Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 19, 2007

Leer...

Leer

"... [Leer] en despaciosa lectura tras lenta lectura, en muchas sentadas, en toda la vida..."[1]

Por Sara Plaza

No era una niña cuando comencé a leer por leer. Había superado ya la adolescencia, y escuchaba los bostezos de una joven que recién se echaba los libros a la espalda camino de la facultad de ciencias. Lo hice por aburrimiento. Sí, sí, por aburrimiento. Pasaba muchas horas subida en un autobús, recorriendo los casi 100km que separaban mi pueblo, en la sierra pobre de Madrid, de la capital, donde por entonces empezaba a estudiar Ciencias Físicas. Tenía que madrugar muchísimo, pues cada mañana se formaban enormes atascos para entrar a Madrid, y regresaba de noche, porque los mismos se producían al caer la tarde, y había veces que el autobús iba tan lleno que no paraba en la universidad y aún me demoraba una hora y media más... Por eso empecé a leer por leer, porque me aburría muchísimo en la parada y el viaje en autobús duraba una eternidad.

Por eso, además de las odiosas tablas de logaritmos y un verdadero tratado sobre química que tuve que memorizar el primer año, empecé a echar en mi bolsa negra una novela tras otra. Luego fueron las biografías, más tarde los ensayos. Acudí a algunos clásicos, pero me moví sobre todo entre autores contemporáneos, nacionales e iberoamericanos al principio, norteamericanos, ingleses, africanos, indios y chinos mucho después. Leí historia, leí filosofía, leí poesía y alguna obra de teatro. Leí en español, en italiano y en inglés. Leí libros muy viejitos y los recién horneados, leí cuentos, leí revistas, leí diarios, leí guiones y diccionarios. ¿Pero por qué digo leí? Desde que empecé no he podido parar. La verdad es que no he querido. Y no me he vuelto a aburrir jamás. No salgo nunca de casa sin un libro. Lo lea o no lo lea ese día, igual lo llevo conmigo, igual lo miro, lo agarro, lo abro y lo cierro aunque sea un instante... porque lo necesito. Eso es, necesito saber que puedo leer.

Y hoy lo hago por amor. Lo hago con verdadera pasión, con esa que dicen que hay que vivir. Lo hago con una sonrisa, aunque a veces llore. Lo hago con infinita paciencia, aunque a veces lleve prisa. Lo hago en silencio, aunque a veces lo quiebre para compartir una frase o una idea. Lo hago, no he dejado de hacerlo desde aquellas tardes en que mi bolsa negra bullía con cifras y teoremas, con símbolos y medidas... Aprendía algunas leyes físicas, pero sobre todo me quedó una lección para toda la vida: el puro gusto de leer. Es curioso como a lo largo de ella, tantas y tantas cosas las hayamos descubierto por azar, o digamos, sin saber del todo que las estábamos buscando. Dicen que eso pasa también con el amor, a mí no me cabe la menor duda de que es así cómo sucede con la lectura. Si es cierto que sus mejores profesores son los buenos libros, debo de haber encontrado auténticas maravillas entre las muchas páginas que mis manos y mis ojos han ido desgastando. Sin embargo, considero que también los libros pésimos aportan una experiencia valiosa: uno sabe entonces qué es lo que no quiere volver a leer y va desarrollando una conciencia de lector.

Lo importante es que esa conciencia, ese gusto propio, sea el nuestro y sea libre. Necesitamos que nos dejen leer, y que nos permitan no hacerlo, si ese es nuestro deseo. La obligación es mala consejera, pero peor lo es la prohibición. Hay que tener oportunidades para leer y probar. No nos va a gustar todo, ni nos va a apetecer cualquier cosa en cualquier momento. Nos vamos a equivocar un montón de veces, pero qué importa si estamos eligiendo. No es un deber ni una condena, es un derecho. Además ¡hay tantos libros! ¿Cómo no vamos a dar con un buen puñado de compañeros que echar en la mochila? Hoy se puede leer sobre casi todo, y se puede hacer de mil maneras. Se pueden leer letras, símbolos, imágenes, fotos, sonidos... Si "no hacen falta alas para alzar el vuelo" [2], deberían bastarnos el buen sentido y el empeño para construir nuestra pequeña gran biblioteca. No precisa estantes, ni catálogo, no tiene horarios, ni bibliotecario... va siempre con nosotros, anda nuestros pasos y nos descubre otras huellas, desata nuestra imaginación y nos colorea el horizonte con una paleta de sueños.

No sé si se ha dicho todo, escribirse desde luego, se ha escrito mucho sobre libros, escritores, lectura, biblioteca, escuela... ¿Nos ha servido de algo? ¿Somos mejores lectores? ¿Lo somos siquiera? Quiero que pensar que sí, que entre todas esas páginas han habido buenas ideas, que somos o, mejor dicho, nos hacemos mejores lectores cada día que leemos, precisamente por eso, porque leemos. Tal vez sea lo último sobre lo que me gustaría hablar: qué leemos y cómo leemos. Lo mismo que el camino se hace andando, los lectores se forman con sus lecturas, y en uno y otro caso se aprende más de los tropiezos y de los errores, que de los aciertos, pero es importante que acertemos de vez en cuando. Hay que empezar por el principio, adelantando uno de nuestros pies y agarrando el primer libro. Después vendrán las encrucijadas, los abismos, las dudas, los malentendidos... Nos perderemos y nos hallaremos de vuelta, y a lo largo de todos esos pasos y de todas esas páginas habremos dejado de ser los mismos, pero seremos más nosotros.

Creo que una buena idea es que intentemos saber siempre dónde estamos parados, qué queremos, qué pensamos, en qué creemos... Normalmente las respuestas las tenemos nosotros, lo difícil es preguntarnos. El qué y el cómo leemos depende de cada uno, podemos pedir ayuda, consejo, opinión, pero al final los que leemos somos nosotros y el mismo libro no es igual para cada lector. Ni siquiera es el mismo cuando lo leemos dos veces. De manera que démonos tiempo y oportunidad, busquémoslo y encontrémosla. Leamos, salgamos a caminar, miremos a nuestro alrededor, escuchemos, charlemos... Tenemos tanto para descubrir, tanto para hacer, tanto para leer... es cuestión de empezar, de seguir, de llegar; es cuestión de soñar, de emprender, de intentar; es cuestión de elegir, de actuar, de lograr; es cuestión de crecer, de sentir, de vivir.

[1] Pedro Salinas. Poeta y escritor español
[2] Silvio Rodríguez. Cantautor cubano.

Ilustración.