Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 01, 2007

Oralidad, fondos orales y muchas propuestas...

Oralidad, fondos orales y muchas propuestas

Por Edgardo Civallero

La oralidad sigue siendo un milagro cotidiano, un milagro que se produce y se reproduce cada vez que abrimos la boca para decir algo, cada vez que hablamos. Muchas veces no le damos importancia al habla, dado que, en la mayoría de los casos, es realizada casi como un movimiento reflejo, sin pensar detenidamente en lo que se dice. Pero cuando se analizan los contenidos que se transmiten oralmente, se encuentra que la complejidad y el caudal de la información emitida y recibida es inmenso.

He escrito en varias oportunidades sobre este medio de transmisión, sus estructuras y sus mecanismos de acción. Desde que comencé a trabajar con pueblos indígenas, allá en el 2001/2002, y entré en íntimo contacto con una sociedad que, si bien conoce la lecto-escritura, basa la perpetuación de sus saberes en la palabra hablada, me he enamorado de la tradición oral. Y somos muchos los que seguimos recuperando esos sonidos que se desvanecen justo después de ser emitidos, esas historias que se modifican en la boca de cada narrador, esas leyendas que varían a través de los años, esos recuerdos mínimos que tanto hacen a nuestra identidad y a nuestro acervo.

A través de las tradiciones indígenas, descubrí mi propia tradición oral, la de mis abuelos italianos, la de mi entorno citadino, la de mi cultura europeizada. Descubrí que, por debajo del gran torrente dominante, corren miles de arroyos que susurran, en silencio, las historias pequeñas, los discursos alternativos, las miradas y las perspectivas diferentes, los pensamientos que nunca pudieron ser escritos y publicados, los gritos silenciados o censurados. Todo eso también nos pertenece y es parte de nuestra cultura.

¿Cuánto sabemos los bibliotecarios sobre oralidad? ¿Cuánto conocemos sobre sus características, sobre las técnicas para su recolección, sobre su organización y difusión, sobre su preservación? ¿Cuánto nos han enseñado, cuánto hemos aprendido en el trabajo de campo, cuánto hemos leído?

Nuestra formación profesional se ha centrado en el libro –y, en general, en los formatos escritos– como medio principal de salvaguarda y difusión de saber. Quizás al hacer eso nos han colocado límites a nuestra visión y nos han impedido saber que, así como muchas sociedades y culturas conocieron la escritura y la emplearon para perpetuar sus conocimientos, muchas otras –e incluso muchísimos individuos y estratos sociales dentro de las literatas– nunca la conocieron.

Definitivamente, tenemos escasa formación en esta área y en estos temas. Sería importante que los profesionales de la información y la memoria (bibliotecarios y archiveros) trabajásemos hombro con hombro en la investigación y desarrollo de técnicas avanzadas para la gestión y, en especial, para la difusión responsable y comprometida de esta información sonora que tanta relación tiene con nuestra identidad.

Es urgente que se trabaje, porque la oralidad, al no encontrarse plasmada sobre soportes estables, no sólo se modifica con el tiempo, sino que desaparece si no se la transmite. Y, en un mundo que se informatiza a pasos acelerados, muchas veces la palabra hablada y las tradiciones antiguas pierden su importancia y desaparecen en las bocas y en las memorias de los ancianos que mueren. Así pasa en las comunidades indígenas, en las "minoritarias" y en muchas campesinas, por no hablar de algunos sectores urbanos.

En el caso de las indígenas, algunos pasos se han dado para la salvaguarda de su conocimiento y de sus lenguas, cuyos destinos están íntimamente ligados al de la tradición oral que expresan. Ya mismo, en Argentina, y hospedado por el CAICyT y el CONICET, se pretende implementar el proyecto DOBES (Dokumentation Bedrohter Sprachen, Documentación sobre Lenguas Amenazadas), una propuesta que, basándose en las estimaciones de lenguas en peligro proporcionadas por la UNESCO, pretende, desde el año 2000, documentar la mayor cantidad posible de las mismas. En Argentina, se centraría sobre los idiomas indígenas, muchos de ellos en franco proceso de repliegue y silenciamiento.

Existen, además, distintos archivos que se están generando como espacios de almacenamiento y difusión de las lenguas y saberes aborígenes latinoamericanos. Tales actividades se presentan como una contracara a la globalización homogeneizadora que nos domina en la actualidad. Quizás la oferta más conocida sea la de AILLA (Archive of Indigenous Languages of Latin America), un archivo semi-abierto hospedado en la Universidad de Texas, con fondos sonoros y transcripciones.

Sin embargo, no deja de preocupar la falta de conocimientos técnicos, metodológicos, teóricos y empíricos que caracteriza a muchos bibliotecarios, quizás por una ausencia de formación en la carrera, quizás por una falta de información acerca de esta temática. Me preocupa que nuestras mentes sigan siendo asfaltadas con ideas incorrectas, como la superioridad de los formatos escritos y la preeminencia del formato "libro" en un mundo caracterizado precisamente por la heterogeneidad, la diversidad, los mil enfoques distintos y las mil estructuras diversas para preservar y transmitir saber. Me preocupa que sigamos sumergidos en el "no-saber" y en el "no-actuar" cuando, a nuestro alrededor, todos los días una parte de nuestra memoria colectiva se calla para siempre y, con ella, desaparecen muchos años de experiencia, de información, de aprendizajes.

Siempre dije y repetí que los bibliotecarios somos gestores de la memoria humana. Si es así, debemos comprender que nuestra memoria puede escribirse, pero eso es sólo una parte pequeña de la misma, reservada a aquellos que saben leer y escribir. La otra parte –la mayor, la más abundante, la más rica e interesante, la más popular si se quiere– no se escribe: se cuenta. Y es tan importante y tan nuestra como la que más, y debemos ocuparnos de ella como nos ocupamos de todos nuestros otros documentos.

Como profesionales, esa debe ser nuestra responsabilidad. Curioseemos, aprendamos, preguntemos, y, sobre todo, escuchemos y repitamos. Porque solo a través del uso y la práctica de nuestra tradición oral seguiremos reproduciendo nuestra identidad y practicando nuestra memoria, una memoria que nos hace quiénes somos y nos permite recordar nuestro pasado para entender nuestro presente.

Un abrazo desde una Córdoba nublada, coloreada por árboles que se encienden en un incendio amarillo sin fuego...

Ilustración.