Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 30, 2007

Bibliotecarios que escriban…

Bibliotecarios que escriban

Por Edgardo Civallero

Sara tomaba apuntes en su computadora. Tenía delante un libro de la colombiana Silvia Castrillón, "El derecho a leer y a escribir". Yo devoraba la segunda parte de la trilogía "La saga de los confines" (titulada "Los días de la sombra") de la argentina Liliana Bodoc. De vez en cuando, Sara me interrumpía con una risa o con un enojo, o con una admiración por la coincidencia entre nuestras ideas y las de un texto que jamás habíamos leído antes, pero que concordaba exactamente con lo que nosotros solemos pensar y hacer. Y me citaba una frase, y otra más, y se admiraba de que Castrillón fuese licenciada en bibliotecología y pensase de esa forma.

En fin. En una de sus interrupciones –que me detuvo de mala gana, con la respiración contenida, sobre uno de los nudos principales de la trama de mi libro– me leyó esta cita que anoto, incluida en un listado de cómo debería ser un bibliotecario:

"Un bibliotecario que no se sienta inhibido para escribir. Hacer uso de la escritura no necesariamente significa para el bibliotecario volverse autor, pero sí le es necesario para pensar y poner en orden sus ideas, dejar constancia de su trabajo, comunicar a otros su experiencia y también, en cierto modo, trascender. Escribir, además, crea confianza y seguridad en sí mismo."

En ese momento asocié escritura e investigación y me detuve sobre las páginas de mi libro. Un recuerdo volvió a mi memoria. Yo aún era estudiante de bibliotecología, allá a principios del nuevo milenio, y ya había comenzado a escribir mis primeros intentos de artículos profesionales y a enviarlos a revistas latinoamericanas, probando fortuna y estudiando como era el mecanismo editor. Comenzaba, además, a escribir en las listas de correo bibliotecológicas. Recuerdo mi frustración por no haber recibido nunca un mal taller o una somera clase de redacción de textos científicos, en la cual se me explicara cómo se cita la bibliografía, cómo se estructura un artículo, cómo se hilvanan las ideas para que tengan sentido, como se elige un tema que nos permita no irnos por las ramas y mantener el interés del lector... No, nada de eso habíamos tenido mis compañeras/os y yo en la Escuela de Bibliotecología de Córdoba, y poco habían tenido otras/os colegas a lo largo y ancho de otras escuelas del país.

[Y si eso pasaba con la escritura, otro tanto pasaba con la lectura, o con la investigación. Y cuando digo esta palabra –que a muchos les suena enorme– no hablo de esa "investigación" que suele adorarse en el altar de la ciencia, terreno reservado a los especialistas. Hablo del buscar y del construir conocimiento. Sencillamente de eso. Algo simple en esencia, aunque no lo parezca].

Fue en aquel tiempo cuando un "gran editor", uno de aquellos que a mí, iniciado reciente en las tramas bibliotecológicas, me parecía una "persona de importancia", aceptó uno de mis trabajos "con reservas", y me escribió un correo electrónico muy solemne en el cual me decía que, como viajaría a Córdoba, lo discutiría conmigo en persona. Allí fui yo, a la cita, esperando que mi artículo fuera aceptado.

Pero mis esperanzas se ahogaron con el café que me tomé frente a ese personaje. El tipo se dedicó a explicarme cómo quería que yo escribiese mi artículo, de acuerdo a su gusto. Y terminó la larga perorata diciéndome que los estudiantes como yo teníamos que dedicarnos a trabajo práctico, y dejar de escribir, sobre todo teoría. La escritura era para los que sabían, y la teoría, para los "grandes", para la gente que había recorrido mucho camino. La teoría era para los expertos.

Jamás hice las correcciones sobre ese artículo. Sólo lo envié a otra revista, en donde fue publicado sin mayores correcciones luego de pasar por la consabida revisión por pares. Y seguí escribiendo teoría. Porque a los imbéciles –como el tipo del que les hablo, que aún pretende "ser alguien" en el círculo de las "vacas sagradas" argentinas– no hay que hacerles caso. Ni siquiera hay que tenerlos en cuenta.

Tiempo después, entre los muchos comentarios inservibles que a veces inundan mi casilla, me encontré una larga serie de consejos que una colega "progresista" de Buenos Aires me enviaba, diciéndome que mi prosa tenía poca elegancia, y que no era digna de llamarse "escritura". Recuerdo haber respondido que era totalmente consciente de tal detalle, y que no quería ser novelista ni agradar con mis palabras. Sólo quería contar.

Son muchos los que pretenden –desde la educación, desde la academia, desde muchas posiciones– convertirnos en meros técnicos, en "profesionales" sin manejo de su profesión, en bueyes mansos que tiran de la yunta, en actores sin posibilidad de expresar palabras, en trabajadores que no puedan contar sus sudores ni cantar sus victorias. Son muchos los que nos forman para ser sólo un peoncito del tablero de ajedrez, mientras ellos/as se arrogan el dudoso derecho de ser alfiles y damas. Son muchos los que ni se molestan en formar bibliotecarios para la escritura, la investigación y la generación de proyectos, porque ¿para qué quiere tales cosas un bibliotecario?

Son muchos los que creen que para escribir un ensayo, una nota o una propuesta para un Congreso hace falta expresarse como Cortázar. Son muchos los que creen tener la poesía y la belleza metidas en sus plumas. Y siembran, con su discriminación, sus prejuicios y sus ácidas palabras, la vergüenza y el desánimo entre quienes quieren –y no se animan– narrar sus cosas.

A esos que agreden, y que se creen poseedores de una verdad que no existe, les cuento que el bibliotecario es el primer profesional, junto con los maestros, que debe aprender a leer y a escribir en profundidad, porque debe poder informarse y debe poder contar y difundir. A esos les explico que con cursitos y tallercitos no basta: esa formación llena mucho los bolsillos de unos pocos y deja poco en las cabezas de unos muchos (y un "certificado" con "puntuación docente" que muchos inocentes aún consideran un tesoro). A esos les digo que es imprescindible que el bibliotecario escriba, presente, cuente, explique, difunda sus experiencias...

Y a los/as colegas, les cuento que escribir permite hablar de lo que uno hace, pero también dibujar el camino que uno quiere y unir voluntades para transitarlo. Escribir –esa tarea que parece un difícil arte pero que es más fácil de lo que creen si hay práctica y ganas– permite tener voz y ser visible es un mundo en el que unos pocos infelices se disputan la visibilidad para sentirse superiores. Y permite ser visibles y tener voz precisamente para decir las propias palabras, para gritar las propias opiniones, para proclamar que existimos a pesar de todo y de todos. Investigar y contar los resultados permite crear una nueva profesión, remodelarla de acuerdo a nuestras necesidades cotidianas.

Y construir teoría no es tan difícil. Ocurre que con la teoría podemos cambiar la práctica. Y hay muchos –muchísimos, como mi buen amigo el "gran editor"– que están muy contentos con el palacio de cristal del que son cortesanos, y no quieren que nada cambie. Así como hay muchas "directoras", "docentes" e "investigadoras" que hace años que no escriben una línea, que usan los trabajos de sus alumnos y los plagian poniéndoles su nombre para poder seguir "en la palestra" figurando, y que no quieren que nadie aprenda a escribir porque verían su "trono" disputado. Miserias de la profesión, que nos siguen adonde vayamos. Pero eso también lo vemos con las becas escondidas, las convocatorias a subsidios no difundidas y reservadas, los concursos a cargos docentes regalados a dedo...

Créanme: no es necesario ser Cervantes o García Márquez. Tampoco hace falta enredarse en el incomprensible estilo filosófico-sociológico de Chartier o de Foucault, que algunos colegas emplean para provocar admiración (¿?). La realidad puede nombrarse con palabras y construcciones sencillas, que, además, serán mejor comprendidas. Algunos tendrán un estilo interesante; otros, no tanto. Muchos no podrán, sencillamente porque la tarea no les atrae. Pero aquellos que se animen en la aventura de escribir –mejor, peor, como sea, pero buscando siempre mejorar sus cualidades– tendrán la posibilidad de hacer oír sus pensamientos un poco más allá de sus bocas, y de hacer saber de sus historias y trajines diarios. E incluso, de regalar ideas que otros necesitan, muy lejos de dónde el escritor se encuentre. Desde esta pequeña bitácora en la cual, cada semana, ejercitamos el viejo arte de decir (con poesía en las palabras de Sara, con más dureza en las mías, bien o mal según se vea), les animamos a que aprendan, a que escriban

Ilustración.