Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 05, 2007

Por dónde empezar cuando desconocemos lo que creíamos saber

Por dónde empezar cuando desconocemos lo que creíamos saber

Por dónde empezar cuando desconocemos lo que creíamos saber

¿Qué tal si lo primero preguntamos?

Por Sara Plaza

No es sencillo. Acostumbrados a responder sin que nos pregunten, no sabemos hacer preguntas. Desconocemos hasta lo que creemos saber y, como hemos cultivado poco la escucha, nuestras respuestas pocas veces sacian la curiosidad de quienes, con infinita paciencia, observan nuestro desorientado ir y venir. Lo increíble es que nos parece estar resolviendo sus dudas cuando, en realidad, somos nosotros quienes dejamos de hacer pie hace mucho tiempo y flotamos en un mar de incertidumbre.

Creo que ya lo dije en una oportunidad anterior: no soy bibliotecaria, me formé como docente y creo que mi mayor experiencia ha sido la de ser y seguir siendo alumna. Anteayer entregaba mis "deberes" en los pasillos de una escuela [1], ayer tomaba notas en las aulas de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, y en el patio del Centro de Investigación de Literatura Infanto–juvenil [2], hoy en las instalaciones de la Asociación de Sordos de Córdoba, donde acabo de inscribirme en el curso de Lengua de Señas, mañana lo haré en las de la biblioteca para ciegos de la misma ciudad, participando en el proyecto "Libros Sonoros" y pasado mañana en La Paz, asistiendo a un taller sobre Bibliotecas Indígenas.

Trato de aprender. Lo intento con todas mis ganas, con infinita curiosidad, con la misma pasión que vivo. Y lo hago poco a poco. Sé que lo estoy haciendo y sé que nunca dejaré de hacerlo. Sin embargo, ni siquiera eso que aprendo creo saberlo. Dudo casi siempre y me equivoco a menudo. Cuando me siento a trabajar delante de la computadora, apenas si tengo hueco para el teclado entre mis diccionarios. Cuando leo por la noche en mi pieza, extiendo una verdadera alfombra de papel junto a la cama, y no me da pereza revolver en las estanterías para ubicar tal o cual libro, donde se decía algo que tenía que ver con lo que yo intento poner por escrito.

En definitiva, no dejo de cuestionarme cada una de las palabras que leo, escucho, digo o escribo. Sin embargo, sigo sin saber hacer preguntas. Tal vez, mi gran sorpresa ha sido encontrar el mismo desconocimiento en otro montón de docentes y en no pocos bibliotecarios. De un tiempo a esta parte, nadando entre esas dos aguas, acariciando las costas de las aulas y los estantes, me he dado cuenta de que muchos de nuestros proyectos se hunden a la par. En numerosas ocasiones las escuelas y las bibliotecas encallan, y en no pocas he observado que se escoran o se quedan navegando al pairo. No debemos ser buenos timoneles, desde luego, y no sé si como grumetes nos aceptarían en alguna flota.

Un marinero que no conozca los vientos, que no distinga en el aire el olor de la tormenta, no va a llegar a buen puerto. Un docente o un bibliotecario que desconozcan a su comunidad, que olviden sus necesidades, sus anhelos, sus cuitas... un profesional de la información o uno de la educación que no sepan que para informar o para educar, primero hay que preguntar, y que antes de dar una respuesta tienen que escuchar las de sus usuarios y alumnos, no van lograr enseñar y difícilmente aprenderán ellos. Escribía Eduardo Galeano que "El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y a aceptar el futuro en lugar de imaginarlo [...]. En su escuela, [...] son obligatorias las clases de impotencia, amnesia y resignación." [3]

¿Es ahí donde estamos parados? ¿Es ése el mundo que queremos construir? ¿Son ésas las asignaturas que queremos aprobar? Supongo que no, quiero creer que como profesionales que somos y como ciudadanos de una sociedad que nos importa y que queremos mejorar, vamos a replantearnos seriamente que el principio no es ni será nunca la respuesta. Que para comenzar un proyecto tenemos que preguntar –y preguntarnos– si quienes se van a beneficiar de él lo necesitan, lo quieren, lo piden, lo conocen, lo van a llevar a cabo... Tenemos que preguntar y preguntarnos si podemos hacerlo, si podemos ponerlo en práctica, si podemos conseguir recursos (económicos, materiales, humanos, etc.)

Si tenemos que preguntar más vale que no olvidemos que también tenemos que estar dispuestos a escuchar. Y no precisamente las respuestas que habíamos previsto, sino las que nunca pasaron por nuestra imaginación. Últimamente he oído mucho la expresión "dar voz a los que no tiene voz". Pues bien, para devolver la voz al otro, no basta con darle la palabra, tenemos que escucharla, tenemos que tratar de entenderla, que interpretarla en su contexto, que relacionarla con el nuestro. Sus voces no van a escucharse si nos tapamos los oídos. No tenemos la verdad, no sé si existe siquiera, pero desde luego no es cosa de unos pocos. Tampoco tenemos la razón, tal vez sí que haya una, sin embargo será entre todos que la alcancemos un día.

Estoy hablando de comunicación. Estoy diciendo que la falta de diálogo con nuestras comunidades, con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros alumnos y nuestros usuarios nos está convirtiendo en piedras: enmudeciéndonos, ensordeciéndonos, encegueciéndonos. Estoy denunciando que nuestras ideas no van a florecer si desecamos la tierra donde queremos plantarlas, que si no somos capaces de creer que el otro puede, tampoco ellos van a confiar en su fuerza. Decimos que queremos enseñarles a pescar y no darles el pez, pero no les preguntamos si es eso lo que quieren aprender, no sabemos si desean ser pescadores. ¿Y si quieren ser agricultores? ¿Y si prefieren ser cocineros? ¿Y si deciden ser ingenieros? Si pretendemos que nuestros hijos, nuestros alumnos y nuestros usuarios piensen por ellos mismos y se hagan a sí mismos, dejemos que piensen y que hagan, y empecemos a preguntarles qué piensan y qué hacen para ver si de alguna manera podemos ayudarles, acompañarles.

Quisiera concluir estas líneas con las finales del relato corto que escribí para mi sobrino–nieto, y que titulé sin más "El legado":

Me gustaría que si alguna vez encuentran nuestras huellas, no dejen de dar sus propios pasos; que si en algún momento se topan con una vieja senda, no pierdan de vista el horizonte ignoto; que si en alguna ocasión nos recuerdan, no echen en el olvido su pasado...

Quizás el mayor tesoro que podamos compartir con ellos cuando ya no caminemos a su lado sea haber dado alas a sus pies, haber creído en sus sueños, haber empujado su vuelo... Tal vez nuestro legado tenga poco o nada que ver con la riqueza, pero los enriquecerá seguro si tienen ganas de vivir, si aprenden –aunque nadie se lo enseñe– que vivir vale la pena, que la vida, sin ser fácil ni sencilla, es la vida y la tienen que vivir...

Las muchas preguntas que se hagan, las pocas respuestas que encuentren... esa curiosidad insatisfecha, es la que debería hacerles seguir adelante. Ni siquiera sé si les pusimos en camino pero creo, sincera y profundamente, que tendríamos que dejarles, al menos, unos buenos zapatos: los interrogantes. Ese será nuestro regalo, tantas y tantas cosas que no supimos, que nunca averiguamos, que jamás aprendimos...

Tienen todo por descubrir, mil y un tesoros que desenterrar, muchas lunas que ver brillar y muchas estrellas que aprender a seguir con la mirada, tienen todo un firmamento por desentrañar y una tierra para sembrar... De modo que tendrán que hacerse científicos, piratas, astrónomos, agricultores...

Creo que lo único que humilde y orgullosamente podemos dejarles es un presente lleno de dudas para que puedan elegir su futuro.

Creo que sí, creo que si les dejamos elegir tanto a nuestros hijos, como a nuestros usuarios y alumnos, les estaremos dando la oportunidad de preguntarse cómo imaginan el futuro y cómo lo van a hacer realidad en el presente.


[1] Como "tía–abuela" postiza de un niño al que adoro, participé con un breve relato que nos pidieron a todas las abuelas, con motivo de "El día de las abuelas". Teníamos que escribir sobre el legado que queríamos dejarles a los más pequeños, y con esos relatos se haría una publicación especial para la escuela.

[2] En el marco de un par de talleres y una charla con motivo del cierre del Programa de Extensión de la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, "Promoción y Animación a la lectura y escritura".

[3] Galeano, Eduardo: Patas Arriba. La escuela del mundo al revés.

Ilustración.