Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 06, 2007

Espacios de lucha…

Espacios de lucha

Por Edgardo Civallero

Merced a la entrada anterior, recibí un buen número de mensajes procedentes de personas de los más diversos ámbitos geográficos y profesionales, que tuvieron el detalle de dedicarme unos minutos y hacerme llegar sus palabras. Un buen número de esos mensajes me contaban, en la intimidad del correo privado, las frustraciones, las caídas, las ausencias y las carencias de personas como ustedes y como yo, que buscaban en la profesión y en la carrera una cosa y encontraron otra muy diferente. Sensaciones que yo mismo he vivido y he llevado sobre la piel y dentro del pecho, oprimiendo fuerte y haciéndome gritar –más de una vez, ya lo saben– en este y otros espacios, virtuales y reales.

Curiosamente, encontré también el discurso de docentes y personas situadas en las estructuras jerárquicas de nuestra disciplina, que exponían y defendían su experiencia y su buen hacer en el terreno de la enseñanza de la bibliotecología. Comparando la decepción de unos y la convicción de otros, me di cuenta de que hay una brecha enorme, de que hay una verdadera falta de comunicación entre estudiantes y profesores, entre directivos y trabajadores, entre representantes y representados. Hay mucho silencio, hay mucho miedo en reclamar lo que se espera o en pedir lo que se cree merecido.

Encontré, especialmente, una pobreza bien identificada: la de los currículos de las Escuelas de Bibliotecología, tema que ya he abordado en estas y otras páginas en infinidad de ocasiones, pero que bien merece un retorno. Sé muy bien que muchas de estas instituciones en Latinoamérica son ejemplos de "excelencia" (palabra que, por cierto, no es de mi agrado), pero otras son el más patético muestrario de sinsabores y vacío. Las quejas –repetidas una y otra vez– se centran en el perfil técnico de la carrera, en su acento enfático en catalogación y universo digital, y en la poca importancia dada a la cultura general, a los idiomas, a las humanidades, a la lectura, a la escritura, a la investigación, a las relaciones humanas, al trabajo de campo... El bibliotecario parece salir de esas aulas con su espíritu asfaltado por una negra capa de desánimo, y condenado a ser una mula de carga de libros entre el estante y un usuario casi siempre desconocido.

Pero incluso los que logran despegarse –con mucho ánimo– de ese perfil impuesto y ese destino encuentran barreras, trabas y más vacíos. ¿Dónde trabajar? ¿Con quién crear espacios de reflexión? ¿Dónde publicar lo investigado? ¿Qué leer? Los espacios más importantes están cautivos de las grandes organizaciones, y los más pequeños tienen vidas efímeras, agotados por la falta de posibilidades.

Mirando el problema general desde arriba y desde lejos, puede verse que existen dos lugares en los cuales luchar para crear esos espacios de participación, de construcción, de reflexión, de generación de nuevas oportunidades, de diseño de un nuevo perfil bibliotecario más humanista y comprometido.

Uno de ellos son las agrupaciones de estudiantes. Ellos –quizás junto al estamento docente más comprometido– pueden luchar para que el currículo se amplíe, se enriquezca, se complemente con otras disciplinas. No se trata de agregar cursitos accesorios a un corpus técnico general: se trata de dotar al currículo de un perfil más completo, de quitar importancia a tareas que no son tan importantes (aunque las leyendas digan que la catalogación y la documentación son las reinas de nuestra profesión, cosa que no creo en absoluto) y de incluir otras que enriquezcan al profesional y lo conviertan en el intelectual que, históricamente, siempre fue. Ni siquiera se trata de ser veloces en el manejo de las nuevas tecnologías: se trata de comprender que somos gestores de información, y que debemos conocer ese material con el que trabajamos como conocemos nuestras propias manos. Así de profundamente. Así de bien.

Las asociaciones y grupos estudiantiles –desprovistos de vínculos políticos o búsquedas de poder, eso es otro tema– pueden lograr esos cambios si los requieren. Porque la Escuela funciona si ellos asisten a sus clases. Porque las docentes tienen trabajo y ganan su sueldo merced a que ellos estudian allí. No hablo de revoluciones (aunque, ¿por qué no? Más de una directora de escuela debería ser testigo de una en sus narices, para aprender un poco de humildad) sino de reclamar lo que merecemos: una educación justa, digna, rica, diversa, equilibrada, que nos transforme en esos profesionales que deseamos ser, y que nos permita salir a la calle, a la comunidad, con todas nuestras cartas en la mano.

Piénsenlo bien. ¿Cuántos de ustedes sienten que tienen todas esas cartas en la mano, que pueden desempeñarse donde sea y cómo sea? ¿Y cuántos de ustedes se sienten vacíos, carentes de herramientas, incapaces de buscar más posibilidades porque no tienen formación? Piénsenlo bien ¿Por qué creen que eso ocurre? ¿No pensaron que quizás no interesa que haya gente pensante, bien preparada, parándose en el mundo? ¿No pensaron que hay muchos que prefieren tener a su mando un rebaño de corderos asustados, incapaces de dar un paso más allá del límite impuesto porque no tienen con qué sustentarse?

El segundo espacio del que les hablaba son las organizaciones. Las creadas y las potenciales, no creadas aún. Las primeras responden a unos socios, a unos representados, y son ellos los que deben pedir a sus representantes las acciones pertinentes para que el nivel profesional crezca y mejore, para que las condiciones laborales sean justas, para que existan instancias de publicación de trabajos, para que se difundan las oportunidades de becas y subsidios a proyectos. Y no se trata de que las organizaciones nacionales / regionales organicen, muy de vez en cuando, un Congreso al que lleven grandes nombres de la bibliotecología. No se trata de eso. Tampoco se trata de que esos representantes exhiban su rango como pavos reales. Se trata de que esas personas –colegas nuestros, recuérdenlo siempre– realmente nos representen, y hagan lo mejor por nosotros.

Las segundas, las organizaciones potenciales, son aquellas que podríamos crear si quisiéramos, si nos organizáramos, si dejáramos de competir por ver quién tiene el mejor currículum o más "cartel" y aunáramos fuerzas para mejorar nuestra disciplina. Miro el panorama latinoamericano y veo muchísimos recursos humanos muy valiosos que se están desperdiciando porque luchan cada uno por su lado, aisladamente. Y veo muchísimos grupúsculos que se dotan de nombres altisonantes y que siguen sin aportar nada a la profesión, excepto alguna noticia de vez en cuando.

Esas son nuestras arenas de lucha, nuestras oportunidades para reclamar, para construir, para aportar esas ideas que muchas veces callamos por miedo, vergüenza o cansancio. Esas son posibilidades que no podemos seguir dejando escapar, porque las oportunidades, como las aguas de un río, jamás retornan.

Ustedes se preguntarán que hace este que les escribe en relación a todo lo que dice. Este que les escribe ya se dejó la piel a tiras intentando cambios y luchando por espacios. Y algunos logró. Ahora sólo resta sembrar semillas en otros corazones y poner bombas en otras mentes, para volar muchas cadenas, quitar muchas mordazas... Para que la búsqueda no se olvide, para que el tedio y el sinsabor no se nos haga costumbre, y para que nunca aceptemos el desequilibrio y la injusticia de vernos ninguneados. Porque somos valiosos. Porque somos importantes. Cada uno de nosotros.

Un colega, hace un tiempo, escribió que "otra bibliotecología es posible". Pero si seguimos estancados y no movemos nuestras piezas en el tablero, jamás vamos a adelantar un solo paso. Hay mil opciones: blogs, listas de distribución, wikis, grupos de trabajo regionales, colectivos de estudiantes, centros de investigación oficiales o no, talleres populares, aulas abiertas, revistas libres, boletines... Hay muchísimas opciones. Basta con escoger una y comenzar a bregar por esa profesión que queremos. Tal y como la queremos. Ni un punto menos.

Y quizás este que les escribe vuelva a tomar sus armas y se pliegue activamente a alguna de estas propuestas. ¿Quién sabe? Uno nunca pierde las esperanzas de volver a caminar algunos senderos nuevamente.

Ilustración.