Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 20, 2007

Ferias del libro... (2)

Ferias del libro

Por Edgardo Civallero

"Sin duda, la invención de la imprenta y la alfabetización general han traído consecuencias que van más allá de lo que cualquier criollo podría suponer.

No sólo se ha logrado que la gente lea o finja leer, sino que se ha desatado la aparición de objetos, servicios y entidades cuya sola descripción es asombrosa.

Tal es el caso de los clubes de lectores, los señaladores de plástico, las novelas de Agatha Christie, las ferias del libro, los vendedores de diccionarios, las revistas, las instrucciones para abrir los paquetes de jabón y la impune donación de textos de toda índole que se les infiere a niños inocentes con el pretexto de que son pobres.

Esta colección de desmesuras encuentra su pieza más curiosa en la presentación de libros, una costumbre que se ha generalizado en los últimos años de un modo tal, que no se concibe ya la aparición silenciosa de ninguna obra. Todas deben cumplir con el ritual".

El fragmento pertenece al capítulo "La presentación de libros", de "Las crónicas del ángel gris", de Alejandro Dolina. En efecto, las imprentas han vomitado –y continúan haciéndolo– cantidades monstruosas de papel de variada calaña manchados de tintas colorinches, un banquete especial para mohos, pececillos de plata y ratones de biblioteca. Mientras nos ahogamos en nuestra propia producción documental –la famosa "explosión de la información"– las nuevas tecnologías de la comunicación nos facilitan más canales para difundir propuestas, escribir tonterías o publicar artículos.

Dolina jamás contó con los libros en CD, las mochilitas con publicidad editorial, las pintarrajeadas-ultraescotadas-minifaldeadas-liposuccionadas promotoras, los congresos inservibles y las donaciones –por parte de embajadas extranjeras, por ejemplo– de libros en sus propios idiomas que se convertirán en cenizas en el estante sin que nadie jamás los lea, aprenda o comprenda (pero "vaya honor recibir tal donación, muchas gracias Sr. Embajador, esto enriquecerá a nuestro lectores...").

En fin, todo esto es parte de nuestro universo cultural, siempre variable, un tanto hipócrita a veces, un poco vacío también. Pero, dentro de tal cosmos social, las Ferias del Libro son un espectáculo especial.

Debo aclarar aquí –aunque ya lo sospecharán desde hace varios párrafos– que tales acontecimientos no son precisamente de mi agrado. En principio porque en Buenos Aires o en Córdoba no se enmarcan en un entorno como el descrito por Sara en la anterior entrada. En la capital argentina, tan magno evento se realiza en La Rural, en un espacio cerrado, con iluminación artificial y bombardeo de mensajes visuales. Uno sale mareado, angustiado por los precios de libros que jamás podrá comprar, y con las manos llenas de publicidades de las más variadas formas y tamaños, con suerte metidas en una coqueta bolsita que lucirá el enorme logotipo de alguna empresa editorial.

En Córdoba, el evento tiene lugar en la antaño señorial –y hoy popular– Plaza San Martín, en unas carpas bajo las cuales se resguardan los editores locales y algunos capitalinos que osan viajar 800 kms. hacia el interior del país. Uno sale igual de ciego, igual de frustrado e igual de cargado de papeles, en ocasiones lo único que se llevará entre manos.

Por otro lado, y si bien estas ferias llevan asociadas muchas actividades culturales paralelas de valor innegable, las principales son las presentaciones de libros. Tales presentaciones siempre me parecieron un circo. Ciertamente, uno tiene el placer de escuchar a su autor favorito presentando su libro, pero... honestamente, si hay algo que siempre odié es que alguien me explique qué quiso decir con sus palabras escritas, por qué lo hizo, o en quién o en qué se inspiró. Pensarán que soy un animalito atrasado en la escala evolutiva, pero así es. La magia que se crea entre lo escrito y yo es especial. Interpreto a mi modo, y de acuerdo a mi talante, a mi humor, al momento de mi vida, aquello que leo. Y lo disfruto así, sin más presentaciones ni explicaciones ni tertulias ni charlas ni conferencias. Cuando esos señores –grandes autores todos, por cierto– se sientan en el podio y me cuentan lo que escribieron y sus motivos para hacerlo, siento que están violando su obra ante mis ojos, y que están destrozando a martillazos el hechizo que habían creado dentro de mi corazón. Algo dentro –un mundo imaginario construido únicamente en base a mis percepciones y a los intercambios con otros– se diluye, se desdibuja, y yo me quedo sin esa parte de mí, construida en tardes de paseos por plazas, o debajo de algún árbol de la casa de mis viejos.

Lo peor para mí es el tema de los autógrafos. La dedicatoria (ver entrada anterior) que Sara obtuvo para el libro que me regaló –preciosa, lo reconozco– es la única que tengo entre mis libros, y la aprecio y valoro por el amor que ella demostró al conseguirla. Jamás se me pasaría por la cabeza pedirle a un autor –por famoso que sea– que dejara su firma en un libro. La marca que debe dejar, la tiene que dejar dentro de mí. Si no pudo hacerlo así, su firma no me interesa. Y si pudo hacerlo, no necesito nada más que eso: esa cicatriz interior (ardiente, dolorosa, vibrante, enriquecedora) vale muchísimo más que una marca en tinta sobre un papel.

Reconozcamos, además, que muchos autores detestan estar sentados tardes enteras firmando libros a desconocidos, colocando frases estereotipadas a personas por la que no sienten el más mínimo afecto (aunque la dedicatoria más típica sea "con afecto"). He presenciado firmas de libros varios, y me he reído interiormente al ver las caras de mala leche de muchos/as autores/as que intentan mantener la sonrisa forzada, mientras en su interior están deseando que la maldita cola de gente se acabe para poder marcharse a su casa.

En fin, acepto que mi visión es radical, extremista y muy parcial. Hay de todo en la viña del Señor, y generalizar no es un acto justo. Muchos autores firman de buen grado, y muchos lectores adoran tener ese recuerdo entre sus manos. Muchas ferias del libro son eventos que agrupan actividades bellísimas y valiosas, y suelen ser las únicas oportunidades que tienen muchos lectores que habitan lugares lejanos para poder encontrarse con todas las obras disponibles en el mismo lugar. No, no tengo toda la razón, ni digo ninguna verdad absoluta.

Pero reconocerán conmigo que un poco de acto circense, de propaganda estrambótica y de publicidad plomiza (por lo pesada) hay en todo esto. Y, lamentablemente, el circo no me gustó nunca, ni siquiera de niño. Siempre preferí que me dejaran volar con las únicas alas que siempre tuve: mi imaginación. Quizás si en esas ferias, en esas presentaciones y en esas firmas derrocharan un poco menos de dinero y un poco más de creatividad, yo mismo me animaría a participar.

Ante tamaña improbabilidad, creo que seguiré opinando como opino y que, mientras Sara visita los stands libreros –en busca de tesoros que luego compartiremos– yo me comeré un cucuruchito de maní mirando las golondrinas en alguna esquina, y soñando algún sueño alado (que luego compartiremos, también...).

Saludos desde Santiago de Chile, tierra de buenos vinos y de cordilleras heladas en el horizonte.

"Las gentes apacibles no pueden disimular cierto pudor cuando se hace pública una relación tan confidencial como la que uno tiene con los escritores.

Pero aunque nos moleste el contraste entre el mundo íntimo de la lectura y esas exultantes romerías [las Ferias del Libro], nosotros saludamos con simpatía cualquier libresco amontonamiento".

Alejandro Dolina. "La Feria del Libro en Flores". De "Crónicas del Ángel Gris".

Ilustración.