Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

enero 24, 2007

Diario de viaje (23-28 de 28): Quito, Lima, La Paz, La Quiaca, Córdoba...

Diario de viaje (23–28 de 28): Quito, Lima, La Paz, La Quiaca, Córdoba...

Por Edgardo Civallero

El domingo 26 de noviembre amanecimos en algún punto del sur de Ecuador, sin haber dormido en absoluto gracias al pésimo servicio de la empresa "Rutas de América", que se esforzaba en mostrar peores condiciones que nuestra famosa y detestada "Ormeño".

Luego de pasar el río Babahoya y de cruzar campos y más campos de bananos cuyo verde profundo era atravesado aquí y allá por la blancura fulgurante de algunas garzas, llegamos a Puerto Inca, una típica población selvática en donde se detenían los camioneros que transportaban bananas y los pocos viajeros que cruzaban la zona rumbo al norte o a la frontera peruana. La suciedad de aquel puesto era digna de una novela sobre el "subdesarrollo". Sin embargo, y a pesar de todo, el lugar tenía cierto encanto: las cocinas al aire libre, los puestos de ventas de fruta en donde regateamos los precios con una joven vendedora de no más de ocho años, los viajeros de paso...

Siguieron más extensiones de bananos; enormes acequias y pequeños caminos de tierra que se perdían en el denso verde esmeralda; la silueta clásica de las manadas de cebúes (bóvidos que resisten mejor que las vacas los climas cálidos y húmedos); los poblados dispersos de casas sobre pilares para evitar las aguas de los innumerables ríos de corrientes turbias y anchas... Sara anotó en su cuaderno...

"Montañitas cubiertas de nubes, árboles muy altos, muchos ríos, haciendas, mercados de frutas, mucha gente comiendo en la calle, familias arriba de camioncillos tragando polvo y humo, cualquier cantidad de ropa colgada en la orilla de los ríos y las acequias...".

Cruzamos la frontera ecuatoriano-peruana –esa frontera tan complicada– entre Huaquillas y Aguas Verdes el mismo día de la votación presidencial. En Perú el panorama cambió: comenzaron los retenes policiales, que nos mantuvieron encerrados en ciertos lugares mientras revisaban el equipaje y el bus. Aquel mediodía vislumbraríamos, a través de los sucios vidrios de nuestro bus, kilómetros y kilómetros de arrozales, y luego el mar otra vez, y el desierto en seguida, ese mar y ese desierto que caracterizaban toda la costa peruana. En plena tarde llegamos nuevamente a la playa y centro turístico de Máncora, en dónde nos detuvimos para almorzar. No hubo más que desierto a partir de aquel punto, y, a veces, la vista de la costa y las siluetas de los rabiahorcados.

Era de madrugada cuando se rompió uno de los pistones del motor del bus, cerca de Trujillo. Varias horas después, y luego de un intento de rebelión por parte de los pasajeros, los conductores decidieron repararlo y pudimos continuar nuestra travesía hacia Lima.

El lunes 27 de noviembre amanecimos en la costa central del Perú. Solo cruzamos desierto y más desierto, mientras soportábamos un bus que apestaba, con baños sin agua, frío demencial, un volumen de películas que ensordecía a cualquiera y un trato dictatorial por parte de los conductores. El desayuno tuvo lugar 16 horas después de nuestra última parada, y ocurrió en una perdida estación de servicios situada en el medio de la nada. Calificarlo de "inmundo" sería poco, pero era tanto el hambre...

A mediodía llegamos, por fin, a Lima. La ciudad –ya una vieja conocida– no nos deparaba mayores sorpresas, a excepción de los resultados electorales, que, al menos en la capital, habían favorecido con la reelección a Castañeda. Nos alojamos en el mismo hotel que la vez anterior, y, luego de la necesaria ducha, salimos a las calles nubladas a almorzar algo decente. Pudimos probar el cuy, acompañado de cerveza peruana. Cuy (realmente "quy") es el nombre quechua del cobayo, un roedor con aspecto de hámster pero de mayor talla, que es criado por su carne. Desde tiempos prehispánicos este animalito se come asado, y es parte de los menús de todas las fondas y restaurantes de los países andinos, desde Otavalo al norte de Chile.

Luego de tan tradicional comida, debimos resignarnos a comprar pasajes en "Ormeño" para llegar hasta La Paz, al día siguiente, en un trayecto que nos insumiría 27 horas pero que, por el precio, probablemente sería un poco más cómodo y agradable que nuestras anteriores experiencias con la empresa. Aprovechamos la tarde para descansar y la noche para cenar.

El martes 28 de noviembre por la mañana emprendimos el viaje hacia La Paz, atravesando nuevamente los desiertos del sur del Perú. Otra vez desfilaron ante nuestros ojos los escenarios de poblaciones paupérrimas o asentamientos montañosos, con un fondo de mar gris o polvaredales infinitos. Ante nuestras miradas, de un lado del bus, cruzaban muros y más muros pintados con los nombres de los últimos candidatos electorales. Del otro lado, podíamos atisbar algunas playas privadas y otras públicas, adornadas aquí y allá con el perfil de algunas casas ricas y muchas pobres.

Los oasis creados por el hombre en los valles volvieron a asombrarnos con sus cultivos de zanahorias y algodón, papas y maíz, e incluso viñas en medio de la desolación. Pasamos nuevamente por Ica y por el campo sembrado de líneas arqueológicas de Nazca. Allá fuera, continuábamos viendo casas de adobe, mercados callejeros, mototaxis, carritos con frutas, vendedores ambulantes, más carritos. Sara apuntó en su diario que las iglesias tenían el color de la arena, el mismo color que, en realidad, tenía todo. Ese mundo exterior a nuestro bus estaba completamente cubierto de polvo.

Seguiría desierto y más desierto, piedras y más piedras. Cerca de Palpa, Sara anotó:

"¡Qué cosa tan bonita serpentear entre montañas de arena para, tras la última curva, encontrarnos en medio de un valle fértil, con maizales, algodonales, cañaverales, gran variedad de árboles y casitas de adobe y caña mirando el finísimo hilito de agua que aún discurre por la ancha cuenca del río!".

Almorzamos en el bus, con un servicio que nos asombró por su calidad. Caía la tarde cuando empezamos a atravesar olivares cerca del mar, mientras veíamos las primeras señales de tráfico con la leyenda "zonas de aneramiento". La carretera no era más que una delgada e inestable línea de asfalto colocada encima de un infinito campo de dunas nómadas, dispuestas a recuperar sus antiguos dominios o a cruzar por encima de esa franja negra cuando lo desearan. Pasamos la pequeña localidad de Tanaka y, desde Chala, giramos hacia el oeste, hacia Arequipa. Cenamos en algún pequeño lugar del camino, bajo una noche totalmente estrellada que invitaba a tenderse sobre las arenas, boca arriba.

El miércoles 29 de noviembre nos despertamos en el corazón del altiplano, tierras cubiertas de pastos cortos e "ichos" agitados por un viento que adivinábamos frío. Aquel territorio era la meseta del Collao, la llanura de altura que separaba las distintas cadenas andinas, y en la cual se abría, como un aljibe, el Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. El nombre de ese "mar interior" es aymara: escrito originalmente Titiqaqa, significa "peña del felino".

Las poblaciones de la zona eran conjuntos dispersos de ranchos de adobe cubiertos por techos de paja al estilo tradicional andino, o de chapas de calamina más modernas. Alrededor de las pequeñas casas pastaban los animales y se extendían los pequeños cultivos familiares. Más allá se veían los campos de la comunidad, en los cuales todos colaboraban con su trabajo. Las "pirqas" (muros bajos de piedra sin argamasa) dividían las lomas y los valles: desde lejos, parecían costuras irregulares en un lienzo hecho con remiendos.

Temprano en la mañana llegamos a la localidad de Puno. Y pudimos ver, por fin, el gran lago Titicaca, una de las principales "mama qucha" de todos los Andes.

Las casas se descolgaban desde las lomas, las montañas enmarcaban las aguas con sus tonos violáceos o grises. En las orillas descasaban un par de "caballitos", tradicionales balsas aymaras hechas de atados del junco llamado "totora", que crecía abundante en las riberas, y que los campesinos de la zona cortaban y extendían en la misma costa para su secado y uso. Las redes circulares destacaban en el lago: la población ribereña complementaba su producción agrícola con las artesanías en totora y las capturas de la pesca.

Abandonamos Puno a media mañana y pasamos por Juli, ciudad que se abre paso entre el arrugado relieve costero del lago. Allí se estableció la primera imprenta de la zona, allá en el siglo XVII temprano, y fue allí donde el religioso Ludovico Bertonio publicó su famoso Arte y Vocabulario de la Lengua Aymara, el primero que se escribiría del "jaqi aru" (lengua humana), una obra que aún sigue siendo fuente de consultas por parte de lingüistas y antropólogos.

Aquella era ya zona aymara. Las mujeres vestían varias faldas de colores brillantes, superpuestas; cargaban hatos de colores y lucían sombreros "hongo" con cintas y borlas que, en los viejos tiempos, definían su status marital. Sus largas trenzas negras iban atadas con borlas de lana, y sus rebozos iban sujetos con tupus de plata o con sencillas alfileres. Todas lucían un mandil alrededor de su cintura, y una mirada curiosa en sus ojos.

En Juli era día de mercado ganadero y agrícola. La gente conducía sus rebaños de llamas y vicuñas, sus ovejas, incuso sus piaras de cerdos, a los que debían cargar, a veces, bajo los brazos. El mercado era al aire libre, a las afueras de la ciudad, y concentraba a los habitantes de un área muy amplia, que bajaban hasta la gran ciudad para mercar sus excedentes y obtener lo necesario para su vida en el campo.

Era mediodía cuando llegamos al puesto fronterizo de Desaguadero, un verdadero caos, como todas las fronteras que hemos cruzado hasta el momento. Entramos, finalmente, en Bolivia, con un sello más en nuestros pasaportes y cada vez más cerca de nuestro destino final. Desaguadero era profusión de colores, de suciedad mezclada con sonrisas, de mercados y puestos al aire libre, de contrabandistas silenciosos y gendarmes expectantes.

A partir de allí, solo encontraríamos rebaños pequeños cuidados por pequeñas pastoras, más casitas de adobe, y todo el aspecto de una pobreza extrema. La ciudad de El Alto (un suburbio de La Paz situado en pleno altiplano que, por su crecimiento, se convirtió en una urbe inmensa, de importancia paralela a la de la propia capital) comenzó a insinuarse varios kilómetros antes de llegar a la garganta del río Choqueyapu, ese valle angosto por el que se descuelgan las calles, plazas y casas que conforman la capital de Bolivia. La vista desde El Alto fue sobrecogedora: miles y miles de casas sin terminar, exhibiendo sus ladrillos rojizos, cubriendo cada parcela libre de terreno.

Ya en la Terminal de Buses, sacamos pasajes en la Empresa "Inti Illimani", que nos llevaría en un servicio nocturno hasta Villazón, ciudad fronteriza con Argentina. El "suruqchi" (soroche, mal de las alturas) se hizo sentir muy pronto: la cabeza nos estallaba, los oídos zumbaban, y el corazón latía como si estuviésemos corriendo una carrera. Decidimos aprovechar el tiempo de espera para pasear un poco por La Paz, ciudad que Sara aún no conocía. Desde la céntrica Iglesia de San Francisco, subimos por la calle Sagárnaga, deteniéndonos aquí y allá para curiosear instrumentos o textiles. Recorrimos la calle Linares, con todos sus luthiers, y el Mercado de los Brujos, lleno de fetos disecados de llama que aseguraban la fertilidad.

Cruzando el cauce invisible del río Choqueyapu, nos dirigimos a la Plaza Central, con su Catedral y el palacio de Gobierno (en cuyo frente, al lado de la gigantesca bandera nacional tricolor, pende la wiphala, la bandera multicolor de los pueblos andinos, colocada allí desde que Evo Morales iniciara su mandato). Desde allí, caminando bajo una llovizna tenue, nos dirigimos al Museo Etnográfico y Folklórico, en el cual apreciamos una bellísima colección de unkus (prenda tradicional andina) etnográficos y arqueológicos.

Recorrimos el Callejón de la Cruz Verde (hoy calle Murillo), pasando por delante del Museo de Instrumentos Musicales de Ernesto Cavour y de muchas de las más famosas peñas folklóricas paceñas. Las casas de aquel callejón conservaban todo el sabor de la Colonia, con sus puertas de madera, sus paredes enormes, sus farolas, sus balcones de hierro, sus macetas con geranios. La calle, empedrada e inclinada en fuerte pendiente, resonaba bajo nuestros pasos.

Comimos "salteñas" (empanadas) en un puesto cualquiera del mercado, mientras observábamos el trabajo incesante de los limpiabotas, que cubren sus caras con pasamontañas para no ser identificados (pues consideran que su trabajo es discriminado por la sociedad).

Temprano nos dirigimos a la terminal nuevamente, y temprano nos subimos a un bus mugriento, incómodo, destrozado, helado, roto... Ambos sabíamos (por anteriores experiencias personales) que el viaje La Paz-Villazón no es cómodo ni fácil. Es un trayecto que se padece más que se disfruta. El aire helado del exterior se colaba por ventanillas que se abrían solas por la vibración. El traqueteo sobre las rutas de ripio era infernal. Muchos niños dormían en el pasillo. Todos llevaban hatos y hatos y hatos de cosas.

Fue allí, en medio del altiplano y en medio de la noche, cuando alguien robó mi maletín, en el cual guardaba mi cuaderno de viaje, toda mi documentación y toda la información de mi trabajo profesional y mis contactos. Nadie se hizo cargo, nadie dijo nada, nadie se solidarizó. Perdí todo. De hecho, este diario de viaje lo he escrito con la ayuda de las notas de Sara y de mi memoria, y lentamente he podido recuperar la totalidad de mi trabajo y de mis contactos. Sin embargo, el mal sabor de boca va a quedar para siempre.

El paisaje de la prepuna boliviana nos pareció más desolador que nunca. Allá en Cotagaita, en Tupiza, todo nos pareció ceniciento, polvoriento, triste... Cuencas fluviales secas, árboles retorcidos, una carretera que deseábamos ver terminarse de una buena vez y unos compañeros de viaje a los que queríamos ver desaparecer de nuestro entorno cuanto antes.

Llegamos a Villazón a mediodía del jueves 30 de noviembre. En la comisaría local nos hicieron los documentos necesarios para poder salir de Bolivia y cruzar la frontera. Cargados con mochilas llenas de tierra (las bodegas del bus iban abiertas por debajo), decepcionados, cansados, sucios, hambrientos y preocupados por la pérdida de mis documentos, cruzamos a pie el puente que separa Villazón de La Quiaca, ya en territorio argentino. Sin mucho problema me dejaron salir de tierra boliviana, y, con algunas recomendaciones acerca de cómo desenvolverme en lo sucesivo, los gendarmes argentinos me cedieron el paso sin más cuestiones.

Ya en La Quiaca, la Policía argentina me hizo un documento especial cuya realización me tomó cinco horas, ocupadas en sacarme un foto carnet con el único fotógrafo de la ciudad y en imprimir un documento de Internet en el único cybercafé con impresora. Mientras tanto, Sara echaba raíces en la Terminal de Buses de La Quiaca, en medio de un torbellino de jujeños y bolivianos que acampaban en los pasillos del edificio para vender sus mercancías o pasar el día.

A la noche salimos en un bus hacia Jujuy, capital de la provincia del mismo nombre, que limita con Bolivia. Atravesaríamos los pintorescos pueblos de la Quebrada de Humahuaca (Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO), en donde la Gendarmería nos detendría a la una de la madrugada para hacernos bajar con todas nuestras cosas a helarnos de frío y a ser controlados en busca de contrabando e ilegales.

Llegaríamos a Jujuy a las 4 de la mañana y a las 7 conectaríamos con otro bus que, luego de cruzar todo Jujuy, Salta, Tucumán y Santiago del Estero (cientos y cientos de kilómetros) nos dejaría en la ciudad de Córdoba, exhaustos, cargados con un montón de paquetes y mochilas, el 1 de diciembre a las diez de la noche.

El viaje de regreso desde Quito había durado 6 días; el viaje en total, 28. Habíamos cruzado cuatro países –además del nuestro– y cinco fronteras, recorriendo miles de kilómetros y soportando 230 horas de bus en algunos de los peores medios de transporte de larga distancia que conocimos. Habíamos comido casi todos los platos locales en las fondas más populares que hallamos; habíamos visto todos los paisajes visibles desde Temuco al sur, hasta Peguche al norte. Habíamos recorrido la mayor parte de la espina dorsal de América, habíamos cruzado el territorio del antiguo Imperio Inca, habíamos asistido a tres Congresos internacionales de Bibliotecología. Habíamos conocido a gente verdaderamente maravillosa, habíamos reconocido someramente un poco de la realidad social y cultural del mundo andino. Habíamos oído sonar tres lenguas y muchos dialectos indígenas diferentes, y nos habíamos encontrado con culturas antiquísimas que, a pesar de todo y de todos, siguen luchando por su identidad y su supervivencia.

Habíamos visto miseria, pobreza, desolación, hambre, enfermedad, desigualdad, desequilibrio, discriminación y mucha, mucha injusticia. Y, ante todo eso, siempre nos preguntamos donde demonios estaban las manos que tanto hablan de ayuda. También vimos bibliotecas minúsculas, y oímos las historias mínimas de colegas que trabajan en condiciones infrahumanas para lograr dar un servicio a aquellos usuarios que lo necesitan. Y fue allí que también nos preguntamos dónde estaban los "grandes", los "catedráticos", los "académicos", o las finas presidentas de las finas Asociaciones nacionales con sus trajes finos y sus manos finas, hablando de finezas tales como "bibliotecas digitales", finezas que sus pueblos no podrán acceder jamás.

Tales cosas nos preguntamos siempre, y la respuesta fue siempre la misma: esos que hablan, esos que dicen, esos que proclaman, esos que publican, esos viven en un universo aparte, que jamás abandonarán porque no les conviene. Esos no saben nada del servicio real, de la ayuda real, de los problemas reales de la gente real, de esa gente que no puede bañarse porque no dispone de agua, o no puede leer porque nadie se acercó a enseñarle. Esos "grandes", esos "importantes" viven en el interior de burbujas rosadas, creyendo que su realidad es la de todos, ignorando (como buenos ignorantes que son) que "su" realidad es la de algunos afortunados. Nada más.

A través de esos miles de kilómetros, muchas cosas se destruyeron y muchas otras volvieron a crecer –de forma distinta– dentro nuestro. A la pequeña casa de Córdoba no retornaron las mismas dos personas que salieron un mes antes. Volvieron dos personas diferentes, más realistas, muy dolidas, asqueadas de tanta hipocresía y falsedad, y dispuestas a dejarse la piel a tiras por aquellas gentes desconocidas que, con su trabajo silencioso e ignoto, hacen que muchos niños aprendan a leer, que muchos jóvenes terminen la escuela, que muchos adultos adquieran un oficio y que muchos ancianos se entretengan. Si algo les enseñó este viaje a los dos viajeros que les han escrito este diario a lo largo de los últimos dos meses en estas páginas, es que hay una gran cantidad de personas –a las que escuchamos con admiración y a las que adornamos con títulos pomposos– que deberían cerrar la boca para siempre, por pura vergüenza nomás. Porque el mundo –ese que nos encontramos Sara y yo cuando salimos de viaje– es muy distinto del que nos quieren hacer ver. Es mucho más duro, es mucho más difícil, y si queremos vivir en él, debemos mirarlo directamente a la cara, a esa cara dolorosa y llena de cicatrices.

A todos aquellos que nos han seguido a lo largo de estas crónicas, muchas gracias. A todos aquellos que nos han acompañado a lo largo de nuestro viaje, que nos han ayudado, que nos han recibido, nuestro recuerdo más cariñoso.

Y a todos aquellos que aún se pregunten "¿cómo hacen Civallero y Plaza para viajar tanto?", les comentamos que lo hacemos con mucho sacrificio, incomodidad, suciedad, hambre y sueño, como lo hace la gran mayoría de la gente pobre –como nosotros– en nuestro continente. Y ni se les ocurra pensar que hacer eso es fácil. Si así lo creen, los invitamos a intentarlo. Verán que, como les decía antes, nuestro mundo no es tan bonito ni tan sencillo como nos lo pintan.

Un abrazo cordial de dos nómadas incorregibles que prefieren aprender de la realidad a seguir soñando quimeras imposibles.

Ilustración.