Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 07, 2007

¿Puedo cambiar de cuento?

¿Puedo cambiar de cuento?

Por Sara Plaza

Eso es lo que preguntó un jovencito a los que estábamos presentes en el espacio que el primer viernes de cada mes, comparten los narradores del grupo "Venique Tecuento" con todos los curiosos y amantes de esa tradición tan hermosa que es contar historias. Edgardo y yo nos habíamos sentado en el suelo de madera, sobre una gran alfombra y un par de cojines. Había mate y criollos circulando entre el público, y como en ocasiones anteriores, una cajita escondía en sus mágicas profundidades los nombres de aquellos que ese día querían compartir una historia con el resto.

Esos nombres se escriben en un trocito de papel que se dobla cuidadosamente antes de zambullirse en el pequeño cofre del tesoro. A medida que la tarde avanza, una mano infantil va sacando los papelitos de uno en uno. El guardián de la cajita dice en voz alta el nombre de un nuevo narrador. Un instante después quedamos todos expectantes y en silencio viendo el lento avance de esa persona que, a medida que se aproxima al improvisado escenario, va convirtiéndose en alguien diferente, y su cambio nos transforma a todos, y ya no estamos más en una habitación, sino que poco a poco empezamos a respirar el tibio aroma que desprende el líquido que borbotea en el fuego de una cabaña, a jugar en el patio de una casa de campo, a correr por un bosque que cruje a nuestro paso, a subir escarpadas montañas, a vislumbrar un palacio de cristal, a mirarnos en un espejo que nos habla...

De la voz y los gestos de ese narrador, y de las palabras de Eduardo Galeano, de Hans Chirstian Andersen, de Gustavo Roldán, y de tantos y tantos otros, y de tantas y tantas otras, vamos descubriendo el maravilloso mundo de los cuentos, la narración, la poesía. Despacio, muy despacio, nos hundimos en un mundo fantástico de sueños y realidades, de verdades que son mentiras y mentirosas certezas. Juntos, de la mano, todos los presentes imaginamos otros mundos posibles, y juntos, codo a codo, los recorremos, los revivimos, los reinventamos.

Todos estamos invitados a un gran festín, por eso cuando las palabras se le ahogan en la garganta, el narrador, que no quiere ser un náufrago solitario, pregunta a su tripulación si quiere acompañarlo en una nueva aventura, si desea ser su cómplice y surcar otros mares, lejos de esa playa en la que quedó encallado su barco. La respuesta es unánime, todos acordamos poner rumbo hacia un nuevo amanecer, levar anclas y dejar que las velas se hinchen como lo hacen los mofletes de las nubes antes de la tormenta.
Es un espacio muy bello el que compartimos esos primeros viernes de cada mes niños y grandes, abuelos, padres, hijos y nietos, amigos, enamorados, compañeros de colegio, docentes, bibliotecarios... es un espacio de todos, es nuestro espacio. En él recalan historias del pasado, hechos presentes y versos que quieren seducir al futuro. Se ríe, se llora, se aplaude, se dan abrazos, se aprietan manos y se encogen corazones en esa sala que, cuando la habitamos, es mucho más que cuatro paredes, un piso de madera, un techo muy alto, una chimenea y dos o tres balcones que miran a la calle.

Cuando quienes cuentan y quienes escuchan miran a su alrededor un rato después de haber llegado, no reconocen más ese rincón, sino los horizontes que empiezan a verse detrás de esos muros, más allá de ese techo, de esos balcones, de esas calles y el ruidoso paso de los autos que aúllan en la noche. Los presentes nos vamos muy lejos, tocamos las estrellas, rozamos el tronco de los grandes árboles de la selva, acariciamos el lecho de espuma de un río que acaba de descolgarse por las afiladas paredes de un precipicio, dormimos bajo un firmamento de isondúes envueltos por el cri, cri, cri, cri de un cortejo de grillos.

Nuestro joven narrador de aquella tarde, pronto encontró un nuevo cuento y enseguida hallamos nosotros el camino para meternos en él, para seguir sus pasos y correr tras su sombra. No es difícil rebuscar en la memoria cuando hacemos de ella la compañera indispensable de cada uno de nuestros viajes. Ella nos sigue y, curiosamente, nos adelanta a veces. Esa vocecita nos es siempre fiel si no olvidamos que es parte de nosotros, de nuestra propia historia y de todas las historias que ya han sido contadas. La memoria, los recuerdos, la historia, están ahí, siguen ahí, sólo tenemos que saber mirar para encontrar su rastro y dejar que vengan a soplarnos en la oreja un cuento nuevo. De vez en cuando, conviene incluso escuchar a la nostalgia de ese otro tiempo, que por pasado, no fue precisamente mejor. Ella sabe también muchos cuentos, hoy me regaló uno:

Me gustaría estar sentada ahora, dispuesta a contarte el increíble día que pasé ayer, pero precisaría de toda la maquinaria imaginativa de DreamWorks, y dudo mucho que el señor Spielberg quisiera dedicarme esa hora que te escribo diariamente. No sé qué falló, pero lo hice todo mal desde por la mañana. Me desperté sin haber dormido apenas, con la misma urgencia de cada amanecer, como si el sol y yo disputásemos día tras día la más encarnizada de las carreras por salir el primero: él, de detrás de la delgada línea del horizonte y yo, de debajo de mis sábanas.

Nos juntamos temprano en la cocina: él, entrando por la ventana y yo, cruzando la puerta. Normalmente continuamos juntos las horas siguientes, pero ayer, él ascendió hacia el azul del limpio cielo mientras yo me hundía en mi sucio infierno ceniciento. Tras los borbotones amarillos, naranjas y rosas de su paleta, el sol apresuró sus cálidas horas. Por delante del gris de mi pincel se demoraba, sin embargo, el frío de las mías.

Desconozco qué mecanismo se habría dañado y cuáles sistemas se vieron afectados; sólo logré vislumbrar el estado ruinoso de mi espíritu tras el velo salado que me ardía en las mejillas. Encontré motivo para la tristeza en todo y lloré por nada. No sé qué me ocurrió, pero sé que nada bueno me pasó ayer. Por eso no voy a hablarte de ello, o mejor dicho, voy a contarte que de ayer ya no me acuerdo.

Ilustración.