Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 27, 2007

Aprendiz de brujo en una tierra sin sortilegios

Aprendiz de brujo en una tierra sin sortilegios

Por Sara Plaza

    "(...) un Brujo de Los Confines no es más ni es menos que un nogal; un nacimiento humano no es más ni es menos que una floración, un Astrónomo escrutando las estrellas no es más ni es menos que un pez desovando. El cazador no es más ni es menos que la presa que necesita para vivir; un hombre no es más ni es menos que el maíz que lo alimenta. (...) La Creación es una urdimbre perfecta. Todo en ella tiene su proporción y su correspondencia. (...) Pobres de nosotros si olvidamos que somos un telar.

    (...) la Creación es una urdimbre de hilos indispensables. Y bien, es atributo de la Magia ver y comprender esas correspondencias. Ésa, y no otra, es su sabiduría, hecha de las materias de la tierra. Tal vez la Magia pueda comprender cómo se corresponde la lombriz y la montaña, dónde se buscan y dónde se resisten. Pero para eso debe preguntarle a la montaña y a la lombriz. Si un día lo olvidamos, la sabiduría será soberbia; y lo mismo que nos sirve como medicina; será ponzoña."

    De la novela "Los días del Venado", el primero de los libros que componen la trilogía La Saga de Los Confines, de la autora argentina Liliana Bodoc.

Eso es en lo que intento convertirme un día tras otro, pero en este mundo que habito no parece haber sitio para las acciones realizadas por arte de magia. Ese arte que no es otro que el de la sabiduría, si algo he aprendido de las palabras de Kupuka, el Brujo de Los Confines, y de las conclusiones de Zabralcán, el Astrónomo anciano de la Comarca Aislada. Son sus palabras las que me han puesto a pensar esta mañana, las que han dibujado alas en mis pies y han echado a volar mi imaginación. De repente me he parado en el medio de la habitación donde leo y escribo a diario, donde estudio, donde canturreo y bailo, donde tomo mate amargo y muerdo esas manzanas chiquititas que no exporta la Argentina, donde mastico palabras y sueño con montañas, donde hago y deshago la labor que cada día comienza cuando se cuela el sol por el balcón y detrás de los cristales, nuestros bonsáis de palo borracho, de lapacho, de mango, de pezuña de vaca y nuestro pequeño geranio, se doblan con la brisa fría de la mañana en un simpático saludo, que me hace sonreír con razón, como cantaba Serrat que lo hacían los locos sin ella. Y así, quieta frente a mi escritorio, he visto cómo mis dedos echaban a correr, como abrían el cajón buscando un lápiz, como revolvían entre papeles usados y se apresuraban a escribir lo que mis pensamientos les susurraban, cuando Silvio y su Unicornio se cruzaban en su camino y seguían a su lado, mientras me contaban lo que yo les cuento que estaba atravesando mi cabeza en esos instantes. Creo que en anteriores ocasiones les he comentado ya, que lo que pasa por mi cabeza, suele hacerlo también por mi corazón. No sé trabajar, no sé vivir, sin ese músculo bombeando con fuerza la sangre que recorre los cauces de mi cuerpo y me enrojece las mejillas cuando refleja el rubor de su latido. Un rubor que se le pinta cuando una historia lo seduce, el cosquilleo de la lluvia lo despierta, o una semilla colgada de las fibras de caraguatá trenzadas por los artesanos Ayoréode (Ayoreo) lo acaricia mientras camino. De manera, que en ese juego estaban enredados mi cabeza y mi pecho, al tiempo que mis manos se concentraban en la escritura de un manojo de ideas, que había ido recogiendo en el bosque de letras que llevaba recorriendo los últimos días. Me había enterado de que las páginas que había ido pasando, sabían mucho de mí y además conocían otros mundos y a otras personas. Sabían de dragones, sabían de sus bendiciones y sus maldiciones, sabían que cometían errores y que jugaban al juego de las sombras... Conocían intrincados senderos para llegar desde Los Confines hasta Las Colinas del Límite, podían ver a través de los ojos de un Halcón y transmitir las noticias que traían las mujeres–sirena. Habían descubierto que el Viejo Continente está levantando un muro invisible ante la vista de todos, para impedir que lleguen a sus costas y sus fronteras habitantes de los pueblos que condenaron a la pobreza, el hambre, la enfermedad y la falta de esperanza su despiadado Colonialismo y los feroces ataques al mando de las tropas de un ejército que luchaba a la sombra de la bandera de la Discriminación, sembrando Guerra en nombre de La Paz, y recogiendo Odio de las Arcas Esquilmadas al otro lado del mar y tras los picos de las Montañas Milenarias. También eran dueñas de secretos antiguos y heridas viejas que aún no habían conseguido cicatrizar. Traían entre sus muchos saberes: el dolor de pueblos antiguos expuestos a nuevos olvidos, el llanto de tierras fértiles continuamente saqueadas, de cauces sedientos y ríos envenenados con los deshechos que los Señores del Banco Mundial no querían llevar consigo hasta las profundidades de sus Bóvedas. La verdad es que en esas páginas se decían muchas cosas. A veces hablaba un narrador de cuentos, a veces un periodista, a veces un sociólogo, a veces un ensayista, a veces un juez, a veces un profesor, a veces un prisionero, a veces un hombre libre... Y con todas sus voces se mezclaba la mía, y cuando se callaban también yo permanecía en silencio, tenía que reflexionar sobre lo hallado. ¿Qué hacer con ello? Fue entonces cuando pensé en ese oficio que me había buscado en una tierra que, como les decía al principio, se resiste a creer en el arte de la magia y desdeña la sabiduría de sus pueblos, de sus campos, de sus ríos y de sus costas. Una tierra que olvida el conocimiento de sus caminos, el sabor de sus cosechas, el olor de sus frutas, las huellas de sus animales, la fuerza de sus vientos, el significado de sus lluvias, el avance de sus estaciones, el valor de sus hombres y sus mujeres, de sus jóvenes y de sus viejos. Mi padre decía que siempre tuve muchos pájaros en la cabeza, mi compañero tiene los pies de viento, ¿cómo no intentarlo? ¿Cómo no prepararme para resistir ante tanta incredulidad, ante la falta de imaginación que nos vuelve tan grises como aquellos hombres que enfrentó el frágil personaje de Michael Ende? ¿Cómo no defender, desde los fogones de mi cocina, las recetas de una abuela segoviana y de una bisabuela siciliana? ¿Cómo no subirme en la magnífica escoba que descansa detrás de la puerta, y juega cada día con la tierra que unos misteriosos duendes dejan caer de sus botitas, cuando corren a esconderse en nuestra pequeña biblioteca? Imposible olvidar de dónde viene uno, imposible dejar de ver lo que tiene ante los ojos, imposible ignorar lo que sueña, así es que voy a ver si me aprovecho de ello y otro día les cuento en qué extraños encantamientos ando metida...

Ilustración.