Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 19, 2007

Ferias del libro... (1)

Ferias del libro

A Edgardo,
un poema del pan:

Con migas de pan
esféricas
pulidas con los dedos
del silencio
en el mapa austral
de un mantel de hule.

Manuel Rivas
Madrid 28.V.06

Por Sara Plaza

No sé qué les parecerá a ustedes... para mí es una de las dedicatorias más bonitas que jamás le he leído a uno de mis autores contemporáneos favoritos. Era mayo del 2006, yo estaba en la Feria del Libro de Madrid, paseaba por ese parque tan lindo donde los madrileños (y me refiero a todos los que pisamos las calles de Madrid, porque desde ese instante es un poco nuestra, aunque nunca nos pertenezca) aún podemos pasear, correr, hacer gimnasia, bailar, cantar, montar en bici y en patines, remar, sentarnos en el pasto, ver ardillas, comer barquillos, aplaudir una función de títeres, ser caricaturizados, echados la buena suerte, o el mal de ojo, obsequiados con un ramito de romero o la inmensa sonrisa de un payaso, donde podemos estudiar y leer y escribir, donde nos abrazamos enamorados, donde las hojas de los castaños en otoño crujen bajo nuestras pisadas, tan alegres como sus racimos de flores cuelgan de sus ramas en primavera... Es muy hermoso el parque del Retiro, sus palacetes, sus lagos, sus barquitas, sus paseos de asfalto y sus senderos de tierra, su rosaleda, su kiosco de música, sus fuentes, su ángel caído, sus bancos de piedra y de madera, sus sillas de hierro, sus bosques, sus praderas, sus lirios, sus margaritas, sus rincones, sus plazoletas... y por allí andaba yo hace casi un año caminando entre los cientos de casetas que se arman, una al lado de la otra, para la Feria del Libro a principios de la primavera boreal, durante los últimos días de mayo y los primeros de junio.

Siempre he esperado con verdadero entusiasmo la llegada de la primavera para volver a perderme en ese mar de libros, y pescar algún pececito con los ahorros que había ido guardando durante el año, en mi cajita de madera con una florcita en una esquina y cierre de metal. Para entonces ya tenía pensados los libros entre los que elegiría el par que podría comprarme, porque durante los meses anteriores había ido llenando una lista con los títulos y sus autores. Esa lista también estaba dentro de la cajita y siempre terminaba desbordada de nombres incluso en sus márgenes. Cuando llegaba al Retiro, olvidaba rápidamente el papelito arrugado que llevaba en el bolsillo, y me dejaba tragar por esa criatura multicolor que nos iba devorando a todos los que caminábamos entre las casetas, tropezándonos unos con otros, avanzando muy despacito, deteniéndonos cada poco y esperando mucho para alcanzar a rozar las páginas de esos libros que brincaban de mano en mano y se escurrían de las de los lectores a las de los autores para que nos escribiesen una dedicatoria. A mí no me gustaba esperar largas colas, así es que normalmente iba las tardes de los días de diario, cuando ya caía el sol y el cielo se teñía de rosa y las copas de los árboles se adornaban con un collar de reflejos lilas. Iba tan despacito que casi sentía que eran las casetas las que se deslizaban a mí lado, y tras ellas, los libreros, y en algunas, mis autores favoritos. Entonces me detenía y me daba la vuelta, en realidad, me daba un par de vueltas sobre mí misma, porque me ponía muy nerviosa cuando llegaba el momento de cruzarme con su mirada. Y con mucha vergüenza, que los años no me han ayudado a vencer, me acercaba y ojeaba todos los libros que el autor tenía desplegados delante suyo y, tímidamente, escogía uno y le pedía que me lo firmase. Me preguntaban entonces mi nombre y casi siempre me llevaba un "afectuoso saludo" o un "cordialmente" escrito de su puño y letra en la segunda página.

Un año me enojé muchísimo con Antonio Gala porque me escribió exactamente la misma dedicatoria que el año anterior. Y tampoco me sentí muy feliz con la de Mario Vargas Llosa al siguiente porque era sosísima. Me encantó sin embargo la de Mario Benedetti, y siempre volvía sobre las de Luis Antonio de Villena y José Luis Sampedro. Otro año saludé a Rosa Montero y a Antonio Muñoz Molina, a quien le pude decir lo mucho que me gustó su Sefarad que recién acaba de leer. Nunca coincidí con Javier Marías, ni con Almudena Grandes, ni con Eduardo Mendoza, pero encontré a Fernando Fernán Gómez y a uno de los filósofos que dejaría de leer años más tarde, Fernando Savater, y ellos también me regalaron un abrazo. Otro año fui a dar la mano a Manuel Rivas. Nunca antes un autor se había parado a charlar tanto conmigo, así es que me sentí verdaderamente especial y le pedí que me dedicase ese libro tan hermoso que es El bonsái atlántico. Entonces él, en lugar de escribirme los archiconocidos afectuosos y cordiales saludos que me ponían la mayoría de los escritores, me escribió un poema en gallego. Estaba tan feliz con aquellas letras que no podía descifrar, que durante mucho tiempo me contenté con repetirlas en alto mil veces, hasta que me las aprendí de memoria. Pasaron un par de años, o tal vez tres, y volví por El Retiro (no sé qué mágico conjuro opera en mí que, entre viaje y viaje, casi siempre he conseguido dejarme caer por Madrid en primavera). Cual no sería mi alegría cuando escuché a través de los altavoces que Manuel Rivas estaba firmando sus obras. Me acerqué y esta vez le pedí el libro de relatos ¿Qué me quieres amor?, y le dije que no era para mí, sino que le quería hacer un regalo a alguien. Ya les conté antes que Manuel Rivas es buen conversador, así es que me preguntó por ese alguien y yo, que no soy menos habladora que Manuel, le conté... Y escribió para Edgardo la dedicatoria que ustedes han leído al principio de estas líneas. Yo no cabía en mí de emoción. No pude esperar a traerle yo el libro, y se lo mandé por correo urgente y certificado. Tampoco Edgardo pudo esperar para leerlo, y el mismo día que lo recibió, se lo leyó enterito por la noche. Yo lo leí después, estando de vuelta en Córdoba, y cuál no sería mi sorpresa cuando entre sus relatos, encontré los versos de la poesía que me había escrito a mí dos o tres años antes.

Soy consciente de todo lo que de criticables tienen las Ferias del Libro, así como lo soy también de la oportunidad que representan para muchos, de acercarse a ese pequeño gran tesoro que es la palabra escrita. No obstante, no pretendían estas líneas más que compartir con ustedes la ilusión que un parque sembrado de libros dejaba año tras año en mí, para que yo la encontrase intacta al siguiente. He sido muy feliz entre esas casetas, la mayoría de las veces sin gastar una sola peseta ni un solo euro, pues podía leer gratis un montón de cosas y nadie me decía nunca nada, al contrario, esos días los libreros te sonríen mientras manoseas los libros. Lo he sido escogiendo, tras angustiosos momentos de duda e indecisión, los dos libros para los que mis ahorros alcanzaban. Y leyendo después mis descubrimientos, que nunca se correspondían con el mapa que llevaba trazado en aquel papel arrugado que guardaba en el bolsillo, y que en muchas ocasiones serían hallados antes por la persona a quien se los regalaba, pero que milagrosamente yo redescubriría tiempo después. Hoy soy feliz recordando esos momentos, y tal vez ustedes puedan rememorar otros parecidos, no sé si en una Feria, no sé si en la escuela, no sé si en la biblioteca, en un parque, en la cocina, en el patio, en una librería, en la vereda, en un colectivo, en el tren... No creo que se trate tanto de celebrar el día del libro, como de celebrarnos nosotros como lectores, así es que rebusquen entre las páginas de la memoria, en las hojas del presente y los estantes donde albergan sus sueños y feliz lectura...

Ilustración.