Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 23, 2007

Diario de viaje (19-22 de 28): volutas sobre el Tungurahua, callejas de Riobamba

Diario de viaje (19–22 de 28): volutas sobre el Tungurahua, callejas de Riobamba

Por Edgardo Civallero

El miércoles 22 de noviembre salimos de Quito en dirección a Riobamba, en dónde tendría lugar el IX Congreso Nacional de Bibliotecarios organizado por la Asociación Ecuatoriana de Bibliotecarios bajo el lema "La biblioteca del siglo 21". El trayecto lo hicimos, por primera vez en este viaje, en automóvil. Sería David Romero, conservador y restaurador del Ministerio de Cultura de la República, quién nos llevaría con él hasta la ciudad sureña, atravesando, en el camino, los departamentos de Cotopaxi, Tungurahua y Chimborazo.

Estábamos recorriendo la ruta que llevaba hacia el sur, atravesando bosques y valles, montañas y páramos. Era curioso observar las diferencias de paisajes y de estratos ecológicos que se sucedían velozmente en cuestión de kilómetros. Nuestros acompañantes nos comentaban que tales diferencias eran mucho más marcadas cuando se atravesaba el país de este a oeste: en cuestión de horas se pasa de un paisaje costero a las altas cumbres andinas, y de allí a la más densa selva amazónica.

Allá por Latacunga nos detuvimos a probar las famosas "chugchucaras" de doña Rosa, un plato regional que consiste, básicamente, en fritada de cerdo, incluyendo grandes pedazos de cuero. Un poco más adelante en nuestro camino, serían los famosos helados de cinco colores de la localidad de Salcedo, que incluían crema de coco. Pasamos a los pies del Cotopaxi sin poder ver su orgullosa cima, y ya caía la tarde cuando pudimos vislumbrar la silueta humeante del Tungurahua, volcán en actividad, que, al decir de los niños de la zona, "brama". Para nosotros fue una novedad bastante impresionante saber que una población de miles de habitantes alrededor del volcán viven habituadas a esos "bramidos", a las cenizas y a las circunstanciales explosiones de la montaña.

Era aquella zona –la de Ambato– la cuna de los Salasaca. Atrás, más al norte, habían quedado los Otavaleño. En Peguche nos habían contado que los Salasaca "distinto hablan, en seguida se nota que son Salasacas". También, según pudimos apreciar, vestían distinto, y era otro el orgullo en su mirada, muy diferente del que pudimos sentir en los ojos de los Otavaleños; más inseguros quizás, más golpeados tal vez, más resignados... Había oído, en alguna parte, algo de música Salasaca, y no tenía ninguna relación con la música del norte del país. Era muy curioso ver tan profundas diferencias regionales en gente de la misma cultura, la misma lengua y la misma raza.

Llegamos a Riobamba, capital del departamento Chimborazo y muy importante hito histórico ecuatoriano, bien entrada la noche, bajo una llovizna que nos había acompañado todo el camino y que nos impidió ver, al atardecer, la silueta del Chimborazo, uno de los volcanes más altos de los Andes, o la del Sangay, el volcán más activo del mundo, al que teníamos a tiro de piedra.

Recibidos por la Comisión Organizadora del evento, nos dirigimos, después de un rato de espera y de charla, a nuestro hotel, "El Rincón Alemán", una casa de familia bastante apartada del casco urbano, con unas instalaciones excelentes y una propietaria dotada de la más amable simpatía. Al rato, los organizadores nos recogieron para una cena en la que tuvimos que oír opiniones y expresiones de lo más desafortunadas, de la boca de los representantes oficialistas de la bibliotecología ecuatoriana, que –así lo quisimos creer– no representaban las opiniones de los bibliotecarios de a pie. Volvimos al hotel asombrados, dudando de la utilidad de nuestra presencia en medio de tal "circo" de "grandes figuras".

No recuerdo si nos fijamos en algo más: caímos agotados en las camas, y el universo desapareció de nuestras mentes por unas horas, mientras una pregunta resonaba en nuestras cabezas: "¿qué demonios hacemos aquí?"

El jueves 23 de noviembre se inauguraba oficialmente el Congreso de Bibliotecarios, así que, luego de desayunar, los organizadores nos condujeron a las instalaciones de la Escuela Superior Politécnica de Chimborazo, en cuyo auditorio tendría lugar el evento. El Congreso se centraba, básicamente, en la presencia de un pequeño grupo de expositores internacionales, es decir, gente procedente de Bolivia, Perú, Uruguay, España y Argentina. Excepto la conferencista española –que abriría el Congreso esa misma mañana– y yo, el resto de las disertantes eran archivistas que hablarían sobre conservación y preservación de documentos. Además de las conferencias, el Congreso serviría como reunión de los afiliados de la AEB, que elegirían sus nuevas autoridades y discutirían sus problemas internos.

A lo largo de los tres días que duró el evento comprendimos que habían cosas que funcionaban de manera patética, que la organización no era todo lo estable que debería ser, que algunos trabajaban duramente y otros sólo lucían el cargo, y que las conferencias "internacionales" eran una especie de relleno que diera sentido a un Congreso organizado, básicamente, para discutir problemas internos. Y esos problemas aparecían cada dos por tres, y no siempre expresados en forma suave y educada. La inscripción costaba 40 dólares, y si tenemos en cuenta que, a ojo de pájaro, contamos unos 200 asistentes... ustedes harán sus cálculos.

La primera conferencia fue dada, pues, por María del Pilar Gallego, presidenta de la Asociación de Bibliotecarios de Madrid. Si debo ser honesto, jamás sentí una vergüenza ajena ni un bochorno tan grande como cuando soporté la hora y media de conferencia de esta señora, una mujer ya entrada en años y con serios problemas de salud que, quizás en sus tiempos, fuera una docta conferencista, pero que esta vez solo leyó, muy penosamente, una conferencia sobre "Bibliotecas digitales" cuya actualización quizás pertenecía al siglo pasado. "Penoso" es poco para definir la actuación de esa señora. El público soportó diez minutos de su perorata y luego se levantó de sus asientos, charló, habló por celular, se saludó de punta a punta, se durmió y roncó, y se descontroló, en una actitud que me pareció, asimismo, bochornosa y digna de la peor educación.

Soportamos, con Sara, la lectura completa –incomprensible, plagada de errores de forma y contenido, lenta, sin apoyo de ningún tipo de imagen– del papel de la colega española, palabra por palabra y coma por coma, mientras a nuestro alrededor el público olvidaba que había una conferencista que, si bien era pésima, debía ser respetada. Aunque la gran mayoría de los asistentes estuvimos de acuerdo en calificar a aquella charla como espeluznante, aún debimos soportar la hipocresía de las alabanzas y las felicitaciones, algo, por cierto, bastante común en nuestro medio: palmaditas en la espalda y palabras huecas.

[Como conferencista, suelo seguir una máxima española muy castiza, que reza: "Si el sabio calla, malo; si el necio aplaude, peor"].

En fin, tras un inicio de actividades tan confuso y tan falto de presentadores y moderadores (inexistentes), llegó mi turno. A lo largo de mi conferencia presenté algunas nociones básicas sobre la brecha digital, su naturaleza, su realidad actual y su efecto y amenaza en tierras latinoamericanas, brindando, además, algunas nociones de cómo podía "disminuirse" el embate de tal problema (pues no es posible hablar de una "solución" al respecto). Entre las muchas preguntas, surgieron algunas que, por curiosidad, también incursionaron en mi trabajo con comunidades indígenas, bibliotecas rurales y promoción de la lectoescritura. Fue a partir de esas preguntas que Sara y yo logramos nuestros mejores contactos (y amistades) en Ecuador. Quizás eso sea lo mejor de un congreso: los lazos humanos que pueden construirse.

De esos momentos, Sara escribió en su diario:

"Nuestros momentos más felices y emocionantes llegaron al finalizar la exposición. Fuimos felicitados, agradecidos, abrazados, estrechados las manos por una bibliotecaria viejita indígena de orillas del Napo, fotografiados, mirados con ojitos brillosos y labios sonrientes. Nos propusieron colaboraciones, nos invitaron a volver al año siguiente para dar talleres...".

El almuerzo ocurrió en algún sitio que no logramos hallar. Luego de dar varias vueltas por el campus del Politécnico de Riobamba sin dar con el lugar designado (que terminó siendo un galpón alejado), terminamos comiendo en la fonda de los estudiantes (barato y delicioso, por cierto).

Asistimos luego, en forma parcial (pues los horarios no eran respetados ni por organizadores ni por asistentes) a la conferencia de la archivista peruana Carmen Pfuyo, y, canceladas las actividades de la tarde (excursiones y visitas) por una demora general de todos los horarios, nos retiramos un rato a nuestro hotel (con transporte por nuestra cuenta, por cierto) para poder asearnos y participar en las actividades nocturnas, que incluían fuegos de artificios y bebidas como el famoso "canelazo".

Cuando llegamos al horario y lugar indicado para disfrutar de las actividades, sólo encontramos cenizas y luces apagadas. Sabía Dios cuando ocurrió todo, o dónde estaban los que tenían que ocuparse de nosotros.

La noche había caído, la decepción era mucha y el cansancio, enorme. Por ende, preferimos retirarnos a descansar. Al día siguiente aún quedaban cosas por hacer.

El viernes 24 de noviembre se desarrolló la segunda jornada del Congreso de Bibliotecarios. Debimos llegar al lugar del evento en taxi (pues de la organización no tuvimos ni noticias) y enterarnos de las actividades de la noche anterior, que habían sido irregulares y desorganizadas. Dispuestos a tomarnos las cosas con calma, decidimos entrar a la charla de la archivista uruguaya María Laura Rosas, invitada a último momento ante la ausencia "imprevista" de otra invitada oficial. Poco interesados en el tema de conservación en archivos –que, honestamente, se sale un poco de nuestro dominio– decidimos recorrer el pequeño campus y charlar con las mismas personas que nos habían saludado el día anterior, y que ese día nos acercaron sus experiencias, ideas y trabajos. Así pudimos conocer interesantes proyectos en Ibarra, en la zona de selva, en el sur del país, en Guayaquil, en Quito... Aquí y allá, un buen número de profesionales buscaban intercambiar novedades o contar sus proyectos, y eso, como señalé anteriormente, fue lo más valioso que nos llevamos de Riobamba. Muchos nos trajeron regalos (nos deleitaron unos folletos de Archidona y la región del Napo, y una muñeca de Imbabura que conservamos con mucho cariño sobre nuestro escritorio), fueron innumerables las fotos... y hasta nos hicieron una entrevista que salió publicada en la edición digital del periódico local.

Luego del almuerzo –que tuvo lugar en un comedor comunitario, sentados sobre algunas mesas, comiendo de un plato con la mano– nuestro colega David Romero se hizo cargo de nosotros y nos llevó a conocer Riobamba, en especial el Museo de la Ciudad, que mantiene una hermosa colección de pintura local, información sobre los parques nacionales cercanos y una historia muy peculiar. Según la guía turística que nos mostró la enorme casona colonial en la que tiene su sede la institución, el edificio había pertenecido a una mujer adinerada que, por practicar el famoso juego de la tabla de ouija, quedó embrujada y levitaba. Así, hasta el fin de sus días, la mujer flotó por las calles de Riobamba, no pudiendo nunca comulgar en la iglesia ni ser exorcizada.

(... Jamás supimos si tomarnos la cosa en serio ...).

Las iglesias y plazas de Riobamba son de una belleza particular; las calles guardan mucho de su sabor provinciano, con una significativa presencia indígena. David –conocedor, por su profesión, de todos los vericuetos del arte local– nos proporcionó la mejor guía que pudiésemos pedir.

Aquella noche también había "fiesta de confraternización", pero no sabíamos en dónde ni a qué hora. Nadie nos buscó en el hotel, nadie nos llamó, nadie se preocupó por nosotros. Así que nos quedamos viendo, en TV, el debate electoral entre el candidato Noboa (que nos pareció dueño de un discurso repugnante) y Rafael Correa, que resultaría siendo ganador de las elecciones y sumaría un régimen más a la izquierda preponderante en el continente.

La noche llegó, y descansamos –más decepcionados que nunca– para preparar nuestro retorno a Quito, al día siguiente. Ese sábado a la noche emprenderíamos el viaje de retorno a casa.

El sábado 25 de noviembre finalizaba el evento ecuatoriano, ya signado por una auténtica desorganización. La primera conferencia de la mañana (y la última del Congreso) quedaba en manos de la archivista boliviana Lidia Gardeazabal, quien mostró interesantes fotos de un taller de restauración que dirige en Cochabamba, en el marco de la Biblioteca Nacional de Bolivia, en la cual se desempeña. Tras su ponencia, tuvo lugar la Asamblea General de la AEB, con lectura y aprobación de estatutos y elección de junta directiva. Preferimos retirarnos de la sala para no ser testigos de la discusión de problemas y diferencias internos que, como queda dicho, asomaban aquí y allá a cada momento, y que no eran de nuestra incumbencia ni de nuestro interés.

El Congreso terminó a mediodía, después de un verdadero caos de voces y participaciones a voz en cuello para tomar decisiones de las cuáles no quisimos saber nada. En vista y considerando que nadie de la organización se hacía cargo de nosotros para llevarnos de regreso a Quito, y temiendo perder nuestro bus, decidimos regresar por nuestra cuenta y riesgo. Nos despedimos de un par de "organizadores" y nos acercamos a la Terminal local, para abordar el transporte –cómodo y barato– que nos devolvería a Quito bajo un cielo plomizo y tormentoso, que en ningún momento nos permitió siquiera adivinar la silueta del Cotopaxi o del Chimborazo. De ese viaje, Sara anotaría en su bitácora:

"´Peritas, duraznos, claudias, manzanitas para el viaje´. Así recitaba su oferta culinaria el señor que subió al bus que nos llevaba de Riobamba a Quito. Ante nuestros ojos se iban sucediendo un manto de remiendos conformado por campos y más campos, sembrados unos, con frutales otros, con chanchos, llamas, vacas y burros. ´Habas, habitas, vayan saboreándolas ya´. ´Helados, heladitos de crema y Salcedo...´".

Volvimos a Quito, a la mesa y a los brazos de nuestra "familia adoptiva" Proaño-Añazco, quienes nos deleitaron con una merienda de despedida que borró todas las penas y vicisitudes anteriores y nos reconcilió con la vida y con Ecuador. Ellos nos llevaron a tomar nuestro bus, y ellos nos despidieron agitando las manos.

Nos miramos con Sara, mientras nos secábamos algunas lágrimas. Ecuador había sido un país hermoso, y al margen de las decepciones profesionales (que hemos encontrado siempre, a cada paso que dimos, especialmente en nuestro propio país) nos dimos cuenta que extrañaríamos mucho aquellas calles, aquella familia que tan bien nos recibió, aquella gente tan cálida, aquellas comidas tan deliciosas, aquellos colegas que nos habían abrazado y tomado de las manos y mirado a los ojos tan profundamente, compartiendo sus ilusiones y decepciones.

Sí. Extrañaríamos aquel país y su gente, aquellos mercados de Otavalo, aquella cascada en Peguche, aquellas bibliotecarias del oriente. Extrañaríamos la amabilidad y la dulzura con la que todos nos trataron, lo sueños que nos confiaron, las tristezas que vimos, las lloviznas inesperadas y el clima loco, y aquel "no-sé-qué" que envolvía todo y lo convertía en algo tan bello, tan inolvidable.

Si algo debíamos agradecer a los organizadores del Congreso de Bibliotecarios fue tener la oportunidad de conocer su gente y su tierra. Fue lo más maravilloso que encontramos a lo largo de aquel viaje que se había dilatado más de tres semanas.

El Congreso, como queda de manifiesto, no fue de nuestro agrado en absoluto. Creemos que cualquier evento (especialmente los que se autoproclaman "internacionales") debe ser construido sobre una base sólida, pensando a quién se invita y por qué, y no convocando a un par de personas para que hagan bulto. Creemos también que la organización debe ser llevada adelante por todo un equipo, y jamás por dos o tres voluntariosas personas que jamás podrán con todo. Creemos que los tiempos, cronogramas y actividades deben ser respetadas religiosamente, que la planificación debe ser perfecta, que no puede haber problemas grandes de último momento, porque eso deja ver una falla severa en la organización.

Creemos, por último, que no puede culparse de los errores a la cara visible de la organización de un evento, porque sabemos que esos son los que se dejan la piel a tiras para que las cosas salgan bien. Los verdaderos culpables son los que se quedan de brazos cruzados y, encima, cosechan los éxitos. Vaya para ellos nuestro total repudio.

Ahora era tiempo de volver a casa. Eso nos tomaría seis días más de bus e incontables problemas. Pero eso se los contaremos en la última entrada de este Diario de viaje.

Ilustración.