Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 02, 2007

Bibliotecas, brecha digital… y nosotros

Bibliotecas, brecha digital... y nosotros

Por Edgardo Civallero

Durante la semana pasada he participado en un foro virtual organizado por la lista AIBDA, perteneciente a la Asociación Interamericana de Bibliotecarios, Documentalistas y Especialistas en Información Agrícola. La propuesta –centrada en la temática "Bibliotecas agrícolas, brecha digital e Internet"– fue lanzada por los responsables de la lista, que convocaron a cuatro profesionales latinoamericanos (entre los cuáles me encontraba) para escribir un breve ensayo que sintetizara algunas ideas acerca de esta temática, tan actual como espinosa.

Comparto las palabras que envié a dicho foro. Las preguntas que se generaron entre los participantes se centraron, en general, en torno a una misma preocupación, que creo que nos alcanza a todos los bibliotecarios como gestores de información en una tierra que está "de este lado" de la brecha digital: ¿cómo lograr que los saberes que manejamos lleguen a las manos de aquellos que más los necesitan, que son, por lo general, los que menos oportunidades tienen?

Gran pregunta, sin lugar a dudas. Si existiera una respuesta sencilla a la misma, no existiría la brecha digital, ni los desinformados, ni otros tantos males que nos aquejan ¿verdad?

En ese foro, en la ronda de preguntas, comenté que no nos debería preocupar tanto la dicotomía "digital vs. papel" o "conectados vs. desconectados". Esa situación ya está aquí, entre nosotros, y cuánto menos tardemos en aceptarla, mejor será. Ni es equitativa ni es justa: ha sido impuesta por las circunstancias, por el modelo global, por los nuevos paradigmas económicos, por la evolución desenfrenada de las tecnologías. Y ha sido aceptada como "natural" por muchas de nuestras "asociaciones profesionales". Poco podemos hacer para derrotar un monstruo tan grande, que se ha encargado de dejarnos fuera de muchos sistemas. Quizás ha llegado la hora de que nos sentemos a buscar soluciones alternativas, dado que el statu quo no puede cambiarse.

Personalmente, apuesto por los formatos de acceso abierto. Creo que los archivos libres y las bibliotecas digitales en donde se promocionen producciones locales de acceso abierto pueden ser una buena solución. Creo que debemos apostar por su creación, por su uso entre nuestros lectores, por su preservación (a pesar de la oposición de los grandes monstruos editoriales traficantes de conocimiento), por su reproducción...

Por otro lado, apuesto por la formación de los profesionales de la información. No, no pasa por saber manejar una computadora, ni ser un experto buscador de recursos digitales, ni dominar los lenguajes de clasificación y catalogación. Todo eso importa poco a nuestros usuarios. Importa, sí, saber qué recursos son los que nuestros destinatarios finales precisan, y saber cómo conseguírselos y hacérselos llegar en forma pertinente.

En tercer lugar, apuesto por darle valor a nuestra propia información, la generada en nuestro continente, en nuestros países, en nuestras regiones. Ese saber está referido a nuestros problemas concretos y puntuales, y, por ende, proporciona respuestas directas a nuestras crisis. Dado que, generalmente, es producido en el marco de instituciones académicas mantenidas con fondos públicos, ese conocimiento debería ser de libre acceso.

En cuarto lugar, apuesto por la creación de redes de colaboración entre bibliotecas y bibliotecarios. No, no se trata de crear asociaciones que se reúnan a hacer simposios, u organicen pomposas cenas, ni tengas presidentes y otros títulos grandilocuentes, ni se transmitan registros bibliográficos usando formato MARC. No. Se trata de generar espacios en los que hasta el último bibliotecario de la más pequeña biblioteca rural de nuestra América tenga la oportunidad de pedir ayuda para recuperar un artículo, un dato, una información que alguno de sus usuarios necesita. Esos espacios ya existen en el ámbito biomédico, y doy fe de que son extremadamente útiles. Se trata de listas de correo electrónico en las cuáles los colegas piden información, y aquellos que disponemos de ella se las enviamos solidariamente.

Y, por último, apuesto por el acercamiento de las entidades académicas –las que más recursos tienen– a las organizaciones de base. Si las grandes bibliotecas y los importantes centros de documentación se vincularan más estrechamente con las asociaciones de productores y los organismos de base, sería más fácil que la información se distribuyera en forma equitativa entre aquellos que más la necesitan. Lo sé, ustedes me dirán que las funciones de sus bibliotecas no incluyen tales actividades. Esa es, precisamente, la actitud cerrada que nos ha llevado a donde estamos: un planeta que se olvida del otro porque no es su responsabilidad ni su obligación ayudarlo. Mientras continuemos con esa visión tan poco humana, con esa perspectiva tan odiosa de voltear la mirada porque "no es asunto nuestro", seguiremos viviendo en un planeta lleno de desigualdades. Cuando comencemos a tender nuestras manos y a dejar de lado nuestros egoísmos, quizás comience a funcionar un nuevo modelo y muchas brechas comiencen a disminuir.

Evidentemente, estas son sólo algunas ideas de un loco anarquista y libertario que sigue confiando en que la utopía no ha muerto. Quizás nos haga falta comenzar a creer un poco más en que ciertas cosas son posibles si nos ponemos manos a la obra con ellas. No es tan difícil: sólo hace falta un poco de compromiso.

Pero, hasta donde veo, compromiso es lo que falta. Mientras tanto, propuestas lamentables como la del II Congreso Iberoamericano de Bibliotecología –cerrado, mercantilista, excluyente, censurador, dominante y traficante– seguirán hablándonos de bibliotecas digitales y de una realidad que dista mucho de ser real. Queda en nuestras manos decidir si oímos los cantos de sirena de las empolvadas "vacas sagradas" o si, de una buena vez, bajamos a la realidad para enfrentar nuestros fantasmas y comenzar a aportar granos de arena que logren, de una buena vez, establecer una diferencia. Aunque sólo sea una pequeña.

Texto enviado a AIBDA

La Sociedad de la Información nos ha mostrado hasta donde es capaz de llegar el (in)genio humano en su afán por superarse, por dominar los elementos y las distancias, por crear tecnologías capaces de hacer realidad lo que, hasta hace unos años, hubiera parecido producto de un relato de ficción. Nos ha presentado cables por los que corren nuestras palabras a la velocidad de la luz, y discos de plástico en los que pueden almacenarse nuestras bibliotecas, y programas informáticos, y comunicaciones telefónicas, y...

El mundo ha comenzado a girar, desde hace poco más de dos décadas, alrededor del eje de las tecnologías de la comunicación y el conocimiento. Ese paradigma ha dominado nuestras vidas y nuestras profesiones. Sin embargo, el Hombre no se da cuenta que el plástico, los cables y los chips no se comen. El ser humano sigue (y seguirá por siempre) dependiendo íntimamente de la naturaleza y de los productos que pueda arrancarle, con sabiduría a veces, con verdadera ignorancia y violencia otras... A pesar de que parece contemplar a su medio ambiente, a sus tierras y mares, a sus bosques y campos de cultivo con desconocimiento e indiferencia, el Hombre depende de ellos para sobrevivir. La tecnología desarrollada solo sirve para mejorar algunas de sus condiciones de vida, no para mantener las vitales

Anestesiada e hipnotizada por la grandeza de sus propias creaciones, la especie humana parece haber olvidado que sigue conectada, por un tenue cordón umbilical, a su Madre Tierra, esa a la cual nuestros ancestros rendían culto.

Las bibliotecas en general –y las agrícolas en particular– son organizadoras, concentradoras y difusoras de información valiosa. Y esa información –por su capacidad para promover y facilitar cambios y desarrollo– es poder. Poder para solucionar problemas, para generar nuevas perspectivas de futuro, para construir nuevos emprendimientos, para poder mantener en pie lo ya creado... Ese poder –simple saber humano– ha sido elaborado pacientemente a lo largo de los siglos, sumando experiencias, triunfos y errores de muchas generaciones. Y la biblioteca, como gestora de la memoria humana, tiene como deber proveer un servicio –igualitario, solidario, coherente y pertinente– a todos los herederos de esa memoria, sin distinciones de ningún tipo.

Una biblioteca agrícola maneja el saber más antiguo producido y compartido por el ser humano. La información que pueda facilitar, producir, mejorar y difundir tal categoría de unidad es tremendamente valiosa, en especial en continentes como América Latina, preponderantemente rurales y vinculados de manera fuerte a la tierra.

La responsabilidad de bibliotecas de este tipo es recoger los conocimientos, ideas y perspectivas (tanto locales como internacionales), organizarlos y distribuirlos entre aquellos que no posean los recursos informativos o educativos necesarios para poder realizar sus tareas con éxito. El énfasis en lo local debe ser profundo, tanto a la hora de recuperar información y experiencia como a la hora de difundirlas. La distribución de los recursos documentales gestionados por la biblioteca debe convertirse en la principal meta del servicio, adecuando las actividades a la realidad cultural, étnica, social y económica de los destinatarios.

En un planeta en donde el conocimiento estratégico (aquel que es vital para el bienestar de una sociedad) se ha convertido en un bien de consumo predado y manejado por comerciantes –gracias al paradigma dominante de la Sociedad de la Información– el saber agrícola se ha visto atrapado bajo claves y contraseñas, vendido al mejor postor, encapsulado en CDs y bases de datos... Su circulación a través de las Redes de Redes no es totalmente libre, y si a eso se suma que un alto porcentaje de la población mundial en general (y latinoamericana en particular) no tiene acceso ni a los recursos, ni a las tecnologías ni a los conocimientos básicos necesarios para el manejo de los medios digitales, se comprenderá que existe una enorme brecha (etiquetada como "Brecha Digital") que separa, una vez más, a los ricos de los pobres, llamándolos ahora "informados" y "desinformados".

Es evidente que el poder no se comparte. Y si la información estratégica es poder, sólo circulará a través de las manos que puedan pagarlo.

El bibliotecario agrícola latinoamericano se encuentra –como el resto de sus colegas de profesión– ante una encrucijada ética. Por un lado, debe reconocer que su disciplina se encuadra indefectiblemente en el marco del desarrollo de las nuevas tecnologías y de las redes virtuales de conocimiento. Pero, por otro lado, debe comprender que su responsabilidad y su misión final son proveer un servicio que ayude a crecer, a aprender y a mejorar a todos sus usuarios por igual, incluyendo a aquellos más desaventajados. Debe, pues, encontrar la manera de recuperar información valiosa y transmitirla, en forma pertinente, a sus destinatarios finales. De esta forma, podrá tender puentes sobre un enorme precipicio informativo que crece día a día, uno más de los tantos que han dividido a la humanidad a lo largo de su historia.

Bastará con que el bibliotecario especializado asuma un rol pro–activo y socialmente responsable, y que encuentre los caminos y los métodos para poder acercarse a su comunidad para responder a sus necesidades, requerimientos y expectativas. Quizás deba apostar al Acceso Abierto, a las redes profesionales en las cuáles se comparten recursos solidariamente, o a la búsqueda de documentos libres. A través de la información –antigua o nueva, digital o en papel– que difundan las bibliotecas agrícolas, el hombre podrá continuar manteniendo su escabrosa relación con una tierra que, cada día más cansada de sus impredecibles e irresponsables inquilinos bípedos, aún continúa regalando alimento y un lugar en el cual vivir.

Ilustración.