Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 22, 2007

Desde un camino de silencios…

Desde un camino de silencios

Por Edgardo Civallero

Más cosas veo en los últimos tiempos, y más cosas dejo de lado, y más abandono los senderos transitados y busco los propios, intentando recordar que los caminos llenos de ruido y de público a veces no son los mejores...

Bibliotecas especializadas en literatura infantil, con gran renombre y mucho financiamiento, pero vacías de niños, vacías de risas, vacías de manitos que revuelvan los estantes y se fascinen ante los dibujos coloridos y los textos mágicos. Eso veo, y eso me entristece, me cansa.

Cursos profesionales destinados a latinoamericanos, financiados con fondos logrados a través de la explotación de latinoamericanos (de otros, por cierto; de esos que no pueden acceder a un curso de formación profesional). Eso veo, y eso me duele, me hastía.

Publicaciones periódicas académicas que buscan ser populares pero que escriben en términos que nadie comprende, y que se centran en la "excelencia", las "nuevas tecnologías", la "normalización" y demás instancias que suelen generar competiciones, escalas de "mejores y peores". Publicaciones que, al buscar eso, no sólo no son populares, sino que buscan lograr la "exclusividad" de ser de unos pocos y para unos pocos. Eso veo, y eso me da asco, me decepciona.

Fundaciones dedicadas al fomento de la lectura que aún no entendieron de qué se trata la lectura y que, después de décadas de autoritarismo y dictadura regionales, parecen no haber despertado de esa pesadilla y perpetúan en sus políticas y sus acciones todas esas nubes negras de prohibiciones, de límites, de presiones... Eso veo, y eso me aterroriza, me da miedo.

Listas de correo que nacieron para la libre difusión de noticias, pensamientos y decires, pero en las cuales la censura aumenta, aumenta y aumenta, cada vez más, cada día un poco más. Cada vez un poco más de control, cada día un filtro más. Eso veo, y eso me repugna, me enerva.

Profesionales que jamás abren la boca para aportar ideas y construir futuros, pero que desperdician sus palabras y sus escritos en condenar nimiedades, en comentar novedades que a nadie importan, en felicitar al otro sólo por el compromiso de quedar bien. Eso veo, y me siento vacío, me siento ausente.

Estructuras internacionales que olvidan a más de la mitad (la mitad meridional) del planeta, que siguen creando políticas avasalladoras, que siguen perpetuando el colonialismo y el imperialismo, que siguen sin tenernos en cuenta, pero que, a pesar de todo, son consideradas como "las más respetables". Eso veo, y entonces borro de mi piel todos esos nombres, todos esos vínculos, todas esas manchas.

Colegas latinoamericanos que nos "representan" en foros y ámbitos regionales y mundiales sin representarnos en absoluto, sin trabajar, sin establecer vínculos. Ausencias y holgazanerías de todos conocidas y por todos aplaudidas o aceptadas como inevitables. Eso veo, y recuerdo con tristeza mis labores y trabajos de antaño, en los que busqué algo llamado "compromiso".

Becas cedidas –y adjudicadas– para proyectos que benefician a un grupo mínimo de personas ya beneficiadas por la sociedad en general. Proyectos descartados que buscaban beneficiar a grupos vulnerables... Eso veo.

Veo el reino del "listo", del "vivo", del "más rápido", del "más pillo". Veo el reino del olvidado, del marginado, del silencioso, del que prefiere no darse por aludido. Dos reinos puestos uno al lado del otro. Reinos de hipocresía, reinos de mentiras. Reinos cotidianos que muchos no quieren ver para no pensar lo que yo pienso ahora, para no decir lo que yo digo en estas líneas, para no gritar lo que yo grito a veces en la soledad de mi escritorio.

Poco a poco, hay senderos que he dejado de transitar, y hay espacios en los que evitaré dejar mis huellas. El antiguo refrán decía que si no puedes contra ellos, debías unírteles. Refrán odioso, si los hay: refrán de traición a uno mismo, refrán de cobardía. Creo que prefiero la fidelidad a las ideas y a los valores propios, aunque eso signifique caminar por una calzada de otro mundo, una calzada no señalada en los mapas comunes; esa en la que uno puede ser quién es sin tener que renegar de ello para poder dar un paso más.

Poco a poco, estas dos manos que aquí escriben han dejado de hacer muchas cosas, limitándose al pequeño puñado que todavía vale la pena. Quizás la alegría de renunciar y de reservar las energías para esas pequeñas actividades está en ser consciente de que ésas, sólo ésas, merecen el esfuerzo y la dedicación. Para las demás, hay muchas otras manos dispuestas. Manos que llegarán, incluso, a olvidar el significado de la palabra "amistad", "solidaridad", "compañerismo" o "compromiso" con tal de lograr ser incluidas y "reconocidas".

Desde este nuevo camino les saludo, con la promesa de otras historias venideras, de otras noticias, de otros relatos que, aunque quizás tengan menos que ver con el mundo "visible" de las bibliotecas y los libros, tendrán mucho que ver con ese universo "invisible", olvidado, cotidiano, casi oculto... Ese que tantos colegas viven a diario: el que da las mejores recompensas sin tener, como precio, la venta del alma al diablo.

Ilustración.