Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 29, 2007

Hay libros malos...

Hay libros malos

"(...) hay libros malos (...) que no se merecen que los recordemos. El olvido es su mejor castigo y nuestra mejor defensa." [1]

Por Sara Plaza

Vaya, vaya, vaya... ¿Será cierto? Porque si es cierto, Matilde de Anjou no debería de estar muy de acuerdo con las palabras que leíamos en la entrada anterior de este blog:

"Recordar no ayuda a entender. Tampoco a perdonar. Recordar ayuda, precisamente, a no olvidar lo sucedido. (...) Recordar ayuda a saber qué queremos y qué no queremos para nuestras vidas, para nuestros futuros... (...) Biblioteca y memoria son palabras asociadas íntimamente. (...) Si deseamos que la memoria siga celebrándose, hagamos de esta celebración un hecho cotidiano, y de nuestras bibliotecas un espacio de memoria."

Mientras para su autor el olvido tiene que ser superado y la memoria revitalizada, la abadesa de Fausse-Fontevrault considera que el recuerdo nos perjudica. Sin embargo, ambos otorgan mucha importancia a sus guardianes: los libros en boca de Matilde, las bibliotecas en palabras de Edgardo.

No es la abadesa la única que siente temor, son muchas las personas que tiemblan con cierta información en sus manos, con el descubrimiento de un secreto, de un misterio mejor o peor guardado... ¿Por qué? ¿Por qué asusta tanto lo que podría pasar si se tiene conocimiento de ellos?

Leía en la citada novela de Rosa Montero que "el terror gana batallas pero pierde las guerras, porque en el corazón de los humanos hay un irreprimible anhelo de libertad". No lo dudo. No queremos que nos aten, no queremos estar apresados, no queremos ser ni mudos, ni sordos, ni ciegos. Sin embargo, hay algo que nos da miedo.

Creo que es la responsabilidad de ser libres, creo que tiene que ver con la posibilidad de elegir, de escoger, de pensar, de decir, de actuar. Creo que está relacionado con atreverse, con intentar, con trabajar. Creo que hace referencia a nuestra dignidad, a nuestro coraje, a nuestro plantarnos frente al mundo.

Y sí, por supuesto que puede llegar a asustar, pero bajo ningún concepto debería ese miedo paralizar nuestras ilusiones, encadenar nuestros sueños, silenciar nuestros anhelos... No debería impedirnos recordar que somos porque otros han sido antes que nosotros, y que no dejaremos de ser cuando otros lo sean después.

La memoria nos mantiene vivos. Yo no estoy de acuerdo con las palabras de Matilde. Es cierto que hay libros malos, pero el poder para perjudicarnos se lo damos nosotros. Por eso precisamente, se vencen muchas batallas con el terror... Pero la guerra, o mejor dicho, la paz, sólo se gana cuando ese miedo es superado.

No están leyendo a una persona especialmente valiente, pero dicen los que me conocen que soy fuerte. Tal vez me ha endurecido un poco la vida, pero no por ello dejo de sentir curiosidad, ni las cicatrices me impiden tener muchas ganas de seguir viviendo, de ser libre y de continuar soñando.

Las cicatrices surcan países, continentes, el mundo entero ¿Cómo no iba a tener unas pocas yo misma? En las páginas de los libros, en los estantes de las bibliotecas, en la madera de una guitarra, en las cañas de un siku, en la piel y el corazón de cada uno de nosotros hay tantas...

La memoria duele, sí, el recuerdo hace daño, sí, pero ese poder, como queda dicho para los libros, no les corresponde ni a la una ni al otro, ese poder se lo otorgamos nosotros. Sin embargo, si olvidamos, ya no podremos volver a ejercerlo, y tampoco tendremos oportunidad de sanar nuestras heridas.

Quedarán nuestras venas abiertas, como las de América Latina, quedará nuestro presente tan ensombrecido como lo está nuestro pasado, como lo estará nuestro futuro si no nos decidimos, de una vez por todas, a hacernos mayores, a crecer y empezar a saber aquellas cosas que preferiríamos ignorar [2].

Ese crecimiento, ese paso adelante, ese mirar atrás, tiene que enseñarnos algo, tiene que servirnos, que sernos útil y, como dijera María Zambrano, mientras caminamos "hay que tener el corazón en lo alto para que no se hunda, para que no se nos vaya. Y para no ir uno mismo haciéndose pedazos".

Se habrán dado cuenta que ahí arriba es donde yo tenía el corazón cuando comencé a escribir estas líneas. Habrán notado incluso, cómo latía. Y es más que seguro que habrán percibido lo rápidamente que agarré mi lapicera y el ratito que aún estuve buscando un trozo de papel.

Me llevó su tiempo encontrar un pedacito usado, una servilleta, un cachito de diario [3], y comencé derramando la tinta a sabiendas de que muy pronto se ahogaría en los márgenes de ese espacio blanco, gris, ocre, más o menos arrugado, mejor o peor cortado, que albergaría sentimientos, palabras de una novela, citas y un poema.

Lo curioso es que me va a quedar una historia sin final, no porque no quepa en este mosaico de retales, sino porque les pertenece a ustedes. Empiezo este tipo de historias una y otra vez. Es como si al pensarlas, al soñarlas o imaginarlas pudiese hacerlas más reales, traerlas frente a mí, colocarlas un instante al alcance de mi mano... y ponerlas al siguiente entre las suyas.

Pero lo verdaderamente maravilloso es que la tinta pueda evocar un horizonte, y este collage desnudar la distancia y dejar mis líneas frente a la presencia anhelada. La de ustedes. La de esos ojos, esas manos, esos oídos y ese corazón que las lean, que las acaricien, que las escuchen y que las sienta.

La biblioteca, los libros, mi lapicera, sólo dejarán un rastro de nostalgia si avanzan con miedo. Yacerán silenciosos si sus estantes, sus páginas y sus pasos se ocultan, si con ellos, en lugar de aflorar, se hunden un poco más nuestros recuerdos.

Por eso tenemos que lograr que el papel, o esta ventanita que hoy nos une, así como los diferentes soportes de nuestra frágil memoria, se vuelvan músculo y se sienta su latido. Tenemos que leer, tenemos que escribir, que hablar, que cantar... Tenemos que vibrar con las palabras y los sonidos.

Para ello es necesario que también escuchemos el silencio. Es importante que no olvidemos, que no dejemos de saber, que no perdamos la memoria. Es importante que recordemos, que conozcamos. Porque si no lo hacemos, estaremos convirtiendo en ciertas las palabras de Jaime Sabines ("Horal"):

El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
nosotros y nada...

Recuerden: la fuerza de los libros –y la de la memoria– no la albergan sus páginas, sino nuestros corazones y nuestras mentes agitándose al escribirlas, al leerlas, al pasarlas y desgastarlas. Sin embargo, en ellas y en cada una de sus arrugas (como en cada una de nuestras cicatrices y en las que recorren nuestro planeta) está el rastro, el recuerdo, de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser un día.

[1] Así habla Matilde de Anjou, la abadesa de Fausse-Fontevrault, en la novela "Historia del rey transparente" de la escritora española Rosa Montero (Alfaguara, 2005, pp. 374–375).
[2] Adaptado de Montero, op.cit., p. 306.
[3] Mis notas no saben de estrenos, y les sienta bien la ropa de segunda mano.

Ilustración.