunidad. Aquí, un vendedor de guavas –enormes vainas cuyo interior dulce es comestible– ofrecía su mercancía; allí, un par de mujeres cargaban fardos y niños; más allá, algún abuelo se sentaba a la puerta de la casa. "Ñanda mañachi" saludaba nuestra guía: "préstame el camino" estaba diciendo en quechua, un saludo que semejaba una especie de petición de permiso para poder pasar delante de otra persona mostrando respeto. Las calles estaban sembradas de las enormes semillas de la guava, mientras la hermana de Helena nos contaba un poco de la historia de la comunidad, de la pertenencia de las tierras a una estancia y del trabajo que los comuneros debían realizar allí, de cómo Peguche había recuperado sus tierras, de las divisiones y los usos de la misma. Cruzábamos "chaqras" (chacras, campos de maíz) en los que las pequeñas sementeras recién brotaban, mientras nuestra amiga iba compartiendo con nosotros sus conocimientos sobre las plantas de las zonas, comentándonos las costumbres, las relaciones dentro y fuera de la comunidad, el estilo de vida... En un momento se detenía para contarnos la composición de una mezcla de hierbas y frutas considerada un remedio milagroso para el "chuchaki" o resaca alcohólica; en otro, nos mostraba una planta crasa –el "penco", parecido a un agave de pequeño tamaño– cuyas hojas, cortadas en tiras, eran usadas como jabón para lavar a orillas de las acequias, dejando la ropa blanca y limpia sin ensuciar el agua con espumas y otros compuestos dañinos. Unos pasos más allá nos contaba los usos del "cháwar" o agave real, cuyas fibras se usaban para textiles y cuya pulpa, fermentada un poco, daba el "cháwar mishki" (una bebida de sabor dulce y agradable) y, fermentada un mucho, algo muy parecido al pulque mexicano, con una graduación alcohólica bien alta. Mientras caminaba mostraba sus ropas a Sara y le contaba cuáles eran las antiguas tradiciones de las mujeres para vestirse, mientras señalaba que, en tiempos pasados, hombre y mujer eran iguales, respetando la concepción dual del universo andino... pero que luego llegó el machismo. Aún así, comentaba nuestra amiga con una enorme sonrisa pícara, las mujeres otavaleñas tenían aún una fuerte autodeterminación e independencia, algo que nos había quedado muy claro el día anterior, al notar que la mayoría de las comerciantes del Mercado de Otavalo eran mujeres y adolescentes, e incluso niñas que habían regateado con nosotros con una destreza magistral...

Totalmente conscientes de lo afortunados que éramos ambos al tener a nuestro lado a una persona con esos conocimientos y esas ansias de compartirlos, seguimos andando hasta que un cartel nos dijo "Bienvenidos a la faccha". Allí, mi cabeza estalló. Ese mismo era el título de una canción que yo amaba (del grupo italiano "Trencito de los Andes") aún cuando nunca supe qué era la "faccha". Allí mismo me enteré que esa palabra era "cascada" en quechua.

La canción de la que les hablo describía, paso por paso, una visita a aquella caída de agua, que era lugar de ceremonias, encuentro y leyendas para las comunidades de la zona. Así que, de la mano de aquella letra –almacenada en mi cabeza desde mi adolescencia– y de la de Sara, fuimos recorriendo los senderos sombreados por un bosque de eucaliptos, y los bordes de las acequias –antes de piedra, hoy de cemento– hasta que llegamos al río, que antaño había sido lugar de molinos, y al enorme salto de agua, encajonado entre altas rocas en un entorno natural impresionante. Nos dejamos mojar por la espesa nube de agua que provocaba la "facchita", mientras nuestra amiga nos contaba algunas de las leyendas asociadas a la cascada, como la del caldero de oro escondido en su seno, que muchos aún siguen buscando y que, según cuentan, brama algunas noches.

A la vuelta, nuestra anfitriona nos contó un poco de la realidad cultural de la región. Sin bibliotecas en las comunidades, con pocos programas de educación bilingüe, con varios esfuerzos pequeños y poco organizados, con muchas manos extranjeras que venían a ayudar y terminaban yéndose sin haber hecho ningún cambio en la realidad... la gente de Peguche parecía pedir una biblioteca a gritos. Según nos contaba, antaño había existido una colección indigenista en Otavalo, en desuso en la actualidad.

Parecía haber muchas cosas que antaño existían pero que ya no. Mientras oía todo eso, pensaba en las miles de manos inútiles, en los miles de colegas que no saben qué hacer con su profesión, en los miles de estudiantes que no saben hacia donde encarar sus estudios o ni siquiera pueden decir por qué estudian bibliotecología. Pensaba en los grandes discursos de los grandes personajes, pensaba en tantas reuniones sin sentido, en tantos imbéciles escribiendo sandeces, en tantos libros que siguen olvidando a los olvidados, silenciándolos aún más. Pensaba en tanta hipocresía, en tantas vidas desperdiciadas en pos de sueños que no sirven, cuando hay sueños reales que sólo necesitan un empujoncito para nacer y florecer, un empujoncito que nadie se molesta en darles.

Pensaba en todo eso, y, como siempre me ocurre, sentí náuseas, y una rabia enorme, y una frustración infinita.

Bajábamos de la cascada, saludando "ñanda mañachi" aquí y allá y conversando sobre escuelas, educación, problemas comunitarios, celos de una familia por los recursos y el bienestar de la otra (algo que no solía ocurrir, pero que llegó de la mano de la "cultura" moderna), cuando nos encontramos el más clásico ejemplo de "turista extranjera" que nos podíamos cruzar en el camino: una estadounidense. Sin siquiera molestarse en pronunciar una palabra en castellano, nos abordó en inglés diciéndonos que buscaba cierta tienda de telares y textiles. Criticando sin cesar todo lo que había visto y oído, nos pidió ayuda para encontrar el lugar, pues quería regatear y conseguir precios baratos por artesanías que valían una fortuna, al menos en horas de trabajo. Llegados al sitio, quiso comenzar el regateo, pero decidimos dejarla librada a su suerte. Nos pareció horroroso que se ofreciera tan poco dinero por artesanías que costaban un enorme esfuerzo y en las que el tejedor –que trabajaba a la vista– ponía lo mejor de su técnica y de su arte. Nos pareció enfermizo comparar esas obras con las baratijas –ciertamente regateables– de los mercadillos de turistas. Y nos pareció honestamente asquerosa la actitud general de esa persona, aún cuando sabíamos que son miles los visitantes extranjeros que la mantienen, en Ecuador y en cualquier sitio. Quizás un poquito de educación no les vendría nada, nada mal.

Al final del camino de regreso me tropecé con una casa en la que, en forma totalmente, artesanal, se fabricaban instrumentos, así que decidí entrar para curiosear precios, elementos y ambiente. Entramos, al grito de "minga chiway!", a un patio interno en el cual se acumulaban atados de cañas de distintos grosores y tamaños, mientras que, en una pared, se exhibía el trabajo terminado: rondadores, zampoñas, quenas, mohoceños, tarkas, quenachos, pífanos, flautas traversas... El artesano estaba ausente, y mientras la esposa me explicaba, en quechua, un poco de la labor realizada por su esposo, yo disfrutaba viendo el banco de trabajo, imaginando las manos callosas eligiendo los distintos tubos, probando su vibración y su sonido, limpiándolos. No, ni averigüé precios ni regateé nada: sencillamente disfruté de una imagen que, en otras partes de nuestro mundo, ya se ha perdido, y que aquí aún sobrevive.

Antes de nuestra partida, la familia Huenala nos obsequió un almuerzo con carne de conejo, plato que no se consume todos los días en Peguche. Mientras Sara participaba activamente en la cocina, revolviendo pailas y compartiendo recetas e historias, yo preparaba la mesa y los bancos, pensando que aquella estadía en Peguche había sido, hasta el momento, lo mejor que habíamos experimentado a lo largo del viaje: quizás por su pureza cotidiana, quizás por su simplicidad, quizás por su autenticidad, quizás por todo lo que aprendimos, todo eso que jamás aprendimos ni vimos en uno de los tantos Congresos profesionales a los que asistimos. No... Las cosas importantes no están en los sitios "importantes": están a la vuelta de la esquina, en lugares como aquella casita de Peguche. Son las motas de felicidad que nos tocan sin avisar.

Almorzamos comiendo con la mano, sin cubiertos de ningún tipo. Fue ensalada, trozos de conejo frito, papa y maíz recién cosechados de la chaqra, y agua por todo líquido. Nos marchamos poco después, bajo una lluvia mansa que había salido desde detrás del Imbabura horas antes, casi por sorpresa. Al subirnos al pequeño bus de la empresa "Imbaburapak" que nos llevaría a Otavalo, nos sentimos, por vez primera en nuestras vidas, realmente distintos: todos los pasajeros eran indígenas, vestían su indumentaria tradicional, y el único idioma que se oía era el quechua. Sin embargo, las miradas eran amables, risueñas quizás, educadas siempre. ¿Cuántos citadinos occidentales pueden enorgullecerse de ser tan respetuosos con aquellos que son "distintos"?

Desde Otavalo, un cómodo coche nos llevaría a Quito, en donde nuestros amigos Gloria Añazco y Eduardo Proaño nos recibirían para disfrutar de una deliciosa "merienda" (que cumple el papel de nuestra "cena") y llevarnos al hotel en el que residiríamos en la gran ciudad. Al día siguiente –que también pronosticaba lluvia– saldríamos a conocer el casco histórico de la villa. Quedábamos, así, a la espera del desarrollo del último congreso de nuestra lista, el IX Encuentro de Bibliotecarios Ecuatorianos. Pero esta es otra historia para otra entrada de esta bitácora...

Un abrazo...

Ilustración.