Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 13, 2007

¿Cómo vivir?

¿Cómo vivir?

"De cualquier forma en que la creación no sea manoseada, bastardeada, rebajada: poniendo un pequeño taller mecánico, trabajando de empleado en un banco, vendiendo ballenitas en la calle, asaltando un banco". [1]

Por Sara Plaza

Esa fue la respuesta de Sábato a la pregunta que muchos de nosotros nos hacemos cuando nos damos cuenta, o nos lo cuenta la vida –si aún no nos hemos enterado– de que no nos la vamos a ganar escribiendo, leyendo, persiguiendo sueños, intentando que otros los tengan también... Definitivamente, tenemos que inventarnos otra cosa de lo que vivir, tal vez porque de lo que sí nos hemos dado cuenta, es de que aunque escribiendo no nos ganemos la vida, sin hacerlo la perderíamos.

Del otro lado del Atlántico María Zambrano y en esta orilla Julio Cortázar, también creían que la escritura nos permitía mantener unidos esos pedazos que nos dan forma y nos conforman. En todos los continentes, en cada país, en cada pueblo, en cada comunidad, sus autores han vivido como han podido y han escrito para vivir. En todas las épocas, esas personas han contado de ellos y de los otros, para ellos y para los otros, han mirado hacia atrás y contemplado el horizonte. De renombre unos pocos, anónimos los más, singulares y plurales todos, esas personas que dicen (permaneciendo a veces calladas), los dueños de la palabra (abuelos que recuerdan, niños que piden cuentos, mujeres que tejieron historias, hombres que la dibujaron en una caverna) que hacen uso de ella y las ofrecen para ser usadas, han sido los mejores y más avezados lectores.

Se darán cuenta de que no hablo de leer y escribir única y exclusivamente como lo hacemos hoy en día las personas que hemos sido alfabetizadas en una cultura literata. Estoy hablando de leer y escribir la vida, como se hizo desde la prehistoria y hoy seguimos haciendo nuestra historia. Se trata de leer y escribir la realidad desde nuestro lugarcito en el mundo, sabiendo que es eso, un lugarcito en el mundo, ni mejor ni peor, ni delante ni detrás, ni arriba ni abajo. Un espacio y un tiempo, una oportunidad de contar lo que nos pasa, lo que otros pasaron y lo que podría pasar si... Estoy hablando de lo escrito en paredes de roca, en tablillas de arcilla, en tiras de seda, en láminas de hueso, en hojas de papel, en discos de plástico, pero también de lo escrito en las estrellas, en los mapas de nuestra imaginación, en las cartas de navegación de nuestra memoria, en las guías de viaje por nuestros descubrimientos, en los documentales de nuestros fracasos...

Todo eso hemos escrito dedicándonos a algo más, viviendo de otra cosa. Y es que escribir, decir, contar, y por lo mismo, leer y escuchar, no es algo ajeno a nosotros, sino algo que deberíamos sentir bien dentro para poder sacarlo hacia fuera. Para darnos a conocer, para descubrir al otro, para compartir nuestra humanidad. Para encontrar las huellas del pasado y el camino hacia el futuro, pero sobre todo para pisar firmes en el presente, el único tiempo que poseemos sin que nos pertenezca.

¿Por qué les cuento todo esto? Habrán notado en estas líneas, que estoy pensando en voz alta, o mejor dicho, con el lápiz en la mano y un pedacito de papel sobre la mesa. Es cierto, escribo mientras pienso, no sé si es bueno o es malo, dudo incluso si no estaré pensando mientras escribo... Verán, todo lo dicho hasta aquí, lo tenía atragantado desde ayer por la tarde, pero ya venía masticándolo desde hacía varias semanas.

Estaba anocheciendo cuando Edgardo y yo fuimos al cyber, a enviar nuestras respuestas, nuestras propuestas, nuestros recuerdos, nuestros saludos y demás cosas nuestras que se pueden enviar hoy en día a través de Internet, y mientras él escribía, yo estaba parada a su lado escuchando la conversación de la última persona que había entrado en el local, con el encargado del mismo. Esa mamá traía en sus manos una hoja arrancada del cuaderno de uno de sus hijos. En ella estaban escritas cinco o seis preguntas y entre cada una había un espacio en blanco, como de ocho o diez líneas, para anotar las respuestas. (Sé que están pensando que además de tener un oído muy fino, tengo unos lentes de largo alcance, no es del todo cierto. El cyber es pequeño y la señora era la única persona que hablaba en ese instante).

Pues bien, esa mujer le preguntó al hombre que estaba tras el mostrador, quién había sido el primer presidente de la Argentina y si sabía cuándo se firmó la primera Constitución. En mi cabeza se agolparon un montón de preguntas: ¿dónde estaba el niño? ¿Qué hacía esa mamá con sus tareas? ¿Por qué no había acudido a una biblioteca? ¿Cómo se podían seguir planteando ese tipo de cuestiones a los alumnos? ¿Dónde estaba el texto que suponía habría originado esos interrogantes?... Bibliotecas no hay en el barrio donde nosotros vivimos, tal vez por eso aquella mamá acudió al cyber. El hombre no estaba seguro de las respuestas, y la señora le pidió si no podría buscarlo "ahí" (mientras señalaba una de las computadoras). Así es que el tipo se sentó y buscó en Google algo sobre el primer presidente... Primero les apareció la Primera Junta allá por el 1810, pero ni rastro de la primera Carta Magna. Luego dieron con Rivadavia y un 1853 que pintó una enorme sonrisa en esa mamá, quien un segundo después, le pedía a su informante que por favor se lo copiase en una hoja todo, para que sólo tuviese que gastar una impresión...

Yo estaba con la boca abierta, no podía creer lo que estaba viendo. Edgardo había terminado de enviar nuestro correo y mientras pagábamos por el uso de la máquina, en la impresora aparecía la cara de Bernardino Rivadavia y se iluminaba el rostro de aquella mujer. Yo me quedé mirando al hombre que había encontrado la información que esa mamá buscaba, y pensé que él acaba de escribir una hermosa página en la vida de esa mujer inmigrante (ese primer detalle no nos había pasado inadvertido a Edgardo y a mí), que probablemente no podría comprar el libro de texto a su hijo. Un niño que para integrarse en esta sociedad debía memorizar una historia nacional que no era la suya. Un niño que con mucha suerte, en ese instante estaría jugando, y con no tanta, estaría buscando la manera de conseguir unos pesos...

Definitivamente, las personas que escriben y leen el mundo, del modo y la manera que sea, pero entendiendo bien la realidad en la que están inmersos, tienen otras profesiones. Las lecciones que nos dejan estos autores son la vida de verdad, ésa que cada día precisa de mayores dosis de imaginación para ser vivida. Chesterton opinaba que muchos adultos prefieren la compasión a la justicia, no así los niños que aman la segunda por encima de todo. Tal vez para conservar ese amor, los poquitos grandes que aún la preferimos a ella, necesitemos de esa maravillosa herramienta que es la fantasía para seguir defendiéndola.

Desde este espacio, desde este lugarcito en el mundo, les invitamos a seguir soñando, a intentarlo por primera vez si nunca lo hicieron, a sentir que pueden, que vale la pena, a cambiar lo poco o lo mucho que deseen poner del revés, a participar, a compartir, a reflexionar y sobre todo a decir, a leer, a escribir: aunque hagan otra cosa, nunca dejen de vivir.

[1] Ernesto Sábato, escritor argentino

Ilustración.