Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 15, 2007

Un mundo de lecturas para leer el mundo

Un mundo de lecturas para leer el mundo

Un mundo de lecturas para leer el mundo
"Y toda el alma abierta
De par en par" [1]

Por Sara Plaza

Luis García Montero, en La mudanza de Adán [2], explicaba maravillosamente de qué está hecho el equipaje que siempre llevamos a cuestas:

"No es que las bibliotecas nos sigan como perros fieles a cualquier ciudad, más allá de la traición o de los cambios, porque los libros también pueden morder, herir, volvernos la espalda, aburrirnos, provocarnos vergüenza. Pero los volúmenes se amontonan en las estanterías y en la memoria, en los rincones y en las palabras, en las mesas y en las miradas, hasta tomar posesión de nosotros. Somos los libros que hemos leído, y ni siquiera se van del todo las páginas inútiles, las que ya no tienen nada que decirnos, porque envejecen con nosotros, escondidas en nuestras arrugas, en nuestras canas, en el rostro que se apodera de nuestro espejo, en el deseo que se filtra por las persianas con los rayos del sol. Eso pensaba Adán, o sentía Adán, enfrentado al paisaje flexible de su biblioteca, una multitud llena de cuerpos conocidos, una masa anónima compuesta por gente a la que de pronto reconocemos de manera maniática, sus zapatos, su abrigo, el bolso, la mesa de café donde estuvimos sentados, el banco del parque, el asiento del avión.

–¿Todo eso he leído yo?".

Somos una biblioteca andante, atesoramos tantas y tantas "lecturas"... Desde que nacemos estamos "leyendo", tal vez antes. "Leemos" con todos y cada uno de nuestros sentidos. "Leemos" lo que nos rodea, lo de ahí fuera, lo que vemos y lo que imaginamos. También "leemos" lo que hay dentro, lo que sentimos, lo que pensamos. Además, en cuanto nos dan la palabra, en cuanto adquirimos un lenguaje y empezamos a contar, también lo "escribimos" todo. (cf. Graciela Montes en trabajos como La gran ocasión o La frontera Indómita). Y nos entregamos en cuerpo y alma a la tarea: "leer" y •"escribir" nos es tan necesario como respirar. Nuestros latidos se escuchan a través de nuestras "lecturas" y de nuestras "escrituras", y así es como escuchamos nosotros los latidos de los demás y del mundo que nos rodea. Si a todas esas lecturas, sumamos la de los libros (ilustrados, sonoros, escritos, digitales, etc.) nuestra colección se ensancha, como lo hace nuestro pecho al llenarse de aire. Nuestras emociones se multiplican, nuestra imaginación se desborda, nuestra realidad se diversifica y complicamos un poco más nuestra vida. No se trata de hacerla más difícil, se trata de vivirla plena.

Con lo cual, también se trata de seleccionar y elegir lo que más nos conviene. Una conveniencia que tiene que dialogar con nuestros intereses, con nuestros gustos, con nuestras necesidades, con nuestras pasiones, con nuestros miedos, con nuestras dudas, con nuestros sueños... Un dialogo que tiene que ser sincero y valiente. Porque con mentiras y cobardía, lejos de engañar al mundo, nos estaremos falseando nosotros mismos. Porque si se trata de leer, sólo con pasión y emocionándonos descubriremos su auténtica razón de ser: agrandar nuestro paso. Por eso nuestras lecturas tienen que ser firmes y afirmarse una a otra, tienen que ser audaces, osadas, atrevidas. También la biblioteca: la privada y la pública, la especializada y la popular, la comunitaria y la escolar, la tuya, la mía, la nuestra.

Leer, escribir, contar, escuchar, son todas caras de la misma moneda. Son la manera de construir significados, de buscar y encontrar el sentido, de amueblar nuestra cabeza y vestir nuestro corazón. Así dibujamos el mundo, así nos pintamos en él, así coloreamos la realidad y perfilamos la fantasía. Es nuestro derecho, ni deber, ni obligación como nos recuerda Daniel Penac en Como una novela [3], al enumerar Los Derechos imprescriptibles del Lector:

• El derecho a no leer.
• El derecho a saltarse páginas.
• El derecho a no terminar un libro.
• El derecho a releer.
• El derecho a leer cualquier cosa.
• El derecho a emocionarse.
• El derecho a leer en cualquier parte.
• El derecho a picotear.
• El derecho a leer en voz alta.
• El derecho a callarnos.

Queda dicho entonces, que en nuestra biblioteca también habrá espacios vacíos, estantes torcidos, libros polvorientos, páginas marchitas... Nuestra biblioteca no puede sernos ajena, ha crecido conforme lo hemos hecho nosotros. Se habrá hundido muchas veces, como habremos naufragado nosotros otras tantas... Pero ahí está, ocupando su espacio y su tiempo, su lugar en el mundo. Exactamente lo mismo que hacemos nosotros. En ella, para entenderle a él, juntamos fragmentos de un mapa, hilos de un tapiz, teselas de un mosaico que, poco a poco, vamos completando, tejiendo, componiendo... Para ello tenemos la vida, la tenemos entera, la tenemos toda. Ni sencilla, ni fácil, ni justa, pero nuestra. Por eso vale la pena enriquecerla con muchas "lecturas", que también son propias, y rescribirla todas las veces que haga falta.

[1] Guillén, Nicolás. Puente
[2] García Montero, Luis. La Mudanza de Adán. Madrid: Anaya, 1999
[3] Pennac, Daniel. Como una novela. Bogotá: Norma, 1999

Ilustración.