Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 10, 2007

Saqueo de tierras, saqueo de almas

Saqueo de tierras, saqueo de almas

Por Edgardo Civallero

Norte de Cajamarca, Perú. 2 de junio de 2000. Entre los campesinos de los pueblos de Choropampa, San Juan y Magdalena corre la voz de que uno de los camiones que proviene de la mina Yanacocha va regando accidentalmente, a lo largo de kilómetros de camino, una extraña sustancia brillante. Los niños juegan con ella, la recogen en frascos y vasos y la hacen lanzar destellos a la luz del sol. Los hombres y mujeres de la zona se acercan extrañados para contemplar aquel metal líquido.

Era mercurio.

El desastre ambiental fue impresionante, especialmente en la localidad de Choropampa, en la cual alrededor de 925 personas fueron afectadas por envenenamiento y aún hoy sufren los efectos en su propio cuerpo.

La historia comenzó en 1993, cuando la mina –una extracción de oro a cielo abierto– se instaló en la zona, con una promesa tácita para los campesinos: puestos de trabajo, y de su mano, el tan ansiado y mentado "desarrollo". El resultado –promesas rotas, pactos incumplidos, enfermedad– aún es palpable entre los pobladores de la región. Los servicios sanitarios públicos de Cajamarca están colapsados por la llegada de trabajadores enfermos, y las aguas que bajan de los cerros, antaño cristalinas, hoy son "de color marrón".

La compañía minera y el Banco Mundial –propietario minoritario de la mina a través de la CFI– lograron arreglos extrajudiciales con algunos de los afectados, pagando pequeños sumas de dinero a cambio de no accionar legalmente. Una movida llamativa, la de dejar sin acceso a la justicia y a una reparación digna a los más pobres, por parte de una institución que proclama "trabajar por un mundo sin pobreza".

Cuando la mina se quiso extender al cerro Quilish, los campesinos se opusieron bloqueando las rutas. Aprendieron que el desarrollo y los millones de dólares son para unos pocos y que a ellos solo les quedarán tierras muertas y aguas venenosas.

Es curioso notar que en la misma Cajamarca, en pleno siglo XVI, el prisionero Inca Atawallpa (Atahualpa) ofreciera y entregara, como rescate por su vida, un cuantioso botín de oro a su captor, el conquistador Francisco Pizarro, el cual, lejos de cumplir su palabra y liberarlo, lo ejecutó y envió todo el oro a España. La cruel historia se repite, ciertamente, pero el ejecutado ahora es todo un pueblo.

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Guatemala, 2003. La compañía minera canadiense Canadian Glamis Gold Ltd. comenzó a explotar –con el pago de una regalía "saqueadora" de solo el 1 %– la mina Marlín, en el sur del país. La mina de oro acumula un estimado de 2.000 millones de dólares, y fue abierta a pesar de que los campesinos de la zona (de las etnias Mam y Sipakapense), que viven en situación de pobreza extrema, se oponían a la idea.

Los resultados fueron los mismos que en Perú, los mismos que en otras tantas localidades de América Latina: enfermedades, muertes, aguas envenenadas, tierras asesinadas y esterilizadas...

En enero de 2005, más de 1.300 policías y soldados chocaron con los campesinos que bloqueaban las rutas, con los esperables resultados de heridas y muertes. Varias ONGs, la Procuradoría de la Nación y representantes indígenas de numerosas comunidades solicitaron al Banco Mundial –nuevamente socio minoritario– que se suspendieran los créditos a la minera, debido a que los trabajos violaban flagrantemente el Convenio 169 de la OIT (derecho de las poblaciones indígenas a decidir que se hace en sus tierras) y artículos del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU (sobre todo los que mencionan el derecho al agua y a los alimentos).

A pedido del Banco Mundial, la minera creó entonces la "Fundación Sierra Madre", que "ayuda al desarrollo sustentable de la comunidad". Sus proyectos incluyeron, como ejemplos, la creación de una panadería, o cursos de costura, para los que las mujeres debían comprar la máquina de coser a la propia fundación. En realidad, tal "fundación" se encargaba de garantizar los intereses de la minera en la región, recolectando, por ejemplo, firmas de pobladores para recibir el almuerzo gratis, firmas que luego eran usadas en documentos de aprobación de distintos proyectos mineros.

A pesar de las amenazas y violencias contra los opositores a la mina, la población realizó un referéndum en donde el 96 % de la gente votaba "no". Sin embargo, y en contra incluso de la decisión de la Corte Constitucional de Guatemala, el gobierno nacional desestimó todo y apoyó a la compañía canadiense.

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En el valle de Siria, Honduras, la misma compañía tiene otra mina de oro. Cáritas Honduras denunció que más del 70 % de la población del valle padece enfermedades dermatológicas debido a la contaminación, y que el agua subterránea ha sido usada de tal forma que varios ríos han sido secados, dejando a los campesinos en el desamparo más angustioso. La empresa, mientras tanto, sigue comprando líderes y administradores locales con regalos y prebendas, y amenazando a los activistas violentamente.

En el norte de Chile, en zona de glaciares que alimentan ríos, una compañía norteamericana quiere abrir minas a cielo abierto, con el consiguiente riesgo de contaminación de aguas. El gobierno chileno no dice nada. En Argentina ocurrirá lo mismo en breve. Y no se trata sólo de minerales: la selva, los recursos acuíferos, la pesca, todo es vendido al mejor postor, que suele venir de fuera, arrasar con lo que puede, pagar la mano de obra más barata posible (y la especializada se la trae de su país de origen) y las regalías más insignificantes, derivar las ganancias a su propia nación, esquilmar lo que se pueda e irse. A los pobladores les queda la miseria, el agua ponzoñosa, la tierra muerta, la salud quebrada y la frustración de saberse, aún hoy, esclavos atados de pies y manos ante la voluntad del que tiene la fuerza. A los gobernantes, a los que permiten que esto ocurra, les quedan unos buenos dividendos –poca cosa, comparado con las ganancias de los ladrones– en sus cuentas de las islas Caimán o Suiza.

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¿Qué hace todo esto en la bitácora de un bibliotecario?

Es sencillo.

En primer lugar, este bibliotecario jamás olvida que es un ser humano, con rabia por las desventuras e injusticias que deben soportar otros seres humanos, de la raza, sexo, nacionalidad o religión que sean.

En segundo lugar, este bibliotecario es latinoamericano, conoce la historia de su continente, conoce de primera mano la miseria y la pobreza que vive mucha de su gente, y conoce la corrupción de su gobierno y la violencia de sus sicarios y fuerzas armadas. Tiene, por ende, un pensamiento siempre presente respecto a su "patria grande", sin olvidar que hay otras "patrias grandes" que padecen las mismas injusticias en otros rincones del globo.

En tercer lugar, este bibliotecario es anarquista: considera que todos los hombres y mujeres de este bendito planeta deben vivir con igualdad de oportunidades, y no ve la igualdad en los sucesos referidos arriba, ni tampoco la utilidad de convenios, pactos y leyes internacionales que, a la hora de la verdad, sólo sirven para beneficiar a los de siempre. Por ende, denuncia desequilibrios y desigualdades para que no queden en silencio, para que se conozcan, para que se sepa.

En cuarto lugar, y como profesional de la información, este bibliotecario es un comunicador: es deber de su profesión recoger información, organizarla y difundirla por los canales y medios que sean convenientes y necesarios. Y esta es información estratégica, tanto política como social como ambientalmente.

En quinto lugar, este bibliotecario pretende vivir fuera de la burbuja rosa en la que suele encerrarse mucha gente para no ver la realidad: cree y sabe que, para poder contar cosas, primero hay que aprenderlas, saberlas, enterarse, comprender, pensar, discutir y elegir. Y luego es necesario, casi vital, difundirlas.

Y pretende contar todo lo que se pueda, sobre todo porque, en sexto lugar, este bibliotecario cree que, desde la biblioteca, el cambio es posible, pues la información tiene poder: el poder para no cometer los errores del pasado, el poder para aprender de las caídas propias y ajenas, el poder para estar preparado y evitar situaciones críticas, el poder para decidir acerca de nuestros futuros y nuestros caminos.

Y en último lugar, todo esto está aquí porque es un ejemplo de cómo, aún hoy, cinco siglos después, los latinoamericanos seguimos abriendo las puertas al que viene de fuera a robar, como condenados por una cruel Maldición de Malinche, en vez de escuchar a los que vienen a ayudar realmente, o de escucharnos a nosotros mismos. Y esto no ocurre solamente con las minas: también se saquea nuestro saber, nuestra identidad, nuestra diversidad, nuestra cultura. También se la avasalla, también se la envenena, también se la quema. También nos siembran otra cultura y otro idioma, también nos aculturan. No, no pasa solo con las minas que agujerean nuestra tierra y secan para siempre las corrientes de nuestros ríos. También horadan nuestra historia y nuestras costumbres y nos dejan las almas estériles.

Como bibliotecarios, debemos contar las historias recientes de nuestro pueblo, los problemas y las agresiones a los que se han enfrentado, para que podamos desarrollar las mejores armas con las que defendernos, las mejores estrategias para solucionar las crisis. Pero también debemos ser conscientes de que la lucha más dura no siempre es la más evidente. Y que, si no nos damos cuenta a tiempo, llegará un día en que estaremos vencidos sin haber tenido siquiera la oportunidad de defendernos.

[Los datos que se refieren en esta entrada han sido extraídos de las noticias incluidas en el artículo de Nicolás Gutman "Ola neoliberal minera en América Latina" publicado en Le Monde Diplomatique, año VIII, nº 95, de Mayo de 2007, p. 13].

Ilustración.