Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 22, 2007

Estrechar la mano, arrimar el hombro

Estrechar la mano, arrimar el hombro

Y andarse con pies de plomo...

Por Sara Plaza

Es parte de mi aprendizaje, es parte de mi andar. En la medida de lo posible, siempre que tengo la oportunidad, me gusta extender mi mano y salir al encuentro de otra. También disfruto cuando es la otra la que busca el contacto de la mía. Adoro las complicidades, los guiños, las sonrisas desde el corazón. Me encantan los niños y admiro a los grandes, y estoy segura que si alterase el orden de esos verbos no cambiaría el sentido de mi afirmación. Que un pequeño me mire con curiosidad es algo hermoso, igual de lindo que encontrar el asombro de alguien mayor al observarte. Desde que salí la primera vez de mi pequeño pueblo en la sierra pobre de Madrid, no he dejado de fijarme bien en unos y otros. Recuerdo que la primera personita que me dio la bienvenida en Córdoba, Argentina, fue un muchacho de 10 o 12 años que encontré mientras visitaba una exposición de dibujos de dragones... El joven quiso saber si yo conocía a Harry Potter y cuando le respondí con un sí, y nos pusimos a hablar de sus aventuras, ninguno de los dos terminaba de creerse que alguien más hubiera podido disfrutar con ellas tanto como uno mismo. Entonces yo, que también quería saber algo, le pregunté si conocía El Señor de los Anillos. "¡Claro que sí!", me dijo, "y El Hobbit", añadió sin pensárselo dos veces. "Vaya, vaya, vaya", le dije yo, "¿y has leído también El Silmarillion?". Aquel jovencito se quedó pensando unos instantes y su respuesta me dibujó una de las sonrisas más hermosas que creo haber lucido en mi vida: "No, ése no. Capaz que no lo trajeron a la Argentina todavía". Y seguimos viendo juntos los dibujos y descubrimos que también había piedras pintadas con motivos fantásticos, animales mitológicos, figuras de héroes y de sirenas... y un poquito después de ver juntos todo aquello nos dijimos adiós. Su mamá acababa de entrar a la sala en la que nos encontrábamos los dos y él corrió a contarle que había estado hablando con ella (ésa era yo). Cuando estaba a punto de abandonar el lugar, alguien me tiró de la manga y al darme la vuelta me encontré otra vez con mi nuevo amigo. El muchacho extendió su mano hacia mí y me dijo: "Lucas, un gusto." Ahí se me pintó la segunda sonrisa del día, y creo que hasta me puse colorada. Di un pasito hacia él, alargué mi mano yo también, y le respondí: "Hola, yo soy Sara." La gente que estaba en aquella habitación nos miró y escuché a alguien decir: "Mirá qué proyecto de caballero...". Un momento después, Lucas se volvió a buscar a su mamá y yo salí a la calle. Sólo había caminado unos metros cuando giré sobre mis pasos, entré de nuevo en la tienda de la exposición, compré una postal de una de las piedras pintadas, y por la parte de atrás anoté el título del libro que capaz no habían traído a la Argentina después de una pequeña dedicatoria, y pedí permiso para pasar de nuevo a la exposición. Encontré a Lucas al lado de su mamá y le regalé la postal sonriendo por tercera vez.

En otra ocasión, y en otras latitudes, fue una bibliotecaria indígena, muy linda y muy viejita, la que tomó mi mano entre las suyas. No puedo explicar la emoción que sentí al tener aquellos dedos arrugados apretando los míos, no sabría encontrar las palabras para contar cómo me miraban aquellos ojitos oscuros y cómo se me inundaban los míos...

En Irlanda se me desbordaron definitivamente, cuando la maravillosa anciana a la que preparaba la cena y con quien compartía un par de horas todos los fines de semana (esos días libraba la mujer que se ocupaba de ella a diario, y así yo me ganaba un dinerito para poder pagarme el curso de inglés) me tomó ambas manos cuando yo ya me volvía a España, y me animó a viajar siempre, a ver otros lugares, a conocer otras gentes: "Una maestra tiene que poder hablar de otros horizontes, a los niños les encanta saber de otros mundos." Así me dijo.

El último apretón de manos, así de bonito, me lo dieron uno de los días durante el curso sobre Bibliotecas para comunidades indígenas que nos llevó a Bolivia hace una semana. La mujer que se acercó a saludarme quería agradecernos nuestro trabajo, nuestro compromiso, nuestro esfuerzo y nuestras ganas, y me encontré otra vez con un par de ojitos muy brillantes que alegraban los míos hasta las lágrimas.

Todas estas personas (y muchas más que aún me falta conocer), chicos y grandes a los que me gusta tener cerca, con los que me encanta compartir, a los que siempre estoy dispuesta a escuchar, a mirar y de los que siempre tengo mucho que aprender, me han regalado con su apretón de manos la fuerza y la ilusión con las que sigo avanzando cada día.

Y así como he tenido manos a mi alrededor para estrechar, también he encontrado hombros en los que apoyarme y a los que arrimar el mío. Han habido sueños, proyectos; han habido libros, dibujos, canciones; han habido recetas de cocina, instrucciones de uso; han habido mapas, guías; han habido escapadas, búsquedas; han habido historias sin final y finales sin historia...

Sin embargo, todos estos "vientos a favor" que me impulsan, que acrecientan mis pasos, que me colorean la piel y el alma, no me hacen perder de vista que estamos en un momento de "cambio climático". Uno debería aprender a reconocer las manos que acarician, de las que golpean, los apretones que empujan de los que hunden. Tendríamos que poder descubrir cuánto de mueca esconde una sonrisa y cuánto de mentira una "gran verdad". Nos ayudaría a no rompernos en mil pedazos cuando nos engañan, cuando nos discriminan, cuando nos olvidan, cuando nos humillan. Nos serviría para andar mejor calzados, pues al camino, como a la vida, no les podemos quitar las piedras que los hacen ser quienes son.

Lo que sí podemos hacer nosotros, es recorrerlos con pies de plomo, sobre todo, cuando el terreno que pisamos está lleno de baches y sembrado de dificultades. Nadie dijo que erguirse para caminar sobre nuestras dos piernas fuera sencillo, costó miles de años. Por eso, porque no creo que nos gustase encogernos de nuevo, porque la cabeza hay que intentar llevarla siempre bien alta, lo mismo que el corazón, vale la pena intentar desenmascarar a los falsos amigos, a los falsos amores, a los falsos colegas... No se trata de desconfiar ni de dejar de creer. Tiene mucho más que ver con elegir en qué o en quién confiar y en qué o a quién creer. Me atrevería a decir que, más que en nada ni en nadie, hay que confiar y creer lo primero en uno mismo, y mostrar al otro que pude confiar y creer en nosotros. Aquellos que, lejos de mostrar para que podamos decidir nosotros mismos, nos intentan convencer, merecen todas nuestras sospechas y nuestro más firme rechazo.

Sigo pensando que es mejor enseñar a preguntarse que dar respuestas, sigo defendiendo la duda frente a las certezas, por eso los invito a ir con pies de plomo por la vida, al tiempo que los animo a estrechar todas las manos que les extiendan con sinceridad.

Ilustración.