Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 03, 2007

Un señor maduro con una oreja verde

Un señor maduro con una oreja verde

Por Sara Plaza

Un día, en el expreso Soria-Monteverde,
vi subir a un hombre con una oreja verde.

Ya joven no era, sino maduro parecía,
salvo la oreja, que verde seguía.

Me cambié de sitio para estar a su lado
y observar el fenómeno bien mirado.

Le dije: Señor, usted tiene ya cierta edad;
dígame, esa oreja verde, ¿le es de alguna utilidad?

Me contestó amablemente: Yo ya soy persona vieja,
pues de joven sólo tengo esta oreja.

Es una oreja de niño que me sirve para oír
cosas que los adultos nunca se paran a sentir:

oigo lo que los árboles dicen, lo que los pájaros cantan,
las piedras, los ríos y las nubes que pasan.

Así habló el señor de la oreja verde
aquel día, en el expreso Soria–Monteverde

Gianni Rodari [1]

Gianni Rodari escribió un librito [2] que apostaba por "Todos los usos de la palabra para todos" y explicaba el bello sonido democrático de ese lema aclarando: "No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo." (Rodari : 17). Estos comentarios y otros igual de reveladores, los venía leyendo en el camino de regreso desde Santiago de Chile a Córdoba, mientras ascendíamos por las empinadas laderas de la cordillera de los Andes, y veía escurrirse por sus agrietadas paredes ríos como de leche, tan claros y brillantes como las palabras del autor italiano. Edgardo y yo habíamos discutido largo y tendido sobre multiculturalidad, antes, durante y después del curso que impartió en Santiago. Habíamos puesto del derecho y del revés el término, lo habíamos pronunciado rápida y lentamente, lo habíamos dicho en alto y nombrado en voz baja, habíamos jugado con sus letras, con sus sílabas, lo habíamos puesto del revés y dado vuelta otra vez... Intentamos escuchar su voz a través de nuestra oreja verde (porque sí, aunque no lo crean, tenemos una oreja verde que acusa ahora los albores del otoño. La muy presumida quiere teñirse del rojo que visten las hojas de los arces y andamos en tratos para que siga fiel a sí misma) para poder oír esas cosas que los adultos nunca se paran a sentir, pero había demasiado ruido a nuestro alrededor: muchas y muy diversas definiciones que no reconocían lo que estaban tratando de delimitar, muchas y muy distintas autoridades que tampoco conocían a qué o quiénes se referían, muchas y muy diferentes opiniones que no sabían cómo ponerse de acuerdo.

Entre todas ellas, nosotros teníamos la nuestra, pero nos parecía muy poca cosa, quizás muy poco original, tal vez muy simple, demasiado sencilla en ese universo de complejidades, problemas y dificultades que amenaza día tras día con aplastar nuestra imaginación, nuestro maravilloso poder de inventiva, nuestra irreverente osadía de interpretar, criticar y cuestionar esa realidad que está como está porque nos hacen creer que es como es. Nuestra propuesta de multiculturalidad no se aleja mucho del concepto de humanidad, de la condición de ser humano. Ustedes se reirán tal vez, pero jamás me presento con ningún apellido, con ninguna nacionalidad, con ningún título, los que me conocen ya saben que en el momento de las presentaciones (esperado, desesperado o inesperado) de mi boca tan sólo escuchan un "Hola, soy Sara". Todo lo que después diga tampoco les va a mostrar mucho más de mí hasta que no puedan verme en el hacer, en el sentir, en el discutir. Serán mis acciones, emociones, reflexiones y demás acompañantes de cada una de mis palabras, las que permitirán al otro conocerme y reconocerse o no en ese proyecto de persona que soy yo.

Tal vez por ahí comience la multiculturalidad de todos y cada uno de nosotros: conociendo y reconociéndonos o no, en el otro. Y para eso, antes que nada, hace falta habernos estudiado un poquito a nosotros mismos... Digo un poquito, porque el muchito nos lo van a enseñar los demás. Es con ellos con quiénes somos y nos hacemos más nosotros. La sociedad multicultural empieza en la persona, no se ha inventado fuera de nosotros, está en cada cual. Por eso me parece importante hablar de mestizaje, de contaminación (el cantautor canario Pedro Guerra, tiene una preciosa canción que la nombra), de toda una paleta de colores, sabores, olores, texturas, sonidos, de un magnífico lienzo que, a modo de alfombra, recoja las huellas que seguimos para llegar hasta aquí, y los caminos que nos separan del horizonte que queremos alcanzar. Perdón por la repetición, pero no puedo por menos que mencionar otra frase de Rodari que acrecentó los pasos que Edgardo y yo tratábamos de andar en estos días: la utopía no es menos creativa que el espíritu crítico (op.cit. : 46). Supongo que no les costará mucho imaginarnos sonrientes al posar nuestros ojos en esa idea: exactamente nuestro modo de conducirnos por la vida, el germen de muchas de nuestras discusiones, también de esta última sobre multiculturalidad, sobre nuestra humanidad, reitero.

Ya sé que saben que estudié para ser docente, y supongo que habrán deducido que casi todo lo que escribo tiene más que ver con mi experiencia como estudiante, no ya en las aulas, de las que no tengo muy gratos recuerdos (aunque rescato algunos inolvidables), sino en la sala de un cine, en un auditorio, en un teatro, en la plaza del pueblo, en el parque de la esquina, en la calle de al lado, en mi pieza, en la cocina de mis amigos, en el campo, en el cauce seco de un arroyo, en el cielo gris de un día de otoño, en los bocetos que el firmamento dibuja cada noche sobre mi cabeza y en las páginas que cada día leo, miro, acaricio, escucho y pruebo... Por eso mismo, insisto una y mil veces, que el aprendizaje es cosa de cada cual y cada quien tendrá que aprender el qué, el cómo, el cuándo y el por qué quiere saber, saber más, saber distinto, saber bien o saber mal. En el inicio fue la pregunta, fue también la multiculturalidad, sin dudas. Y el final no tiene por qué estar en la respuesta y de ningún modo va estar en una definición, un sentido o un significado. Pregúntense por el camino, por el modo y la manera, pregúntense no sólo a dónde quieren llegar, sino de dónde van a partir. Y mientras hagan y se hagan preguntas, anímense a mezclarse, a contaminarse, a compartirse, a juntarse, a unirse... Hay muchas causas, no serán pocos los resultados, pero les aseguro que serán extraordinarios, porque cada uno de ustedes, si busca y es capaz de dar con ella, engendra la maravilla.

[1] Poesía que aparece en su último libro de la "Biblioteca di Lavoro". Parole per giocare ilustrado por Francesco Tonucci, y que el ilustrador italiano recoge en las primeras páginas de su libro Con gli occhi del bambino (Tonucci, Francesco. Con ojos de niño. Buenos Aires: Losada, 2006)
[2] Rodari, Gianni. Gramática de la fantasía: introducción al arte de inventar historias. Santa Fe de Bogotá: Panamericana Editorial, 1999.

Ilustración.