Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 12, 2007

Sin sentidos, sin sentido…

Sin sentidos, sin sentido

Por Edgardo Civallero

Nacer desprovisto de uno de nuestros sentidos –o perderlos, total o parcialmente, a lo largo del camino– es un hecho que marca la vida de un ser humano para siempre. Si bien puede vivirse, sin lugar a dudas, una vida completa, plena y rica sin vista u oído –o sin el habla– el mundo pierde muchísimas de sus complejidades y adquiere otras nuevas para una persona ciega, sorda o muda. El tiempo sigue, también el sendero vital, y esas personas se acostumbran a su pérdida o a su carencia y aprenden a lidiar con los asuntos cotidianos con una maestría brillante. Aún así, en ningún caso puede decirse que sea "lo mismo" poder oír, ver o decir que no poder hacerlo.

Con estas palabras iniciales no deseo en absoluto señalar con mi dedo asombrado a ciegos, sordos y mudos como si fueran monstruos, o personas "diferentes", o discapacitados que merecen nuestra lástima y conmiseración. Pero tampoco me iré al otro extremo y emplearé eufemismos como "invidentes", "desprovistos de habla" o "hipoacúsicos". Tal cosa me parece hipócrita. Esas personas carecen de un sentido, y eso no los vuelve ni mejores ni peores, ni más o menos frágiles o desdichados. Simplemente, poseen una particularidad que los fuerza a adquirir una serie de destrezas para poder desenvolverse en un mundo y una sociedad que, generalmente, no gusta de los "grupos con particularidades", sean homosexuales, indígenas, emigrantes, paralíticos u oligofrénicos.

Siempre sentí una enorme curiosidad por los sordomudos, por su esfuerzo infinito por comunicarse, por su alegría de vivir. Siempre me planteé cómo sería vivir sin sonido, especialmente para mí, músico desde pequeño. Pocas veces tuve respuesta, sencillamente porque, para gran parte de nuestra sociedad, "esa gente" es "gente con problemas", vistas como "especímenes raros", como curiosidades que se cruzan de vez en cuando por la calle haciéndose señas ininteligibles y riéndose con "sonidos patéticos" que ni ellos mismos pueden escuchar, o escribiendo en una pizarrita para poder ser comprendidos. Pocos saben algo más de ellos. Muchos tienen esa imagen de tales personas, una imagen que discrimina, que no abre los brazos, que pone barreras (más y más barreras, murallas y cercos) y que no se esfuerza en acercarse y aprender, entender y crecer.

Si esta apreciación mía les parece exagerada, pregúntense cuánto saben de la cultura sordomuda. Habrá gente que sepa, por supuesto, pero son los menos. Hagan la prueba... Pregúntense, por ejemplo, como hacen los sordomudos para aplaudir, si para ellos el aplauso –una expresión totalmente sonora– no tiene sentido. Pregúntense como hacen los sordomudos de nacimiento para aprender a escribir y a leer, si tales elementos están basados –en casi todas las sociedades del planeta– en el habla y en la escucha. Una palabra no se aprende bien hasta que se la asocia a un sonido y a un significado. Pregúntense cuántas veces han dicho "gracias" a un sordomudo, o han devuelto un "de nada".

Probablemente no tengan respuestas a estas preguntas, como no las tenía yo hasta hace poco. Ocurre que Sara y yo tenemos una amiga sorda que, poco a poco, ha visto como los audífonos le sirven cada vez menos y tiene que ayudarse cada vez más de la lectura labial y del lenguaje de señas. Ya la curiosidad y el reconocimiento de una necesidad por parte del otro nos empujaban, pero el detonante fue una conferencia sobre servicios del lectura en comunidades indígenas que dimos en el marco del encuentro presencial del PROPALE, y en la cual colaboraron dos colegas que habían desarrollado un programa de cuenta-cuentos en comunidades nativas Qom, pero que habían iniciado su labor con sordomudos (uno de ellos, Rubén López, es un cuentero fabuloso del grupo Venique Tecuento). Oír sus experiencias, sus ideas y sus descubrimientos fue el empujón que necesitábamos para anotarnos en EDOSLOESCOR, en Córdoba, e iniciar, el sábado pasado, el curso de lenguaje de señas.

No, no se trata del conocido juego "dígalo con mímica", aunque a veces lo parezca, y se necesite un mucho de dotes actorales para poder expresar una idea con congruencia. No se trata tampoco de hacer señas con las manos: la expresión facial, el tiempo, el movimiento de los signos y la ocupación del espacio también son parte del vocabulario y la gramática de esta lengua.

Se trata de un verdadero lenguaje, con vocabulario completo, números y letras, expresiones formales e informales, y una compleja gramática que permite mantener una charla entre amigos y dar una conferencia especializada. Sí, mis palabras suenan asombradas porque estoy compartiendo con ustedes algo que yo ignoré durante mis 34 años, y que me llenó de esperanza, de alegría y de un sano sentimiento de superación.

El mundo y la cultura de los sordomudos es extremadamente particular, como lo es la de cualquier "minoría" (odio esa palabra, pero en este momento no encuentro ninguna mejor para expresar lo que quiero decir). Mientras con Sara aprendíamos los rudimentos de la lengua y de la cultura, me preguntaba cuántos bibliotecarios habrían tomado clases allí. Supuse que pocos. Pocos encuentran provecho en aprender algo que van a utilizar en escasas ocasiones, aún cuando sirve para hacer sentir a una persona –aunque sea a una sola– un poco más comprendida, más aceptada, más incluida.

Lo distinto asusta, lo pequeño no interesa, lo problemático debe ser olvidado y lo nuevo amenaza. Esa parece ser la filosofía del ser humano en general y del bibliotecario en particular. El resultado de esta filosofía puede ser vista en las noticias: sociedades enteras que se derrumban internamente, que se aniquilan entre ellas, con las raíces podridas de racismo e incomprensión, agujereadas por el odio hacia minorías apartadas del camino y por la indiferencia de mayorías mudas, que prefieren no pensar. Bibliotecas que se vacían, que se empobrecen, que pierden usuarios. Una disciplina que no muestra señales de avanzar, que sigue mirando su ombligo y auto-adorándose, satisfecha por haber incorporado la computadora a los estantes. Y escuelas de bibliotecarios que siguen sin enseñar absolutamente nada, especialmente cosas que nos hagan crecer (cosas como, por ejemplo, solidaridad, pensamiento independiente, conciencia social, sentimientos).

Esto nos pasó con los sordomudos. Pero un tiempo antes habíamos estado con Sara en la Biblioteca Córdoba, la única biblioteca "pública" (las demás son "populares") de la ciudad en la que vivimos. La Biblioteca Córdoba tiene un servicio importante destinado a ciegos y disminuidos visuales, y Sara estaba tremendamente interesada en colaborar en la grabación de libros sonoros. Con su acento madrileño y su enorme sonrisa, hubiera sido raro que no la hubieran aceptado con los brazos abiertos. Hizo muchos amigos por allí, y poquito a poco fue conociendo el universo de la biblioteca para ciegos y el de la propia comunidad invidente cordobesa.

Para mí, el contacto con dicho universo llegó mucho antes, hace cuatro años, cuando cursé un seminario optativo sobre "bibliotecas para ciegos" durante mi licenciatura en la Escuela de Bibliotecología de Córdoba. Si bien esa Escuela –y sus integrantes– me sigue pareciendo de un nivel bajo, debo reconocer que esa propuesta puntual fue una de las pocas que realmente captaron mi interés a lo largo de mi carrera. No sólo aprendí a leer y a escribir braille, sino que conocí la realidad de los tiflolibros, la estructura y los servicios de una biblioteca para ciegos... y muchas curiosidades en torno al universo de las personas total o parcialmente desprovistas de ese valioso sentido.

Es curioso que para nosotros, los ciegos sean poco menos que personas de lentes oscuras y bastón blanco que caminan dando golpecitos por las calles, o piden en las peatonales mientras hacen música. Esa es la imagen popular del ciego. Detrás de ese estereotipo vulgar e insensible hay mucho, muchísimo más. Nuevamente los invito a preguntarse cuánto saben ustedes –como personas y como profesionales– de los ciegos, de su cultura, de sus necesidades, de sus particularidades y características únicas.

La biblioteca para ciegos cordobesa cuenta con muy poco presupuesto para máquinas o libros. Tiene que grabar sus libros sonoros con la ayuda de voluntarios, y hay enormes listas de espera para los más pedidos (p.ej. "El Código Da Vinci"). Los libros en braille son un bien lujoso. Para poseerlos, dependen especialmente de la producción propia, algo que no resulta tan sencillo ni tan barato. La cultura, como siempre, es la gran olvidada de todos los gobiernos y de todas las sociedades, y, en lo que respecta a minorías más olvidadas aún, el grado de silencio puede ser alarmante.

Pregúntense a cuántos usuarios "diferentes" han tenido que atender en su carrera. Pregúntense cuántas minorías hay en su barrio, en su calle, en su pueblo. Pregúntense sobre cómo los atenderían si llegara el caso. Pregúntense si alguna vez alguna maestra, algún profesor, algún directivo de su institución les explicó cómo hacerlo, les proveyó del marco cultural preciso para comprender a ese usuario "diferente" y brindarle el servicio bibliotecario que se le brinda a todos los demás. Pregúntense hasta cuándo vamos a vivir en un mundo en el cual los que somos "normales" somos dueños de la cultura, del espacio y de la vida, y "los otros", los estereotipados, los olvidados, los incomprendidos, los enfermos, los distintos, deberán seguir caminando a las sombras, usando ciudades en cuyo diseño sus necesidades jamás fueron incluidas y servicios (como las bibliotecas) en los cuáles los servidores (los bibliotecarios) no están entrenados (y ni siquiera enterados) en proveerles ayuda.

Y no se / me respondan que ustedes no son la hermana Teresa de Calcuta y que no tienen por qué dar servicios a esa gente o estudiar cosas que sólo sirven para ayudar a algún cieguito perdido o a algún sordito ocasional. Porque si responden así no merecen el calificativo "humanos" después de la palabra "seres".

Háganse esas preguntas, y sigan más allá. Les aseguro que, si las encuentran, las respuestas van a ser inquietantes. Actúen, luego, en consecuencia. Verán como al querer aprender, al querer enterarse, al querer mirar más allá de las paredes que diariamente alzamos a nuestro alrededor para protegernos (de no sé qué) podrán expandir sus horizontes, iluminar su mirada, hacer que florezcan las ideas y permitirse ser más solidarios, más comprensivos y más humanos.

Desde mi Córdoba otoñal, reciban un abrazo cordial.

Ilustración.