Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 20, 2007

"Vacas sagradas", mentes vacías, futuro oscuro...

Vacas sagradas, mentes vacías, futuro oscuro

Por Edgardo Civallero

Aún recuerdo la sensación que me causaron las barriadas pobres de Lima la primera vez que las vi. Fue algo más que asombro o tristeza. Fue ese desamparo y ese vacío que siente el que se sabe impotente de luchar contra una injusticia infinita frente a la cual nadie más dice nada. La misma sensación tuve cuando caminé por primera vez (y por segunda, y por tercera...) los senderos del monte del noreste argentino para llevar libros a escuelitas aborígenes perdidas en el medio de la nada. O cuando crucé algunas villas del sur boliviano, como Cotagaita. O algunos poblados de la zona bananera ecuatoriana, de la selva del Petén guatemalteca o del conurbano de Santiago de Chile.

Parece que somos pocos los que vemos todo ese desequilibrio, que se agranda cuando comenzamos a leer cifras sobre las desigualdades en el reparto de derechos y bienes básicos a lo largo y ancho del mundo. El agua, la electricidad, la comida y la salud, esos elementos prioritarios para poder desarrollar una vida digna, son inexistentes en las manos de más de un tercio de la población mundial. Y en nuestro enorme continente, en nuestros propios países, aún hay niños que mueren de hambre, aún hay gente que camina horas para cargar una lata con agua lodosa, aún hay jóvenes que no saben leer ni escribir, aún hay masacres.

Lejos de todos esos problemas, los citadinos olvidamos pronto las necesidades, la precariedad, la injusticia... hasta que salimos a caminar los barrios olvidados, las esquinas con niños fumando y trabajando, las calles de burdeles en donde se esclavizan a menores de edad, los bares en donde se expenden tantas drogas como Coca-colas, las escuelas en donde se enseña poco y mal y no se da ninguna esperanza, las aceras en donde los pequeños se hacen adultos en cuestión de minutos...

Muchos prefieren girar la vista y pensar que la botella sigue medio llena, y que todo eso no ocurre en el lugar en el que viven. Así, muchos seres humanos olvidan a otros seres humanos, muchos latinoamericanos olvidan a muchos otros, muchos argentinos olvidan a sus compatriotas, muchos hermanos olvidan a sus hermanos. Así, mucho olvido, mucha indiferencia y mucho optimismo falso cubre una urgencia, unas carencias y unos vacíos tan enormes que parece increíble que la gente no los vea.

Evidentemente, la solución a todo esto no pasa por cambiar el mundo, el sistema social o los dirigentes políticos. Pasa por lograr una mutación interna y cambiar nuestras cabezas, nuestras mentalidades egoístas y poco solidarias. Ciertamente no es preciso arriesgar la vida ante jóvenes drogados y armados buscando convencerlos de lo conveniente de un cambio en sus vidas. La estupidez lleva a muy poco, aún cuando a veces parezca heroica. Pero existen muchos, muchos otros caminos para lograr aportar granitos de arena.

Cuando reviso los planteamientos y las producciones profesionales de muchos/as colegas de Latinoamérica, cuando busco un enfoque realista en sus ideas, es cuando más recuerdo todas estas imágenes mentales –recuerdos de vivencias propias– que plasmé en los párrafos anteriores. Porque son muy pocos/as los/as profesionales que apuestan por asumir una perspectiva real, por tomar al toro por las astas, por jugarse el tipo y dedicar al menos parte de su trabajo a la solución de los problemas urgentes que aquejan a su gente y a su tierra. Lejos de eso, buscan venderse y promocionarse, hacerse "cartel" (ante todos y sobre todos) con palabras vacías, usualmente copiadas de otros que las han escrito sin ambiciones de ningún tipo. Inician la carrera de "vacas sagradas", que las llevará a los podios de Congresos inútiles, a las aulas de escuelas y universidades que no educarán jamás en nada, y a las direcciones de instituciones que poco podrán hacer por el cambio y el bienestar de los siempre olvidados.

La publicación de artículos vacíos de contenidos; el dictado de talleres y seminarios sobre temáticas de moda, relamidas y gastadas; el ataque y la condena a los colegas que trabajamos en forma independiente; el apoyo a puntos de vista que redundan únicamente en propio beneficio, sin considerar siquiera la posibilidad de que alguna actividad de las que realizan beneficie a otro... Estoy seguro de que estas características les serán conocidas en muchas personas con las que conviven a diario.

Son esas las que nos siguen hablando del poder de las bibliotecas digitales cuando existen puntos de Argentina en los que abrir una página de Internet –si es que hay electricidad, una computadora y línea telefónica, en ese orden– tarda 25 minutos. Uno de esos lugares está en la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia (un lugar tan argentino como el que más), pero seguro que hay muchos otros en los que los habitantes no puedan ni sepan como conectarse a la Red de Redes, o no sepan qué hacer con ella aún teniéndola.

Son esas las que nos siguen hablando de bibliotecas académicas y de complejos centros de documentación cuando las unidades más importantes para nuestro desarrollo como pueblo, como nación y como cultura son las públicas, las populares, las comunitarias y las escolares, eternamente descuidadas y olvidadas. Esas bibliotecas son las que forman al niño, las que entretienen al anciano, las que unen a la comunidad y al barrio, las que solventan las dudas del estudiante joven y apoyan la educación de la mujer sola o el adulto desempleado. Esas bibliotecas son las que enseñan a todos –y a no a una minoría "con título"– nuestra lengua, nuestra historia, nuestra cultura.

Son esas las que nos siguen hablando de maestrías y doctorados y becas en el extranjero cuando las carreras de bibliotecología en la mayor parte de América del Sur adolecen de debilidades pertinaces y necesitan urgentemente una inyección de sangre nueva, de imaginación y de mucha sabiduría. Esas carreras necesitan sacudirse a las "catedráticas eternas y jamás concursadas" y comenzar a incluir otros temas, otras perspectivas, otras realidades. Esos currículos necesitan complejizarse, ampliarse, ser interdisciplinarios, incluir idiomas (sobre todo autóctonos), levantar mucho el nivel...

Son esas las que nos siguen hablando de formación continua cuando hay cientos y cientos de colegas que no pueden ampliar su formación y sus conocimientos porque los cursos de ampliación y especialización cuestan carísimos, se dictan lejísimos y terminan siendo una porquería que sólo proporciona un (dudoso) papel para el currículum (y buenos dividendos para el bolsillo del "docente").

Son esas las que nos siguen hablando de formación cuando los Congresos son para unos pocos, tanto por sus precios como por sus temáticas.

Si estamos de acuerdo con ellas, ¡bienvenidos al club de la elite! Pero, si por una de esas casualidades, resulta que tenemos cierto pensamiento independiente, que aprendimos a hilvanar una idea más otra idea para armar una serie de razonamientos propios, que nos damos cuenta de todas las mentiras que nos intentan vender y de todas las necesidades, crueldades, urgencias y vacíos que hay en el mundo (y de las que ninguna de esas elites se ocupa) y que criticamos para cambiar la realidad... entonces llega la condena, la burla, la censura, las listas negras, los impedimentos, las persecuciones, los acosos, las puertas cerradas, los insultos, los agravios, las traiciones. El club de las "vacas sagradas" es único, exclusivo, lleno de glamur, preñado de auto-alabanzas y perfumado con burbujas rosas a la última moda.

¿Hasta cuándo soportaremos esta situación? ¿Hasta cuándo seguiremos rindiendo pleitesía a un grupúsculo de gente sólo porque está situada en un escalafón administrativo más alto que el nuestro? ¿Hasta cuándo seguiremos aplaudiendo la inutilidad, la imbecilidad, el narcisismo...? ¿Hasta cuándo seguiremos festejando los "avances" que no nos llevan a ningún lado, que no responden a nuestras necesidades? ¿Hasta cuándo seguiremos alabando a lo que llega del extranjero, sin darnos cuenta que lo realmente valioso está en casa? ¿Hasta cuándo dejaremos que nos censuren, que nos aíslen, que nos condenen?

Esas personas son el cáncer de nuestra profesión, las razones por las que las bibliotecas continúan vaciándose (a pesar de las "estadísticas" que dicen lo contrario) y no logran cumplir sus objetivos ni en escuelas, ni en barrios, ni siquiera en universidades. Son esas personas las que no miran a su alrededor para darse cuenta de la realidad en la que viven, las que no despiertan de sus "sueños rosados", las que no quieren salir de sus "torres de marfil" llenas de lujos, amiguismo, favoritismo, hipocresía y falsedad. Son esas personas las que continúan silenciando a los que verdaderamente saben para que nadie se dé cuenta de lo ignorantes y pobres que son, y las que continúan pisoteando a los valiosos para que jamás puedan aventajarlas, algo por lo demás extremadamente fácil de lograr.

Esas, las "vacas sagradas" que pastan en nuestra disciplina a lo largo y ancho del continente, que se alaban y se acarician y se loan entre ellas mismas, que se invitan a viajes y estadías para participar de eventos de "alto ranking", esas son la podredumbre de nuestras raíces y nuestros tallos. Nuestra planta jamás dará flores y frutos si no cortamos de una buena vez esas partes tumefactas e inmundas, si no nos damos permiso para crecer mirando lo que pasa, lo que necesitamos y necesitan nuestros usuarios.

Si continuamos oyendo la voz de esas sirenas, perderemos lo poco que tenemos, y jamás llegaremos a ningún puerto. Pero si somos conscientes de la realidad en la que vivimos, si reconocemos la necesidad de estudio, aprendizaje, desarrollo y mejora, y entendemos que las palabras huecas, los eufemismos y las actitudes glamorosas son totalmente inútiles, quizás logremos dar un sentido y un empuje a nuestra profesión. Sin apariencias fatuas, sin "cartel", sin palmaditas en la espalda y sonrisitas hipócritas, sin puñaladas a traición.

Con razón, con corazón, con humildad y con muchas ganas de trabajar pueden lograrse más avances que los que hemos presenciado en los últimos años.

Hace poco aprendí que lo verdaderamente difícil no es oponerse a algo, sino proponer una alternativa valiosa a ese algo. Personalmente, me opongo al actual estado de cosas. Creo que otra realidad es posible en nuestra profesión, una realidad más comprometida con la actualidad de nuestros usuarios. Y creo que la lograremos únicamente si generamos espacios –virtuales o reales– en los cuáles se compartan conocimientos y experiencias en forma libre y de igual a igual. Mientras siga la pirámide de "importancias" (que solo beneficia a unos pocos) seguiremos con mentes vacías y un futuro que se delinea oscuro e incierto para nosotros, para todos nosotros.

Saludos desde una Córdoba otoñal...

Ilustración.