Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 22, 2007

Diario de viaje (16-18 de 28): de callejas e iglesias a la sombra del Pichincha

Diario de viaje (16–18 de 28): de callejas e iglesias a la sombra del Pichincha

Por Edgardo Civallero

Amaneció húmedo el día en la húmeda cama de la húmeda habitación del húmedo y frío hotel en el cual decidimos alojarnos en una Quito húmeda e inestable. Las malas lenguas adictas a las leyendas urbanas decían que en la capital ecuatoriana, para protegerse de la lluvia, bastaba cruzar la calle: en la acera de enfrente no sólo no estaría lloviendo, sino que haría un tiempo totalmente distinto. Esta disparidad del clima y de las lloviznas, si bien no era tan extrema como contaba el "mito", era ciertamente real. Fuera como fuese, decidimos salir a caminar la ciudad, a recorrer aceras y calles para poder encontrarnos con los quiteños y su vida cotidiana.

Nuestro hotel estaba situado en el centro de la ciudad, en los barrios que antaño habían sido reducto de gente adinerada y que en la actualidad habían descendido de categoría. Hacia el este se hallaban los barrios nuevos, los de gente rica, y hacia el oeste se emplazaba el casco antiguo, que fue el primer Patrimonio Cultural de la Humanidad declarado por la UNESCO, si no entendimos mal. Hasta allí nos separaban unas 40 manzanas, así que iniciamos la caminata temprano, después de desayunar en una fondita callejera en la cual nos pusieron café, un vaso enorme de jugo natural de frutas, pan con queso y un huevo. En días sucesivos comprenderíamos que ese era el desayuno básico de todo quiteño, y que la profusión de frutas exóticas que había en el país era bien aprovechada para producir deliciosos jugos y batidos.

Tomamos, pues, la céntrica Avenida 10 de Agosto, bordeando el parque "El Ejido", área verde de la ciudad en la cual, a cualquier hora del día, los quiteños se relajan, e incluso pueden acceder a unos buenos libros en la Biblioteca Pública situada en un extremo del parque, y que lleva su mismo nombre. Esas bibliotecas en plazas y paseos públicos –viejas conocidas y amigas de mi infancia– son, quizás, el mejor ornamento que puede tener una zona recreativa situada dentro de una ciudad.

Del parque "El Ejido" pasamos a la "Alameda", donde se alza un majestuoso monumento al Libertador Simón Bolívar, y en donde se levanta, asimismo, el antiguo Observatorio Astronómico, antaño hermoso y hoy en plena reconstrucción. Continuando nuestra caminata por la Av. 10 de Agosto, llegamos al Barrio de San Blas, con su iglesia antigua y su plazuela, situadas ambas en la intersección con la tradicional calle Guayaquil, que guiaría nuestros pasos hacia el casco antiguo. Allí mismo, frente a la iglesia de San Blas, se expone, en letras de metal, la proclama que informa que Quito es patrimonio cultural de la humanidad.

Descubrimos ese patrimonio a lo largo de las calles Guayaquil y Venezuela, y de todas aquellas que las cortan o son paralelas... El centro histórico es un entramado cuadriculado de callejas estrechas de pendiente pronunciada, ornadas por muros altos y encalados, balcones de madera, puertas macizas y oscuras y portadas labradas en piedra. Era imposible recorrer dos cuadras sin tropezarse con una iglesia, una ermita, una catedral o un convento, todos ellos exhibiendo la belleza de su arquitectura colonial o republicana temprana. La iglesia y convento de San Agustín, la iglesia y monasterio de Carmen Bajo, la iglesia de Santa Bárbara, la de Santa Catalina... fueron sólo unas pocas de las más de 25 que nos cruzamos a lo largo de aquella mañana.

Detenerse en una de aquellas esquinas significaba ver una calle estrecha y empedrada bajando en pendiente, con todas las puertas de sus comercios abiertas, con sus pequeñas aceras, con sus balcones poblados de macetas con geranios, con sus tejados de tejas rojizas y, allá atrás, como un marco, la silueta del Pichincha y de las sierras andinas, verdes a veces, nubladas de tormenta otras, pero siempre allí, eternas, cada vez más cubiertas de casas. Quedarse en una esquina un par de minutos era ver lo atestado del tránsito en aquellas zonas protegidas, y apreciar la multitud que se aglomeraba en aquella zona desde temprano. Era sentir el ritmo de una ciudad moderna latiendo en un escenario que ya contaba con varios siglos de historia, y que otras multitudes de otras épocas también habían recorrido.

La Plaza Grande (o "de la Independencia") incluía, como en casi todas las capitales hispanoamericanas, el Palacio de Gobierno y la Catedral Metropolitana. Ambos edificios eran de una belleza magnífica, en especial la Catedral, que agrupaba otros conventos, como el del Sagrario. Notamos que se estaban llevando a cabo un buen número de restauraciones en los edificios del Centro Histórico, lo cual era una buena noticia para una ciudad que soporta actividad volcánica frecuente y una presencia humana (y automotriz) muy fuerte.

Ya en la Plaza, intentamos buscar algo de información turística –mapas y planos de la ciudad y el país– que nos permitiera movernos con un poco más de organización y un poco menos de improvisación, pero, lamentablemente, encontramos que tales servicios, en Quito, están en manos de la Policía, la cual, honestamente hablando, no hace un muy buen trabajo. En realidad, fuimos afortunados al obtener un sencillo e incompleto mapa de la ciudad de manos de uno de estos uniformados: otros turistas ni siquiera pudieron conseguir los datos que necesitaban para moverse.

Deslumbrados por la belleza de la Plaza central, seguimos recorriendo la parte trasera de la Catedral para encontrarnos, un poquito más allá, con la Iglesia de la Compañía de Jesús, y, aún más allá, con la Iglesia y Convento de San Francisco y la Capilla de Cantuña, construcciones magníficas que exhibían lo mejor de los estilos coloniales en sus fachadas. Aquellas plazas –iluminadas por los claroscuros que dibujaban los nubarrones de tormenta que ya ocupaban el cielo– y aquellos edificios eran la memoria viva de una era que ya había desaparecido, con sus historias grandes y pequeñas, con sus logros y sus fracasos, con los ecos de personas conocidas y desconocidas repicando entre aquellos muros enormes y gruesos.

Nuestra marcha se interrumpió por la tormenta, que se desencadenó sorpresivamente y que, fiel a su carácter quiteño, mojó dónde quiso, cuando quiso y cómo quiso. Empapados –pero felices– volvimos al hotel, a descansar y a esperar a que la lluvia amainara para volver a salir. Pero eso ocurriría recién a la mañana siguiente...

Aquel martes, 21 de noviembre, decidimos que nuestra mejor opción –antes de que la lluvia y el inestable clima de Quito nos forzaran a quedarnos en el hotel– era recorrer los museos, instituciones que el día anterior habían estado cerradas por respetar (como en gran parte de Hispanoamérica) la costumbre de no abrir los lunes. Dirigimos nuestros rumbos hacia el sur del parque El Ejido, al parque "El Arbolito", en donde se levanta la Casa de la Cultura Ecuatoriana. El enorme edifico de esta notable entidad cultural agrupa al Museo del Banco Central del Ecuador, las diversas salas museísticas de la propia CCE (cerradas desde hace unos años, a la espera de mejores tiempos), la sala de Teatro "Simón Bolívar", la Asociación de Escritores Ecuatorianos y otros espacios destinados a la pintura, la escultura, la danza, la música y el arte en general. Además, allí se encontraba la Biblioteca Nacional, unidad por la que, desafortunadamente, no pudimos pasar. La CCE cuenta, asimismo, con un par de bibliotecas especializadas que ofrecen servicios de referencia y ponen a la venta las publicaciones propias de la institución.

Debido al cierre de las pequeñas colecciones especiales de la CCE (entre las cuáles se encontraba una de las mejores exposiciones de instrumentos musicales populares de América Latina), debimos "conformarnos" con la visita a la Sala Arqueológica del Museo Nacional del Banco Central. La colección de dicha sala –una de las mejores que vimos a lo largo del viaje, por su estructura y diseño– abarcaba la historia ecuatoriana desde el 12.000 a.C. hasta la ejecución de Atahualpa y la subsiguiente caída del Imperio Inca. Poseía, además, una sección especial destinada a la metalurgia y al trabajo del oro. Las restantes salas del Museo Nacional exhibían arte colonial, arte del siglo XIX y arte contemporáneo, así como exposiciones temporales. La organización cronológica, el empleo de técnicas pertinentes de gestión del espacio, la redacción de las explicaciones, y la interesante combinación de restos arqueológicos con maquetas, mapas y gráficos, convertían a la sala en un verdadero paseo de descubrimiento. Desconocedores de la historia prehispánica ecuatoriana, nos deleitamos ante cada una de las vitrinas: aquí, con los restos de conchas de Spondylus usadas para adornos ceremoniales; allá, con la cerámica erótica; más allá, con herramientas cotidianas de madera. Al final de la secuencia –que abarcaba todos los ámbitos geográficos del país, desde la costa hasta la selva– nos encontramos con la sección inca.

La exposición de la sala arqueológica termina con la muerte de Atahualpa, hito histórico que estaba representado, en una de las enormes paredes del museo, con una leyenda escrita en enormes letras, leyenda que ya habíamos hallado en Perú: chawpi punchaw tutallarqa (el sol oscureció a mediodía). Así se decía, así contaba la tradición: en el momento de la ejecución de Atahualpa, el día se hizo noche. Parecía que ese llanto mítico del sol cerraba, en la realidad, una puerta en la historia.

La Sala del Oro nos proporcionó información valiosa sobre las avanzadas técnicas metalúrgicas prehispánicas. Aquellos orfebres, con escasos instrumentos, lograban unos resultados verdaderamente espléndidos, de un elevado nivel artístico y técnico. Desde filigranas a espirales, desde trenzas de hilos delgadísimos a perforaciones diminutas, el metal dorado –el mismo que tantas ambiciones enfermizas había llevado a aquellos horizontes americanos– nos miraba, resplandeciente y antiguo, desde los ojos vacíos de una máscara o desde las alas de algún pájaro mitológico labrado.

Salimos del Museo fascinados por todas las miradas de barro, las mismas que nos habían contemplado, a través de los milenios, desde las vitrinas del Museo de Lima. Desde la CCE nos acercamos a la Editorial Abya Yala, situada cerca de la Universidad Católica, en la Av. 12 de Octubre. La editorial –que es, a la vez, centro cultural– es una de las principales productoras sudamericanas de libros sobre pueblos originarios. De hecho, en su librería pudimos encontrar documentos sobre las etnias del oriente ecuatoriano (especialmente sobre los Achuar y Shuar, antiguamente conocidos como "jívaros"), así como manuales, documentos fotográficos, mapas, diccionarios, textos de antropología y lingüística, revistas especializadas y un buen número de libros dedicados a la investigación y a la educación. Asimismo, contaba con literatura relativa a la situación indígena en otros países de Latinoamérica y el mundo.

Resolvimos volver allí al día siguiente para realizar algunas compras y visitar el Museo de la Amazonía –situado en el mismo edificio– y nos refugiamos nuevamente en el hotel ante la amenaza de la lluvia, no sin antes haber recorrido la Av. Amazonas –vía turística por excelencia, dedicada a los visitantes extranjeros– y de haber obtenido nuestro pasaje de retorno a Lima, esta vez con la Empresa "Rutas de América".

Esa noche, el Banco Central presentaba la edición del libro "Las Sociedades Originarias de Ecuador", presentación que incluía la actuación de Enrique Males (músico y cantante indígena de Ibarra) y la de Papá Roncón, un grande de la música afroecuatoriana esmeraldeña. Invitados por Eduardo Proaño, nos deleitamos con los sonidos de los instrumentos prehispánicos de Males y con los fragmentos de tradición oral de Roncón. El libro presentado –en realidad, dos volúmenes– era una obra de texto para las escuelas, en la cual se incluía la historia, arqueología y etnografía de los pueblos nativos ecuatorianos existentes antes de la llegada de los europeos. La idea me pareció más que interesante: son muchos los textos escolares argentinos que no presentan ni una actualización ni una mejora en sus contenidos, y son muchos los docentes y bibliotecarios que desconocen por completo la historia originaria de su propia nación. Por ende, este tipo de propuestas son siempre bienvenidas. Con la complicidad de Eduardo, conseguimos un par de copias (incluyendo las guías docentes, en las cuales Sara estaba muy interesada) para poder llevárnoslas con nosotros y aprender, de paso, un poco de las huellas dejadas por el hombre en aquellas tierras.

Cenamos con nuestros amigos y su familia. Fue noche de jugo de "naranjilla", té de cedrón, y antiguos vinilos con músicas viejas y clásicas. Fue una noche de amigos. Fue una velada inolvidable.

A la mañana siguiente –nuestro último día libre en Quito– decidimos visitar la biblioteca del Tribunal Andino de Justicia, en donde trabajaba nuestra amiga Gloria Añazco. Después de apreciar las colecciones legislativas –códigos, leyes y jurisprudencia varia– organizadas en los estantes de la pequeña unidad, decidimos visitar la biblioteca del Banco Central, situada cerca de la CCE. La unidad contaba con varios fondos –todos ellos con bases de datos disponibles a través de Internet– entre los cuáles nos interesaba el "Jijón y Caamaño", la colección de incunables y libros valiosos y raros. Por desgracia los ejemplares –conservados en una cámara especial, con temperatura, humedad y luz monitoreadas– no eran accesibles al público en general; sin embargo, algunos de los documentos más notables de aquella colección estaban digitalizados, y su acceso a través de la web era libre. Aún así, no quisimos desaprovechar la ocasión, y nos hicimos con algunos folletos conteniendo información sobre los primeros impresos e impresores del Ecuador, los libros raros y curiosos de aquel fondo y los americanistas incluidos en los catálogos de la colección. Siendo una biblioteca americanista especializada, no fue raro encontrar, entre sus títulos, a los trabajos de Alexander von Humboldt, de los argentinos Serrano y Lehmann, de Bertonio, de D´Orbigny, de Herrera, de Montesinos. Además, nos trajimos un catálogo explicado de la colección de libros de Eugenio Espejo, el primer "bibliotecario" ecuatoriano, cuya efigie, si no me equivoco, pueden encontrar en el logotipo de la Asociación de Bibliotecarios del Ecuador.

Desde aquella biblioteca nos dirigimos a visitar nuevamente la Editorial Abya Yala, de la cual nos llevamos algunos libros y unos cuentos tradicionales escritos en tres lenguas (quechua, inglés y español) y bellamente ilustrados. Luego recorrimos la sala del Museo de la Amazonía, situado en el mismo edificio, y organizado en base a materiales recolectados por las misiones salesianas en el este del país, en la zona fronteriza con Perú y Colombia, cubierta por las selvas características de la gran región amazónica. En el pequeño museo, apenas organizado y con una infraestructura bastante pobre, nos encontramos con grupos de artefactos pertenecientes a las distintas etnias que pueblan el área oriental. Sin embargo, la mayor parte de la exhibición está dedicada a las culturas Shuar y Ashuar, que, junto con los Aguaruna y Huambisa (que viven en Perú) forman la gran nación conocida antaño como "jívaros". Estos pueblos indígenas se hicieron famosos a principios de siglo (y hasta hace poco) por su costumbre de cazar cabezas humanas (literalmente) y reducirlas usando una técnica especial de hervido en hierbas y calentamiento con arena. Los trofeos así logrados (llamados "tsantsas") se convirtieron en caros suvenires para turistas, hasta que los propios "jívaros" comenzaron a reducir cabezas de mono o a falsificar las "tsantsas" para hacer negocio. Hoy en día, es muy raro encontrar una auténtica cabeza-trofeo, excepto en museos, y si bien los Shuar y Achuar continúan, de vez en cuando, con su costumbre de cazar cabezas, es extraño que las comercialicen.

Las "tsantsas" se caracterizan por tener el pelo largo, la boca y los ojos cosidos con nudos de los cuales caen hilos largos, las orejas adornadas con tarugos de madera y un color ocre apagado en la piel. El proceso de elaboración –deshuesado de la cabeza humana, limpieza y hervido de la piel, relleno con arena caliente, modelado, cosido y adornado– se realizaba, originalmente, para impedir que el alma del enemigo asesinado regresase a buscar venganza. La obtención y conservación de cabezas-trofeo fue algo muy habitual entre los pueblos originarios de América. Muchas vasijas preincaicas muestran a guerreros transportando cabezas, y naciones selváticas como los Ava ("chiriguano") del oriente boliviano y el noroeste argentino las llevaron a cabo durante siglos. Una variante –muy popularizada por el cine y la literatura– fue el "scalping" o toma de cabelleras, realizada no sólo por algunos pueblos nativos del sudoeste y de las praderas de los Estados Unidos, sino también por pueblos del Gran Chaco sudamericano como los Nivaklé y los Yofwafja argentinos.

Entre instrumentos musicales y canoas de grandes troncos ahuecados, entre animales disecados y muestras de delicada cestería, entre armas y bolsos tejidos con fibras, transcurrió nuestra mañana, descubriendo las palabras y los sonidos de una lengua difícil de comprender, y los rasgos de una cultura hasta entonces sólo adivinada a través de algunos libros.

Tras un improvisado almuerzo –siempre en alguna tasca popular o en algún pequeño restaurante– visitamos por última vez el casco antiguo de Quito, esta vez para conocer la Musicoteca del Banco Central, una pequeña unidad de información que, si bien no posee la tecnología de última generación necesaria para la reproducción de materiales audiovisuales, logra –con los recursos disponibles– proporcionar un servicio a estudiantes, profesionales e investigadores. Si bien los contenidos documentales están orientados abiertamente hacia la música clásica y académica (existiendo, por ende, una marcada ausencia de materiales populares), los artículos, videos y conferencias grabadas compensan esta carencia.

Bajo una pertinaz llovizna, volvimos caminando al hotel, despidiéndonos de cada rincón de aquella ciudad, bella en sus monumentos, pobre en sus rincones, histórica donde las haya, poblada de conflictos, de ruidos y de humos, cubierta de vez en cuando por las cenizas del volcán Pichincha... y preocupada por su futuro político, en cuánto las elecciones presidenciales –polarizadas entre el candidato conservador Noboa y el izquierdista Correa– tendrían lugar en breve.

Al día siguiente partiríamos hacia Riobamba, para participar en el IX Encuentro de Bibliotecarios del Ecuador. Nuestra travesía, nuestra participación en el evento y nuestro retorno a Quito para comenzar el largo, largo viaje de regreso a casa a través de Ecuador, Perú, Bolivia y el NO de Argentina, serán la materia para nuestras dos próximas entradas, las últimas de este dilatado diario de viaje.

Ilustración.