Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 13, 2007

La democracia...

La democracia

La democracia: ¿'seguro de vida' o aumento de su esperanza?

Crónica de una espera

Por Sara Plaza

¿Por qué nos cuesta tanto entenderla? ¿Por qué cada vez la interpretamos peor? ¿De dónde han salido todos esos adjetivos con que la vestimos, después de haberla desnudado de su verdadero significado? ¿Es por desconocimiento o por miedo? ¿Nos asusta acaso? ¿Qué es lo que pasa con la democracia que la llevamos y la traemos de un lado para otro, sin saber qué lugar le corresponde, y mucho menos dónde ubicarnos nosotros? ¿Por qué nos quedamos siempre al margen? ¿Por qué la miran con desdén unos, con desconfianza otros y con desgana la mayoría? No sé si supimos alguna vez que la democracia no debería ser subordinación, ni sumisión, ni consiste en acatar las órdenes, ni conlleva la existencia de un único pensamiento, ni significa ceder nuestros derechos, y desde luego no se trata de una meta. La democracia no tendría que defender al público de la información, ni esconderla, ni escatimarla, ni censurarla. La democracia si con algo tiene que ver es con la participación, con el pensamiento crítico, con la defensa de nuestros derechos y la responsabilidad que conlleva. La democracia es un camino, una filosofía de vida, un proyecto vital.

El ex secretario de Naciones Unidas, Kofi Annan, en una intervención en Estambul con motivo de la presentación del informe de la Alianza de Civilizaciones, afirmaba: "que el problema no está en el Corán, la Torá ni la Biblia, que el problema no es la fe sino los fieles y la manera en que se comportan unos con otros." Yo tampoco creo que el problema sea la democracia, o no todo. El problema está en el comportamiento y la actitud de los ciudadanos. Nos comportamos como si no tuviera que ver con nosotros. Lo esperamos todo de ella, hasta las respuestas a las preguntas que nunca nos hicimos.

"¿Cómo es posible que algo así suceda en democracia?" Eso es lo único que nos importa, pero jamás nos cuestionamos ¿cómo es posible que en un sistema de organización, donde se dice que el poder reside en el pueblo, yo no tenga nada que decir? Y no tengo nada que decir porque estoy esperando que se pronuncien otros. Porque "yo ya les voté" –o no les voté–, porque "para eso se les paga", porque "total, al final todo da igual", porque "todos son unos ladrones lo mismo", porque "eso no tiene nada que ver conmigo"...

Siguiendo esta lógica, llegamos a la conclusión de que en democracia las cosas suceden y no parece importarnos mucho cómo ni por qué, dado que nos limitamos a preguntarnos ¿cómo es posible? Es decir, que damos por hecho que determinados comportamientos son imposibles en democracia. ¿Lo son? No podemos olvidar que ha habido muchas democracias. Para unos el primer ejemplo de sistema democrático estuvo en Atenas en el siglo V a.C., mientras otros consideran que ejemplos tempranos los hubo ya en antiguas civilizaciones y en la misma organización tribal. Se ha hablado de sistema político y de organización social; las ha habido representativas, directas, deliberativas, participativas; se han llevado a cabo elecciones y se ha acatado la regla de la mayoría; se han redactado declaraciones de derechos y defendido libertades...

Sin embargo, ¿dónde están la igualdad, la justicia, los derechos de las minorías? La democracia por poco democrática y nosotros por poco estudiosos o estudiosos a medias, sólo de la mitad que esperamos sacar beneficios, no parece que vayamos a ponernos de acuerdo en la forma de convivencia que deseamos. Aquí es donde parece residir la imposibilidad de algunos de sus planteamientos. No es una mala idea la democracia, pero tal vez hemos esperado demasiado de ella. Tampoco nosotros somos idiotas, pero muchas veces nos comportamos como si lo fuésemos. Con sus fallos y nuestra negligencia estamos abocados a una larga espera que nos dejará de brazos cruzados.

Si queremos defender nuestra vida y merecerla, si queremos ser dignos de ella y vivirla dignamente tendremos que repensar algunas limitaciones del sistema democrático y desarrollar una ciudadanía responsable. Habría que abolir y desterrar la demagogia, el paternalismo, la instrumentalización del pueblo, el dogmatismo, el adoctrinamiento. No deberíamos permitir que nos digan lo que debemos decir o hacer, que nos impidan discutir, que nos utilicen, que nos tengan lástima, que nos halaguen o nos dominen. No tenemos porqué estar de acuerdo, pero sí saber porqué no lo estamos. No somos iguales, ni necesitamos lo mismo, pero no somos tan distintos y lo que nos duele es muy parecido.

Que no nos engañen, pero sobre todo, no nos engañemos a nosotros mismos. Quien se es y quien se espera llegar a ser algún día no deberían caminar separados. Un sistema democrático, como forma de convivencia, tendría que acercarse a las personas, humanizar sus instituciones, pisar allá donde los hombres y las mujeres dejan sus huellas, no sólo dibujar sus anhelos. La democracia no puede ni debe ser un ‘seguro de vida'. ¿Cómo vamos a invertir en algo que mañana no tendremos? ¿No merecería más la pena asegurarnos de vivir hoy? No es una utopía, o mejor dicho, no debería serlo.

Si de vivir se trata ¿qué tal si trabajamos para aumentar nuestra esperanza de vida? Pero no de cualquier modo, por supuesto, ni a cualquier precio. Y muchísimo menos condenando la vida de los demás. La democracia es una manera de interpretar nuestra ciudadanía. A lo largo de la historia de la humanidad, y posiblemente de la de muchos de nosotros –no olvidemos que cada cual debería ser el autor de la misma–, hemos comprobado que hay otros modos de interpretarla que además de poco deseables son claramente perjudiciales. Las distintas formas de totalitarismo, imperialismo, fanatismo, terrorismo, los regímenes dictatoriales o las Juntas Militares, por nombrar sólo algunos ejemplos, cofunden estabilidad con subordinación. No equivoquemos también nosotros esos dos términos. Y sobre todo, no tengamos miedo al cambio, a la perturbación, a agitar estructuras obsoletas y anquilosadas que nos sirven poco y mal.

Que la crítica sea constructiva, que bajo los adoquines, si bien no hallaremos la arena del mar, seamos capaces de encontrar una tierra fértil. Que si en lugar de recalentarla y desertizarla la poblamos de manos que la siembren, las de nuestros hijos recogerán los frutos. Sólo si nosotros creemos que podemos, ellos podrán seguir creyendo. Les habremos devuelto la esperanza que nosotros parecemos olvidar en cualquier parte, al más mínimo descuido. Si dejamos de esperar lo que la democracia nos tiene que ofrecer, tal vez algún día podamos escribir la crónica de su estela. Si conseguimos que no se nos hunda el barco y dejamos de tirarnos por la borda, a lo mejor llegamos a buen puerto. Solos no podemos vivir, aunque a veces pretendamos ser los únicos en sentarnos al festín. Busquemos el mejor modo de hacerlo juntos y si de verdad un día tenemos algo que celebrar, que sea la vida y no la muerte de un sistema que "no es perfecto más se acerca" a lo que muchos soñaron y por el que muchos lucharon.

Ilustración.