Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 26, 2007

Memorias...

Memorias

Por Edgardo Civallero

El sábado 24 de marzo –feriado nacional en Argentina, declarado "Día de la Memoria"– comencé a revolver y revisar entre mis CDs –costumbre de músico viejo– rebuscando entre algunas antiguas placas que siempre hicieron mis delicias. El día amaneció lluvioso en Córdoba, una mañana especial para mates calientes (clásica costumbre argentina), buena música y algo de trabajo. Del álbum "Morena Esperanza" de los chilenos de "Illapu" surgió esta letra, ya casi olvidada.

En esta tierra donde nacimos
me da tristeza lo que vivimos...
¡Cuántas promesas de nuevos días
y la justicia no se avecina...!
El sol que viene de amanecida
no lo vislumbro, con tanta herida
que sigue abierta en la memoria.
Está de luto toda la historia.
Estoy atento por si algún día
un nuevo viento llega a mi vida
¡Qué los culpables cumplan condena
y las promesas se vuelvan ciertas...!

Era "Por si algún día". Poco después apareció "Tres versos para una historia", del álbum "Vuelvo amor, vuelvo vida", del mismo grupo.

Usted me busca, y no me encuentra,
pero yo estoy aquí, soy como usted...
No he desaparecido. Yo soy reflejo vivo.
Escucho trenes deprisa y gritos de vendedores...
Juan terminó la escuela,
y, aunque muy tarde sea,
irá buscando la verdad.
Usted y él me encontrarán.
¿Ves?, yo estoy aquí
dónde jamás me fui.
Estoy aquí, y a veces canto.
Te puedo ver, sola, bailando...
Para que nadie pierda la memoria,
porque soy parte de esta historia.
Están mis hijos, mi mañana

León Gieco cantó después, cuando ya el mate se enfriaba sobre mi escritorio. En "Mensajes del alma", del álbum del mismo título, clamaba contra los militares argentinos y contra los curas que los bendijeron mientras ellos asesinaban.

¿Qué piensas cuando te hablo de todo lo que pasó?
¿Viste que todas las cosas se saben con el tiempo?
Suelto y aun viviendo, el católico que bendijo
ya perdió hace mucho tiempo su lugar en el cielo.
Todos los días que te lleve saber cómo esto fue
te servirán para ser, en otro tiempo, algo más libre.

¡Que dignidad tan grande es la de creer siempre en la vida
con solo ver una flor brotando entre las ruinas!

Y luego, del álbum de Gieco "Bandidos rurales" rescaté "La memoria":

El engaño y al complicidad
de los genocidas que están sueltos...
El indulto y el "Punto Final"
a las bestias de aquel infierno.
Todo está guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia.
La memoria despierta para herir
a los pueblos dormidos que no la dejan vivir
libre como el viento.

Todo esto era parte de un pequeño, mínimo homenaje personal a eso que muchos celebraban en marchas y manifestaciones a lo largo y ancho de todo mi país: la memoria.

En algún texto del uruguayo Eduardo Galeano leí que un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro. Efectivamente, cuando un pueblo no sabe de dónde viene y no recuerda los obstáculos que ha superado, es imposible que se reconozca en su presente o que sepa hacia donde deben (o pueden) guiarlo sus pasos. Un claro ejemplo de este fenómeno puede encontrarse en muchas sociedades indígenas actuales de nuestro continente, que habitan en un limbo oscuro y nebuloso gracias a las campañas de aculturación, a las políticas discriminatorias y a los sistemas educativos nacionalizadores, que borran hasta el último vestigio de su propia memoria y su propia cultura sin proporcionar nada nuevo (si tal cosa fuera válida). Tales individuos caminan por la calle sin saber quiénes son: sus padres les dijeron una cosa, pero en la escuela les dijeron otra, y en la calle la gente les dice una tercera distinta.

A muchos sudamericanos (y a los argentinos en especial) quizás nos pase lo mismo. Preferimos olvidar el horror para que no nos duela, pero, al mismo tiempo, estamos borrando de nuestras mentes un aprendizaje enorme, infinito, valiosísimo.

El "Día de la Memoria" busca recuperar el recuerdo de los años de la "Guerra Sucia" en Argentina. No soy analista político ni historiador, y aunque lo fuera no podría hacer un análisis objetivo de lo acaecido porque ningún análisis humano puede serlo. Sólo sé que hubo muertos, que hubo muchos, y que la mayor parte de las muertes (crueles como pocas, inmundas en su inhumanidad) fueron innecesarias y aplicadas a individuos inocentes.

Sé que esto no pasó solo en Argentina. En Chile, en Uruguay, en Paraguay, en Perú, en Guatemala, en Colombia, e incluso en España, tales cosas sucedieron. Fueron miles los desaparecidos, los ejecutados sumariamente, los torturados, las mujeres violadas, los niños raptados. El catálogo del horror es infinito, y ha sido reflejado por libros como el argentino "Nunca más", o los informes chilenos y guatemaltecos. Leerlos es encontrarse con un mundo que creíamos olvidado en los campos de concentración de la II Guerra Mundial (que no fueron sólo nazis) o en las cámaras de Torquemada. Es encontrarse con lo más bajo del género humano, con los instintos más crueles aplicados a personas que, en muchos casos, sólo buscaban un poco de justicia y equidad –sin colocarse en posturas radicales ni violentas– en países en donde los sonidos de las botas se habían vuelto comunes resonando por las calles.

Recordar no ayuda a entender. Tampoco a perdonar. Recordar ayuda, precisamente, a no olvidar lo sucedido. Sólo eso. Nada más y nada menos que eso. Porque si alguna vez vuelve a ocurrir, podremos actuar en consecuencia. Y si bien la historia jamás se repite dos veces, algo habremos aprendido de nuestras experiencias anteriores como para saber desenvolvernos en forma diferente y no poner la otra mejilla, como recomendaron muchos.

Recordar ayuda a saber qué queremos y qué no queremos para nuestras vidas, para nuestros futuros. Recordar permite comprender que tenemos las herramientas suficientes y necesarias para poder trazar nuestro camino en forma libre, igualitaria y humanitaria sin por ello tener que caer en las manos de salvajes desorganizados o de radicales violentos. Recordar significa aprender de las caídas del pasado, y burlar el aforismo que dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

Biblioteca y memoria son palabras asociadas íntimamente. La biblioteca es memoria hecha materia, pensamiento hecho documento, recuerdos en soportes físicos y tangibles. Y los bibliotecarios no somos más que gestores de esa memoria, la memoria de nuestra gente, de nuestros padres y abuelos y hermanos. Con nuestro trabajo, con el trabajo diario de organización, gestión y difusión, con los servicios de organización y análisis, con la apertura de los estantes, los bibliotecarios liberamos información, y al hacerlo, liberamos y repartimos memoria.

No agreguemos más cadenas a esa memoria que nuestra sociedad nos ha confiado. No pongamos más trabas en su acceso (un acceso garantizado como un derecho humano elemental). No desconozcamos a nuestros usuarios potenciales porque no tienen las mismas posibilidades (socio-económicas) que nuestros usuarios "preferenciales". Recordemos que, además de apoyo a la educación y a la información, difusores del saber, casa del pueblo, y lugar de encuentro y recreación, la biblioteca es la gestora de las memorias. Y, si no queremos caer nuevamente en las garras de un pasado odioso, es conveniente que esa memoria circule.

Que se cuente, que se lea, que se escuche: una biblioteca no debe contener sólo libros.

Que llegue a cada esquina: una biblioteca no debe quedarse encerrada y esperar a que los usuarios lleguen a ella.

Que sea accedida por todos en forma libre y gratuita.

Que pueda ser accedida en los idiomas maternos de nuestros lectores, o en aquellos sistemas que empleen para poder aprehender información (braille, libros sonoros...).

Si deseamos que la memoria siga celebrándose, hagamos de esta celebración un hecho cotidiano, y de nuestras bibliotecas un espacio de memoria. Porque tenemos un rol en esta sociedad en la que trabajamos, y no es precisamente el de ser conservadores de museos de libros, o ratones de bibliotecas encerrados en sus estantes. Tenemos un rol activo, participante, tremendamente importante en el desarrollo y crecimiento de nuestros países, de nuestras provincias, de nuestras ciudades. Ejerzamos ese rol, y garanticemos, a nuestros usuarios, el cumplimiento de sus derechos.

Incluyendo el de la memoria.

Un abrazo desde una Córdoba aún lluviosa...

Ilustración.